4.12.19


El poeta Apollinaire, el creador del término "surrealismo" y el escritor Andre Rouveyre, departiendo ante lo que era una novedad: una cámara. Apollinaire, siempre a la vanguardia y con las vanguardias. 

29.11.19

19 PREMIO DE PINTURA UNIVERSIDAD DE MURCIA

Siniestra idea de un país de sol.


Malogrado conjunto holográfico. Demasiado oscuro. 





Obra de Mónica Dixon. Una pieza llena de delicado misterio. Mi favorita. La fotografía no representa con fidelidad los términos de la pieza. Las puertas que se ven a lo lejos,  aparecen fundidas de tal manera que desvirtúan la imagen original.



Obra de Paco Díaz: Reposo. Triptico lleno de humor y soberbia maestría estilística. Una de las piezas más notables de la muestra. Cuando el pintor demuestra que sabe pintar, ya puede hacer lo que le dé la gana. Esta pintura no sólo adorna una sala: se disfruta.


Esta pieza me pareció más bien una muestra de dibujo trabajoso. 





La pieza está perfectamente realizada pero me pareció aparatosa y artificiosa. Si la foto estuviera más contrastada, no con ese aire blanquinoso....




Parecen formas azarosas, pero no es nada fácil representar lo sugestivo de lo azaroso. El formato vertical le da un aire epifánico.  






De la exposición, una de mis favoritas. Cuando vi la pieza en la sala, creí que era una fotografía. Sugerente, misteriosa y con esa belleza de la hora mágica del crepúsculo.  



La obra, formalmente, es impecable, pero reconozco que cuando el arte se vuelve reivindicativo y protestatario, hay algo ahí que me irrita: cómo asumir la belleza y el mensaje en una sola cosa.




Un fulgor homocéntrico.

Me resulta complicado analizar esta pieza, precisamente porque ha tenido la virtud azarosa de recordarme cierto tipo de fantasías y ensoñaciones. Lo arquitectónico que representa lo sofisticado y racional, perdido en un ambiente remoto y desolado.

El cuadro me ha recordado escenarios a lo Chirico. El título es genial: arroja a las fascinaciones de lo imaginario un motivo de la historia sagrada.


La pieza es luminosa y su tamaño llama a la contemplación tranquila. Que los gratos territorios imaginarios se desplieguen como una música.


Primer premio de la muestra. El jurado ha estado exquisito, pero urge una explicación






Pintar una simple ola supone asumir el despliegue minucioso de los reflejos y los brotes de espuma. Quizá lo de "Ecléctico" indique la cantidad mezclada de colores y tipos de pincelada que es necesario efectuar para producir un impresión semejante a la de la ola real. Una obra notable, por ello.


