miércoles, 25 de marzo de 2026

LA LIBERTAD DE LA POESÍA. La escritura líquida de Santiago Montobbio



Creo que podríamos definir elementalmente la obra de quienes actualmente se dedican a escribir poesía como una oferta de mundos. Cualquier obra poética lo es de modo común. Y ante una oferta, el lector es libre de elegir qué motivos, ritmos e intensidades le interesan más.  Hace unos años, en España existían escuelas  poéticas, estilos de escritura que competían veladamente entre sí: la poesía de la experiencia pretendía elevarse por encima de la del silencio; las poéticas autónomas se aislaban en su personalismo, en el conjunto de sus motivos inspiratorios considerados legítimos (Guillermo Carnero); otras poéticas se ligaban a un concepto terapéutico, lenitivo de la escritura en situaciones personales límite (un Panero, por ejemplo), otras se refugiaban en las cámaras exquisitas del culturalismo… Actualmente no existe debate poético ni escuelas percibidas como tales que se encuentren en supuesta práctica beligerante. La escritura poética ha explosionado en vertientes individuales y la perspectiva de campo nos muestra como producto de semejante tesitura, una oferta tan diversa como dispersamente relevante. Tras las eclosiones teóricas, antaño tan combativas como lúcidamente asumidas, hoy nos toca, quizá, recuperar los orígenes de la experiencia poética, volver a partir de cero tras haber despejado obstáculos del camino. Es por eso que cada obra poética se nos antoje hoy como epítome de trayectorias, especulación de lo que especulaciones precedentes dejaron.  Hago esta introducción para ubicar convenientemente la obra poética de Santiago Montobbio que como oferta entre otras igual de singulares, pretendemos reseñar en las páginas virtuales de este blog.

Hasta ahora, Montobbio nos tenía acostumbrados a una articulación de los poemas desde un aquí sin término, desde un concepto del presente como fuente secretamente ubérrima y continua de la musa, de la escritura. En realidad, esto no ha cambiado en cuanto a justificar su poética: digamos que se ha asentado, al buscar un cómplice regulador del tiempo del verso, de la expresión escrita: la combinación en un mismo texto de poesía y prosa. No es un mero experimento. La libertad de la poesía, es la consecuencia franca de un concepto de escritura y de experiencia literaria que ante el afluir de la realidad poética, ante su inmediatez, el autor permite que se encarne en una escritura continua; que la poesía, como fenómeno, emerja y se componga conforme se produzca ante una sensibilidad que es la que coloca las palabras precisas a ese flujo. Montobbio vence, quizás, pudores formales, y se atreve a formular la génesis simple de su poética,  de su emprendimiento literario. En el libro que nos atañe, Montobbio, casi a modo de manifiesto personal, nos dice: El escribir en libertad  y desde una manera natural en su más absoluta radicalidad, y que es el que casi se escriba en uno, que uno sea escrito.  Que la palabra se cumpla y haga fuera de todo programa o ideación o previas concepciones, y dejar que así se haga - hágase en mí tu palabra. Escribir como quien respira.

Esta localización de la poesía tan semejante al flujo de conciencia de las novelas, justifica el paralelismo de la escritura poética con la escritura de prosa en un mismo espacio contextual en el que quedan registradas ambas: el diario. Advirtiendo la proximidad conformativa de ambos géneros bajo una misma inspiración, Montobbio pensaría que una realización literaria tan feliz como integral de la eclosión poética y la linealidad prosística  hallaría una expresión unitaria en el formato indefinidamente plástico del diario. En este, tanto la poesía como la prosa, se encontrarían totalmente diferenciadas a la vez que constituirían una sola experiencia. El diario, en tanto que es otro género literario, en definitiva, se mostraría capaz de convertirse en receptáculo de varias escrituras, de asumir en lo ilimitado de sus componentes, ambas experiencias de vida, ambas tentativas confesionales y expresivas. Un diario no determina contenidos: al revés, es el tipo de escritura lo que crea al diario. Un diario lo puede ser de registros meteorológicos o de facturas, de sueños o de partidas de ajedrez ganadas, inventario de cualquier tipo de cosa o eventos, de frustraciones amorosas o deseos abortados. En esto consiste la dinámica virtualidad del diario, en su multifacética capacidad informativa.  Aquí, en este punto, creo que existe un matiz. Acabamos de decir que La libertad de la poesía se presenta bajo los ropajes movedizos del diario, pero me parece que utiliza a este como excusa para crear otra cosa. No creo que La libertad de la poesía sea un mero diario. Montobbio ha escogido este formato para articular la complejidad específica de una experiencia literaria en la que el tiempo y su trascendencia encuentran un cauce estratégico de expresión. En La libertad de la poesía, Montobbio ha actualizado poesía y prosa en un mismo discurrir, manteniendo la autonomía competencial de cada modo de escritura. Mientras la prosa nos informa sobre aspectos de la vida diaria del autor, comenta lecturas o anécdotas y esboza reflexiones literarias, la poesía, actúa como contrapunto a las linealidades de la prosa, emprendiendo el vuelo, activando las palabras de otro modo. Se puede tener la tentación de aproximarse a la intimidad cotidiana del autor, o bien, de eludirlo escogiendo sólo las unidades sugestivas de los versos. Uno puede hacer lo que deseé, claro, pero recomiendo que intenten leer pasajes que integren ambas perspectivas y se podrá comprobar cómo la experiencia de la lectura se dimensiona notablemente de esta manera, cómo los vínculos sutiles entre el logos narrativo y la gracia poética se dejan notar, o danzan en multiplicativa confluencia. Ya dije que la obra poética es una oferta de acceso a una experiencia lingüística y emocional.

