martes, 12 de mayo de 2026



ENTRE LO ACIAGO Y LO VAGAMENTE PREMONITORIO


Dando vueltas por Orihuela una tarde de mayo. Aspecto y ambiente de limbo. Un azul lila envuelve todo, sumiendo las calles y a los paseantes en una suerte de dormición, todavía posible por la existencia del viento, que equilibra el movimiento y las sensaciones del cuerpo. Inexistencia de acontecimiento. Linealidad. La gente que pasa, sobre todo la joven, se les nota felices, comentando sus cosas. La gente mayor que se pasea en parejas o pequeños grupos, me suscita admiración. Luchar contra las inercias del cuerpo y arrojarse a las calles, es algo  notable y ejemplificador, aunque esas calles se diluyan en la bruma azul de la tarde y todos nos reduzcamos, finalmente, a sombras que pasan... hasta que alguien saluda, hasta que se emite una palabra y el anonimato urbano desaparece de pronto. 



Nuevos paseos vespertinos por Orihuela. Ahora el abrumado específico soy yo. La angustia me comprime porque me amenazan con retirarme una ayuda económica si no demuestro de alguna manera que busco trabajo. Me piden de nuevo informes y currículos para renovar la ayuda que se reduce a menos de doscientos euros, pero que para mí son de gran ayuda para reflotarme a principio de mes. ¡Yo buscando trabajo, que jamás he podido asociar este término al disfrute o al crecimiento personal, que he luchado por huir del prójimo neuróticamente durante décadas, que nunca he tenido vida social y que tampoco he sabido aprovechar mis aptitudes profesionalmente por esa interpretación imposible del trabajar y ser, simultáneamente, uno más del tejido social! Pero ¿a quién le voy a ir hoy a exponerle explicaciones de mis complejos, de mis queridos y mortificantes complejos psíquicos con la edad que tengo y cuando ese momento terapéutico y libertador se esfumó hace treinta años? Sólo puedo escribir y de esta manera objetivar el mal, pues a pesar de esos años transcurridos, estoy muy lejos de considerarme normal, o como decía Umberto Eco, integrado. Por otro lado, un Cioran diría que tales complejos no son sino la materia imposible, putrefacta, que envuelven a mi sello personal, que demuestran el grado íntimo de autenticidad, de autenticidad de mi anormalidad, claro. y que, con ellos, tendría que llegar a una determinación: o consagrarlos como elementos identitarios o acabar con ellos, porque son precisamente la causa de mi infelicidad.  Soy incapaz de resolver esta disyuntiva. Mi única solución: sublimar, sublimarlo todo a través del sueño. Y eso es lo que hago viciadamente desde hace siglos. Como poeta o proyecto de poeta que me siento, empleo de esa manera mi modo más virtuoso de persistir: soñando. Y no se trata de una operación meramente psicológica. Sueño lo que me gustaría tener y sé que jamás voy a poseer, pero también sueño lo que poseo y percibo, es decir, activo el soñar como una potenciación de los entornos de belleza que detecto. 


Las lecturas no son casuales. Me he encontrado en casa con un libro de Leon Bloy y las notas de este diario van a exhalar el mismo aire de indignación lúcida que demostrara el brillante reaccionario galo. Grandes negocios oriolanos están cerrando uno detrás de otro. Me entero hoy que el local de venta de electrodomésticos, Rayte, ha echado sus puertas, del mismo modo que la papelería-librería Estruch de toda la vida. La desaparición de estos dos negocios me han dolido en el corazón. He sentido, al enterarme de la noticia, como si un hueco se afantasmara en medio de mi estómago. La desaparición del comercio en una ciudad de provincias equivale a engrosar la memoria histórica, un modo de rescatar y enmarcar documentalmente la sucesión de espectros. Y mientras tanto, la morfología social no para de cambiar: árabes y africanos, discurriendo por nuestras calles como en una sorda "espantá". Cada vez que me cruzo con alguno de ellos, más que franca amenaza, lo que se percibe es esa suerte de ley del silencio que se ha impuesto como expresión de nuestros adocenamientos respectivos: nos miramos como con ganas de decir algo y finalmente, pasamos unos al lado de los otros, cerrando las bocas y como lamentando la barrera invisible que nuestras diferencias culturales producen o admitimos que lo hagan. La presencia de inmigrantes supone una suerte de inminencia, como la estadía en un umbral, sin que sepamos a ciencia cierta, los cambios que todavía puedan acercarse en nuestros dominios de toda la vida. Recuerdo con melancolía aquellas tardes que pasábamos unos amigos junto a Alí, un joven argelino, diplomado en telecomunicaciones, que huyó de la dictadura militar, y que tomaba cocacolas con nosotros, escribiendo en una servilleta de papel cómo se escribía luna o sueño en árabe, interrogantes poéticos que yo le hacía, a principios de los noventa, sentados en la terraza del restaurante Teodomiro, en los andenes. Esto es impensable hoy. Antes la novedad creaba el pequeño acontecimiento y la curiosidad podía provocar el acercamiento y la comunicación. Hoy, no hay acontecimiento positivo porque ha dejado de ser una novedad la presencia de árabes, pero, no obstante, creo que la curiosidad no ha desaparecido sino que la reprimimos en las simas de nuestra psique porque hemos admitido las exigencias del nuevo estatus que nos hace persistir en la desconfianza y la no comunicación. Un momento de espontaneidad podría suponer la ruptura de esta situación y la posibilidad de una aproximación súbita. Coexistimos, más que propiamente convivir, que supondría la existencia, al menos, de alguna anécdota alusiva a nuestros modos de vivir y, ocasionalmente, comunicarnos. 


