19.11.12

MUNDOS EN UN MUNDO





Qué capacidad de transmitir lo venturoso tienen este tipo de sencillas ilustraciones. Aunque esa simplicidad no sea sino el resultado de un código que sintetiza admirablemente en una sola imagen toda una articulación de sentidos. Esta figura alegorizante pertenece a una baraja de cartas española de principios del XIX (1817). El motivo en que se inspira son los Cuatro Continentes (Oceanía está excluida). Aunque se hace algo confuso distinguir a qué continente queda asignado cada palo de la baraja, finalmente creo percibir que los oros se vinculan a América y las espadas representan, claramente, a Europa. Mientras que los bastos son de África y las copas de Asia. Las asignaciones obedecen al simbolismo histórico del imaginario europeo: la riqueza tiene dos vertientes: la exótica- las copas de Asia - y la Nueva Riqueza de los oros de América, en este caso, la América del sur. Europa se  autorepresenta con el símbolo de lo tecnológico y el imperio, la espada. Y Africa se queda con los bastos, exponentes de la fuerza bruta por explotar. 
La carta que reproduzco arriba es la que inicia la serie, o mejor dicho, la anterior a toda la serie y que la representa: es como el portal, el principio y el fin sumidos en una sola figuración, la portada del libro. Soy del todo ajeno al mundo del juego y de sus reglas, pero la contemplación de este tipo de series resulta embriagador, no sólo por el elemento repetitivo que se distribuye, sino por la suerte de microcosmos icónico que integra. Y sobre todo porque se trata de una baraja antigua. Semejante tipo de fascinación también se experimenta con las estampas populares o las miniaturas medievales.
Lo primero que me transmite esta imagen es serenidad, lejana harmonía, o mejor dicho, más específica y escuetamente, lentitud soñadora. Esta sensación no sólo la provoca el motivo soberano de lo representado, sino el cómo, el perfil de las líneas, ese carácter ingenuo y remoto a la vez.
¿Hay una epocalidad de las representaciones? Esto parece decir la sucesión de movimientos estéticos de los tres últimos siglos. La imagen de la carta pertenece históricamente al romanticismo, pero se trata de la primera época del movimiento y todavía está impregnada de un trazado, de un aire barroco a la vez que relajado.
Hay una articulación narrativa en la percepción de la imagen. La escena central que se encuentra dentro del círculo, representa claramente un momento fundador. En este caso, ¿pertenece al pasado o es atemporal? Noto el contraste entre esta escena y los niños-ángeles que la sostienen como si se tratara de un espejo mágico. Los ángeles están más acá, fuera del suceso mitologizante cuyo marco sostienen. Son el soporte de la narración mítica porque su inocencia es lo que justifica y ennoblece el motivo de la representación. Si hubieran colocado a adultos sosteniendo el peso del círculo, podríamos interpretarlos como meros esclavos.  
 
 
 
 

La escena ofrece un doble motivo de alejamiento: la figura femenina parece donarle al ¿colono, nuevo habitante de las Américas, Adán del Nuevo Mundo? un ramo que simboliza la belleza y los bienes naturales de la Tierra recientemente descubierta. Esta escena ya implica una lejanía mítica. El hecho de que todo se produzca en el tranquilo ámbito de una playa, relaja más la percepción y hace más soñadora la imagen. Y hay otros detalles que multiplican lo lejano: el mar, el barco y la nada amenazante construcción-fortaleza en las rocas. Valga la tautología, la corona consagra el encuentro de civilizaciones, bajo el dominio de un imperio, en este caso el español.
Padezco cierta mitología de las texturas temporales en las representaciones estéticas de todo tipo. Por ello, me pregunto si una persona del XIX percibiría objetivamente el mismo encanto ante la imagen que experimento yo. Este interrogante implicaría por un lado, diferenciar la impresión estética, y, por otro lado, la percepción de la imagen como el producto específico de un determinado momento histórico. Pero, cómo deslindar ambas cosas? ¿Hay diferentes formas de percepción según la épocas o percibimos cosas diferentes a lo largo de una misma vertiente transhistórica? Si como individuo del naciente siglo XXI siento extrañeza y fascinación ante las cosas de mi época, supongo que un individuo del XIX, experimentaría lo mismo con las cosas de su tiempo.
Podríamos decir que la eternidad de cada imagen de mundo no queda sino registrada en su estilo. Fuera de este, comienza otro tipo de eternidad y de mundo. y, a la vez, toda imagen de mundo coexiste en la memoria universal en la que danzan todas las escrituras y todas las imágenes, sin contradecirse.   

5.11.12

DICEN QUE LA VIDA CONTINÚA.