Tanto la poesía como acaso, la prosa, son virtualmente inacabables en la perspectiva de Montobbio. Y ello por el mecanismo temporal que activa su escritura: un presente que, como tal, se produce indeterminadamente y no acaba porque entonces supondría el fin de todo. Un concepto así del evento poético, una suerte de inmanentismo poético, si me permite la invención, al  extenderse en el tiempo, puede suponer períodos de mimetismo e indiferencia. Es en este punto donde quizá el lector pueda hallar una objeción a la poética de Montobbio. Si escribimos como se respira, si la poesía es un flujo diario y sin fin, si renunciamos a una escritura más formal y contenida, corremos el riesgo de producir indiferentemente y acumular texto. El problema de lo cuantitativo aparece aquí, - La libertad de la poesía sobrepasa las seiscientas páginas - confirmando el riesgo de rozar  la monotonía. Borges destacaba el carácter de artificio de la poesía. Si la poesía se escribe casi como cualquier cosa, entonces deja de ser algo excepcional. Resulta curioso comprobar cómo cada régimen de escritura articula productos bien diferentes, casi antitéticos. Una concepción desmesurada de la libertad creativa malogra o enfurruña posibilidades literarias. Recordemos uno de los objetivos del primer surrealismo: la poesía será escrita por todos. Se equivocaron de prioridad. Lo que en realidad querían decir es que la poesía sería disfrutada por cualquier persona, no escrita por cualquiera. Si fuera así, la poesía dejaría de tener sentido, se convertiría en un hosco flujo sintagmático sin fin y sin belleza.

Este viene a ser el inconveniente de propuestas como la que se deriva de esta obra de Montobbio. La liquidez, la suma plasticidad de la experiencia poética concebida como emergencia continua del instante, del ir y venir del ahora. Confieso que cuando tuve delante el volumen de Montobbio, me pareció desmesurado y pensé que de igual modo la experiencia literaria que reflejasen sus páginas sería igual de riesgosa. Pero, no, en realidad se trató de una experiencia sutil y calma, tan evocadora como tranquilamente reivindicadora de un orden y una harmonía. Recordemos que la poesía es el lenguaje de lo posible. Lo dijo, nada menos que Heidegger. Y es esta concepción de la poesía la que legitima y ampara la aventura cordial de Montobbio.

martes, 24 de marzo de 2026

LECTURA FRASEOLÓGICA DE PROCESO Y REALIDAD Alfred Norton Whitehead




Desde luego no es mi intención diseñar una reseña común, integral, sobre el libro del filósofo inglés. Concibo el texto de esta obra, como una invitación a las lecturas, a las interpretaciones giratorias y divagatorias. Este texto es una aventura intelectual, un juego de audacias sintácticas, un manojo denso de observaciones jugando a articular el cuerpo formal de una teoría totalizante y cósmica. También es algo igualmente disparatado y delirante: el ensayo de una cosmografía, mejor dicho, no el ensayo sino su formulación misma.

Un texto como este que pretende describir el conjunto de los movimientos y desenlaces que realiza el cosmos intelectual para conformarse y articularse en su ser y en el tiempo, puede presentársenos bajo la audaz forma de una copiosa anacronía, de un intento utópico de comunicar la integridad de las relaciones universales.  

Un texto como este puede seleccionarse como tratado de asignaciones y especificidades del infinito. La lectura convierte en devenir lo que no es sino el denso aparataje de un significado mayor.

¿Hay espacio en un texto como este para que fragmentos de significado pasen desapercibidos al propio texto, o se escondan en el abanico general de sus propuestas? No he pretendido entender íntegramente el libro. Me he contentado con detenerme en pasajes concretos, en conjuntos de exposiciones que como urdimbre luminosa se agitaban dentro de su formulación maestra y valían como secuencias aforísticas, como engranajes singulares de significados cruciales.

He intentado con el texto de Proceso y realidad, no enterarme de la totalidad de lo que sus párrafos contienen sino de dejarme sorprender con pasajes concretos que han sustituido a la totalidad del texto. Fulguraciones de sentido han saltado a la atención intelectiva actuando como mensajeros de un sentido sutil y profundo, como vehiculadores de fragmentos de realidad discernida.

