10.6.09


EXTRACTOS DE DIARIO


Después de una madrugada de confidencias con Blanca Andreu, Vicente Hernández (el sobrino del poeta) y otros amigos, llego a mi casa en un estado de agradable ingravidez. Sorpresivamente, hoy he pulverizado totalmente la rutina. Pero, instantes después, antes de acostarme, llega la aguafiestas de siempre, la conciencia de la nulidad en la que vivo, recordándome cuánta vida de la que estoy alejado, cuántas experiencias que me prohíbo por vivir en este aislamiento. Qué mito terrible he hecho de la realidad para convertirla en algo inalcanzable, en algo tan intenso que no puedo atreverme a vivirlo. Fluctúo entre la percepción de la vida que se me otorga, plena de posibilidades, y la aniquilación ante mi impotencia para vivir tales posibilidades.


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He soñado esta noche, 8 de junio, que el poeta Carlos Marzal había escrito un libro sobre la forma de desfilar por las pasarelas de Lucía Bosé. La genialidad de ésta residía en la forma imposible de girar la pierna, haciéndola pasar a ras de las cabezas de los asistentes sin llegar a golpearlos, cuando llegaba a los extremos de la pasarela. El libro parece que iba a publicarlo Periférica.


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Paseo crepuscular por Orihuela. Muy poca gente. Lentitud y tristeza en el ambiente. Encima el calor agobia y no me atrevo a entrar solo en ningún bar. Me veo obligado a vagabundear como un imbécil yendo deprisa, lo que me produce más calor y más agobio. No se puede escapar del calor apretando el paso. A la tristeza se le une la desesperación. No puedo entrar en ningún bar, en mi casa están mis padres, en la calle no se puede estar porque hace calor. ¿Dónde me meto? De pronto, me imagino muerto, convertido en una nube de átomos que se dispersan en el polvillo de la calle. Mi cuerpo va solo, como si fuera el cuerpo de otro. Durante unos segundos experimento ese vértigo: diluirme, dispersarme, desaparecer. Pienso mirando el entorno: si no fuera por los edificios y los coches, esto sería igual que una tarde del siglo XIX. Siento latir en la atmósfera ese tempo lento de de las obras de Gabriel Miró. Es como si se me revelara lo más arcaico de una ciudad de provincias: la experiencia del tiempo. Pero para ello he tenido que estar en disposición de percibirlo, es decir, ocioso, solitario y errante.


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Gabriel Miró pertenece al paisaje histórico y social. Está como fatalmente engastado en él. Su obra es plural, pero no habla de sí mismo sino indirectamente, a través de su sosias Sigüenza. Miguel Hernández, concreto e imperioso, nos deja una obra poética que es testimonio personal y universal: trasciende el tiempo a través del poema que se convierte en canción. Miró es misterioso y lejano. Está como adormecido por un sol remoto. Se diluye o se petrifica lánguidamente en el tiempo.


