jueves, 15 de octubre de 2020

EXPOSICIÓN EN LAS VERÓNICAS DE MURCIA: CROMOTOPÍA. Rainer Split.

 


Echando un vistazo a la correspondencia del pintor Eduardo Rosales, artista madrileño que se mudó  para residir en Murcia hacia 1870, leo sus pareceres sobre las obras que se iban a exponer en la Exposición universal de Florencia. Su desparpajo, tildándolas de malas o de muy malas,- se trataba en su mayor caso de cuadros consistentes en escenas históricas, la mayoría de ellas, medievales, según la tendencia romántica del momento – se excusa, precisamente por su profesionalidad. No juzga un extraño al arte, sino que esboza una consideración general alguien que conocía los motivos inspiradores y el destino económico de tales obras. Esto quiere decir, en definitiva, que a veces el arte no sólo se adapta pesarosamente a los gustos de la sociedad a la que pertenece, sino que en ocasiones atraviesa períodos rutinarios o escasamente originales.

He tenido en cuenta estos aspectos inerciales a la hora de visionar de un modo medianamente crítico la exposición que me he encontrado en la sala las Verónicas de Murcia.

La exposición, Cromotopia, recoge una serie de obras del artista alemán Rainer Split. Las piezas expuestas, a medio camino entre la escultura y la pintura, encajarían en el estilo de un minimalismo mixto que buscaría el deslindamiento formal de tal tendencia, a la búsqueda de sugestiones nuevas basadas en la rotundidad de los colores vivos y planos.

Hay que confesar una cosa: estas alturas, la pureza del estricto geometrismo, aunque conceptualmente impecable, aburre un poco. Sucesiones de cubos más o menos escorados, rectángulos pintados como si fueran cajones o estanterías especiales, pinceladas de colores puros sobre superficies reflectantes pueden funcionar estéticamente según dónde se coloquen. Con bastante seguridad, en el espacio acogedor de un hogar, esta clase de piezas artísticas llamarán más la atención que en las desnudas salas de un museo, pues en una casa producirán más contraste o harmonizarán con las líneas arquitectónicas generales.

Ahora bien, hemos mencionado el carácter mixto de esta exposición. A este respecto, Split, ha introducido elementos nuevos en la narrativa común de los minimalismos geométricos conocidos. El más sobresaliente elemento de este tipo, y yo diría que lo que más atractivo ofrece al visitante de esta exposición, es ese inmenso charco, casi diríamos pequeño lago de líquido plástico que brilla misteriosamente en medio de la sala.

Al entrar a la exposición, uno piensa en la representación de un desastre, en la exhibición de un extraño fenómeno paranormal que hubiera producido ese estanque aparentemente muy pulido pero de un sospechoso tono oscuro. En este universo todo es química y este efecto que procede del manejo de algún tipo de material que se solidifica y resulta inocuo para la salud pero que consigue impresionar por lo que sugiere más que por lo que es realmente, también debe su origen a la maestría química.

El artista coloca este charco de materia ignota en medio mismo de la sala, ¿para sugerir que la pintura, originariamente, es esto, un montón de líquido informe dependiente del genio creador, para indicar qué fin le espera a cada obra expuesta, y de paso a toda obra humana: ser engullidas por la materia oscura del universo? Sea como sea, este líquido amenazador e hipnótico, se añade a la inercia de las obras expuestas y crea un contexto numinoso, periférico, con respecto a las creaciones estrictas.

Un buen número de las obras de arte actuales, en especial las que diseñan los jóvenes recién salidos de la escuela de arte, adolecen de didactismo y funcionalismo: la obra de arte en vez de ser una obra de arte se convierte en herramienta de una idea o de una propuesta más o menos justificada. Si la obra de arte es el producto de la imaginación, que el visitador de exposiciones también emplee la imaginación para desentrañar y disfrutar de la obra artística. Lo dicho. De esta exposición, el elemento más dinámico y jugoso para estimular esa imaginación reivindicada es el estanque de materia oscura. En torno de él, que las atmósferas giren en vórtices pasmosos de color y magia. Atrevámonos a imaginarlo, salvando las erráticas inercias que acosan  a muchas de las exposiciones que se realizan.  




martes, 6 de octubre de 2020

HILOS DE PALABRAS.

