29.6.15

POEMA


 
 
 





Las golondrinas yacen en el aire.

El espacio que se riza en torno a ellas,

es  suma de vectores,

implosión mate de redes ciegas.

 

Allá abajo
las fuentes desenhebran un último brote,
mientras en las frondas
persisten restos de soles antiguos.
 

 
 
El vértigo de la hora

es esta inclinación  rosa de átomos,

este balanceo de tierra templada

sobre la que sueño un mar remoto de zafiro.

 

Una incertidumbre se torna voluptuosa:

si el mundo es una isla que gira sobre sí misma

ser el primer, el único hombre

en el confín de la tarde





 

25.6.15

UNA FANTA Y UN CAFÉ





 
 
 
 
 
 
 
 
 




 









 
Pensamiento del día: a veces tengo la sensación de que humoristas,  políticos, personajes sociales están pagados por alguien para dar siempre la misma y pobreteril versión de las cosas.

23.6.15

MI PEQUEÑA GRAN ENCICLOPEDIA






De pequeño, yo descubrí el mundo con Mi pequeña Enciclopedia, obra escrita  e ilustrada en 1961 por Herbert Pothorn, arquitecto y dibujante alemán. La obra constaba de un volumen introductorio, dividido temáticamente y otros diez, ordenados alfabéticamente, lo que convertía esta enciclopedia infantil en una suerte de infinito diccionario enciclopédico. Publicada por Plaza y Janés en 1965, esta obra,  -  particularmente, el espléndido primer volumen - , se convirtió en una fuente de fascinación continua a esa edad en que el mundo es siempre bueno, bello, enigmático e inabarcable. No sé si  a aquella fascinación contribuyeron de modo específico las ilustraciones de Pothorn, o, si, en el caso de  que las ilustraciones hubiesen sido otras, mi disfrute de las páginas de la Pequeña enciclopedia, hubiera variado. La cuestión es que hoy asocio los primeros años de la década de los sesenta, los pantalones de pitillo y las zapatillas de los personajes dibujados por Pothorn a una suerte de Arcadia no ya meramente pictográfica, sino sentimental y mágica. El acierto del trabajo de Pothorn se debía a un dibujo sencillo pero efectivo y a un texto algo sorpresivo, con un ligero toque de humor que inducía al niño a percibir los contrastes de las cosas.

Las ilustraciones en las que me gustaba demorarme, tanto que incluso ahora me siguen gustando y estimulando, eran las referentes a las estructuras de las casas y a los diseños urbanísticos. Libros como La poética del espacio o Especies de espacios, por ejemplo, la primera de Gaston Bachelard y la segunda de George Perec, se convocarían aquí al son de este gusto infantil por los escondrijos, lo laberíntico, las estructuras, los entramados, las habitaciones, etc.. Es ya un tópico, pero a propósito de las obras citadas, no dejo de acordarme del pensamiento de Freud, para quien este gusto por deambular o esconderse por los mil y un escondites de una casa reproducen el placer intrauterino del niño fluctuando en el seno materno.
 
 
 

 
 
 Viendo estas ilustraciones, imaginaba la vida de cada personaje, cómo eran sus destinos según sus profesiones, en un imaginario país que era cualquiera, un país universal.








La fascinación por la casa moderna: el laberinto doméstico. El gusto por perderse: desde el desván, donde se guarda el caballo de madera, hasta el sótano, donde casi nunca se baja. Fascinación  por el orden , por la colocación de los objetos, por la ubicación de los espacios que van a habitarse. El mundo como un puzle. Esta ilustración me gustaba, particularmente, al tiempo que me producía cierta leve desolación.
 





Festejar la vida de todos los días a través de secciones temáticas. La biblioteca como un pulcro espacio de fruición interior.





El mundo de la gran ciudad. Universo de pasadizos, pasajes subterráneos, puertas y compartimentos. El dinamismo del mundo exterior tenía terminaciones activas bajo tierra. La exactitud del dibujo subrayaba el orden de la distribución de estos espacios múltiples.





