martes, 17 de febrero de 2009

PATAFÍSICAS DEL SIGNO. SECUENCIAS


Las secuencias fibrosas del signo son susceptibles de reducirse a mixturas temáticas según la calidad del arraigo de cada fibra en colisión-convergencia y la red de implicaciones con los orbes semánticos aludidos.



Tampoco podríamos hablar de la colisión de fibras sígnicas, sino más bien de la sucesión dialéctica del desciframiento, según la linealidad clásica operativa.



Si hablamos de fibras semióticas designamos breves comunidades de signos que se constituyen en bloque informativo suficiente, gracias al acontecimiento que los ha relacionado eventualmente, aunque autodestruíble, por los condicionamientos de su conjunción, o bien reciclable en bloques más complejos. Desde luego no estaríamos hablando de un símbolo sino de proteicas bandas de alusiones concretas condensadas en una emisión compartimentable (en rigor no es compartimentable tanto el hecho inmaterial de la emisión como el conjunto del objeto cultural, aunque, y evitando la dispersión del abanico de las interpretaciones ¿qué diferencia cabe entre objeto cultural y recepción del mismo?).



Un texto antiguo ¿se descifra o se disfruta?



A cada signo le corresponde algo así como un contrasigno: el que se deriva de una interpretación aberrante que como tal se inserta también en el orbe de las referencias y que tendría la realidad del estereotipo, del error, del parásito cultural; o bien, el que, popdríamos decir, le corresponde en el proceso desconstructivo: un admirable signo vacío, ebrio de contextualizaciones a la deriva.


martes, 10 de febrero de 2009

PESADILLA Y LIBROS


Transcribo el sueño que he tenido esta madrugada (esta misma mañana, para ser más exactos).


Estoy en Orihuela, en la casa en la que vivía a mediados y finales de los sesenta, pero es 1910 ó 1911. Estoy en un rincón del salón. Todo está a oscuras, sólo se ve en el otro extremo la luz mortecina de una lámpara de mesa. Percibo el ambiente, entre mágico y angustioso de estar en 1910 (si digo angustioso es por mi temor a no saber adaptarme a las condiciones de esa época, aunque resulte mágico encontrarse en otro tiempo).

Deambulo de madrugada por las calles de Orihuela. Hay movimiento clandestino de gente. Entre las sombras hay personas que vienen y van. Son grupos de inmigrantes. Están realizando algún tipo de actividad integradora. Algunos se dedican a colocar en las papeleras cajas con libros dentro, con la intención de que sean recicladas.

De pronto veo en una calle más iluminada que otras un individuo gigantesco que se dedica a arrojarse encima de otros de menor envergadura, aplastándolos contra el suelo. Me doy cuenta de que los que yacen en el suelo, siendo machacados, son extranjeros, negros o marroquíes. Desvío la dirección y me voy por otra calle.

Veo una puerta en una pared y la confundo con la puerta de un ascensor. La abro y me encuentro con que es un estante lleno de libros de tamaño grande y en buen estado. Me creo que son los libros que los grupos de inmigrantes van abandonando por las calles y me apresuro a coger todos los que puedo. En ese momento, un montón de gente que también había confundido el estante con un ascensor, se echa encima, queriendo entrar. Se forma un barullo y escapo.

Al girarme, me doy cuenta de que los libros del estante no son los que han sido abandonados, sino que sirven de reclamo a una carnicería que se encuentra a unos metros. Tras el mostrador hay tres individuos. Son dos mujeres que parecen lesbianas, muy gordas y corpulentas, con el pelo corto y alta estatura; una de ellas es una suerte de monstruo, de aspecto lechoso, vientre hinchado y un sólo brazo. La tercera persona es un chico que parece estar en un segundo plano. Son quienes linchaban a los árabes. Me miran de mala manera porque creen que me quería llevar los libros. Me veo obligado a simular y me acerco al mostrador con la idea de comprar algo de carne y así justificar el poder llevarme alguno de los libros. Hay libros también sobre el mostrador y en el suelo, todos de impecable factura, sobre fotografía, arquitectura y otros temas que me interesan.