 


Observo fotografías antiguas de bosques y pantanos. Si no fuera por el tono sepia que coloca a las imágenes ese aire melancólico o lírico característico, el famoso paso del tiempo sería inhallable, es decir, no tendría expresión.  El tiempo de la naturaleza es otro, distinto al nuestro. La naturaleza experimenta procesos de transformación que pueden durar milenios. La gran diferencia de la naturaleza con nosotros – con la cultura -  es la ausencia de un atavío: a un bosque, a una pradera no le podemos poner un corsé o una pamela. La moda en la naturaleza no existe. Hay períodos, no  modas. Aun así, he intentado hacer el esfuerzo de pensar la antigüedad de un paisaje por las características de su foto en cuestión, pero no logro someter las plantas, las nubes, a singulares modos de evolución específicos de una década. El movimiento, el desarrollo de la naturaleza excede el marco de una fotografía. De todos modos, gracias a la fotografía pictorialista, tenemos imágenes románticas, modernistas, impresionistas de la naturaleza.

 


Leo el epistolario amoroso de Miguel Espinosa entre el asombro y la admiración. Ni Espinosa ni Mercedes, la destinataria, tenían público en sus sucesivas confesiones. Ahora, con las cartas publicadas se revelan unos estados de ánimo, unas confesiones y unas reflexiones que al observarlas nosotros con detenimiento, auscultando del flujo del tiempo, sorprenden por su singularidad literaria y humana, por la calidad de la palabra que aquí se da. La rareza de Espinosa reside en esa calidad. Durante el franquismo más espesamente inyectado en la sociedad, hallamos en las minas secretas de la intimidad las joyas verbales y sentimentales que son estas cartas, admirables excepciones de la grisura general.  

 


Antes he dicho que el tiempo en la naturaleza opera de distinto modo a como lo hace sobre el ser humano, y que tal operar no se convierte en soporte de una representación, pero hay que reconocer que estas rosas, fotografiadas hacia 1860, tienen cierto aire patético o espectral. Es más, simbolizan de un modo muy puro la fantasmidad susceptible de ser expresada estéticamente. Quizá sea porque la foto copia ligeramente los códigos de un bodegón, es decir, la fotografía pretende mimetizarse con la pintura, confundirse, momentáneamente con ella, además de tener en cuenta el poder simbolizante siempre efectivo de las rosas.   

                                                            ***

Después de mucho tiempo sin escucharla, estoy volviendo a ponerme Radio Clásica. Cómo se nota que el gobierno indescriptible que tenemos ha metido su hocico en donde no tenía que meterlo: ahora se habla demasiado y pretende ser una emisora “no tan seria”.














A veces ocurre que hay autores que escriben sobre materias que no son las estrictamente específicas de sus disciplinas propias y logran desarrollar una perspectiva tan original que casi inician un nuevo modo de aproximarse a tales materias. Por ejemplo, Roland Barthes nunca escribió un libro tan denso y sutilmente estructurado sobre una de las disciplinas de las que era maestro, la semiótica, como el que escribió Juan Benet sobre el mismo tema, El ángel del señor abandona a Tobías. Aunque también es cierto que pocos catedráticos de estética se acercaron a la originalidad que Barthes exhibe sobre la historia y la significación de la fotografía en su libro La cámara lúcida.   

jueves, 1 de octubre de 2020

HOJAS DE DIARIO. SESIONES PARLAMENTARIAS. EL DESFILE DE LOS DISCURSOS.



Balance desastroso.

El otro día, por la radio, el siempre inteligente Fernando Jáuregui, emitía un balance cuya contundencia lamentaba no poder eludir porque se correspondía con la realidad. El periodista se quejaba de la ausencia de intelectuales y artistas en la España actual, cuya población juzga de bastante inculta. Ya no existen las brillantes generaciones de filósofos,  escritores, analistas y poetas que hemos tenido, y citaba los nombres ya conocidos de: Ortega, Lorca, Unamuno, etcétera. Yo me aproximaría más en el tiempo: quién tiene hoy la autoridad y la presencia que tenía en su momento un Benet, por ejemplo; dónde hay personalidades tan sutiles como la de un Juan Gil-Albert. Es verdad que podemos contar con cierto número de novelistas que tienen éxito y venden libros. Personalmente, gente como Lorenzo Silva o Arturo Pérez Reverte, no me seducen. Las novelas de aventura y las policíacas son géneros que no me interesan ni consumo. En la literatura actual, en la poesía, en la novelística, no hay ni sacerdotes de la palabra, ni grandes maestros de la ficción. Y esto ocurre no sólo en el ámbito nacional. Hay alguna excepción. Si Chantal Maillard escribiera y residiera en París, estoy seguro de que se la consideraría una de las mayores poetas, si no la mayor poeta de Europa. Pero está en Españica, lugar de fantásticas playas, sol maravilloso e impresionantes monumentos históricos, ignorante de la exquisitez intelectual y de sus héroes actuales que trabajan casi en lo recóndito…. A propósito de valoraciones erráticas o simplemente torpes o injustas, qué pasó, y yo diría que sigue pasando, con la obra de un Miguel Espinosa, si no.