25.11.19

NO DEJEMOS DE HABLAR. Entrevista a 19 poetas. Ada Soriano





Desaparecidos del campo de batalla retórico los debates sobre poéticas o tendencias poéticas  – "los poetas de la experiencia", "los poetas del silencio", "los venecianos", "los feroces", etcétera.,  – que hasta el inicio del nuevo siglo parecían competir por el primer puesto de la novedad o de la prioridad estética, la edición de antologías nos ha ayudado hasta el momento a rastrear el estado de las plumas sutiles. Lo que se nos ofrece en este volumen publicado por Polibea es algo más original: entrevistas a los, más o menos, esquivos protagonistas de la palabra.
Salvando cuestiones previsibles que suelen producirse en estos casos como la parcialidad en la selección, por ejemplo, o la tendenciosidad de las preguntas, creo que esta suma de entrevistas, salta sobre estos percances de lo estereotipado y nos ofrece retratos singulares, adecuadamente personalizados, valga la redundancia y limitadamente saturados. Ada Soriano ha sabido leer en los poemas de cada entrevistado y dirigirle preguntas a propósito de lo escrito y afirmado en sus textos, invitando al poeta a explicarse o justificarse, evitando el exceso. La poesía requiere penetrar, aunque sea fugazmente, en los laberintos de la palabra y de la intimidad. El nivel obtenido en la mayoría de las entrevistas nos descubre que el genio poético, aunque no se encuentre en primera línea de la producción editorial y parezca condenado a ser consumido en las trincheras blandas de lo minoritario, no cesa de velar por lo que le compete.
A la poesía le concierne decir el acontecimiento del mundo. Hoy, actualmente, ese acontecimiento lo dicen  más oportunamente el cine o la novela. No se trata de que la poesía baje en aspiraciones. La poesía está en perfecta salud. Cuando lo primoroso, lo único ocurra, también la poesía o sólo la poesía sabrá, en realidad, decirlo.
De todas maneras, teniendo en cuenta la especialidad de la poesía, lo que podríamos denominar “su misión”, no podemos negar, también, ciertas limitaciones y empobrecimientos del momento: el provincianismo en poesía, que los poetas de una comunidad conozcan malamente o no se interesen por lo que hacen los poetas de la comunidad vecina.
Para Roland Barthes la vocación de la escritura es ser criptográfica. Es decir, la escritura ofrece una resistencia a los lectores, exige una implicación. Este esfuerzo ofrece compensaciones y pruebas especiales a los lectores de poesía.        
  El otro día visité una exposición de pintura en la sala del palacio Almudí de Murcia. Se trataba de una exposición de premios de pintura recientes, obras, sobre todo, de gente joven que pinta y crea actualmente. La visita fue doblemente compensatoria. Por un lado, la mayoría de las obras me parecieron estupendas, me hicieron regresar, en el recuerdo, a aquellos estados de entusiasmo de los ochenta y noventa, cuando uno todavía confiaba en descubrir autores y lenguajes nuevos; por otro, me sumió ante la contemplación de obras concretas en un gozoso estado que me hizo recuperar, por momentos, la esperanza profunda en el arte. Las mismas sensaciones de renovación e interés que tuve ante los cuadros, supongo que podría tenerlas con la lectura de los poemas de los poetas seleccionados aquí, teniendo en cuenta la similitud de edades y territorio en el que trabajan.
     
Presentación del libro en la librería Codex, el 15 de noviembre. José Luis Zerón, Ada Soriano y el director de la editorial Polibea, Juan José Martín Ramos

22.11.19

DOS COMPARTIMENTOS LÍRICOS






Elizabeth Barret Browning y Robert Browning en Venecia.

El epígrafe de la publicación ya define el objeto de la fascinación. ¿Por qué el hecho de imaginarme a esta pareja de poetas en Venecia, a esta pareja específica y no a otra, intensifica un interés que quizá funcionaría con distinta evocación literaria si pensáramos en otros nombres? La verdad es que podríamos referirnos a un Alfredo de Musset y a George Sand evolucionando por la famosa urbe acuática por la misma época, pero el detalle de tal proyección ofrecería otro grosor. Robert y Elizabeth Browning funcionan como un tándem algo hermético pero indiscutiblemente romántico. En torno a ellos, más que aventuras extremas, gira una densa narración de intimidades que se resuelve en sus poemas, de modo especial, en el conjunto seleccionado aquí. El amor, preñado de sacrificios y promesas de perennidad, que nos cuentan los sonetos de Elizabeth, alcanzan también, en suma, un grado de majestuosidad que la minuciosa belleza de su escritura, ratifica.   







Safo. Poesías

Sorprende que los pocos fragmentos escritos por Safo hayan llegado a nosotros y que podamos disfrutarlos en un volumen tan impecable y exquisito como este. Tales fragmentos vienen a reducirse, en el mayor número de las ocasiones,  a un par de líneas o a un verso, apenas, inscritos en una cerámica… Esta riesgosa indigencia, sin embargo, ha causado uno de los debates más polémicos y continuados en la historia de la literatura: el de la famosa tendencia sexual de la poeta. Alguno de los poemas, por su belleza y patetismo, convendría leerlos no en clave lésbica, sino más allá de tal incordiante encasillamiento. Impresiona leer estos dos versos e imaginarlos como una confesión derrelicta y anónima de un amor remoto,  atravesando el piélago de los siglos: viniste, sí, viniste, y yo que te buscaba, /tú, que enfriaste mi pecho ardiente de deseo.

19.11.19

MUNDOS, MODOS, SECUENCIAS.




La obsesión de Nerval por la figura fantástica del doble, por los dobles significados esotéricos de las cosas. Algo, quizá, “normal” en una persona cuyo signo astral también expresaba duplicidad: Géminis.


He descubierto la figura de Anita Berber, una musa del expresionismo alemán. Sorprende cómo asumió en sus carnes el poder del deseo y representó la atracción retorcida y salvaje del sexo en una época tan temprana del cine. Que un poeta, Sebastian Droser, fuera su compañero y que actuara junto a ella en sus representaciones y espectáculos en público, me ha hecho pensar en los grados de aventura de aquel entonces, cuando el fenómeno de las vanguardias, los modos nuevos y revolucionarios de ver e interpretar estéticamente el mundo, estaban en eufórica explosión.