Esta era mi ilustración favorita. Mundo de ventanas, de interiores iluminados. Sobre el placer de pasear al crepúsculo y detenerse ante un edificio con ventanas iluminadas, imaginando quién vive y se mueve dentro, han escrito Strindberg y Leopardi.
 

18.6.15

DIARIO






Si no escribo, desaparezco.

 

No recuerdo exactamente si fue Cortázar o Carlos Fuentes, quien dijo que para leer o abordar la obra de Lezama Lima se necesitaba de cierta ingenuidad. Supongo que se referirían a esa ingenuidad de índole poética que nos hace permeables a una percepción nueva, fantástica de las cosas. Una ingenuidad que supusiera esa capacidad de asombro para poder ver en el trazado de un relámpago las eras culturales que se han sucedido en Europa y que Lezama Lima sabía tan exquisitamente describir. La ingenuidad necesaria para observar el fenómeno de la cultura como un acontecer cósmico.

 

La oscuridad no tiene lados.







Ya se sabe que es posible provocar los sueños. Estimulado por ello, hago un experimento. Antes de acostarme, me pongo la película Odisea en el espacio 2001. Me fijo, particularmente, en el famoso monolito, que, en la ficción fílmica, es el perturbador elemento que trasciende el tiempo histórico. La significación temporal de ese objeto, influye en el sueño que esa noche, efectivamente,  tengo.

Sueño que estoy en Santa Ana del Monte, convento de la ciudad de Jumilla, en el que ingresé en 1981 como postulante. En el sueño, me encuentro, efectivamente, en 1981. Entro en el convento junto con otras personas que han venido para visitarlo. Hay turistas que andan de un lado para el otro. Hace un sol esplendente. Yo observo con alucinación todo lo que me rodea. 1981 es como una forma más de presente. El dinamismo y la contundente luz, alejan toda flatulencia melancólica y me convencen de que no me estoy diluyendo en ningún triste pasado. Pero a pesar de ello, sé que estoy visitando algo que fue y que no puedo ya modificar, que hay una barrera leve entre mi persona y la gente que se mueve conmigo. Descubro una playa cerca del convento, entre los pinares. Hay mucha gente que ha acampado allí y se está bañando. Miro fascinado a la gente. Se mueven, ríen, hablan, se meten en el agua, delante de mí, pero esto es algo que ocurre en ese pasado que de, pronto, visito.  Yo ignoraba la existencia de esta playa, y lo interpreto como una novedad del pasado que aleja una imagen cerrada, conclusa, triste, de lo que fue. En el sueño, me veo en la incómoda y algo angustiante circunstancia de encontrarme y convivir con los religiosos como si todo el futuro que ya se cumplió en mí, no hubiera tenido lugar.     

 


 

Los chistes del tal Guillermo Zapata, por fortuna ya ex - concejal, no tienen nada que ver con el humor, ni siquiera con el humor negro. Son meras reacciones en la logosfera internética, saturada, podrida de moda periodística que olvida a los protagonistas verdaderos, de carne y hueso, de su hemorrágica industria de noticias. Revelan esa decadencia amarga del postmodernismo más deleznable y penoso. La frivolidad insostenible de hacer chistes sobre el genocidio nazi o el terrorismo, no obedece sino a la provocación que la enormidad de tales hechos produce en un supuesto foro que precisa llenarse no de exposición de razones sino de enunciados continuos. Nada más gratuito e imbécil que ensañarte con los tuyos porque sí, es decir, por puro hastío, por confusión en los destinatarios de los mensajes, por el autismo de la escritura. 

 

 

Por el delicado velo discurren las pronunciadas arrugas.

 

Hago abstracción del mundo para poder comprenderlo




 

Creía que el agua se cansaba de ondularse, pero no: era otra ola.

 

La fruición se lamenta de las lenguas secas

9.6.15

EL RIN




En 1838 Victor Hugo emprende un viaje a Alemania. Su intención es recorrer el país y sus ciudades más importantes surcando el Rin. El río adquiere en el texto de Hugo una fuerte y multidireccional metaforización: no sólo es motivo natural de belleza atravesando frondosos lugares, sino vehículo de leyendas locales, línea divisoria entre la Europa meridional y la septentrional, frontera de enclaves históricos, guía móvil de ruinas de castillos y  palacios, ciudades y pueblos impregnados de historia, edificados a sus orillas.  El Rin es un relato de la belleza de la historia y de su espectralidad: batallas y ruinas.