Me siento tan desvinculado de la realidad como una partícula de oro en un brote atómico de polvo. La frase casi me ha venido automáticamente. La he visto poética, pero al anotarla ahora, me parece un poco tonta. Elogia mi situación en vez de definirla.



miércoles, 29 de abril de 2026

PROHIBICIONES DEL VIEJO TESTAMENTO

 


Recuerdo cuando era un crío, que alguien, algún adulto de mi familia, comentó que en el Casino de Orihuela sólo podían entrar los socios. Fue escuchar aquello y desde ese momento recuerdo que me prohibí tajantemente acercarme a las puertas de tal lugar como no fuera de la mano de algún mayor. Y las veces que posteriormente, en mi vida he entrado en el casino para escuchar alguna conferencia o ver alguna exposición, siempre lo he hecho inseguramente, con el temor de que apareciera un conserje malhumorado y me echara de allí.  

Pero el tiempo siempre guarda sorpresillas reveladoras. Fue antes de que yo escuchara aquel comentario sobre la exclusividad de los socios que alrededor de 1973 fui quien portó la corona de la dama de las fiestas del Azahar, y recuerdo, algo brumosamente, que estuve en el casino con mis padres hasta que me tocó partir de allí hasta el Teatro Circo. O, sea, que sin ser socio estuve andurreando por el casino sin otra preocupación que llevar bien la corona sobre su cojín hasta su destino. Además, fue todavía más atrás en el tiempo que mi padre, el negocio de mi padre, Radio Luz, colocó la espectacular araña que se encuentra en uno de los salones del casino y que se utiliza para bodas y bautizos todavía hoy. Y todavía me puedo remontar más atrás en el tiempo, y evocar la figura de mi tío abuelo Gregorio Piñeiro, quien fue venerable y veterano socio del casino, allá por los años 40 y 50. 

Y si no estuviera asociado a la leyenda, todavía podría hacer remota memoria y referir la anécdota de un hermano de este tío abuelo amío, Gregorio Piñeiro, el tío Fernando, como siempre lo hemos llamado, que presumía de caballero y dandy y que en un día de lluvia a fines de los años veinte, apostó un día de lluvia con sus amigos socios del casino, que era capaz de atravesar todo el centro de Orihuela y regresar al casino sin una mancha de barro en los zapatos. Ganó la apuesta. 

Toda esta serie de anécdotas relacionadas con el casino y yo, a día de hoy, no soy capaz de entrar en este lugar como no sea con la compañía de alguien que legitime mi presencia allí. Esas costumbres viciadas de la mente, cómo cuesta arrancárselas de la cabeza....


martes, 28 de abril de 2026

IMPRESIONES. Notículas.



