PERFIL
CONTINUO
Llevo ya unos cuantos
días permitiéndome un lujo peligroso: no anotar nada cuando no paran de
ocurrirme cosas íntimamente convulsivas, nutricias, relevantes. Y no sólo eso:
el carácter que tales convulsiones secretas presentan teniendo en cuenta la
edad que ya he alcanzado. Me parece increíble: ¡63 años! Lo siento, doña
biología, pero no me doy por aludido. No sé qué demonios ha pasado, pero no me
da la gana tener…63 años. Absurdo.
Mi memoria no es un
sustantivo gramatical sino una ceñida urdimbre de ensoñaciones y recuerdos que
al ser evocados me estrujan el corazón. Mi memoria es actualmente un motivo y
un referente literario. Esta ha sido la revelación insólita del verano que el
paso del tiempo ha obrado en mi alma: descubrir que la masa de recuerdos que se
apiñan en los pliegues de mi interior, se han convertido en materia literaria,
que mi vida al alcanzar y sobrepasar el ecuador de la vida ha transformado lo
vivido remotamente en materia simbolizante.
Es mi pura interioridad, paradójicamente,
la que me sostiene y la que más vulnerable se muestra ahora, en verano, cuando
la molestia del calor mantiene en jaque al cuerpo, no dispongo del apoyo de las
pastillas y las salidas concretas a la calle se convierten en otro suplicio. El
verano es odiosamente fulminante: sólo hay un contexto, la incomodidad del
calor que lo condiciona todo.
Y lo curioso es que, ante esta inmutabilidad estacional, ante este pobrísimo por no decir, inexistente grado de vida, yo me siento feliz. Estoy seguro que esta alegría que de repente brota de mí, posee el impulso inconsciente de mi propio instinto, que recibe el hálito de la vida sagrada y recóndita misma. Es observar los libros que llenan la mesa del comedor, comprobar la variedad de autores, épocas, temáticas y estilos, y sentir como una suerte de líquido embriagador que me unge en secreto, sin rito ni rodeos, y recupero el bienestar hasta casi las lágrimas.
Tengo sueños o ensoñaciones
repentinas que resultan muy difícil describir. Los juegos temporales se suceden
a gran velocidad y no paro de ser ubicado en el pasado para devolverme
bruscamente al presente. Lo presente es expectativa. Todavía. Algunas visitas
soñadas al pasado producen una agudísima melancolía, pues en lo que ya ocurrió
hallo semillas de lo bueno que hubiera podido suceder y que no fructificaron
como lo hubieran hecho si las circunstancias de mi vida se correspondieran con
la normalidad. No es que una mecánica mental me ponga en la vicisitud de
arrepentirme ante lo que pudo haber sido y no fue o ante lo que debí hacer y no
hice. Sencillamente habito esta disposición convulsa que, en los entresueños,
entre comidas, o al atardecer, me prestan súbitamente sus pasillos tortuosos.
Pero, aunque el pasado no
cese de entre mostrarse tras una ensoñación, la plasticidad suprema de la
creatividad me devuelve a la actualidad de los textos que leo, me vincula a los
mundos que articulan cada libro y es en una suerte de ahora eterno donde todos
estos mundos de la imaginación se encuentran y pertenecen. El arte, la
literatura, la música son un orbe infinito de orbes que ocupan el presente
absoluto, y en donde se produce el festejo de la inteligencia y de la
imaginación.
Creo que, a pesar de
todas nuestras equivocaciones y desmanes en la vida, esta posee recámaras
secretas que nos devuelven a la actividad, a un camino posible de redención
súbita. Prefiero no recurrir a lo extraordinario, al más allá o a la divinidad.
Me da vergüenza pedir ayuda a Dios o a mis padres. La vida misma posee recursos
que no sospechamos, ese depósito secreto del instinto o del inconsciente, que
en momentos difíciles puede socorrernos. No es algo teórico. Yo puedo constatar
que esas energías extra o insospechadas, sí existen y acaecen a través de uno.
Basta con que no nos demoremos en la apreciación de su carácter numinoso y
dejemos que el cuerpo se encarne en un bólido de fuerza e inteligencia.
La confianza en la
regeneración es necesaria, quizá sea una virtud para que nuestro ser continúe
en la actividad y el flujo vital. Últimamente, cada vez que me he quedado sin
pastillas y empieza a cundir el pánico, esta confianza en las propias energías
no ha sido algo totalmente inútil. Estoy comprobando que poco a poco, me voy
recuperando de los síndromes de abstinencia con más eficacia y menos angustia
que antes, es decir, que hace un par de días…
Estoy leyendo el ensayo
de Antonio Lozano sobre la novela La
broma infinita de David Foster
Wallace. Hay algo que frustra enseguida las ganas de echarle un vistazo a la
pieza o adquirirla: está escrita en 1996, y aunque pueda ser una obra vertiginosa,
ya me parece antigua: no conoció el tema de las redes, de los actuales
problemas internacionales, la pornografía infantil, las guerras que se han
desatado apenas hace un año o meses, la mentalidad actual, la desinstalación de
las Humanidades… Además, lo de diseñar una novela como representación
experimental del todo, resulta anacrónico y un tanto candoroso por lo que he citado
anteriormente. Mil mesetas o Repetición y diferencia sí que son obras
filosóficas que resultan tan actuales y novedosas como fascinantes. La
reflexión profunda, fluyente, tan vanguardista de Deleuze y compañía, no agota
sus itinerarios en presentaciones temáticas que se constriñen a lo
cuantitativo. La ficción puede ser insólitamente, magistralmente representativa
de la sociedad y mentalidad de esa sociedad. Yo prefiero formatos menos
exhaustivos pues es en tales formatos donde las fisuras de la realidad asoman
rebeldes a cualquier imaginación que pretenda desarrollar espacios complejos a
través de historias. Las grandes obras de los grandes autores filosóficos no pasan
de moda, porque no es que la trasciendan, sino que no se articulan según tales
presupuestos. Podemos detectar en una obra todo lo que tiene de estrictamente
romántico, pero los cauces de la reflexión engloban, superan perfiles meramente
argumentativos. La palabra filosófica encarna un ahora sin tiempo. La palabra
literaria encadena todas las vicisitudes de la temporalidad y ahí radica su
encanto y su misión. No obstante, lo más
destacable, lo esencial de esta obra de Wallace es su señalar el grado de delirante
alienación a que llevaban los nuevos medios al individuo, el distanciamiento de
sí mismo y de los demás que activa como un virus mortal la era de la
hipercomunicación. Una ociosa demostración más de esto: estos días- Julio del
2026 – unos tipos van grabando por la calle agresiones absolutamente gratuitas
a personas solas que pillan por la noche o en situación vulnerable. Escuchar a
los tipos reñirse después de haber abofeteado a una persona que andaba por la
calle tranquilamente, produce horror- la tentación de ir más lejos en la
agresión, perfectamente, con la idea de grabarlo para las redes – y uno no
puede sino sentir un asco absoluto ante estos desalmados, literalmente. La
máxima degradación de las redes es su producción de gente sin alma, es decir,
zombis morales, cuerpos vacíos desprovistos de toda empatía. Este escritor, al
parecer era adicto a la televisión. Hay que imaginarse el desarrollo delirante
de la televisión en Norteamérica. Recordemos el caso de aquella periodista que
a principios de los setenta se pegó un tiro durante una emisión en directo.
