12.2.14

OBSERVACIONES SOBRE LOS COLORES. Ludwig Wittgenstein


 




A cada autor, escritor o filósofo lo solemos asociar no tan sólo con un determinado registro lingüístico, sino con una imagen. Si digo Schopenhauer, cierta numinosidad comienza a agitarse atravesando, cósmicamente, seres y mundos (la Voluntad). Si digo Platón una luz me transporta al origen de los orígenes, a la Memoria, a la emoción del Verbo. Si digo Nietzsche, una tempestad de lucidez y energía hiperbóreas me arrebatan a través de una de las más vívidas prosas de filósofo-poeta. Si digo Wittgenstein, veo líneas (los sintagmas en los que van las proposiciones), experimento, de pronto, una detención, una expectación : estoy ante el umbral de algo. Sólo necesito leer la prosa aforística del filósofo para que el misterio que aguarda tras ese umbral me adelante una porción de lo que espera ser dicho o nombrado.



 
 
 
 
 


En esta obra, Wittgenstein nos plantea una reflexión filosófica sobre nuestros conceptos comunes de color. No estamos, pues, ni en el ámbito de la psicología ni en el de la física, sino en el seno de una investigación que, conociendo lo que sobre el tema aportan ambas disciplinas, parte de cero. Lo que a Wittgenstein le interesa del caso es lo elemental, lo fundamental: cómo se elaboran, ordenan y se instituyen nuestros conceptos sobre las cosas.
Podríamos decir que el libro, en apariencia, es sencillo. Pero hay que saber leer los textos filosóficos y la aparente sencillez – algunos de los párrafos aforísticos los escribió pocos días antes de morir - va adensándose, y haciendo emerger una sorpresiva reflexión sobre algo tan común y desapercibidamente cotidiano como son los colores.


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En principio, Wittgenstein se pregunta por una serie de aspectos básicos, que, o bien solemos dar por conocidos o sobre los que no hemos pensado una segunda vez. Su preguntar es ya la apertura a una gran reflexión. Por ejemplo:

¿Por qué no podemos imaginar una incandescencia gris?
¿Por qué no podemos hablar de la opacidad como una característica del color blanco?
¿Por qué podemos hablar de una luz roja oscurecida, pero no de una luz roja negra?
¿Por qué pensamos que el verde es un color intermedio entre el azul y el amarillo?
 
 
 
 
 
 
¿Cómo es que podemos hablar de unos colores referidos a fondos y otros a superficies?
¿Cómo es que es imposible imaginar un blanco transparente?
¿Cómo es que estamos tan seguros de lo que los ciegos no ven, de lo que supone la ceguera para ellos?
¿Cómo es que algunos colores poseen una mayor incidencia espacial que otros?

 
 
 
 
 

El que el negro absorba los otros colores, ¿pertenece a la lógica o a la psicología?
¿Emplearía un ciego la expresión “ciego al color” del mismo modo que lo hacen los no ciegos?
¿Es por razones lógicas o psicológicas que consideremos el gris como un color neutro?
¿Deberían tener los colores puros nombres especiales para distinguirlos de clasificaciones ordinarias equívocas?


 
 
 

El autocuestionario wittgensteniano tiene un efecto suavemente narcótico. Nos alucina lo real. Es decir, cómo componemos nuestra imagen de lo real sin saber de verdad las razones de tal proceso.
Wittgenstein niega que exista el concepto de color puro - la naturaleza es tan pródiga que es imposible extraer a partir de ella, claramente, esta discriminación -, en tanto que afirma que el mismo nivel de relación tienen para él los conceptos de sensación. Color y sensación poseerían una articulación semejante para nuestro pensamiento. Los colores no están, simplemente, a nuestra disposición, como lo están las palabras de un diccionario para nuestra consulta. Sus propiedades son huidizas o mixtas, puesto que los efectos psicológicos en los que vienen envueltos dificultan el esclarecimiento final de sus nociones. Wittgenstein llega a decir que una historia natural de los colores, pues, no podría construirse sino a partir de la aparición neta de estos en la naturaleza, convertidos, para nuestro conocimiento, en proposiciones temporales. Como el resorte de un mecanismo, diríamos…. La esencia relativa a la identidad de los colores, quedaría fuera de tal historia. De la Teoría de los colores de Goethe, Wittgenstein niega, incluso, que alcance tal entidad teórica. Su carácter predictivo es inexistente. Sólo destaca en esta obra la observación elemental de que ninguna oscuridad generará claridades por sí misma.
Wittgenstein afirma que no es su objetivo el crear una teoría. Su investigación se limita a rastrear la lógica de los conceptos de color. En definitiva, lo misterioso sobre los orígenes de la identidad que nos creamos sobre las cosas, persiste: “no hay un criterio comúnmente aceptado para lo que sea un color” 
 
 
 
 

 La sutil ubicación de donde parte la investigación de los colores wittgensteiniana nos la comunica el aforismo 234: la psicología conecta lo experimentado con algo físico, pero nosotros conectamos lo experimentado con lo experimentado. Es decir, no hay tributos a ningún conocer, se observan los distintos aspectos del color y sus consecuencias cognoscitivas a través de la evolución de los propios colores, sin configurar parámetros ni confirmar esencias ni principios. Teniendo en cuenta que para Wittgenstein lo importante de un concepto se revela en el uso que hacemos de él, formula una definición sencilla y precisa de lo que el mundo de la conciencia podría ser: no el conjunto más o menos denso o fantasmático de todas nuestras sensaciones, percepciones o juicios, sino su simplificación en “lo que estoy ahora viendo”.

La psicología describe unos fenómenos desde la psicología. La física hace lo mismo desde las competencias que la constituyen. El tipo de reflexión al que nos invita Wittgenstein sortea ambas disciplinas, planteándonos cómo creamos nuestros conceptos del irisado universo. Wittgenstein es consciente de lo que su tentativa podría implicar, aplicada al conjunto de nuestras ideas sobre el mundo. La naturaleza de tal tentativa la hallamos reflejada, sucintamente, en el aforismo 45 de la parte III del texto, : “Se debe siempre estar preparado para aprender algo totalmente nuevo”. 
Ese "totalmente" ¿no confirma la eterna lozanía del pensamiento?

1 comentario:

José Antonio Fernández dijo...

Lo más curioso es que el color es el reflejo de la luz que el cuerpo rechaza, la luz que no absorbe, la que no quiere. Vemos lo que es rechazado.
Buen artículo, José María.