Tendría yo veinte tantos años cuando un buen día, al entrar en mi habitación y tras unas lecturas de filosofía que parece me estimularon formas de pensar el espacio, hice para mis adentros la siguiente apreciación: si yo entro en una habitación como lo he hecho ahora mismo, la visión que tengo de ella dependerá de mi altura y del punto desde el que observe la estancia: desde la misma puerta, desde un poco más allá, un poco más acá. Y sobre todo dependerá de que mi persona esté presente, claro. Pero ¿y si no hay nadie, y si nadie entra en la habitación, qué perspectiva podemos imaginar del interior de la misma? Si nadie mira la habitación, cómo es mirada la misma, qué perspectiva ofrece. Pero si no hay testigo o persona, no puede articularse perspectiva ninguna. ¿Y si se nos pide que imaginemos el interior de la habitación sin estar nosotros físicamente allí? Si no hay conciencia humana que imagine una perspectiva que visione la habitación, ¿es posible que la habitación se haga visible de algún modo? Si nadie mira la habitación, qué perspectiva nos la daría a conocer, qué imagen de la habitación se haría posible. Si nadie la observa, quién o qué se hace consciente de ella? Recuerdo que me alucinaba considerar que la habitación que yo hacía visible en mi conciencia y era capaz  de retener gracias a la memoria, no existía si no había una conciencia que la registrara. Yo sé que la habitación existe, pero la habitación sola deja de existir en tanto no exista conciencia que se la represente para sí. Sé que esta afirmación es producto de un idealismo extremo y como alucinado, pero hace años, consideraba que la habitación, efectivamente, no existía si nadie la percibía. Lo que continuaba alucinándome era que el montón de posibilidades de visionarla para una persona, desde una determinada altura, con las luces apagadas, pegado a una de las paredes, subido a una escalera, etcétera, esta pequeña suma de posibilidades perspectivas, desaparecían, se esfumaban ante esa no presencia de un percibiente. 

 

Me encuentro con un video del cantante Luciano Pavarotti de 1964, actuando en Moscú. Tenía yo entonces un año. Sensación sorpresiva al verle bajo unas apariencias distintas, mucho menos grueso aunque corpulento y muy alto, pero sobre todo, sorpresa al verlo aparecer tras años de su fallecimiento. Es como si de repente dijera, aquí estoy de nuevo, en realidad, no he muerto. Sensación de resurrección, de que los que se han ido se encuentran en alguna remota región del espacio o del tiempo.

 


¿Por qué determinados autores, artistas, novelistas, pensadores, los asociamos a una singular interpretación estética, con exclusión de cualquier otra, y encima se nos presentan llenos de prestigio? Por ejemplo, Ramón Gaya. Este autor, según sus textos y declaraciones, no fue más allá de Velázquez. Los impresionismos o modernismos, que fueron movimientos coetáneos, los admitió pero no se identificó con ellos. A Picasso le reconoce la fama, pero poco más. Incluso a veces se percibe más o menos un velado desprecio. Qué suerte de misterio hace que todos convengamos en  que Gaya es una gran sensibilidad, pero su distanciamiento cuando no su ignorancia total de todos los fenómenos y movimientos de vanguardia artística no le afecten en absoluto, sino al contrario, le refuercen en sus ideas y querencias tradicionales. 

