jueves, 2 de julio de 2026

OBSERVACIONES



Cómo me gustan estas sorpresas, este tipo de revelaciones. El nombre de  Jesús Hilario Tundidor, siempre me había resultado familiar, y el valor de su obra, poseía buena fama, pero hasta ahora no había leído ninguna obra suya. El poeta falleció hace unos pocos años y recientemente, Hiperión, ha publicado una antología de su obra poética completa. Llevo leído medio libro y celebro haberme internado en otro clásico contemporáneo que el silencio había reservado a pocos. Los poemas de Tundidor no son fáciles de leer ni de digerir, no fluyen con esa pericia barroca de los autores más conocidos o famosos. La significación simbólica está recogida en una banda de imágenes muy contraída que precisa de una contextualización minuciosa antes que pasar demasiado rápido sobre la musicalidad de las palabras. Lo que más valoro y que me llena de entusiasmo es que a través de estos poemas, aparentemente concisos o áridos, descubro otra imagen, que se añade a las que ya conocemos,  del sentir y de la historia de España, desde la década de los sesenta hasta la entrada en el nuevo milenio. Y valorando estos aspectos de la poesía de Tundidor, reconocemos el papel central, secreto y ostensible, sustancial y definitorio, universal de la poesía en general.   



Esta mañana he visto, más bien, entrevisto, la primera película que rodó  Almodovar, Pepi, Lucy, Boom y otras chicas del montón. He sentido trallazos de melancolía, por un lado - ese año 1980 de la filmación se me antojaba remoto como los personajes junto al comprobar cómo han ido envejeciendo los actores  -; y por otro, la película no ha dejado de suponer una actualización de la temática almodovariana: representación del mundo homosexual, la droga, la libertad en las relaciones, las perversiones eróticas, el humor, etc- . Independientemente de la percepción emotiva, me ha hecho reflexionar sobre la complejidad y el valor extraordinario del arte fílmico: cómo el director se responsabiliza del resultado final de un conjunto de tomas cuya relevancia representacional, es decir, estética, también es el director quien se encarga de articular para que todo fluya como un todo narrativo. El otro día, también entreví, Missouri, de Artur Penn, un singular western con Jack Nicolson y Marlon Brando en emocionante enfrentamiento. De nuevo, como en el caso de Almodóvar, casi al tiempo, de ir disfrutando de la película, no dejo de darme cuenta del trabajo enorme y plural que supone la creación de un film. Cómo pasamos de un plano a otro, de una escena a otra, de qué objetos o elementos singularizan las tomas, el impacto de la fotografía, la fenomenología de los sonidos y músicas, etc...  Gracias a a la película de Almodóvar me entero de que las gotas de lluvia natural no se pueden filmar bien, por lo que se emplean otros sistemas de creación de lluvia artificial que visibilizan mejor el agua.   


La forma más elocuente de comprobar lo que dice esa algo antipática frase de que tras la muerte todo continúa, es echarle un vistazo a este Mundial 2026 de fútbol: mientras en tu aquí es de noche y puede ocurrir cualquier cosa de carácter luctuoso, incluso, en otra parte del planeta, en ese mismísimo instante, luce un espléndido sol donde unas selecciones de futbol juegan ajenas a toda tragedia o suma de circunstancias extrañas a su momento inmediato. 

sábado, 27 de junio de 2026

TORNASOLES



León Bloy, con más o menos cariño, llamaba a los protestantes "salvajes". 



Aunque creamos que no nos guste o la pensemos como poco accesible, la existencia de la música clásica ya nos asegura el paraíso en un recodo del camino, en una circunstancia inesperada, como sea... Escucho a Clara Schuman o a Chopin, y la delicia más divina me envuelve el cuerpo en un estremecimiento. Y me digo, en ese mismo momento:  que no pare, que ese piano siga sonando, que las manos célicas de Clara o de Chopin no dejen de articular, de pulsar notas. La paz del universo depende de ello. 



El poema es memoria hecha, cumplida, que festeja. 



 Nadie se entera de que ha muerto...



El simbolismo es un barroquismo de la sensación y de la escenografía. 



Me da alegría ver un libro sobre la mesa. Alegría y esperanza. 



A veces pienso que los motivos que provocaban en mi juventud ensoñaciones y alumbramientos furtivos de pequeños paraísos, con la edad se acartonan, se atomizan y desaparecen aniquilados por el tiempo. Pero no. En un instante de bienestar físico y súbita lucidez, regresan, de pronto, intactos, como si respondieran a una evocación inconsciente. 