Leo en Asklepios, del siempre admirable Miguel Espinosa, una definición breve de lo que los surrealistas buscaban por calles y ciudades y sueños: llamo expectación a la particular situación de creencia y espera en el suceso. La constante expectación nos conduce a la intuición de la aventura que puede ser definida como la llamada del acontecimiento. Sólo el que tiene fe en la llegada del acaecimiento y en la existencia de lo maravilloso, espera la aventura, es decir, la realización de lo indeterminado.




Soñé, aproximadamente, lo siguiente (puros procesos abstractos): el tiempo era. De pronto, sucedía algo y el tiempo experimentaba como una suerte de autoabsorción. El tiempo había desaparecido. No, mejor dicho: nunca hubo tiempo. No es que lo anterior hubiera cesado de ser, sino que no había tenido lugar. No había constancia de un fenómeno que hubiera sido y ahora no fuese: simplemente nada de lo anterior había sido. Y esto, lo nunca, tenía representación en el sueño como  puro contenido. Por unos instantes, soñé con la inexistencia del tiempo. Ahora bien, yo, conscientemente, estaba fascinado con todos estos movimientos, según alcanzaba la conciencia. 




Que la traducción pueda mejorar al original es algo que ya hemos escuchado en más de una ocasión y que me hace recordar el poder similar que tiene el doblaje: la voz doblada de Marlon Brando, por ejemplo, suena mucho mejor que la suya propia, poco consistente y decepcionantemente nasal. Pero que la traducción, sin menoscabar al original, produzca una obra admirable, una voz nueva podemos comprobarlo en la versión que del Libro de Job lleva a cabo nuestro clásico, Fray Luis de León. En la versión en castellano, el Libro de Job suena tan inmejorable como cercano, tan eufónico y bien dosificado en sus secuencias versales,  como sapiencial y piadoso. La genialidad que realiza Fray Luis de León es que esta obra de la Biblia, emerja desde el castellano como expresión originaria, como si en tal lengua tuviera nacimiento su orden espiritual, su filialidad, digamos. El Pierre Ménard borgiano copia integralmente un texto, el Quijote, pero lo hace desde un contexto conceptual y social distinto. Fray Luis de León traduce un  texto milenario y lo hace resucitar de modo natural en otro idioma sin que la maestría anónima del original se rebele contra esa traslación. Fray Luis duplica el libro de Job, dos libros de Job escritos en distintas lenguas pero que son, en realidad,  uno. 



Ya no hay maestros del verbo. No hay ni Borges ni René Char nuevos. Ya no hay sacerdotes del lenguaje, creadores de idiomas. Si los poetas claudican, los tiempos se vuelven ininteligibles. Y según Octavio Paz, esto es culpa de las sociedades, que se alejan de los poetas, no al revés. La juventud es experta en nuevas tecnologías y mundos virtuales, pero es extraña a las aventuras de los grandes creadores y humanistas.     


14.11.19

EL BUQUE FANTASMA. EXPOSICION DE EDUARDO ARROYO EN LAS CLARAS DE MURCIA.





Me he acostumbrado a visitar exposiciones sin estar con todos los sensores abiertos. A veces, he renacido en plena visita, estimulado por la sucesión de las imágenes, he ido recuperando la lucidez conforme cada obra me exponía su conjunto harmónico y misterio. En esta ocasión, ante la exposición de Eduardo Arroyo, he permanecido en un grado medio de  contrastación propia: las piezas me gustaban al tiempo que me imaginaba capaz de corregirlas, casi de mejorarlas. La fórmula lingüística de Arroyo es sencilla y visualmente efectiva. Su pertenencia estilística al pop art más que al surrealismo puro, le sitúan en la posición de los artistas que pretenden vehicular cierto mensaje en sus obras. Para ello, dispone de un amplio surtido de imágenes y de lenguajes-fílmico, fotográfico, pictórico, publicitario – para llevar a cabo su montaje con mayor o menor audacia. Sintetizo a conciencia. No pretendo analizar obras de arte desde determinados presupuestos teóricos sino comentar qué es lo que mi sensibilidad se encuentra en el espacio específico de una sala de exposiciones.




