17.8.09


POE Y LAS ALIENACIONES DE LA MODERNIDAD


Que yo sepa, el centenario de Poe está pasando sin provocar demasiado acontecimiento en el ámbito editorial español: un par de reediciones de sus relatos con fastuosa portada, y quizás algún volumen crítico como solitario recordatorio de lo que Poe ha significado para la literatura. No sé si en el mundo de las revistas y suplementos literarios está ocurriendo lo mismo. A mi modo de ver, lo mejor que ha aparecido, hasta el momento, con respecto a las efemérides poeianas, es un volumen tan discreto como esencial que bajo el título de Poe, La mala conciencia de la modernidad, publica El Círculo de Bellas Artes en su colección Ediciones de Arte y Estética. El libro recoge ocho ensayos de otros tantos profesores extranjeros y españoles, recopilados por Félix Duque, protagonista de la idea.

De Poe tenemos una imagen asediada por los estereotipos, saturada por una lectura cuasi exclusiva, mitológica de su biografía que nos ha distraído de llevar a cabo un certero análisis, a la luz de la crítica actual, de todos los importantes aspectos de su literatura. Por ello es posible que alguien se sorprenda del epígrafe del libro que publica El Círculo, esperando que la temática de los ensayos se centrara en el repaso somero del conceptro de lo fantástico, o bien, en otras ovbiedades alusivas a su "torturada vida". El que Poe sea el primer maldito nos hace olvidar porqué. Los ensayos de este volumen no sólo contextualizan la gestación de las obras y el pensamiento de Poe, sino que describen las consecuencias estéticas y sociales de lo que Poe vislumbró y vio en un mundo que estaba cambiando de modo acelerado y definitivo.

Dorothea Von Mücke escribe sobre el relato El demonio de la perversidad, señalando cómo la confesión minuciosa del crimen, aún más que la ejecución del mismo, es motivo de la satisfacción perversa del narrador-protagonista. La confesión se convierte de este modo en objeto estético puro y amoral, fuertemente codificado.

Enrique Lynch matiza el concepto de lo que solemos entender como relato fantástico, indicando que lo fantástico en Poe consiste en la indiferenciación entre realidad y ficción, lo cual trastoca nuestra visión habitual de las cosas a través de una nueva experiencia de lo real, en la que lo irreal sería un nivel de realidad, no algo inexistente.

Jaime Siles destaca la influencia que sobre los simbolistas franceses ejerció Poe con su conciencia de la obra artística no como vehículo de la verdad, sino como manifestración de belleza. La obra literaria para Poe es un artificio y el autor no es sino quien debe ejercer sobre ella un control total. Por lo tanto, Poe defiende la creación en sí ante los patrones de poéticas universales o establecidas.

David Cunningham analiza El hombre de la multitud, uno de los relatos paradigmáticos del genio de Poe en cuanto a su significación social, pero cuya relevancia casi parecía haber adquirido un carácter furtivo debido a la mayor duifusión de los más conocidos. La multitud es la masa de gente anónima que se mueve, pululante y sonámbula, en el espacio urbano. En su brevedad, el relato indica qué tipo de sociedad están creando las nuevas condiciones económicas, el destino alienante del sujeto en el seno de esa sociedad. Se revela, pues, sintomático de lo que ya ha devenido: el capital como agente fantasmagorizante de las relaciones sociales.

Mauro Ponzi elige también este relato para hablarnos de las conexiones entre Poe, Benjamin y Baudelaire, verdaderos catadores de la modernidad, acerca de lo que poética y políticamente implica el advenimiento de la masa. El flanêur, el paseante solitario, el hombre errante entre la multitud, emerge como emblemática y melancólica figura de esta nueva iconografía social tan nítidamente captada y descrita por los tres autores mencionados.

Julián Jiménez Heffernan noa habla del singular "destino hermenéutico" que la crítica ha reservado a Eureka, la gran pieza ensayística de Poe. Aclarando, en principio que la aventura verbal que supone Eureka ocuparía, funcionalmente, el puesto de una novela en la producción poeiana, Heffernan pasa a continuación a analizar el mensaje filosófico de Poe. Con titubeante esperanza, Poe nos describe cómo se efectuará el acordamiento feliz de todo lo existente en el seno de una multiplicidad que tras la dispersión inevitable que ha supuesto la realización de todas las individualidades espirituales y materiales, debe aspirar a la harmonía originaria de la que partió todo.

Paul Patrick Quinn nos habla de las vinculaciones espaciales entre los relatos de Poe y y parte de la filmografía más intensa de Buñuel. Lo gótico en el primero y lo freudiano en el segundo, comparten no sólo la sustancia de unas ambientaciones, sino el perfil angustioso de las heroínas protagonistas, encarnaciones tanto del deso masculino como de lo que se teme.

El volumen se cierra con un agudo ensayo de Félix Duque sobre Ligeia, el relato preferido de Poe. Duque señala las diferencias entre los efectos terapéuticos del horror a lo sagrado de los antiguos y el carácter puramente perverso del terror moderno, desposeído de toda catarsis. El regreso espectral de Lady Ligeia representa este horror que tiene su origen en las complicadas relaciones que Poe tuvo con las mujeres.

Subrayando lo notable de todos los ensayos mencionados, creo que ha quedado una lectura pendiente: la del Poe aparentemente más trivial, pero indiscutiblemente clave, la del Poe grotesco y surrealista, el Poe de El aliento perdido, El ángel de lo singular, X en un suelto, El sistema del doctor Tarr y el profesor Fether, El hombre que se gastó, etcétera. A mi modo de ver, es en esa veta delirante y patafísica de su creación donde reside no sólo el germen del humor moderno, de su desencadenamiento loco, de su perversión, en suma, sino donde aparece una forma de encarar lo absurdo de la realidad y revelar su mecanismo, y en donde Poe se nos ratifica como nuestro inevitable contemporáneo.


