19.8.14

NOTAS







Me acabo de comprar - a estas alturas - La novela de un literato de Rafael Cansinos Assens. Me da algo de vergüenza, porque es un libro que, supuestamente,  tendría que haber leído hace algún tiempo por lo que significa: inicios de la vida literaria, mundillo literario y editorial, bohemia, etcétera; aunque, por otro lado, uno no deje de ser, casi, y pese a todas las lecturas llevadas a cuestas, un principiante. El texto tiene su gracejo, está secuenciado de modo que su lectura se articula con facilidad y resultan unas excelentes memorias literarias.  De Cansinos leí hace tiempo El divino fracaso. Su lectura se me hizo algo penosa pero no tanto por el texto en sí sino por la obsesión con que quería convencerme a mí mismo de que se trataba de una obra exquisita y rara. Esto me impidió leerla con fluidez. Me he dado cuenta de que a la hora de elegir libros para leer, importa más el tipo de mundo que vas buscando satisfacer que la cuestión de si, objetivamente, se trate de una buena obra o no. Ahora me doy cuenta: el título, "La novela de un literato", es sorpresivo.

 

 
 ¿Por qué yo, que no soy taurino, desde luego, experimento proyectos como el de prohibir las corridas, no como un crecimiento moral sino como todo lo contrario, como la supresión de una singularidad? Vamos a un estado de homogeneidad, de uniformidad, a una suerte de nuevo puritanismo donde lo bizarro, legítimo en contexto propio, es perseguido como aberración.

 
 
 


Nunca he soñado con un sabor.

 

 
 
 

Sorprendido con el viaje reciente del Papa a Corea del sur. Cinco millones de católicos, ni más ni menos. Cómo sentirán los coreanos católicos la religión cristiana, me pregunto. Estuve viendo las imágenes por la televisión y resultaba de un candor encantador ver a las coreanas con las manos juntas y una mantilla blanca colocada sobre la cabeza. Es admirable que un grupo extenso de personas, adopte con fervor una religión de origen extranjero, obviando,  incluso sacrificando, aspectos importantes de las identidades propias. Esto es lo que  salva al mundo: este tipo de  silentes transformaciones, de sutiles y delicadas adopciones. Lo que resulta meritorio no es tanto que un cristiano reivindique el cristianismo en Europa, sino que esta religión adquiera nuevas lecturas y seguidores sinceros en lugares del planeta bien alejados, incluso extraños a su origen.      

 





Importamos de Norteamérica ya absolutamente todo. No sólo películas, sino modas, gestos, hábitos, incluso tipos de humor. ¡Pero el besito de Javier Bardem a su santa madre en plena boca es de un esnobismo atroz!

14.8.14

ISIDORE DUCASSE: poesías







Nunca me interesó leer las Poesías de Lautréamont, el santo patrón del famoso grupo oniromántico de Breton, debido, personalmente, a una larga época de empacho surrealístico-verborreico, y también porque ya conocía su más famosa obra Los cantos maldoronianos.

Ha sido una casualidad lo que me ha acercado al sorpresivo texto que se esconde tras tan equivoco epígrafe.

Se trata de una serie de textos aforísticos en los que el creador de Maldoror, manifiesta su pensamiento sobre el mundo, la virtud, la literatura, los literatos, el absoluto…

Lautréamont escribe con la agudeza y la desesperación de quien se sabe desterrado del paraíso, y entiende, angustiosamente, que hay momentos vertiginosos en los que las nociones del bien y del mal, se hacen indistinguibles.

Convendría olvidarnos un poco de las consignas surrealistas en las que la obra de este escritor viene siempre envuelta, para, despejando saturaciones e impertinencias semánticas, ubicar con todo interés y precisión un pensamiento tan personal, lancinante y explosivo, único entre las literaturas del momento, aunque, por otro lado, sean innegables los vasos comunicantes entre la obra de Ducasse y el espíritu que resucitaron los surrealistas.

La modernidad del texto es explícita, aunque sea su moral lo que se pretenda denunciar y conjurar. Qué típicas son esas listas caóticas de pasiones y males sociales, el empleo sorprendente de la imagen porque el mundo se ha vuelto ininteligible y sólo es posible retratarlo tal cual se da.

Lautréamont no es un moralista, ciertamente, pero toda su visceral reacción es, finalmente, de índole ética. Quien denuncia lo vil lo hace porque desea un mundo más digno y bello, no, se supone, porque le interese estéticamente lo abyecto, aunque es precisamente este punto lo que siempre ha resultado ambiguo en la práctica contemporánea. 

Nos encontramos con más de una curiosa alusión a la literatura española y con una muy moderna figura retórica de trabajo: la cita de autores clásicos – Dante, Shakespeare, Victor Hugo- que Lautréamont retoca, cambiando radicalmente el sentido de la misma.