 
 
 

 
 
Por hache o por bé, la lectura de Agustín García Calvo, siempre se me fue demorando. Era un autor que debía leer, que debía conocer. Supondría un acto de lamentable desidia pasar de un intelectual, de un personaje de semejante nivel. Recordaba que a mediados de los ochenta, un poeta amigo que residió temporalmente en Orihuela, Jorge Cuñas Casasbellas, nos sugirió a los que editábamos la entonces incipiente revista literaria Empireuma, invitarlo a la ciudad a dar un recital, ya que lo conocía personalmente. Al final vino a Orihuela, pero fue mucho más tarde y a través de alguna entidad financiera, la Cam o la Caja de Ahorros, a dar alguna conferencia con el consecuente diálogo posterior con los asistentes.
Por fin leí un volumen suyo que recogía artículos y reseñas y me interné con sumo interés en otro, Contra el tiempo. En este libro va comentando y analizando los distintos conceptos de tiempo a través de la historia de la filosofía, hasta alcanzar el continuo espacio-tiempo einsteniano. No tengo un interés positivo, y mucho menos profesional, en la filosofía. Leo textos filosóficos por el placer intelectivo que me procuran. Son, para mí, discursos, elaboraciones de alta literatura.
Lo que percibí en la prosa dialéctica de Agustín García Calvo fue su estilo austero y concreto, la elusión de jergas filosóficas, la ordenación y clarificación de los conceptos, en suma, su atenerse a la razón filosófica antes que el dejarse guiar por el brillo conceptual de cualquier tendencia.
Su conciencia pedagógica, su labor de maestro y comunicador intelectual, le impidieron dejarse arrastrar por una filosofía contemporánea demasiado surcada de estilos y escrituras. En este sentido, siempre he visto en Agustín García Calvo, gracias a la honestidad de esta actitud, al filósofo originario, al pensador que se enfrenta a la compleja realidad con la herramienta exclusiva y preciosa de la propia razón, contemplando el universo definido por las escuelas ya formadas pero resistiéndose a la seducción de confundirse con ninguno de los sistemas emanados de ellas.
El Agustín García Calvo más festivo, con seguridad,  esté en su poesía- “volver al Pueblo”-, que conozco imperfectamente.
Sobra decir que ante su obra como filósofo, como latinista, como traductor y poeta, ante su imagen de ácrata, enemigo de todo régimen político o intelectual, en una Francia, por ejemplo, lo estarían venerando como el gurú de todas las sectas del pensamiento. Creo que García Calvo estaba más acá y más allá de ese tipo de caricatura. Veremos qué justicia le hace la historia inmediata. Teniendo en cuenta la reclusión de la filosofía en las cátedras y lo maltrechas que andan las Humanidades, hay que lamentar la pérdida de este maestro de la palabra: la palabra reflexionada y recitada en la colectividad del ágora.

4.11.12

NOTAS HÍBRIDAS







Topologías de lo inextenso: los mundos subatómicos o cuánticos; la vivencia asociada a espacios (a través del tiempo): casas, aulas, sitios naturales, etcétera; o también, los imaginarios, los literarios. El lugar trasciende lo espacial. El lugar, aunque sea concepto espacial, es noción de vivencia, de "habitación" (acción y efecto de habitar).




Ningún cine más propiamente onírico que el mudo, que el cine antiguo. El sueño es un relato desmoronado, hecho de las ruinas de la memoria (Barthes). Efectivamente. Si prescindiéramos de los subtítulos, gran parte del cine mudo se haría ininteligible. Esas brusquedades, esos cortes repentinos, esos saltos del transcurso fílmico lo asemejan a los desplazamientos y desarticulaciones de sentido del sueño. 



El gusto por leer textos “exactos”- Matyla, Barthes, Wittgenstein –. Al leerlos, articulo la energía acumulada que no acierto a liberar en textos propios, escritos por mí. Disfruto de la energía luminosa de la inteligencia sin hacer otro esfuerzo que comprender lo que dicen otras mentes que se confunden en Una, poderosa y fluyente. 



La escritura es un continuum. ¿Cómo imaginar el principio del primer discurso que hubo en el mundo? El “érase una vez” ya implica que todo había sido ya.




El mundo de lo paranormal adolece de confusión terminológica, de volatilización epistemológica, de banal literaturización, de fragmentación, de incapacidad de ofrecer definiciones reveladoras o conclusiones, y sobre todo, de monotonía. Lo paranormal es la monotonía de lo extraordinario. Por esta razón, Umberto Eco, abandonó su interés sobre tal fenomenología. Pero el que en una sociedad de masas como en la que todavía nos encontramos, haya ido a ocupar el lugar de un producto alternativo de consumo, no la invalida, tan sólo parcializa su interés y la dosifica como tal producto evasivo. Nada más desconcertante y desasosegante que un examen real, que un enfrentamiento sin romanticismo ninguno a lo que bajo ese vapuleado nombre, comporta para el espíritu corrector que nos rodea. En este sentido, y bajo los parámetros de una investigación formal, lo paranormal es la anomalía absoluta.  




Ante la hostilidad necia, deseos de que un rayo venido de las estratosferas, nos limpie de una puñetera vez de la animalidad territorial y podamos tratarnos en la calle como ciudadanos soberanos. Pero nadie más reincidente (e inquietante) que el prójimo ajeno.




Atención a lo que implica esta "sencilla" aserción:
"La solución del enigma de la vida en el espacio y el tiempo reside fuera del espacio y del tiempo.                               
                                                            Ludwig Wittgenstein