 

Sesión parlamentaria. Le echo un vistazo al desfile de personajes y discursos. Se nota la preparación de las intervenciones, es decir, el sistema con que van presentando sus preguntas al gobierno. En este aspecto todos son iguales. De todos modos, es un placer escuchar cómo cada interviniente supone una energía nueva, una proposición distinta en el ámbito mayor de la discusión. Hay que tener paciencia para escucharlos todos y poder admitir, comprender lo que exponen y demandan. Hay algunos discursos de carácter patético, sobre todo cuando hablan de las necesidades y problemas económicos de los ciudadanos. Si el que habla, lo hace con efectismo y precisión, asistimos a una conversión instantánea del parlamento como escenario verbal de la piedad. Por lo general el espectáculo discusivo de las sesiones parlamentarias, resulta entretenido y demuestra cómo la palabra se presta a cualquier estrategia tendenciosa o no.  

 


Le toca el turno a los independentistas. Laura Borrás, mujerona de hermosas caderas, parece una niña recitando, en principio, algo que casi no comprende. Es demasiado formal, artificial. Luego, en su siguiente intervención, se convierte en una maestra del sofisma, perdiendo bastante legitimidad en cuanto a representante de un discurso. Resulta curioso escuchar a independentistas y antisistemas. Por ejemplo, sorprende comprobar la conversión a la racionalidad y a la sensatez más calma de los de HB y Bildu, los representantes ideológicos de los que hace tan solo un par de días ponían bombas y mataban. Conocedores de su culpabilidad, de su historia odiosa, cada vez que algún opositor les nombra su pasado y a ETA, se repliegan sobre sí mismos, se sumen en un ominoso silencio y se les muda el rostro. No tienen escapatoria, aunque a continuación sigan hablando haciéndose los sordos.

 

El parlamento, -lugar donde se parla, donde se habla – se me revela como el lugar – y la ocasión – ideal de escucha de los discursos generales, de su fuerza retórica y relevancia conceptual, más espectacular que cualquier mesa redonda o encuentro social, el circo de la palabra, tanto para bien como para mal.

martes, 29 de septiembre de 2020

NOTAS DE DIARIO


Mientras leo, pongo de fondo la radio. Suena Cosas vistas y soñadas, de Josef Suk. Conforme voy escuchando la música, una larga pieza pianística, me va seduciendo su aire melancólico y evocador, su difícil localización estilística en el tiempo. Ello me hace no olvidar el título de la obra, tan sugerente e indeterminado, a la vez. A veces, algún pasaje parece Satie. Tenía una imagen pobre de Suk, sólo conocía su famosa marcha, creía que era un compositor más o menos indistinto dentro de los decimonónicos posrrománticos, pero esta música que suena me parece fascinante. Además me creía que era austríaco, cuando es checo. Estas sorpresas, un compositor que en principio no me interesaba nada, de pronto, me ofrece, ofrece al universo, una obra que llena de luz su nombre, que nos alienta a todos. Por unos instantes, me visita una deliciosa sensación de felicidad: por un lado, la música me embarga de fascinación; por otro, el compositor despreciado se revela audaz y creativamente interesante, se convierte en uno de los míos, es cómplice de la riqueza estética del mundo.



Emilo Lledó elogia la capacidad que la lectura tiene de atravesar el tiempo, venciéndolo, cómo podemos acceder a textos antiguos y conocer los detalles del pensamiento y de la imaginación del hombre . Yo, quizá, dirigiría ese elogio, más que a la lectura, a la música, a la danza, que son expresiones más vívidas que la lectura. Pero hay, claro está, obras en las cuales ese viaje a través del tiempo se reviste también de emoción y de curiosas singularidades. Las Memorias de Zorrilla, nos cuentan el trabajo considerable de este autor componiendo sin parar obras de teatro en verso, cómo viajaba con las compañías teatrales que ponían en escena sus creaciones. Sin ser una obra maestra de la escritura, estas memorias se ocupan de darnos a conocer lo que giraba en torno a la existencia agitada de su autor, al tiempo que nos cuentan alguna que otra curiosa anécdota del periodo de su vida errante con los comediantes. Otra obra memorialista con la que me topo en mi biblioteca es Poesía y verdad de Goethe. Leyendo el texto, uno percibe la calidad de acontecimiento de lo que Goethe está contando. El estilo es transparente y directo, pero el efecto al final, si recordamos lo que vamos leyendo, va adquiriendo la densidad típica del tiempo y el texto va aproximándose a cierta hialina monumentalidad.