Al dirigirme a una de las chicas, me insulta o me reclama algo. La discusión sube de tono y yo cojo uno de los libros que hay sobre el mostrador y quiero arrojárselo a la cara, pero lo lanzo con fuerza tras el mostrador.

El sueño comienza a disiparse aquí, pero yo, como intentando alargar el sueño, pienso (no llego a decirlo) :"Vosotros vendéis carne y dais libros, yo soy poeta, escribo y compro carne".

El sueño, creo, ha estado motivado en parte por el programa Las noches blancas, que emite Telemadrid y dirige Sánchez-Dragó y que vi anoche.

lunes, 9 de febrero de 2009

FIRMEZA Y ESPLENDOR


Estas son las dos cualidades que para los cabalistas, según nos cuenta Cirlot, ostenta el simbolismo de los muslos, cualidades que podrían someterse a un voluptuoso glosamiento según se verificasen en el ejemplar real que nos pusieran delante para tal comprobación.

La firmeza y el esplendor lo pueden ser tanto de unos muslos masculinos como de unos femeninos, es decir, que las cualidades en sí no dependen de una clasificación de género. Pero resulta curioso que "la firmeza" sea femenina, en nuestro idioma, y "el esplendor", masculino. Tales asignaciones, se supone, debieran ser intercambiables, finalmente, en el seno de las significaciones.

Otra cosa, quizá, sea la representación concreta de esas cualidades, es decir, la observación de esas cualidades en vivo para admitir las diferencias de forma. Aquí tenemos un ejemplo. Grace Jones, la mujer pantera, se planta ante nosotros y exhibiendo su rotundo muslamen, se rebela contra toda decadencia diciéndonos: estoy de una pieza(todavía).

Aunque haya jugado a la ambigüedad sexual, convirtiéndose en uno de los fetiches homosexuales de referencia en los ochenta, yo nunca he visto en Grace Jones a un , digamos, hombre estilizado de mujer, al contrario: su "masculinidad" no ha sido sino un modo de subrayar el carácter extraordinariamente dinámico de su energía. La elasticidad, la violencia, la vibración y tensión muscular, el ofrecimiento sensual junto al despliegue del aspaviento asistido por todo un estrafalario aderezo en el vestuario, contribuyen a la erotización total del cuerpo.

La artista exhibe, pues, su cuerpo como el escenario orgánico, el muestrario vivo de una sofisticada erotización que no ha coqueteado falazmente con el mito del andrógino, sino que lo ha encarnado en un gesto más de su capacidad performativa.

A pesar de la dureza de su mirada, del aceramiento de su aspecto, yo no veo un tío bajo esa apariencia, sino una mujer salvaje.

Ahora bien, ¿cómo se comprueba la firmeza y el esplendor de unos buenos muslos?

Para comprobar el esplendor, basta con la mirada. Para la firmeza, resultaría satisfactoria la comprobación táctil, o sea, unas sonoras palmaditas. ¿Quién se atreve a palmear los muslos de Grace Jones?

Recuerdo una escena en la que la fiereza de Grace Jones es ligeramente humillada. En la película Conan, un personajillo de cara desgarbada y aspecto ridículo, le aplica un ungüento, casi rozándole el pubis, en la cara interna de los muslos.

viernes, 6 de febrero de 2009

DAUDET Y AMICIS: COMPLICIDADES SUTILES


Todos conocemos el origen despreciativo del término impresionismo. Trasladado al ámbito literario, tampoco ha carecido de críticas.Por su sensorialidad, Baroja tildaba el estilo literario de levantinos y andaluces de gastronómico.

Sin embargo, la impresión ha sido el registro de oro tanto de importantes obras literarias como de muchos diarios íntimos y libros de memorias de los que sería injusto prescindir, puesto que se han convertido en otras tantas obras literarias.

