26.10.16

ALBUM DE NOTAS









El aura, parcialmente seca, de Lars von Triers.

Hasta el momento he visto dos películas de este director danés y he llegado a ambos  finales con algún que otro esfuerzo,  resistiendo amagos de aburrimiento y echando mano de mis reservas de paciencia. O no acabo de pillar la especificidad de su genio, o lo veo ya avisado de lo que se trata, o, simplemente, Lars Von Triers no logra seducirme. Y en cierto modo es explicable. Apenas visionas 15 segundos de un film de Tarkosky o de Bergman, entras en un ambiente concreto, estás ya hechizado, apresado por esas atmósferas. Con Triers tengo la sensación de una suerte de déja vu, de asistir a un ensayo cuya extensión no acaba de corresponderse con la intensidad estética que pretende comunicar. La última película que he visto de él, Melancolía, parecía prometer: guión atractivo, estupenda fotografía, notables actores. Pero lo trascendente, lo numinoso, lo dramático ni lo sentí ni lo veía justificado. Lo único que se mantenía en pie era lo más aparente, la belleza de las imágenes a través del proceso fílmico, como si sólo ahí pudiera radicar su mensaje. ¿Saturación, por mi parte; cierta predictibilidad, por parte de Triers?  

 






Lo sagrado.

En una ocasión, hace unos años, en Elche, al ir a tomar el tren me encontré con el desfile de una procesión. Ante el gentío, no pudiendo cruzar la acera, me detuve unos instantes. A mi lado había un grupo de ecuatorianos que como yo, estaban de pie viendo pasar la procesión. En un momento dado, ante el recargado paso de una virgen, llena de flores, me fijé que varios de los ecuatorianos se santiguaban discretamente. La, digamos suavidad de este gesto, sumado al que ostentaban sus rostros, me produjo, de pronto,  un leve pero contundente estremecimiento: a través de estas personas percibí que algo delicado y exquisito, especialísimo e impalpable y por lo tanto, digno de respeto, era portado o emanado por la imagen, algo misterioso pero de naturaleza fraternal, y por tanto de cualquiera de nosotros, que conseguía de modo natural el consenso íntimo de su acatamiento.







Sobre la poesía

Ganas de volver a la poesía como si el caos hallara una resolución eventual en el seno de la forma.

 




El “estilo” de Emilio Lledó.

Hablar de la memoria, de la función de la escritura, de los sentidos que esta comenzó a producir en receptores y amanuenses, de las semejanzas metafóricas entre semilla y diálogo, de los procesos recolectores de la memoria y de la relación inextricable entre escritura, imaginación y los mundos surgidos entre ambos que reclaman una representación propia, todo ello crea un estilo etéreo y especulativo, ingrávido y espumoso en el que si muerdes no muerdes sino bolsas de aire sutil. No acabo de encontrar grandes revelaciones en la obra de este filósofo, pero sí la decisión de desenterrar, de describir lo atomizado que conforman las razones de los distintos discursos. Podríamos decir, sin que esto suponga ningún menosprecio, que de lo que trata Lledó es del laberinto de lo obvio.

 
 
 

24.10.16

POEMA










 
ARTISTA DEL AIRE
 
Equilibrista de suntuosa chatarra
Conviertes las escarpaduras celestes
En las líneas sumisas de un plano,
En la pista única
Por la que se desliza el vehículo de tu cuerpo,
Sublime cacharro. 
 
Pisoteas albas imaginarias
Porque no puedes llegar tan alto,
Eres un escombro metálico
Que te deslizas por un raíl oxidado
 
Pero eso certifica la prueba
Por la que pretendes consagrarte
 
Que tu breve hazaña se convierta en signo
Es lo máximo a que puede aspirar tu espantajo
Bajo los ocres velos  de otoño,
En signo de una aventura
Sin fin conocido ni deseado.  

19.10.16

PENSAMIENTOS DEL EQUILIBRISTA


 





Cambiar de locomoción implica cambiar también la percepción del mundo.

Desde aquí arriba todo plano oscila, confunde sus límites.

