martes, 28 de junio de 2022

MOSAICO MOSAICOSO



Noche de película y de pánico. El primer Gran Apagón de New York en 1965.



Apenas tenía noticias de este poeta francés, Maurice Rollinant, que aquí aparece posando con su mujer. Personaje melancólico y fúnebre, recitaba y cantaba por los tugurios de Montmartre. Tras la muerte de su esposa, se le internó de por vida en un hospital psiquiátrico. He escuchado una de las canciones que creó, Canción de otoño, y escuchada hoy, suena encantadora y anacrónicamente dramática y tremenda. 



Interior de un tranvía electrico en Argentina a principios de siglo. La gente instalada en un espacio pequeño, se veía obligada a enfrentar miradas. Este apunte es de Walter Benjamin. Por otro lado, Gustavo Adolfo Becker describe un divertido viaje en un tranvía, con los cuerpos saltando convulsivamente en sus asientos en su obra Cartas desde mi celda. 



Imagen sesentera de La Lonja de Murcia. La visión no me produce, curiosamente, gran contraste interior, teniendo en cuenta el número de veces que he frecuentado este lugar. El detalle de los simca y de los seiscientos sí me ubica en un tiempo algo lejano, ya.  



Carnaval de Niza a fines del XIX. Los confetis de entonces eran pequeñas bola de yeso, es decir, algo para arrearle a uno un buel golpe. Todo un personaje el tipo  que aparece en primer plano. 





El fógrafo tan sólo ha tenido que esperar a que se situaran los pescadores para que esta vista romana adquiriera sentido y formalidad estéticas. La posición espacial determina el destino significativo del resto del panorama. 







Aparición fantasmática de una máscara de pelea mexicana. 





El glamour de este sitio es el de pertenecer a los lavabos de una de las discotecas más famosas de New York durante los ochenta.






El mundo de lo posible, la trepidante noche neoyorkina.  







La misteriosa y solemne Dama de Baza. pertrechada de las mismas alhajas y tocado que su prima la Dama de Elche: ambas, sacerdotisas de los lugares sagrados íberos. 




martes, 21 de junio de 2022


 

REINAREMOS BAJO LOS CIELOS ESTRIADOS

 

Decir que tu belleza te pertenece parecería una suerte de tautología, una redundancia torpe si no fuera porque, a veces, las observaciones de los otros nos recuerdan el paraíso que nos está destinado junto a los dones que identifican nuestro penumbroso ser.

Precisamente esa penumbra insistente en que a veces se estanca nuestra libertad,

Es el motivo a batir por un pensamiento que reivindica la soberanía perdida.

Y ese pensamiento sabe, en instantes de súbita revelación, que pese a nuestra ira, a nuestras gratuitas mortificaciones, a nuestras reacciones de orgullo y poca solidaridad,

Basta un pequeño empeño de nuestra  maravillosa maquinaria,

Para que cuerpo y mente alcancen el ajuste preciso

Y recuperen un derecho tranquilo del dominio de la luz y del frondoso territorio propio.

viernes, 17 de junio de 2022





HACIA TI

No puedo fácilmente conjurar tu imagen. Aparentemente existes y regresas con cada mínima evocación de la imaginación.

Eres real, es decir, formas parte de mi sueño, eres mi sueño, mi sueño recurrente e insatisfecho porque sólo cayendo en la tentación te liberas de la tortura del deseo, como ya dijo un egregio autor tiempo ha.

Y mi deseo hace tiempo ya no es el de meramente imaginarte, contemplarte o diseñarte según la pulsión de ese deseo, sino el  de morderte, poseerte, violarte, sumirme en ti y huir de la cárcel errante de mi yo.

Y regresas en la emoción turbada porque no satisfaré nunca este deseo de hundirme en ti, en tus caderas, en tus muslos, en tus labios, en tus cabellos.

Eres ya sólo mi desasosiego, el enclave etéreo de mi más carnal objetivo.

La única confianza para que una alquimia moral me transformara sería la de convencerme de que eres menos que una proyección mía, que sólo eres una simulación del tiempo y de Eros.

Pero aún bajo la forma de un fantasma me hieres con el más mínimo movimiento de tus curvas, aún bajo la forma de un engendro informático me vuelves loco en el sagrado recinto de mi habitación llena de libros y música.  

jueves, 16 de junio de 2022

CRÓNICAS DE MOTEL. SAM SHEPARD




La memoria, quizá, va reconstruyendo de distintos modo los referentes que en su momento guardó. Lo digo porque me está ocurriendo, no sé si por un azar o por algún motivo más o menos  inconsciente, que todo lo que Norteamérica supuso para mi generación en los sesenta, setenta y parte de los ochenta a través, especialmente, del cine y de la música, lo estoy recuperando, lo estoy volviendo a visitar hoy por medio de la literatura. Los diarios de Jhon Cheever, la obra y el personaje de Bukowsky, la música de Dylan o Hamilton Bohanon, son cosas que ahora, un tanto sorpresivamente, han regresado a mis recuerdos y a mis emociones. Y entre estas cosas, entre los autores de aquellas décadas irrepetibles se encuentra Sam Shepard.

