29.2.12

EN MURCIA O EN CUALQUIER OTRA CIUDAD

















Un deambular por Murcia, mi pequeño París, me proporciona la siguientes imágenes, además de darme la oportunidad de ser testigo de un accidente automovilístico, en pleno centro urbano, y del robo de un pantalón vaquero de marca, que la dependienta, corriendo por la calle, arrebató ferozmente al ladronzuelo ante la mirada atónita de la gente. 

23.2.12

LOS CUERPOS DEL DÍA: COMPETENCIAS DE LA POESÍA


Hace ya tiempo que sobre los poetas gravita un interrogante: cómo preservan la dignidad de lo que hacen (o bien, qué relevancia piensan que sus trabajos puedan alcanzar) limitándose al marco estricto de la confesión escrita, oxigenada, ocasionalmente, por algún que otro recital, encuentro colectivo o salvífico premio literario. Uno se pregunta si, finalmente, la energía y la productividad del amanuense solitario que es el poeta, no terminan sino por alimentarse de sí mismas, de su propia y recóndita dinamicidad, sabiendo de antemano que van a contar con una recepción, a veces, menos que minoritaria, y sólo condimentada por el reconocimiento de amigos y posibles cómplices más o menos lejanos.
Es notable constatar que, a pesar de todas las crisis imaginables, decadencias y modas, la poesía sigue resistiendo, sigue siendo el reducto - querríamos, al menos, imaginarlo así - insobornable de la expresión más entrañable, y que ya sea en veladas aisladas, en publicaciones cuasi furtivas, a través del ciberespacio, y sobre todo, gracias a la gestación corajuda y secretamente lúcida del sujeto que se siente comprometido con la palabra, se nos de a conocer.
La cuestión residiría en que esa lucidez del poeta dejara de ser tan recóndita o secreta, y que, recuperando un horizonte de espacio social, llevara su mensaje de belleza, dolor y esperanza a primera línea. Si ello ocurriera, la poesía se libraría del sambenito de ser un discurso - hablo desde el estereotipo del profano - enfangado en subjetividades concéntricas y limbos verbales. Lo que pasa es que, actualmente, en primera línea lo que hay son deportistas, políticos, actores y, a lo sumo, algún novelista. La sociedad parece haber elegido a sus portavoces, una sociedad que es, todavía, la consumista y la del espectáculo. Y claro, las globalidades excluyen registros que sean reacios a su mercado.
Cualquier poeta que persevere en su poesía, teniendo en cuenta las circunstancias que vivimos, suscita estas elementales reflexiones. En esta ocasión tal cosa es lo que me ha ocurrido con la lectura de un par de libros de Fulgencio Martínez, como me podría haber ocurrido con la obra de cualquier otro poeta, salvo que en la obra de Fulgencio hay una protesta más que perceptible y una concienciación que viene a exigir un orden mayor de los valores que, precisamente, los usos sociales parecen estar malinterpretando, empobreciendo y erosionando.
Cuando los manifiestos en poesía parecían típicos de épocas pasadas, cuando "la poesía del silencio" y "de la experiencia" se han convertido en precoces momias de la crítica literaria, resulta interesante comprobar  cómo la poesía - admirable dignidad la de la poesía, exclamaría, citando a Lezama - vuelve a ser testigo secreto y ardientemente justo de lo que está ocurriendo en mundos y mentes.
Confieso mi alergia a todo filtramiento ideológico explícito en una obra literaria, pero cuando "la circunstancia" - social, ética, emotiva - implica más que una militancia, la asunción de una responsabilidad, como es el caso de la poesía de Fulgencio Martínez, uno piensa en lo que constituye, en definitiva, la misión humana de la poesía, y en la posibilidad renovada de que ésta cumpla con un papel más concreto y visible ante la comunidad variopinta de los lectores.
Desde luego, que la poesía deba ser esto o lo otro, según no sé qué cánones atemporales, es materia vacilante de criterios, gustos y experiencias: "El mundo es ancho y ajeno", como decía el novelista.
En este sentido, el que Fulgencio Martínez, además de poeta sea educador, quizá no influya en las competencias  de su poesía sino como un efecto, paradójicamente, beneficioso, de deformación profesional. Y quizás no sea sino esta condición, ser profesor de instituto y poeta a un tiempo, lo que provea al Fulgencio poeta de más razones y pruebas para espolear su obra en una dirección concreta ante la vista de lo que deviene y se configura a través de las nuevas generaciones.
La poesía todavía es esperanza, pero la gestación de su palabra - "recogida de la calle" - no puede eludir siempre las problemáticas derivadas de la sociedad en la que nace y emerge.
Hay una pregunta incómoda que algún provocador podría esgrimir ante lo que éste juzgase como artificios y arrobos autistas: ¿Qué hacen los poetas de hoy ante las urgencias del mundo que vivimos? La respuesta es sencilla: escribir, seguir escribiendo, defendiendo con esa actitud el territorio moral y simbólico que tal escritura va definiendo. Un poema no es algo que se añada al mundo, sino una imagen viva de éste que renueva y modifica sus límites. Un poema es algo mucho más precioso que información, meramente engrosable.
Para saber de lo que la poesía puede o deba hacerse cargo, quizá lo mejor sea consultar al propio poeta. Por ello, coloco aquí el enlace con el blog de la la publicación digital del número 26 de Ágora.
http://agoralarevistadeltaller.blogspot.com 
En la página  28  Fulgencio publica una reflexión a modo de manifiesto sobre el papel cívico de la poesía, cuya oportunidad me parece incontestable.