En un programa de televisión de temática religiosa, una teóloga, Cristina Inogés, católica, pero muy inspirada por los estudios hechos en el Instituto Teológico protestante de Madrid, preguntada acerca del futuro de la Iglesia, llega a decir que esta tendrá que elegir entre patrimonio o carisma. Con respecto al dinero que obispos y demás jerarcas puedan poseer, estoy de acuerdo con la teóloga, pero con respecto al resto del patrimonio, es decir, en lo relativo a  todo el inmenso y bullente arte sacro, que es de todos los creyentes, no veo tal dilema. ¿Hay que renunciar a imágenes, pinturas, retablos, estatuas y ceremonias varias para hacer emerger de la nada no se sabe qué iglesia primitiva, pura y limpia de toda posesión “material” y  representación? El planteamiento de este dilema me parece de lo más peligroso y de lo más falso. Las dos cosas. Toda ideología que llama a la pureza, al retorno a no se sabe qué tiempos remotos y demás zarandajas, es semilla de intolerancia. El amor a la teoría, traiciona al espíritu protestante, que es de donde viene esta perspectiva de una iglesia sin arte, verdadero disparate porque   el hombre no  puede vivir sin vida y sin representación simbólica a su alrededor. Cómo se parece el protestantismo al fundamentalismo islámico en este desprecio arrogante y bárbaro por las imágenes sagradas.  

viernes, 25 de septiembre de 2020

SUGERENCIAS ORIENTALES Y FIASCOS POETIFORMES



Por fin cayó en mis manos el famoso ensayo Elogio de las sombras, de Junichiro Tanizaki, libro que he visto en toda librería y centro comercial que he visitado y que conoce más de una y más de dos versiones. La que adquirí es traducción directa del japonés. No he percibido nada extraño en el texto, es decir, anacrónico o extrañamente llamativo en las oraciones y párrafos que me hiciera pensar en una adaptación lingüística demasiado libre. Podríamos simplificar el contenido de este libro diciendo que Elogio de las sombras es una expresión más de la pérdida de identidad cultural del Japón milenario ante el auge tecnológico occidental. Escrito en los años treinta, estremece pensar qué sorpresa final le esperaba al país del sol naciente, procedente de Estados Unidos, precisamente el país del mundo occidental de cuyas novedades en todos los ámbitos, estaba más pendiente y a quien, en definitiva, más quería parecerse. Esa sorpresa supondría el final del segundo conflicto mundial, y vendría en forma de bomba atómica….

Con el término “sombras”, Tanizaki denuncia la invasión lumínica que la energía eléctrica ha llevado a cabo sobre todo rincón y lugar, destruyendo lo que antes podía disfrutarse con una iluminación más suave o tradicional. La brusca transformación que la poderosa luz eléctrica produce en las casas, los restaurantes, hoteles e incluso ámbitos sagrados, supone un cambio impuesto a la sociedad que se ve en la nueva y molesta tesitura de adaptarse a las nuevas condiciones o eludirlas del modo más ingenioso. Para Tanizaki esta incursión fulgurante de la luz, mensajera del espíritu occidental, que destruye toda presencia de acogedora sombra, implica, en definitiva, un grave trastorno en la mentalidad y en los refinados gustos del Japón tradicional, condenándole a su cuasi extinción.

El concepto de sombra, pues, en Japón, es significativo, por un lado,  de una considerable distinción, pues se asocia a lo ceremonioso, al noble efecto que el  tiempo produce sobre las cosas, implica un tempo en la percepción del entorno y la convivencia; por otro, las sombras son el ingrediente clave en la disposición arquitectónica, tanto interior como exterior, de los hogares japoneses. Las sombras también pueden ser el espacio de lo espectral, pero su papel, convenientemente dosificado, en los lugares en los que se convive, resulta más destacado y prioritario para el japonés tradicional.

