27.2.15

TESELAS





Una querencia

Un súbito desmadejamiento

Tienen en común ser polos opuestos

De la misma revolución astral

De allá a acá

El mundo ha girado sobre sí mismo

Sin saberlo

 

 
 

En este desierto

Hay una incidencia

No masiva:

yo

 

 
 

El pájaro

es el geómetra de los aires

 
 
 
 
 
 
 
El beso no tiene longitudes

pero hay longitudes besadas:

tu cadera, el cuello,

 carne

del paraíso terrestre

 

 

 
Despacio

la luna ya está en otro hemisferio.

Aprecia

esta virtud

de desplazar abismos etéreos

tan discretamente

 

 


No pierdes el horizonte

Tan sólo descuidas

Darle al émbolo preciso

Mientras andas errático

Te sigues manteniendo

En el punto de mira

De los espacios

 

 

 
Las palabras son

Excavadoras

Llaves

Útiles para delimitar,

Atravesar las frondas semánticas

Somos modestos obreros

De este lance del saber:

Dilucidar una página del universo.

 

 

 
Tu belleza es clara y misteriosa.

 

 
 
 

En las franjas glaciales del espacio

Los planetas apenas se entretienen

Mirándose unos a otros.

La estrella

Quisiera encarnarse

En un cuerpo acariciable.

 
 

24.2.15

COMITÉS DE LECTURA Y LAS CONSTANCIAS DE LA ESCRITURA



 
 
 

Cuando se habla de crisis, de pérdida de valores, de empobrecimiento general, acotamos demasiado expeditivamente la realidad. Pretendemos con tales apreciaciones dar un informe que es también una suerte de veredicto sobre el estado de las cosas, cuando resulta que la realidad siempre será más rica y sorpresiva que lo que nuestros rastreos accidentales y sumariales pretendan ofrecer como resultado.
Este año, he tenido la suerte de participar en la preselección de las obras aspirantes a un destacado premio de poesía. Y como me ha ocurrido otros años, de nuevo, he vuelto a sorprenderme y a entusiasmarme con lo que a veces, casi secretamente, hace y escribe la gente.
Personalmente, desearía que todos los poemarios ganasen el premio.  La idea de premiar a una sola obra me parece injusta  y me fastidia, además, que por cuestiones de gusto puedan excluirse trabajos que arriesguen en sus registros o vayan a ser mal interpretados porque provengan de otras fronteras – no precisamente lingüísticas – en las que las cadencias de la realidad se respiran de un modo distinto al europeo.
Yo, este año, he vuelto a darme un pequeño  banquete de subjetividades creativas a través de los textos que nos han llegado desde distintos puntos del territorio nacional junto a otros provenientes  de África y de  Latinoamérica.  Tras esas subjetividades, hay un yo, una persona, un amanuense que procura ser lúcido vate de su mundo a través de la confesión sublimada que es el poema,  alguien anónimo que supone una brecha nueva en el piélago de las posibilidades lingüísticas. Y aunque, finalmente, la sorpresa literaria no suponga la fundación de una nueva era en la lírica, el hecho de que la gente escriba, que se esfuerce en retener y comunicar experiencias, es ya un gesto admirable de resistencia, de diferencia, de contribución a la belleza.  
 Íntimamente,  lo que más me estremece, al tiempo que me deja un sabor melancólico,  es la lectura de algunos de los poemarios en los que, a pesar de las contenciones formales, de la consciencia de la artificialidad de la escritura poética, creo haber asistido a la expresión sincera, a la cuasi confesión de un dolor cuyos protagonistas no conoceré nunca.    
 Vivimos la era de las telecomunicaciones, y en esta era la poesía, según el estereotipo, o es una cursilería o un ejercicio de hermetismo. Mi lectura de las obras concursantes confirma, una vez más, que este concepto es falso. La gente trabaja y sufre. La gente crea belleza en secreto. Escribe, es decir, lleva a cabo la operación alquímica de filtrar lo que experimenta, desea y siente, a través de la retorta verbal y conforma ese mensaje sosegado y fulgurante que es el poema. Y aquí la poesía no supone tanto la invención de nuevos mundos como la confirmación de pertenecer a esa secreta comunidad que necesita escribir al enjundioso dictado del verso.  
 