Que los fragmentos sean o representen  la totalidad del texto filosófico no es sólo una salida retórica, posibilitando las miradas poéticas al progreso de la exposición teórica. Lo que un texto dice no se resuelve en la revelación que impacte contra la comunidad de lectores por sus novedades conceptuales. Lo que el texto dice se queda en las entrañas del texto, como las pistas infinitas en espiral de un circuito pleno de significado. De un texto notable trascienden las definiciones más sorpresivas u originales con respecto a lo que se conoce o sospecha. Las disquisiciones más analíticas, los pormenores más específicos, son esa parte que al ser leídas informan y luego son olvidadas o supuestas, convirtiéndose en  las morrallas ilustradas del texto, el polvillo del entorno que acompaña al final de la obra o que se acumula, más o menos indiferentemente, en los márgenes.

Leer un texto de este modo, ¿quiere decir que me burlo del mismo, de sus pretensiones de autoridad? No, para nada. Precisamente porque invisto el texto de Whitehead de una seriedad total y de una  lucidez vertiginosa, me atrevo a contentarme sólo con partículas de concepto, con sintagmas precisos pero no finales ni ultimadores de los párrafos para así emprender el viaje conceptual y percibir una imagen global de complejidad efectiva a partir de brechas de discurso.

Las sucursales de sentido que a través de párrafos y capítulos componen la temática emprendida son en su conjunto percibido el mensaje esencial del libro, justifican la percepción apasionada del libro como un instrumento de viajar y concebir intelectualmente. El libro como un mecano de significaciones es una definición ya conocida del hecho del libro que no obedece sino a un concepto lúdico-semiótico del conocimiento.

Leer de este modo un libro tan ambicioso como este no es evitarlo o ningunear sus pretensiones, todo lo contrario, tiende a convertir su mensaje en un ensayo infinito, convirtiendo la obra en una fuente intermitente de revelaciones oraculares y de ensortijamientos regulares de significado y propuestas, en máquina productora de proposiciones y discurso.….

 

 


LÍNEAS DE DISCERNIMIENTO.

 

Advierte Whitehead que todo cambio o acontecimiento en la naturaleza es procesual. La idea de proceso implica la de un movimiento gradual y relativo, un movimiento que con su desenlace va articulando de un modo secretamente ordenado energías y disposiciones, reajustes y dilataciones. La idea de proceso parece llevar implícita la de una racionalización de los elementos conjugables con la intención de llegar a un resultado. Aquí también podría aplicarse el término de evolución, aunque sólo fuera para designar lúdicamente a los movimientos que se desarrollasen en el seno del proceso. 

 

 



JUEGOS NO DE AGUA SINO DE VERBOS

 

La peculiaridad de un texto se evidencia en el manejo curioso, chocante de sustantivos y verbos, de adjetivos que singularizan una observación, introduciendo la observación en una casilla que marcará los episodios de un estilo, los procesos intelectivos de un autor. Whitehead me sorprendió la primera vez que lo leí. Enseguida percibí la sofisticación de sus análisis, la complejidad de su filosofía.  Esto me ayudó a esperar de los textos del autor inglés nuevas  y fascinadoras entregas de análisis ultrainteligentes. En este orden, la capacidad del lenguaje se eleva como un arma única, como un surtidor de sustancia ultraterrena.

La cuestión es que en filosofía la fascinación del lenguaje procede de la precisión, de la verdad de las observaciones. No puede haber un lenguaje que se adecue a las especificidades de lo real tan auténtico como el filosófico. Es esto, la autenticidad lo que le presta su poder de fascinación-.

En Whitehead muchas veces la belleza conceptual no radica sino en la definición profunda de lo estable, de lo superficial, de lo elemental.

A propósito del poder positivador que posee el lenguaje, Whitehead  escribe: cierto es que en el lenguaje es donde mejor queda expresado el general consenso de la humanidad acerca de los hechos experimentados.

Es decir, el lenguaje es herramienta y lugar de verificación.

La filosofía es el gran útil de la filosofía. Y si llegamos a la locura de la clasificación de síntomas, conductas o biologías, es sólo porque a través del lenguaje se nos hace más accesible una comprensión de la complejidad de la naturaleza.

 




LO QUE SIGNIFICA DECIR ESTO Y AQUELLO

 

No hay hechos autosuficientes flotando en la no entidad.

Sin contextualizar minuciosamente, esta frase parece librarnos de cierto peso, de la presencia más a menos sospechada, más o menos fantasmagórica, de un ente sin formular. Parece querer decirnos que nada se articula fuera de una conciencia mínima de nosotros y de los que nos rodea. Nada que pueda ser significante se construye en el vacío y amenaza con obligar a nuestras mentes a calcular una dimensión movediza que incluso pueda influenciar nuestras actitudes u operaciones prácticas. Lo que soberanamente se conforma lo hace a través de un proceso de cuyos episodios debemos tener noticia. No hay pues conformaciones de vida independientemente de las conceptuadas y existentes en las leyes de la naturaleza.

 

 

TANTEO LIBRE

 

Whitehead afirma que no hay nada comparable al lenguaje a la hora de formalizar y dilucidar acuerdos con respecto a la naturaleza de algo que les afecte. Pero el otro lado  la practicidad del mismo obliga a que su eficacia dependa de los contextos en los que se articula, ya que como herramienta extraordinaria, sus aplicaciones comunicativas se realizan en circunstancias concretas de exposiciones y especificidades ambientales.

