31.5.14

SECUENCIAS MORISCAS

Observad el deslizamiento aéreo de la espigada figura de este pintoresco parroquiano.




 





 
 
 
 
 
 
 
Al aumentar una de las fotos de la serie, me he dado cuenta de lo que esta chica llevaba en una bandeja como si fueran los presentes de una embajada o de una acción protocolaria: un par de móviles. Con tan sólo analizar este gesto, obtendríamos el material suficiente para identificar características culturales y de mentalidad: retóricas de la solemnidad, hábitos del cuerpo, modos de experimentar el tiempo, etcétera.
 
 






  
 

27.5.14

LIPSTICK



 
 
 
 
Uno lleva haciendo recuento casi obsesivamente del tiempo que ha vivido y del tiempo que se ha escapado, aunque ambos, finalmente, acaben confundiéndose. Quizá este estado de inquietud, este rumiar interno y continuo, explique el que, sin hacer evocaciones especiales de la memoria y como si algo o alguien me enviara un mensaje desde algún punto remoto en el espacio y el tiempo,  me esté viniendo a la cabeza, últimamente, la imagen del cartel de anuncio de una película, que me impactó notablemente cuando lo vi por primera vez.
Según mis cálculos debió ser una tarde de julio o agosto de 1977. Estaba en Torrevieja, y paseaba tranquilamente con mis padres por el centro, cuando divisé en una de las paredes de la lonja donde colocaban las carteleras de las películas, la figura de uno de los carteles. La película era Lipstick, y el cartel reproducía un retrato no fotográfico  de la protagonista, Margaux Hemingway.
Recuerdo la fascinación que me produjo aquel rostro y lo intrigado que me quedé con el extraño título de la película y con lo que en tal película podría suceder.
Nunca vi la película ni deseé hacerlo; tampoco imaginé nada en concreto sobre ella; tan sólo me quedé con el impacto fascinador de aquel rostro bellísimo y pensé que la vida se mostraría generosa, sofisticada en aquel film. 
  
Ahora que puedo ver amplios pasajes de la película por internet y conozco el tipo de vida que llevó Margaux Hemingway y cómo acabó, interpreto que la insistencia de esta imagen  no es sino una enseñanza del propio tiempo: la vida hay que vivirla, porque, entre otras cosas, se acaba y no tenemos sino una sola y espléndida ocasión para hacerlo. Resulta curioso comprobar qué motivos elige el inconsciente,  el fluir del tiempo en nuestro interior, para darnos el toque. La película, Lipstick,  es un ejemplo del tipo de  vida que llevó Margaux: vertiginosa, siempre al límite, como si a través de la  maldición familiar que heredó de su tío  - era sobrina del nobel  Ernest Hemigway, cuya famosa vida acabó en un suicidio -  confirmara la definición: lo intenso no puede durar mucho tiempo.     
 

16.5.14

MOONDOG Y VIVIANNE MAIER: PUNTOS CONVERGENTES DE UNA RECTA IMAGINARIA




 
Moondog, el vikingo de la Séptima Avenida


La obra de dos singulares personajes contemporáneos y compatriotas, que se ignoraron uno al otro a lo largo de la franja histórica en que produjeron su arte, llega a nuestro conocimiento con aires de novedad curiosa. Son un músico y una fotógrafa. Tan atípicos resultan las existencias de ambos como notables las obras que nos han dejado. En la red ya se puede encontrar información suficiente sobre la biografía de nuestros protagonistas que se dan cita aquí por el mágico arte de la casualidad convergente de los hacedores de mundos.