La impresión es la materia prima de la memoria, del suceso íntimo. Y la impresión escrita se articula como descripción.

De impresiones está bien repleto el libro de Edmundo De Amicis, Recuerdos de Londres y París que la editorial Páginas de Espuma ha publicado recientemente. La editorial citada parece estar especializándose en publicar diarios, memorias y libros de viajes, formatos naturales de toda escritura "impresionista", y quizá de ahí el apelativo espumoso, justificando el carácter rebosante de textos como por ejemplo el de este libro que comentamos.

El volumen recoge los viajes del escritor italiano por las dos capitales por antonomasia de la época, e incluye, además de los encuentros personales con Victor Hugo y Emile Zola, un vívido y minucioso retrato de la Exposición Universal de París de 1878, cuyo valioso material informativo desconozco si llegó a aprovechar un Walter Benjamin para su "Libro de los pasajes", pero que leído hoy, se convierte en un documento de referencia para el estudio histórico de la imagen moderna de la cultura y del saber globalizados.

El texto de De Amicis es ágil, visual, concreto, luminoso por la multiplicad no pesada de datos que recoge con entusiasmo. A veces resulta cinematográfico: la lectura fluye ofreciéndonos de forma continua detalles de luces, personajes, olores, sonidos o atuendos. Podríamos decir que el mundo moderno acontece delante de nosotros, fotográficamente. Y De Amicis logra esto no por ser ningún mago de la literatura o exhibir un estilo magistral: simplemente se limita a ser efectivo, es decir, a dar cuenta, sumaria y linealmente de lo que percibe. Persigue la impresión. Es el orden de la impresión lo que dicta la escritura. Y lo que consigue es un texto pululante y vivo, un doble de esa realidad que a De Amicis le resulta tan novedosa.

El año pasado, esta misma editorial, Páginas de Espuma, editó las Memorias de Daudet. Aunque el texto no es tan mecánico ni tan rotundo como el de De Amicis, el naturalismo romántico de Daudet participa del concurso flexuoso de la impresión, no tanto como consciente recurso literario, como base y efecto de de la exposición confesa de la experiencia: recuerdos tiernos y nítidos de ambientes, personajes y lugares.

La importancia de la impresión concreta en Daudet, pues, no es prioritaria, como en el caso de De Amicis, pero participa con su recuerdo en la creación de un cuadro eficazmente labrado.

En definitiva, cuente uno lo que ve y otro lo que le ocurrió, no hacen sino una sola cosa: registrar el tiempo. Ambos libros están calados, impregnados de tiempo.

En el primero, De Amicis nos da testimonio casi gráfico del tiempo, de su tiempo, a través de la multitud de matices y contrastes, del descubrimiento de espacios y gentes en un internacionalismo cultural creciente; el segundo, Daudet, con gran transparencia, sin concesiones con sus contemporáneos, y más demora pero igualmente compacto y entretenido, nos ofrece el testimonio de un tiempo concluido que resulta entrañable, ineludiblemente literario y remoto con respecto al nuestro: el placer de pasear, de escuchar a Chopin mientras cae la lluvia, de escribir en una barca, guarecido en las frondas, o escondido en un molino viejo viendo pasar culebras y serpientes entre las hierbas...

Ni Daudet ni De Amicis son grandes genios de la literatura, y tampoco son hoy precisamente demasiado recordados por la crítica o por los propios lectores, pero ¿cómo precisamente estos autores un tanto olvidados nos proporcionan con sus obras una ración tan ajustada de grata literatura? Para quienes gustamos de la cadencia decimonónica, de sus estilos y modas y mitificamos a sabiendas el panteón literario de la época, la lectura de ambos libros resultará deliciosa.Esperemos que la editorial Páginas de Espuma nos obsequie y sorprenda con más obras que como las presentes, andaban por ahí, un poco perdidas en el laberinto de la literatura, en el laberinto de(otra vez) el Tiempo.

miércoles, 28 de enero de 2009

SOBRE VOLUBILIDADES DIARÍSTICAS


Este verano adquirí Dietario Voluble, de Enrique Vila-Matas en el FNAC de Alicante. Me cuesta leer ficción. Compré el libro precisamente porque no era una novela sino un diario personal y quería leer algo de un autor español actual. Estaba un poco harto de tanto francés decimonónico.