Los edificios inclinan su vertical, los arboles urbanos se convierten en una masa deslizante, la gente forma conjuntos lentamente giratorios.

Diviso el naufragio de los soles ponientes, la formación de las tardes, la eclosión de las mañanas. 

Si me instalara aquí ¿hasta qué punto compartiría las leyes de esa ciudadanía que se mueve, remota, por allá abajo?

La intemperie es mi casa, diría poéticamente, y el propio aire debiera convertirse en follaje en el que guarecerme.






Me independizo de la gravedad, de los semáforos, de los baches de las calles cuando llueve, de los edictos municipales.

Me llama el logos audaz, sólo respondo a esa llamada de pureza y riesgo.

Soy mi propio discurso, me encarno en uno de los elementos primordiales en que los presocráticos estimaban el origen del universo.

Sé que los de abajo no esperan sino a que me caiga. Y yo no espero sino a que se cansen de esperar y que el viento los borre de las calles o la nieve los sepulte en sus puestos de observación.

Si mi aventura dura un rato, un par de minutos, un instante, eso habrá bastado para demostrar que otra visión, otra experiencia del espacio son posibles.

Duraré lo que dure en caer.  

 
 
 

Ø POÉTICA DEL PRODIGIO TRANQUILO: EL EQUILIBRISTA






No es tanto cruzar las distancias que marcan los puntos desde los que se tensa la cuerda como la composición insólita de la figura atravesando el espacio sobre el vacío, lo que interesa examinar.

Sin embargo la figura y la hazaña del equilibrista remiten a una teoría de la física, del mismo modo que tal teoría puede dirigirnos a una representación de la misma materializada en el caso del equilibrista.

Qué es el equilibrio sino la horizontalidad de lo que no era horizontal, la suspensión de la mole íntegra en un punto, la harmonía de “lo sin límites”, la relación de espacios antagónicos, la interconexión de puntos extraños.





El virtuosismo del equilibrio supone el encuentro en una misma recta de dos puntos distantes y no conexos. A partir de ahí esa relación es algo más que geométrica, pues puede ser emotiva, simbólica, representativa del drama de las almas rotatorias que convergen, instantáneamente, gracias a los suculentos caprichos del azar.

El equilibrista reta al orden de la física para ensayar un nuevo orden: el que se basa en la excepcionalidad o en lo infrecuente, en forzar espectacularmente las circunstancias.  

El equilibrista segmenta el cielo, pulsa coordenadas desde puntos ajenos, dibuja un diagrama de ubicaciones allí donde no se extendía sino el vacío o la inercia de las posiciones.
Si somos capaces de imaginar lo que poéticamente escribimos por qué no hacer lo mismo con esta repentina sublimación de las leyes físicas que el equilibrista propone.





Lo que el equilibrista dice es: el universo es capaz de superarse a sí mismo, dar una voltereta y caer cabeza abajo para recuperar tanto su posición habitual como las potencialidades de su desenlace. Es decir, la pirueta sobre el abismo no pretende sino confirmar que nosotros somos los soberanos y que no deseamos otra cosa que el orden corriente de las cosas. Cruzar abismos es una reivindicación de la soberanía de nuestra normalidad alcanzada.

Lo habitual es andar por el suelo pero para justificar esta regularidad demostraré que puedo andar o desplazarme sin superficie, que puedo, literalmente, cruzar el abismo sobre una línea.

 
 
 

El equilibrista pone en contacto bloques de espacio horizontal con bloques de espacio vertical  para, tras mostrar esta posibilidad de relación, hacerlo desaparece todo, pues, por si acaso, no hay que olvidar el carácter precario de todo paso que da en el cable y de esta misma demostración. Se iría como ha venido: a y de la nada.

La esfera y la pértiga aseguran estabilidades en las operaciones de equilibrio.
La pértiga introduce una fuerza que parte de los extremos y que atraviesa el pecho del artista del aire tal y como en la estatuaria griega se trazaba la cruz como punto harmónico de altura en ese mismo punto.
Una línea enérgica y vibratoria apoya e impulsa los pasos del equilibrista, mientras que la esfera que pende debajo estabiliza la verticalidad del conjunto.