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Leyendo a Flora Tristan, sus Paseos por Londres. Sensación de sorpresiva actualidad en lo que denuncia y en la elocuente forma en que lo hace. Pone a los ingleses a caer de un burro. Creo que pocos autores han sido tan contundentes criticando a la burguesía y denunciando los males sociales derivados de un capitalismo aliado con la revolución industrial, ejemplificando, sintomáticamente, tal cuadro en una nación, en este caso, Inglaterra. Flora no deja títere con cabeza: critica el abandono educativo de los niños pobres, la vida miserable de los obreros, el estado de las cárceles y manicomios, la marginación de los barrios judíos e irlandeses, la masificación de la prostitución, la indiferencia moral, la tristemente típica hipocresía inglesa, etcétera. La obra está publicada por Globalrhytim y en el prólogo Mario Vargas LLosa dice que la diatriba lanzada por Flora Tristán es, a veces, excesiva. No entiendo este matiz. Parece que, a pesar de su prólogo, el señor LLosa no se entere desde dónde escribe y ve la escritora peruano-francesa. Vargas LLosa al hablar de "exceso", se está denudando sin saberlo, nos está indicando cuál es su posición ideológica. Es como si mirara la realidad trasnquilamente desde el sillón de su biblioteca, mientras que Flora lo hace a pie de calle, en unas condiciones y época bien distintas. Elogiada por André Breton y Karl Marx, Flora Tristán es uno de los ejemplos más admirables de reacción humana de la inteligencia ante el panorama social que se le presenta: la prioridad de la consecución de la justicia.
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Yendo por Murcia, me aborda un individuo desaseado y extranjero. Me balbucea unas palabras que no entiendo. Yo percibo que no está en sus cabales y sigo adelante sin hacerle caso. Él marcha conmigo unos siete metros, sin parar de hablar. Me pongo nervioso. Al final me abandona. Horas después, cuando voy a tomar el tren para regresar a Orihuela, estando yo de mal humor, me lo encuentro en la estación y me aborda de nuevo, suplicando. Esta vez me violento, me paro en seco y mirándole fijamente le digo, mas bien me sale: ¿qué pretendes?, queriéndole decir, en realidad: ¿me estás provocando? Casi estoy a punto de darle un empujón cuando me dice - esta vez lo entiendo perfectamente- que es marroquí, que está buscando trabajo y que si yo le puedo ayudar. Su rostro aparenta cierto retraso y su voz es aflautada. El pequeño brote de ira se desinfla, y tras explicarle, brevemente, que no puedo ayudarle, y que recurra a alguna institución, lo que acabo sintiendo por ese hombre es piedad. Me avergüenzo de haber estado a punto de reaccionar violentamente. Al hablar, se ha producido la comunicación, y por ello, la tensión y la extrañeza de antes han desaparecido. Yo, envuelto en mis penas solitarias, y este hombre pidiendo trabajo en medio de la calle como si pidiera la hora. Miserias de distinta índole errando por las luminosas calles del Levante mediterráneo. Este aire de indigencia me asusta y me escandaliza. Parece como el signo de un apocalipsis que se aproximara o que ya estemos viviendo.
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Me parece emocionante lo que está sucediendo en Irán. Vuelve a confirmarse el concepto rizomático que Deleuze exponía sobre la naturaleza de la realidad. Es el acontecimiento quien articula la realidad, y a pesar de todos nuestros planes para calcular su llegada, es imprevisible. Hace dos días, pocos países se nos antojaban más monolíticos que el Irán teocrático, y ahora, las revueltas surcan las calles. Buenas noticias. La diferencia emerge de la uniformidad.
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Me sigue sorprendiendo Flora Tristán. Parece una mujer del siglo XX o XXI que, por un error, hubiera nacido en el pacato XIX e hiciera, a lo largo de esa época, un recorrido sin contemplaciones. No sólo critica implacablemente el mundo social del momento, sino que percibe cosas -atuendos, gestos, olores- que, en el caso de que por medio de una máquina del tiempo pudiéramos visitar la época, sería lo primero que a nosotros nos extrañaría. Flora habla de la incomodidad de los bancos de las iglesias, del comportamiento casi autista de los miembros de un club inglés, que hacen vida común en los locales sin hablarse ni apenas conocerse entre ellos, de la importancia que los objetos banales adquieren para las personas... Decididamente, Flora Tristán es nuestra contemporánea.
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Anoche pongo la radio para escuchar el programa de poesía que presenta Ignacio Elguero. Justo en ese momento, el locutor despide al poeta invitado, se hace una breve pausa y ponen la grabación de la voz de un hombre que habla sobre la singularidad estética de la que cada escritor se hace ineludiblemente responsable al crear su mundo literario. Noté en el tono de las palabras o en "el ruido de fondo" cierta lentitud, como si la grabación tuviera algunos años. No sé porqué, pensé en Juan Benet. Acto seguido se anuncia la edición de una antología de la obra narrativa de Benet. Yo me digo: ¡Anda! Se supone, aunque no lo dijeran, que habían utilizado su voz como carátula sonora de la noticia. Más tarde, me acuesto y sueño con un texto, publicado por Alfaguara. Se trata de un ensayo, de complicada redacción y lectura, prolijo en citas de autores y de obras literarias y filosóficas. Las dimensiones del libro son enormes. Floto en el aire, recorriendo las líneas como si escalara un muro e intentara, a la vez, descifrar una inscripción. Percibo con precisión la textura de las páginas y el aspecto nuevo, lo que delata su impresión reciente. Voy leyendo precipitadamente, entendiendo frases y pasajes aislados. Es una obra de Benet. En el texto se habla del concepto Bloglalia, que viene a ser una suerte de entelequia intelectual, una especie de lugar utópico. Yo me asombro de que Benet pudiera prever el mundo de los blogs literarios. Al final del texto, Benet insiste en que el último reducto de la ontología se encuentra en la obra de Artaud.




9.6.09

VERSIONES DE HOJA MURCIANA











Paseando por Murcia me encuentro con esta hermosa hoja. No sólo el otoño tornasola melancólicamente la naturaleza: también la proximidad del verano desprende briznas y hojas deliciosamente veteadas.

4.6.09

PETIT GALLERY






















La caricatura como el trazo configurativo más inmediato y expresivo, como la grafía más reveladora y más personal.

EXACTAMENTE, MÁS O MENOS....


Ayer fui. Tal cosa es ilusoria, inimaginable. Ayer es un momento de la trama que habito
siempre ahora, un límite del chicle que estiro cada día, y que, por ello mismo,
es tanto un extremo como parte real de "lo estirado".

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La virtud del poeta: irrigarse de multiplicidad, de mixturas poderosas, de
fuentes heterogéneas. Paradójicamente, de tal mestizaje lingüístico, experimental,
sentimental, emanan los flujos más compactos.


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Una pequeña fantasía: violar a Paris Hilton


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Léeme. Te remito estrictamente a esa multiplicidad solitaria y voluptuosa que soy,
ya que como dice Barthes: "en el campo del sujeto, no hay referente".

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El carácter fatal, lapidario, de todo lo escrito (ninguna palabra más traicionera que la escrita, como recordaba Octavio Paz). Esto es lo que detesto, a veces, de la escritura. Sólo la escritura convertida en grafía, en poesía, es resistible, y no ese continuum implacable del juicio, de la onmisciencia con que la escritura - o cierta escritura- se inviste.


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Giacomo Marramao haba de la "espacialización" del tiempo. Aunque no tenga nada que ver, me recuerda algunos sueños que he tenido. Por ejemplo, uno en el que encontrándome en una habitación cerrada, en el pasillo de afuera sucedía el pasado, mientras que el espacio de la habitación en la que estaba, era el presente.


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Un espejo romano desenterrado de algún yacimiento se convierte en un "objeto natural"
debido al efecto gravitatorio del detritus del tiempo que ha borrado en él
su carácter de objeto artificial. Estamos en lo que decía Simmel sobre las ruinas de un
templo antiguo. Tales ruinas se metamorfosean en elementos de la naturaleza, "regresan" a ella.


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Yo soy mi literatura, mi mito (la conocida espiral tautológica).
Algo parecido, aunque en a una escala infinitesimal, a aquello de:
"Yo soy el que soy".


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¿Quién es realmente mi prójimo? Naturalmente no mi vecino, el que habla el mismo
idioma que el mío, sino quien comparte el mismo lenguaje, y a veces, ni aun sí.