sábado, 25 de abril de 2026

MENSAJE SOÑADO MÁS FALSO QUE EL SUEÑO QUE LO COMUNICA







Me suele ocurrir que tras estar un rato leyendo, me entra sueño y comienzo a dar algún que otro cabezazo. Entonces, de pronto, me entra en la memoria, en la conciencia, como irrumpiendo precipitadamente, una imagen alusiva a lo que estoy leyendo, pero cuya característica alarmante es que proviene del pasado. Lo que me asusta es que se trate de algo más o menos relevante, y que se haya quedado olvidado en algún rincón del espacio sin haber sido percibida o descubierta. La imagen en sí, en lo que respecta a su apariencia puede presentarse, más o menos, como cualquier cosa. Pero de lo que no hay duda es de su vínculo con lo que estaba leyendo hasta hace unos segundos. Se me pasa la observación de que tal imagen o alusión más o menos formal,  - puede ser un conjunto humano, una música, un objeto - no es un recuerdo que de pronto, emerja súbitamente y yo lo reconozca de inmediato: se trata de un contenido soñado. Es decir, lo relativo al texto que leía, es un sueño. Lo desconcertante es que apenas me detengo a examinar este presunto nexo del pasado con lo que estaba leyendo, para averiguar qué tiene que ver con los contenidos del texto, la cosa, fijada en mi atención ahora, experimenta una suerte de vibración descompositiva y se me revela la verdad del asunto: tal referencia del pasado con mi texto no es tal, ni existe ni es antigua. No es que haya soñado con una fantasmada, sino que tal alusión soñada a mi texto, desaparece, inexiste, es borrada del espacio y del tiempo, y es un espectro lo que de tal cosa queda en mi memoria. Lo que experimento, entonces, es una suerte de fascinación, porque lo soñado se presentaba como revelación de un aspecto secreto relativo a lo que estaba leyendo, descubierto por mi inconsciente o por mi razón, y ahora, súbitamente, asisto a, más que a su falsedad, a su irrealidad.  La sensación de fascinación es doble, pues ya un sueño, es algo no exactamente real, y encima, lo comunicado por tal sueño, es falso. ¿Qué es más irreal: el sueño como evento, o lo que este relata? Es una cuestión pantanosa, como vulgarmente se diría. En mi recuerdo, no olvido la relevancia de aquella referencia con el texto, es decir, la recepción de dicha referencia desde el punto de vista informativo prevalece sobre el medio - un sueño - a través del que tal referencia llega a mi conocimiento. Nos movemos por los campos pegajosos de la tautología: un sueño, que es algo irreal me miente sobre lo que presuntamente me dice. Pero el DETALLE no es que lo que refiera  brumosamente el sueño sea falso sino que su antigüedad no sea tal. La antigüedad pareciera aquí la naturaleza más importante del caso. No es antigua la referencia al texto, desaparece ipso facto. Independientemente de las dilucidaciones varias de esta ensoñación, lo que más me impacta, y que hace recordar las impresiones de la muerte, es la constatación alucinada de que lo que existía, con el añadido peculiar de que había permanecido ignorado en el pasado, es decir, con esta carga intrigante sobre su identidad, de pronto, no exista. No que sea falso o equívoco, sino que en un movimiento simple, en un abrir y cerrar los ojos, haya ingresado en la más perfecta nada.

miércoles, 22 de abril de 2026

VOLVER DE SÍ



Tras el arrasamiento de las fiestas, recuperando un instante de lucidez, de nuevo (¿de nuevo?) estoy aquí, frente a la página en blanco, con ganas de marcar un territorio mínimo a través de la escritura. ¿Vendrá un día que ya no regrese a la normalidad? La desvinculación de la vida me provoca una tortura horrorosa, pero sobre este asunto, nada puedo decir, ni acudir a terapias ni hacer uso de confidentes. Me he acostumbrado a vivir mal, a vivir erróneamente. Y el único pecado verdadero que he cometido ha sido la pérdida inmensa de tiempo. Menos mal que allí fuera, en el exterior, donde la gente pasea, festeja, se saluda, se inicia de nuevo, el eterno retorno: de rostros, de días luminosos, de entusiasmos renovados. 



Lecturas a borbotones en estos días de caricias primaverales: Bergson, Jordi Doce, Deleuze, Lezama Lima, Gómez de Liaño, Jenaro Talens, Lord Byron.... Parapetos fulgurantes contra las inercias del tiempo y la desolación. 



La vida se hace indefendible sin un mínimo dominio sobre ella. Frase, creo, de Antonin Artaud. 


No sigo ningún camino. Es la escritura la que articula itinerarios. 


Vuelvo a leer la poesía de Jhon Asbhery y me vuelve a encantar, sin lograr desmadejar lo que dice. Qué es la poesía de este hombre: una eclosión verbal, un anecdotario más o menos sintetizado o sofisticado, un sobrevuelo de acontecimientos superficiales que después, se vuelven relevantes, una sucesión de climas o de microclimas en los que se refugian hechos delicuescentes, un tornasolamiento de palabras que regresa a la imaginación  de la que proceden sin más? 

 


Estoy leyendo, entre un montón de otros libros, Las confesiones de San Agustín. Lo que me sorprende de este texto es la fuerza, la pasión, la contundencia con que el Doctor de la Iglesia, manifiesta lo que son para nosotros, los grandes motivos, diría, los estereotipos del cristianismo. Cómo es que en una época tan temprana del cristianismo, San Agustín expone ya, con claridad meridiana, los grandes contenidos de la fe. Para diferenciarse con la mayor especificidad de la espiritualidad profana del pasado, como consecuencia de una asunción apasionada de los principios cristianos. Me doy cuenta, leyendo estas palabras de la originalidad que supuso el cristianismo, de su carácter de acontecimiento, de su justificación como inicio de la historia y de la nueva espiritualidad que trajo consigo. De hecho, la historia de nuestra cultura está ligada de modo ineludible,  al cristianismo. Este es el movimiento de vanguardia que ha impulsado nuestra aventura en el planeta.


