26.1.10


DIA ALGO DIA RIO


Leyendo Fragmentos de un discurso amoroso. De nuevo, Barthes me sorprende. Me ocurre como con Borges: apenas he leído un par de líneas, aprendo algo nuevo. Su discurso, el suyo, el de Barthes, me entra con una fluidez luminosa. Esta obra es una de las pocas que no conocía. Excitación poética conforme voy leyendo. Fascinaciones melancólico-abismáticas al recordar la última vez, reciente, en verdad, que estuve enamorado. ¿Cómo reaccionaría si la volviera ver? Pero el discurso amoroso se extiende a Todo: el gozo poético, la luz, las calles, la ciudad, la literatura... A la vez me pregunto ¿cómo vivir sin estar enamorado, sin apasionarse por algo?


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Modesto festín de sábado por la noche: leyendo el diario de Jules Barbey D´Aurevilly y obras espiritistas de Bozzano, con un tazón de café rebosando de nata, música electrónica sonando de fondo, y unas cuantas barras de incienso perfumando mi éxtasis solitario. A las cuatro y media de la madrugada me pongo películas mudas. Llego al alba viendo en la tele los programas dedicados a las confesiones religiosas predominantes: Shalom (comunidad judía), Buenas Noticias (protestantes), los musulmanes y Últimas Preguntas (católicos). Me regodeo con estos programas encallados en esa hora tan temprana y desolada del domingo y que no sé quién verá. Los judíos son los que más me interesan porque son los más misteriosos: no tenemos un estereotipo actual de ellos, como no sea la consabida caricatura medieval del individuo con nariz aguileña y frotándose las manos por el dinero acaudalado, quiero decir, que nos cuesta algo más que otros, identificarlos por una fisionomía, indumentaria o aspecto concretos. Podrían pasar por europeos, la mayoría. Los protestantes desprovistos de todo aire sacral, pretenden ser los más cercanos, los más auténticos, los antiretóricos, pero el presentador es algo excesivo, teatralmente doliente, aunque vaya con una impecable y común chaqueta. La presentadora del programa Últimas Preguntas está maciza y posee una mirada hipnótica y casi brutal, aunque su voz ofrezca un delicado muestrario de texturas dulces en la entonación. Cuando lleva pantalones ajustados y cruza las piernas, muestra unos buenos muslos en los que los invitados, claro está, nunca osan fijarse. En el programa de los católicos, a pesar de la diversidad de reportajes y personalidades entrevistadas, es perceptible la presencia de unos sensatos límites. Parece que los católicos, según lo que me comunican programas como este u otros, no puedan ser sino esas "buenas personas" cumplidoras de las leyes sociales y de convivencia, pero incapaces de alguna genialidad rompedora, de alguna malicia interesante en el orden del pensamiento. Los que lo tienen peor son los musulmanes: están en el punto de mira y lo saben. Algunas emisiones se empeñan en rememorar las glorias antiguas de la época del Al-Andalus, y otras, preferibles, entrevistan a profesores y a escritores. Es significativo y un poco triste que mientras todos los restantes programas religiosos tienen su correo postal y electrónico, el musulmán no lo tenga. La presentadora, María Senso, es un prodigio de escuetez: siempre dice lo mismo desde hace infinidad de programas, saludo y despedida. Parece una monjita pero sin hábito, una especie de robotito. ¿Se impone ella estas limitaciones o se las imponen?
Alguno de estos programas, por ejemplo, los dedicados a las comunidades islámicas y judías, podrían convertirse en interesantes programas culturales que ayudarían al acercamiento a estas religiones, a la comunicación y a la comprensión de nuestra propia historia. Precisamente, el horario dominical, "religioso", en el que se encuentran, los exilian de una lectura novedosa por parte de un público probable.

