24.4.13

IMPROVISACIÓN DE UNA SEMIÓTICA GESTUAL


La semiótica se aplica a cualquier hecho o serie de hechos, forma o conjunto de elementos susceptibles de ser conceptuados como signos, como signos alusivos a algo, incluso, como sugiere Peirce, como signos relativos a signos y constelaciones de signos. Signos que, en última instancia, no funcionarían sino como tales y cuya definición supondría la generación de otro, o su incipiente conexión a un nuevo signo.
Hay semióticas sobre el espacio, sobre la literatura, sobre los distintos modos de comunicación, semióticas, incluso sobre las ideologías. Hay también una semiótica sobre los gestos. Vilém Flusser destinó un interesante libro al estudio sobre la fenomenología de distintos gestos: el de escribir, el de fotografiar, el de quitarse una máscara, el de pintar, el de afeitarse… Desconozco si hay estudios específicos sobre los gestos de adoración o de asombro. Supongo que debe haberlos, teniendo en cuenta la larga tradición iconográfica sobre el asunto. De todos modos, podríamos ensayar algo semejante, sin ánimos académicos, naturalmente, pero sí especulativos, derivando unas breves reflexiones de la observación de estas instantáneas tomadas por un amigo en la exposición pictórica que se inauguró en las salas de la Cam de Orihuela el 18 de abril, La diagonal Griega, del artista alicantino Antonio Ballesta.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En principio habría que aclarar si vamos a analizar una fotografía o un gesto. Lo digo porque si bien distinguimos tres elementos en la imagen : Suceso (la pintura); Adorante (Gesto); Espacio Neutro que contiene al Suceso y al Adorante (La galería), la imagen fotográfica sería el ojo omnisciente que incluiría al fenómeno semiótico en su integridad: Suceso, Adorante y Espacio Neutro, lo que podría llevar más allá el análisis y obligarnos a verificar cómo ha seleccionado el ojo fotográfico la disposición de las figuras y a qué ente o agente semántico obedece tal ojo fotográfico y su maniobra selectiva. Aquí nos detendremos en lo que es propiamente el gesto del Adorante (lo que, irremediablemente, nos hará hablar de la naturaleza de la fotografía).

Al cuadro, a la pintura lo llamo Suceso porque es, en realidad, el protagonista (no absoluto) de la imagen, el centro magnético de la representación, o sobre lo que esta gira, lo que provoca reacciones físicas y anímicas en los observadores, encarnadas, en este caso, en la figura del Adorante.
El Suceso es lo incognoscible que a través del arte se hace visible en nuestro entorno habitual, se materializa para nosotros en el tranquilo ámbito de un cuadro, que es un demarcador espacial artificial y puramente convencional (su tamaño podría haber variado según el antojo o la capacidad iluminativa del artista). La pintura, en sí, es una anomalía absoluta en nuestro entorno físico y cotidiano, y es sólo el hecho material de su demarcación y su ubicación en un lugar destinado a la realización de eventos culturales lo que la hace admisible, lo que, a través de la vía socio-cultural la organiza y localiza junto a otros “sucesos” comunes o de similar género. El Suceso es centrípeto, hacia él se dirige nuestra atención, y produce la reacción espontánea de un asistente real a la exposición que, bajo nuestro análisis, se convierte, abstrae y conforma como la figura semiótica del Adorante y que entra a formar parte importante del fenómeno semiótico general. El Suceso provoca el fenómeno del gesto del adorador. El gesto del adorador es extrapictótrico, y la oportunidad fotográfica ha sido registrar tal fenómeno, lo que el Suceso puede producir en sus observadores-lectores. Por ello la fotografía más que una imagen metapictórica habría que interpretarla también como información antropológica.