 

 
Vivianne Maier, la fotógrafa estadounidense de origen galo-judío


Resulta fascinante comprobar desde dónde trabajaron ambos y cómo su obra, atravesando la masa de incidencias fortuitas de las décadas, ha acabado apareciéndose ante nosotros con esa sorprendente solidez que ofrece la continuidad del trabajo hipnotizado. Ambos son creadores de flujos. El flujo musical de Moondog corre paralelo al flujo de imágenes de su vecina desconocida. La música se eleva invocando los ancestros; la serie de las imágenes, por otro lado, retratan la sociedad que olvidó a esos ancestros y evoluciona por el laberinto de la ciudad, extraña de sí misma.
Los dos son personajes que han bordeado los límites del silencio, que se han aprovechado de la secreta libertad que da refugiarse en lo anónimo. Trabajan su obra, en principio, desde la marginalidad – Moondog, tocando su música con guisa de vikingo en plena calle-, o bien desde el margen para poder escoger mejor la perspectiva – la fotógrafa ambulante,  la paseante solitaria armada de una cámara, en el caso de Vivianne -.
Lo que resulta sorprendente y un poco suicida en ambos es que se permitieran el lujo durante décadas de prescindir de un público receptor. La música de Mondog y las fotografías de Maier, son, en este aspecto, notables expresiones de una creatividad absolutamente libre pero nada errática.

El mundo sonoro de Moondog consiste en una mixtura de jazz, experimentalismo, música repetitiva, un punto de folklore y una base envolvente de música clásica. No es meramente un híbrido de estilos, sino la traducción personal de unas atmósferas dinámicas y fluyentes cuyo timbre final no se encuentra exento de cierto profetismo.
He podido escuchar unos ochenta minutos de su música y uno no puede si no quedarse perplejo al pensar que quien compuso las piezas a las que me refiero, se pasara buena parte de su vida tocando en la calle. Moondog es una especie de druida musical, un sacerdote extraviado entre los rascacielos neoyorquinos. Su ceguera terminó de consagrarlo como gurú de su propia forma musical, como jefe sin jefatura de la secta de los adoradores de la proporción áurea trasladada al lenguaje musical.
Desarrolló una hipersensibilidad a las vibraciones, de tal modo que para desenvolverse en la selva urbana, memorizó un mapa de las ondas  específicas de los sonidos más frecuentes del trayecto que se convertiría en su recorrido habitual. Conocía perfectamente el punto en que el vendedor de helados y el de periódicos, se entrecruzaban, bajo los soplidos de un viento que amenazaba tormenta, en la cuesta precisa en que al sonido interminable del tráfico se le añadían las de las alucinógenas alarmas que no hacían sino ordenar a Moondog que no se moviera del lugar en que se había parado, en una de tantas encrucijadas urbanas.

 
 
 

Mondog se convierte en jefe vikingo de los cantos urbanos gracias a un encuentro iniciático con los indios. Moondog sabía que las divinidades indias apaches,  siux y hopis alentaban todavía bajo la hierba aplastada por el asfalto neoyorquino. Así que, dejándose llevar por las vibraciones naturales, hizo como los felinos: dejó que tales vibraciones le llevaran a una esquina solitaria y allí se colocó a agitar su tambor de mano hecho por él mismo. La gente estupefacta se creía que estaba loco. Un vikingo cantando a los dioses indios de la lluvia para que Nueva York resucitara de sus astillas de cuarzo tras las primeras grandes encarnaciones masivas…






Por su lado, la modosita y subrepticia Vivianne a lo tonto tonto, acuñó varios cetenares de miles de imágenes de su ciudad, llevada, como su paisano, de una pulsión obsesiva que acabó rebasándola: al final, Vivianne ya no positivaba sus imágenes, y se limitaba a pulsar el clik de su cámara, pretendiendo, quizá, con ello, superar el inventario obtenido por cualquiera de las mujeres fotógrafas de la historia. No sólo recorrió el espacio norteamericano sino que andurreó por países medio salvajes de Oriente, perdiéndose por sus playas o en los linderos de los pantanales o al cabo de procesiones religiosas locales.
Hábilmente, aunque parece que no lo planeó, Vivianne se hizo pasar por niñera durante casi cuarenta años para aprovechar esos tranquilos momentos de inocentes paseos y conseguir captar lo que normalmente pasa desapercibido entre parpadeo y parpadeo por los parques, jardines y puertas de las tiendas de una gran ciudad.





