15.8.17

CALLE CINCO DE MARZO


Si Tápies se hubiera pasado por esta pequeña calle oriolana que conecta la calle San Juan, donde nació Miguel Hernández, con  el paseo Calvo Sotelo, le habría gustado constatar todas estas texturas, auténticas escrituras del tiempo, que se esconden en apenas diez metros de hormigón desollado y fachadas de casas señoriales.   
 
 
 













 

 
 

10.8.17

ESTÍOS


 
 
 
 

Éramos felices. Y no lo sabíamos. Pero es que precisamente el no saberlo era lo que nos hacía felices.

 

En la azotea, al anochecer, descubro sobre el horizonte mellado de los conjuntos de edificios, una luna amarillenta, la luna casi naranja de principios de agosto. Recuerdo que, allá, por los setenta, cuando veraneábamos en las afueras de Torrevieja, yo pasaba los ratos, observando fascinado, con unos potentes prismáticos que mi padre trajo de Ceuta, la imagen de la misma luna y su reflejo sobre el mar. La masa del mar permanecía quieta, como un bloque imposible de imaginar, mientras que la superficie sobre la que se encendía el reflejo fantasmagórico de la luna, era una textura en permanente movimiento. Las crestas y los picos del agua no paraban de asomarse y sucederse en un mismo punto, sin avanzar. De aquellos poéticos visionamientos hasta ahora han pasado más de treinta y cinco años, pero la luna que acabo de ver sobre los edificios esta noche es la misma que entonces, y si en vez de edificios estuviera el mar y yo dispusiera de unos prismáticos, las imágenes que podría descubrir serían, prácticamente, idénticas a las de entonces. Podría decir que esta noche de agosto de 2017 he visto lo mismo que una noche de 1979. Lo fascinante es constatar esto: la luna y el mar son idénticos, mientras que yo no soy el mismo. El tiempo transcurre de modo diferente para la luna y el mar que para el sujeto que soy yo. Mi tiempo ha acontecido, aunque no haya concluido: se ha achicado, fragmentado, estirado, producido, encarnado, derrochado, mientras que la luna y el mar permanecen inalterables. Ante la luna y el mar descubro con contundencia y desconcierto,  mi fugacidad. La naturaleza engasta sus generaciones en los tiempos cósmicos, mientras que el funcionamiento de mi vida, comparativamente, se corresponde con un tiempo microcósmico.

 

 

Hace un par de temporadas, visité a mi hermano que veraneaba cerca de Santa Pola. Hacía bastantes años, décadas, que no pisaba una playa. Apenas bajarnos del coche, al percibir el aroma dulzón de ciento de cremas aplicándose sobre cientos de espaldas y muslos, hice un viaje exprés al tiempo. De inmediato me instalé en la Torrevieja de los setenta. Entonces, como ahora, el hachazo del sol no impedía que el aire en torno a las sombrillas desplegadas y los cuerpos tendidos, dispersara el denso perfume de las cremas protectoras. La sensación que tuve, además de la rememoración instantánea, fue la de sorpresa: la percepción del perfume de las cremas me hacía constatar una suerte de continuum en el tiempo, independientemente de los años y de las circunstancias. Distinguí, pues,  entre lo que suponía el viaje repentino a la memoria, la floración del recuerdo asociado a una sensación, y lo que tal cosa aseguraba y comportaba,  una especie de continuidad que trascendiera el espacio y el tiempo, aunque inextricablemente unido a ello. Al ir caminando por el paseo paralelo a la playa, el perfume dio paso a un flujo multicolor de volúmenes gravitando sobre la línea blanda de la arena: los cuerpos y sus bañadores. Y la grata sensación de autonomía persistía. A pesar del tiempo transcurrido desde que yo me bañaba a finales de los setenta hasta ahora, el cambio en la moda de los bañadores, el peinado, la tipología social, todo venía a ser lo mismo ahora que entonces. La misma calma, los mismos olores repentinamente cruzados entre las cremas y el yodo, el mismo remanso humano con  el azul manante del mar como fondo paradisíaco.  

