31.3.10


MIGUEL HERNÁNDEZ Y ORIHUELA: EL CONTENIDO TIENE MUCHO Y POCO QUE VER CON EL CONTINENTE


Decía el otro día Eutimio Martín en el programa Las noches blancas de Telemadrid, presentado por el inefable Fernando Sánchez Dragó que era normal que en el libro que ha escrito, especulase sobre la insatisfacción sexual de Miguel Hernández porque claro, allá, o sea, aquí, en un pueblo como Orihuela, el asunto de liberar el instinto más vital parece que era algo complicado (por lo recatado y mojigato de la población femenina disponible, sugerían sus puntos suspensivos).
En otra ocasión, hace unos años, la presidenta de la asociación de traductores literarios de España, de nombre Teresa pero de cuyo apellido no me acuerdo, invitada por Joaquín Garrigós, visitaba Orihuela y, sorprendida por lo agradable que le resultó la ciudad, y andando a mi lado, me soltó a bocajarro: "Creía que Orihuela era un pueblo de mala muerte".
La cuestión es que la forma en que se incide de modo automático en tópicos y simplificaciones a propósito de Miguel Hernández, de Orihuela, del presunto carácter de sus gentes, costumbres, etcétera, fomenta en el imaginario un estatismo, la sensación de que los periféricos vivamos todavía como años a. Los capitalinos, cuando hablan de Orihuela, lo hacen como si fuera un pueblo remoto.
Pero hay contrapartidas.
Recuerdo, a través de los recuerdos de mi madre, lo que mi abuelo, exportador de frutas, y pariente no lejano de la madre de los Sijé, decía de la gente de Madrid, una vez que viajó allí (hay que remontarse a principios de los cuarenta): "Concha - le decía a mi abuela - estos de Madrid parecen tontos. Si te paras y miras para arriba, se te juntan un montón y hacen lo mismo para ver qué es lo que estás viendo".
Ni el pánico sexual de las oriolanas, ni el aborregamiento de los urbanitas madrileños constituyen canon alguno, pero sirven, en el molde del estereotipo, como ilustraciones , una del carácter provinciano, y otra, de la alienación de la gran ciudad.
No he leído el libro de Eutimio Martín sobre Miguel Hernández ni creo que lo haga a no ser que alguien me lo preste o me lo regale, pero ya ha levantado la polémica que, al parecer, iba buscando, a la vez que hacer negocio. Blanca Andreu, en su blog, critica la perspectiva chascarrillera y poco digna, en tanto que falsa, que se nos da del poeta, y en el programa, televisivo, el eximio Eutimio, se rebelaba contra esa imagen idílica del poeta y Josefina como esposos castos y ejemplares. Y yo me rebelo contra la entidad abstracta de los números negativos, ¿no te fastidia? Resulta hastiante esta manía por desmontar tópicos y destruir leyendas. Si al hacerlo descubrieran algo interesante, digno de figurar en bibliografías de referencia.... No sé si el libro de Eutimio Martín es bueno o malo, pero si uno de los temas centrales de la biografía de un poeta va a consistir cómo y con quién satisfizo sus deseos eróticos, eso acabará diciéndome más de las obsesiones del biógrafo que del biografiado. A veces pienso que cierta generación de críticos españoles carecen, paradójicamente, de una conciencia científica de la complejidad del concepto de "texto". El que determinada obra literaria fuera escrita por estar el autor aquejado, por ejemplo, de una pulmonía, es un dato tan a tener en cuenta como no pertinente a la hora de estudiar la ficción, la significación estética en tanto tal. Pero aquí hay un signo. Nos interesa tanto o más el anecdotario, la novela de la vida del poeta que su obra poética. También es cierto que dividir ambas cosas puede resultar artificial, incluso erróneo, deben marchar paralelas en la investigación. Pero esforcémonos para que el estudio historiográfico esté a la altura del estilístico y literario.