La esfera actúa como una boya en el aire, detectando todo embate peligroso del viento al moverse como un péndulo; la pértiga es una varita mágica gigante: nada nos dice que, ante una posible caída, el equilibrista no necesite convertirse, de pronto, en mago, para evitar desperfectos en la armadura que constituye su cuerpo.

De los extremos de la pértiga parten las líneas imaginarias que segmentan los bloques de espacio entre los cuales el equilibrista podrá moverse.






Esfera pendular, pértiga vibratoria y cable tendido forman el instrumental con el que el equilibrista de chatarra podrá surcar el vacío, toda distancia imaginable.

El prodigio consiste en la práctica ausencia de superficie en la que apoyarse para cruzar distancias calculadas. Sólo la escueta línea del cable es el único punto fijo y continuo sobre el que ir avanzando, contando con los puntos estáticos de apoyo y de refuerzo de la pértiga y el globo no aerostático.
 
La poética del equilibrista consiste, pues, en geometrizar una porción de espacio allí donde no había ni puntos de apoyo, y basándose en esa representación imaginaria materializar una evolución imposible.
 
 
 
 

12.10.16

LAS EXPLORACIONES. Manuel García. Ediciones Neopàtria


 
 
 
 

La gran virtud de la poesía es que al recrear mundos no los inventa, meramente, sino que dice la verdad sobre tales  mundos.
La vocación imaginativa del poeta, pues, sortea no solo los mundos que han sido sino los mundos posibles y descubre tanto su razón de ser como el carácter y el destino que a tales mundos les ha deparado no ya su historia sino el capricho o interés de los cronistas.
Consecuente con la naturaleza de la imaginación poética, Manuel García inicia una exploración sobre esos territorios propicios, a pesar de todo, al poder de la palabra: los territorios innominados de la memoria. Innominados porque han sido olvidados voluntariamente o porque no han llegado a constituirse en acontecimiento por su carácter obsceno y culpable.

Podríamos definir las imágenes que nos legan estas exploraciones de Manuel García como las pertenecientes a la España Negra, a la España del franquismo de la posguerra, a las del conflicto bélico mismo, o incluso a las de siniestras épocas anteriores. Estas etiquetas iconográficas nos servirían para situar históricamente la memoria que se pretende rescatar o al menos, invocar o recordar; pero lo importante, yo creo, es considerar esa posibilidad de recuperar en nuestra emotividad las realidades que fueron y que no desembocaron sino en el olvido, para hacer de este modo justicia. Así se demuestra que la justicia poética no sólo hace justicia a través de figuras y sorpresivas rotaciones del destino sino directamente a través de fulgor oscuro de las palabras.

Y para que esa exposición de lo que fue, pero que fue tan horrible que negamos su realidad o simplemente nos confabulamos para olvidar, se materialice en toda su crueldad hay que colocare en el lugar de los ejecutores y escuchar sus operaciones y “razones”: asesinamos porque se aprende inmediatamente y parece puro.
Nada que invisibilice tanto al ejecutor como repetir su crimen.

Y cuando el horror extiende su imperio no habrá piedad ninguna para quien se atreva a cuestionar tal extensión: Quien quiso contar las cicatrices/ fue extirpado de la luz.

Cada poema semeja la secuencia fílmica de una película de terror, pero no del terror de ficción que puedan producirnos seres sobrenaturales sino de ese terror más agudo e indescifrable que practican algunos seres humanos con otros.
Ese terror se ha dado, configura los márgenes más sórdidos de la historia y sólo la poesía puede conjurarlo de un modo específico y satisfactorio. Como decía Mario Benedetti: El olvido está lleno de memoria. De esa memoria enterrada y sumida en el desamparo hace un vívido mapa de sentires y chispazos el poemario de Manuel García.  