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En realidad hay correspondencias entre lo que leo en los diarios de Barbey y los escritos de Bozzano. Me fascino con lo que ocurrió en el tiempo. Barbey me suministra con precisión los datos del flanêur y del dandy: detalles arquitectónicos y paisajísticos durante sus paseos, impresiones de sus vagabundeos por determinados ambientes: cafés, bulevares; juicios incisivos sobre otros escritores o sus amistades, etcétera. Bozzano no es un literato, pero me proporciona datos de algo que yo disfruto como literatura: lo que una buena tarde de 1900 ocurrió en una sesión espiritista en una casa de las afueras de la ciudad. La lectura de uno y de otro me proveen de placer, de fascinación: son datos espacio-temporales, anécdotas que yo instalo en un mapa imaginario que puede extenderse indeterminadamente si mezclo sus márgenes movedizos con las sensaciones que me producen otras lecturas, otros textos. Lo hago. Releo pasajes de El Mono Gramático, de Octavio Paz. Ahora ya no es fascinación evasiva lo que experimento, sino un henchimiento conceptual por la fluyente prosa de Paz, un placer intelectivo. No me desplazo imaginariamente a ningún pasado. Me ubico en un ahora, en el centro de una energía activa. Conforme voy leyendo, más voy creciendo. Me siento omnisciente. Por otro lado, el café potencia esta euforia intelectual. Es como si lo supiera todo, sin que el misterio de las cosas se agote o se gaste. Precisamente saber que las cosas son inefables, decirlo en un poema es la operación más secretamente pletórica, el más discreto de los gozos.
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En Murcia, viendo una exposición de litografías y dibujos originales sobre escenarios y figurines utilizados en la ópera. Y de nuevo, ante una de las imágenes, lo que parecía ser una témpera que representaba un castillo en una montaña, teniendo como fondo el mar o un gran lago, experimento ese temblequeo en el estómago, esa fascinación hecha de una mezcla de entusiasmo y de melancolía, la sensación de que el paraíso es posible (o ha sido posible), de que está en alguna parte, y que, si de todos modos, es inalcanzable, al menos podemos percibirlo, soñarlo en el limbo del arte. La imagen era de 1860, más o menos. Debería llevar un diario de las exposiciones que visito y en las que esa sensación me ha atravesado sorpresivamente, sin yo buscarla intencionadamente. Esa sensación espontánea de dicha la he experimentado con numerosas representaciones, incluso con fotografías, pero las vistas románticas con ruinas, árboles cobijadores y un fondo marino todavía me arrasan. ¿Qué significa este delicioso ahogo, esta eclosión fugaz de felicidad? ¿Habitar un paisaje como ése u otro semejante, es habitar el paraíso, la imagen de ese paisaje es la imagen de la eternidad perdida? ¿Es el arte el recordatorio de que la beatitud es, al menos, vislumbrable, de que su pérdida no es definitiva sino vacilante?
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El terremoto de Haití pareciera confirmar esa teoría teológica según la cual al comprobar la utilización perversa que ha hecho el hombre de la libertad, Dios se ha alejado, se ha olvidado de la creación. Pero el duelo por la muerte de tanta gente se convierte sorpresiva, casi mágicamente, en lo contrario, en la otra significación de la palabra "duelo", en lucha, en lucha por la vida y la reconstrucción victoriosa del país. ¿Cómo de algo puede surgir lo contrario del estado del que emerge? Principio alquímico: la putrefactio se matamorfosea en resurrección.

20.1.10


DIEZ DÍAS EN UN MANICOMIO

Borges decía que Estados Unidos era un país muy raro. Desde luego. Un país tan autista, culturalmente, como autosuficiente y emprendedor, tan vanguardista en la investigación científica y tecnológica como obsesionado con lo fantástico, tan ingenuo como audaz, tan temeroso de una invasión extraterrestre como invasor de cualquier punto del planeta, (en realidad no hay más extraterrestres que los estadounidenses mismos) ¡Están locos estos romanos! diríamos con Axtérix.
Digo todo esto porque aceptando el carácter notablemente pionero de los norteamericanos en tantas cosas - los que han convertido la vida en un espectáculo-, no deja de ser sorprendente que al director de un periódico neoyorkino se le ocurriera, allá por 1887 infiltrar a un periodista en un manicomio para que hiciera un reportaje sobre la vida que se llevaba allí, y que este periodista fuera, encima, una mujer. Bueno, no en vano han sido ellos, los norteamericanos los inventores de la cámara oculta.
La editorial Buck publica la serie de artículos que Nellie Bly, la joven periodista que fue enviada a tan singular misión, escribió sobre su experiencia, artículos que convirtiéndose en un rotundo testimonio de denuncia, influenciarían en la adopción de medidas reformatorias por parte de las autoridades sanitarias al ser publicados. La aventura de Nellie nos plantea algunas preguntas que hoy nos suenan muy actuales, estando como estamos bajo el imperio de los sacrosantos medios de comunicación: ¿Fue lícito lo que hizo Nellie Bly, aunque su incursión en el manicomio tuviera consecuencias positivas? ¿Eran razones de orden filantrópico las que motivaban al director del periódico, o lo que buscaba era simplemente, vender más periódicos sin sospechar lo que podría ocurrir?
El texto tiene, pues, ese interés de lo arqueológico, de lo precursor. Por un lado admiramos a la joven Nellie que se arriesga a introducirse en un manicomio y a vivir como las demás locas, a ser temporalmente, una más de las ingresadas; por otro no dejamos de ver, por lo menos yo así lo percibo, esa naciente y agresiva forma de hacer periodismo que casi se ha convertido hoy en habitual y que tantos debates de índole deontológica está produciendo.
Resulta curioso observar cómo se plantea Nellie entrar en el manicomio sin que se dieran cuenta de su cordura : "Pensé que quizá era mejor ser sincera siempre que pudiese sin echar a perder mi caso, de modo que le dije que era corta de vista, que en absoluto estaba enferma y que nadie tenía derecho a detenerme cuando todo lo que quería era encontrar mis maletas e irme a casa"; es decir, simulando que no simulaba : el propio desempeño de la misión ya le sirve de pretexto para crearse el escenario de su intervención sin tener que hacerse pasar por una histérica o una alucinada y forzar de ese modo la atención sobre ella. El hecho de haber sido enviada a un manicomio para escribir un reportaje periodístico es ya una locura , una locura suficiente para que el azar haga el resto: bucle tautológico.
Uno de los momentos más significativos con respecto a esto y en el que Nellie tuvo miedo de ser descubierta casi irremediablemente es cuando los periodistas visitan el manicomio: "Los periodistas eran los más molestos. ¡Había tantos! Y todos eran tan listos e inteligentes que estaba aterrada por que pudieran ver que estaba cuerda". Fructíferas lecturas se derivan de estas palabras sobre el desplazamiento de funciones en la sociedad de masas: antes serán los periodistas quienes descubran a una loca impostada que los propios profesionales médicos....