17.2.12

FRANCAMENTE



En la imagen, bajo la atenta mirada de Suárez, y las autoridades eclesiales y políticas, mi primo estrecha la mano de, ni más ni menos, el Caudillo. Fue en 1966. El colegio Santo Domingo de Orihuela ganaba entonces el famoso concurso de Cesta y Puntos. Fue todo un acontecimiento. Supuestamente, 10 millones de personas vieron, a través de la televisión el concurso y la entrega de premios a los ganadores. La revista Oleza, encabezaba así su edición especial del evento: "El Colegio Diocesano Santo Domingo de Orihuela, tiene el honor de ofrecer este modesto triunfo, con humildad, admiración y gratitud al Generalísimo Franco, artífice de la gran victoria de la unidad de España".
El valor de una fotografía tiene algo de paradójico. Ofrece, incuestionablemente, para siempre (hasta que el soporte de papel aguante) algo que ocurrió durante tan sólo unos instantes. Barthes estaba obsesionado con averiguar el estatuto ontológico específico que representaba la fotografía, y apuntaba a esta característica como reveladora de tal especificidad: la capacidad de la fotografía de reproducir hasta el infinito algo que aconteció sólo una vez. De este modo, como el autor francés dice, la fotografía es "el Particular Absoluto, la Contingencia Soberana", de tal modo que en principio sería más adecuado hablar de tal o cual foto que de la Fotografía.
Curiosamente, el redescubrimento de la foto que coloco aquí, ha coincidido con mi relectura de La Cámara lúcida, el exquisito libro que Barthes dedicara a la fotografía y la denuncia que la Fundación Francisco Franco acaba de disponer contra una escultura que se exhibe en ARCO, en la que una imagen hiperrealista del dictador aparece dentro de una de esas cámaras frigoríficas que expiden refrescos.
Teniendo en cuenta lo que apunta Barthes, mi primo, que muy formalmente, como no podía ser de otro modo, estrecha la mano de Franco, lo hizo durante unos segundos, pero tales segundos fueron vertiginosos, suficientes para que moléculas de quien dio el golpe de estado que inició la Guerra Civil y charló con Hitler, se mezclaran con las suyas. Aun cuando, rato, días o meses después , se lavara las manos, ¿hasta cuándo tales moléculas resistieron sobre su piel y se extinguieron realmente, teniendo en cuenta que no eran las moléculas de cualquiera? A veces he pensado en escribir un cuentecillo sobre las consecuencias físico-psíquicas que tal contacto sensorial tuvo en mi primo: que la mano se le agigantaba o cambiaba de color, que envuelto en pesadillas, esa mano cobraba vida propia, poseyéndolo y obligándolo a hacer tropelías... En fin, una fantasía algo previsible. Afortunadamente, mi primo continuó con sus estudios y concluyó brillantemente su carrera. Que yo sepa, aquel roce, aquel contacto, aquella convergencia de dedos y palmas, salvo su fugitiva significación histórica, perpetuada por la fotografía, no tuvo, que yo sepa, efectos secundarios graves. A diferencia de otros que sin haber conocido o "tocado" al dictador, se empeñan en remarcar su carácter de fetiche con exposiciones polémicas.   