26.3.10


LOS MIL Y UN HOMENAJES

De la tonelada de homenajes, conferencias, recitales, mesas redondas, publicaciones y demás que está suponiendo ya el Centenario Hernandiano, lo que resulta admirable es, precisamente, esa fecundidad - crítica, histórica, biográfica - que un personaje puede suscitar cuando confirmamos en este su ejemplaridad, su autenticidad, su significación en la historia. Y aunque puedan levantarse voces criticando una explotación del poeta o señalando cierto empalago, tal eclosión de actos debe interpretarse como una fiesta, como una celebración de la poesía misma, lo que por un lado hace justicia al poeta, y por otro, satisface de ese modo - festivamente - una necesidad numinosa de identidad colectiva, de pertenencia entrañable a un acervo cultural colectivo.
Tengamos en cuenta, hablando en términos hermenéuticos, que la "popularidad" es un acuerdo, es decir, el término feliz de un recorrido y de una aceptación, de un camino de reconocimiento que la sociedad emprende a favor, finalmente, de alguien, un acuerdo que, como ha ocurrido tantas veces con poetas y artistas, no se consagra definitivamente sino tras la muerte.
Miguel Hernández es virgen a todo comentario y a toda exégesis, ajeno a la mole de publicaciones y versiones que sobre él han aparecido y aparecerán, extraño a toda hagiografía, a todo elogio, a toda reivindicación. Jamás oirá todo lo que se escribe sobre él, sea bueno o malo. Hernández es ya un clásico, ya no pertenece a los vaivenes de la contingencia, aunque unas y otras biografías, pretendan arrastrarlo hacia ella. Ahora está en los libros, en la memoria de la cultura, y lo que nos interesa fundamentalmente es su obra, su poesía, la dimensión de una voz. El desglose de las circunstancias vitales es, propiamente, tan indefinido, cuantitativamente, como variable en perspectivas y tendencioso según la dirección de las mismas, y aunque resulte valioso todo ese caudal informativo, es la rotundidad, lo entrañable de sus versos lo que llega a nosotros, inalterable.
Un texto genera otros textos. Semióticamente hablando, podríamos decir que Miguel Hernández es un Texto, un gran símbolo. El seguimiento de la peripecia vital de ese Texto, de ese cuerpo, de ese productor de un mundo llamado Miguel Hernández, supone la emergencia de toda la pululante literatura crítica , cuya misión es reconocer y retornar al gran valor del Texto originario después de haber definido e identificado todas sus vinculaciones, ramificaciones y significaciones. De ahí, que, en definitiva, el mayor homenaje al poeta consista en leerlo. Simplemente.
Resulta envidiable la popularidad de Miguel Hernández. ¿Existen hoy en día poetas populares, es posible que un poeta en la actualidad, sea capaz de vehicular el sentir general de la gente, que goze de una simpatía prácticamente unánime porque lo consiga? ¿O es que los poetas actuales están atrincherados porque el pueblo prefiere otros "voceadores" de sus deseos: el cine, las novelas, la televisión...? Quizá no haya pueblo sino "masa" y la poesía no tenga otra opción que dar cuenta de ese secuestro, haciéndose, a veces, oscura y antipática a nuestros ojos lectores. Miguel Hernández cubre una etapa reciente de nuestra historia, signada por el acontecimiento épico-dramático de la Guerra Civil. Nuestras circunstancias son muy otras. Pero ante el misterio del mundo y de su constante devenir, podemos decir, utilizando un admirable motivo hernandiano, que hay otros poetas que acechan ese misterio, dispuestos a desbrozarlo.

24.3.10


HILAS


Ninguna sal que condimente esta arena cocida del desierto


Epitafio cenital: Aquí yace a las sobremesas


Traidor, implosionas hacia mí


Soles pendencieros


Vulnerabilidad soluble


No comprendo nada de lo que afirmé y no advertí en mi percepción aquella obvia obviedad.


Poesía surrealista de las matemáticas escolares: raíces cúbicas


La sombra de lo blanco es un azul que flota a ras


Comprendo unas estaciones de tu ser y otras me desconciertan


El gato fascina por su aspecto alerta, es decir, por su sensibilidad ante el entorno, por la naturaleza misteriosa de lo que se cree que percibe


Lo entendí claro, suponiendo que supusiera que yo suponía lo que él estaba suponiendo


Secciones gemelas de un rectángulo dirimiendo la especificidad de sus ángulos


Estancias barridas por la mirada del pensamiento



17.3.10



ADIÓS DINERO, ADIÓS...