 

La naturaleza para Whitehead es un dinamismo complejo pero unitario. No hay zonas de desconexión o de ajenidad esencial. El denso y largo proceso que activa y es la naturaleza excluye de su realización profunda y real la existencia de compartimentos estancos en la creación. Podría parecer una observación muy en acorde con las ideas expresadas en los grandes mitos sobre el universo, pero se trata de una determinación extraída de la observación experimental. La completud de la palabra no dice la extensión del universo: es la realidad fractal infinitamente conjuntada la que refleja la unidad de un sustantivo cuya dinamicidad consiste en una relación de nexos.  Whitehead menciona el carácter finalmente fallido del racionalismo como sistema verificador de hechos. El racionalismo, en este ámbito tan técnico y específico puede aportar toda la densidad lógica de su aparataje, pero no por ello se convierte en la máquina confirmadora que la ciencia va buscando. De acuerdo. El racionalismo puede interesarme ocasionalmente. Pero fuera del espacio de competencia que Whitehead reclama para la investigación, yo sí creo que la razón pueda ilustrar los tramos más abruptos de la vida y sus evoluciones en torno a los intereses más humanos. Racionalismo, bueno. Razón, totalmente. Pues como los mismos griegos ya afirmaban, la razón no es un aparato estático sino que va creciendo con el tiempo y las experiencias humanas. El concepto de razón que debiéramos manejar, preferentemente, se aproximaría a las plasticidades perceptivas e imaginativas de la poesía, tal y como una María Zambrano expuso en sus obras. Y además, podemos adjuntarle a sus soberanos modos, el aporte preciso y luminoso de la intuición.





TODO FLUYE Y TODO PERMANECE

 

Según Whitehead, esta es la clave de la filosofía occidental, la dilucidación de la aparente paradoja: todo fluye y todo permanece, la sístole y la diástole de todo movimiento vital, el eje fundamental sobre el que se articula el enigma doble de  lo que existe. A veces el conjunto de datos constatados sobre  lo que permanece bajo el aluvión de los distintos fenómenos, constituye un documento suficiente que localiza pasajes de realidad que emergen regularmente, confirmando una suerte de eterno retorno de cosas conformando un mundo. El otro gran fragmento del universo que fluye y constantemente se trasviste de apariencias sucesivas y contrarias, que conforme aparecen,  desaparecen, no contraría la entidad intelectual de lo supuestamente estable. Del mismo modo que podríamos afirmar que el tiempo no existe, pues la sola experiencia del presente, del éxtasis amoroso o del vuelo estético parecen modificar las servidumbres de la finitud; o bien,   considerar que, efectivamente, que el tiempo sí existe al consultar con la memoria, la historia, y nuestra propia experiencia que nos remitiría a percepciones de  la infancia, la afirmación que hace converger la definición de lo que permanece en este mundo y la que lo hace sobre lo que se metamorfosea o desaparece, no tiene por qué provocar el desasosiego de la contradicción, pues cada concepto es de proyección autónoma y ofrecen además, un furtivo índice de complementariedades. Lo que comporta el fenómeno universal del tiempo sobre todo ente o criatura, no supone la cancelación de alguno de sus pasajes. Los que desaparecen según el curso del tiempo y de la historia se registran como componentes negativos que facilitaron el progreso de otros hechos universales del gran proceso cósmico.   

 



 DINÁMICAS DE LA DESCRIPCIÓN CONCEPTUAL

 

Lo que me resulta curioso de Whitehead es que siendo un filósofo de la ciencia, arriesgue notablemente en la expresión escrita cuando lo que pretende explicar es complejo. Y Whitehead habita con regularidad el ámbito de lo complejo. Es cierto que el mismo Whitehead afirma que uno de los mayores poderes del hombre es el de la palabra. Con la palabra nos expresamos, nos comunicamos, realizamos obras literarias, filosóficas, analizamos el mundo, le ponemos nombre a las cosas que a partir de tal bautismo van a formar parte del mundo sistematizado y emocional.

Lo que también me parece sorpresivo es que observo similitudes expositivas o lingüísticas entre la escritura teórica de Whitehead y las elocuentes expresiones filosófico-verbales de Deleuze. En realidad tampoco es tan extraño, teniendo en cuenta lo que ambos autores intentan desentrañar: combinaciones espacio-temporales complejas actuando y configurando la realidad. Cuando en la Lógica del sentido Deleuze pone en marcha los motores para demostrarnos la red de relaciones que componen las articulaciones del significado, o Whitehead, en esta obra que comento, Proceso y realidad, nos habla de las ubicaciones representacionales que definen a la Divinidad en una asunción de la totalidad, ambos filósofos logran emprender una carrera de obstáculos sólo franqueada por el virtuosismo estilístico incluso retórico que poseen.

Whitehead, al idear expresiones que describan la realidad de un sujeto moviéndose por el espacio y el tiempo se apoya en la geometría y es ahí que ofrece curiosas semejanzas con la construcción de sentido que Deleuze aborda. 