La empresa de Wallace, me
ha hecho recordar una historia que se me ocurrió hace unos años. Un padre de
familia fallece. En el cementerio, en el nicho, se instala una maquinaria que
activa unas cintas que el finado fue grabando en secreto en los últimos años de
su vida, consciente de que acercaba el fin. Cada vez que los familiares deseen
escuchar su voz, visitarán el cementerio, la máquina activará las cintas y
literalmente desde la misma tumba, el muerto les hablará de cómo se encuentra,
de qué tiempo hace, de qué cosas se arrepiente de haber o no haber hecho, de
las vicisitudes del amor paternal y sexual, etc… Los familiares sólo podrán
acceder a unos minutos de grabación para que el contacto con el padre se dilate
a placer en el tiempo. También, si así lo desean, ordenarán destruir las
grabaciones de audio si su escucha perturbase más que consolara, a sus
parientes. Lo terrible de esta historia es que por muchas horas y cantidad de observaciones
que haya dejado para la posteridad, el que habla está definitivamente ausente,
irremediablemente muerto. Por mucho que impacte una grabación de alguien que ya
no está, no deja de ser un hábil trampantojo. Pero, ¿y si advertir tal cosa se
volviera, con el tiempo, indiferente y cada palabra escuchada sonara como una
novedad, es decir, como algo que, de alguna manera, suena ahora mismo?
Llevo una temporada larga
intentando impugnar en mi interior toda expresión cultural que venga del mundo
imperialista anglosajón. Operación un tanto ingenua y casi imposible como se
sospechará, tanto por el contexto universal impuesto como por el orden de
referentes también impuesto. Pero confieso que detesto la presencia continua de
esta cultura a través de todos los medios y de nuestra irremediable y enferma
permisión. Se me dirá que es quimérico querer a estas alturas de
norteamericanización absoluta del universo y de todos y de cada uno de nuestros
cerebros, desasirse de semejante presencia y menos aún, sustituirla por otra
distinta. Confieso la dificultad, pero todavía existen los cines nacionales,
algún que otro creador europeo y extensiones dentro de Europa que incluso los
occidentales se empeñan en ignorar. Yo pongo sobre la mesa unas cuantas
fulguraciones de alta calidad: la música rumana, la música húngara, la música
serbia y la música búlgara. En cuanto a grupos musicales y conjuntos de
orquesta de cámara, en Estados Unidos no hay nada que se le parezca. Es cierto
que el autismo cultural de Estados Unidos es un fenómeno insólito. Pero es que
nosotros hemos contribuido al fomento de tal fenómeno. No niego la brillantez de sus estilos
narrativos en cine y la genialidad de alguna de sus grandes figuras musicales.
Pero en cuanto a medirse o intentar representar al otro, sea sudamericano,
asiático o europeo, fallan estrepitosamente. Hollywood produce fantásticamente
sus productos y hemos aceptado el magisterio estilístico de ese cine, pero Hollywood
también ha sido durante décadas una máquina racista de producir estereotipos y
fantasmas representacionales: el ruso malhechor, el mexicano indolente o
borracho, etc…, mientras que del norteamericano no existe un margen de crítica
aceptable. Somos incapaces de caricaturizar al que caricaturiza al resto del
mundo.
Qué dimensiones
emocionales pueden alcanzar los universos estéticos. La obra completa parta
piano de Franz Liszt en YouTube es algo más de cinco horas. Apenas me pongo
esta música de fondo, es como si una caricia, una calma frondosa acogiera mi
alma por tiempo indefinido. Tengo asegurada la felicidad con tan sólo recurrir
a esta grabación en concreto, por ejemplo. Y esa tranquilidad, ese goce, esa
felicidad no se deterioran. La obra de Liszt me asegura un viaje a la eternidad
gozosa. Sin alharacas, sin convulsiones. Con la solidez suprema de la soberanía
artística ejemplar de este gran creador.
Si sé encarnar el
presente, mi ahora es una suerte de siempre.
Recordando la extraordinaria
frase de Machado: ahora es siempre
todavía. Qué esperanza da, que agudeza. Y ahora hay gente, cómo no, que
intenta explicar cómo se le ocurrió o de dónde la sacó el poeta. No pueden
estarse quietos.
Tengo la casa llena de
libros, pero es que necesito comprarlos. Los libros no sólo me acompañan, sino
que me conectan con el exterior, con la vanguardia del pensamiento y la
creación. Con los libros dialogo, necesito hablar con alguien de mis querencias,
de mis imaginaciones, del mundo que ocuparía si tuviera una profesión. Así
estoy de desolado.
¿Nuestras vidas son
pobres? Pues no lo sé. Un jodido famoso, sea periodista, político o actor,
dispone de una comunicabilidad y de un desplazamiento espacial inaudito si lo
comparo con la inmovilidad extrema de mi existencia, por ejemplo.
Me doy ánimos como a un
chiquito. Acabo de encontrar en la red unos volúmenes de una obra muy
interesante del para mí y para el resto de los españoles, cuasi misterioso,
Paul Grousac. Los escasos pasajes que he leído de este personaje, diría, son admirables
como lo es su vida y su curioso destino. El genio de Francia nos regaló un escritor
y crítico de primera que vertió toda su abundante obra al español. Un aporte
absoluto de un país extranjero al orbe de Hispanoamérica. Qué curiosas resultan
las vidas y obra de personajes no españoles que nos han legado una obra literaria
escrita en español. Pongo aquí el caso estremecedor del filipino José Rizal,
por ejemplo. Naturalmente, conocemos a Groussac por Borges, quien habló de él
en ensayos y antologó sus trabajos. No conozco señas de agradecimiento o de interés
por este hombre por aquí, en lares españoles. Quizá en los circuitos universitarios
sí se le conozca bien, pero no es para nada popular.
