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jueves, 9 de abril de 2026
LA INMIGRACIÓN VISTA POR EL ARTE EN LAS VERÓNICAS DE MURCIA
miércoles, 25 de marzo de 2026
LA LIBERTAD DE LA POESÍA. La escritura líquida de Santiago Montobbio
Creo que podríamos
definir elementalmente la obra de quienes actualmente se dedican a escribir
poesía como una oferta de mundos. Cualquier obra poética lo es de modo común. Y
ante una oferta, el lector es libre de elegir qué motivos, ritmos e
intensidades le interesan más. Hace unos
años, en España existían escuelas
poéticas, estilos de escritura que competían veladamente entre sí: la
poesía de la experiencia pretendía elevarse por encima de la del silencio; las
poéticas autónomas se aislaban en su personalismo, en el conjunto de sus
motivos inspiratorios considerados legítimos (Guillermo Carnero); otras
poéticas se ligaban a un concepto terapéutico, lenitivo de la escritura en
situaciones personales límite (un Panero, por ejemplo), otras se refugiaban en
las cámaras exquisitas del culturalismo… Actualmente no existe debate poético
ni escuelas percibidas como tales que se encuentren en supuesta práctica
beligerante. La escritura poética ha explosionado en vertientes individuales y
la perspectiva de campo nos muestra como producto de semejante tesitura, una
oferta tan diversa como dispersamente relevante. Tras las eclosiones teóricas,
antaño tan combativas como lúcidamente asumidas, hoy nos toca, quizá, recuperar
los orígenes de la experiencia poética, volver a partir de cero tras haber
despejado obstáculos del camino. Es por eso que cada obra poética se nos antoje
hoy como epítome de trayectorias, especulación de lo que especulaciones
precedentes dejaron. Hago esta
introducción para ubicar convenientemente la obra poética de Santiago Montobbio
que como oferta entre otras igual de singulares, pretendemos reseñar en las
páginas virtuales de este blog.
Hasta ahora, Montobbio
nos tenía acostumbrados a una articulación de los poemas desde un aquí sin
término, desde un concepto del presente como fuente secretamente ubérrima y
continua de la musa, de la escritura. En realidad, esto no ha cambiado en
cuanto a justificar su poética: digamos que se ha asentado, al buscar un
cómplice regulador del tiempo del verso, de la expresión escrita: la
combinación en un mismo texto de poesía y prosa. No es un mero experimento. La libertad de la poesía, es la
consecuencia franca de un concepto de escritura y de experiencia literaria que
ante el afluir de la realidad poética, ante su inmediatez, el autor permite que
se encarne en una escritura continua; que la poesía, como fenómeno, emerja y se
componga conforme se produzca ante una sensibilidad que es la que coloca las
palabras precisas a ese flujo. Montobbio vence, quizás, pudores formales, y se
atreve a formular la génesis simple de su poética, de su emprendimiento literario. En el libro
que nos atañe, Montobbio, casi a modo de manifiesto personal, nos dice: El escribir en libertad y desde una manera natural en su más absoluta
radicalidad, y que es el que casi se
escriba en uno, que uno sea escrito. Que la
palabra se cumpla y haga fuera de todo programa o ideación o previas
concepciones, y dejar que así se haga - hágase en mí tu palabra. Escribir como
quien respira.
Esta localización de la
poesía tan semejante al flujo de conciencia de las novelas, justifica el
paralelismo de la escritura poética con la escritura de prosa en un mismo
espacio contextual en el que quedan registradas ambas: el diario. Advirtiendo
la proximidad conformativa de ambos géneros bajo una misma inspiración, Montobbio
pensaría que una realización literaria tan feliz como integral de la eclosión
poética y la linealidad prosística hallaría
una expresión unitaria en el formato indefinidamente plástico del diario. En
este, tanto la poesía como la prosa, se encontrarían totalmente diferenciadas a
la vez que constituirían una sola experiencia. El diario, en tanto que es otro
género literario, en definitiva, se mostraría capaz de convertirse en
receptáculo de varias escrituras, de asumir en lo ilimitado de sus componentes,
ambas experiencias de vida, ambas tentativas confesionales y expresivas. Un
diario no determina contenidos: al revés, es el tipo de escritura lo que crea
al diario. Un diario lo puede ser de registros meteorológicos o de facturas, de
sueños o de partidas de ajedrez ganadas, inventario de cualquier tipo de cosa o
eventos, de frustraciones amorosas o deseos abortados. En esto consiste la
dinámica virtualidad del diario, en su multifacética capacidad informativa. Aquí, en este punto, creo que existe un matiz.