En realidad, la foto registra un tipo de comentario del Suceso, (por parte del Adorante), un comentario silencioso y admirativo, substancialmente emotivo.
Detengámonos en este gesto. Al Adorante lo llamo así por el tipo de gesto que articula y lo ubica semióticamente en la sintagmática de la imagen.
Al Adorante no sólo le gusta y le interesa la imagen enigmática del cuadro: experimenta un asombro y una fascinación ante la presencia de lo numinoso ante sí. Extiende los dedos no para mera y burdamente tocar, sino como tanteando la materialidad de algo tan infrecuente y raro como secretamente admirado y querido. Es como si quisiera verificar que tal belleza es real y no una alucinación (recordemos que "para los barrocos la presencia era alucinatoria". Deleuze). El gesto es cuidadoso, delicado. Venera la imagen con una caricia, como si este gesto fuera más expresivo que cualquier explicación verbal a posteriori, o cualquier otro enunciado sobre la naturaleza de la imagen. Hay una empatía, una fascinación, pero también un respeto cariñoso, cierta complicidad, finalmente. La admiración hacia el Suceso, ante la belleza de la imagen se traduce en un gesto que es una caricia, una caricia que es un tender amistoso hacia la imagen.

Apenas vi esta fotografía recordé casi automáticamente aquella otra de Miguel Hernández en la que aparece acariciando a un toro. El paralelismo no es sólo visual sino semántico.

 
 
 
 
 
 
 
 

¿Podemos equiparar un animal a una pintura? Naturalmente, y pocas veces este adverbio resulta tan adecuado. Lo natural, es decir, lo salvaje es lo que tienen en común ambas cosas. La naturaleza de la imagen que a través del artista se manifiesta y la naturaleza (biológica) del animal comparten un origen similar: lo indomesticable, lo misterioso de una energía cuyo origen último se nos escapa.

Echemos un vistazo, de nuevo, a las fotografías citadas.
Ambos se aproximan con cuidado y ternura a la vez hacia la presencia fascinadora: imagen fantástica (Suceso) bestia salvaje (Toro).
Ambos, el poeta y el Adorante sonríen y abren ligeramente la boca: ansiedad satisfecha por su contacto leve con lo que está fuera de nuestro alcance habitual, con lo que no perece, con lo puramente simbólico presentizado (la imagen pictórica) o lo carnal que lo simboliza (el toro).
Esa mezcla de cariño y admiración del Adorante hacia la imagen, del poeta hacia el animal, nos está indicando algo, nos está revelando un vínculo tan vital como complejamente definible.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Lo que el poeta le está diciendo al toro, y de paso a nosotros, lo que el Adorante manifiesta ante la imagen fantástica, y que nosotros también percibimos en su gesto, es que, a pesar de las diferencias, - ontológicas, naturales, fenomenológicas - existe entre ellos una semejanza remota, una vívida particularidad común. El entusiasmo del poeta ante el animal, del Adorante ante la imagen, manifiesta la confirmación de esta semejanza. Al extender los dedos hacia el toro, el poeta diluye el obstáculo de las diferencias inevitables entre ambos y le está diciendo al animal: Soy tu igual. Del mismo modo, los dedos del Adorante dirigidos hacia la emergencia de las formas insólitas intentan franquear la barrera entre nuestro mundo y el de aquellas, confirmar el milagro de su realidad y simultáneamente, la convergencia feliz entre mente y energía, hombre y misterio artístico.       

17.4.13

FURTIVA AGENDA




Me encuentro, perdido entre un montón de papelotes, un cuadernillo de notas que escribí hace unos cuatro años y del que no recordaba nada. Me ha gustado su lectura, aunque su transcripción aquí me resulte penosa: rescatar lo que uno mismo ha escrito hace poco tiempo y que parece ya remoto.



Una hibridación ondulatoria y vertiginosa conforma el poder de la percepción. Todo desciende multiplicándose por arriba. Soy mi máscara porque me asumo alucinatoriamente, totalmente. La realidad se destrenza en bloques que viajan simétricamente, tal y como Dalí lo vio en la virtuosística segunda parte de su Persistencia de la memoria; o bien, tales fragmentos se conjugan a una velocidad tan inaudita como harmónica. Los fragmentos convergentes. La unidad de lo aparentemente disperso. Reflejos de césped al atardecer o lo que una mirada fugaz pero inolvidable, marcan en tu recuerdo, son como inscripciones sobre una superficie líquida que al retornar, subrayan su naturaleza frágil y persistente.




