29.9.11


LÍNEAS
Soñé que no acaba de despertarme nunca.
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Ámame. Enséñame a vivir.
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He envejecido o he cambiado, pero nunca he dejado de estar aquí.
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Constancia efímera, plenitud de relámpago.
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Ser y estar. Estoy, pero soy defectuosamente.
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Algunas almas son naturalmente barrocas.
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La mónada nómada.
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El otro día estaba desconcertado. Me di cuenta de la posibilidad real de ser feliz.

20.9.11

DIARIO



Paul Valéry desechaba la idea de escribir un diario: pensaba que era una tarea inútil registrar cosas de las que uno mismo, con el paso del tiempo, no se acordaría y de las que llegaría, incluso, a sentirse ajeno. Barthes sólo aprueba llevar un diario a cambio de convertirlo en literatura. Estoy de acuerdo con ambos. Lo ideal sería escribir manteniendo el equilibrio entre las dos opciones: desechar el mero registro monolítico, sin destino emocional, viendo lo que ocurre a tu alrededor como un escritor, como un poeta. No inventar ni burdamente inventariar, sino simbolizar.
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Deambulando por Murcia con un par de pasteles de atún encima. Se me ha ocurrido sentarme en la gran rotonda en la que acaba la avenida Alfonso X y que es el punto de convergencia de otras calles grandes. Estaba atardeciendo, las luces de color acuáticas de la fuente estaban encendidas, grupos de chicos y chicas se tumbaban sobre la hierba y decidí sentarme en un banco. Cuando me acercaba al banco solitario, percibo que al fondo, sobre la arena del espacio que circunda lo que es el centro pavimentado de la plaza, han puesto un amplio mostrador en el que se sirven bebidas y tapas. Por su aspecto humilde pero encantador, allí, en la umbría de los árboles, parecía mas bien, un merendero de los setenta. Había luces, mesas y sillas de plástico, con bastante gente. En el justo momento de alcanzar el banco, apenas depositar los pasteles a mi lado, escuché el sonido de una campana aguda y concreta, no de iglesia, y he visto pasar el nuevo tranvía. De pronto, sumido en esta deliciosa mezcla: ambiente de fiesta, gente, gorjeos de pájaros, movimiento tranquilamente bullicioso en el que nadie molesta a nadie, temperatura no en exceso calurosa, el tranvía pasando repleto de personas que regresan a sus casas o se suman a la tarde de fiesta de la capital, perfumes errantes acariciando los sentidos, me he sentido repentina e intensamente dichoso. Precisamente, el día anterior había estado leyendo unas reflexiones de Leopardi sobre estas exquisiteces íntimas de la contemplación. Pero reconozco que este abandono no ha estado exento del toque de una cierta aureola de melancolía. De este modo, esta "dicha" de la que hablo, en tanto que sensación solitaria y pasajera, ¿es realmente dicha, podemos conceptuarla como tal, como indicio o signo de algo mayor y posible, y no como meramente el arrobo olvidable del flaneûr que gusta perderse en el laberinto de la ciudad? Me encontraba cansado, hecho polvo, después de haber atravesado media Murcia, pero de momento, tener esta vista instantánea y circularmente panorámica de la realidad, me hizo pensar que la felicidad era posible, que es posible ser un poco como los demás - mi secreto anhelo -. Si no soy nadie en especial ¿por qué tengo que sentirme eternamente excluido de la fiesta humana, de la bendita normalidad, de la harmónica integración en esa cosa, difusa y concreta a la vez, llamada sociedad?
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Leo en Plinio que coitus significa "conjunción": la coincidencia de varios planetas en una misma trayectoria sideral. Qué metáfora maravillosa nos concedieron los dioses o el Verbo, y de la que ya ni nos acordamos.
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Un amigo escultor me cuenta su viaje a Australia y cómo la guía aborigen percibió algo en él, le dijo que no era como el resto de los turistas y le llevó a un lugar secreto, fuera de programa, donde le enseñó cómo pintaban sobre la tierra y en las piedras, sus antepasados. La televisión y los periódicos nos bombardean con la pobreza y la miseria que hay en el mundo, pero las energías clarividentes están agazapadas, prestas a brotar apenas se produce la conexión luminosa, cuando la ocasión azarosa lo propicia.

