19.2.13

EL LIBRO DE PLOMO




El libro de Plomo se presentó este jueves pasado, 14 de febrero, en el centro cultural de La Lonja en Orihuela. Por fin, habría que decir. Sabiendo que lo que el tiempo hace no es sino confirmar tanto el sueño maravilloso que hemos vivido como la sensación de que lo experimentado se coagula en un memorial que sigue alimentando servilmente al tiempo, esta publicación ha pretendido contrarrestar estas últimas inercias al conformar un relato  visual de la actividad de artistas, escritores y poetas que durante las últimas tres décadas se ha desarrollado y localizado , generalmente, en la ciudad de Orihuela o en sus alrededores.

Me gusta pensar que lo que lo que E
l Libro de Plomo supone es la convergencia generacional de un hacer lingüísticamente múltiple, la labor urdida desde distintas sensibilidades y competencias en el escudriñamiento de un único objetivo: la belleza. Creo que en realidad así es. Dejo para entregas más periodísticas el listado de nombres, reseñas biográficas y repercusiones en la historiografía local. A ver si los que se autoproclaman cronistas saben ver lo que realmente ha pasado.

Y comprendo la angustia de un Manuel García pensando que esta publicación, que tanto tiempo y trabajo ha costado, haya que interpretarla como una suerte de vistosa lápida al trabajo de los pintores, poetas y autores que han colaborado o se han movido en torno a revistas como La Lucerna y Empireuma.   

Por el momento, podríamos decir que se ha hecho lúdica justicia a todos ellos, y que resituarnos en el ahora no hará sino estimularnos para volver a crear y escribir:  el ahora que nos recuerda que nada es definitivo a pesar de las fases emprendidas y que nuevos mundos y retos anímicos están por descubrir y resolver.   
 
Manuel García, José Luis Zerón, Pepe Aledo y Mariano Abad

 
 
Poesía para todos: José Alberto Pardines, Ester Diz, Blanca Andreu y
el artífice de las ilustraciones, Pepe Aledo

 

8.2.13

ESCOMBROS LUMINOSOS




 

La aparición del libro de Manuel García, Luz de los escombros en ediciones Germanía, ha coincidido con la invasión de mi habitación por parte de más de dos centenares de cuadernos que ocupando el escaso espacio libre entre la cama y otros montones de libros rebosantes de cajas y estantes, apenas dejan paso para alcanzar la ventana. La presencia de estos álbumes okupas, de este montón de celulosa laminada, de esta proliferación de folios encuadernados y adornados con tipografías ondulantes e incluso, alguno de ellos, con ilustraciones y fotografías, se explica por la labor de ominosa criba que se me ha encomendado al tener que purificar el número de escritos que pretenden optar al Superpremio Internacional de poesía Miguel Hernández.
 
Sin embargo, la espesita tarea de internarme en 200 poéticas, en 200 sensibilidades, en 200 subjetividades, en 200 laberintos sentimentales y verbales, no ha hecho que un efecto de saturación me impidiera disfrutar del sorpresivo libro de Manolo, ya que 200 poemarios, evidentemente, no implican 200 poéticas diferentes, - ya quisiéramos - , ni 200 mundos, ineludiblemente dispares , opuestos o imprevisibles. Es precisamente lo común, la similitud de los elementos temáticos en que se inspiran, lo que le da a este par de de centenares de trabajos un aire de familia meta-política, de hermandad secreta. Y esos “temas” nucleares suelen ser los eternos, los de siempre: la muerte del padre o de la madre, las venturas y desventuras del amor, el paso del tiempo… Todos los poemas son distintos y todos dicen lo mismo, recordaba Octavio Paz a propósito de estas convergencias, de esta Gran Obra que los poetas tejen entre sí a través del espacio y del tiempo. Todos los poemas recibidos ¿son en realidad un solo Texto, un Supertexto, la metáfora de una Voz cósmica, constituida por la pluralidad de las escrituras y de las contingencias vitales de cada uno de sus amanuenses?

Ser pre-jurado del premio me ha dado la estimulante y placentera ocasión de comprobar la perseverancia de la escritura poética, la realidad secreta de tantas experiencias entrañables, y ello a pesar del presunto declive de los valores, de la hiperfamosa crisis, del bombardeo, informativamente, monocorde de televisión y prensa, del acecho del resto de ideologizaciones flotantes, etcétera, etcétera. Desde este punto de vista podríamos interpretar que escribir poesía es una forma de resistencia, quizá la única imbatible, y que no necesita, como decía Bataille, de torpes defensas programadas, pues allí donde menos se la espera, emerge con su mensaje fulgurante, discerniendo mapas de mundos nuevos
 
Ahora bien, la fulguración de la poesía es oscura, valga el oxímoron, y si es algo más que el ejercitamiento en figuras retóricas, quema la voz de quien la dice, precisamente porque exige de la mente escribiente la máxima energía, la facultad más despierta para dilatar las posibilidades del lenguaje y para que éste deje de ser herramienta y se convierta en luz, condenación, aullido, revelación, arrobo.
 