 
 
 
 

El verano supone, generalmente, el abordamiento del “exterior” que en primavera ya  comenzara a insinuarse, es decir, el abordamiento de la naturaleza. Ya sea montaña o playa, campo o costa, turismo de interior, o submarinismo, lo que se ofrece es la naturaleza como un sinfín de itinerarios. ¿Supone esto un lánguido volver a los orígenes, un planteamiento temporal de experimentar el paraíso? Entre otras cosas el verano también supone dejar vacante al pensamiento. No apetece, precisamente, leer filosofía bajo los rayos reblandecedores del sol. Pero la poesía quizás sí. De todos modos, abandono a la dulzura de lo sensorial y complejidades laberínticas del razonar, no parece que casen muy bien. Son ámbitos que se rechazan, o que no necesitan uno del otro. Otra cosa es la noche del verano, que junto a lo sensual, sí puede suscitar la llamada al misterio, precisamente provocada por esa relajación de las normas y el abandono temporal de la rigidez de las  estructuras lógicas. El misterio entra aquí como una tentación más tranquilamente alucinada que activamente especulativa, adormeciendo los hábitos comunes del obrar racional. En invierno examinas los pensamientos que se suceden y te ves afectado por ello. Ahora dejas que impere la sensación, que el orbe de lo sensorial abra todos sus acariciadores dispositivos y conexiones.       

    
 
 
 

Durante el verano la fruición del intelecto parece menos específica que en invierno. Ahora tiene que compartir  con la floración de las sensaciones todo lo que se revela o se descubra. Los laberintos intelectuales parecen haberse quedado guardados en los cuarteles de invierno. Solo la poesía del detalle, de los atardeceres frente al mar o la vivencia amorosa en los espigones, puede antojarse productiva si pretendemos escribir sobre ello. El verano puede atemperar el distanciamiento del pensar a través de lo que disfrutar del mismo supone: la aventura, tanto geográfica, como sentimental.

 

¿A qué se parecerá la eternidad: al verano o al invierno; a la actividad o al descanso? ¿Qué haremos en la eternidad: lo que, más o menos, desempeñamos durante el período de trabajo en invierno, o alcanzar la eternidad se parecerá a unas vacaciones sin fin, porque hayamos cumplido con todos nuestros deberes y ese sea nuestro premio? El invierno y el verano como modelos rudimentarios y simbólicos del infinitivo transespacial y transtemporal  que podría definir por encima el ser de lo eterno.

 

La romántica imagen de una pareja, de un hombre y de una mujer cogidos de la mano, caminando por la orilla del mar es la imagen de la dicha: la presencia del mar representa la eternidad, es decir,  la duración infinita de la felicidad. El caminar tranquilamente frente a la inmensidad del mar también indica confianza, esperanza asegurada. Ese titán que es el mar no me agredirá nunca, su inmensidad es la dimensión de la felicidad alcanzada. No me inquietaré por qué es lo que hay más allá del horizonte marino. La felicidad me lo impide y además, estoy seguro de no poder lucubrarlo.   
 
 
 
 

4.8.17

LECTURAS NO, PRECISAMENTE, DE VERANO



 
HUGO BALL.
La huida del tiempo
 
 
 
Confieso que tenía un concepto paupérrimo de Hugo Ball. Creía que había sido un dadaísta gamberrete de la época, que se había dedicado a disfrazarse de una versión del hombre de hojalata, previa a la fílmica de El mago de Oz. Pero para nada. Hugo Ball que fue líder dadaísta, y poeta, es sobre todo un agudo analista de las transiciones sociales y estéticas que experimentó Europa tras la Primera Guerra Mundial y un personaje crucial de las vanguardias artísticas.  La formación filosófica del autor se nota bastante en las vibrantes páginas de este diario intelectual, en las que plasma una lúcida reflexión, tajante, rápida y aderezada por chispas de humor dadaísta, del hervidero revolucionario que suponía el horizonte europeo previo al estallido de la segunda guerra mundial. Hugo Ball nos habla de los nuevos pintores y escritores, de los comunistas, de los anarquistas, del espíritu alemán, de los idearios libertarios y la historia antigua de la Iglesia, de las sesiones dadaístas, de Herman Hesse, de Tolstoi, de Plotino, de Kokoschka, de Tristán Tzara, del marqués de Sade, nos cuenta, también, sus sueños... Un documento sorpresivamente excepcional, lleno de observaciones curiosas e interesantes sobre uno de los momentos más explosivos de la historia occidental de las letras y del arte.
 