De la contemplación de las obras de Arroyo se deriva cómo técnicamente las compone, qué articulación ejecuta para lograr esos sorpresivos anuncios y anagramas. Es decir, que sus obras no ocultan su artificio lingüístico, son fundamentalmente eso, metapinturas, utilización maestra de la cita.  En qué consiste, pues,  una obra de Arroyo, qué recogen o implican conceptualmente esos diseños, a veces, algo inertes pero casi nunca desprovistos de humor y crítica: ¿son cultismos visuales, controlada metaforización de un gran legado convertido en material específico y  utilizable?
Me pregunto si alguno de los cuadros no tienen más entidad que la de una ilustración para un libro, o que la de un cartel publicitario. Desde el punto de vista de la crítica social y cultural, prefiero al mítico Equipo Crónica: me parecen más incisivos y abarcadores. Ahora bien, Arroyo tiene algunas piezas de referentes menos evidentes que transmiten cierta sensación de  misterio refinado, si me permite imaginar tal grado de juicio. Las obras relativas al personaje fílmico y literario de Fantômas, ofrecen una lectura sutil y esquiva, pero en todo caso muy sugestiva sobre tal figura en contextos también cifrados. Quizá podría haber hecho lo mismo con el Doctor Mabuse o con Fu-Manchú, pero tal cosa ya obedece totalmente al azar del gusto del creador.
Lo que yo me pregunto, y lo hice en la soledad total de la sala, ya que salvo la esbelta azafata, no había nadie más allí, es qué destinación final, que universo semántico o emotivo horadan piezas como por ejemplo, La balada de Reading, en la que podemos ver el rostro azorado y juvenil de un lloroso Oscar Wilde encarcelado tras haber cometido su “horrendo” crimen sodomita, y lo que parece ser una alarma eléctrica antigua adosada al muro de la cárcel. Me pregunté qué escalafón simbólico, qué relevancia representativa podría tener esta imagen, si era capaz, a través de una suerte de valoración trascendente, de superar esa inercia a la que tan fijamente parecía estar unida y que pesaba de un modo plano sobre mi mirada ligeramente incrédula. Las obras de Arroyo son, en definitiva, pequeñas condensaciones iconográficas, cifrado surtido de alusiones culturales, horneado por cierto humor y crítica. Por ello, ¿cómo disfruto de obras como estas: descifrando referencias y mensajes, desenvolviendo el paquete semiótico y alcanzando el contenido que se descompone en grupos informativos e irónicos?   
Me irrita esa suerte de funcionalismo del arte contemporáneo que hace casi imprescindible que la obra lleve consigo una etiqueta o nota con las instrucciones de uso. Cierto es que toda obra de arte porta en sí una protesta, esto lo admito y forma parte de la naturaleza reveladora del arte  mismo. Lo que a veces ocurre con muchas muestras concretas de arte  contemporáneo es que el supuesto contenido crítico se convierte en una gravidez teórica más entusiasta que la propia obra. Es de este modo que mucha producción artística adquiere un aire de panfleto: sin este, la pieza en cuestión es, supuestamente, incomprensible. Al arte contemporáneo le sobra logos, le sobran los pegotes informativos, aunque los hayan integrado como formas expresivas conjuntas de la obra. Esta debe ser más autosuficiente, más elocuente, más lúdica y no incorporar la presencia invasiva del discurso como puntuación necesaria de sus supuestas intenciones sociales o estéticas, aunque ante los supuestos contextos que se pretenden ilustrar, se haga casi inexcusable su presencia. Creo que tienen razón los seguidores de Gustavo Bueno: el arte actual debe ser arte y no ideología. Hay una reincidente confusión cuando no intromisión e inversión de papeles.
Creí ver algo de esto en las piezas de Arroyo, pero la alarma se fue atenuando. Las imágenes de Arroyo aluden a aspectos y contenidos que las leyendas escritas en la misma obra, identifican o sugieren, pero este juego no supone invasiones de lo discursivo en las obras: estas mantienen su gradación de ironía y agudeza valiéndose de todos los lenguajes que utiliza.
Obviando legitimidades, procedimientos y tecnologías, descansé por unos instantes de estos cuestionamientos, y pensé que lo mejor sería dejarse fascinar, pues a fin de cuentas, Arroyo siempre me había resultado más simpático que extraño.
Me ha gustado la serie de Fantômas. Ese antifaz puesto- producto de la intervención – sobre pinturas  que parecen antiguas, poseen cierto hálito a lo Magritte y resultan inquietantes, aunque la intención de Arroyo sólo haya sido la de extender y articular un dato sígnico como elemento  cómplice   de una cultura común.