15.9.11


ELOGIO DE PARÍS
VÍCTOR HUGO
El que imagine la totalidad de los textos - cualquier texto - como la comunidad rotatoria del pensamiento universal y que la editorial Gadir diseñe exquisitamente sus pequeños volúmenes, ha excitado lo suficiente mi voluptuosidad intelecto-sensorial como para impulsarme a adquirir este libro casi nada más verlo. Y qué bien dosifica Gadir sus entregas y selección de obras, creando, también, como lo hacen todas las buenas editoriales, su semisecreta comunidad de lectores.
Conocida es la grandilocuencia del genio romántico del autor francés que nos ocupa. Efectivamente, a Victor Hugo le pierde la verbosidad y el profetismo, valga el neologismo: forma parte del conjunto de signos que su discurso encendido lleva consigo. Ahora bien, esto no quita para que en medio de expresiones henchidas y más que dejes visionarios, que se disfrutan de igual manera, su opúsculo - este Elogio de París - se vea surcado de fulgurantes juicios que sintetizan densos períodos de historia y de frases antológicas. En realidad, su retórica no es sino el alterado producto que la pasión por la verdad y la justicia efectúa sobre una inteligencia generosa que procura ir más allá de la teoría, la inteligencia de un hombre de letras, pero sobre todo, poeta.
Victor Hugo nos cuenta con brevedad luminosa cómo París nació de sus arrabales, la lucha colectiva de una sociedad "en pos de la Idea", que le llevó a desembarazarse de siglos de crueldad y de tiranías.
Independientemente de la grandeza de su historia - París es Francia -, de los pormenores de su época revolucionaria y de su función intelectual en el seno de la Europa moderna que la convierte en un misterio profano - "París trabaja para la comunidad terrestre" - hay un par de detalles que nos la ubican más cerca y en consonancias menos hiperbólicas: las prevenciones ante Prusia, que política y militarmente va creciendo amenazadoramente, o bien, ese poso gótico, canallesco del país de Sade: "Una cierta aceptación hacia los ladrones y los murciélagos ha caracterizado durante mucho tiempo las calles de París", que viene a ser algo más que un toque folclórico, el punto iconográfico del malditismo urbanita que simbolismos, decadentismos y surrealismos explotarán y encarnarán después.
Este texto fue escrito con motivo de la Exposición Universal de 1867, y ante la multiplicidad de formas y técnicas de procedencia internacional que ello supone, diríamos que Victor Hugo adapta sutilmente la unidireccionalidad del canto a la ciudad del pensamiento: "Cada pueblo tiene su patrón del porvenir, que es una extravagancia". Pero si París es - fue - la ciudad de la moda, cada moda es también una extravagancia, como lúdica extravagancia es en sí una Exposición Universal, cuyos abigarrados brillos son para Hugo el festejo de los avances reales de la utopía.