Cuando estos dos autores describen el desenlace del tiempo en sus escenarios más generales y complejos, la perspectiva, el lenguaje utilizado, la tónica estilística es muy parecidos, o coincidentes, incluso en algunos pasajes, resultan sorpresivamente idénticos.

Whitehead, aunque no excluye los elementos o esconces más comunes imbricados en la complejidad, planea con tranquila meticulosidad entre la espesa información que no solo maneja sino que ha sabido extraer y ubicar en un plano formal.

Para mí, tanto Deleuze como Whitehead son productores de alta literatura. Mucho antes de conocer el revelador dicho de Borges sobre la obra de San Agustín, aquello tan sorpresivo de que los grandes teólogos o filósofos debieran ser considerados como autores de literatura fantástica, siempre he consumido filosofía como si fuera el género literario más suntuoso y singular, en las mismas plásticas coordenadas que la poesía. No se trata de una mistificación o de una interpretación frívola. Siempre he disfrutado con los libros de filosofía, degustando las frondas conceptuales cuya exposición minuciosa me ha parecido el don supremo de los que ostentamos el logos en nuestras obras. El placer de la lectura filosófica reside en aquello que decía Sijé, lo de la pasión crítica. Es con ella como accedemos con placer a las cámaras conceptuales para, a continuación, fascinarnos con el rosario verbal que los filósofos hayan escogido para delinear sus resultados cognoscitivos. Es un todo que se efectúa del mismo modo: gozar leyendo, gozar disfrutando.

La poesía también accede a los misterios del ser, pero en la proa filosófica lo emocionante es que el vuelo verbal es sustituido por las dinamicidades de la elocuencia y que desde ese espacio llano, el razonamiento hace surgir estratos y fallas convulsivas, racimos adjetivales, frondas analíticas, unidades vertiginosas al lado de copiosos exámenes en busca de las resoluciones que giran en sus vainas formales y camuflajes.

Sin terminar de leer el libro entero, y sabiendo lo que esperaba al final, me precipité a descubrir qué misterio cenital y elusivo nos comunicaría, qué convergencias revelaban el puesto de las cosas en el universo. Sin alaracas, el final de Proceso y realidad nos habla de que Divinidad y universo se adecúan entre ellos, que ambos forman parte de un mismo movimiento que asume y encarna períodos de complejidades y respectivos grados de irrigación conformadora. Hay cierta funcionalidad en esta descripción final, pero la coherencia filosófica de tales figuras en el paisaje anfractuoso descrito por Whitehead es innegable.

 

 



LÍNEAS DE DISCERNIMIENTO TECTÓNICO-BIOLÓGICAS

 

Perdóneseme el atrevimiento: del mismo modo que para mí el tiempo no existe y sí existe, simultáneamente, Whitehead afirma que el nudo gordiano de la metafísica consiste en identificar el misterio que supone el que todo fluya y se transforme conjuntamente, que existen cosas que perduran, que bajo la cáscara perceptible de la metamorfosis, continúan allí como motivo, como tema filosófico, como implicación ética, como eje de la vida.

Pero antes que nada, Whitehead afirma que todo en la naturaleza es de carácter procesual. El proceso indica que todo elemento vital se coordinará y se relacionará con otros para permitir el avance y creación de la vida, que no existe nada que haya aparecido en el mundo para no modificarse o al menos, no relacionarse con sus consiguientes contextos. Si hay periodos en la naturaleza hostiles a lo vivo, aunque ello alcance un grado extremo, terminará por dar paso a una transformación o a un renacimiento de lo estancado o destruido.

Podemos acusar sofisticaciones en lo puramente teórico, pero el nivel de complejidad actuante en los diversos estratos de la naturaleza es formalmente comprobable tanto por los presupuestos científicos convertidos en protocolo de investigación, como por el razonamiento capaz de considerar los puntos elusivos de los que parte el magma de las conexiones y relaciones.

 



EL ORIGEN DE LAS HORAS

Todo ser viviente transiciona. Es más, la transición es el fenómeno que constata la diversidad en formación, la configuración de lo viviente. La transición global certifica el movimiento de lo vivo hacia sus destinos varios. Las transiciones internas se refieren a la conformación individual de cada ser viviente en relación a su propio cuerpo. Una definición sutil del motor del cambio universal, es la alusión al tiempo: la transición es el originarse del presente conforme a la potencia del pasado. Es decir, en tanto que el concepto de transición informa sobre la historia del sujeto, este atesora como realización en su persona y memoria, la acción propia de lo efectivamente realizado ligado indiscutiblemente al progreso vital: el volumen de acción del pasado inmediato. El presente se hace gracias a lo que acaba de hacerse y le permite dar el siguiente paso, es decir, el pasado es lo que acaba de efectuarse en mis competencias vitales y que al empujarme hacia adelante se convierte en pasado inmediato. Mi percepción clara del entorno, ahora se ha hecho posible por las acciones implicadas en mi ser que al ser ejecutadas e ir a incorporarse en mí como información y estímulo, se hace pasado ya con respecto al estado actual real. El presente es contrario a toda conformación estática o definitiva. El presente está atravesado de fibras de pasado metamorfoseándose continuamente en presente al ser aceptadas por la conciencia.  