Acabamos de decir que La libertad de la poesía
se presenta bajo los ropajes movedizos del diario, pero me parece que utiliza a
este como excusa para crear otra cosa. No creo que La libertad de la poesía sea un mero diario. Montobbio ha escogido
este formato para articular la complejidad específica de una experiencia
literaria en la que el tiempo y su trascendencia encuentran un cauce
estratégico de expresión. En La libertad
de la poesía, Montobbio ha actualizado poesía y prosa en un mismo
discurrir, manteniendo la autonomía competencial de cada modo de escritura. Mientras
la prosa nos informa sobre aspectos de la vida diaria del autor, comenta
lecturas o anécdotas y esboza reflexiones literarias, la poesía, actúa como
contrapunto a las linealidades de la prosa, emprendiendo el vuelo, activando
las palabras de otro modo. Se puede tener la tentación de aproximarse a la
intimidad cotidiana del autor, o bien, de eludirlo escogiendo sólo las unidades
sugestivas de los versos. Uno puede hacer lo que deseé, claro, pero recomiendo
que intenten leer pasajes que integren ambas perspectivas y se podrá comprobar
cómo la experiencia de la lectura se dimensiona notablemente de esta manera,
cómo los vínculos sutiles entre el logos narrativo y la gracia poética se dejan
notar, o danzan en multiplicativa confluencia. Ya dije que la obra poética es
una oferta de acceso a una experiencia lingüística y emocional.
Tanto la poesía como
acaso, la prosa, son virtualmente inacabables en la perspectiva de Montobbio. Y
ello por el mecanismo temporal que activa su escritura: un presente que, como
tal, se produce indeterminadamente y no acaba porque entonces supondría el fin
de todo. Un concepto así del evento poético, una suerte de inmanentismo
poético, si me permite la invención, al
extenderse en el tiempo, puede suponer períodos de mimetismo e
indiferencia. Es en este punto donde quizá el lector pueda hallar una objeción a la poética de Montobbio. Si
escribimos como se respira, si la poesía es un flujo diario y sin fin, si
renunciamos a una escritura más formal y contenida, corremos el riesgo de
producir indiferentemente y acumular texto. El problema de lo cuantitativo
aparece aquí, - La libertad de la poesía sobrepasa las
seiscientas páginas - confirmando el riesgo de rozar la monotonía. Borges destacaba el carácter de
artificio de la poesía. Si la poesía se escribe casi como cualquier cosa,
entonces deja de ser algo excepcional. Resulta curioso comprobar cómo cada
régimen de escritura articula productos bien diferentes, casi antitéticos. Una
concepción desmesurada de la libertad creativa malogra o enfurruña
posibilidades literarias. Recordemos uno de los objetivos del primer
surrealismo: la poesía será escrita por todos. Se equivocaron de prioridad. Lo
que en realidad querían decir es que la poesía sería disfrutada por cualquier
persona, no escrita por cualquiera. Si fuera así, la poesía dejaría de tener
sentido, se convertiría en un hosco flujo sintagmático sin fin y sin belleza.
Este viene a ser el
inconveniente de propuestas como la que se deriva de esta obra de Montobbio. La
liquidez, la suma plasticidad de la experiencia poética concebida como emergencia
continua del instante, del ir y venir del ahora. Confieso que cuando tuve
delante el volumen de Montobbio, me pareció desmesurado y pensé que de igual
modo la experiencia literaria que reflejasen sus páginas sería igual de riesgosa. Pero, no, en realidad se trató de una experiencia sutil y calma, tan
evocadora como tranquilamente reivindicadora de un orden y una harmonía.
Recordemos que la poesía es el lenguaje de lo posible. Lo dijo, nada menos que
Heidegger. Y es esta concepción de la poesía la que legitima y ampara la
aventura cordial de Montobbio.
martes, 24 de marzo de 2026
LECTURA FRASEOLÓGICA DE PROCESO Y REALIDAD Alfred Norton Whitehead
Desde luego no es mi
intención diseñar una reseña común, integral, sobre el libro del filósofo
inglés. Concibo el texto de esta obra, como una invitación a las lecturas, a
las interpretaciones giratorias y divagatorias. Este texto es una aventura
intelectual, un juego de audacias sintácticas, un manojo denso de observaciones
jugando a articular el cuerpo formal de una teoría totalizante y cósmica.