17.2.15

TRISTEZAS VARIAS



 
 

Una anacrónica tristeza es la que se desprende del conflicto ucraniano: mientras medio universo lucha contra la crisis económica y el terrorismo, unos europeos se dedican a matarse entre sí.  Conflicto que no es sino consecuencia de la disolución de un imperialismo también triste, el ruso. Rusia como ese apéndice inmenso  de Europa, como esa galaxia desprendida, por ineptitud y orgullo, del resto de Europa a la que pertenece.
Por la calle me encuentro a Irina, una de las integrantes de Kalina,  la asociación ucraniana de Orihuela. Es una persona admirable, inasequible al desánimo, inteligente, llena de positividad, humor y  optimismo. Me dice que todos son unos ladrones, tanto los pro rusos como los otros. Ante mis reflexiones, remata diciéndome que es, precisamente, en Donesk, punto fuerte de los combates, donde tiene dos pisos que desea vender. Toda su familia está aquí, en España, desde hace 14 años, y ahora, debido a la guerra, le han suspendido la pensión que le pertenecía. "Claro, tienen que gastárselo en armas", me dice, sardónica.  Es ingeniera, pero por la imposibilidad de homologar la profesión, se dedica a negociar ventas por internet. Admiro la voluntad de Irina. Parafraseando a Walter Benjamin, sólo los que se ven estrechados, incluso aplastados por las condiciones y salen adelante, logran darnos esperanza a los demás.






Tristes las estaciones futuristas que están construyendo en Albatera, en Beniel, en Orihuela. Espacios excesivamente grandes para la escasez de viajeros de alguno de estos pueblos. Los andenes, de aplastante y gris hormigón, aíslan del resto de la ciudad y se ven atravesados tan solo por una o dos personas, haciendo pensar en alguno de esos paisajes urbanos desolados que aparecen en las fotografías de las vanguardias. Adiós a las antiguas estaciones, en las que el espacio modesto disponible se amoldaba al número de personas. Se lo digo a mi padre y me comenta que, antiguamente, la estación era lugar de paseo. Eso se acabó. Las estaciones actuales no invitan al paseo sino al tráfico mecánico y estupidizante. Aquí, en estas estaciones del trayecto Murcia – Alicante, ni a eso. Los andenes están solos, como atestiguando en su dura grisura solitaria, que los diseñadores han errado o han delirado ante el presupuesto disponible, multiplicando espacios que no acogen al transeúnte sino que lo dispersan.       
 






Triste el desierto de debate filosófico que hay en España, en los medios. Hay, en su lugar, una plaga de periodistas. Están en todos sitios. No hay otro discurso social sino el que ellos imponen y articulan audazmente. Baudelaire detestaba a los periodistas y a los carteles publicitarios. Las noticias sobre la situación económica y la corrupción que escuchamos todos los días con creciente repugnancia y saturación, son ahora el caballo fuerte de los periodistas. El otro día Fernando Arrabal criticaba esto, que los periodistas conviertan nuestro interés exclusivo en el económico, que nos empobrezcan el espíritu con la lluvia de noticias sobre lo mismo, como si no  tuviéramos otros deseos, como si la realidad se redujera miserablemente a eso.
A propósito de la retirada de los intelectuales de la escena pública. Escucho por la radio a una profesora de Tarragona, filósofa, hablar sobre la tertulia filosófica que tiene en un café donde se reúne con otras personas a debatir. ¿Y si lo que se dice en ese café resultara más interesante que todo este tostón mediático sobre la crisis económica con el que nos hartan todos los días?
 

10.2.15

LÉON BLOY. DE UN EXPERTO EN DEMOLICIONES




 
 