Las obras de Arroyo suponen un espacio metapictórico que confirma la complejidad y calidad de nuestro legado. También muestran el modo de tratar determinados personajes representativos y motivos consagrados de la tradición. El arte, pues, sabe cómo tratar al arte para oxigenar sus símbolos, para volver a leer los grandes motivos que jalonan su historia, ya sea criticándolos o supervisándolos con discreción y simulada elusión. Obsérvese, por ejemplo, en las esculturas, la gracia con que se renueva, a través del mito del Juan Tenorio, esas cabezas de Doña Inés; o bien, también en formato escultórico, las chocantes Lámparas Zurbarán, sintetización extrema, caricaturescamente paródica, de un importante motivo iconográfico del corpus zurbaranesco.   

11.11.19

IMPRONTAS LITERARIAS




Leyendo La época de los banquetes de Roger Sattuchk, reflexiono sobre la singularísima figura de Alfred Jarry. Se le asocia siempre a su personaje teatral  Ubu, pero me doy cuenta que su creatividad ha producido otros personajes igualmente sustanciales y únicos. El supermacho, el doctor Faustroll, el protagonista de Los días y las noches, representan por sí mismos, apuestas arriesgadas, universos extremos, desenlaces delirantes con consecuencias importantes en nuestra interpretación de la realidad. Pienso por ejemplo en el Frankestein de Mary Shelley. El estatus de mito clásico de la literatura romántica, ¿ lo mantendría o lo hubiera alcanzado sin la ayuda del cine? Me pregunto si a algún director, en las primeras décadas del cine, o a partir de los cincuenta o sesenta en Francia, se le hubiera ocurrido filmar las insólitas aventuras del Doctor Faustroll, ¿se hubiera creado un personaje único y tremendamente moderno del cine? Pero claro, por mucho humor que destile Jarry, tal humor difícilmente puede  llegar a ser popular, pues lo que se propone no es meramente divertir sino revolucionar, interpretar, crear, trascender. El humor de Jarry sí es peligroso. Y Jarry se quemó en su propia carrera patafísica.    





Escogí una imagen antigua, una foto de finales del XIX, en la que aparece un número concentrado de personas paseando por un lugar púbico, un parque. Van muy elegantes, con faldas, sombreros y bastones. Ellas con el pelo recogido tal y como lo llevaban y ellos, con el imprescindible bigote y esa aparente severidad. La foto la puse como pantalla en mi ordenador. Con el paso del tiempo, esa magia que poseía, -una imagen a lo Lartigue – ha ido perdiendo no encanto sino distanciamiento, extrañeza. He llegado a contemplarla como la escena de una película de época y por fin, a percibirla sin misterio alguno, es decir, como una escena callejera más salvo que en esta la gente viste de modo más frondoso o litúrgico. A veces el tiempo, las grandes distancias de un evento, moda o apariencia general y que han provocado nuestra extrañeza, se convierten en nada, se reducen a nada. Cuando el impacto de indumentarias y tempo en los rostros o gestos se atenúa, de pronto, ya no parece tan raro ese momento de ese tiempo, la inmediatez obtenida anula lo exótico. La distancia de un tiempo a otro y que suponía la cifra de lo extraño en nuestra percepción, desaparece por instantes, nos iguala en la línea de los acontecimientos. Se produce entonces el encanto del desencanto: la proximidad de lo curioso, de lo fascinador.



Hojeando unas líneas sobre la vida y obra del psicoanalista Jacques Lacan, doy con uno de los conceptos que no por ser uno de los más evidentes resulta el menos importante. Todo lo contrario. La “lengua materna” es la madre: donde estoy seguro, desde donde emito mi pensamiento, sintiéndome acogido por la profusa y blanda maraña de sus palabras infinitas al calor del hogar originario: el seno materno. Por una casualidad estoy leyendo y también releyendo, las poesías y prosas de Gustavo Adolfo Bécquer. La escritura de Bécquer, ya sea poesía o prosa, aunque de un modo especialmente elocuente en poesía, es mullida y fluyente, siempre con la palabra justa y el adjetivo preciso. Reproduce de un modo muy perceptible ese aspecto íntimamente acogedor de la palabra en la lengua materna. Leo a Bécquer teniendo en cuenta esta suerte de revelación de lo que significa la lengua materna, y me siento tranquilo, gozo de cada verso, de cada oración. La frondosidad de la palabra becqueriana me adormece con doble júbilo: por un lado, la belleza de la poesía, la obtención de la altura estética, y por otro,  el efecto sensorial,  cariñoso, tierno de la floración verbal. Un pensamiento agradable se desliza aquí a propósito de lo meridianamente expuesto: la madre que he perdido la recupero transformada en eclosión verbal. La ternura maternal se desplaza al sortilegio de las palabras que puedo disfrutar del modo que mejor me parezca: utilizándolas en la escritura propia, o gozándolas en obras ya escritas.