También es algo igualmente disparatado y delirante: el ensayo de una
cosmografía, mejor dicho, no el ensayo sino su formulación misma.
Un texto como este que
pretende describir el conjunto de los movimientos y desenlaces que realiza el
cosmos intelectual para conformarse y articularse en su ser y en el tiempo,
puede presentársenos bajo la audaz forma de una copiosa anacronía, de un
intento utópico de comunicar la integridad de las relaciones universales.
Un texto como este puede
seleccionarse como tratado de asignaciones y especificidades del infinito. La
lectura convierte en devenir lo que no es sino el denso aparataje de un
significado mayor.
¿Hay espacio en un texto
como este para que fragmentos de significado pasen desapercibidos al propio
texto, o se escondan en el abanico general de sus propuestas? No he pretendido
entender íntegramente el libro. Me he contentado con detenerme en pasajes
concretos, en conjuntos de exposiciones que como urdimbre luminosa se agitaban
dentro de su formulación maestra y valían como secuencias aforísticas, como
engranajes singulares de significados cruciales.
He intentado con el
texto de Proceso y realidad, no
enterarme de la totalidad de lo que sus párrafos contienen sino de dejarme
sorprender con pasajes concretos que han sustituido a la totalidad del texto.
Fulguraciones de sentido han saltado a la atención intelectiva actuando como
mensajeros de un sentido sutil y profundo, como vehiculadores de fragmentos de
realidad discernida.
Que los fragmentos sean
o representen la totalidad del texto
filosófico no es sólo una salida retórica, posibilitando las miradas poéticas
al progreso de la exposición teórica. Lo que un texto dice no se resuelve en la
revelación que impacte contra la comunidad de lectores por sus novedades
conceptuales. Lo que el texto dice se queda en las entrañas del texto, como las
pistas infinitas en espiral de un circuito pleno de significado. De un texto
notable trascienden las definiciones más sorpresivas u originales con respecto
a lo que se conoce o sospecha. Las disquisiciones más analíticas, los
pormenores más específicos, son esa parte que al ser leídas informan y luego
son olvidadas o supuestas, convirtiéndose en
las morrallas ilustradas del texto, el polvillo del entorno que acompaña
al final de la obra o que se acumula, más o menos indiferentemente, en los
márgenes.
Leer un texto de este
modo, ¿quiere decir que me burlo del mismo, de sus pretensiones de autoridad?
No, para nada. Precisamente porque invisto el texto de Whitehead de una
seriedad total y de una lucidez
vertiginosa, me atrevo a contentarme sólo con partículas de concepto, con
sintagmas precisos pero no finales ni ultimadores de los párrafos para así emprender
el viaje conceptual y percibir una imagen global de complejidad efectiva a
partir de brechas de discurso.
Las sucursales de
sentido que a través de párrafos y capítulos componen la temática emprendida
son en su conjunto percibido el mensaje esencial del libro, justifican la
percepción apasionada del libro como un instrumento de viajar y concebir
intelectualmente. El libro como un mecano de significaciones es una definición
ya conocida del hecho del libro que no obedece sino a un concepto
lúdico-semiótico del conocimiento.
Leer de este modo un
libro tan ambicioso como este no es evitarlo o ningunear sus pretensiones, todo
lo contrario, tiende a convertir su mensaje en un ensayo infinito, convirtiendo
la obra en una fuente intermitente de revelaciones oraculares y de
ensortijamientos regulares de significado y propuestas, en máquina productora
de proposiciones y discurso.….
LÍNEAS
DE DISCERNIMIENTO.
Advierte Whitehead que
todo cambio o acontecimiento en la naturaleza es procesual. La idea de proceso
implica la de un movimiento gradual y relativo, un movimiento que con su
desenlace va articulando de un modo secretamente ordenado energías y disposiciones,
reajustes y dilataciones. La idea de proceso parece llevar implícita la de una
racionalización de los elementos conjugables con la intención de llegar a un
resultado. Aquí también podría aplicarse el término de evolución, aunque sólo
fuera para designar lúdicamente a los movimientos que se desarrollasen en el
seno del proceso.