9.9.11




REFLUJOS DEL TIEMPO.
TRINO TRIVES EN LA CORRESPONDENCIA DE SAMUEL BECKETT
 
Por una serie de rocambolescas cuestiones y, sobre todo, por mi vergonzante impericia, todavía, con los entresijos internáuticos, no ha sido sino hasta hace un par de días que he podido acceder a mi cuenta de correo gmail, anexa al blog que abrí hace cuatro años. Entre los mensajes de cuya existencia no tenía ni idea, el más interesante y que más me ha sorprendido, ha sido el de Eduardo Paguagua, profesor de la Emory University de Georgia, en Atlanta, y que data del mes de marzo del 2010. Paguagua me comunicaba que había leído el artículo que publiqué en Orihuela Digital en 2003 sobre la muerte del director de teatro Trino Trives, distinguido paisano nuestro, y el primero que tradujo, en España, a Samuel Beckett. Resulta que Paguagua se encuentra estudiando la traducción pionera que hizo Trino de la obra de Beckett En attendant Godot (Esperando a Godot ) y me comunica que en la recopilación de la correspondencia del autor irlandés, aparece varias veces su nombre - no especifica si como remitente de alguna carta, o aludido por Beckett o por terceros. En su correo, Paguagua solicita información sobre Trino, sobre su trayectoria última, me pregunta cuándo prescindió de su apellido "Germán", firmando con el aliterativo y más artístico Trives, pues en artículos publicados en los años 1957, 1959 y 1963, va alterando su nombre, y sobre todo, insiste en las incidencias sobre su traducción. Confieso que sobre este asunto - el que Trino fuera el primer traductor e introductor de la obra de Beckett en España, - albergaba alguna duda, más que nada, por la ausencia de confirmación concreta del hecho. Esto se debió, supongo, hablo antes de consultar fuentes pertinentes, a que quizás, no fue su traducción la que se publicara antes y se popularizara. Por otro lado, nunca se me ocurrió preguntarle sobre la cuestión y, además, el propio Trino tampoco alardeaba sobre ello, que yo sepa
Lo que Trino sí que nos contaba eran anécdotas divertidas vividas con los personajes que conoció durante su estadía crucial en el París existencialista de los cincuenta: cómo se quedó encerrado en casa de Ionesco, con el propio Ionesco dentro, cómo el escultor Brancusi, después de haber llegado andando a París desde su Rumanía natal se hacía sus propios yogures , y sobre todo su memorable, bekettiano encuentro con Beckett.
Supongo que este correo de Paguagua y el estudio que está llevando a cabo, despejarán dudas y si se publica, acabe convirtiéndose, al menos, en un justo homenaje a la labor de quien nunca lo tuvo en su tierra natal. Aunque no he podido ponerme en contacto con Paguagua todavía, a pesar de haberle enviado varios mensajes a su correo personal y a la dirección de la universidad en la que trabaja, el malestar de esta frustración se me ha atenuado en parte recordando un par de cosas relacionadas directa e indirectamente con Trino.
La última o penúltima vez que mis padres, durante un paseo, - venturas del azar - se encontraron con Trino por la calle, éste les recordó que la única persona que durante su estancia en París, le escribía dándole ánimos, era el tío de mi padre, Gregorio Piñeiro. A mi tío-abuelo se le recuerda como un caballero, como un caballero de la época, atento, grave y guardador de apariencias... Al parecer encargaba una reserva para él en un palco del Teatro Circo de Orihuela y otra en el palco de enfrente para su amiguita secreta, cauta estrategia para evitar chismorreos de parroquianos y sobre todo los celos de su hermana (mi tío-abuelo estaba "casado" con mi tía-abuela: ambos vivieron juntos y murieron solteros); pero desconocía que su afición al teatro arrancara de tan lejos. A propósito de cartas y de estos curiosos reflujos del tiempo, descubrí, recientemente, en una caja, mezcladas con un montón de viejas fotos, unas cartas suyas escritas desde Melilla en el año 1928. La lectura de estas cartas ha resultado un placer. Por un lado me han fascinado las introducciones y giros retóricos, típicos de la época, la ortografía de entonces, ese extraño acentuar la preposición á , por ejemplo, y por otro, me ha sorprendido el nivel crítico de los comentarios de las obras teatrales que entonces pudo ver por aquellos lares: habla de la ligereza de las adaptaciones de comedias norteamericanas, cita piezas de los hermanos Quintero sin mayor elogio, y se deleita con la viveza de los diálogos de una obra de Benavente, a cuyo estreno asiste.
Curioso resulta que, precisamente ahora, que ando dándole vueltas a las umbrías de mi genealogía, investigando dónde empieza histórica -míticamente el origen de tantas frustraciones personales, encuentre estas cartas de mi tío, reciba noticias de las probables cartas de Trino a Beckett, que Trino tuviese un buen recuerdo de las misivas de mi pariente, que Alejandro Jodorowsky acabe de sacar en Siruela un tocho considerable sobre la influencia de nuestros antepasados en nuestra vida y que ande por ahí, en la red, un programa, Heritage no se qué, que ayuda a reconstruir el árbol genealógico del usuario. Las coordenadas de una sincronía jungiana, vamos...
Si recupero el contacto con Paguagua, intentaré que me envíe copias de los artículos o cartas de Trino, y en cuanto a mi tío-abuelo, continuaré sondeando los transfondos de la memoria familiar intentando definir qué fantasma dicta sibilinamente nuestro destino. Pendiente queda para posteriores disquisiciones mi vinculación, a través de mi abuelo materno, con Ramón Sijé, el compañero del alma de Miguel Hernández, pero de esto no hay documentos, sólo un par de imágenes brumosas en los recuerdos de mi madre.

6.9.11


LA ILEGIBILIDAD
Pero, ¿realmente hay algo hoy que resulte ilegible como no sea la propia conducta humana? Lo ilegible ya no es un cuadro abstracto, una obra de Stockhausen o una película de autor, sino el proceder - inmoral, amoral - del hombre con el hombre. Estéticamente, lo hermético es una etiqueta más, totalmente legítima: responde a un código concreto, es una aplicación lingüística entre otras. El barroco supo bien que lo caótico suponía un orden nuevo y lo formalizó en derivas múltiples y acumulativas. Lo ilegible no es lo caótico, estado natural de las cosas, tal y como lo vieron los griegos, sino lo que copia torpemente lo caótico, es decir, lo que pretende representar al caos a través del estereotipo. "Mantengo unas ardientes relaciones con la ilegibilidad" decía Barthes, quitándole hierro a la cosa, por un lado, y por otro, queriendo ubicar cada registro expresivo en su casilla correspondiente como productor de un tipo específico de significantes.
A estas alturas ya no es aceptable el antagonismo del discurso: o blanco o negro, o claro o confuso. Ambas cosas se suceden a tal velocidad que se hacen indistinguibles. En una obra plástica, musical o fílmica, el fulgor y el ruido, pueden llegar a tener la misma importancia. Y aunque de El Nacimiento de Venus de Boticelli a la cama vieja tirada en un charco que los surrealistas colocaron en la Exposición Mundial de Surrealismo de 1933 haya un abismo, no creo que tengamos grandes problemas para disfrutar de ambas propuestas y entender qué tipo de harmonía o de desharmonía vehiculan.