Toda cosa que ocurre,
parece ofrecer una contrapartida que contrasta o equilibra las consecuencias de
ese hecho. El calor, el bochorno del verano es una entrada del caos, de los
bichos, del desarreglo general, del sudor constante y del ahogo, de las
escoceduras en la piel. Pero en las madrugadas, como mero revulsivo fisiológico
que influyera en la psique, el calor, al dinamizarlo todo locamente, también
exalta la imaginación y el deseo y yo lo que experimento son unas repentinas
sacudidas de felicidad por esa apertura de mundos y la multiplicación vital de
la realidad. Esto se traduce en una gula de libros y literatura, de universos posibles
a través de la escritura y de la exaltación de la memoria.
Resulta odioso estar sin
confidente. A quién le cuento mis proyectos, mis ilusiones, con quién comparto
nada… Ni pareja ni amigos. La soledad de la noche y el mero impulso de
escribir. Antes había más gente a mi alrededor. Cuando salía a la calle me
encontraba con amigos con los que hablaba sobre temas literarios, amigos que ya
apenas salen a la calle, han envejecido o se han mudado de ciudad. Hoy,
exactamente, no tengo compañeras más fieles que las paredes de mi habitación y
el desierto de la madrugada para poblarlo de fantasías. Y ahora, cuando venga
el invierno, vendrán las depresiones de verdad.
Aquel episodio de un
evangelio apócrifo en el que Jesús maldice una higuera por no dar frutos y la
pudre al instante, me impresionó tremendamente desde que lo leí. ¿Cómo es
posible que Jesús vaya en contra de la naturaleza, de su creación más
inmediata, de su aliado incontestable? Por un lado, cuando leí por primera vez
este pasaje, lo que experimenté fue escandalizarme por un acto tan violento, ni
más ni menos, que del mismo Jesús. Ahora bien, este Jesús de los evangelios
apócrifos, parecía como más literario y menos sacral, más indiferente al
absoluto de una naturaleza divina, más cerca de lo mitológico, de significación
más parcial. Más adelante, el hecho de que Jesús destruyera la propia
naturaleza ya no lo experimenté como una pérdida de belleza, de los seres con
los que el propio Jesús cuenta para su gloria. Tenía la apariencia de un hecho negativo,
de algo, en suma, dañino, pero tal daño lo producía el hijo de Dios, es decir,
quien podía multiplicar por mil la higuera que había destruido. Por tanto, tras
el escándalo moral incomprensible, pensé en el hecho de una multiplicación
infinita de seres naturales con que Jesús o la Divinidad podía infinitamente
compensar la criatura sacrificada.
Quien vive de recuerdos arrastra una muerte infinita,
dijo un sabio hindú. No tengo pudor para decir en este humilde formato que esa
es, precisamente, mi situación actual, recrudecida por el verano, ya que no
paran de venirme recuerdos de cuando veraneábamos toda la familia en un enclave
mágico a las afueras de Torrevieja hace siglos ya. Y estar acosado por los
recuerdos casi viene a decir que tu vida actual es poca cosa, una bruma, nada… Qué
pasará este invierno: ¿me metamorfosearé en algo mejor que yo mismo, le
ocurrirá algo a mi cuerpo, a mi psique, a mi corazón, y será posible continuar
adelante con la ayuda de la imaginación, de una mínima porción de deseos no
muertos todavía? En circunstancias como estas, ir envejeciendo sin que nada
vaya a ocurrir que simule o rebata tal hecho, justifica el abandonar este mundo
increíble que ya se ha vuelto imposible de vivirlo novedosamente…
Qué gusto leer un texto
filosófico como el que Miguel Morey concibió recientemente, El orden de los acontecimientos. Morey
tiene un estilo a lo Deleuze, afrontando la complejidad a través de una
descripción vívida y entusiasta del objeto intelectual. Remontarse a cómo se
origina lo que podemos llamar acontecimiento en la historia del pensamiento
occidental, implica instalarse en las complejas sinuosidades del proceso
hermenéutico. Morey deshila los motivos que conforman el discurso filosófico, señalando
la materia mitológica que se va metamorfoseando en episodios cada vez más
constreñidos. Las implicaciones semióticas de la cultura acompañan como materia
reflectante a un ensayo general hermenéutico, pues la clave para ubicar la
atención reveladora es localizar la construcción del sentido como
acontecimiento señalizador del progreso, origen de toda evolución de las
formas. Si se ha criticado que la filosofía actual no vaya más allá de la
actualización teórica, como si tal cosa fuera algo menor, obras como esta
cooperan a recuperar la importancia de las palabras, la relevancia más o menos
secreta de la poesía, qué conforma nuestra memoria y qué guarda del fenómeno
complejo de la memoria. Morey aborda lo espeso del asunto de un modo elocuente
e inteligible, además de utilizar un ilustrativo modo de descripción filosófica
progresiva y claramente alusiva. Cuando captas de lo que habla y lo que tal
abordaje especulativo va colocando en claro, inicias un viaje intelectual
emocionante pues comienzas a divisar el acontecimiento extraordinario que es la
cultura que habitamos y somos, en qué consiste la maraña expresiva que desliza
nuestras identidades desde los griegos hasta nosotros.
Estoy leyendo el diario
de Sergio Pitol. Interesante y cosmopolita. Advierto una cosa: todos los
diarios están escritos por el mismo sujeto: ese yo del que hablo en tercera
persona. Una serie de apreciaciones elementales se convierten en desarrollos
inspirados y totales de agudas teorías aplicadas a casos locales. Barthes
aseguraba que todo diario, para ser más auténtico y soportable, debía ser
cuanto más literario, mejor. Pero es que escribir minuciosamente sobre la más
insignificante cosa es ya un ensayo literario: mi universo íntimo y atómico.