 


TRIZAMIENTOS VERBALES

A lo largo del texto, Whitehead va desarrollando algunos conceptos que pretenden especificar y clarificar en lo posible, contenidos muy concretos relativos a la naturaleza transformativa de los sujetos y las cosas. Conceptos como concrescencia, hacen alusión a estos aspectos, y aunque parezcan invención de Whitehead, ya pueden rastrearse sus rudimentos en autores filosóficos de varios siglos atrás. A mí son precisamente estos conceptos los que veo más prescindibles si no se asumen dinámicamente al inicio de las exposiciones Ante la lucidez e inteligibilidad de algunos pasajes que afirman cosas generales pero importantes, estos conceptos explicativos de los procesos concretos resultan inoportunos, demasiado teóricos incluso para un inglés. Es explicable: si no integras un término nuevo al grueso teórico que vas manejando, tal término solo orbitará ocasionalmente en la lectura, cuando no, tenderá a desaparecer ante otras invocaciones más inteligibles.

Una obra filosófica implica un texto en el que las diferentes ideas o sistemas se encuentren convenientemente descritos. Pero de tales obras, lo más concluyente termina siendo lo más característico, lo que logra resumirse en una definición, concepto o idea. Y no me refiero sólo a la memoria común o a las pretensiones del vulgo, sino también para una cierta memoria de élite. Las consecuencias de conocer o ignorar lo que significa la concrescencia, por ejemplo, son poca cosa ante lo que el filósofo se atreve a afirmar al inicio de uno de los capítulos:

No hay nada en el mundo real que sea meramente un hecho inerte. Toda realidad está para sentir: promueve la sensación y es sentida. Tampoco hay nada que pertenezca únicamente a la privacidad del sentir de una actualidad individual. Toda génesis es privada. Pero lo así generado se extiende públicamente por todo el mundo.

La libertad y soberanía de toda existencia se prologa aquí, aclarando la relacionabilidad de todo hecho con otros o con el contorno, al tiempo que se afirma la imposibilidad de que cualquier acontecer o cosa fluctúe en los límites estrictos de una sensibilidad individual, que tal acontecer o cosa pertenezca exclusivamente al reducido ámbito de una individualidad existente. La soberanía de lo que les ocurre a los vivientes radica en el hecho de que si bien las percepciones del mundo se elaboran y dilucidan en la sensibilidad del sujeto, el resultado de tal proceso interno acaba siendo manifestado a los entornos vivenciales, hallando una difusión y direccionándose hacia la representación general, lo que acabará por normalizar e integrar la suma de las percepciones del sujeto como memoria común.    

   


INDICACIONES PUNTUALES

 

Típica expresión de Deleuze enunciada por Whitehead: una molécula es un itinerario histórico de ocasiones actuales, y dicho itinerario es un “acontecimiento”. La imaginación del francés asomó en el pasado a través de la ocurrente mentalidad de un barbilampiño inglés. Sin comentarios.

 

Indiscutible y enunciador de la no condición del universo en sus evoluciones performativas: El mundo es autocreativo.

 

Aproximándonos a la patafísica por lo chocante y complejo de lo obvio: la extensión, aparte de su espacialización y temporalización, es aquel sistema general que proporciona la capacidad para que muchos objetos puedan soldarse dentro de la unidad real de una misma experiencia.

 

O bien: Dios es el órgano de la innovación, que tiende a la intensificación.  

 


 

NO EXISTE LO QUE NO SE BUSCA…

Soñé esta frase hace unos años y casi no tuve necesidad de apuntarla: su contundencia tanto conceptual como enunciativamente onírica, impactaron con incisiva sorpresa en la memoria. La evoco en medio de esta multi-irrigación filosófica y terminológica, a propósito de la capacidad germinativo-conceptual del hombre, a propósito de lo que es posible dirimir, analizar, describir del universo que nos rodea y somos. Alguna vez he dudado de la inocuidad de la invención conceptual, de la inutilidad o espectralidad que hay o conforma un libro. Pero constatar la exquisitez racional, la belleza intelectual que integra un texto, no hace sino maravillarme de las realidades que somos capaces de detectar y de las que tenemos que dar alcance. Y es increíble que ante vidas humanas extraordinariamente limitadas por la pobreza o la enfermedad, la riqueza conceptual que brota de una obra filosófica o literaria, confirme la enormidad de la misión de justicia y harmonía que debemos realizar.     

martes, 17 de febrero de 2026

LECTURAS-RELECTURAS


 

Cómo me justifican íntimamente la serie de conceptos que Manuel González de Ávila, en su brillante libro Semiótica, la experiencia del sentido a través del arte y la literatura, va exponiendo y describiendo. De Ávila habla de las figuras del lector y del contemplador, dos  personajes clave en la dilucidación de una semiótica de la presencia. Se trata también, de una teoría estética. Las obras de arte no son meras conformaciones visuales que inercialmente se presten a una mirada ociosa. Las obras de arte interactúan con nuestros presupuestos conceptuales y éticos, nos provocan desde sus respectivos lenguajes, orbitan sobre nuestros sueños, nos obligan a crear respuestas a sus ofertas de mundos. Yo soy, desde luego, lector, pues no ceso de rastrear el sentido de las cosas en cualquier ámbito que se produzca algo. Siempre me inquieta porqué ocurre algo y qué sentido tiene en el conjunto de las otras cosas existentes. Y soy, desde siempre, contemplador, porque la realidad me fascina y me hipnotiza e incluso me aterra, desde donde esta se dé.