Apenas tenía noticias de este cronista, guionista y narrador norteamericano, pero en el  momento en que entré en contacto con su trayectoria y sobre todo su obra literaria, en especial, con estas crónicas moteleras, me sentí satisfecho de haber contactado con alguien ignoto pero auténtico, es decir, alguien típico de aquellas décadas y que escribió entonces.

Un amigo me decía que está de la cultura anglosajona hasta los mismísimos. Le confirmé que coincidía totalmente con él, pero, claro, tampoco podemos decir, a estas alturas, que todo lo que el cine, la música, la moda,  las costumbres e ideas que tanto nos han influenciado de los Estados Unidos y que hemos adoptado libremente, identificándonos con todo ello,  se vaya a convertir, de pronto, en una nadería.    

El mundo norteamericano que se nos ha transmitido, o mejor dicho, el tipo de vida que el cine, sobre todo, ha representado tan épica como verídicamente es ese espacio salvaje de libertad y de desgarro, de gloria alcanzada y destrucción personal que tanto en dramas, series y biografías ha grabado su impronta de intensidad sin remedio.

El mundo norteamericano ha erigido sus propias mitologías, ha mostrado sus pasajes de gloria y miseria en un universo social y político de grandes contrastes sometido a fuertes autocríticas.

Es en los pululantes márgenes de la épica afirmativa donde se desfleca el Sueño Americano hecho de otros sueños, estos errantes, de fracasos íntimos, aventuras sorpresivas y olvido.

Es en estos límites fronterizos, en la periferia de los laberintos urbanos, en moteles y bares de carreta, en caravanas y casas de campo, en los espacios umbríos del recuerdo, en forma de sueños o de historias interrumpidas donde se desarrolla el contenido testimonial, fragmentario pero temáticamente compacto de Crónicas de motel.

Con una escritura atinada y precisa, atenta al detalle extraño que la propia vida da, elaborando densidades narrativas momentáneas, Shepard despliega esta serie de imágenes que no acaban de serlo de la tragedia sorda del individuo aunque tampoco de un viaje humano exclusivamente festivo. Shepard recoge la realidad tal y como radicalmente se presenta en el enclave geopsíquico  de la frontera americana.

Pareciera que la dinámica cultura norteamericana fuese incapaz para la tragedia, al menos tal y como se ha entendido tradicionalmente en Europa. Estas notas de Shepard reflejan las extrañezas de una vida que se ha planteado como modélica.   

Shepard no es un periodista, es un escritor y su talante se filtra en estas prosas de un modo tan soterradamente atractivo que fueron la inspiración para que Wim Wenders rodara París, Texas, tal y como el propio director alemán confesara.   

El acierto estilístico de Shepard es esta dispersión narrativa que no destruye el sentido, esta labor de recogida de fragmentos que vienen a ser una suerte de antología de la memoria y cuya función verdadera es la de articular con cierto cansancio y hastío una protesta: la que se erige del ámbito diario y excesivo de la realidad norteamericana. 

martes, 14 de junio de 2022

FRIEDERICH NIETZSCHE NOTAS DE TAUTENBURG PARA LOU SALOMÉ



En vano he buscado en este abanico de contundentes aforismos, alguna observación sobre el estado de vulneración que producen los sentimientos hacia otras personas,  o alguna confesión amorosa, más o menos camuflada, del famoso bigotudo dirigida oblicuamente a la admirada Lou Andrea Salomé. Los textos están erizados de observaciones morales sobre los derechos del más fuerte,  la mediocridad de quien no lo es, y la desgracia, en definitiva, de quienes tienen la fatalidad de no ostentar el linaje de los hiperbóreos.

A excepción de una breve loa a la Amistad, una suerte de poemilla, en el que expresa su deseo de “vivir una segunda vez”, el señor Nietzsche se resguarda muy bien de implicarse en primera línea, lanzando agresivas avanzadillas de su pensamiento moral sobre el sujeto y la decadencia de la sociedad, tras de las que se oculta.

Tengo la sospecha después de la lectura de estos hiperlúcidos fragmentos y de conocer, someramente, las incidencias en que el filósofo y la musa, se encontraron, que el bueno de Nietzsche no acabó de demostrarle a la dulce e inteligente rusa  con suficiente claridad qué tipo de sentimientos despertaba en él su presencia. O Nietzsche estaba demasiado ocupado en formular su moral de superhombres y la emoción le sorprendió de tal manera que no halló las palabras precisas ni el momento adecuado, o es que el prurito amoroso circuló estrictamente por  laberintos interiores y no se materializó en un gesto lo suficientemente elocuente.

