29.4.09

¿UNA REFUTACIÓN?


Me encuentro con un pasaje del libro de Josef Simon "Filosofía del signo" que podría interpretarse como una refutación del proyecto de la Alianza de las Civilizaciones: "Una "comunidad de la conciencia" es un concepto acrítico porque no se lo puede verificar con experiencia alguna; es, además, un concepto innecesario. A la libertad dentro de una comunidad le va mejor si se prescinde de él".

Es decir, no es posible asegurar una comunidad de la conciencia porque por su naturaleza estática y totalizante, rechazaría el movimiento singular, discordante, que produciría la reflexión individual. Una comunidad de la conciencia imposibilita el acontecimiento, que sería interpretado como una disidencia, como la eclosión de una diferencia en el seno de la uniformidad. Una comunidad de la conciencia sería la que se impone en una secta, por ejemplo.

Una Alianza de las Civilizaciones, pues, sólo sería posible si se irrigara de una voluntad hermenéutica, de un franco intento de comprensión mutua que, partiendo de las distintas sensibilidades en liza, dinamizara el aparato general del proyecto, escapando , de este modo, del mero formalismo y de la táctica hipócrita de los acuerdos superficiales.

Una alianza de las civilizaciones sería posible si, sabiéndose utópica, estuviera esperando su desarticulación inminente, durante la trabajosa labor de su propio proceso.

Una "comunidad de las conciencias" sólo la es la de los autómatas, y aun así, el término es demasiado solemne para tal "comunidad". El autómata, en realidad, no tiene conciencia, sólo funciona. Su finalidad es la eficacia como producto de la orden recibida, no la coexistencia harmónica.

La Alianza de las Civilizaciones pretende la convivencia de sensibilidades, símbolos y mundos, asegurada por la cordialidad de una sintonía del juicio cuyas reglas no las emita la abstracción de una comunidad plana y sin rostro, sino la heterogeneidad que deseé participar en el proyecto.

28.4.09

LA ARENA DEL RELOJ XIII


 


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Vivimos una época "alephiana", es decir, una época en la que la complejidad y la cantidad de conocimiento, sumado a la velocidad con que esa información pretende ponerse en circulación efectiva, impone formatos sorpresivamente pequeños, en comparación con los contenidos que albergan. El ejemplo paradigmático más común hoy es el pentdrive (el lápiz) .
Es como si un fragmento definido de universo contuviera al universo.
Al parecer, el saber sí ha acabado ocupando lugar. La vastedad de lo que conocemos se va comprimiendo en una espiral infinita. No tenemos más remedio.
Si tuviéramos que exponer literalmente lo que el hombre conoció y conoce del universo, eso nos obligaría a repetirlo. La era informática nos evade de realizar semejante colosal tautología, la de articular un continente de las dimensiones del contenido. La imagen global de la cultura sería la del visionamiento hologramático de todos los palimpsestos que la constituyen como estratos secretamente fecundantes.
Aunque sabemos que un par de palabras sobran para conocer lo esencial de una cosa, y que memoria y eternidad no tienen porqué ser sinónimos.


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Dos ejemplos famosos de desparasitar y desprejuiciar palabras de significaciones restringidas o negativas: Borges , con el término "inquisición" (Inquisiciones, Otras inquisiciones)
y Harold Bloom con el de "canon"(El canon de Occidente).
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21.4.09

SOBRE LO PARANORMAL


La cuestión no es que la parapsicología, o más exactamente, la parapsicobiofísica, sea una ciencia en pañales, que carezca de la formulación elemental de una epistemología, o que confunda conceptos, técnicas y fines de investigación. La cuestión es que no tenga más remedio que verse condenada a este limbo ante el dominio del mundo por la presión macromediática, inductora de ideologías y estereotipos.

Por otro lado, la dispersión de una imagen del mundo ha venido a ser sustituída por la profusión de espiritualidades del mercado, lo que Eliade interpretaba como "prácticas pararreligiosas", que aportan cada una su interpretación particular de lo desconocido, lo que suma más caos a la banalización que producen ya los media.