La obra de Vivianne no es nunca material de aluvión, pese a esta glotonería imparable de imágenes. Sorprende la fineza del encuadre captando la extraordinaria oportunidad. El humor incisivo que se deprende de sus fotografías ¿es puro azar, o la discreta Vivianne se conocía el recorrido de alucinados, borrachos y demás personajes de la fauna parroquial? Sus secuencias son siempre incisivas y suculentas. El formato cuadrado les presta solidez y volumen a las imágenes. 


Mondog y Vivianne son como los notorios ejemplos de una cuasi exposición geométrica:
en la horizontal de la historia, cortan, cada uno desde su competencia, un mismo plano de representación estética por medio de dos lenguajes distintos. Relacionarlos es tan casual como sorpresivo establecer un paralelismo entre ambos, puesto que no hay una similitud de naturaleza sino de operatividad: una es una aficionada a la fotografía que consigue una obra admirable en un anonimato casi absoluto;  el otro, al quedarse ciego recibe la iluminación definitiva que lo convertirá en un gran artista, independientemente de su reconocimiento. 
  
 
 
 

14.5.14

POR EL MARGEN DEL RÍO: VÍVIDA AGUA VIVA


 
Puente viejo o Puente de los Peligros
 




 
Disfrutar de la naturaleza dentro de la propia ciudad



 

 
el agua fulgente y espumosa del Segura



Perspectiva

 

otra perspectiva


 

En los ochenta era impensable una fauna así



 

La tarde para gozo y salud del cuerpo



 


metamorfosis acuáticas
















 

6.5.14

PERIPLO URBANO

 
 
  
Lo que tu mirada relaciona,
Esa cohesión  pronto convertida en eco, 
Acontecer fugitivo de un hecho multitudinario
que quizás, una memoria
Igual de errante rescate en un poema
Que no leas nunca,
 
melancolías de la repetición.
 
 
 
 
 
Lo que ves y que al pasar
Se escribe en tu mente,
 
Como signo desolado de un exceso,
Donde te afanas, demiurgo súbito,
En discriminar ruidos y palabras,
Ruegos e interjecciones
Articulando las yardas imantadas
Del gran espacio humano
 
 
 
 
Se suceden imágenes, hebras de opacidades,

Temblores,

Dilucidas confusamente esa masa informativa,  

Tu mirada es tu implicación intelectual,

Te implicas en tanto que miras,

Lo que miras te golpea, te intimida y alucina,

Y asustado, te retraes,

Te escondes más en tu atalaya que es el seguir mirando.

¿Visualizas lo que miras, detectas esa fisura,

Labio trémulo, cuerpo retrocediendo,

La calle como fabulosa parada de rostros y genealogías,

La extraña masa de tu prójimo?
 
 
 
 
 
 
La mirada recoge un curso de reflejos,

El haz de los vaivenes,

Y los registra embriagada, sin transcribirlos,  

La mirada mira el ahora fluyente y quieto:

La fachada quemada por el sol,

El abanico multicolor de las indumentarias,

El árbol hundido en el charco, 

La duración fantasma de este momento.

 
 
 

Todo es imagen, palabra suspensa

Buscando su instante generatriz.
 
 
 

Tu actualidad es lo que miras,

Tu mirada delinea curvaturas, líneas rectas,

Interconexiones de avenidas,

Y eres de nuevo consciente de  

esa movediza percepción de lo que delimitas,

La infinidad minuciosa de la que haces acopio,

Suceso infinitesimal,

Anécdota ahogada entre otras,

Línea cualquiera y única del trazo multidireccional

De un garabato de líneas.
 
 
 

El curso de la mirada es la escritura de tu singularidad,

Tu implicación neta con las cosas, un juicio mudo y una degustación

De lo que deviene, incesante.
 
 
 

Te rodean otras miradas, otras esferas unidas a más esferas,

Conexiones autónomas, urdimbres de trayectos,

Entre los que, quizá, tu efigie esté indistintamente incluida,

Tú, explorador contemplativo

A quien la ilusión de una esperanza sorprende

Mientras divisas los números

De tu propia especie.