Cuando me entusiasmo con algún libro de filosofía o de debate intelectual, aparece en mi cabeza una voz que me recuerda mi situación vital y me pregunta qué es lo que un libro de reflexiones puede aportarme realmente, es decir, de qué manera desperdicio el tiempo consultando obras filosóficas que económica, social o profesionalmente, no me sirven de nada. Yo me mantengo en este nivel fantasmático de disfrutar los limbos intelectuales manteniendo en mí las ganas de una consulta y de una actualización permanentes. Todo libro que yo comporte, aunque no sea docente y desgraciadamente no vaya a discutir su contenido con nadie, me sirve para preservar mi lenguaje, para buscar motivos intelectuales que, sí me interesan realmente, y que vienen a significar en mí una actualización continua del repertorio conceptual, un aclaramiento perimetral de asuntos que me benefician desde el punto de vista de la estricta escritura. Finalmente, todo libro que hoy me atreva a comprar, lo convierto de este modo en contenido práctico, en progresiva alimentación de la imaginación.
Estando colocadillo con
las pastillas o capsulas de zaldiar, de pronto, la lectura de alguna obra filosófica
se convierte en un momento de secreta epifanía. Leo entonces los textos como
materia de revelación, estoy en comunicación con el Espíritu Santo de la Palabra
que me insufla la fascinación intelectual, la verdad sobre las cosas. Qué
similitud con la práctica de la meditación y la lectura de cartujos o
cistercienses.
Los pensamientos místicos
de Simone Weill. Sí, creo comprenderlos, estoy de acuerdo en lo que afirma, en
lo que revela y predice. A veces, el carácter negativo de alguna de sus
propuestas, hay que saber interpretarlo, darle artísticamente la vuelta. Cuando
dice rotundamente no es que no, pero al final remoto de ese no titila un sí
esperanzador. De todos modos, en el ámbito místico, tienes que haber aceptado,
previamente, a lo que te entregas, haber sorteado las fases de las metamorfosis
internas para emprender ese camino de purificaciones. La entrega a la divinidad
no puede encallarse o confundirse con lo teórico, pues de lo contrario la
aventura te sume en la indefensión y las mortificaciones se vuelven tan penosas
como inútiles.
Cómo me envidio a mí
mismo, cuando todos éramos jóvenes y no demorábamos el alma en asumir discursos
ajenos o experiencia idiotas de extraños. Ninguna de estas cosas se prendía de
uno. Nos dábamos cuenta de lo que ocurría, pero todo resbalaba, como sobre una
superficie de jabón. Hoy es todo lo contrario: me tengo que enterar del debate
político, de las miserias físicas de los demás, de en qué consiste la maldita
fórmula química de no sé qué, de si Pepita o Juanito están más viejos que yo o
si se han muerto… Y todo ello termina por desasosegarme, por estresarme. No me
hace viejo la edad que cumplo sino la basura informativa de la que se supone,
tengo que enterarme y asumir.
El otro día me estremeció
el recuerdo confuso de una frase dicha por el inclasificable Lacan en una de
sus últimas clases: la muerte no existe.
Ustedes son libres de elegir… O bien,
quizá, en una de las variaciones, la muerte es una ficción. No, ya me acuerdo: La muerte es una cuestión de fe. Decía
esto en el aula a toda voz y arrojaba su enunciado a la libertad de
interpretación y asunción de los alumnos, como diciendo: vosotros sabréis. Concité
el recuerdo de mis padres, de las personas conocidas recientemente
desaparecidas y.… experimenté un estremecimiento interior. Creí entender las
afirmaciones lacanianas, creí saber abstractamente dónde se encontraban las
personas y familiares fallecidas recientemente. No se puede precisar más. Las
frases de Lacan me dieron esperanza. La gravedad última no es la muerte,
consiste en saber que todos nos encontraremos tras el viaje último, pero de
esto, no hay que decir nada, hay que dejar hacer al tiempo mientras nosotros
también con respeto y pasión, nos entregamos a lo que el pensamiento, siempre, va
a ir definiendo, dando a luz. A lo que el pensamiento cree divisar en su
horizonte íntimo no declarado.
No paro de repetirme:
este año es el peor de mi vida, y lo repito como si ello provocara, a modo de
un ensalmo, alguna suerte de efecto contrario y pudiera a través de una magia
invocada a penas, cambiar en algo mi destino, atraer sordamente la liberación y
que conociendo a alguna mujer angélica junto a la rotación positiva de las
circunstancias que favoreciesen la publicación de un par de libros, al menos,
convencerme de que la felicidad es posible. Todos estos esfuerzos mentales,
todas estas películas, las provoco en mi cabeza de un modo ya inevitable,
lujurioso e inercial. Sé que no va a ocurrir nada extraordinario que yo no
propicie, pero ¿y si en el caos de idas y venidas del mundo, de las vicisitudes
escurridizas del alma, determino la dirección de tales acontecimientos
atómicos?
El aspecto cuantitativo
de la temática intelectual, no debiera angustiarme. Yo siempre disfruto con una
frase que encuentre o con un aforismo que aterrice en mi memoria. Lo que me da esperanza
es que la gente escriba, que persistan en escribir, indistintamente de la edad
y de las circunstancias. De todos modos, lo que busco en los libros con avidez,
con fascinación, con desasosiego voluptuoso es que me sorprendan con una mínima
revelación del misterio del mundo en cualquiera de sus facetas o temáticas. Busco
generalmente en literatura, en filosofía, pero respuestas económicas, divagaciones
políticas también te ubican en algún punto significativo de la urdimbre que es toda
la sociedad, el avance cultural en general.
Cómo me hace viajar
alguna frase, la discreta observación de alguien sobre algún tema o
acontecimiento. Lo que ocurre en la realidad, convierte a esta en el film más interesante,
en la obra escénica más emocionante. El misterio del mundo es inagotable.