El filósofo que pretendía recuperar el cuerpo de los rígidos corsés normativos, del conjunto opresivo de las teorías y de las pesanteces verbales, quiso seducir a Lou con una demostración aforística de su más incisiva filosofía, o sea, que se parapetó, fatalmente, tras el lujo de las palabras y se prohibió rozar, acariciar remotamente las caderas de la fascinadora señora.  Y la ocasión que se le ofreció, se esfumó, no se repitió más y el abrumado prusiano regresó a la soledad cavernosa de su soltería cenobita, maldiciendo y suplicando - suponemos -  al buen Dios, simultáneamente. 

jueves, 9 de junio de 2022

TÁCITO DIARIO



  

Existe el término agorafobia para designar el miedo a los espacios abiertos. ¿Existe alguna otra palabra que defina el terror al tiempo, al tiempo infinito? Ahí estoy.

 

 

Cierto hartazgo de nombres y citas ilustres viene bien. Se cansa uno de tanta sacralización.

 

 

La sacralización de las cosas puede ser tediosa. Pero no es la sacralidad lo fastidioso, es el estado que virtualmente corresponde a muchos lugares propicios y autores y que debemos, por ello, respetar.

 


En lo que ando investigando como un semiólogo convulsivo es en el porqué, en la razón de la forma de los objetos, vestimentas y escenarios que le ha ido correspondiendo al hombre a lo largo del tiempo. Desde la austeridad de un castillo feudal, de la comodidad o no de sus estancias, de lo que comunicaban ambientalmente hasta las frondosidades de una habitación decimonónica, con sus estilizados veladores, sus cortinajes, sus espejos y las vestimentas, etc. ¿Hasta qué punto el hombre era consciente del atractivo o no, de la comodidad o no de sus trajes, de sus modos de vivir a lo largo de la historia? No hablo exactamente de una semiótica del traje, tipo de estudio que ya se ha realizado, y, probablemente, con cierta copiosidad, sino del elemento azaroso de estar en una época o de encarnarla no sólo a través de sus creencias o ideas sino por medio de la indumentaria y del calor del espacio diseñado por el propio hombre, por esas creencias.  

 

 

Diferencias reales entre la lectura en interiores y en exteriores. Aún recuerdo aquellas lecturas de los cuentos de Poe a finales de los setenta que yo realizaba en la galería de nuestra casa de Torrevieja, teniendo enfrente, a unos cuarenta metros, la presencia del mar. En interiores, todo el placer que provoca la lectura se ejecuta dentro de las capacidades de tu sensibilidad, es tu imaginación quien se  ve estimulada y responde al efecto de la palabra; en exteriores, hay momentos en que lo que la lectura te va sugiriendo establecer, de pronto, puntos de conexión con el espacio sin límites que te rodea o que se encuentra frente a ti. Es en esos instantes de súbita fascinación cuando lo que vas leyendo pretende realizarse en algún lugar más o menos ficcional del espacio que te rodea, en el espacio de afuera, es decir, en el espacio real. Esta reacción de la imaginación no deja de ser normal: la lectura establece una conexión mínima con el contexto concreto espacio-temporal desde el que uno está  realizando tal lectura. Recuerdo qué vibración se me producía en el estómago cuando, de noche, leyendo algún texto de Poe de ambiente marino, me estremecía ante la imagen oscura del abismo que se perfilaba frente a mí en la casa, como he dicho, que poseíamos ante el mar.

 


Hay que reinventar las palabras, el lenguaje, para que vuelvan a reflejar nuestros deseos, nuestras convulsiones íntimas, de nuevo, por primera vez.

 


El tiempo nos surte de experiencias y nos va haciendo veteranos de la vida. Pero por eso mismo, a veces, resultamos vulnerables a los ataques súbitos. Tengo puesta la radio y de pronto, en una ráfaga musical, al sonar una canción de Mari Trini, los setenta y la época de la adolescencia, me atraviesan el alma, cuando el entusiasmo por descubrir el mundo en todas sus facetas, me embargaba y me llenaba de ilusiones, cuando uno iba descubriendo también el mundo de los adultos y te sumías en una sorda estupefacción al constatar sus falsedades.   

 

 

miércoles, 1 de junio de 2022

 

        

LA QUIETUD

MANUEL García Pérez 

Para un Antonin Artaud, la finalidad última y primera de la poesía consistía en purgar angustias. Algo de este concepto tan terapéutico como ritualístico, arcano e inmediato, tiene la poesía de Manuel García Pérez, cuya última entrega la hallamos bajo este escueto epígrafe: La quietud.