13.2.12

CONTRAPORTADAS PSICODÉLICAS DE LIBROS VIEJOS



Me parece que ha sido Jesús Marchamalo quien ha publicado recientemente un librito titulado de este modo, "Tocar los libros". No se trata de una manía exquisita, específica de bibliófilos - lo de tocar los libros, olerlos, sentir la textura del tipo de papel - sino algo que, ante determinadas ediciones, y singularmente si son añejas, se impone sensorialmente para quien frecuenta el mundo literario y la lectura. Confieso que, literalmente, he hincado el colmillo en más de una ocasión en el paquete untuoso y compacto del libro, embriagándome con la vista y la palpación de esas páginas crema o de tonalidades ebúrneas de ediciones recientes. Van Gogh se tragaba chorros de óleo, yo muerdo libros. Los libros de la editorial Pre-textos, por ejemplo, son un modelo de esta querencia literario-degustativa: sus ediciones nos suelen brindar selectos textos en forma de verdaderos bocados aromáticos de celulosa de vainilla. Es un placer repasar digitalmente las estrías de las tapas de sus libros que se parecen a los apretados junquillos de pequeñas esteras chinas, aunque, con el tiempo, esta estructura esponjosa es más vulnerable al deterioro.
Los libros antiguos suman dos aspectos demasiado severos: la solemne pesadez de sus elaboradas encuadernaciones e, irremediablemente, la erosión del paso del tiempo, que al oscurecerlos, los hace semejantes a momias de papel. Lo que primero impacta, visualmente, es el carácter monocromo  de ese marrón que nos recuerda su origen vegetal, en el que, a veces, dispersamente, detectamos detalles de vida: el dorado sucio, cuasi borrado, de epígrafes desfallecientes o de alguna ilustración oxidada.
Como "pobreza" y "antigüedad" tienen alguna vinculación (equívoca) en la red semántica con respecto a la apreciación de lo aparente, los libros antiguos deprimen un poco, nos transmiten no sólo los efectos del paso del tiempo, sino el tempo del lector antiguo. La ausencia de ligereza, en la mayoría de los casos, el carácter primorosamente artesanal de las ediciones, el rigor de esas tapas a veces planas, que nos ponen en contacto con la tosquedad material de lo que no es sino un pedazo metamorfoseado de madera, imponen un acercamiento pausado, específico, lento, ritual a su lectura. Es el libro del burgués del XIX, el que se encasqueta respetuosamente en el hueco de la densa estantería a la que pertenece.
Pero, a veces, ese carácter grave de los libros antiguos se permite ciertos delirios relajantes, ciertos abandonos vibratorios. En los interiores de las contraportadas son frecuentes las formas atigradas, esas filigranas granate o sepias que cubren todo el espacio de la página y que, como las vetas de fragmentos de vetustos mármoles o de compactas configuraciones de humo crean un hipnótico efecto de belleza abstracta, mitigado  -o potenciado -, por el moho y las décadas.
El impacto que crearan en un lector contemporáneo del libro estas contraportadas seguramente fue vívido, e incluso, ligeramente embriagador. En realidad, estéticamente, estas formas que recuerdan burbujas o reflejos en el agua, son totalmente "modernas".



Desconozco su origen, quizá se debió a un azar; o bien a alguien, a algún editor o impresor le pareció que los volúmenes más notables podrían quedar más atractivos si, además de los cuidados de la portada y la presentación interior, se rellenaran las contraportadas con algún tipo de efecto, y para no depender de ningún ilustrador, crearan un catálogo indefinidamente multiplicable partiendo de lo más simple que las máquinas pudieran imprimir.
Con seguridad, ya alguien ha estudiado esta cuestión, ya sea desde la semiótica o desde la historia del arte, pero resultaría interesante investigar el origen y el porqué de los adornos que acompañan-componen el libro y, sobre todo, las que se despliegan en las contraportadas,  esa energía que, partiendo del exterior, cerca el texto como para protegerlo.

