Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde... Bueno, perdón por la pedantería: diremos que son mis fotos las que se parecen a las del maestro norteamericano, y no al revés. El referente histórico es Friedlander, no mi humilde persona. Pero, bueno, no deja de resultar curioso que ambos, hayamos realizado fotografías notablemente semejantes y que tanto yo como el artista americano hayamos escogido como espacio preferido de incursiones, el lujurioso ámbito urbano.
¿Qué poder de fascinación ofrece un desangelado escaparate en el que el único lujo perceptible sea el que ostentan un par de flores que sólo parecen estar allí en vez del puro vacío, además del ocasional reflejo en la parte superior que altera el orden de las circunstancias espacio-temporales?
A Friedlander como a mí, nos gusta lo esquinado, los objetos solitarios o abandonados, la fusión de espacios, la rectangularidad de la visión, la calle y sus ramificaciones súbitas, los interiores y su mueblaje expectante, lo aparentemente pobre...
En esta imagen, la presencia patética de los tulipanes ¿artificiales? viene compensada por el fragmento de cielo que se filtra gracias a la pureza del cristal y que remite a una atmósfera liberadora más allá del escueto confín en que las flores muestran su belleza para nadie. La verticalidad de la foto refuerza ese gesto liberador final que con su pizca de surrealismo y mística desapercibida, componen la fugitiva totalidad captada por el ojo del fotógrafo.
Qué punzadas de repentina melancolía me han asaltado en mis deambuleos urbanos cuando algún rincón, algún escaparate, un pedazo de fachada o una ventana semiabierta ofrecían similar combinación a la de la foto. Un simple reflejo ya nos hace soñar, permite una pincelada de imposible silencioso adormeciendo la voracidad de la mirada que sólo desea composiciones geométricas en el entorno sin otro acontecimiento que ese orden matemático.














