24.1.17

SURREALISTA TEXTO






Acierto a ser de mi opinión cuando se admite que ningún astro hipnotizador ejerce su influencia entre la membrana que separa articulaciones terrestres posibles y magias no mecánicas, aunque pueda juzgarse toda secreción astral como germen originario del mundo primero. Las leyendas se han tornado, de pronto, láminas intercambiables entre este espolón y aquella pirámide. Las congratulaciones íntimas podían sublimar charcos inoportunos pero más difícilmente bloques de granito que se obstinan en no bailar. Se piensa en los bordes de aluminio, en las axilas peinadas por las corrientes submarinas, en las masas de reflejos de un escaparate, se arriesgan, de todas maneras, sobre el tapete de las alternativas,  mundos microscópicos, esos en los que la bisectriz juega harmoniosamente a crear urdimbres de cubículos vacíos sin los que el aire plisaría cada instante con su pisada de elefante invisible. De todos modos, en este país de cristal fúnebre, lo que importa, a pesar de lo dilucidado y del asedio de otras lujurias, es el reino de las palabras. Reino más grávido que cualquier rueda de molino, reino más luminoso que todo brillo de gemas ignotas, reino más suntuoso que cualquier recepción regia al borde del abismo. Reino glacial y preciso, cegadoramente osificante, inusitadamente proteico. Los días cotidianos son o una línea recta o un laberinto de líneas, me dices. Y aún así, tras una suerte de trémulas confesiones de este tipo, no acertamos a definir el oscuro diamante que salta de nuestra lengua, ofreciendo lo mejor de nosotros mismos tras el vespertino dosel de la media hora. 
 
 
 

17.1.17

LUGARES DE ENSOÑACIÓN


 
 
 
 
Curiosamente son los lugares humildes los que suelen provocar las ensoñaciones más deliciosas. Eso es, al menos, lo que a mí me ocurre o bien lo que Barthes confesaba analizando fotos antiguas. No es necesario buscar enclaves espectaculares o exóticos para que ese momento de desprendimiento y fascinación contemplativa del espíritu se produzca.
 
 
 

 
 
Los alrededores de la pasarela del malecón, en Murcia, son mi rincón favorito de ensoñación invernal cuando visito la ciudad los sábados por la tarde. Todos estos elementos espacio-temporales - sábado por la tarde, invierno, ciudad de Murcia – tienen que converger  para que la ensoñación legítimamente se produzca. Cualquier alteración me arrojaría al insulso vacío de una fecha cualquiera y la magia resultante sería espuria, cuando no inexistente. Este es mi pobre lenitivo: deslizarme entre las sombras del crepúsculo, merodear el pináculo luminoso que permite la sostenibilidad del puente, observar cómo el sol se esconde, agónico y violeta, tras el horizonte, arrojando reflejos por el cielo y el agua del Segura. Comparto con el Borges urbano  y los etéreos personajes de los poemas de Tralk , la veneración por la tarde: confín del día, umbral de las últimas confesiones, disolución de las físicas fronteras, ocasión de las ensoñaciones.   









 





Creo que la famosa expresión: ¡Murcia, qué hermosa eres!, se refiere, más que a la forma o el aspecto de la ciudad al cómo se vive en ella. Hace alusión a algo que es, en definitiva, misterioso y que pertenece, de modo específico, al ser la la tierra.
 
 
 
 
 
 







 
El contraste del lugar lo da, desde luego, el puente mismo: un elemento tecnológico, notablemente sofisticado, engastado en el espacio natural poroso e inestable que representa el río.  Y este contraste ofrece una seductora imagen, sobre todo al atardecer, cuando el ambiente se adensa y los signos se preñan de tanta significación que pasan a ser símbolos.