JUEGOS
NO DE AGUA SINO DE VERBOS
La peculiaridad de un
texto se evidencia en el manejo curioso, chocante de sustantivos y verbos, de
adjetivos que singularizan una observación, introduciendo la observación en una
casilla que marcará los episodios de un estilo, los procesos intelectivos de un
autor. Whitehead me sorprendió la primera vez que lo leí. Enseguida percibí la
sofisticación de sus análisis, la complejidad de su filosofía. Esto me ayudó a esperar de los textos del
autor inglés nuevas y fascinadoras
entregas de análisis ultrainteligentes. En este orden, la capacidad del
lenguaje se eleva como un arma única, como un surtidor de sustancia
ultraterrena.
La cuestión es que en
filosofía la fascinación del lenguaje procede de la precisión, de la verdad de
las observaciones. No puede haber un lenguaje que se adecue a las
especificidades de lo real tan auténtico como el filosófico. Es esto, la
autenticidad lo que le presta su poder de fascinación-.
En Whitehead muchas
veces la belleza conceptual no radica sino en la definición profunda de lo
estable, de lo superficial, de lo elemental.
A propósito del poder
positivador que posee el lenguaje, Whitehead
escribe: cierto es que en el
lenguaje es donde mejor queda expresado el general consenso de la humanidad
acerca de los hechos experimentados.
Es decir, el lenguaje es
herramienta y lugar de verificación.
La filosofía es el gran
útil de la filosofía. Y si llegamos a la locura de la clasificación de
síntomas, conductas o biologías, es sólo porque a través del lenguaje se nos
hace más accesible una comprensión de la complejidad de la naturaleza.
LO QUE
SIGNIFICA DECIR ESTO Y AQUELLO
No hay
hechos autosuficientes flotando en la no entidad.
Sin contextualizar
minuciosamente, esta frase parece librarnos de cierto peso, de la presencia más
a menos sospechada, más o menos fantasmagórica, de un ente sin formular. Parece
querer decirnos que nada se articula fuera de una conciencia mínima de nosotros
y de los que nos rodea. Nada que pueda ser significante se construye en el
vacío y amenaza con obligar a nuestras mentes a calcular una dimensión movediza
que incluso pueda influenciar nuestras actitudes u operaciones prácticas. Lo
que soberanamente se conforma lo hace a través de un proceso de cuyos episodios
debemos tener noticia. No hay pues conformaciones de vida independientemente de
las conceptuadas y existentes en las leyes de la naturaleza.
TANTEO
LIBRE
Whitehead afirma que no
hay nada comparable al lenguaje a la hora de formalizar y dilucidar acuerdos
con respecto a la naturaleza de algo que les afecte. Pero el otro lado la practicidad del mismo obliga a que su
eficacia dependa de los contextos en los que se articula, ya que como herramienta
extraordinaria, sus aplicaciones comunicativas se realizan en circunstancias
concretas de exposiciones y especificidades ambientales.
La naturaleza para Whitehead es un dinamismo complejo pero unitario. No hay zonas de desconexión o de ajenidad esencial. El denso y largo proceso que activa y es la naturaleza excluye de su realización profunda y real la existencia de compartimentos estancos en la creación. Podría parecer una observación muy en acorde con las ideas expresadas en los grandes mitos sobre el universo, pero se trata de una determinación extraída de la observación experimental. La completud de la palabra no dice la extensión del universo: es la realidad fractal infinitamente conjuntada la que refleja la unidad de un sustantivo cuya dinamicidad consiste en una relación de nexos. Whitehead menciona el carácter finalmente fallido del racionalismo como sistema verificador de hechos. El racionalismo, en este ámbito tan técnico y específico puede aportar toda la densidad lógica de su aparataje, pero no por ello se convierte en la máquina confirmadora que la ciencia va buscando. De acuerdo. El racionalismo puede interesarme ocasionalmente. Pero fuera del espacio de competencia que Whitehead reclama para la investigación, yo sí creo que la razón pueda ilustrar los tramos más abruptos de la vida y sus evoluciones en torno a los intereses más humanos. Racionalismo, bueno. Razón, totalmente. Pues como los mismos griegos ya afirmaban, la razón no es un aparato estático sino que va creciendo con el tiempo y las experiencias humanas. El concepto de razón que debiéramos manejar, preferentemente, se aproximaría a las plasticidades perceptivas e imaginativas de la poesía, tal y como una María Zambrano expuso en sus obras. Y además, podemos adjuntarle a sus soberanos modos, el aporte preciso y luminoso de la intuición.