Los recovecos de lo anecdótico cuando son inventados me resultan costosos de seguir. Prefiero el territorio más seguro y compacto del ensayo o de la poesía. Y la escritura de un diario se aproxima a la poesía, precisamente, por su interés en lo diverso, en lo poético, en ese irisamiento de las cosas que la cotidianidad vela al tiempo que muestra.

Un diario es como el cajón de sastre de la mente, el texto continuo y heterogéneo que van tejiendo las cuitas y hallazgos del yo.

El redundante epígrafe del volumen de Vila-Matas, no deja de hacer alusión a esa ausencia de guión narrativo, a esa multiplicidad direccional de la escritura cuya única misión es reproducir el (voluble) itinerario de impresiones y observaciones. Porque un diario es fundamentalmente eso, una antología de itinerarios. El itinerario que el tiempo va trazando en nuestro interior confirmando o diluyendo expectativas, el itinerario de las metamorfosis que experimentan nuestros sentimienmtos, los itinerarios físicos, que también son metafóricos, en los que nos abandonamos al azar,- la famosa deriva surrealista -, es decir, perderse en capitales extranjeras, vagar por la ciudad en que se vive comprobando cómo va cambiando su geografía urbana y social.

De todo esto trata el libreo de Vila-Matas. Metaliteratura estableciendo conexiones con la vida, el escritor convertido en silencioso pasajero, escrutador del mundo que le rodea y de su propia memoria. Voluble es la escritura de un diario, como lo es la materia que motiva esa escritura.

Me ha resultado curioso comprobar, leyendo el libro, la cantidad de coincidencias, de conexiones sorpresivas que uno descubre si sabe "leer" la realidad, y que, en algunas ocasiones, adquieren la apariencia de lo que los surrealistas llamaban "azar objetivo". Vila-Matas cita, por ejemplo, cómo la imagen de una postal comprada en Lisboa, se le aparece repetidamente en distintos lugares y circunstancias a lo largo de su vida. Fue Deleuze, me parece, quien en algún sitio de sus Mil Mesetas, restaba importancia a esta suerte de "leitmotiv"; pero la insistencia de tales leitmotiv no deja de resultar misteriosa. Con respecto a la imagen de la postal, los sentimientos de Vila-Matas son turbadores: percibe esa imagen - una casa antigua, palmeras y un faro -, vinculada a una vida anterior. Ya hemos dicho que la escritura de un diario es heterogénea: lo insólito es una parte más del registro de este tipo de escritura fluyente y sin prejuicios.

En la página 240 Vila-Matas escribe: lo que puede pensarse tiene que ser sin duda una ficción. Y más adelante, en la 274, en la penúltima página del libro: todo lo que las personas han pensado alguna vez es la rigurosa verdad.

Dos enjundiosas anotaciones que no se contradicen, ya que ambas son ciertas y se refieren a cosas distintas. La primera alude a la estructura de toda ficción: su ámbito original es el de la ideación. Esa ficción quizá pueda ser soberbia, pero su límite obvio es ése: no tener más realidad que la de ser ficción.

La segunda alude, creo yo, al carácter increíble de lo que las personas sospechan o piensan que les ha sucedido. La vida está a veces tan sorpresivamente tramada, que no se distingue de la ficción. En algún momento, hemos pensado en el desenvolvimiento de nuestras vidas y en ese instante hemos visto "la verdad" de nuestra existencia, como captada repentinamente a través de un aleph borgiano.

LA VENUS DE ALICANTE II. CONSIDERACIONES MISTERIOSAS

Cuando mis padres se casaron en 1962, cuando nació mi abuelo en 1900; cuando se sucedían las guerras carlistas a mediados del XIX, o los esp...