 
 
 
 

9.10.16

POEMA








LOS CENTINELAS DE HIERRO

 
Allá arriba están,
cortando el aire con la empinadura de sus cuchillas,

Danzantes góticos
Que olvidaron el efecto fraternal de la música,

Allí arriba permanecen, seccionando el espacio,
Modificando la luz con su reflejo oscuro,

Tortuosos uniformados por la basura industrial
Y por los sueños deshechos de los urbanitas,

Centinelas de un sol brumoso,
Escoltas de cielos en ruinas,

Signos egregios de la nueva era medieval
De masas de mendicantes y de caballeros asesinos.

Su altura condena la hora y certifica un devenir:
El eterno retorno los puso ahí.  

   

8.10.16

LOS CENTINELAS DE HIERRO


 
 
 

A cinco metros de altura, los vigilantes hechos de chatarra prensada, escoltan el paso de los transeúntes de un lado al otro del puente.
Escoltan sin moverse. Su estatismo produce más ferocidad que si hicieran algún movimiento mecánico violento para impedirnos el paso o reclamarnos algún tipo de documento.
Su aspecto bizarro y su rostro borrado, hecho de virutas de hierro aplastadas,  imponen lo suficiente como para que uno se limite a discurrir sin presentarles batalla con la mirada o discutir alguna posible orden. Pero hay gente que se pregunta, si ningún conflicto grave se ha producido últimamente, por qué estos personajes intimidan nuestro tranquilo discurrir por la ciudad. Precisamente, dicen los consejeros que aprobaron el proyecto, porque tal tranquilidad en las fronteras internas de la ciudad es más que cuestionable.
No es sólo un par de pequeños hurtos, denunciados a regañadientes, y el gesto antipático de algún transeúnte hacia otro, al pasar, lo que ha elevado la alarma entre los vecinos, es, con una brumosa evidencia que a muchos obsesiona, que algo hay de enrarecido en el ambiente urbano que ha elevado las cotas de sospechas de unos hacia otros.
La democracia vela por nuestros derechos pero para que esto funcione debemos saber con quién estamos conviviendo. Por ello, los centinelas, han sido diseñados para exterminar a todo extraño al orden social y democrático de nuestra urbe.
Un fruncimiento del ceño, un rápido echar la mano al bolsillo, incluso abrir demasiado los ojos o sacar la lengua, son gestos lo suficientemente provocadores como para que actúen al instante, y detengan o fulminen, directamente, al sujeto. Hasta ahora no se han recibido quejas formales de ningún exceso y hasta se está programando que ante los flujos numerosos, los centinelas de hierro, para evitar apelotonamientos y grumos humanos, ordenen el tráfico según el color de camisas y tipos de peinado.
Larga vida se prevé para esta loable iniciativa municipal.



5.10.16

Bloc de notas





A veces, por esa inercia que crean los artículos de referencia, estudios y publicaciones, la lista de autores famosos se consagra y petrifica, y parece que sólo de tales autores dependa la innovación creativa en los distintos ámbitos. Si hablamos del inicio de la vanguardia musical, basta que apenas digamos “Ma” para que la tríada Mahler, Schoenberg y Stravinsky salgan en una ristra tan contundente como fatalmente incuestionable. Últimamente escucho bastante a Ferruccio Busoni, un raro en la historia música pero no por su carácter huidizo o porque desarrollara su actividad marginalmente, todo lo contrario. Fue conocido en su época, destacó como gran maestro  musical y como interprete virtuoso del piano, realizando varias grabaciones tanto de sus obras como de otros compositores clásicos. Lo que resulta un problema para los expendedores de etiquetas es su filiación estética. Busoni se mueve en ese eje temporal que acciona el fin de siglo XIX y el principio del siguiente y a través de cuyo fenómeno hay un deslizamiento de sensibilidades tan contrarias, distintas y extremas que yo diría que el tiempo de Busoni es un tiempo de tiempos, una cuasi atemporalidad en tanto que no hay clausura formal en la que definir y ubicar al músico italiano, que es tán “antiguo” como moderno. A veces parece decadente, simbolista, wagneriano, otras recuerda más a Lizst, o bien, suena totalmente a Siglo XX, hasta el punto que he confundido algún pasaje musical suyo con el de un Aron Copland o Hindemith. Lo que es todo un signo de su “rareza” es que lo más conocido de su excelente obra sean transcripciones musicales de las obras de otros autores, especialmente Bach y Lizst: es como si escondiera su genialidad con una de sus numerosas habilidades musicales y se contentara con ese disfraz.    

