martes, 3 de febrero de 2026

LA ESCRITURA DIARIA DEL DIARIO




Estos días me encuentro leyendo el diario íntimo de Cesare Pavese. Hasta hace dos días creía que Oficio de vivir era el epígrafe de un poemario del autor, pero se trata del nombre de este diario. Pavese siempre me pareció un tipo durillo, difícil de ánimo y de trato, pero desconocía sus incursiones en los laberintos subjetivos y torturados del yo. Con esta lectura a mí también me han entrado ganas de hacer alguna que otra confesión. Padezco esta estimulación digamos mimética.

 

La gracia es descubrir, constatar que el conjunto de tus experiencias al intentar ser explicadas o relatadas a otros, cubran una dimensión de lenguaje lo suficientemente relevante. Entonces parece que tu vida o lo que vas viviendo alcanza una trascendencia que el lenguaje ratifica y consagra. Que lo que vivas encarne, lingüísticamente, un orden, un empaque conceptual, aunque lo que se describa sea una madeja de desastres íntimos o todo lo contrario, compensa tu dolor. Ya estás ahí, ubicado en el árbol anónimo de los sufrientes cósmicos.

 

 Pavese resulta muy inventivo a la hora de realizar crítica literaria. Habla de tipos de imágenes como determinantes del cariz narrativo o poético de un texto. Se adelantaba al modo en que algunas escuelas semióticas han analizado los elementos funcionales de una obra literaria. Hay en Pavese una voluntad de ser muy correcto y preciso cuando desea hablar críticamente de una obra literaria o de un autor. Por otro lado se revela en sus notas un carácter difícil de tratar, contundente en su relación con los demás, antipático y directo. Esto es lo que parece que le pasó fatal factura en vida amorosa. 


La vida me espanta y me fascina. Jamás seré un adulto.

 

La felicidad del diario es la legitimación de la percepción lúdica de tus propios abismos. Eres dueño de ser exhaustivo o sintético con el material de tus deseos, sueños y felicidades vividas. Es de nuevo el destino lingüístico de tus experiencias lo que determina la intensidad y epicidad de las mimas.

 

Un diario íntimo como un relato de delirios lúcidos.

 

La materia más inmediatamente literaturizable es la vida propia. Si sabes cómo extraer los fragmentos de interés objetivo y sopesar las consideraciones subjetivas dignas de un interés critico o general, estás en disposición de articular un diario que se convertirá pronto en obra literaria considerable.

 

Necesito parar o esquivar la cantidad de cosas que suceden, pero no por el mero aspecto cuantitativo sino porque la importancia de lo que ocurre ha adquirido con los años una significación total y a veces, aniquilante. Mi mundo se está llenando de personas ausentes, de gente que ya no está, de muerte, en definitiva, paulatina y progresivamente. Pero es que al mismo tiempo me voy dando cuenta de que resulta imposible asumir cada desaparición, por ello me acuerdo de ese dicho más o menos popular que dice que  es necesario olvidar para seguir disfrutando de la luz del día. En realidad no olvidas meramente, sino que tu memoria va colocando a los que se han ido en un depósito ingrávido que permite el que la percepción del espacio vivo cotidiano no se oscurezca o colapse. Olvidamos pero sin olvidar. El olvido está poblado de ausentes que ocupan una suerte de ahora sin ahora, cuya única actualización es el recuerdo.  

miércoles, 28 de enero de 2026

FUENTES MANANTES


 

Podríamos llamar fuentes eternamente manantes a esos motivos, símbolos, obras literarias, o autores cuya consulta o frecuentación irrigan nuestro ánimo creativo y  renuevan las razones por las que nuestra escritura retoma caminos y perspectivas.

En mi caso podría especificar que mis dos platos más exquisitos al respecto lo constituyen, por un lado, toda la gama investigativa que las tramas semióticas articulan sobre cualquier tema cultural de relevancia, y por otro, la persona y obra de Lezama Lima.

Ambas cosas tienen mucho en común, yo lo advierto así: el despliegue conceptual de la semiótica se corresponde con los apiñamientos y evoluciones de la poesía y el discurso barroco de Lezama.

Si los cito aquí, es con toda la intención reivindicativa. La semiótica es una disciplina que se actualiza constantemente, que no se estanca en definiciones formuladas décadas atrás, y que permite a través de una multiplicidad concentrada de cauces la exposición de enfoques y análisis notablemente audaces. Por ello los análisis semióticos me dan seguridad intelectual, porque trabajan obras y fenómenos actuales. Por su lado, la obra de Lezama es un fuego demiúrgico, una corriente lustrosa de agua primera que brota constantemente renovando la sucesión de imágenes que encarna las metamorfosis de la realidad.