Esos poemas de Rimbaud donde se festeja la vida en las ciudades, esa vida maravillosa de fiestas y lujos, ciudades en las que la vida se presenta cuasi exótica de brillante, única y mítica. Parece que estos paisajes mentales correspondan a una suerte de pasado remoto, pero lo que se siente es que tal vitalidad regresará, que esas ciudades esplendorosas serán las nuestras. 



miércoles, 24 de junio de 2026

COLECCIÓN PARTICULAR EN EL PALACIO DE ALMUDÍ



Visité el otro día la sala de exposiciones del Almudí. Marchaba tan ávido de imágenes nuevas que no me fijé apenas en el encabezado de la entrada. 



Precisamente a esta pieza, su título le robaba magia por la obviedad de la instalación. Transparencias jaspeadas de agua de lluvia derramándose. Imaginación. Olvidémonos de epígrafes consagratorios. 




Minuciosidad simulada con pinceladas inteligentes. Una pieza de poesía urbana. Sugerente y seria. 





El efecto matérico de la pintura.




El mundo reducido a casi grafías, a signos puros. 





A veces, la línea es tan sólo recuerdo, insinuación de espacios coexistiendo en la memoria enunciatoria. La intensidad del amarillo. 




Cuando lo abstracto comienza a encarnarse en algo no abstracto, sutilmente estimulante.






Población de formas. Por aquí es grato moverse. 




Nada más y nada menos que un Tápies. No deja de sorprenderme, y lo digo sin  malicia ni ironía, la unanimidad que existe sobre la genialidad de su concienzudo miserabilismo, o sea, que haya tanta gente que admita la presencia de  algo superior deslizándose entre lo informe de los grafitis y manchas. Esta unanimidad ¿es una pose o es el resultado de una comprensión exquisita?


 



La fascinación onírica ante las formas geométricas tridimensionales en libre evolución.





Un centinela humanoide nos invita a ver la exposición.


martes, 9 de junio de 2026

LA EXPERIENCIA ESTÉTICA COMO EXPERIENCIA RELIGIOSA




El otro día estuve en la sala de exposiciones de Las Verónicas, en Murcia, y estuve echándole un vistazo a la obra de Gonzalo Sicre, allí expuesta. 

La primera impresión es, valga la redundancia, impresionante: un brote de inmensidad cromática te asalta desde los puntos estratégicos de la sala, como si fuera aquello el aviso de que una inminencia de carácter extraordinario fuera a acaecer. Los flujos abstractos de color, volcados sobre nuestra mirada, amenazaban con  desbordar sus marcos y sumirnos en la ceguera con que la divinidad castiga a quien ose observarla directamente. 

La enormidad de las imágenes delimitaban una presencia que no obstante no revelaba un rostro humano inteligible sino la amenaza de algo tan inconcreto como ciclópeo. Los vapores que se elevan son más la expresión de un devenir remoto definido, en todo caso, en la evolución de sus masas.   

La instalación de Sicre impresiona por el efectismo de sus dimensiones, pero sobre todo porque ha sabido presentarnos los límites de aproximamiento a lo innombrable sin que lleguemos a salir escaldados de tal encuentro: las astillas que el aura de la divinidad expulsa a su alrededor apenas pestañea. 

La obra de Sicre supone una suerte de apocalipsis silencioso desmantelando el tiempo.

Los trasuntos de libros sagrados arden en la cámara secreta de la sala, bajo el rayo que delimita sus bordes de pergamino atemporal. El contenido de la serie de libros que en realidad es, físicamente, sólo uno, únicamente puede ser leído por la luz cenital que nos acaricia desde lo alto. Es por ello que los "textos" resulten indescifrables.  









     

miércoles, 3 de junio de 2026

Curiosidades

 



Nunca he visto nunca a un apache conversando con un mejicano.

 

Los políticos y las mujeres árabes parecen ser inmunes tanto al frío como al calor. Visten igual en ambas estaciones del año. Los políticos, a lo sumo, se quitan las corbatas. Y las árabes, quizá, debajo del manto que les cubre de arriba abajo, se aligeren algo la ropa, pero en apariencia, van igual.

 

Los españoles tienen que pedir perdón y dar explicaciones, todavía, a día de hoy de lo que hizo y no hizo Hernán Cortés. Y los norteamericanos que no han tirado una bomba atómica sino DOS, parece que no tengan grandes problemas en conciliar el sueño.