Froto el cuarzo rosa que me acabo de comprar, acaricio este guijarro pulido por auras inmateriales. Ello me ubica en el espacio, localiza con tenuidad y fijeza mi cuerpo, sin destrezas particulares que acaso quisiera imaginar para cumplir con lo que supuestamente desprende la piedra. Pero lo mejor del mineral semitranslúcido no depende sino de mi decisión de que se deslicen entre mis dedos las suaves iridiscencias que son como la urdimbre venosa de la piedra. La suavidad dura, paradójicamente, de la piedra.



 
 
 
 
 
 


Sorprende el criterio de Plinio al hablar de los dioses. Hay demasiados y sobre cualquier cosa.



Sábado: mi día realmente sagrado y festivo. El día de la apertura mágica, de la liberación, de la fluencia de mundos. ¿Los ancestros judíos, recuerdos adolescentes?




Ámame. Ayúdame, enséñame a vivir.




Con un vigor absorto en esa columna de luz, se detiene el movimiento de lo que no es, en definitiva, sino una molécula en medio de los espacios opuestos que son el mundo.

 
 
 
 
 
 
 
Gráfico de la luz:
mira los muros pintarrajeados
como un continuum de fragmentos adosados,
fulgores rasantes,
tiznajos virtuosísticos del azar.
Mirad el muro del tiempo
hecho de piedra parada y brechas luminosas,
esa mole que se atomiza imperceptiblemente,
que pulsa desde un orden quieto de vetas, colores y polvo,
una expansión invisible y vibratoria,
mirad ese muro de la vida
atravesado de tatuajes que se metamorfosean en otros tatuajes
que son un solo símbolo,
perfiles de animales, hombres y monstruos
articulados por un mismo cincel.
 


Leyendo a Walter Benjamín. Despertar es dejar atrás el tiempo histórico. Despertar como consecuencia dialéctica: el tiempo pasado, no tanto trascendido como sabido y acontecido. Nada más onírico, entonces, que la calle, que la ciudad, laberinto de pasajes y pasadizos, de monumentos y edificios, muestrario del pasado, abigarrada exposición del tiempo en forma de ruina. 


Frase recibida en sueños: los poetas, temporeros de la muerte.


 
 






La dificultosa definición del espíritu de la época. Cuando Da Vinci se fija en las ruinas, en las paredes o en los restos de vómitos por las calles, no se está comportando como un romántico sino como un artista de su época, precisamente, como un renancentista, que encuentra, también, en estas cosas, motivos interesantes para estudiar y comprobar texturas que explotar pictóricamente. Aunque también es cierto que las fuerzas naturales que según los renancentistas atraviesan y son el tejido vivo de la inaccesible naturaleza, implican una afirmación de animismo.




En principio el texto es una virtualidad de sentidos. La lectura procesará las posibles conexiones e interrelaciones y encontrará el sentido (del texto).




Si escribo un bonito poema sobre mi locura, sobre mi incapacidad para vivir satisfactoriamente, se elogiará mi destreza para disfrazar patologías tras una red coordinada de palabras. Pero las palabras que me esconden, también están diciéndome, no aventuran sino indican quién no vive y simula vida, dicen en qué espejismo he convertido esta excesivamente larga coyuntura de no saber ser quien soy.



Escribir, producir algo que sea incorruptible.
 
Cuando se estabiliza el caos, el hombre inventa el paisaje.
 
 
 





Si no hay documento – escrito, dibujado, señalizado, cifrado, (arqueológico) – no hay memoria. Jung escribe que mientras la memoria concreta, consciente del hombre, depende de la preservación de estos documentos, el inconsciente no conoce límites, se convierte en una extensión que abarca milenios: Si se pudiera personificar lo inconsciente se convertiría en un ser humano colectivo, más allá de la singularidad sexual, más allá de la juventud y de la vejez, del nacimiento y la muerte, y dispondría de una experiencia humana poco menos que inmortal.


