27.3.08

EL DESIERTO




En una ocasión Borges manifestó estar de acuerdo con no sé quién en definir el desierto como el mayor de los laberintos. Cuando escuché aquello - se trataba de una emisión radiofónica - me pareció una comparación sorprendente.
El desierto es el mayor laberinto porque es imposible encontrar un término concreto, una línea de salida. No hay caminos ni linderos. Esto es aplicable a cualquier extensión vacía y sin límites visibles, es decir, un espacio liso o sin líneas, o bien con líneas pero caóticamente dispuestas, trazos, brechas y no direcciones.
Curiosamente, leyendo el libro que el marino noruego Fridjotf Nansen escribió sobre sus exploraciones árticas de 1893, encuentro que se refiere al desierto polar como "laberinto uniforme de color blanco grisáceo". Resulta muy interesante que tanto Nansen como Borges empleen el mismo concepto aunque aplicado a geografías climáticamente opuestas. En realidad se trata de una idea de carácter fantástico. Precisamente, al estar desprovisto de sendas practicables o de corredores que indiquen destinos, el espacio desértico es el más tortuoso de surcar.
Hay que imaginar corredores, por muy pululantes que sean, flancos, por muy engañosamente interconectados que estén, para que al menos, sirvan de guías probables en un espacio tan envolvente, huérfano de referencias geográficas concretas, un espacio de sinuosidades sin fin, imposibles de acotar...
Nada que estimule más la imaginación, que tiente la aparición de cualquier cosa, que un desierto. Ahí reside el carácter paradójico de su capacidad alucinatoria. La ausencia de todo estímulo, de todo movimiento, hace que poblemos la extensión desértica de desplazamientos o figuras imaginarias. Al no haber nada, es en el desierto donde uno espera con más ansiedad a que aparezca algo insólito, fuera de lo común. El desierto es la sugestión absoluta. Esto lo supo y lo sufrió bien San Antonio....
El desierto no es la repetición de una serie de elementos diferenciados, sino la repetición de un solo y único espacio. De ahí la angustia de no poder calcularlo, de no poder escapar de él.

26.3.08

AMBIENT


Habitamos un fulgor lento que nos desteje,

allá,

en los confines de seda y luz rosa.


La música nos vivifica y nos dispersa,

nos multiplica y nos aniquila,

nos hace encarnar un ahora sin geometrías,


o nos lanza a los sumos linderos

donde nos mimetizamos con la muerte,

donde arde voluptuosa

la memoria de todo y de nadie.


Hay músicas que suenan en el pasado.


La certeza del cuerpo se desvanece

durante este velo que nos diluye

en líneas y espacios posibles,

cuando somos un reflejo de la luz

anterior al sol.

25.3.08

PATAFÍSICAS DEL SIGNO I


La escisión de los ángulos no dificulta, sin embargo, la uniforme geometrización de otros sucesos. Para no ir más lejos, la disformidad subatómica del punto posibilita, pese a ello, el establecimiento libre de coordenadas en un plano generosamente espacioso, es decir, la ubicación precisa del nacimiento portátil de una línea que termine configurando el perfil de un cuerpo real proyectado de esa manera.


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No se trata tanto de que logremos hacer de la conciencia el milagro cerrado sobre sí mismo de un fecundo dossier de datos, como que desbloqueemos la posibilidad de experimentar a partir del material consignado. La conciencia no puede ser un depósito, pues tampoco lo es, meramente, la memoria.


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Si los cubos huecos juegan a hacer danzar los ecos de lado, eso no es óbice para que en el plano de la inmanencia deleuziano se estratifiquen y fusionen acontecimientos de signo opuesto. Los valores quizá emerjan de diferenciar ese conglomerado a la luz de una estrategia que podría ser, en principio, puramente semiótica, pues sabemos que en el heterogéneo mundo del ahora, la máscara desparramada del mito no hace sino subrayar el impacto absoluto de las formas.


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Las abluciones participativas no son reducibles a la síntesis de legalizadas propuestas de información provenientes de fuentes distintas, sino que podrían definirse por la cantidad de intercambio de testosterona en la movilidad comulgante de los cuerpos no sectorializados políticamente.


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En las vetas transformativas del discurso que deviene discursos, podemos constatar esa silmutaneidad vibrante de I : presencia articulada del significado y II : dinamicidad del signo (las interpretaciones posibles) que puede erosionar tanto como multiplicar las implicaciones del significado privilegiado. Barthes sugiere metafóricamente una guía de investigación para la futura recuperación del significante: no la profundidad marina, puesto que ésta, al final, tiene un fondo que se convierte en límite, sino la extensión indefinida del cielo, en tanto que la noción de límite se diluye y es difícil imaginar una forma concreta para el espacio aéreo. La investigación y la imaginación deben aliarse aquí tanto para posibilitar nuevos desenlaces semióticos como para alumbrar la meta de salida de una palabra poética renovada.