14.1.10


DIARIO DE DUELO
Roland Barthes
Barthes se resistió a escribir poesía, aun tras ser arrasado anímicamente por la muerte de su madre (digo esto no sólo a propósito del carácter estetizante de su discurso, sino porque al parecer, en los últimos años de su vida proyectaba escribir algo semejante a una obra teatral) ; pero las notas que constituyen el diario que llevó durante dos años después del deceso, transmiten en su escuetez, el naufragio de un alma, la suya, que se agarra, precisamente, a la escritura para poder sortearlo. Y tanto es así, que en esta tesitura, como en ninguna otra, Barthes comprueba el carácter benéfico de escribir, reconoce su poder "dialectizador", ante el socavón afectivo en el que se encuentra. En estas notas Barthes es, como siempre, claro, preciso, revelador, y nos confiesa su dolor, un dolor, que aunque pueda atenuarse o ceder, deja un impacto que persiste para siempre: "No, el Tiempo no hace pasar nada; hace pasar solamente la emotividad del duelo", es decir, que la ausencia del ser amado no se restituye: más o menos aniquilante, más o menos opresiva, permanece para siempre, y la aflicción es su expresión concreta.
Barthes describe el duelo no como una continuidad que tuviera un principio y un fin definidos, una linealidad descendente que se fuera diluyendo en el tiempo, sino como una irregularidad, como un vaivén: tras momentos en que el dolor parece ser menos duro, por cualquier motivación inesperada puede abrasar de nuevo, como si fuera el primer día.
Barthes habla del carácter opaco, no narrativo de la muerte, del vértigo de la ausencia definitiva del ser querido, habla de la necesidad de silencio, de no estar, de no volver sino allí donde estuvo su madre.
Uno podría preguntarse cómo escribir en y durante el duelo, y que lo haga quien se encuentra sumido plenamente en ese estado. Pero la descomposición que se vive con el malestar no supone la extinción de las facultades intelectuales y de su ejercicio, al contrario: ahora no hay disquisición gratuita, la palabra emerge no para definir laberintos foráneos, sino motivada por el atenazamiento propio de quien la expresa. El deseo de Barthes es poder controlar en lo posible el dolor y la angustia, diciéndolos, definiéndolos, ubicando su alcanze aplastante, aunque esto implique un distanciamiento imposible, ya que es el herido quien nos explica el avance de su herida: "Lo irremediable es a la vez lo que me desgarra y lo que me contiene".
Además, Barthes no escribe un ensayo sobre el duelo - palabra que rechaza, prefiriendo la menos oficial de "aflicción"- sino que logra encarar la tribulación, precisamente, gracias a la escritura, la única estrategia con la que consigue surcar este momento de agonía. En una de las notas, Barthes nos da, quizá sin darse cuenta, una definición ejemplar del duelo, en la que convergen las dos significaciones de la palabra - período de pena y combate -, es decir, la razón originaria del concepto antes de que adquiriera significaciones escindibles en el uso: "Lo que me hace soportar la muerte de mamá se parece a una especie de gozo de libertad".
Gozo de libertad... Barthes no puede ser más interesantemente explícito. Sufrir el dolor supone un enfrentamiento con el mismo, una lucha ética, psíquica, física, espiritual, la lucha más dura, cuyo transcurrir se traduce en una compensación interior y profunda: la victoria del duelo es el duelo mismo, experimentarlo, pasarlo, remontarlo sin dejar de sufrir. El duelo es pues, una intermitencia de pesar y de victorias sobre ese pesar, con el telón de fondo de una ausencia que no podrá ser ya recuperada.
Destaco una de las anotaciones que figuran entre los fragmentos no fechados y que si no fuera por las circunstancias dramáticas, parecería, por su mezcla de obviedad y agudeza, el chispazo de un aforista humoristsa: "Suicidio. ¿Cómo sabría que ya no sufro si estoy muerto".