“Toda conciencia es umbral”. Aquí Deleuze certifica, indirectamente, lo dicho por Jung, al sugerir una potencialidad de la conciencia que implicaría la enormidad de lo que todavía no ha llegado a ella, de lo que no se ha expresado, pensado o representado. ¿Sería lo barroco para Jung, (para un Lezama Lima), no lo inconsciente en sí, sino una forma de hacerse tangible la dinámica de lo inconsciente?




En toda palabra hay algo oscuro. La palabra “sol” dicha en medio de una plaza a mediodía, a pleno sol, es oscura.  




 

10.4.13

UN PELIGRO QUE SEDUCE


 
 

A Michel Foucault le reprochaban el que escribiera bien, como si ello hiciera sospechoso su discurso, como si su destreza dialéctica se hubiera propuesto seducir más que tener razón. Pero lo excepcional estriba, precisamente, que, en tipos como Foucault, la escritura es una parte más de los problemas filosóficos que su obra plantea. En el ámbito del pensamiento, la elocuencia ha sido, según las épocas, una virtud, o un problema si el verbo se quedaba solo en sus ponencias. En Foucault, pensamiento y expresión del pensamiento son una sola y vibrante fluencia expresiva. Foucault piensa originalmente y escribe del mismo modo.
En este libro, que no es un texto inédito, como he leído en alguna reseña periodística, sino el brillante fragmento de una entrevista que se da a la luz por primera vez, Foucault habla de su forma de escribir, de su posicionamiento e intenciones a la hora de dar a conocer su pensamiento a través de la escritura. Paso el de la escritura nada banal, ya que la escritura no sirve meramente para perfilar y fijar los objetivos a estudiar, sino que revela las limitaciones y dotes especulativas del discurso de quien habla. El peligro que seduce es para un filósofo como Foucault dejar que le entrevisten a cerca de su “método”, de su estilo, no sobre el conjunto de sus ideas.
 Esa especie de supresión, de mortificación de uno mismo en el paso a los signos, creo que es lo que también da a la escritura su carácter de obligación. ¿Obedecer a esa ley no es acaso la mayor forma de placer?, dice Foucault.
Para nuestro exquisito interlocutor, la idea del que escribe, su fantasía secreta es convertirse, ser el texto que está escribiendo. Idea, finalmente, algo mística ¿no? para quien confiesa no tener un concepto monumental de la escritura.
Quisiera decir una cosa sobre los textos de los filósofos y los ensayos de los poetas. Yo he leído de Foucault, su famoso Las palabras y las cosas, y una sola página de Octavio Paz hablando sobre el mismo tema, el advenimiento de la modernidad en el Renacimiento, vale por 100 del francés.

7.4.13

SUSPICACIAS SUBSAHARIANAS Y ESTADO POLICIAL


Un amigo que se está iniciando en la fotografía gracias al número casi infinito de prestaciones que ofrecen los nuevos modelos de móviles, me comentaba el otro día que, paseando por la playa, se le ocurrió tomarle una foto a un africano que tenía puesto su tenderete sobre la arena. No había nadie en los alrededores, el hombre estaba a unos veinte metros de distancia y su figura se recortaba sugestivamente sobre el horizonte marino. Sea como fuere, la cuestión es que el africano se dió cuenta y echó una carrera hasta donde se encontraba mi sorprendido amigo, exigiéndole que borrara inmediatamente la imagen porque en internet podrían localizarlo, y que no tenía derecho a grabarlo, y que si esto y lo otro... Mi amigo serenó al escandalizado vendedor ambulante borrando, ante sus ojos, la fotografía tomada, no sin antes, claro, haberla guardado. Vayas cosas que aprenden estos por aquí, bromeábamos, comentando el episodio.
No sé cómo hubiera reaccionado yo ante esta situación, pensaba, hasta que he tenido ocasión de comprobarlo hoy sábado. 