TODO
FLUYE Y TODO PERMANECE
Según Whitehead, esta es
la clave de la filosofía occidental, la dilucidación de la aparente paradoja:
todo fluye y todo permanece, la sístole y la diástole de todo movimiento vital,
el eje fundamental sobre el que se articula el enigma doble de lo que existe. A veces el conjunto de datos
constatados sobre lo que permanece bajo
el aluvión de los distintos fenómenos, constituye un documento suficiente que
localiza pasajes de realidad que emergen regularmente, confirmando una suerte
de eterno retorno de cosas conformando un mundo. El otro gran fragmento del
universo que fluye y constantemente se trasviste de apariencias sucesivas y
contrarias, que conforme aparecen,
desaparecen, no contraría la entidad intelectual de lo supuestamente
estable. Del mismo modo que podríamos afirmar que el tiempo no existe, pues la
sola experiencia del presente, del éxtasis amoroso o del vuelo estético parecen
modificar las servidumbres de la finitud; o bien, considerar
que, efectivamente, que el tiempo sí existe al consultar con la memoria, la
historia, y nuestra propia experiencia que nos remitiría a percepciones de la infancia, la afirmación que hace converger
la definición de lo que permanece en este mundo y la que lo hace sobre lo que
se metamorfosea o desaparece, no tiene por qué provocar el desasosiego de la contradicción,
pues cada concepto es de proyección autónoma y ofrecen además, un furtivo índice
de complementariedades. Lo que comporta el fenómeno universal del tiempo sobre
todo ente o criatura, no supone la cancelación de alguno de sus pasajes. Los
que desaparecen según el curso del tiempo y de la historia se registran como
componentes negativos que facilitaron el progreso de otros hechos universales
del gran proceso cósmico.
DINÁMICAS DE LA DESCRIPCIÓN CONCEPTUAL
Lo que me resulta
curioso de Whitehead es que siendo un filósofo de la ciencia, arriesgue
notablemente en la expresión escrita cuando lo que pretende explicar es
complejo. Y Whitehead habita con regularidad el ámbito de lo complejo. Es
cierto que el mismo Whitehead afirma que uno de los mayores poderes del hombre
es el de la palabra. Con la palabra nos expresamos, nos comunicamos, realizamos
obras literarias, filosóficas, analizamos el mundo, le ponemos nombre a las
cosas que a partir de tal bautismo van a formar parte del mundo sistematizado y
emocional.
Lo que también me parece
sorpresivo es que observo similitudes expositivas o lingüísticas entre la
escritura teórica de Whitehead y las elocuentes expresiones filosófico-verbales de Deleuze. En realidad tampoco es
tan extraño, teniendo en cuenta lo que ambos autores intentan desentrañar:
combinaciones espacio-temporales complejas actuando y configurando la realidad.
Cuando en la Lógica del sentido Deleuze pone en marcha los motores para
demostrarnos la red de relaciones que componen las articulaciones del
significado, o Whitehead, en esta obra que comento, Proceso y realidad, nos
habla de las ubicaciones representacionales que definen a la Divinidad en una
asunción de la totalidad, ambos filósofos logran emprender una carrera de
obstáculos sólo franqueada por el virtuosismo estilístico incluso retórico que
poseen.
Whitehead, al idear
expresiones que describan la realidad de un sujeto moviéndose por el espacio y
el tiempo se apoya en la geometría y es ahí que ofrece curiosas semejanzas con
la construcción de sentido que Deleuze aborda.
Cuando estos dos autores
describen el desenlace del tiempo en sus escenarios más generales y complejos,
la perspectiva, el lenguaje utilizado, la tónica estilística es muy parecidos,
o coincidentes, incluso en algunos pasajes, resultan sorpresivamente idénticos.
Whitehead, aunque no
excluye los elementos o esconces más comunes imbricados en la complejidad,
planea con tranquila meticulosidad entre la espesa información que no solo
maneja sino que ha sabido extraer y ubicar en un plano formal.