 

 
La figura de Heinrich Heine me parece la de un polizón que se hubiera colado en el grave mundo de la historia y filosofía alemanas y se dedicara a llevar a cabo una crítica de la cultura tan incisiva y atractiva como chispeante. Sorprende, a veces, la contundencia y el desparpajo con que trata a las grandes figuras del pensamiento. Su atrevimiento corre parejo a las imaginativas figuras que utiliza para realizar esa crítica tan directa de las empalizadas conceptuales germánicas. 






Escucho una grabación en la que el presidente de México, Porfirio Díaz  envía un mensaje al inventor Alva Edison. La grabación fue realizada el 15 de agosto de 1909. La voz del presidente mexicano resulta tan clara, tan presente, que cuando dice la fecha en la que se dirige al famoso inventor, ese 1909 suena absolutamente vacío, insulso, indiferente. Me resulta imposible imaginar todo lo que en torno a esa fecha tan remota, se estaba produciendo en el planeta, en las naciones, en la historia del arte o del pensamiento. No puedo imaginar, o me cuesta una infinidad, imaginar una espesura histórica no alrededor de tal fecha, sino sobre las tranquilas palabras del presidente. Porfirio Díaz habla desde el presente, desde lo actual y ese es su tiempo vital. La grabación no puede hacerse cargo de ningún vendaval histórico ni de ninguna masa de acontecimientos – los que se estaban produciendo en ese momento, o los que se avecinarían instantes después – porque el sonido no suena en el pasado sino ahora mismo. No le ocurre como a la imagen, cuyo estatismo sí articula un distanciamiento insalvable, reproduciendo la sensación melancólica y aniquilante del tiempo. Esta percepción de la voz de Porfirio Díaz que no suena en ningún mítico pasado sino ahora mismo como lo hizo cuando se efectuó la grabación, conecta con las reflexiones de un Schopenhauer sobre la actuación de la voluntad y en qué estamento temporal y ontológico se produce. Cuando suenen las trompetas del apocalipsis no sonarán en ningún tiempo mítico sino ahora, tal y como estoy escuchando, en estos momentos,  la radio, el ruido del aire acondicionado o los coches que pasan por la calle, en el exterior.  

 

A veces se tiene la sensación de que se progresa relativamente. Llevo unas cuantas fotos digitales a que me las  - ¿revelen-impriman?- y al ver los resultados me acuerdo de las frustraciones que experimentaba hace años cuando se me ocurría revelar automáticamente carretes enteros. Las fotos digitales, salen, unas muy bien, pero las más contrastadas y con las que he experimentado más, aparecen tan saturadas y deslumbradas que no se parecen en nada a las imágenes que había preparado en el ordenador. O sea que el aficionado a la fotografía se enfrenta a los mismos problemas que surgían con la fotografía analógica de toda la vida. No puede uno confiarse al revelado no manual ni a la la impresión automática: el trabajo de sacar a la luz la imagen tiene que ser específico – a través de las mejores máquinas – para que el resultado sea el que se dese verdaderamente.    

 

 

 