Hubo una época en que el campo estaba algo más despejado de intrusos, la industria de la información no era tan apabullante y la explotación mediática del misterio no suponía la volatilización de la investigación rigurosa sobre el mismo.

Bergson y Freud formaron parte de la Asociación de Investigaciones Psíquicas de Londres. Schopenhauer, Herder, Flammarion, Richet, Stanislao Sánchez Calvo, Lodge, todos filósofos y científicos, y alguno de ellos, premios Nobel, reflexionaron con agudeza y coherencia sobre los fenómenos inexplicados.

A finales del XIX y principios del XX, existía una reflexión ontológica sobre lo extraño con una clara y notable intención de sistematicidad. Este panorama intelectual ( absolutamente disperso hoy en día), tras las dos Guerras Mundiales y el advenimiento de las sociedades de masas junto con la industria del espectáculo como proveedora de nuevos mitos, desaparece.

Resulta curioso que el enorme progreso tecnológico actual, aplicado en el campo de la investigación de lo paranormal, apenas nos conduzca a ningún resultado: el que sensores capten variaciones electromagnéticas y de temperatura, anormales en lugares concretos en los que se afirman que se producen fenómenos extraños; o que imágenes fotográficas nos muestren lo que no había allí, o que programas informáticos ratifiquen que la voz psicofónica no se corresponde con los parámetros frecuenciales de la voz humana, son datos que meramente vamos aceptando y acumulando sin que pase nada...

Es decir, que a pesar del número de fenómenos extraños constatados y los resultados de las investigaciones efectuadas, minuciosamente registrados, la parapsicología sigue estancada en tiempo muerto: todo ese material reposa inercialmente en ninguna parte, no supone un cambio sustancial en nuestras ideas de las cosas, es información que vamos amontonando al tiempo que vamos olvidando.

Yo creo que esto se debe a dos cosas: por un lado no hay reflexión sólida, es decir, filosófica, consecuente, tras toda estas loables investigaciones de campo, que dilucide una unificación, una visión integral, desde todas las competencias del saber, sobre los resultados incontestables que tenemos sobre la mesa; y por otro, quizá haya que preguntarse si no hemos dado demasiado pronto con algo que en la época que vivimos no corresponde revelar. Quizás, los hijos de nuestros hijos sepan por fin qué demonios es una psicofonía. Pero esto implicará que el mundo, este mundo, su concepto, habrá cambiado, y nosotros no seremos los mismos.

14.4.09

ESPECTROS


Hace un par de sábados, entré con entusiasmo en la sala Espacio AV de Murcia, al comprobar en la puerta, que había exposición y que era fotográfica. La exposición era de Francesca Woodman. No conocía de nada a la artista. Eché un vistazo a las primeras fotografías con que me encontré y me fascinaron enseguida. La punzada la recibí cuando, en el panel informativo de la entrada de la sala, leí que había muerto en 1981, fecha que, de pronto, se me antojó remota.

Continué viendo la exposición con una sensación en la que a la fascinación estética se le añadía ahora el morbo. En las fotos aparece el cuerpo desnudo de Francesca tendido sobre cascotes, abandonado en una habitación desolada, o semihundido entre la hierba oscura, herido por un pedazo de cristal.... Belleza convulsiva, desde luego.

Había una gran composición, de impacto alucinante, en la que Francesca flota, envuelta en gasas. La imagen me hizo recordar la famosa escena de la película El Espejo, de Tarkosky, en la que la protagonista, tendida sobre el lecho, se eleva en el aire, levitando.

Cuando terminé de ver la exposición, salí a la calle ebrio de una mezcla de bienestar y melancolía. Pero cuando llegué a Orihuela, la máquina neurótica comenzó a trabajar. Le daba vueltas y vueltas mentalmente a las imágenes que había visto. Sentía un placer ardiente y como prohibido al hacerlo. El hecho de que la artista muriera tan joven, con apenas 23 años, arrojaba un aura como de virginidad, de pureza o de autenticidad definitiva a su obra, a su memoria.