No podemos separar la imagen del León Bloy reaccionario  y provocador de la del Bloy escritor profesional y de altura.  Notable la labor aquí de la traductora, Teresa Lanero, que logra confirmar que ambas cosas son una, revelándonos fragmentos de laboriosa y contundente prosa en esta selección de artículos que el escritor francés fue publicando en la revista Le Chat Noir, vinculada al cabaret del mismo nombre. Sorprende la altura de estos artículos, mejor dicho, la calidad de esta prosa relacionada con un ámbito que podríamos identificar como frívolo. Pero es precisamente en el ambiente de los cafés literarios donde las espirales del verbo pueden darse del modo más inopinado y natural. El ambiente relajado estimula ese verbo que un temperamento brioso y luchador como el de Bloy maneja, tensa y reproduce, ante el motivo que se le ponga a tiro. Bloy aprovecha las seguridades simbólicas y morales que le suministran la religión y su fe para parapetar su ametralladora y hacer surtir estos artículos donde encontramos retratos demoledores, sacudidas contra la sociedad del momento, afinamientos elogiosos y bombardeos selectivos para quien se lo merezca. No sé si Bloy es un escritor que haya que recuperar, o si las ediciones últimas de obras suyas, incluido, destacadamente, su diario, obedecen a una sutil estrategia editorial. En una época infectada de pensamiento políticamente correcto, por un lado, y de desnortados liberticidios de expresión por causa, precisamente, del exceso y el delirio, por otro, compensa  y divierte leer a Bloy. Y no se trata de meros requerimientos ideológicos, sino de evocar una escritura tan lúcida como indignada, que quisiéramos se produjera con más frecuencia en la actualidad.   

6.2.15

INCIDENCIAS FRAGMINIANAS





Desde el momento en que el diario personal se convierte en un género literario, eso que llamamos intimidad ha encontrado una forma bajo la que justificar sus derroteros y derivas. Hallado está el medio en el que la tal intimidad puede visibilizarse sin perder del todo su naturaleza, su valor como informe secreto. Al abrigo de la palabra, el que escribe pretende confesarlo todo esperando que la lectura de su "confesión" se convierta en su exculpación. Hay escritores que publican en vida sus diarios o convierten sus obras en diarios – Gide, Trapiello, Pessoa - . El diario es el cajón de sastre del escritor, el bloc de los proyectos y de las ocurrencias.

De todos modos, a pesar de que, desde luego, la intimidad ya no es lo que era, sobre el diario pesan, todavía, candorosas connotaciones provenientes de su era romántica. Preferiría hablar de escritura diarística para, por un lado, esquivar tales connotaciones y sugerir un tipo de escritura fragmentaria pero continua, precisa y temáticamente multidireccional.

Ese tipo de escritura hilvana las páginas de este “libro” que me he atrevido a sacar a la luz, Ars Fragminis, a través de la editorial Celesta de Madrid y que de modo, un poco tautológico, me atrevo (otra vez) a reseñar aquí: el blog es también escritura diarística.




El libro consta de una selección de textos breves extraídos de mis diarios y material aforístico, que estaba destinado, en su mayor parte, a ser publicado aquí.  Pero este “aquí” tiene un problema: su virtualidad.

Necesitaba, por ello,  ver publicados, impresos, estos fragmentos. Escribir en la red es como escribir en el agua: tienes la seguridad de que tu texto permanece y se ligará rápidamente a otros pero, pronto lo pierdes de vista en un medio donde todo es confín de confines, y más que texto, lo que articulas son mensajes. En realidad, “escribir” en la red es un sinsentido: ojalá pudiéramos escribir sobre o encima de la red, en una superficie palpable que nos diera esa sensación de concretez y orden que nos da el libro.  

Hace exactamente una semana, se presentaba Ars Fragminis en la librería Códex de Orihuela.

Paul Valery hablaba de la inutilidad de escribir un diario, de lo quimérico que resultaba llevar un registro supuestamente fiel de impresiones y anécdotas; pero el escritor se levantaba todos los días a las cinco de la mañana y se ponía a escribir sus reflexiones sobre literatura, filosofía, etc., sin darse cuenta de que eso que hacía era, también, un diario.

Por otro lado, Roland Barthes decía que llevar un diario sería plausible sólo si el diario fuese literario, no un mero ejercicio de contabilidad.

Si “el arte sucede”, como decía Borges, citando a no sé quien, también en el pensamiento sucede el pensamiento, las derivas cromáticas de la sensación. Se puede escribir sobre cualquier cosa pero con la condición del grado en que tal cosa te competa o te implique. ¿Y si lo que compete, te implica y te gusta es el lenguaje? Hablaríamos quizás, del diario de un poeta o de un diario poético. Creo que es ahí por donde me ubico. 

(De lo que me responsabilizo a medias es de las insistentes erratas que, a pesar de todos los controles, se han colado como fastidiosos polizones, aunque camuflados en el enjambre del texto: es más difícil corregir un texto propio que escribirlo).