Confieso que los políticos me parecen unos tipos bien raros. Los veo a años luz de mis gustos y del circuito de mis referencias, enclavados en no sé qué estrastosfera desde la cual emiten sus discursos previsibles, criaturas periféricas que, sin embargo, pueden incidir en la vida individual y en el seno mismo de la colectividad a la que uno pertenece, de modo determinante.
Si son ciertos los datos de los gastos que el equipo de gobierno de la alcaldesa de Orihuela, Mónica Lorente, ha llevado a cabo en el curso de dos temporadas de mandato, entre el 2007 y el 2008, y que a través de un folleto rubricado por Los Verdes, el PSOE y el Centro Liberal Renovador, se nos han dado a conocer, independientemente del desconcierto y la irritación que se sienta, uno no deja de preguntarse sobre la extraña condición de los que ostentan el poder y su delirante capacidad de maniobrar y derrochar.
Ante esta lluvia de miles de euros, ¡millones de euros! cuyo destino lamentable el folleto explicita, - inversión en servicios ineficaces, comilonas glamurosas, eventos de autopropaganda, costes del modisto personal de la alcaldesa - yo, por un lado, me digo: con razón están la mitad de los ayuntamientos y las autonomías endeudados hasta las cejas, y, por otro, más personalmente, me pregunto, ¿y con tanto dinero manando alegremente por aquí y por allá, no hay un tiste euro para Empireuma, la revista que desde hace más de veinte años ha paseado el nombre de Orihuela por medio mundo y que tras casi todo ese tiempo de ninguneo local no le ha quedado más remedio que echar la toalla por inexistencia de subvenciones e indiferencia política?
La pequeña Mónica debe preguntarse, como lo hacía el personaje que tomaba el sol tranquilamente en un hamaca rodeado de basura, en la irónica portada del disco de los Supertramps: Crisis? What Crisis?
Confesaba el poeta inglés Auden que sólo había una clase de personajes a los que le gustaría ver humillados: a los poderosos, a los políticos, a todo individuo que ocupase, impumemente, un cargo de poder. Y yo confieso, a la vez, que ante el impudor y la arrogancia de ciertos políticos, mi fantasía secreta es muy similar a la de Auden.

16.3.10


ENTRADAS ANTIGUAS

Lo que más me fastidia de la factura técnica de los blogs es ese dispositivo, para mí, exasperante, de las "entradas antiguas". Resulta que lo que escribistes antes de ayer puede ser ya antiguo pasado mañana, es decir, deja de tener valor, ya que el máximo valor en internet es la eficacia informativa, la joditera velocidad, lo cual implica excluir otro modo de acceso a la realidad que no sea la consumición instantánea de la noticia, del dato. ¿Por qué tanta maldita prisa? Pero esa "prisa" es inevitable teniendo en cuenta la naturaleza del tipo de herramienta que estamos utilizando. Ninguna expresión más paradigmática del concepto de tiempo en el espacio y más explícita de este viajar a la velocidad de la luz que las "entradas antiguas" de marras. La densidad, el paladeo verbal del concepto, la calma constatación tangible de lo que haces, fuera del circuito, para los libros impresos y el profiláctico distanciamiento de las pantallas hipnóticas.
Pero una cosa es disfrutar del fragmento, del microrelato, del acceso a la información puntual, y otra atomizar contenidos sistemáticamente. Lo que ocurre es que la actualización continua conlleva la pulverización de la información que se va acumulando (en el limbo de las "entradas antiguas", por ejemplo), y aunque esa mole de información antigua esté siempre disponible, el hecho de que lo que escribas en internet esté destinado a una cuasi eliminación instantánea, no deja de producir cierta ansiedad y una sensación de fantasmidad envolviendo lo que acabas de elaborar. Son las consecuencias de escribir en un medio virtual: es la velocidad la que niega el monumento verbal de la palabra impresa, la que desmenuza toda duración al erigir la instanteneidad en absoluta. En internet no hay, propiamente duración, sino flujo, renovación constante de la información. Podríamos imaginar una máquina cuya única operación fuera la de sostenerse indefinidamente consumiendo una energía infinita.
Andoni Alonso e Iñaki Arzoz (Cibergolem) critican el "misticismo digitalista y la filososofía tecnohermética" que surcan el mundo del ciberespacio y subrayan el desprecio implícito hacia el cuerpo de corte protestante que aquí se revela, pues, no sólo se piensa con el cerebro, sino también con el cuerpo.
De todos modos, las ventajas de utilizar un medio virtual no pueden efectuarse sino a costa de sacrificar cierta noción de duración, por lo que algunos autores han preferido publicar sus blogs en formato impreso, es decir, convertirlos en un libro: una forma "cerrada" de preservar los contenidos que viajan por un canal ilimitado pero impalpable.