Los occidentales, que en su arquitectura sacra han huido de todo rastro de imperio de la sombra sobre los motivos centrales de altares, naves, techos y cúpulas, le han reservado a la sombra un papel netamente angustiante: mírese algunas expresiones del barroco pictórico, los tenebristas españoles o en las primeras décadas del cine, el papel brutal y dramático  de las sombras en las obras expresionistas. Hay algunas excepciones a esta interpretación negativa de las sombras en el arte europeo, por ejemplo, el pintor francés Georges de la Tour, para quien la oscura  espesura que rodeaba a sus personajes asistidos sólo por la luz escueta y cálida de una vela, suponía un motivo óptimo para la recreación plástica.

Lo que restaría comprobar es  si, actualmente, queda en la sociedad japonesa alguna incomodidad o desasosiego procedente de las justificadas protestas que Tanizaki expusiera en su ensayo, si el hombre oriental teme haber perdido el poder ensoñador de un remanso de sombras, al ser sustituido por cualquier otra cosa o instrumento moderno.

 



Hasta el momento no había leído nada de Olvido García Valdés. Me encontré con su último libro, Confía en la gracia, que, al parecer, a causa de la pandemia, todavía no ha sido formalmente presentado por la autora, y decidí incursionarme entre sus páginas para comprobar qué tipo de mundo poético ofertaba, estimulado, además de por el desconocimiento de esta poeta, por el atractivo del título.

En principio, toda aventura estética, realizada en sus distintos lenguajes, me interesa. Otra cosa es que el resultado de tal aventura, independientemente de su valoración objetiva, me resulte más o menos gratificante.

El poemario de Olvido tiene 247, páginas. Yo voy por la 104, y hasta el momento, salvo un par de poemas, el resto me ha parecido un flujo lingüístico algo indistinto y, si se me  disculpa, diría que soso. Hay que decir que a estas alturas de la película, no creo que sea la falta de lectura, la falta de plasticidad y comprensión, lo que a uno le falte. Quizás es cierto que busque en un texto poético más contundencia, más linealidad, más claridad dentro de cualquier hermetismo que se precie, valga la supuesta paradoja. Entonces no habría debate, pues estaríamos hablando del famoso tema de la variedad de gustos y de estilos, y ahí habría poco que decir.  

Olvido ha impartido talleres de poesía y se notan, ligeramente, los súbitos pero no bruscos recortes, requiebros, ingrávidas elipsis y utilización fragmentaria de lenguaje llano como expresión de lo puntualmente numinoso, en su escritura. La impresión que produce es que para cada uno de sus poemas, por lo general breves o de extensión media, Olvido emplea motivos concretos o contextos, que gira, descompone o invierte, obteniendo una escritura poética que nos envuelve instantáneamente, para desaparecer y reaparecer de nuevo en el siguiente poema. No se trata de un mero collage verbal, pues el resultado es más sutil que eso. De todos modos, por el momento, lo que más me está interesando de este poemario es su aspecto formal, pues con respecto a lo que se dice o recita, el grado de subjetividad y de aleatoriedad a que la modernidad nos ha sometido, nos deja un poco  turulatos ya, y podemos encontrarnos en las incómodas circunstancias en que Octavio Paz se encontró ante la música de Jhon Cage: no sé qué decir.

Como no he terminado el libro, si hay sorpresivos virajes cósmicos en la lectura de los poemas que me quedan, informaré con entusiasmo y sin embarazos. Pero con todas estas disquisiciones, como suele ocurrirme, me han entrado ganas de escribir, así que aquí os dejo un apócrifo olvidogarcíavaldesiano:


Indumentaria de los páramos se insinuaba al albor,
Tu nuca ida pero superior sustancia la del instante,
Esa gracia que se dispersa no sólo por los salones,
Si es que despreciamos la pura invocación,
Tenlo en cuenta.
Engranaje rosado, tallo renegado, andaba la hora
Sobre la marejada, bastión de sí misma,
Acunadamente celeste lo que se asoma
Entre dos vértigos y un simulacro de sintagma.
Todavía no se pierde lo que en el pergamino
Se consigna como retorno, tarde pitagórica
Del pensar, del advertir nada de lo que permanece.

              

miércoles, 23 de septiembre de 2020

LA "RESURRECCIÓN" DE SEVERO SARDUY



Lo que me ocurrió recientemente con la figura de Severo Sarduy ilustra de un modo muy preciso, me parece, para lo que sirve internet, ocasionalmente, en tanto que gran enciclopedia o memoria virtualmente infinita del mundo.