Que fascinación me producen esas anotaciones que Rilke colocó bajo los poemas que escribió entre 1903 y 1907, y que nos informan dónde se concibieron, en qué fecha y lugar la musa cayó sobre él y le hizo ver la belleza encarnada en un motivo, en un paisaje concreto: Buda, Meudon, final de 1905; Canción de amor, Capri, mitad de marzo de 1907; El ángel, París, principios del verano de 1906… Son como estampas que contuvieran esa belleza única de la Europa esplendorosa y decadente, la belleza de una época ya no romántica pero anterior al espanto de la primera guerra mundial, y a la explosión de las vanguardias y de la velocidad, el exquisito instante simbolista en que el arte era la máxima religión. Los poemas de esta época guardan esa belleza que ya no volvería a repetir su actualidad específica. Un breve lapso de tiempo pero suficiente para que la sensibilidad del poeta rescatara todo mensaje portado por el silencio y la posibilidad de la contemplación.   




7.11.19

MARDISI. EPOCA ANDALUSÍ EN EL MUSEO ARQUEOLÓGICO DE MURCIA





Las exposiciones sobre la España medieval y andalusí tienen un dulce aire común: ese aire remoto sembrado de perfumes, sabores y texturas conformando una música ambiental de ensoñación y abandono. El distanciamiento temporal potencia lo pintoresco y purifica el índice de las sensaciones emergidas ante las formas culturales. El mundo medieval queda muy lejos, escapa de una reacción inmediata de indignación o desconcierto: está ingenuamente ordenado en las  miniaturas de los pálidos códices que tan encantadoramente se nos presentan a la atención. Y llegamos a admitir que como testimonio gráfico de la Edad Media, estas miniaturas son lo más significativo de tantos años de rigor y magia, de pasión religiosa y concepción del mundo.
El sábado pasado visité con premura, era el último día, una exposición sobre el gobierno de Mardisi, un líder árabe, en la zona de Murcia. Como acabo de comentar, esas impresiones generales de carácter exótico volvieron a producirse y ello me hizo reflexionar. Cómo es que en los lugares en los que he vivido y vivo, se produjese una civilización y unas culturas que al evocarlas a través del tiempo y de la historia acaben conformando una imagen tan edénica y exótica, tan curiosa y fascinadora.  Admitiendo esta proximidad espacial, es el dato temporal el que porta la información desasosegante: el domeñamiento de la naturaleza, la conversión del campo en huerta exuberante ¿se hubiera dado sin la intervención de esa cultura extraña que representaban los árabes?



Lo medieval está signado por un aura de encanto e inmaterialidad. Me refiero al contundente medievo cristiano. Pero hay que contar, aunque ello me produzca cierta estupefacción, con ese lapsus que del mismo modo que, sorpresivamente, se dio y aconteció, se revolvió más o menos paulatinamente sobre sí mismo y desapareció de las tierras hispanas: el lapsus andalusí.




Las exposiciones sobre civilizaciones pasadas o culturas antiguas poseen, independientemente de sus intenciones didácticas, un poder narcótico. Esa sucesión de fascinadoras inscripciones  sobre estucos o granulosos fragmentos de piedra, esas delicadas jarritas de cristal en las que son visibles las junturas pegadas, esas arquetas de marfil de tan delicada factura, esos humildes pero efectivos candiles que arrojarían cimbreantes sombras sobre los lienzos de las paredes, esos cuencos, esos jarrones, esas piececitas de oro o plata, que nos hablan de la vida doméstica, de la vida íntima, esas piezas representando animales fantásticos o leyendas sagradas, esos restos de una columna, o de un capitel solitario, esos dibujos descoloridos de figuras apenas discernibles sobre porosas superficies que parecieran disolverse en las manos si osáramos oprimirlas: toda esta sucesión de objetos no son meros recuerdos de una plenitud perdida, son testigos todavía, de un habitar y de un poseer la tierra y el mundo. Y las cadencias que los llevan a nuestra percepción y memoria definen una realidad: el orden, la belleza que la cultura en cuestión, encarnó y a través de la cual entendió el universo. 