Para mí, tanto Deleuze
como Whitehead son productores de alta literatura. Mucho antes de conocer el
revelador dicho de Borges sobre la obra de San Agustín, aquello tan sorpresivo
de que los grandes teólogos o filósofos debieran ser considerados como autores
de literatura fantástica, siempre he consumido filosofía como si fuera el
género literario más suntuoso y singular, en las mismas plásticas coordenadas
que la poesía. No se trata de una mistificación o de una interpretación
frívola. Siempre he disfrutado con los libros de filosofía, degustando las
frondas conceptuales cuya exposición minuciosa me ha parecido el don supremo de
los que ostentamos el logos en nuestras obras. El placer de la lectura
filosófica reside en aquello que decía Sijé, lo de la pasión crítica. Es con ella como accedemos con placer a las cámaras
conceptuales para, a continuación, fascinarnos con el rosario verbal que los
filósofos hayan escogido para delinear sus resultados cognoscitivos. Es un todo
que se efectúa del mismo modo: gozar leyendo, gozar disfrutando.
La poesía también accede
a los misterios del ser, pero en la proa filosófica lo emocionante es que el
vuelo verbal es sustituido por las dinamicidades de la elocuencia y que desde
ese espacio llano, el razonamiento hace surgir estratos y fallas convulsivas,
racimos adjetivales, frondas analíticas, unidades vertiginosas al lado de
copiosos exámenes en busca de las resoluciones que giran en sus vainas formales
y camuflajes.
Sin terminar de leer el
libro entero, y sabiendo lo que esperaba al final, me precipité a descubrir qué
misterio cenital y elusivo nos comunicaría, qué convergencias revelaban el
puesto de las cosas en el universo. Sin alaracas, el final de Proceso y realidad nos habla de que Divinidad y universo se adecúan entre
ellos, que ambos forman parte de un mismo movimiento que asume y encarna
períodos de complejidades y respectivos grados de irrigación conformadora. Hay
cierta funcionalidad en esta descripción final, pero la coherencia filosófica
de tales figuras en el paisaje anfractuoso descrito por Whitehead es innegable.
LÍNEAS
DE DISCERNIMIENTO TECTÓNICO-BIOLÓGICAS
Perdóneseme el
atrevimiento: del mismo modo que para mí el tiempo no existe y sí existe,
simultáneamente, Whitehead afirma que el nudo gordiano de la metafísica
consiste en identificar el misterio que supone el que todo fluya y se
transforme conjuntamente, que existen cosas que perduran, que bajo la cáscara
perceptible de la metamorfosis, continúan allí como motivo, como tema
filosófico, como implicación ética, como eje de la vida.
Pero antes que nada,
Whitehead afirma que todo en la naturaleza es de carácter procesual. El proceso
indica que todo elemento vital se coordinará y se relacionará con otros para
permitir el avance y creación de la vida, que no existe nada que haya aparecido
en el mundo para no modificarse o al menos, no relacionarse con sus
consiguientes contextos. Si hay periodos en la naturaleza hostiles a lo vivo,
aunque ello alcance un grado extremo, terminará por dar paso a una
transformación o a un renacimiento de lo estancado o destruido.
Podemos acusar
sofisticaciones en lo puramente teórico, pero el nivel de complejidad actuante
en los diversos estratos de la naturaleza es formalmente comprobable tanto por
los presupuestos científicos convertidos en protocolo de investigación, como
por el razonamiento capaz de considerar los puntos elusivos de los que parte el
magma de las conexiones y relaciones.
EL ORIGEN DE LAS HORAS
Todo ser viviente transiciona. Es más,
la transición es el fenómeno que constata la diversidad en formación, la
configuración de lo viviente. La transición global certifica el movimiento de
lo vivo hacia sus destinos varios. Las transiciones internas se refieren a la
conformación individual de cada ser viviente en relación a su propio cuerpo.
Una definición sutil del motor del cambio universal, es la alusión al tiempo: la transición es el originarse del presente
conforme a la potencia del pasado. Es decir, en tanto que el concepto de transición
informa sobre la historia del sujeto, este atesora como realización en su
persona y memoria, la acción propia de lo efectivamente realizado ligado
indiscutiblemente al progreso vital: el volumen de acción del pasado inmediato.