 


Los marineros rusos de 1900 ya usaban patas de elefante en sus pantalones.

 

¿Por qué los norteamericanos, con todas las barbaridades que han hecho, agrediendo a otros países desde que son una nación, no sufren de ningún complejo de culpabilidad como nos ocurre a nosotros? Fácil. Son protestantes. Eliminaron hace mucho el sacramento de la confesión. En el caso de hacer algún mal, les sobra con decírselo a la pared para escabullirse de cualquier remordimiento. Los católicos son mucho más rigurosos en esto al contar con el sacramento de confesión como referente de autoridad. La famosa libertad protestante ha hundido a los norteamericanos en particular en una barahúnda de perversiones y en una fascinación perversa por la muerte. Esto sorprendía negativamente a Michel Foucault. Véase si no su cine y las preferencias temáticas de sus películas. Por todo ello, yo creo que los norteamericanos, a pesar del rollo evangélico y los mormones, son gente, en el fondo, sin moral.


martes, 2 de junio de 2026


 

IMPRESIONES.

Notículas.

Tendría yo veinte tantos años cuando un buen día, al entrar en mi habitación y tras unas lecturas de filosofía que parece me estimularon formas de pensar el espacio, hice para mis adentros la siguiente apreciación: si yo entro en una habitación como lo he hecho ahora mismo, la visión que tengo de ella dependerá de mi altura y del punto desde el que observe la estancia: desde la misma puerta, desde un poco más allá, un poco más acá. Y sobre todo dependerá de que mi persona esté presente, claro. Pero ¿y si no hay nadie, y si nadie entra en la habitación, qué perspectiva podemos imaginar del interior de la misma? Si nadie mira la habitación, cómo es mirada la misma, qué perspectiva ofrece. Pero si no hay testigo o persona, no puede articularse perspectiva ninguna. ¿Y si se nos pide que imaginemos el interior de la habitación sin estar nosotros físicamente allí? Si no hay conciencia humana que imagine una perspectiva que visione la habitación, ¿es posible que la habitación se haga visible de algún modo? Si nadie mira la habitación, qué perspectiva nos la daría a conocer, qué imagen de la habitación se haría posible. Si nadie la observa, quién o qué se hace consciente de ella? Recuerdo que me alucinaba considerar que la habitación que yo hacía visible en mi conciencia y era capaz  de retener gracias a la memoria, no existía si no había una conciencia que la registrara. Yo sé que la habitación existe, pero la habitación sola deja de existir en tanto no exista conciencia que se la represente para sí. Sé que esta afirmación es producto de un idealismo extremo y como alucinado, pero hace años, consideraba que la habitación, efectivamente, no existía si nadie la percibía. Lo que continuaba alucinándome era que el montón de posibilidades de visionarla para una persona, desde una determinada altura, con las luces apagadas, pegado a una de las paredes, subido a una escalera, etcétera, esta pequeña suma de posibilidades perspectivas, desaparecían, se esfumaban ante esa no presencia de un percibiente. 

 

Me encuentro con un video del cantante Luciano Pavarotti de 1964, actuando en Moscú. Tenía yo entonces un año. Sensación sorpresiva al verle bajo unas apariencias distintas, mucho menos grueso aunque corpulento y muy alto, pero sobre todo, sorpresa al verlo aparecer tras años de su fallecimiento. Es como si de repente dijera, aquí estoy de nuevo, en realidad, no he muerto. Sensación de resurrección, de que los que se han ido se encuentran en alguna remota región del espacio o del tiempo.

 

¿Por qué determinados autores, artistas, novelistas, pensadores, los asociamos a una singular interpretación estética, con exclusión de cualquier otra, y encima se nos presentan llenos de prestigio? Por ejemplo, Ramón Gaya. Este autor, según sus textos y declaraciones, no fue más allá de Velázquez. Los impresionismos o modernismos, que fueron movimientos coetáneos, los admitió pero no se identificó con ellos. A Picasso le reconoce la fama, pero poco más. Incluso a veces se percibe más o menos un velado desprecio. Qué suerte de misterio hace que todos convengamos en  que Gaya es una gran sensibilidad, pero su distanciamiento cuando no su ignorancia total de todos los fenómenos y movimientos de vanguardia artística no le afecten en absoluto, sino al contrario, le refuercen en sus ideas y querencias velazqueñas y clásicas. ¿En qué consiste esta unanimidad a cerca de la excelencia de Gaya, teniendo en cuenta los movimientos artísticos que ignoró?