Me dirigía a la estación de tren cámara en mano. El tiempo estaba cubierto, pero el persistente viento había abierto un par de brechas de sol. Al paso, me encuentro con la figura de un esquelético árbol más que propicia para que mi cámara la registrara. Me paro y percibo que alguien se detiene a mi lado. Al comprobar que ese alguien no pasaba, entendí que estaba esperando a que tomara la foto para no entorpecerme la toma. Me giro y veo que es un africano. Le digo que no se preocupe, que pase tranquilamente. Se muestra reticente y cuando por fin pasa delante de mí, se gira y me dice, agitando el dedo, que no se me ocurra fotografiarle, repitiéndomelo varias veces. Yo me quedo a cuadros. Hago un par de fotos más a la melancólica vegetación que crece a ambos lados de la carretera, colindando con la estrecha acera que conduce a la estación, y de pronto, el recuerdo del dedito amenazador del africano enciende mis resortes nerviosos y decido aclarar un par de palabras con el buen hombre. Lo encuentro en el andén de la estación hablando, para mi sorpresa, muy amigablemente con el empleado de seguridad.    
Me dirijo a él con la intención de aplastarlo, enterrarlo y sepultarlo. Lo primero que le espeto a la cara con contundencia es: Caballero, ¿sabe usted lo que es el arte?
El chico pega un salto, empieza a agitar los brazos, dice palabras confusas, entiendo que la idea que quiere comunicarme es que la foto que yo le he hecho dará la vuelta al mundo a través de internet. En ese momento el empleado de seguridad me dice que no puedo hacer fotografías a la gente. Entonces disparo mi ametralladora: no le hecho ninguna fotografía a nadie, ha sido él quien se ha dirigido a mí, si no quiere ser fotografiado será porque oculta algo, yo llevo haciendo fotografías hace más de veinte años y lo voy a seguir haciendo, voy a escribir todo esto en mi blog, te voy a pasar la dirección de mi blog para que lo compruebes. La guinda del pastel la pone un tipo mal encarado quien, apareciendo de pronto, dice que, viniendo en bicicleta, me ha visto hacer fotografías, que quién soy yo para ir fotografiando a la gente. De pronto me veo convertido casi en un delincuente. Ante la situación kafkiana que se está produciendo, al nuevo personaje sumado a la absurda discusión, le digo con el tono ya subido que haré las fotografías que me dé la real gana. Entonces el empleado de seguridad me dice que no le haga caso, que tiene algún problema psicológico y que no razona bien. Yo continúo hablando y digo que si hacer fotografías a un árbol o a las nubes es sospechoso, es que estamos todos locos ya. El empleado de seguridad sonríe y se retira. Yo también intento calmarme y me pongo a esperar el tren. A todo esto, el temeroso africano ha desaparecido, no está en ninguno de los dos andenes. Pensaba hablar algo más con él, intentar aclararle que soy un fotógrafo aficionado y no un policía, intentar, al menos, una reconciliación…

esto no es un subsahariano


La tontería amenazaba con echarme a perder la tarde. Y aunque  en Murcia había un ambiente estupendo porque festejaban el entierro de la sardina, cada vez que quería hacer una foto, veía los ojos de la multitud clavarse en mí, como si estuviera cometiendo algún tipo de pecado contra la inocente humanidad, desvalida ante el visor lujurioso de mi cámara.
El que un travesti de un metro noventa algo bebido se pusiera a hacerme preguntas confusas y el ver cómo un grupo de personas, megáfono en mano, mezclados con los pasacalles del entierro, le hacían escrache al presidente de la comunidad murciana, atenuaron el malestar de la foto imaginaria. Sí se puede, coreaban, y yo, mentalmente asentía: sí, sí se puede y se deben cambiar las condiciones que nos están empobreciendo y alienando a todos.  
Al llegar a casa no he hecho si no lamentar mi reacción con el subsahariano y reparar en el inframundo en que se encuentran los inmigrantes y los sin papeles.
La penetración  de ese discurso de estado policial virtual que el Gran Hermano ha implantado es tan secretamente aplastante y uniformante,  que  va a conseguir que se enfrenten los que son las víctimas primeras  del mismo y los que, perteneciendo a esta sociedad, estamos contra él.