 

Estoy leyendo el que creo es el último libro de poesía de Jenaro Talens, La velocidad de la sombra, y vuelvo a constatar el poder metafórico de este autor y su capacidad para reflejar la historia profunda del sujeto en sus textos. Veo a Talens como una vibrátil inteligencia a la que ya no se le escapa nada.

 


Estoy leyendo Psyche, del filósofo romántico, Carl Gustav Carus, al que no conocía casi de nada. Creo que algún autor lo mencionaba en alguna obra que leí hace un tiempo, pero no sabía del relieve de este personaje. Como toda la contundente pléyade de filósofos alemanes de la época, es decir, todo el ancho y hondo del siglo XIX, Carus se interesa por el inconsciente y sus brumas originarias. Esta pieza, Psyche, es una descripción morfológico-filosófica de la encarnación de vida en los seres vivientes a través del alma. Como suele ocurrir cuando uno frecuenta ese evento intelectual que es el grueso de los grandes filósofos alemanes del XIX, sorprende la dilucidación extrema, la racionalización sin cortapisas de las más densas urdimbres del espíritu, la harmónica línea mantenida entre el discurso científico y el análisis subjetivo. Sorprenden estos momentos de revelación de lo numinoso, cómo y por qué en la historia se produjo a través de la intelectualidad alemana este hallazgo de lo abisal.

Estoy releyendo Algunos tratados en la Habana del gran Lezama Lima. Cada artículo una obra maestra, pero no, meramente, de crítica literaria, sino de revelación hermenéutica. Para Lezama la cultura universal se deshoja en períodos determinados por la fuerza significativa de las imágenes que tales períodos han urdido y producido. La imagen es más que un argumento o una justificación teórica, más que una coartada: es la condensación específica que expresa los movimientos decisivos del espíritu, lo que muestra la suma de la intensidad y la inteligencia, configuradas en un motivo que identifica el devenir de tiempos secretamente consumados. Para Lezama la cultura universal es un festejo enorme y fascinador de elementos en rutilante combinación, el resultad de una colisión blanda de pasiones y cifras, de alfabetos y sortilegios. Me repito sobre el tema, pero sigo sin entender por qué los poetas españoles puedan tener a un Lorca como referente imaginativo de sus creaciones y cuasi olviden el torrente lingüístico de un Lezama, que conecta fulgurantemente con nuestros clásicos barrocos.     


martes, 10 de febrero de 2026

LOS SABORES CONCEPTUALES DE LA LITERATURA

 

Factores sociales, educacionales, lingüísticos determinan a veces los productos de la inteligencia. Estos períodos pueden ser flamígeros en lo que descubren o describen, en cuanto al centro semántico que abordan y dan a la luz. La pléyade de filósofos alemanes que nos da la definición primera de lo que fue el romanticismo, configura un número de autores que aparecen tanto consecutivamente como simultáneamente en el espacio-tiempo. ¿Cómo definir esta suerte de  implicación en un solo fenómeno representado por poetas y filósofos? ¿Qué suerte de consigna compartida hace que trabajen en el desciframiento de una nueva sentimentalidad, de un mismo concepto de mundo?

Algo semejante ocurre con ese conjunto de artistas y poetas que con el advenimiento de una sociedad cada vez más tecnologizada y urdida al compás de una velocidad notablemente incrementada con respecto a generaciones anteriores, produjo los grandes movimientos de vanguardia a pesar de la escenografía de fondo de la primera guerra mundial: el dadaísmo, el expresionismo, el surrealismo, etc...

Necesitaba de esta proyección general para ubicar el objetivo que comprende el porqué de la sensibilidad y singularidades del estilo levantino en literatura.

Unas lecturas de Josep Pla me han hecho plantear la razón profunda de la composición o composiciones que articulan una escritura como la suya, tan clara como rebosante, tan directa como elocuente, tan entretenida como reveladora. Pero lo que me interesa no es el recuento de propiedades estilísticas en sí para la redacción de programas de estudio o captación de tendencias generales que fueran a definir qué tipo de literatura se hacía décadas atrás. Lo que rastreo es la capacidad de la imaginación a través de la literatura para describir estados espacio-temporales, huidizos o marginales por su propia naturaleza, cómo la mente imaginativa  halla o recrea estos imposibles fugaces como estelas de un estado del mundo. No me refiero a los viajes barrocos que la palabra inspirada puede trazar en ocasiones de deslumbramiento intelectual, sino a esos flancos desleídos que perteneciendo a pasajes de la historia, esta no describe.