Tengo delante de mí tres
libros que suponen tres ofertas de mundos textuales. El diario de invierno de Paul Auster, un ejemplar de Algunos tratados en la Habana, del gran Lezama y El
orden de los acontecimientos de Miguel Morey. La edición del librico de
Auster es una delicia. Dan ganas de morder el libro por lo bonico y blanquico…
Lo que me saca de mis casillas es la edición del libro de Lezama. Se trata de
un ejemplar de principios de los setenta. Y lo que no logro entender es que
unos textos tan exquisitos, tan únicos, ejemplos magistrales del estilo barroco
de un maestro como Lezama sólo puedan ser accesibles en ediciones que tienen
más de cuarenta años. Que una sociedad, que un país entero, ignore estas joyas
literarias a estas alturas sólo me habla a las claras de la desidia no sólo de
la cultura del país en cuestión sino del momento actual del planeta. El libro
de Morey lo publica Alianza con sus
características y funcionales ilustraciones de las portadas. El texto de Morey
está diseñado para resultar entretenido y fluyente, teniendo en cuenta la
sutileza de su contenido temático. Su estilo de escritura filosófica es más
bien deleuziano, explotando la multiplicidad significativa, haciendo que sus
exposiciones sean generosas en lo adjetivo y sustantivo. El libro de Auster se lee
con interés. Gracias a lo que nos cuenta, visitamos instantes de esas décadas
tan fascinantes ocurridas en Estados Unidos como son las de los sesenta y
setenta. Dos líneas, un párrafo del texto de Lezama nos hace ingresar en las
exquisiteces de la cultura que como lujo supremo nos ofrece el lenguaje en su
aplicación poética desde la prosa sobre cualquier tema. En el mundo de Lezama
no cabe la discusión vana: todo objeto, elemento o motivo evocado por la
imaginación fecundante del demiurgo cubano halla en el orbe de la cultura una
filiación o hermanamiento analógico que resuelve episódicamente las
progresiones que constituyen la urdimbre cósmica del universo humano y estético
en su fulgurante misterio. Los textos de Lezama son las muestras artesanales de
un orfebre de la lengua y de la imagen, en los que se destacan tanto los
brillos ocasionales de oropeles súbitos como la presencia de la muerte y los
empellones de la esperanza. Lo he escrito en más de una ocasión: si Lezama
hubiera escrito en francés o inglés sería hoy un referente preclaro de la literatura
moderna de su país. En el caso español, Lezama sigue ahí, con todo el prestigio
del mundo, se supone, pero sin acabar de convertirse en tal referente. No lo
entiendo. Mal por nuestra memoria, mal por los docentes que actualmente elogian
porque sí toda producción gringa en materia literaria. Estos tres libros, estas
tres obras, colocadas delante de mí, sobre el tapete de la mesa, a mis ojos,
fortuitamente, ¿qué tienen en común sino ser producción literaria, artefactos
sutiles, soportes de escrituras concretas y únicas, dirigidas a materias as
diversas, pero finalmente convergentes? Los
tres textos tienen y no tienen una correa transmisora, pues siendo obra humana
y cultural son in- dependientes, se ignoran uno al otro y salvo el azar, nada
los ha ubicado ante mí con supuesta intención de rastrear significados semejantes.
Pero la obra que estos tres volúmenes activan es una muestra gratuita del poder
de la cultura, de la palabra asumiendo y liberando memorias.
De Curzio Malaparte no
conocía nada. En los últimos años habían aparecido varias novelas suyas en
español, pero desconocía las singularidades del personaje. Recientemente en
internet me encontré con una vieja edición de unos diarios de este autor y
adquirí el libro. Me sorprendió no sólo la abigarrada y aventurera biografía
del italiano sino su aguda inteligencia a la hora de sumar notas sobre su
entorno vital y su relación con los intelectuales del momento. En la Francia de
la posguerra lo confundían con un español y, de hecho, tuvo notables relaciones
con los republicanos huidos de la Guerra Civil. Parece que además de escritor y
diplomático, tuvo sus veleidades homosexuales. En los incisivos textos del diario,
se nota que Malaparte era todo un personaje, que se las sabía todas para
sobrevivir. Su balance del estado de Europa tras la Segunda Guerra Mundial es
tan brillante que se lee con gusto hoy.
Estoy leyendo ¡ahora! a
Paul Groussac. Encantado con la prosa de este hombre que escribe resúmenes literarios
e impresiones personales de autores y de viajes con una elaborada y prieta tesitura,
con un gran empaque verbal. Su frase no deja escapar detalle, da cuenta de todo
en, valga la redundancia, un todo verbal denso y epocalmente característico. Leerlo
puede producir cierta sensación de saturación, pero resulta estimulante si te
dejas llevar por ese registro. El universo cultural hispanoamericano te da
estas sorpresas. De Groussac ya me hice una imagen en el artículo de Borges. Descubrí
a un exquisito hiperculto en las páginas de otro exquisito. Pero, repito, la
sensación era extraña. Parece que Borges hablara de un personaje de ficción,
como el famoso Pierre Menard. Hasta que no he tenido los libro de Groussac
delante de mí, me costaba creer que existiera.
He asumido mi destino
cosmológico como una fatalidad dichosa: ser Piscis, ascender a las alturas más
deliciosas y esperanzadoras para volver a sumirme en los abismos del abismo y
estar preparado para combinar ambos viajes como balance de una continuidad convulsiva.
Y a estas alturas esto ya no es poesía.
Hoy me dado cuenta, lo he
verbalizado para mis adentros, lo que experimento con los textos filosóficos de
Chantal Maillard. Sus textos analíticos, sus poéticas sobre la escritura y los
modos de sentir el tiempo y el dolor, su obra poética, me encantan, he leído
casi todo lo que ha publicado. Lo que ocurre que a diferencia de otros
filósofos o autores en los que las apreciaciones que realizan me producen un
positivo efecto de estímulo intelectual, el precioso tesoro de la multitud
sutil de incursiones de Maillard, lleva acompañada como una melodía o música de
fondo continua que tiñe tales apreciaciones de una sorda, pero inextinguible
melancolía. Hay como un rumor que acompaña a sus textos, un sonido de lento
ahogamiento, aunque la definición obtenida sea brillante, incluso liberadora.
Esa tonalidad de sus textos, de las derivas de su pensar es típico de Maillard.
Por ejemplo, leo a María Zambrano y constatando sus quiebros de un pensamiento
sensorial y original, nunca aprecio un tono bajo en su escritura. Es objetiva
cuando, a través de sus razonamientos poetiformes, me informa de algo y yo
recibo lo hallado con alegría, con la firmeza de lo específicamente percibido.
Pero, en cambio, en Maillard, no logro nunca esa alegría, aunque los pasajes
desenlazados, las tiradas aforísticas sean de antología. Quizá sea ese
detenerse en los pliegues del sentir y el modo franco con que se aísla en la percepción
lo que le preste tanto una autenticidad y originalidad elogiables como,
también, una suerte de torpeza en el festejar lo que halla. Para mí el flujo
intelectivo de la escritura es fuente demiúrgica de vida, de alegría. Detesto
emplear la escritura como una suerte de penitencia, de desaprovisionarme de
cosas. Mira un Lezama Lima, por ejemplo, un Ortega y Gasset. Por qué la
autenticidad con que Chantal descubre los repliegues de su espíritu y su
pensamiento, no se ven libres de esa película de melancolía; por qué Chantal no
festeja lo que su logos localiza.