La vocación suicida de la escritura poética la declara ya Manolo García en el primer poema que abre el libro:

Esta escritura resurge
por indelebles espacios,
es inconsistente
aunque defina cuantos vástagos de la vid
son arrastrados por las aguas.

 
Nótese la doble naturaleza de la escritura poética – regresa, renace – es decir, que estando relegada a la invisibilidad, a la disolución aparente, que habiendo sido negada o expulsada de la ejecución o de la consumación, emerge, no muere en tanto diga o exprese lo que tiene que decir ya que esa es una de sus misiones. Ese regresar de la escritura poética es toda una definición de la dinámica poética y de cómo el tiempo es recobrable, tal y como un Proust se empeñó en demostrarnos.
En el caso de Manolo García, la poesía regresa para ajustar cuentas con la memoria, con el dolor irresuelto de una ausencia personal, con los fantasmas que esa desaparición ha producido y conjurar los sufrimientos que confinan el mundo en que todo ello se da tenebrosa cita.
La misión catártica de la poesía es manifiesta en este poemario de Manolo. Un personaje tan dramático como Antonin Artaud, decía, en consecuencia, que la función de la poesía era “purgar angustias”, y creo que Manuel ha ejecutado con admirable destreza esta delicada función en una escritura sin concesiones (de legibilidad) ni intercesiones (excepto las justa y precisamente verbales), es decir, con una conciencia rigurosa de la condensación verbal del poema que distribuye el orden de las imágenes y la representación final de los sucesos morales.
Creo que Manolo ha extirpado, atemperado la dolencia que se estancaba y que en esa operación de febril y cruda escritura, dilucidación poética y sanación son una misma cosa.
 
Tengo un concepto numinoso, quizá algo automático, de lo que es un poeta: el poeta es la retorta viva en la que se purifica la suma de los precipitados híbridos en que consiste una vida, el vaso alquímico andante en el que se condensa puntualmente la más intensa de las experiencias. Por ello, confieso que el virus poético que me asedia gozosamente estos días, con el examen de los poemarios para el concurso y la puntilla final que supone este libro de Manolo, me están llenando de algo cuya complicidad debiéramos confirmar: entusiasmo. Escombros luminosos, los de la poesía.     

6.2.13

UNA MEMORIA


 
 
 
 A veces asociamos el recuerdo de algunas personas a una peculiaridad física o anímica, a alguna anécdota o situación que nos revele un rasgo significativo de su carácter, de su humor. Nos hacemos imágenes de la gente para sintetizar o simplificar su recuerdo a través de un detalle específico que, creemos, la identifica de ese modo.
Mi tía Conchita tomó en su juventud una decisión que determinó su vida: irse al extranjero. Y el extranjero en aquella época, años 60 – 70, o era Francia o Alemania, generalmente. La “imagen” que me hice, y que todavía tengo de mi tía, su halo, diríamos, creo que sería muy diferente si hubiera elegido irse a Alemania. El país germánico es sinónimo de eficacia y maquinismo. Por fortuna se fue a Francia, el país de la delicadeza y del glamour, no sin antes pasar por Suiza, para acabar, finalmente, recalando en Montecarlo, lugar en el que residiría y trabajaría hasta su retiro. 
El extranjero, por entonces, y de modo especial Francia, significaba lo sofisticado, la vanguardia, el progreso. Yo, de crío, confundía vagamente, a veces, Inglaterra y Francia. Tenía una imagen abstracta de ambos países: los asociaba, todavía no sé por qué, al color azul marino. Recuerdo cómo me fascinaba ver en Torrevieja las matrículas de aquellos coches que llamaban “tiburones”: esas letras y números blancos sobre fondo oscuro me parecían lo más extraño del mundo. La extrañeza radicaba simplemente en que su aspecto era la forma exactamente inversa en que se diseñaban las matrículas en España: signos en negro sobre fondo metálico en blanco.
Y también recuerdo la expectación con que recibíamos la llegada de mis tíos a su regreso a España, durante las vacaciones de verano. Venían cargados de paquetes, como si fueran una suerte de reyes magos que vinieran no de un Oriente legendario, sino de ese reino fantástico de la realidad, lleno de riquezas y cosas insólitas, que era el extranjero.