Esta vez, mi lectura de Pla se ha encontrado con que el poder de la elocuencia no consiste en presentar la realidad en toda su vivacidad e interés vital, sino en llegar a visionar lo que la perspectiva común arroja a los márgenes o desprecia, los momentos huidizos que aunque insignificantes para el desarrollo narrativo, poseen una existencia virtual que sólo la literatura puede captar y presentárnosla, aunque sea casi como una fantasmagoría.

Pensando en las características de la literatura levantina, he dado con otros nombres que ahora me lanzan rayos de una tornasolada intensidad.

Azorín, con su visor de maceramiento analítico para concebir las cosas como masas sutiles de detalles; Miró envolviéndonos en flujos y reflujos de texturas desprendidas de una materialidad musical y espectral; un Ramón Sijé, que prefiere celebrar las propiedades de los objetos a través de una comprensión jubilosa y lúdica de su significación conceptual; un Joan Fuster que en el ámbito estricto del ensayo y la producción aforística, se especializa como hiperagudo tirador sarcástico. Incluso citaría aquí a Miguel Hernández, quien a través de sus contadas muestras de prosa poética, demuestra una capacidad sobresaliente para sintetizar los complejos fenomenológicos concretos de los motivos que componen temáticamente la ciudad y el campo.



Quizá sea algo vago citar a estos autores excluyendo otros por la sola razón de la pertenencia de tales autores a una ubicación geográfica concreta. Las similitudes pueden brotar y nosotros elegir el momento oportuno de asociarlas. Pero no creo que la relación espacial como acuñadora de una sensibilidad o de un humor sea algo olvidable. Lo que uno tanto a Josep Pla como a un Joan Fuster con un Gabriel Miró o un Ramón Sijé, es una sensorialidad conceptual que se resuelve en una escritura tan rebosante y voluptuosa que parece clarividente en los conjuntos descriptivos. Podríamos hablar de un elemento definidor como hilo común de este tipo de prosa: independientemente de la base cultural real, compartida generacional e históricamente, el criterio que determinaría un instinto.

Una geografía intelectual localizaría temas y propósitos, no sabemos si someramente inteligencias y ambiciones. Habitar la tierra supone la prestación de hacerlo harmónicamente si sabemos hacer eso, habitar la tierra, no sortearla o adaptarse compleja o conflictivamente a ella.

Pla da la sensación de saber moverse en distintos ámbitos reflexivos sin tener que abandonar la casa. La completud de Pla como escritor profesional y periodista logra este acaparamiento. La vivacidad de Pla es consecuencia de un intelecto dinámico, accionador de una escritura que se despliega combinando el dato histórico con un desciframiento lúcido e instantáneo.

Y como he señalado, lo que me emociona en la tornasolada prosa de Pla son esos instantes en que describe, localiza, identifica rincones y ambientes cuasi virtuales que el historiador desprecia o ignora y que el escritor articula en una adivinación imaginativa de momentos del pasado o del presente inmediato.

No se trata de algo que Pla explote sino que forma parte de su sandunguera escritura, de su despierto  modo de entender el mundo. En definitiva para un escritor la historia no es sino una sucesión de escenas y cuadros que funcionan como provocadores de su arte narrativo o escritural.  Y en la creatividad en que una escritura tal reposa, se advierte el poder hermenéutico de la imaginación. Tan sólo un ejemplo extraído del libro de Pla sobre el pintor Rusiñol (Rusiñol y su tiempo): En verano, en el verano sensual y húmedo de Barcelona, se organizaban las sortiges en los terrados, con las sandías y melones  puestos en los cubos a refrescar y el griterío alocado de la juventud bajo el cielo lechoso, ligeramente amoratado, lánguido, pesado.

¿Cómo que el cielo de aquellos veranos finiseculares barceloneses eran lechosos, ¿ligeramente amoratados! Y encima, lánguidos, pesados… ¿Vio Pla ese cielo o se lo imagina? Y si los imagina, ¿cómo llega su sensor a ser tan específico como para indicar que la lechosidad del cielo estaba teñida ligeramente de violeta y que su densidad era lánguida y pesada? El atrevimiento de Pla es sorprendente, pero Pla no inventa, crea a partir de su información y de los detalles recogidos por la experiencia, y si inventa lo hace acertando. Con sólo un ejemplo como este ya podemos afirmar el carácter tanto documental como fantástico de la literatura, cómo esta nos sirve de medio de contacto con los mundos que fueron para ofrecernos una vívida representación de los mismos ante otros modos representativos más formalizados como la pintura, por ejemplo. Podríamos buscar otros ejemplos de sobriedad distinta pero de plasticidad similar. Pasajes escogidos de El humo dormido de Gabriel Miró, nos parecerían igual de estimulantes pero de tempo más concentrado, revelaciones sabias del propio tiempo hablando de sí a través de detalles paisajísticos y emergencias poéticas. La realidad, pues, no se extingue: halla en la expresión artística un marco de ubicación sorprendente desde el cual sus episodios transcurren vivos para siempre, renacientes tras cada lectura.  

 

LA LIBERTAD DE LA POESÍA. La escritura líquida de Santiago Montobbio

Creo que podríamos definir elementalmente la obra de quienes actualmente se dedican a escribir poesía como una oferta de mundos. Cualquier...