El presente se hace gracias a lo que acaba de hacerse y le permite dar el
siguiente paso, es decir, el pasado es lo que acaba de efectuarse en mis
competencias vitales y que al empujarme hacia adelante se convierte en pasado
inmediato. Mi percepción clara del entorno, ahora se ha hecho posible por las
acciones implicadas en mi ser que al ser ejecutadas e ir a incorporarse en mí
como información y estímulo, se hace pasado ya con respecto al estado actual
real. El presente es contrario a toda conformación estática o definitiva. El
presente está atravesado de fibras de pasado metamorfoseándose continuamente en
presente al ser aceptadas por la conciencia.
TRIZAMIENTOS VERBALES
A lo largo del texto, Whitehead va
desarrollando algunos conceptos que pretenden especificar y clarificar en lo
posible, contenidos muy concretos relativos a la naturaleza transformativa de
los sujetos y las cosas. Conceptos como concrescencia, hacen alusión a estos
aspectos, y aunque parezcan invención de Whitehead, ya pueden rastrearse sus
rudimentos en autores filosóficos de varios siglos atrás. A mí son precisamente
estos conceptos los que veo más prescindibles si no se asumen dinámicamente al
inicio de las exposiciones Ante la lucidez e inteligibilidad de algunos pasajes
que afirman cosas generales pero importantes, estos conceptos explicativos de
los procesos concretos resultan inoportunos, demasiado teóricos incluso para un
inglés. Es explicable: si no integras un término nuevo al grueso teórico que
vas manejando, tal término solo orbitará ocasionalmente en la lectura, cuando
no, tenderá a desaparecer ante otras invocaciones más inteligibles.
Una obra filosófica implica un texto
en el que las diferentes ideas o sistemas se encuentren convenientemente
descritos. Pero de tales obras, lo más concluyente termina siendo lo más
característico, lo que logra resumirse en una definición, concepto o idea. Y no
me refiero sólo a la memoria común o a las pretensiones del vulgo, sino también
para una cierta memoria de élite. Las consecuencias de conocer o ignorar lo que
significa la concrescencia, por
ejemplo, son poca cosa ante lo que el filósofo se atreve a afirmar al inicio de
uno de los capítulos:
No hay nada en el mundo real que sea meramente un hecho inerte. Toda
realidad está para sentir: promueve la sensación y es sentida. Tampoco hay nada
que pertenezca únicamente a la privacidad del sentir de una actualidad
individual. Toda génesis es privada. Pero lo así generado se extiende
públicamente por todo el mundo.
La libertad y soberanía de toda
existencia se prologa aquí, aclarando la relacionabilidad de todo hecho con
otros o con el contorno, al tiempo que se afirma la imposibilidad de que
cualquier acontecer o cosa fluctúe en los límites estrictos de una sensibilidad
individual, que tal acontecer o cosa pertenezca exclusivamente al reducido
ámbito de una individualidad existente. La soberanía de lo que les ocurre a los
vivientes radica en el hecho de que si bien las percepciones del mundo se elaboran
y dilucidan en la sensibilidad del sujeto, el resultado de tal proceso interno
acaba siendo manifestado a los entornos vivenciales, hallando una difusión y
direccionándose hacia la representación general, lo que acabará por normalizar
e integrar la suma de las percepciones del sujeto como memoria común.
INDICACIONES PUNTUALES
Típica expresión de Deleuze enunciada
por Whitehead: una molécula es un
itinerario histórico de ocasiones actuales, y dicho itinerario es un “acontecimiento”.
La imaginación del francés asomó en el pasado a través de la ocurrente
mentalidad de un barbilampiño inglés. Sin
comentarios.
Indiscutible y enunciador de la no
condición del universo en sus evoluciones performativas: El mundo es autocreativo.
Aproximándonos a la patafísica por lo
chocante y complejo de lo obvio: la
extensión, aparte de su espacialización y temporalización, es aquel sistema
general que proporciona la capacidad para que muchos objetos puedan soldarse
dentro de la unidad real de una misma experiencia.
O bien: Dios es el órgano de la innovación, que tiende a la intensificación.