12.3.10




ASINCRONÍA

Cuando hablamos de fotografías antiguas, nos remitimos enseguida a una acogedora niebla poblada de cuerpos gaseosos y rostros remotos, velados (por el tiempo, claro). Pero, a veces, en el examen de alguna de esas fotografías que creíamos haber ubicado, podemos encontrar algún detalle que distorsione o contradiga la clasificación que hemos hecho de lo que se supone o nos suscita una imagen antigua. A veces son detalles sutiles, pero no invisibles para quien decida explorar un poco. Por ejemplo, hay algo, en la fotografía escogida por la editorial Páginas de Espuma para ilustrar la portada de las deliciosas Memorias de Alphonse Daudet, aparecidas hace una temporada, que me turba. Es un detalle, quizá insignificante, pero cuya singularidad yo no dejo de ver. Lo que muestra la fotografía es la calle Rivoli, en París. La imagen está tomada alrededor de 1865. El detalle que me perturba tiene que ver con la idealización del tiempo y su espontánea, recóndita desmitificación. En el marco que he recortado de la imagen total se encuentra el detalle en cuestión. Se ve a un par de trabajadores, - un hombre con un capazo y una mujer - , y junto a ellos, marchando de espaldas al visor de la cámara, un distinguido caballero con levita blanca, un burgués de la época, quizá un dandy o un aristócrata.
Observo una diferencia sutil entre los dos trabajadores que se han percatado de la presencia del fotógrafo y miran de frente y la desdeñosa figura del caballero que se aleja parsimoniosamente. La diferencia a la que aludo, no es, naturalmente, social o estética, sino de índole ontológica, representacional. Mientras que sobre los trabajadores parece que cae el peso del tiempo, y los veo "característicos" de la época, el hombre que se aleja, pese a su indumentaria y estar al lado de los otros dos, no consigo ubicarlo en el pasado, en una fecha tan remota como 1865. O sí, pero no de forma evocadora o melancólica. Hay algo en la figura, en la naturalidad de su gesto, que me la hace sorpresivamente corriente, actual. Los dos trabajadores tienen el rostro emborronado, están presos de su tiempo histórico, mientras que el individuo que se marcha, logra escapar - literalmente - del óxido del tiempo, gracias a ese movimiento de evasión soberana, a esa tranquilidad con que levanta un pie y se aleja. La diferencia radica en el estatismo de las figuras de los trabajadores y la posición en movimiento del caballero. Los dos trabajadores posan sin saberlo, mientras que el caballero se evade del registro de la memoria: habita el instante, el momento en que lo han pillado como un transeúnte más. La fotografía reciente de alguien andando de este modo por la calle, no se diferenciaría en nada de esa imagen, pese a la fecha en que ha sido tomada. Es esa naturalidad lo que le distingue y le salva de la momificación del tiempo, mientras que sus dos paisanos, parados como pasmarotes, ejercen con mayor evidencia como representantes típicos de la iconografía de las clases populares parisinas.