Por no sé qué azares, leyendo cualquier cosa, me vino a la cabeza, el otro día, el nombre de Severo Sarduy. Me sorprendí a mí mismo, pues a este autor lo tenía casi totalmente olvidado. Es más, creo que desde su muerte, bien poco o casi nada se ha editado o reeditado de su obra. Recordaba bien poco de su biografía y no había leído sino algún fragmento de sus obras. Tenía la convicción de que Sarduy había desaparecido del universo, que ningún crítico o editor se acordaba de él, de que, por la razón que fuera, su literatura no interesaba y de que habría que considerarlo una figura cuasi remota de la escritura. Este destino melancólico despertó mi interés y se me ocurrió investigar en internet, rastrear información sobre el autor cubano. Y fue entonces cuando comenzó la paulatina resurrección de Sarduy.  

Severo Sarduy es autor de una serie de brillantes novelas, poemarios y ensayos que recogen y explotan el conocido estilo barroco de la escuela cubana, entre cuyos integrantes podemos nombrar a  un Alejo Carpentier, Cinto Vitier o a Lezama Lima, como figura más extraordinaria. Salió de su tierra natal a los veinte años, publicó libros en España y, finalmente, se instaló en París donde contactó con la creme de la creme de la intelectualidad francesa del momento, haciendo particular amistad con Roland Barthes. Fue uno de los entrevistados por Joaquín Soler Serrano en su notable programa televisivo A fondo, y vivió también en Barcelona. Repasando blogs y periódicos digitales, comprobé que este “olvidado” de la literatura hispanoamericana ha sido motivo de varios trabajos y artículos publicados en tales medios digitales, especialmente numerosos entre 2016 y 2017. Además, el material fotográfico terminó de rescatarlo de tal olvido y hacer desaparecer el carácter de “figura remota” con que se me había impuesto en la imaginación.

Echando un vistazo a todo este material informativo, alguien que para mí hace casi siglos que se encontraba fuera de la vida, emergió de la nada y se instaló en la vida plena y fluyente, es decir, en la vida que vivió y protagonizó. Especialmente interesante me pareció la entrevista con Soler Serrano: no sólo descubrí una cordialidad personal y una sensibilidad refinada sino que la teoría que expone en tal entrevista sobre el origen de lo que heredamos y que conformará parte sustancial de nuestra personalidad, me pareció insólitamente creativa y fascinante.

Del repaso biográfico y literario de Sarduy en internet extraje unas conclusiones: que nadie es materia de olvido porque sí, que todos han vivido la vida, por lo menos en algún período de su vida, de modo pleno o feliz, y que a poco que investiguemos con seriedad, esa persona o sujeto que creíamos cuasi inexistente, se actualiza, resucita ante nuestros ojos, adquiere relieve y vida y su voz puede volverse a escuchar en el flujo variopinto e interminable de las otras informaciones.       

lunes, 21 de septiembre de 2020

LA NECESIDAD ESPECULATIVA


Si por fin hemos dejado de interpretar como una dualidad las relaciones entre la imaginación y la razón, lo que nos quedaría por abordar sería la fase que consolidara ambas cualidades como una operación de mutuo alimento, como un solo movimiento del pensar, como una convergencia.

Si, en definitiva, lo que nos interesa es comprender fragmentos de realidad, no podemos retrasarnos, como diría René Char, en el surco de los resultados, demorar el atrevimiento, fascinarnos con un discurso primero sobre las cosas.

Si lo que nos interesa es lo real, no podemos detenernos en el discurso existente sobre ello, sino en lo descubierto, en lo percibido, en lo delimitado para franquearlo o situarlo en contextos nuevos. Por ello digo que una observación cualquiera, más o menos azarosa, puede resultar más estimulante que lo que contiene y posee el discurso formado por un asunto determinado.

La observación se hace límite cuando lo investigado ofrece resistencia y lo convertimos en impedimento del pensar.

Disfruto de la filosofía como si fuera literatura. Es así como el conocimiento es también placer y lo intelectual ofrece un dinamismo celebrador y secretamente festivo. Lo digo porque el rigor de la investigación filosófica, en definitiva, no puede eludir el lenguaje cuyo registro más permeable permitiría flexuosidades conceptuales. Por ello, a veces, la literalidad de un discurso puede convertirse en una trampa para el intelecto que busca el descubrimiento, la tersa y paulatina definición de algo nuevo.

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....