Hace un par de semanas,
en fiestas de Moros y cristianos, un sábado por la tarde, regresaba yo de hacer
la compra de fin de semana de Mercadona. Aquella tarde salía el bando moro y había
animación por las calles a pesar del calor aniquilante. Me aproximaba a casa
arrastrando el carrito cuando veo a unos veinte metros de la puerta, a alguien
que, colocado de espaldas a mí, parecía llevar uno de esos trajes de goma de cerdito
que tan bien parecen simular la piel humana. De hecho, eso es lo que creí ver:
a una persona que se había puesto ese tipo de disfraz, que es de una pieza y en
la que te embutes de pies a cabeza. A los pocos instantes, en mi mirada se
produjo una suerte de inopinada y súbita metamorfosis y aprecié, por fin, de qué
se trataba: los pliegues tan bien definidos de la espalda y de las nalgas no
eran productos artificiales. Una persona totalmente desnuda avanzaba hacia mí,
de espaldas, lentamente. Curiosamente
cuando me di cuenta de la presencia de esta persona y de que estaba desnuda, se
me aclaró el resto del contexto: la chica, porque se trataba de una mujer
joven, iba retrocediendo ante la presencia de la policía que, habiendo cortado
la calle por ambos extremos, pretendía detenerla al dejarla sin escape. Pasmado
ante lo que estaba ocurriendo, la chica, que en todo el tiempo no decía una
palabra y que no hacía otra cosa que mirar el suelo con gesto de desconsuelo
retrocediendo poco a poco, pasó ante mis narices. Tenía el acontecimiento de la
tarde a un metro de mí, mientras sostenía la puerta abierta con una mano,
mientras que, con la otra, tiraba del carrito. La miré persistentemente con la
intención de que me devolviera la mirada, pero la chica estaba como sumida en
un estado sonambúlico y no retiraba la mirada del suelo. Un poco más allá, a
sus espaldas, se había colocado otro coche de la policía y un par de agentes
intentaban hablar con ella. Al final, se detuvo ante la imposibilidad de seguir
marchando hacia atrás, y los policías, muy atentos, incluso actuando con
ternura y comprensión, le colocaron una manta y la condujeron a un lado del
coche policial. Yo entré en casa, subí al piso y me asomé por el balcón. Los
policías le preguntaban cómo se llamaba mientras esperaban la llegada de la
ambulancia. Tuve tentación de echar a correr por la cámara y hacer un par de
fotos para colocarlas en el Facebook, pero la discreción me paró, reparando,
además, en la probable ilegalidad del gesto. Lo que sentí todo el rato ante la
visión del cuerpo desnudo de la chica en medio de la calle no fue, en absoluto,
motivo de comicidad o de burla sino la sorda violencia del pudor. Aquella chica
se destacaba de tal modo del resto del paisaje, de todos nosotros, presentes
allí, mostraba de tal modo una vulnerabilidad tan total, que asocié todo aquello
a un campo de concentración nazi, cuando los prisioneros enfermos y medio
desnudos, se movían controlados por la guardia, perfectamente uniformada y
armada. No se me movió un solo músculo del cuerpo movido por la risa o incluso,
por el absurdo de semejante visión en plena calle. Cerré la ventana, frustrado:
resonaba en mi cabeza un consejo que no me atreví a decirle a la chica: no te
hagas daño a ti misma. Más tarde, recordé lo que Agamben escribió
recientemente: la desnudez no es un estado, es un acontecimiento. Pensé que
aquella chica no padecía ningún exhibicionismo morboso, sino que se mostró así
porque una decisión interna, imposible de entender por el resto, le determinó a
ello.
Leo con gusto y sorpresa
las famosas Rubayat de Omar Kayam en la admirable versión del gran traductor
Diego Navarro, en la colección Rotativa
de Plaza y Janés, en una edición de 1980. Yo descubrí la obra de Poe en una
lejana y estupenda traducción de esta persona, en una edición exquisita del
Círculo de Lectores, del año 1968. No veo diferencias entre la traducción de
Diego Navarro y la famosamente realizada por Julio Cortázar de la obra
narrativa del escritor norteamericano. Ambas reflejan con precisión y cortante
dinamismo la calidad neta de la escritura poeiana. Deleitándome con las
cuartetas de Kayam, la numerada con el 112 es antológica: No dejes de aceptar cualquier goce que pueda ofrecerte la Vida. No
creas que haya alguien que cuente nuestros vicios y virtudes. Desprecia lo que robarte pueda un momento dichoso. Kayam me reconcilia con el mundo oriental: es
el poeta menos infectado de islamismo, desde luego. Sensibilidad, pensamientos
como el suyo, establecen relaciones secretas con otros puntos del orbe
cultural. Salvan al mundo.
A propósito del
traductores y citas literarias, encuentro en el Marginalia de Allan Poe, esta
sorpresiva observación: No es en absoluto
ilógico imaginar que, en una existencia futura, consideraremos esto que creemos
nuestra existencia actual como un sueño. Desde luego, revela el mecanismo
de la memoria, evocando todo lo sucedido como un sueño remoto, al tiempo que
cuestiona los modos de vivir, contemplados a través de la cinta corrediza y
transformadora del tiempo. Pero aún hay un detalle. Dice que no es ilógico
reparar en todo ello. Como en la literatura de anticipación o ciencia-ficción,
plantea que la civilización humana evolucionará hacia formas insólitas de
comunicación social, que la vida humana y cultural se transformará de tal modo
que todo lo anteriormente acontecido se nos antojará totalmente extraño a
nuestros sentidos futuros. También cabe una crítica específica al momento historio
vivido por Poe y sus contemporáneos en el siglo XIX. Independientemente de lo
que intelectual y vitalmente supone esta observación de Poe, el autor nos
vuelve a sorprender al proponer la suma de indicaciones que a uno se le puedan
ocurrir con la lectura de un texto como un nuevo género literario: la
Marginalia, que puede confundirse con un álbum de notas personales o un ensayo
de aforismos. La imaginación crítica de Poe no deja detalle sin glosar
exquisitamente en la elaboración de sus textos.
La ejecución de una
lágrima, como si pariésemos una ley o un edicto.
Cada mañana, cuando me
levanto y salgo al pasillo experimento una suerte de alucinación lúcida. Me quedo
parado en el umbral de la puerta y recorro con la mirada la largura del pasillo
hasta el comedor, donde estalla la luz del día penetrando por las ventanas.