Epígrafe que no deja de reflejar términos paradójicos de un proceloso viaje interior a la memoria y al ser mismo, pues el medio escogido para la confesión o la lucubración, es, ineludiblemente, la escritura, cuya función registradora de las cosas ya viene a ejercer una violencia estadística sobre lo que se pretende rescatar: el hecho de nombrar es una abdicación de aquello que soy. Es decir, ya de principio, nos encontramos con una reivindicación no tanto de las purezas de la experiencia como de la legítima originariedad incontaminada del sujeto, es decir, del ser, una categoría más allá de lo  psicológico, anterior a la “depravación” clasificatoria del nombrar.

Y encima, subrayando la naturaleza paradójica de su empresa, observa Manuel García que escribir ya implica desaparecer, morir, pues vas dejando de existir para legar un testimonio escrito mínimo de tu vida a los demás.

En esta búsqueda de la quietud, pues, aparece de buenas a primeras el conflicto entre el poder configurador del lenguaje y el libre flujo de la experiencia, entre la destinación a significados y términos lógicos y la voluntad de ese ser que quiere definirse, hallarse sin los prejuicios de lo racionalista.     

Por ello, la escritura emprendida no podrá ser sino la poética, pues es en el ámbito de esta donde las estructuras racionales y las tendencias configurativas del pensamiento a través de sus categorías se transmutan en una plástica suprema que aproxima las palabras a la música, es decir, a estadios anteriores al discurso.

La alquimia verbal que un Rimbaud pretendiera, se prestaría pues a la expresión de los estados más insólitos como a los más desprendidos de una logicidad enervante o represora.

Ante este tipo de viaje recuperador de la propia sustancia metafísica, resulta previsible considerar que la poesía hallada por Manuel García no haga concesiones. Manuel García no nos habla de ambientes líricos ni entona églogas de enrevesada musa: lo suyo es algo mucho más sencillo e irremediablemente complejo.

La memoria familiar, las características de la identidad propia, articulan las fases de una búsqueda que reconcilie todos los datos arrebatados al tiempo y los itinerarios emprendidos.  

Este viaje con el solo equipaje del lenguaje poético en torno a esa quietud legítima ansiada, la arcadia mínima del sujeto, es más que consciente de los matices y recovecos súbitos del camino. No hay origen de las cosas, /pero el fuego es una cosa, escribe, precavidamente, Manuel García, dando a entender que si preferimos no inquirir en principios metafísicos para no pervertir los sentidos de nuestro íntimo viaje con la amenaza de nomenclaturas, no por ello lo que existe dejará de rodearnos con la contundente incuestionabilidad de su propia realidad.

Manuel García, en esta exploración de la selva más etérea e inextricable  no para de advertir, de autoadvertirse, de lanzarse como pequeños autocódigos, señalando fases, implosiones, abismos como si fueran las trampas que el propio tiempo va dejando en el camino y es esta progresiva dilucidación  de los pecios enterrados en la memoria lo que constituye su afán más imperioso y el devenir profundo del poemario.

El filósofo que dijo aquello de que el mundo es una paradoja, creyó, ciertamente, haber descubierto las claves secretas del discurrir universal. Morir es vivir, escribe Manuel García, al describir con serenidad las más o menos esotéricas relaciones que los distintos y opuestos estados del ser establecen en un juego insólito de sustituciones.

Algunos poetas nos cuentan las curiosas evoluciones que practican las cosas a través del tiempo, otros van buscando la localización quimérica del verbo fundante. Para conjurar lo que necesitaba arrancar de las tinieblas, Manuel García no ha tenido más remedio que utilizar la profundidad sin fondo de la palabra poética, y meter sin contemplaciones las manos en esa harina rumorosa y primera. Alguien, quizá, le hubiera aconsejado, paralelamente a la incursión poética, el socorro de la competencia psicoanalítica para desfondar todo complejo, pero teniendo en cuenta que el lenguaje psicoanalítico es una variación moderna del lenguaje poético, da lo mismo.

Agradezco a Manuel García su atrevimiento, su confianza final en el poder conjuratorio de la palabra poética, el deslindamiento de voces más concordes o tímidas. Con seguridad, los ancestros esperan los resultados de nuestras operaciones de aproximamiento. Los ancestros nos esperan y entre ellos, nuestros padres. No importa que el lenguaje utilizado sea oscuro. Tiene que serlo. El lenguaje abstruso es una variación retórica del estilo, como lo es igualmente, la exigencia de unos términos más claros, dijo Barthes.      

MOSAICO MOSAICOSO

Noche de película y de pánico. El primer Gran Apagón de New York en 1965. A penas tenía noticias de este poeta francés, Maurice Rollinant, q...