Yo me siento feliz contemplando estos fragmentos históricos: son muestras efectivas de una soberanía, la que representó la civilización que las produjo. Me siento, además tranquilo, porque a pesar de las condiciones que también toda religión, cultura o sociedad lleva consigo mientras que se sucede su fenómeno, lo que tales fragmentos me relatan es la articulación de una inteligencia global y precisa según su ámbito, cómo ese animal simbolicum que es el hombre, transformado en ente social, ha construido y expandido los límites de su conocimiento, respondiendo a las necesidades que tal sociedad planteaba para existir cómodamente. De ahí lo de la soberanía. Contemplando estos fragmentos de aquella época, de aquel medievo místico y arcaico a la vez, resulta ingenuo establecer competencias entre lo antiguo y lo moderno, imaginar un enfrentamiento en desarrollos y hallazgos. Los objetos que contemplo son la respuesta al misterio de la vida y a los jalones de su progreso. El hombre medieval vivió su orden, su intensidad y quizá, también, sufrió por lo que todavía ni soñaba alcanzar. Cada época cubre un límite, rellena un protocolo tácito, articula sus gradaciones simbólicas, establece los compartimentos estancos en los que dar solución a lo que entonces se demandaba a ese respecto. Luego, establecidos los confines de las culturas, empieza el juego histórico de las comparaciones y las digresiones, la tendencia falsaria de las comparaciones y los encasillamientos. Teniendo ante nosotros todo lo que sobre mítica, filosofía se escribió en el  medievo, lo que supusieron las construcciones de catedrales, el material empleado en vidrieras, en códices, en música, resulta normal la indignación de un Umberto Eco en su día, con respecto a los estereotipos sobre este período.




Hay objetos que por sí solos llaman la atención y son suficientemente expresivos del ingenio humano y de la imaginación. Esa Quimera descabezada que veo dentro de su límpida vitrina, podría haber sido esculpida, indistintamente, tanto por un cristiano como por un musulmán. El monstruo atraviesa las alucinaciones de ambos pueblos porque es anterior a todos ellos y se ha convertido en legado universal de lo fantástico y de la mitología. Su figura emerge de las manos invisibles que la moldearon y llega aquí, a mí, que la observo entretenido, 700 años después.



Contemplo un jardín medieval musulmán, esas terrazas demasiado implacables que rodearían una residencia regia en Murcia hace casi mil años. Esa dureza de la geometría acariciada, ablandada por los cursos de rumorosa y dulce agua, me hace soñar. Qué riqueza hubo por aquí hace todos esos años, que sofisticación y lujo, contradiciendo que en los tiempos pretéritos se viviera peor por el presunto menor desarrollo tecnológico. Esta consideración vuelve a subvertir la imagen inercial del paso del tiempo: algo que ubicado en un pasado más que centenario ofrece una satisfacción contemporánea.     
Creo que el conjunto de todos estos fragmentos, objetos y sustanciales restos articulan un mensaje final y este mensaje propicia la esperanza y la victoria de la concordia. Ante la hosquedad de tiempos primitivos o ante el espanto bélico en que también se ha sumido el hombre, la sensación global de una exposición como esta me lleva a confiar en la sapiencia humana. Hemos hecho esfuerzos para inventar artilugios que facilitaran tareas cotidianas, hemos trabajado en idear convenios entre distintas sociedades, hemos diseñado estrategias para abordar la realidad física, la realidad inmaterial, la realidad humana, y el resultado, tras la avalancha universal del tiempo, muestra dispersamente los logros en muestras como esta. Es lo que veo. Lo que fue un período luengo de la humanidad, supuso el mundo definitivamente para los que vivieron en tal período, por ello intento ubicarme en aquellos difíciles lances y lo que advierto en esta exposición podría valer para cualquier otra maestra de la antigüedad: el grado de resolución que la audacia humana desarrolló ante el conflicto que las distintas necesidades vitales planteaban al propio hombre, a la sociedad, a las ciudades en las que evolucionaban.