El libro se articula en forma de cartas que el escritor dirige a un amigo, a quien hace confidente de sus rutas y sorpresas. Hugo advierte que no viaja como un turista sino que tiene un concepto cultural y comunicativo del viaje. Va a Alemania para recuperar vínculos culturales, para hacer encantado recuento de los numerosos puntos con los que la historia antigua y moderna  ha sembrado estos fecundos parajes.

 

La cantidad de nombres de caudillos, margraves, jefes y príncipes hacen cierto efecto estético de cascada verbal que como el caudal del propio Rin se esparciera en la memoria del tiempo y que Hugo también quisiera atravesar aunque sólo fuera por medio de su evocación. La mención y descripción de ruinas casi parece una sección temática. Aquí, Hugo no puede ser más típicamente romántico y hace fácil el examen de las obsesiones de ese movimiento.

Resulta curioso encontrarse con la breve descripción de una sensación que yo también he experimentado cuando inspeccionaba casas abandonadas en las landas torrevejenses en mi adolescencia: “ese olor acre de las plantas de las ruinas de que tanto gusté en mi infancia”.

Hasta qué punto el romanticismo de Hugo fundamenta estereotipos, lo comprobamos cuando al visitar un pueblecito cercano a la orilla del Rin, observa que todos sus habitantes, desde los niños y jóvenes hasta las personas afectadas de bocio tienen un vago pero indiscutible aire del siglo XIII en sus semblantes, lo que viene a ser algo así como que identifica los rasgos físicos de aquellas gentes como los correspondientes a la etnia representada en las miniaturas medievales germánicas.

Del libro, escrito con precisión y humor, emerge una sugerencia: invita a los europeos a descubrir Europa. ¿Por qué no hacemos lo mismo que hizo Hugo, pero escogiendo el río Volga, por ejemplo?  

    

4.6.15

Diario. REFLEXIONES MORISCAS







Ceuta.
Sensación de precariedad, de desbarajuste, de caos, tras haber visto un reportaje en Antena 3 sobre el famosamente conflictivo barrio de El Príncipe, en Ceuta. Pensar que “aquello” es territorio español resulta un tanto risible. Cómo no van a pensar los jóvenes en largarse, en embarcarse en destinos confusos y peligrosos pero que les produzcan algo de entusiasmo, ante un panorama tan desolador. Recuerdo que Fernando Arrabal, hace unos años, radicaba la capitalidad de España en Melilla, ya que en un espacio pequeño conviven las tres grandes religiones: la judía, la cristiana y la musulmana. Siempre he pensado que Ceuta y Melilla, son estupendas ocasiones frustradas de cohesión, de mestizaje cultural. No hay acontecimiento de orden cultural que nos obligue a citarlas aquí, en la península.
El abandono institucional de aquel paraje ceutí potencia aún más su estado de peligrosa y desesperanzadora dispersión.
¿Por qué no organizar allí un concierto superesectacular, algo que dinamite, aunque sea episódicamente, el ambiente de pobreza y desamparo, y nos permita creernos la ilusión de que la miseria se aniquila potenciando la vida?

 
 





Palabras, consignas.
Sensación irritante cada vez que los periodistas mencionan la palabra yijad. Parecen justificarla como un discurso más.

Más palabras: Alá  akbar, Alá es grande". La infinitud del desierto es, quizá, el soporte remoto de este calificativo. De expresión estremecida, -  también sinónimo del famoso fatalismo árabe, a ojos críticos -, pasa a convertirse en la consigna del nihilismo más feroz en boca de los terroristas actuales. Comprendida en un contexto religioso, es incontestable porque lo justifica todo: el que, por una casualidad, yo me haga rico o que un terremoto acabe conmigo al día siguiente obedece al cariz de este enunciado: los designios indescifrables del Señor, a quien, sea dicho de paso, yo puedo importarle bien poco, en mitad de tales trances. Si una expresión resulta válida tanto para la confesión temerosa como para el acto más bestial, una desesperante impotencia se cierne sobre nosotros: ¿qué hacer: censurar ese enunciado, censurar al espíritu que lo produjo, censurar al lenguaje, no hacerlo ya que este es neutral, censurar las utilizaciones de este enunciado ya que tales utilizaciones comportan una mentalidad y una alienación concretas..?  