Al principio pensé que había muerto de una enfermedad o de un accidente. Para colmo de mi lúgubre fascinación, comprobé, investigando en internet, lo que comenzaba a sospechar: Francesca se suicidó, arrojándose por una ventana al vacío.

Nada que objetar. Su obra confirma la verdad dramática de su vida. ¿O es al revés, es el suicidio lo que ratifica la verdad que su obra fotográfica ilustra? De todos modos, fue consecuente. Paradójicamente, se supone que el suicidio es un acto vital y soberano cuando no es el lamentable fruto de una tara incurable, aunque, a veces, la frontera entre ambas cosas sea difícil de discernir. De todos modos, Francesca decidió que ya no había más que decir. No escogió el mero retiro silencioso ni el transpase creativo a otras formas expresivas. Su decisión implicó una consumación y un final. Por eso, tanto su lenguaje - el fotográfico - como su cuerpo, ya que, fundamentalmente, se autorretrataba, desaparecieron.

Yo, al recordar obsesivamente las fotografías, no hacía , en realidad, sino regodearme en la espectralidad de esas imágenes, - en la sobreespectralidad, ahora que sabía que se había suicidado-, no en la verdad estética de las mismas. Aunque, a fin de cuentas, ¿dónde está la diferencia? Las texturas de las paredes desconchadas en las que Francesca se recuesta, las delicadas curvas de su cuerpo arrojado en el suelo, sus largos cabellos, los pliegues del vestido, quizá las modelos que le acompañan en alguna de sus fotografías, todo eso había dejado de existir, todo eso ya no existe, ya no va a existir, ya no está, ya no va a estar, ya no va a estar nunca más.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo es posible que una mirada deje de mirar, que una conciencia desaparezca, que un sentir deje de sentir? Recordaba las palabras de Wittgenstein: la muerte no es un acontecimiento de la vida, "no se vive la muerte". Aunque las imágenes de Francesca casi parecían decir lo contrario. ¿Qué es, entonces, la muerte? Desde la perspectiva de Wittgenstein, una implosión, una absorción. ¿Hacia dónde, hacia el lugar del que no sabemos nada y del que, por ello, no debemos ni podemos hablar?

Cuando Francesca murió en 1981, yo estaba metido en un convento, creyendo en la bondad de la gente y en la belleza del mundo, pero ignorando la parte sacrificial que esa belleza conlleva, y ya ella, entonces, había hecho su obra, una obra que veintitantos años después, me impresiona y fascina hoy. Qué vértigo.

Al reflexionar sobre Francesca, hay un instante en el que puedo amortiguar algo la tremenda sensación de pulverización que me invadió la noche del sábado: evocando su obra y su muerte como una protesta, que como tal, no se extingue, y está ahí, protestando ahora.

8.4.09

LA ALIANZA CÓSMICA


Noventa y cuatro países se han sumado al proyecto de la Alianza de las Civilizaciones. ¿Quiere decir esto que la oposición política y los "intelectuales"´críticos con el proyecto, se han equivocado ampliamente cuestionando por arriba y por abajo, y ridiculizando hasta el aburrimiento la idea lanzada por Zapatero?

El que el término haya cuajado en los jodidos medios de comunicación, que se alimentan de clichés y que lo único que crean es uniformación y no información, no creo que haya sido debido solamente al hecho de que el lema del presidente español se haya convertido en una réplica pacificadora del "choque de civilizaciones" de Huntingthon. Creo que podemos interpretar la Alianza de Civilizaciones como un proyecto benigno e interesante, y no ingenuo e inviable, como el espíritu reaccionario y la la mala fe se han obstinado en exponer.