Entonces, ante la visión de este pasillo que está igual que hace más de treinta
años, me digo que la obra del arquitecto es de índole suprema porque trasciende
el tiempo. Qué configuración tiene la vivienda, qué factura perenne para que al
salir de mi habitación todo se me aparezca distinto e igual que siempre. El
suelo nunca se ha cambiado, las puertas tampoco, la pintura de las paredes es
la de 1983, sólo la presencia de cuadros o fotos colgadas, sí se ha alterado. Las
décadas transcurridas y vividas en esta casa parecen nada ante esta imagen
nueva de la mañana. Pero no es tanto el trabajo, la audacia del arquitecto o la
calidad de los materiales lo que renueva cada día este ambiente, sino la
incursión, el reino de la luz rotunda y dorada que desde el extremo redondo del
comedor hasta mi puerta lo atraviesa venerablemente todo. La luz como noción filosófica,
recordaba Hörderlin, la luz de estos lares mediterráneos repartiendo su savia
de vida y de resurrección.
Volviendo a Poe. Lo que
su obra logra y lo que experimento tanto con sus ensayos, artículos, cuentos o
poemas, es lo que caracteriza al logro supremo de los grandes artistas de la
palabra y de la imaginación: la habitabilidad indefinida de sus creaciones. Yo,
ante un texto de Poe, sea del género que sea, lo que hago es lo que haría ante
la puerta de una habitación exquisitamente amueblada: abrir tranquilamente la
puerta e instalarme allí como me dé la gana, dispuesto a gozar. La seguridad
del gozar me la da Poe con la conformidad sin fisuras de su lenguaje, asistido
por la precisión crítica que se sume en un espacio íntegramente onírico y literario.
Mi embriaguez es la
lectura y la música. Con la lectura me doy un festín intelectual analizando las
respuestas y teorías semióticas que se despliegan sobre los fenómenos de la
realidad. Con la música celebro desde la intimidad más exultante, la belleza de
los mundos infinitos y las aventuras de sus habitantes. Anulo la vida práctica,
lo confieso, pero estos éxtasis secretos son temporales.
No creo que cada verano sea el último, pero sí que cada verano es peor que el anterior. Nunca me había sentido tan condicionado por las temperaturas y por todos los malestares que trae el calor excesivo – rozaduras en la piel, intolerancia al sol, reacción extrema del cuerpo y la mente a estas incomodidades que acaba convirtiéndose en un dolor - a lo que se le añade mi particular modo de vida, que hace que no salga a la calle sino a partir de las nueve de la noche. Además, la amargura del verano consiste, en realidad, en no ver a nadie en toda la semana, incluso en meses, y que tampoco, por las temperaturas, el estrés y los problemas económicos, pueda escaparme a Murcia o Alicante. Sólo, en la alta madrugada, encuentro un contrapeso a esta pesadilla, cuando la voracidad de mundos a través del cine o la literatura, se me dispara de un modo convulsivo.
Revitalizantes lecturas
de Cioran. Efectivamente, es un autor que no sólo te acompaña en tu desolación,
sino que se une a ella y la volatiliza con una frase relampagueante tras otra. Ahora
que por fin lo leo desprejuiciadamente, creo que es un escritor tan extremadamente
lúcido y franco en su percepción que los lectores no se toman el trabajo de
hacerse cargo realmente de su obra, sino que lo juzgan un cómplice y de ahí la
simpatía por el personaje. Cada aforismo suyo nos satura hasta colapsarnos: el
laberinto, la complejidad expresadas es sencillamente cierta y si comparamos el
nivel de su escritura y de sus hallazgos, no encontramos un escritor que
dispare con la misma y contundencia. Contundencia tan balsámica como
conjuradora, pues el pensamiento de Cioran va mucho más allá que el del
cualquier teórico. Diría más: no
expresa, meramente, un pensamiento: denuncia, grita, acusa con contundencia de
pruebas. Es cierto que negar un estilo en Cioran es absurdo. Lo tiene, pero
este no se impone formalmente al motivo temático que revela, señala o fulmina. Lo
tremendo, la altura intelectual de Cioran es que, aforismo tras aforismo,
exhibiendo estilo o no, lo que Cioran nos comunica es más que un nódulo
conceptual: es un grito, una protesta, un mamporro luminoso a esa trabazón de
sensibilidad humana, historia cultural, corazón retorcido e intelección salvaje
que nos constituye. Por tal densa efectividad, es adictivo. Cioran supone
demasiado para figurar en listas de lecturas comunes. A Cioran le ponemos la
etiqueta de raro o escritor extremo y de este modo nos libramos de tener que
asumir de verdad los mensajes que suelta.
Fantasías adolescentes
con la actriz ucraniana residente en España, Karina Kolokolchikova. Su aspecto
tan lindo y frágil, su delicada voz susurrante, su pelo blanco de tan rubio,
sus ojos, sus labios, su cuerpo pequeño y vulnerable, me remueven deseos de
protección, de ternura loca. Madre mía, a mis ilusorios pero ineludibles 63
años, y obsesionado por esta chiquilla que vive en otro planeta y yo
pretendiendo defenderla de toda España. Me desespero, porque todos mis amores
han sido un sueño y, lo más grave, porque a la mujer sólo sé soñarla…
Cuando leo a Miguel
Hernández reboso de verbo.
Dice Barthes que los
contextos siempre resultan muy difíciles de examinar con efectividad y
concretez, a diferencia del signo que emerge de ellos, astilla de un vórtice,
un rasgo definido que no conlleva consigo el resto no manifestado. Los
contextos serían una maraña movediza de causas y circunstancias influenciándose
entre sí cuyas raíces podrían retrotraernos a siglos o segundos atrás. Los
contextos podrían ser también magmas cuánticos disolviéndose o multiplicándose
en el momento en que un elemento del conjunto se evidenciara como signo.
Para mí, la realidad de
todos los días se ha convertido en un gran y patético film, en una suerte de
alucinación ininterrumpida cuyo término y accesibilidad se han vuelto
imposibles.
Un texto póstumo viene a
ser una suerte de estrategia de actualización del autor en cuestión con una
significación adherida a tal maniobra:
alterar la linealidad del tiempo, invertir los tiempos funcionales,
demostrar que un indicio de eternidad puede vislumbrarse como motivo que lleve
toda la obra del autor y su memoria.
Esos artículos de Simmel
o las páginas de Dirección única de
Benjamin, son una singular y admirable muestra en los que se pueden articular
los mensajes filosóficos más agudos a través de observaciones superficiales o
meras observaciones del entorno a modo de impresiones. Los alemanes siempre
densos, incontestables ante la elocuencia racionalista de los franceses que
sueltan su escuadra de adjetivos.