5.3.10




LIBROS DE VIEJO




Últimamente había llegado a pensar que ya no iba a encontrar cosas interesantes en las ferias de libros de ocasión. El material de un año a otro apenas variaba, lo que antes me atraía ahora no lo hacía tanto, los libros de "ocasión" habían dejado de ser baratos..... Por otro lado, actualmente, han ido apareciendo nuevas editoriales en España, pequeñas, medianas y no tan medianas, que son las que últimamente nos están descubriendo tanto obras como autores interesantes que no conocíamos, de tal modo, que la posibilidad de encontrar una "novedad" en los libros de viejo se ha ido reduciendo. Pero este año la feria de Murcia, aunque algo mermada, pues habían menos estantes que el año pasado, ha supuesto una agradable ocasión para recuperar los ánimos de búsqueda de otras temporadas. El pequeño puñado de obras con que me hice en mi última exploración: Leonardo da Vinci, de Sigmund Freud, la famosa biografía psicoanalítica del artista; Egipto, el fin de una época, de Pierre Loti; Historia de la parapsicología de Jon Aizpurúa; Sobre la naturaleza del significado, de Christensen; La civilización puesta a prueba, de Arnold Toynbee; una edición casi facsímil del diario de viaje que Gozenbach llevó entre 1887 y 1888 atravesando el mítico desierto del objetivo preferido por los exploradores decimonónicos, Viaje por el Nilo; Interpretación sintética del espiritismo, de Gustavo Geley, racional esfuerzo de afrontar unos hechos misteriosos; un libro de fotografías de Javier Campano; Plumazos de un viajero, obra del ilustre médico Antonio Pulido sobre sus viajes por Francia, Holanda, Bélgica, Alemania y lo que era por entonces el Imperio Austrohúngaro, en una edición sin cortar de 1893, y añadido a todo esto, un estupendo disco del organista de Jazz, Jimy Smith.
Me he dado cuenta de que con el tiempo, mis preferencias se han ido ordenando en dos grandes bloques: las lecturas más típicamente literarias, lecturas lineales, narrativas, en las que me abondono al placer de cursar el espacio y el tiempo infinitos y que suelen ser libros de viajes, diarios íntimos, autobiografías y menos frecuentemente, ficción ; y por otro, lecturas más puramente intelectuales, en las que disfruto de los meandros especulativos de la teoría: ensayos, obras de semiología, filosofía, crítica literaria, etcétera.
En el primer caso me dejo fascinar por la anécdota, por el misterio que arrastra y y se encuentra disperso en la prosa del mundo, reparando en el cómo y porqué del registro de los distintos autores; en el otro el placer no depende de recorrer itinerarios espaciales o temporales, sino de la irrigación luminosa del pensamiento, de la excitación de saberte en el centro de las revelaciones verbales. Ambas lecturas, aunque efectuadas sobre continentes distintos, obedecen al mismo motivo: el placer. Sobra la referencia barthesiana.
El libro de Geley sobre el espiritismo se sitúa en un estadio intermedio, ya que es una reflexión puntual hecha sobre algo en el mismo momento histórico en que ese algo, que para nosotros se ha convertido en poético, se producía, es decir: se trata de la obra de alguien que vivió la época de las sesiones espiritistas y experimentó con médiums, y que lleva a cabo un análisis todo lo riguroso que le es posible de aquel mundo que hoy se reduce, meramente, a una pintoresca iconografía: grupos de personas muy seriamente vestidas dormitando en torno a una mesa, poses hiératicas o crispadas de las mediums, gasas ectoplásmicas flotando en la oscuridad, fotografías borrosas...
La lectura del libro de Toynbee, La civilización puesta a prueba, resulta sorpresiva: los temas y problemas que plantea se encuentran actualmente en pleno debate y desenlace. Le dedicaré una breve reflexión más adelante. Resulta interesante comprobar cómo se transforma el libro según su utilización y ubicación. Si no se me hubiera ocurrido abrir el libro de Toynbee y hojear por encima su contenido, se hubiera quedado ahí,entre el montón de nichos de celulosa amarillenta que desbordaban el puesto. Quiero decir que ese libro que tú rescatas del resto indistinto, cuando lo tienes entre tus manos, le pasas un trapo y te lo llevas a casa, se transforma como objeto, como medio de transmitir una información. Su aspecto manoseado, sus bordes arrugados, sus manchurrones, dejan paso a una riqueza que estaba oculta cuando el volumen permanecía mezclado de modo infame con los otros. De esas páginas vejadas por el paso del tiempo emerge un discurso, un ensamblaje brillante de palabras que a través de tu lectura adquieren actualidad, aunque el texto haya sido escrito hace décadas. Brota la inteligencia y reconoces un espíritu común disimulado, momificado en un viejo volumen que sólo ha precisado de tu atención para resucitar.
El libro: según Borges, el mayor invento del hombre y el tipo de objeto con el que, literalmente, sueño con más frecuencia. No sé, me parece que sí, haber contado un sueño que tuve recientemente: soñé que tenía en mi biblioteca un libro de Wittgenstein, con media portada desgarrada, estrecho, de tamaño grande y color crema, titulado Lo Algo. La desilusión fue tremenda al despertar y comprobar que el tal libro no existía. Ahora con lo que fantaseo es con lo que el filósofo hubiera escrito en ese libro imaginario. Bueno, quién sabe. Quizá algún día me lo encuentre semienterrado en algún puesto de libros de viejo (en otro sueño).