Los poetas debieran dar un discurso o tener una intervención en el Congreso de los Diputados,tras cada ciertos períodos. Si Las Cortes son el habitáculo nacional de la palabra, los poetas debieran poder exponer sus razones de cuidadores del lenguaje y de la memoria, alternando la densidad de sus intervenciones, con exposiciones de carácter más práctico, social o económico. De este modo, los asuntos político de toda índole no serían los exclusivos articulantes del lenguaje. El contraste con las expresiones más imaginativas funcionaría como oxígeno englobante de un pensamiento más completo.

 



No practico el culto fetichista de coleccionar libros o adquirirlos por motivos extraliterarios.  No tengo nada que ver con las cuitas de un bibliotecario. Pero tras una depresión, enfermedad, litigios secretos, o estancias fuera del mundo, cuando regreso a la vida, la presencia ordenada de los libros sobre la mesa, el escritorio o las baldas de las estanterías, me produce  una intensa felicidad. Los libros, cada uno de ellos, se me presenta como cursor de mundos, como ofertas de lenguaje estallando en la noche sideral sin textos de la que acabo de librarme. Y no se trata de una felicidad falible, ya que los libros ofrecen realidades que atraviesan mis intereses y mi memoria.



Recuperar la energías creativas como para que la página en blanco sea toda una provocación. 




El relato de un acontecimiento se convierte en un atropellado repertorio de peculiaridades azarosamente descritas.  En la realidad se fracturó una brizna de hierba que yo convierto en balance de astillas.



Acromático, livianamente fluyente, conformado en  series, ambulante dosificador de sombras, ilusión vagabunda, mediador de sí, corazón solitario de piélagos insondables, testigo de.... He perdido al sujeto de tanta adherencia significativa.

martes, 21 de abril de 2026

LA INSISTENCIA Jordi doce




Creo que fue Roland Barthes quien dijo que la lectura es una operación que no tiene término. Se puede estar leyendo hasta que nos hartemos o nos interrumpan, pero el espacio que hayamos abarcado no posee una prescripción concreta. Además, los libros existentes son incontables y como dijo otro autor, Borges, un libro ya resulta infinito en sí en cuanto a sugerir interpretaciones de su contenido. Por ello podríamos concluir que la lectura no tiene fin, es decir, motivo (recordemos la ociosidad vinculada a esta actividad) y es sin fin, interminable. ¿Qué ocurrirá, entonces, con la operación supuestamente hermana, con la maniobra presuntamente paralela y con la que la lectura forma unidad referencial de todo percance intelectivo: la escritura?

Según el propio Barthes y a diferencia de la lectura, la escritura no es exclusivamente placentera. En la lectura otros han resuelto la anécdota, la historia o el tratado. Aquí, en la escritura tengo que ser yo quien ejecute la relación sintagmática, quien ubique el paquete semántico y desenlace el acontecimiento. Y a través de la escritura, la infinidad de operaciones que se liberan: la expresión, la confesión, la información, la protesta, la denuncia…, forman parte de esa globalidad furtiva que se incluye en la escritura.

Es por todo esto que la escritura puede conformarse en legado de un sujeto de una comunidad, de un estilo.

Cuando es la particularidad de las circunstancias lo que determina el cariz de la escritura, esta puede convertirse en la metralla anímica con que un autor deje las cuentas claras sobre su contexto íntimo o social. Si las circunstancias son especialmente crueles, la escritura se convertirá en sello y expresión de ese momento, más allá de la especificidad temporal con que los hechos se registren en la memoria. Jordi Doce, en este su último libro, La Insistencia, nos lo demuestra con elocuencia. Si la escritura insiste  quiere decir que ningún pliegue clandestino de lo acontecido va a escapar a su operación dilucidatoria, a su abanico analítico. Cuando el dolor nos arrasa es cuando podemos comprobar realmente qué compromiso tenemos con la escritura, qué potencia sanadora, más allá de la alusión, revela nuestro escribir a través de semejantes tensiones.

Y lo extraordinario es, precisamente, que la escritura insista, es decir, que no sólo refiera el lugar del impacto en el alma, sino que defina las sucesiones íntimas de la colisión. Es como si la escritura nos señalase que es singular y delicada  competencia suya la de vérselas con las inclemencias súbitamente destructivas de la vida y que sólo ella, en ese instante, cumplimentará su misión, convirtiéndose en matizado y sólido artífice  de la memoria.