AFORRITMOS


Imaginar es pensar virtuosamente.



La pereza es una forma de voluptuosidad



Si el infierno son los otros, por esa misma lógica, también los otros pueden ser, ocasionalmente, todo lo contrario.



El verso acontece. La prosa transcurre.



El caos no es, forzosamente, el desastre, sino la imagen del Todo viviente, el torbellino de lo que existe a la búsqueda de una forma.



Secundando lo posible (sobreentendiendo que se trata de algo benigno, de relaciones poéticas que ensayen, si quiera, imágenes nuevas).



Exquisitos depredadores somos.



La razón organiza el material, lo considera en tanto que dado, existente, real; la imaginación inaugura nuevas eras, permite las combinaciones de ese material, proporciona la posibilidad de relaciones no pensadas antes.



Frase soñada:Poseidón amarillo al ras de los duelos.



Esa vergüenza de sabernos semejantes en nuestra humanidad, esa promiscuidad de nuestras necesidades básicas.



Según Agustín García Calvo, el cuerpo no se inventa sino como consecuencia de haberse inventado anteriormente el alma; y el ritmo sirve para ilustrar el carácter ambiguo de la realidad: militariza y exalta, ordena y libera, hipnotiza y expresa.



Una vertiente de fachadas quietas una tarde de 1920. Sueño una foto de Brassai, quizás.

7.1.10


LOS LIBROS, TUS LIBROS, MI LIBRO

Preparando mi primer libro de verdad. Cómo no, de poesía. Y a los 46 años. Madre mía. A estas alturas todo va a ser tardío y poco satisfactorio en mi vida. Ahora que estoy harto de poesía, de melancolías, de presuntos estados últimos, de desolaciones y exquisiteces solitarias, toma, más poesía. El trabajo de depuración que supone la escritura poética me obliga a realizar una hastiante operación de sublimación de un estado que se ha vuelto patológico, ya que tengo que remontar la voluptuosidad de la contemplación en la que gusto de estancarme y describir -reescribir, mejor dicho - lo que he percibido, lo que he disfrutado, lo que tan sólo he anotado por pereza y desorganización. Y sin embargo, creo que, a pesar de todo esto, lo más eficaz en este momento no es sacar a la calle un libro de artificiosa prosa poética o de pedantescos ensayos, como quisiera, sino de publicar uno de poesía.
Se supone que cada libro de poesía que uno escribe es el episodio de una experiencia literaria que se va estructurando, enriqueciendo y superando sucesivamente, el fragmento de una trama mayor que continúa: la vida propia, en definitiva. Yo, como independientemente de un par de plaquettes y lo aparecido en alguna antología, no he publicado individualmente, el reto que se me plantea ahora es el de combinar en un librito que, por otro lado, no va a ser más que una muestra, todos los tipos de escritura poética que he frecuentado.
Yo que soy actualmente, un devorador de libros de memorias y de viajes, de diarios y de ensayos, que no paro de redescubrir con fascinación el pasado en las manifestaciones más varias de la cultura, compruebo que la poesía es lo que me produce más orden, lo que en realidad, me es más próximo, pese a ese tono elegíaco y un tanto fatalista que no deja de empañarla, incluso en los registros más experimentales y lúdicos. La poesía : el lenguaje de la hiperestesia y de las ausencias irisadas...
Pero la poesía es la experiencia más plástica, alta y emotiva del lenguaje. Quizá deba olvidar toda sabrosa consideración teórica de la palabra poética para poder ser más auténtico en la confección de mi libro, para demostrar lo que ha sido y es mi viaje más gozoso y secreto, aunque sé que no estoy a la altura de la poesía que he llegado a escribir bien, si es que alguna vez lo he hecho.
A propósito de esto, hay una pregunta que nunca he podido despejar: ¿el poeta es un hombre que por su sensibilidad se ha vuelto neurótico, o es un neurótico que se pone a escribir del mismo modo que haría otra cosa mínimamente singular?