Simplemente, en el contexto de la globalización socio-cultural que pretende vehicularse bajo la enseña de los valores democráticos, una alianza, es decir, una comprensión de las civilizaciones que lleve a una buena convivencia de las mismas, es necesaria.

Gadamer decía que, en un mundo cada vez más complejo y culturalmente mixto, la solidaridad era la tarea cotidiana a emprender. Tal solidaridad es imposible si las partes implicadas no realizan un esfuerzo de comunicación entre sí, es decir, si no llevan a cabo una hermenéutica social. Por su lado, Mircea Eliade, creía que una hermenéutica cósmica sólo sería posible desde el entendimiento recíproco de las distintas religiones.

La estrategia de la Alianza de las Civilizaciones debe fundarse y activarse como una hermenéutica a escala mundial- aunque esto suene algo aparatoso -, es decir, que sería posible alcanzar la alianza como resultado final de un proceso de comprensión mutua, no al revés: la alianza no determina por sí misma el feliz desenlace de una actividad que pretenda establecer acuerdos, consensos y participaciones. Si logramos interpretarnos adecuadamente, si las culturas, las sociedades y sus símbolos, logran establecer unas vías de permeabilidad, podremos conseguir una alianza pacificadora.

Artistas, profesores, escritores, filósofos, antropólogos y mediadores sociales, son los que están posibilitando este proceso. Esta labor plural es la puede impedir que la Alianza de las Civilizaciones se convierta en un slogan vacío.

7.4.09

LAS LÁGRIMAS DEL VELO MORTAL


En el último número de la estupenda revista digital chilena Escáner Cultural, hay un artículo firmado por Vásquez Rocca sobre George Trakl y Jorge Teillier, titulado Hablar con los muertos. En el artículo, el profesor Vásquez Rocca relaciona la figura del poeta austríaco y la del chileno, estableciendo como puntos comunes en sus obras la calidad originaria del nombrar poético, la nostalgia por un paraíso perdido sólo entrevisto en una naturaleza caótica, y el exilio, la enajenación que supone para el poeta, depositario de la memoria y de la palabra, el advenimiento del monstruo urbano.

Leyendo el artículo, me acordé de Miguel Ruiz, fallecido a mediados de este mes de marzo pasado, poeta y amigo nuestro, y pensé: Miguel pertenecía a esta estirpe de poetas.

Si yo dijera, como lo he hecho torpemente en una nota informativa, todavía no publicada a día de hoy, que Miguel era un poeta "entrañablemente vinculado al terruño", apuntando a la verdad, casi mentiría al utilizar semejante cliché: tendría que cambiar, si quisiera eludir la glosa mítico-metafísica, la palabra "terruño", plagada de implicaciones provincianas, por la de "tierra", en todo caso, de significación más amplia y generosa, para, por un lado, evitar el equívoco del estereotipo, y, por otro, ser más justo con la complejidad de la obra poética de Miguel.

Y si yo dijera que Miguel era un poeta de los que van quedando pocos, además de emplear otra gastada muletilla, debiera emplearme en la complicada operación de explicar qué es lo que he querido decir con eso, asunto no sencillo, precisamente.

Hablar de "los poetas de la tierra o del origen", casi parece un anacronismo hoy en día, en Europa, donde el término "tierra" volatiliza sus significaciones locales a través del concepto global y ecológico - el nuevo mito -, mientras que las nostalgias por el edén perdido son interpretadas con sospecha por quienes afirman que civilización feliz y satisfactoria sólo puede existir en el ámbito urbano.

Estamos en la época del hipertexto y de la megápolis cibernética. ¿A son de qué evocar metafísicos principios? Bueno, quizá, precisamente, por todo ello. Si asistimos a una globalización del planeta, el que alguien se afirme legítimamente como originario de un lugar concreto, deja de parecer una restricción, al contrario: se particulariza ante la indistinción de lo global. Y esta pertencia no tiene porqué ser a un sitio geográfico, sino a un lenguaje, a un repertorio de símbolos, a una cadencia.