La escritura conjura el dolor y el asalto de los demonios. Consúltese la historia maldita de todos los autores que se propusieron representar el mal a través de la literatura.

Quizá, leyendo estos fragmentos escocidos y ácidos que componen La insistencia, uno pueda llegar a decir que, al menos, el mal o el dolor ofrecen una virtud de rebote al pensamiento: el revolverse contra esos males, el despertar la rabia como signo de revelación contra lo producido. Y ahí, en ese territorio, la escritura puede presentarse como muy fértil. Jordi Doce lanza dardos contra aspectos penosamente inerciales de nuestra sociedad y nuestra cultura, contra formas aparentes de conciliación o superación, contra la historia de la nación propia, contra voluntades adversas dentro de la familia, contra expresiones o motivos que parecieran escapar al estereotipo pero que finalmente, pueden resultar falibles en cuanto a lo que refieren...  A veces hace falta invertir lo que afirmamos para descubrir el auténtico destino de tal asunto. Por todo ello, la escritura repasa los falsos pasadizos e insiste en redefinir los abruptos  territorios por los que pasamos, convencidos de que no hay otros trayectos. El trayecto en sí es la propia escritura y uno debiera confiar en ella, en su cuasi automático desarrollo. Del mismo modo que muchos años de atenta lectura, atesoran lenguaje en el sujeto, si nuestra relación con el escribir, con la literatura, va más allá del ilustrado hobby, la escritura deviene una prolongación de nuestro sentir y de nuestro pensar y nos hace testigos de los aspectos insondables de lo experimentado. Con la lectura le hemos dado alimento al cerebro. La escritura responde como consecuencia fulgurante de tal toma de tan selecto hidromiel.

Y entre esas respuestas, puede sobrevenir, sorpresivamente, astillas de esperanza. La realidad transida nos sorprende con su capacidad de renovación y resistencia: El mundo no se acaba cuando muere uno de los nuestros. Al contrario, se llena interminablemente, de nuevas “primeras veces”. Los ausentes nos ayudan a redescubrir la presencia.

O bien, despertar los brillantes hallazgos del instinto poético: El cuervo y la rama caída no son lo contrario de la nieve, pero sí su reverso.

La escritura es una oportunidad de transfiguración para volver a ser nosotros mismos, recuperados frente al mal a quien hemos impedido su avance y a quien diluimos con una inteligencia reforzada. Las heridas nos destruyen, pero hemos sido capaces de identificarlas, de objetivarlas y es por eso que las portamos como embalaje de un viaje todavía doloroso pero irrigado de singulares estímulos.  

Concebido durante un período de duelo, La insistencia, nos hace recordar cómo puede el ánimo preservarse a través de una actividad tan común y excelente como la escritura al tiempo que con esta y en esta tesitura, redefinir nuestra posición emergente ante los aspectos sordos de la realidad y la deleznable oportunidad de la necedad de volver a formularse.

jueves, 9 de abril de 2026

LA INMIGRACIÓN VISTA POR EL ARTE EN LAS VERÓNICAS DE MURCIA



El otro día visité una exposición en la sala de Las Verónicas de Murcia. Confieso que no me acuerdo del artista, quien, creo, era una mujer, pero teniendo en cuenta el aspecto pedagógico-temático que adquieren muchas de las exposiciones, estas acaban convirtiéndose en anónimas. Todas se parecen porque emergen de un idéntico adiestramiento académico. La exposición trataba sobre la inmigración en España, y aunque, como he dicho, la autoría de estas instalaciones no resulte, por lo general, muy relevante, admito que el trabajo que se despliega sí apunta a una realidad  cuyas características incómodas evitamos considerar. 
La exposición permitía una lectura global de lo existente en la sala gracias a una serie de caminos rotulados con mensajes acusatorios que interconectaban todo el material artístico entre sí, concentrando su significación  común. Viendo la exposición sí reparé en una cosa muy desagradable que periodistas y analistas han recordado una y otra vez ante el crecimiento de nuestro hastío: la cantidad de personas que han muerto intentando acceder a territorio europeo. Hay en nuestros aledaños una cantidad fantasma de almas desaparecidas, una masa de personas sin rostro cuyo sacrificio debiera removernos las entrañas.   









ENTRE LO ACIAGO Y LO VAGAMENTE PREMONITORIO Dando vueltas por Orihuela una tarde de mayo. Aspecto y ambiente de limbo. Un azul lila envuelve...