10.8.09



REMOTOS ORÍGENES: DESCUBRIMIENTO DE POE

Curiosamente, Borges confesaba a Bioy Casares que si hubiera descubierto a Poe a una edad adulta, probablemente, lo hubiese desdeñado, considerándolo un autor no muy relevante. Quizás Borges dijo eso pensando, sólo, en una parte de la obra de Poe, en la parte más efectista o fantástica, olvidando la originalidad de los relatos policiales o la filosofía poética de los más elucubrativos.Quizás quiso indicar a su habitual contertulio, que algunos autores provocan una impronta singular según la edad psicológica en que sean leídos. Cuántas veces se ha dicho esto de la obra de un Herman Hesse, por ejemplo. De todos modos lo que hizo Borges con esa apreciación fue contextualizar la subjetividad del lector en un momento concreto de la existencia, planteando un tema muy interesante: la cronología afectivo-imaginaria de quien lee, el número de épocas psíquicas que atravesamos durante la vida y la especificidad de la imagen del mundo que comporta cada una de esas épocas. Si para la crítica literaria actual Poe es uno los escritores paradigmáticos de la modernidad, parece que para Borges era posible matizar ese escalafón.
¿Tenía razón Borges? Precisamente, siendo un adolescente, hacia mediados y finales de los setenta, fue cuando descubrí al escritor norteamericano. Poe es el primer autor literario con nombre propio de quien tengo conciencia de haber leído en mi vida con regularidad y pasión. Y ese descubrimiento quedó ligado a un libro concreto que marca mi memoria literaria y el afianzamiento de de un imaginario de modo bastante nítido.


Mi padre era socio del Círculo de Lectores. Yo curioseaba con frecuencia en su biblioteca y un buen día me encontré con un volumen que me intrigó de golpe por su título: Narraciones extraordinarias, y también por su espectral portada. Se trataba de una amplia antología de la obra narrativa de Poe, traducida por Diego Navarro y editada por el Círculo en 1968. La antología era una suerte de abanico temático de la obra poeiana, pues se recogían tanto los relatos fantásticos, como los policiales y los absurdos o presuntamente cómicos, patafísicos, podríamos decir también. Aquel libro se convirtió en un objeto de placer cuasi obsesivo. Y subrayo el carácter objetual pues, no sólo era la lectura del libro la que me transportaba a un universo mágico y perturbador, minucioso y extraño, sino que también disfrutaba del olor y de la textura de las páginas, de la compacidad y fisicidad de su factura.


Con el tiempo, y sobre todo, con cada veraneo, fui leyendo aquellos cuentos. Algunos nunca llegué a comprenderlos o a leerlos del todo, pero otros me comunicaron con intensidad aquel "ambiente" fantástico que desde entonces se convirtió en el sello poeiano de mi memoria y de mis propias evoluciones imaginarias en torno a un siglo XIX deliciosa y lúgubremente idealizado.


Si los relatos de Poe me fascinaron, esa fascinación se duplicó, si cabe, cuando leí el esbozo biográfico que figuraba al final del libro. Aquello fue el colofón que confirmaba la autenticidad y la genialidad del escritor.


Haciendo memoria, me doy cuenta de que Poe lo fue todo, la inauguración y el asentamiento de un imaginario, la articulación de un lenguaje: la convivencia de lo fantástico y de lo poético, el placer del análisis y de la precisión verbal, los finales inolvidables de algunos de los relatos.... Poe fue el vehículo por el que accedía a una Europa legendaria y misteriosa. Vincular a Poe con Norteamérica, con lo que en mis años adolescentes, significaba culturalmente Norteamérica, me era imposible. Poe era demasiado serio para ser norteamericano. Recuerdo, y esto me sorprende ahora, que ya entonces, en mis años de descubrimiento de Poe, releía bastante: La caída de la casa Usher o El gato negro, una y otra vez. También recuerdo lecturas concretas de relatos concretos, por ejemplo, una lectura deliciosa del cuento La isla del hada durante una siesta, rodeado de luminosos trazos de luz que se filtraban en la galería en la que me encontraba, en el año setenta y nueve u ochenta. ¿Fue aquella una relectura o la primera vez que leía el cuento?


Quizás Borges tuviera algo de razón. Si yo hubiera leído con mayor posterioridad a Poe, la naturaleza de las impresiones, el grado de fascinación que me causó su lectura, ¿hubieran sido los mismos? Con Poe me ha ocurrido lo mismo que con las películas El gabinete del doctor Caligari y Nosferatu: nunca he sabido si los demás experimentaban con la misma intensidad y placer, el estupor alucinado que yo sentía; siempre he creído que esa intensidad, que ese estado cuasi alucinatorio, eran algo intransferible, apenas comunicable a los otros, como si esas obras fueran una suerte de túneles destinados a procurarme el singular placer de perderme en ellos. ¿Delirios del lector solitario, ingenuidades de la imaginación que el tiempo podará o atenuará convenientemente? La objeción de Borges me sale al camino de estas reflexiones.


Una nota sobre la traducción de esta edición ya histórica del Círculo. La de Diego Navarro es tan buena o mejor que la de Cortázar, pero el relato humoresco que el escritor argentino traduce como Los leones, Navarro, utilizando paródicamente los atributos del gran felino, lo hace menos literalmente, titulándolo Arrogancias.