Bloc de notas





A veces, por esa inercia que crean los artículos de referencia, estudios y publicaciones, la lista de autores famosos se consagra y petrifica, y parece que sólo de tales autores dependa la innovación creativa en los distintos ámbitos. Si hablamos del inicio de la vanguardia musical, basta que apenas digamos “Ma” para que la tríada Mahler, Schoenberg y Stravinsky salgan en una ristra tan contundente como fatalmente incuestionable. Últimamente escucho bastante a Ferruccio Busoni, un raro en la historia música pero no por su carácter huidizo o porque desarrollara su actividad marginalmente, todo lo contrario. Fue conocido en su época, destacó como gran maestro  musical y como interprete virtuoso del piano, realizando varias grabaciones tanto de sus obras como de otros compositores clásicos. Lo que resulta un problema para los expendedores de etiquetas es su filiación estética. Busoni se mueve en ese eje temporal que acciona el fin de siglo XIX y el principio del siguiente y a través de cuyo fenómeno hay un deslizamiento de sensibilidades tan contrarias, distintas y extremas que yo diría que el tiempo de Busoni es un tiempo de tiempos, una cuasi atemporalidad en tanto que no hay clausura formal en la que definir y ubicar al músico italiano, que es tán “antiguo” como moderno. A veces parece decadente, simbolista, wagneriano, otras recuerda más a Lizst, o bien, suena totalmente a Siglo XX, hasta el punto que he confundido algún pasaje musical suyo con el de un Aron Copland o Hindemith. Lo que es todo un signo de su “rareza” es que lo más conocido de su excelente obra sean transcripciones musicales de las obras de otros autores, especialmente Bach y Lizst: es como si escondiera su genialidad con una de sus numerosas habilidades musicales y se contentara con ese disfraz.    

 

 
La figura de Heinrich Heine me parece la de un polizón que se hubiera colado en el grave mundo de la historia y filosofía alemanas y se dedicara a llevar a cabo una crítica de la cultura tan incisiva y atractiva como chispeante. Sorprende, a veces, la contundencia y el desparpajo con que trata a las grandes figuras del pensamiento. Su atrevimiento corre parejo a las imaginativas figuras que utiliza para realizar esa crítica tan directa de las empalizadas conceptuales germánicas. 






Escucho una grabación en la que el presidente de México, Porfirio Díaz  envía un mensaje al inventor Alva Edison. La grabación fue realizada el 15 de agosto de 1909. La voz del presidente mexicano resulta tan clara, tan presente, que cuando dice la fecha en la que se dirige al famoso inventor, ese 1909 suena absolutamente vacío, insulso, indiferente. Me resulta imposible imaginar todo lo que en torno a esa fecha tan remota, se estaba produciendo en el planeta, en las naciones, en la historia del arte o del pensamiento. No puedo imaginar, o me cuesta una infinidad, imaginar una espesura histórica no alrededor de tal fecha, sino sobre las tranquilas palabras del presidente. Porfirio Díaz habla desde el presente, desde lo actual y ese es su tiempo vital. La grabación no puede hacerse cargo de ningún vendaval histórico ni de ninguna masa de acontecimientos – los que se estaban produciendo en ese momento, o los que se avecinarían instantes después – porque el sonido no suena en el pasado sino ahora mismo. No le ocurre como a la imagen, cuyo estatismo sí articula un distanciamiento insalvable, reproduciendo la sensación melancólica y aniquilante del tiempo. Esta percepción de la voz de Porfirio Díaz que no suena en ningún mítico pasado sino ahora mismo como lo hizo cuando se efectuó la grabación, conecta con las reflexiones de un Schopenhauer sobre la actuación de la voluntad y en qué estamento temporal y ontológico se produce. Cuando suenen las trompetas del apocalipsis no sonarán en ningún tiempo mítico sino ahora, tal y como estoy escuchando, en estos momentos,  la radio, el ruido del aire acondicionado o los coches que pasan por la calle, en el exterior.  

 

A veces se tiene la sensación de que se progresa relativamente. Llevo unas cuantas fotos digitales a que me las  - ¿revelen-impriman?- y al ver los resultados me acuerdo de las frustraciones que experimentaba hace años cuando se me ocurría revelar automáticamente carretes enteros. Las fotos digitales, salen, unas muy bien, pero las más contrastadas y con las que he experimentado más, aparecen tan saturadas y deslumbradas que no se parecen en nada a las imágenes que había preparado en el ordenador. O sea que el aficionado a la fotografía se enfrenta a los mismos problemas que surgían con la fotografía analógica de toda la vida. No puede uno confiarse al revelado no manual ni a la la impresión automática: el trabajo de sacar a la luz la imagen tiene que ser específico – a través de las mejores máquinas – para que el resultado sea el que se deseé verdaderamente.