 
 
 





Humor y falta de humor.

Leo un artículo de Juan Benet sobre el humor publicado en su día por la Revista de Occidente, en 1962. Benet define el humor como una forma muy refinada de conocimiento crítico, indispensable para la buena salud de una cultura o país, y critica su decadencia a través del humorismo profesional ya que el humor tiene que ser un estado, un ánimo general de la percepción y del sentir, no una dosificación dirigida desde fuera.
El humorismo producido por los humoristas no obedece sino a algunos motivos socialmente acordados, pudiendo tornarse muy prontamente en algo rutinario, incapaz de restituir aquel nivel psíquico que el humorismo idiosincrásico y soberano ostentaba. Como ejemplos de lugares y sociedades faltos de la savia del humor, Benet cita la Unión Soviética de las purgas o la China del momento (de escribir el artículo, obviamente).
A propósito de este tema, para mí siempre ha sido un enigma la cuestión del humorismo árabe, es decir, de su existencia o no. ¿Existe el humorismo específicamente árabe? Me dicen que hay humor en Las Mil y una noches, en la literatura popular. De todos modos uno se pregunta si no es la falta de humor lo que ha esclerotizado el funcionamiento de las sociedades árabes, lo que ha impedido ese sano distanciamiento de los códigos propios. Recuerdo el retrato de Edmundo de Amicis sobre los turcos, en su obra Constantinopla, cuando habla de individuos sin psicología y de la extinción del pensamiento. En donde falta el inteligente relax del humor, se robotizan los ánimos, se uniforma estérilmente la sociedad. La prontitud en escandalizarse ante gestos medianamente libertarios, - obvio el tema de las caricaturas sobre Mahoma – y la facilidad del anatema como respuesta, muestran a las claras esta falta de lubricante en la mentalidad oriental . ¿Por qué no intentan imitar a los otros orientales, a los chinos, que colocan sus obesos y rientes budas en las puertas de sus restaurantes? He ahí un signo de permeabilidad. Si no hay permeabilidad, a la sociedad sólo le toca obedecer ciegamente, convertirse en un conjunto de robots blandos,  reaccionar sólo a la defensiva, sumirse en la rudeza de los extremos.          








Las ruinas de Palmira.

Qué curiosa coincidencia: ahora que los ejércitos del estado islámico, es decir, un montón de furibundos iconoclastas y asesinos están sitiando los alrededores de Palmira, en Siria, arreglaba yo unos paquetes cuando me he encontrado con un libro que compré hace un par de años en una feria del libro de ocasión y que había olvidado: Las ruinas de Palmira, de Volney. Ante el confuso período de conflictos religiosos y culturales que estamos viviendo no vendría nada mal echar algún que otro vistazo a alguno de los pasajes de esta obra, recuperar esas antiguallas que son la razón y el pensamiento laico, instrumentos de los que algún listillo dice que nos hemos hartado, mientras en otros puntos del planeta aún están en pañales en el vislumbramiento de los mismos.  Eligiendo como escenario más que simbólico los restos de la antigua ciudad de Palmira, Volney cita a todos los caudillos y profetas, a los representantes de todas las religiones, y les obliga a dialogar entre ellos para esclarecer qué puesto le toca a cada uno en el concierto universal y cómo podrán convivir, de ahora en adelante, en paz.
Volney, como ilustrado y librepensador, defiende un clima de atemperado ateísmo, y les hace recordar a los sacerdotes y representantes de todas las religiones, teniendo como prueba de sus argumentos las ruinas de la ciudad, es decir, lo que quedó de un gran imperio que se creía inmortal, que todas – todas las religiones y cultos – tienen una limitada existencia sobre la tierra. El siglo XXI será religioso o no será, escribió Malraux. Pero los siglos pasarán, y los milenios, y lo que quedará de nuestros dioses será sólo una herencia de formas.