2.3.10


UN POETA QUE NO GANA UN MALDITO PREMIO, CONVERTIDO EN JURADO DE UN IMPORTANTE PREMIO LITERARIO


Durante años, he intentado, infructuosamente, ganar un premio de poesía, y de repente, ante la solicitación de un amigo, me encuentro formando parte del jurado de un premio internacional. ¿Esto qué es, una broma del azar, implica algún tipo de moraleja, o es que el destino quiere equilibrar mi situación de huérfano absoluto de premios con una suerte de compensación desmitificadora? El que debiera encontrarse entre los aspirantes, está, súbitamente, entre los que decidirán, parcialmente, qué obra sea la propiciatoria del premio. La cosa me gusta un poco, me da cierto.. poder, pero al mismo tiempo me angustia, confunde cuál es mi verdadero papel con respecto a esto de escribir.

Tener montañas, torres de poemarios que me llegaban a la cintura, por un lado me entusiasmaba, y por otro, como siempre ocurre con las imágenes de lo masivo, resultaba un tanto aniquilante y triste.

Cuando empecé la tarea, leer con atención cada uno de los libros, sentí una especie de... piedad, me atrevería a decir. ¿Quién soy yo para decidir, para quitarme de en medio este o aquel poemario? El candor, la gravedad, la agudeza, la delicadeza, el arrojo de unas voces sin rostro desfilaban delante de mí. El problema ya no es tanto ser justos con un discurso, sino con una realidad, una realidad social y mental, porque, por ejemplo, ¿qué hacer con los poemarios venidos de Latinoamérica, tan enrabietados y protestatarios como lúcidamente cargados de razón, pero que desde aquí no nos dejan de sonar panfletarios e incluso, anacrónicos? Descartar un poemario y otro, era como enviar a la sima el testimonio de alguien anónimo, pero real.

El "poder" transitorio que de pronto se me había concedido, me permitía acceder al conjunto de lo que llega a un concurso, y esto era como si me hubiera metido en la intimidad creadora del prójimo para así comparar sus escritos con lo que suelo enviar a otras convocatorias y poder preguntarme qué es lo que demonios hay que escribir para ganar un concurso de una puñetera vez, con qué trucos, solturas, complicidades, atrevimientos, hay que contar para seducir al jurado. Pero los premios de poesía, a fin de cuentas, son un absurdo: a todos los poetas habría que darles un premio por el hecho de serlo.

Lo más gratificante que he experimentado leyendo los 153 poemarios que me tocaron en suerte leer, ha sido constatar, que pese a todos los tópicos sociales que nos rodean, pese a la simplificación estupidizante que los medios de comunicación alimentan y producen, pese a la banalización de las cosas y la transformación del mundo en un espectáculo degradante y absurdo, la palabra poética está ahí, resistiendo, como un diamante fulgiendo a ras de tierra, afirmando su verdad y combatiendo con su decir soberano lo que ese gran Hermano de rostro invisible, lo que ese robotito que nos sustituye, nos ordena hacer o sentir.