Mi tía murió hace un par de semanas. Curiosamente su muerte coincidió con mi lectura de un trabajo de Umberto Eco sobre los universos posibles: La combinatoria de posibilidades y la inminencia de la muerte. Menciono el texto de Eco porque, pensando en ella, sumido en esa suerte de embriaguez de irrealidad que trae consigo la muerte, he empezado a repasar las distintas “imágenes” que he tenido y tengo de mi tía o que la han secuenciado a lo largo del tiempo en mi recuerdo, intentando establecer vaga y vanamente una escala de preferencias, examinando qué “tía conchita” me fascinaba más o la que me suscitaba los sentimientos más vívidos.
Tengo la imagen de mi tía de los años setenta y muy principios de los ochenta, joven y “rara”, porque vivía en otro mundo, en otro país, - su carácter áspero le daba un aire de hermetismo que yo relacionaba de algún modo con la naturaleza del ignoto espacio que era el extranjero en mi imaginario - y, además, su curriculum cosmopolita confirmaba la dimensión de su carácter distinto porque, además, había viajado, también, por Italia, la antigua Yugoslavia, por todo el Mediterráneo, etc..
Mi tía suponía para nosotros una especie de mensajera de lo “moderno”, de lo que estaba o se iba a poner de moda: por teléfono nos hablaba de una película que había visto de ciencia-ficción en la que aparecía un robot que cuando hablaba “te mondabas de risa”. Se refería a La Guerra de las Galaxias un año antes de que se estrenara aquí la película; o bien, recuerdo el aire de acontecimiento que envolvía al doble LP que me regaló, y que era la banda sonora de una película, Fiebre del Sábado noche, que estaba haciendo furor en todo el mundo, cuando por aquí todavía no se conocía ni el film ni la música. Ninguna de las dos películas formaron parte de mis gustos, posteriormente, pero recibíamos con placer estas noticias y regalos, sintiéndonos algo ufanos de tener un familiar que nos conectara con lo “último” en cultura…
Recuerdo que, una década antes de que aparecieran en España, nos enviaba panetones, esos bizcochos que podemos encontrar hoy, tranquilamente, en Mercadona. Y lo que más me alucinó fue saber que donde ella vivía se podían ver, por televisión, “cientos de canales”. Ciertamente, en Montecarlo podían visionarse canales de Francia, Italia y los del propio Montecarlo, evidentemente, pero no creo que fueran “cientos”. Al enterarme de aquello, sería el año 84, más o menos, imaginé una visión futurista del mundo: la fiesta tecnológica de un enjambre de universos conectándose entre sí, imágenes e información fluyendo desde los más distintos y distantes puntos del planeta: la cotidianidad televisiva a la que nos hemos acostumbrado actualmente y que ya no supone acontecimiento alguno.  

 La tía Conchita de mediados de los ochenta y principios de los noventa ya es otra. El halo de acontecimiento con respecto a lo que nos contaba o traía, decrece, - de hecho, las novedades desaparecieron: ya no hubo noticias de películas o de músicas nuevas - su estancia definitiva en Montecarlo sustituye el aire sofisticado parisino por el cuasi cursi que desprende una selecta residencia de ricos.
Seguí admirando a mi tía, que era, además, mi madrina, pero el progreso del país, la disipación de ingenuidades, la relativización de esa mitologización del extranjero, la presencia de elementos críticos en la escena política, atemperaron aquel grado de expectación que rodeaba lo que nos contaba o traía.

La de finales de los noventa hasta hoy, es la de su decadencia y abandono físico, con la triste destinación a una residencia para ancianos. “Con todo lo que he viajado y los países y gente que conocido, para acabar aquí,” me decía, ella que había trabajado en casas de cónsules y embajadores, que había conocido a un judío, dueño de la empresa Danone, que pasaba casi a diario por la puerta de la casa de David Niven

En rigor, esas tías Conchitas no son imágenes posibles de identidades disímiles, personas distintas, sino imágenes de una misma persona, el producto de la metamorfosis que el tiempo obra sobre cualquiera. Es mi percepción, mi recuerdo  el que está impregnado de esas impresiones graduales, jugando a establecerlas en dinámicas varias. Aunque, tampoco estoy muy seguro de ello. ¿La persona es una suma de experiencias, una unidad narrativa, un abanico de máscaras bajo el que se esconde una sola pasión, o el grado de intensidad vital y juventud suponen barreras infranqueables dentro de uno mismo ? Ha sido su muerte lo que ha hecho que yo escarbe en la memoria para elegir el mejor recuerdo, y precisamente, combatir de algún modo ese carácter fatal que supone la muerte.

Naturalmente, para mí, mi tía será siempre la que vivía en Francia, la que era casi francesa, la más rebelde y extraña de su familia, la que, nimbada con fascinantes aires extranjeros, aparcaba en la puerta de nuestra casa de Torrevieja su espectacular Ford Taurus azul metálico que contrastaba con el resto de los modestos vehículos “normales” del entorno. 
Me es imposible no aceptar, sino imaginar su muerte. Borges decía: “Somos inmortales, aunque sepamos que vamos a morir”. Quizá sea por ello por lo que no puedo asimilar su desaparición, porque la muerte, aunque terrible, tiene algo de trivial.