Cada vez que me acerco a la palabra de Lezama, me asalta una novedad, el giro prismático de un verbo que ha captado la esencia del mundo y puede nombrarla diversamente porque presenta una lucidez multidimensional. En Lezama el experimento verbal es legítimo, es más, en Lezama no hay experimento sino la toma de lo real en la que interviene toda oblicuidad devenida expresión sustancial. El decir de Lezama es insustituible, su tesón elemental se responsabiliza de la multiplicidad de las apariencias, de los devenires súbitos, de la complejidad de las conformaciones, por eso su barroquismo no es ningún ismo tendencioso sino la encarnación de un registro originario y fundante. A veces es insólitamente literal, pero lo es cuando la realidad se ha conformado de tal modo. Es entonces cuando parece más barroco aún, pues su poesía no utiliza voluntariamente espejos deformantes. Lezama conoce qué virtualidades atraviesan a los objetos, qué relieve fosforescente adquieren estos cuando a través de la imagen conformada acontecen como entes significantes. Y Lezama conoce porque no es un mero fabricante sorpresivo de imágenes y acendradas exposiciones prosísticas sino que asiste al punto de eclosión en que relación de hechos y expresión de los mismos producen soberanamente la metáfora. La copiosidad que facilita la localización de lo analógico es una virtud de la percepción lezamiana. El mundo exhibe su energía y riqueza entre arborescencias lujosas. Lo que descubre y define este mundo en su esplendor flamígero y selecto es el verbo. Lezama lanzando desde los confines del verbo su rosario de fulgores oscuros es sabio, porque su aposento es el propio verbo, las fibras nominadoras de lo que el tiempo guarda en sus pliegues.

Y sigo sin entender ese desvaído puesto que Lezama ocupa en las letras latinoamericanas teniendo en cuenta que es creador de un idioma propio dentro de nuestra lengua común, como si la docencia prefiriera obviarlo por su compleja singularidad. Sigo sin entender que falte apasionamiento ante la obra de Lezama incluso entre los propios poetas españoles, teniendo en cuenta que nuestros clásicos son barrocos y contemos entre nuestras esplendentes listas a poetas como Juan Ramón Jiménez, Góngora o Lorca.

La semiótica también encarna riqueza con su respuesta intelectual a los trayectos diversos que a veces suponen las cosas y los hechos de orden social y cultural. Imagino la semiótica afrontando esas galaxias de signos que son el mundo, descifrando relaciones de enunciados como las hojas pululantes de una enramada.

Practicar los balances semióticos ante cualquier fenómeno, supone practicar una fe, así como confiar en que la excelencia retórica de la poesía, en este caso la de Jose Lezama Lima, salve mi espíritu: la fe en la palabra, en la cultura.

Los signos se destrenzan sobre los paneles desleídos de la tarde. Un flujo fosfórico delinea rastros de estrellas en tu mano, al tiempo que un diligente  velo incandescente protege lo que unos labios remotos nos van a confesar.    


jueves, 22 de enero de 2026

 

SENTIMENTALMENTE

Lo que últimamente me está ocurriendo cada vez que evoco algún recuerdo relacionado con los últimos años o me vienen a la cabeza cosas ocurridas hace mucho tiempo, se parece a la sensación que uno tiene al sumergirse lentamente en una bañera: una suerte de velo vibratorio me recorre el cuerpo y me cubre la mente y una mezcla de melancolía intensa y dulzura mezclada, me sume en un estado de fuerte abandono. Me atomizo, por instantes, en lo remoto que fue y ya no volverá a suceder. Este no volver a suceder de las cosas se refiere a que no volverán  a suceder del mismo modo que antes. Lo pasado se preserva en la memoria como en una suerte de cámara frigorífica pero es imposible resucitarlo, o, al menos, resucitarlo del modo en que uno lo desearía, es decir, de modo inmediato, casi por arte de magia. Esperanzar el presente puede realizarse, claro está, a través de la lectura de un poema, gracias al poder evocador y cordial de la música, reinstalando motivaciones varias que impliquen a tu inteligencia en el ahora, recuperando las relaciones personales con los demás, limpiando de pronósticos pesarosos la vida que te es dado vivir y que legítimamente te pertenece…

Mi estado de ánimo postnavideño es este: una especie de crepitación continua del pasado que cada vez se afantasma más y más, perdiéndose en un túnel oscuro y junto a ello una sensación que sí es patógena y que tiene que ver con lo más amargo que soterradamente me tortura: lo que nunca llegué a vivir y con el tiempo, se envuelve en la cuasi certeza de que nunca viviré.


Todo esto se vivificó el otro día cuando, examinando páginas en internet de fotografía artística, de pronto di con esta imagen que me hizo viajar enseguida a los años ochenta y a las ilusiones que un chico de veinte años, entonces, quizá pudiera tener: una delicada señorita sirviendo en una sofisticada cafetería.