miércoles, 27 de mayo de 2026

SEVERO SARDUY Y LOS EXQUISITOS DESVANECIMIENTOS



Casi pareciera una maniobra paradójica el que el producto de una inteligencia singularmente sensible, fuese a parar a un olvido determinado por las circunstancias sociales y educativas. A mí me parece que esto es lo que ocurre actualmente con la obra de Severo Sarduy. Está visto que todo lo exquisito, es materia de lamentable indiferencia por parte de esta sociedad fascinada con la tecnología y que en el camino alienante a la que ha sido arrojada, va perdiendo casi todos sus referentes culturales o a trocarlos en otros decididamente someros: todo el universo que venga de Estados Unidos bajo cualquier forma y contenido. 
No creo que cuando Sarduy escribía, su identidad sexual supusiera una limitación o marginación expresa. Las virtudes literarias de Sarduy eran notables y eligió, por regla general, destinar la narrativa a contenidos eróticos, cuando no, claramente gay, y reflejar en la poesía y en su obra ensayística el barroco mundo bautizado por las musas de Lezama Lima y los estilos cubanos. 
A Sarduy le tocó en suerte el florecimiento de la cultura pop y supo bien explotar las nuevas imágenes que de la cultura hizo emerger la sociedad del momento, las relajadas y pululantes formas de desplegarse que las vanguardias plásticas y literarias articularon, haciendo colindantes las pinturas de un Andy Warhol con las teorías semióticas más en boga, los descubrimientos de simbolismos y surrealismos con las definiciones de la antropología y sociología últimas. 
Un joven, adicto al móvil y que se mueva casi exclusivamente en los confines  de las redes sociales, si se le ocurre echar un vistazo a las lucubraciones de Sarduy sobre el movimiento del barroco aplicado a toda estética y ámbito, o a su poesía, apenas descubrirá que los textos están escritos en español. 
El genio de Sarduy tuvo el atrevimiento de trabajar con Roland Barthes, reivindicando sus tendencias homosexuales, escribiendo profusos y originales estudios sobre lo que implicaba el barroco, y, además, interesarse por todo lo que se estaba haciendo en América y Europa, relativo al arte. En este ámbito, en el de la imagen, Sarduy halló un sobre estímulo a su dinámica escritura. 
Dinámica virtud que hoy no encuentra lectores como no sean los pertenecientes a la docencia. Al menos, eso es lo que yo percibo. El nombre de Sarduy no lo localizo ni en efemérides, ni en congresos, mesas redondas o reediciones. 
La sensación que tengo al respecto es extraña: constatar que una obra literaria tan diversa en géneros e inteligente en propuestas y desarrollos, no disfrute de vida, de lectores, al verse marginada por el cambio de gustos o hábitos de las últimas generaciones. ¿Qué hacer con una obra así de enclaustrada? ¿Sirvió a la humanidad, realmente, o sólo a los lectores del momento de su publicación? La supermodernidad de un espíritu como el del Sarduy literario, ¿obró en contra de sí mismo, en contra del alcance de sus obras en el tiempo? Se dice que una ardiente manifestación del espíritu dura lo que dura tal manifestación. Los años sesenta y setenta fueron fructíferos en materia artístico plástica y en la elaboración alternativa de teorías, especialmente, filosóficas,  literarias, sociológicas o estéticas. Quien presumiera de inteligencia, ¿se atrevió a mezclar todas estas teorías y transplantar sus audacias varias a  la escritura literaria, a la escritura poética? Complicadamente, ¿llevaría acabo tales operaciones por estar de moda? No creo que a Sarduy se le pueda acusar de tal pose, pero quizá la sociedad misma, la cultura del momento sí llevaba implícito tal gesto. 
Lo repito. Como lector, las sensaciones que tengo al abordar textos de Sarduy, se rozan cuando no, se hieren de una suerte de anacronismo que, al mismo tiempo, por mi parte, experimento como un gesto de desprecio por lo que la gente lee actualmente.  Si decido leer a gente como Sarduy, como Lezama,   como René Char, es en parte por una decisión autoafirmativa: defiendo mi mundo ante las preferencias, cada vez más chocantes e insustanciales, de la sociedad del momento. 

OBSERVACIONES

Cómo me gustan estas sorpresas, este tipo de revelaciones. El nombre de  Jesús Hilario Tundidor , siempre me había resultado familiar, y el ...