8.2.12

EL GUSTO POR LA ANACRONÍA



Se dice que leer es oficio de ociosos. Alguien que estuvo tan sumido en los placeres del texto como Barthes, así lo afirmó. Si a esto le añadimos la dedicación a textos antiguos, o mejor dicho, anacrónicos porque la información que contienen ha sido superada y no nos sirve, lo que estoy haciendo al ir tanteando la vetusta biblioteca que sorpresivamente me ha tocado en suerte, teniendo en cuenta, encima, la crisis económica en la que nos encontramos, casi me hace sentir reo confeso de flagrante evasión de la realidad. Ahora bien, nada más chocante, curioso, fascinante e incluso cómico, que leer textos - determinados textos - de épocas pretéritas. Cómo el tiempo segmenta esa información, la torna absurda desde el presente histórico en la que la leemos, o bien, sorpresiva, si revela algún dato que habíamos olvidado; o incluso, conecta, curiosamente, con el saber actual que tengamos con respecto a eso a lo que dicho dato hacía alusión, confirmando algún detalle o matizándolo. El pasado es lo acontecido, de acuerdo, pero los textos, aún desde sus (para nosotros) limitaciones epocales, ofrecen brechas que dispersan por las galaxias observaciones y juicios, cuyo juego dinamiza esa imagen estática y sumaria  que, a veces, tenemos del pasado. También fue Barthes quien dijo que una interpretación infinita de los textos del pasado era posible, sosteniendo, de este modo, que ningún texto es monosémico, es decir, tributario de una significación exclusiva y única. Pero esta cuestión nos llevaría a suculentas reflexiones hermenéuticas y filosóficas que procuraré condimentar con la lectura paralela que estoy haciendo de Filosofía y Lenguaje, de Emilio Lledó.
Vayamos hoy con un ejemplo ilustrativo. Leo distraídamente Elementos de Geografía Universal, de Miguel Cervillo y me sorprende la tranquilidad con que habla de las extensiones, poblaciones y ciudades que componen el Imperio Austro-Húngaro, más exactamente, del Ducado de Austria. Especialmente esta zona, se convierte en un auténtico galimatías geográfico. Al Ducado de Austria pertenecen Estiria, Bohemia, Galitzia, Hungría -aunque con título de reino - , Moravia, Silesia, Transilvania, Dalmacia, El Tirol e incluso Albania, cuya capital es Zara, como Buda (que no Budapest) lo es del reino de Hungría. Milagrosamente, Montenegro escapa a esta gula de franjas, ciudades y plazas, convirtiéndose en Principado. Belicosamente, Cervillo afirma: "El Imperio austríaco cuenta con un ejército de 400.000 hombres, pudiendo duplicarse en tiempos de guerra, elevándose su marina á unos 110 buques, perfectamente armados. El Emperador se titula además rey de Hungría, con el dictado de Majestad Imperial y Real Apostólica."
Otra zona bien nutrida de estados y ducados es el Imperio de Alemania, así como infinito resulta el Imperio de Rusia, que profesa la religión Griega Cismática y que se zampa a Polonia, Finlandia,  las regiones que hoy denominamos países bálticos - Lituania, Letonia, Estonia- y cuya capital es San Petersburgo. Imperio tan inmenso tiene 65.000.000 de habitantes.
Si nos desplazamos a Asia, nos encontramos con la India Transgangética que confina al norte con China y que comprende varios imperios: el de Annam y el de Birnam, así como el reino de Assam y el de Siam.
El recorrido podría multiplicarse. Si no fuera porque Cervillo nos ofrece tan abundosa información desde 1878, pensaríamos que delira, o que delira su texto, lo que, literariamente, sería perfectamente legítimo.
Es de suponer que la geografía política resulte más vulnerable al paso del tiempo y por ello ofrezca un mayor número de cambios - confirmando la constante movilidad de fronteras por la presión económico-bélica - que la descripción de los fenómenos físicos, la mayoría de ellos bien conocidos y clasificados ya por los antiguos. Pero también incluso aquí hay sorpresas, no de carácter anacrónico, precisamente, sino a causa de su aparente novedad, al menos para mí.
Cervillo escribe: "Los globos de  fuego son debidos también al choque de dos nubes cargadas de electricidad contraria, viéndose descender hasta llegar al suelo, en donde rebotan con extraordinaria rapidez, produciendo una detonación semejante á la de muchos cañonazos, é incendiando con sus chispas, al estallar, los bosques y todo lo que tocan por donde pasan". Si lo que describe no es el efecto de un puro y simple rayo, desconozco en absoluto este tipo de desprendimiento eléctrico. Últimamente, periodistas y físicos, para explicar los avistamientos OVNI,  han hablado de los "rayos en bola"- término un tanto tosco que se refiere a descargas eléctricas de forma esférica -,  fenómeno atmosférico del que no había oído hablar nunca. ¿Es a este tipo de fenómeno al que se refiere Cervillo, aunque bautizándolo de un modo más poético: globos de fuego?

3.2.12

VERBORRAGIAS














Entre las publicaciones que han escapado al inventario de la biblioteca oculta de mi tía abuela Isabelita, se encuentra el libro "El Camarada", de José Dalmau, con el que, supuestamente, aprendió a leer. De ese libro-cuaderno, de 1913, extraigo las páginas siguientes. A mi se me antojan auténticos poemas visuales, o bien, muestras de poesía fonética, como la que los dadaístas Hugo Ball o Kurt Schwitters practicaron en sus sesiones. Sin pretenderlo, encarnan a la perfección esa dimensión estética de las primeras y más escandalosas tendencias vanguardistas. El alfabeto se ha vuelto loco, explota en tipografías repetitivas, construye frases idiotas. El surrealismo de la energía pura de la lengua en acción.    

1.2.12

NIEVE






 



Una amiga me envía, desde Sibiu, ciudad de Rumanía, donde es profesora universitaria de literatura comparada, esta serie de instantáneas cuasi arcangélicas. Si bien el frío se nos antoja hostil a la calidez de la vida, las sensaciones e impresiones que la nieve transmite, son de fragilidad, de pureza, de pulcritud, de primorosa belleza. Qué serie de infinitas,  imperceptibles y delicadas ramificaciones de cristales de nieve se extienden, invisiblemente, bajo el calmo fulgor blanco, formando estas poéticas  extensiones. Un paisaje nevado es como el paisaje primero, el mundo antes del hombre.