¿Por qué esta imagen me atravesó el alma como una flecha y me hundió de inmediato en una tristeza dulce y letal,  a la vez: porque tal flecha quizá fuera de Cupido? Ay, ay… Llegué a pensar que esta chica anónima quizá me recordaba a alguien, a alguien a quien viera fugazmente sirviendo en algún local hace décadas y me hiciera tilín… No sé. La cuestión es que al dar con esta foto, todas las delicias y sueños de los ochenta se levantaron simultáneamente en mi imaginación para volver a sumirse en la sombra en donde permanecen enterrados. La reacción típica del alma que reverdece ante una alusión a las maravillas vividas para desilusionarse casi al mismo tiempo y regresar a su letargo indefinido. En ese limbo de virtualidades y vida no vivida es en donde, actualmente, me encuentro.

lunes, 12 de enero de 2026

RECUERDOS DEL PARAÍSO

 

Las grandes pinturas son apoteosis del paraíso. Según la anamnesis platónica ya estuvimos allí, ya residimos en la felicidad. La circunstancia dolorosamente novedosa que vivimos es que actualmente se nos arrebató y erramos  de sueño en sueño, buscando, de nuevo, sus lindes mágicas.



Estas imágenes de ninfas y otras deidades menores en el baño, evocan a través del velo de la melancolía la experiencia fuera del tiempo cronológico, la estancia en la ventura infinita. Qué placer más natural que disfrutar del agua, convertido ello en expresión de la plenitud.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

DOS NOTAS




Me gusta la poesía de Gimferrer. Iba a escribir, “Todavía me gusta…” ¿Qué quiere decir esto: que me encantaba la obra de este autor hace unos años, pero que me he distanciado de su lectura, que ya no la venero como antes, cuando tenía veintitantos años y todo era pasión e inteligencia apasionada? Lo que quiere decir es que a pesar del tiempo transcurrido, me sigue interesando la poesía y que la ofertada por Gimferrer en concreto, aunque en algún momento su lectura se vea aureolada por ciertos destellos melancólicos al remitirme a un pasado más feliz y menos complejo que el tiempo presente, consigue ilusionarme y fascinarme con su belleza y despliegue de imágenes. Entonces ¿sobre quién pesa más el tiempo: sobre la obra de Gimferrer o sobre sus lectores, en este caso, yo?

 

Con el paso del tiempo,  - el fastidioso tema de siempre que lo modifica todo - , no es que nos hartemos de los libros que hemos leído con placer y pasión, sino que la fe ciega que practicábamos con aquellos autores que leíamos sin que admitiésemos crítica alguna porque eran nuestros preferidos y nos volvían locos, cede en unos cuantos grados. Antes lo que eran genialidades de un estilo, ahora ya no nos lo parece tanto; antes lo que identificaba la escritura de un novelista o poeta que disfrutaba de nuestro seguimiento sin fisuras, ahora nos fastidia, nos parecen manías prescindibles. Antes, el universo que representaba la obra de un escritor era irrefutable, nadie podía describirlo mejor. Ahora ya no nos sorprende tanto lo que cuenta, podría decirse de otro modo, combinarse sus elementos en acorde con la abundante información de que disponemos actualmente. De todos modos, aunque la emotividad y expectación que la literatura de un autor nos ofrecía en años pasados, haya decrecido o incluso casi desaparecido, debemos darnos cuenta de que todos estos procesos son subjetivos, es decir, dependen de la ubicación intelectual y vital que ocupemos o que vayamos ocupando, y que el placer que nos procuraban estas obras literarias de nuestro pasado, puede  súbitamente regresar, según las metamorfosis intimas de nuestros deseos. Por ejemplo, cuántas veces me creí distanciado definitivamente de la poesía surrealista o expresionista, y me sorprendí a mí mismo, volviendo a frecuentar los libros que devoré en la adolescencia y primera adultez. Teniendo en cuenta que la obra literaria es una oferta de mundos específica diseñada por un creador particular, todo encuentro con un libro supone un remover, un estimular, un activar tanto nuestra imaginación como nuestra memoria, de tal modo que la inmersión en la obra literaria puede implicar un viaje renovador en el tiempo a las fuentes de la inspiración ubicadas en un texto leído hace cuarenta años o bien, antes de ayer. Se dice que no hay hábito mejor que la relectura, y estoy de acuerdo con ello, porque al practicarla descubres aspectos y significaciones que no eran tan manifiestos en la primera lectura. Descubrimos de este modo un pequeño milagro, la capacidad de la obra literaria para renovar sus símbolos, la vida concreta que la obra exhibe en cuanto una nueva lectura detecta dimensiones no percibidas anteriormente.

LA ESCRITURA DIARIA DEL DIARIO

Estos días me encuentro leyendo el diario íntimo de Cesare Pavese . Hasta hace dos días creía que Oficio de vivir era el epígrafe de un p...