Digo todo esto no porque Miguel se manifestara cándidamente a favor de un mundo , o en contra de otro, sino para intentar "ubicarlo", lo que implica determinar su poética y su verdad humana.

Miguel Ruiz era un poeta lírico puro, sin concesiones narrativas. La anécdota- la relación amorosa fugaz-, se integraba en el orbe de la palabra como un material que ratificase el ardor de un sentimiento universal. Su "telurismo" - estoy seguro que el literario término le soliviantaría-, no era un telurismo nerudiano, desde luego, sino más mistérico y local, de opulencias íntimas, inevitable, convulsivo. Ese telurismo no era el canto ingenuo o exotérico a ninguna tierra ni a ningún paisaje, sino reflejo de sus transfiguraciones interiores, la pertenencia a una memoria de la que no estaban excluidos los muertos.

La aparente "limitación" (puramente literaria) de su poesía no es sino la constatación de lo que todo poeta sabe que nos queda al final: la verdad misteriosa de la muerte - nuestra ligazón a nuestros muertos-, pero también la prodigalidad maravillosa del amor y del entorno que la experiencia ha hecho vital.

Publicó varios libros. El primero que editó lo tituló con el famoso verso de Aldana: LLora el velo mortal, libro que, injustamente, según mi opinión, luego despreció.

Migel era un indígena de este cálido Levante nuestro, y su poesía desvelaba, desde la entraña del sentir, la luminosa confusión, la dulcedumbre oscura de una tierra tomada por un sol generoso. Viviendo en una localidad como Redován, nos decía que su relación con su pueblo era "incestuosa". Resulta complicado ser uno mismo, ya se sea virtuoso o todo lo contrario, en un espacio pequeño.

A veces yo pensaba en Miguel. Estaba ahí, ahí al lado, en Redován, y yo aquí, en Orihuela. Pero yo sentía algo turbio, una dureza. Teniendo ganas de encontrármelo, se me antojaba como sepultado por su propio ser, por la madeja que es el ser de cada uno. Ante él yo sentía una tosquedad, un descarnamiento, una suerte de arcaísmo vivificado por un enjambre de venas que partiesen de un fuego interno y oscuro. Pero aquella tosquedad era la expresión de una inmediatez, el no pudor a mostrar, en toda su desnudez, el dolor. Por eso tenía que beber, para poder soportar las provisionalidades del ser propio. No simulaba su dolor, como lo solemos hacer, mezquinamennte, los que vivimos en ciudad. Él estaba, quizá, demasiado cerca de la fuente del mito, no le dominaba el discurso sino el acontecer turbio y radiante de la poesía. Recuerdo que un día me lo encontré en la librería Diego Marín, de Murcia. Yo le nombré cierto sofisticado autor. Él frunció el ceño. Las retóricas metapoéticas le parecían agua pasada. Buscaba algo más contundente, menos frívolo. Hubo una época en que le gustó mucho René Char, - poeta que, poco antes de morir, nos escribió, reivindincando la figura de Miguel Hernández - , aunque admitiera reservas ante las fáciles verbosidades del francés.

Despreciaba a los que llamaba "poetas olímpicos", es decir, a los poetas como productores de poesía, a los que han convertido su experiencia literaria en copioso y banal botín explotable. Hasta ahí llegaba su austeridad. Que yo sepa, nunca escribió un artículo, una reseña, un ensayo. El par de escasas y densas prosas poéticas que he leído de él, fueron fugaces excusas, formas tímidas de comunión poética.

La poesía de Miguel no es "comentable" porque en ella no hay literatura, sólo poesía. Como expresó en un verso, después de uno más de sus muchos renacimientos:¡Nadie me quitará que sé sentir!
(En la foto de arriba están José Luis Zerón, a la izquierda y Miguel Ruiz, con chaqueta clara, a la derecha, en la galería de arte Juan de Juanes, de Orihuela, hoy Alcaicería)