NO EXISTE LO QUE NO
SE BUSCA…
Soñé esta frase hace unos años y casi no tuve necesidad de apuntarla: su contundencia tanto conceptual como enunciativamente onírica, impactaron con incisiva sorpresa en la memoria. La evoco en medio de esta multi-irrigación filosófica y terminológica, a propósito de la capacidad germinativo-conceptual del hombre, a propósito de lo que es posible dirimir, analizar, describir del universo que nos rodea y somos. Alguna vez he dudado de la inocuidad de la invención conceptual, de la inutilidad o espectralidad que hay o conforma un libro. Pero constatar la exquisitez racional, la belleza intelectual que integra un texto, no hace sino maravillarme de las realidades que somos capaces de detectar y de las que tenemos que dar alcance. Y es increíble que ante vidas humanas extraordinariamente limitadas por la pobreza o la enfermedad, la riqueza conceptual que brota de una obra filosófica o literaria, confirme la enormidad de la misión de justicia y harmonía que debemos realizar.
martes, 17 de febrero de 2026
LECTURAS-RELECTURAS
Cómo me justifican
íntimamente la serie de conceptos que Manuel
González de Ávila, en su brillante
libro Semiótica, la experiencia del sentido a través del arte y la
literatura, va exponiendo y describiendo. De Ávila habla de las figuras
del lector y del contemplador, dos
personajes clave en la dilucidación de una semiótica de la presencia. Se
trata también, de una teoría estética. Las obras de arte no son meras
conformaciones visuales que inercialmente se presten a una mirada ociosa. Las
obras de arte interactúan con nuestros presupuestos conceptuales y éticos, nos
provocan desde sus respectivos lenguajes, orbitan sobre nuestros sueños, nos
obligan a crear respuestas a sus ofertas de mundos. Yo soy, desde luego,
lector, pues no ceso de rastrear el sentido de las cosas en cualquier ámbito
que se produzca algo. Siempre me inquieta porqué ocurre algo y qué sentido tiene
en el conjunto de las otras cosas existentes. Y soy, desde siempre,
contemplador, porque la realidad me fascina y me hipnotiza e incluso me aterra,
desde donde esta se dé.
Estoy leyendo el que
creo es el último libro de poesía de Jenaro
Talens, La velocidad de la sombra, y vuelvo a constatar el poder
metafórico de este autor y su capacidad para reflejar la historia profunda del
sujeto en sus textos. Veo a Talens como una vibrátil inteligencia a la que ya
no se le escapa nada.
Estoy leyendo Psyche, del filósofo romántico, Carl Gustav Carus, al que no conocía casi de nada. Creo que algún autor lo mencionaba en alguna obra que leí hace un tiempo, pero no sabía del relieve de este personaje. Como toda la contundente pléyade de filósofos alemanes de la época, es decir, todo el ancho y hondo del siglo XIX, Carus se interesa por el inconsciente y sus brumas originarias. Esta pieza, Psyche, es una descripción morfológico-filosófica de la encarnación de vida en los seres vivientes a través del alma. Como suele ocurrir cuando uno frecuenta ese evento intelectual que es el grueso de los grandes filósofos alemanes del XIX, sorprende la dilucidación extrema, la racionalización sin cortapisas de las más densas urdimbres del espíritu, la harmónica línea mantenida entre el discurso científico y el análisis subjetivo. Sorprenden estos momentos de revelación de lo numinoso, cómo y por qué en la historia se produjo a través de la intelectualidad alemana este hallazgo de lo abisal.
Estoy releyendo Algunos tratados en la Habana del gran Lezama Lima. Cada artículo una obra maestra, pero no, meramente, de crítica literaria, sino de revelación hermenéutica. Para Lezama la cultura universal se deshoja en períodos determinados por la fuerza significativa de las imágenes que tales períodos han urdido y producido. La imagen es más que un argumento o una justificación teórica, más que una coartada: es la condensación específica que expresa los movimientos decisivos del espíritu, lo que muestra la suma de la intensidad y la inteligencia, configuradas en un motivo que identifica el devenir de tiempos secretamente consumados. Para Lezama la cultura universal es un festejo enorme y fascinador de elementos en rutilante combinación, el resultad de una colisión blanda de pasiones y cifras, de alfabetos y sortilegios. Me repito sobre el tema, pero sigo sin entender por qué los poetas españoles puedan tener a un Lorca como referente imaginativo de sus creaciones y cuasi olviden el torrente lingüístico de un Lezama, que conecta fulgurantemente con nuestros clásicos barrocos.
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