 
 
 
 Wallace Stevens
AFORISMOS COMPLETOS
 
 
 
La poesía no es algo extraño a la realidad ni meramente, una versión mejorada de la misma. La poesía exalta vitalmente al individuo y no deja nunca de atañer a la realidad. El campo de experiencia de la poesía es la realidad y esta se transforma en la medida en que la poesía nos la revela múltiple y distinta, en evolución metamórfica. Todos los aforismos reunidos aquí del discípulo americano de Mallarmé tratan, concéntricamente,sobre esta cuestión. Posiblemente, Stevens combatió de este modo el calificativo de "poesía pura" que podría cernirse, peligrosamente, sobre su concepto de poesía. Si poesía y realidad son una convergencia, elimino servidumbres temáticas y conjeturas antagónicas y confirmo un misterio creativo. Lo que me atañe es la poesía la que lo puede expresar del modo más elocuente.  El contexto de la poesía es lo que ocurre en la realidad, por eso poesía y realidad no pueden maniqueamente dividirse.
 
 
 
 
 
 
 
Héctor Berlioz
MEMORIAS
 
 
 
A veces ocurre que un libro, por razones varias que no has previsto, "te entra", es decir, te pones a leerlo sin esfuerzo, te gusta tanto que no te paras a reflexionar sobre lo que has leído sino que quieres más y más texto, y cuando decides hacer una pausa, te das cuenta de que te has zampado más de la mitad o te falta poco para acabarlo. Algo así me ha ocurrido con este engañosamente aparatoso volumen, las memorias del compositor romántico francés Héctor Berlioz.
Berlioz es un escritor nada desdeñable. Si lo que pretendió con estas memorias fue la de enganchar al lector al tiempo que llevar a cabo una entretenida ilustración de la sociedad y el mundo de las artes de su época, hay que confirmar que lo consigue. El "estilo" de Berlioz se revela eficaz, rápido y bien adjetivado, sin demoras ni elucubraciones de más, y sobre todo vinculado a anécdotas, personajes y escenarios muy concretos, lo que se traduce en una facilidad de imágenes y sucesos que fluyen con facilidad en la imaginación lectora.
Solemos tener del barroco y también del romanticismo musical, un concepto exquisito. Una de las cosas que llama la atención de estas memorias al respecto, es que nos recuerde que "en todas partes cuecen habas", es decir, que, independientemente, de las mejores cualidades con las que creemos definir el espíritu de una época, las incidencias más prosaicas e incluso groseras e insólitas, se han producido también en tales hitos sociales que interpretamos excepcionales por sus dotes para la creación del gran arte. Berlioz nos habla de las durezas de su formación musical, de su lucha contra su familia para hacerse respetar como músico, profesión despreciada como profesión por los burgueses más aristocráticos de entonces; de la rivalidad entre los compositores más conocidos del momento y de cómo él mismo se sumó con fiereza a tal competitividad, de las pintorescas costumbres del público decimonónico amante de la ópera, de las reacciones salvajes de la gente ante los espectáculos musicales que parecían convertir, a veces, en una suerte de  autoexpurgante o lenitivo de sus instintos animales.
Berlioz insiste, y nos lo describe con transparencia, en su lucha contra la masa amorfa de los sonidos, en cómo el arte consiste, precisamente, en darle harmonía y forma al conjunto en bruto de los sonidos, tarea obsesiva pero al final, gloriosamente compensatoria.
Temperamento luchador y melancólico, Berlioz, a mi parecer, no tiene la genialidad que tuvieron otras figuras del romanticismo musical, como Chopin o Lizst, pero produjo obras de notable envergadura, como su Réquiem. Su testimonio se lee con gusto y se viaja con singular claridad a una época repleta de pasiones y complejidades interiores, como fue la del Romanticismo.