Un cuerpo vivo en mis
soledades sería todo un acontecimiento que me desbordaría. Me he acostumbrado a
que el cuerpo de mi amante sea un espectro, la gasa movediza de mis
imaginaciones. Mientras esta ilusión lúdica se mantenga, continúo en mi estado
de aislamiento. La revelación de mi soledad ese ese momento atroz en que me he
dado cuenta de mi enorme distanciamiento de la realidad. El tiempo consumido en
este permanecer lejos de la vida, del contacto con el otro, es el precio que he
pagado para mantenerme en la comodidad de mi fantasía. Y a pesar de todo este
derroche, no me considero un solipsista. Yo me encuentro así, porque se me ha
negado el acceso a la realidad, porque he entendido y asumido lo imposible: existir,
pero sin entrar, sin conquistar el espacio de la vida. El solipsista es un
pobre diablo que ha elegido esconderse bajo tierra o rechazar el contacto con
los otros sin experimentar mucho conflicto. Yo no he tenido opción: he asumido
fatalmente la consigna de los adultos: estar fuera, no molestar, y así he
estado hasta el ahora…
Leyendo Los sueños y el Tiempo de María
Zambrano. Qué deliciosa sucesión de palabras sustantivas, qué deshilamiento del
discurso, preciso, justo, tranquilamente revelador. Qué sabiduría, en suma, la
que se desprende de este auténtico filosofar, de este enseñar lo que ocurre y
es. En este texto, Zambrano se nos muestra desde la palabra tranquila de la
filosofía, es decir, como una sabia.
Cuando las personas pierden
ese estatus y se convierten en cosas. Por ejemplo, una momia. Lo que fascina
morbosamente al contemplar una momia es constatar que esa suerte de escultura
hecha por el tiempo, ese amasijo blando y grotesco fue un ser vivo. O sea, que
miramos la momia, intentando repasar el conjunto de signos que remotamente
pertenecían a los rasgos de lo que fue un sujeto. Es la desaparición de lo
humano dejando una huella tan espantosa como estremecedora. ¿A dónde ha ido a
parar el ser animado, alegre, inteligente, fuerte, comunicativo, que se supone
es el origen noble de estos restos espantables?
Con el tiempo, las
competencias que te aportaba una imagen de mundo notable y cierta se han ido
ajustando, adelgazando cada vez más. Lo que no paro de plantearme es el lugar
que hoy ocupa el interés por las humanidades, por las preocupaciones
estrictamente filosóficas, ante el mundo de los yutubers, el despliegue
infinito de los medios y sus discursos omnipresentes o el espectáculo de los deportes,
por ejemplo. Este mundial de futbol pasado me ha hecho reflexionar bastante.
¿Hay algo que pertenezca al orden de lo literario, de lo poético, de lo
metafísico que despierte el entusiasmo de un mundial, que sea más espectacular
y unánimemente estallante? Plantear las cosas así quizá sea torpe o injusto,
pero teniendo en cuenta a qué viene reduciéndose la sociedad universal, no
logro dejar de comparar ambos territorios. Y la cuestión es que yo, que
practico la lectura y pertenezco al bando de las humanidades tengo que admitir
que un gol conseguido en un mundial supone una explosión anímica extraordinaria.
En una página de internet me encuentro con un breve artículo que habla sobre las cosas curiosas que se han encontrado en las excavaciones del país. Uno de los objetos cuya función ha sido descifrada es una suerte de pequeña pizarra donde se apuntaban notas breves o se esbozaban croquis. Esto me ha producido alegría: el hombre de hace cientos de años, incluso miles, participaba de ideas en proyecto que vienen a ser las mismas que las nuestras, en definitiva: compartimos una imagen del mundo progresivamente semejante. Y tales ideas revelan un talante positivo: son cosas buenas.
Lo que María Zambrano
denuncia es la exasperante e interminable virtualidad del sueño. Es necesario
que el hombre se libere de ese estar suspendido en el no-tiempo, romperse,
librarse de esa espectralidad, eclosionar, materializarse. Al estar privado de tiempo
en el sueño, se encuentra lejos de realizarse, de ejecutar cualquier cosa y
funcionar como un viviente más que avanza a través de sus acciones propias. El sueño,
pues, lo que hace es atomizar ese espacio externo de la acción y la
consecución, sumir al sujeto en una suerte de expectativa sin fin, sin
desarrollo.
Si, supuestamente
avanzamos hacia un concepto maduro de la vida a través de nuestras experiencias
y el paso vital del tiempo en nosotros, o más bien al revés, con respecto a la
conquista del tiempo por nuestra parte, se llega a cierto punto en el que no
sólo se acepta con amargura la realidad de la muerte, sino que ciertas brechas
en el espacio-tiempo de nuestras esperanzas nos acarician inadvertidamente. Si
llegados a una edad adulta afirmamos que lo único que sabemos del mundo es que
nada sabemos. La aceptación trémula de la salvación, de la felicidad debiera
producirse como sospecha simultánea a ese no saber. Estamos en el centro ignoto
de las revelaciones probables y la vida se mueve hacia cualquier lado,
multidireccionalmente.
Los surrealistas organizaban
excursiones a lugares determinados de París. Aquello era una práctica
surrealista más que pretendía hallar rincones poéticos en medio de la ciudad,
pasajes de ensoñación. Precisamente fueron los surrealistas quienes ubicaron
las grandes aventuras íntimas del amor en los espacios urbanos, afirmando que
este era el nuevo enclave de las épicas del espíritu. La poesía tenía lugar no
en zonas naturales, con patos y lirios y arroyos sino en cualquier punto de las
callejuelas parisinas, en cualquier chaflán, en cualquier plaza, en cualquier
callejón. Para mí nada es más delicioso que la ensoñación con que atravieso o
evoco algunos lugares reales de mis restringidos itinerarios. Alcanzar la
avenida de la estación en Elche, bajar por sus amplios espacios, marchando
paralelo a las piscinas municipales sumidas en un azul sobrenatural, rodeado de
verde y palmeras, llegar pronto al cruce de la carretera que me introduce en un
par de metros en el centro urbano, cruzar, precisamente, frente a las tiendas
de muebles, siendo la constante arquitectónica de todo este espacio, la forma
cuadrangular a ras del suelo, como grandes escaparates en los comercios, y sin
cansarme físicamente sino estimulado por la luz y el orden de los edificios,
entrar en la librería Ali-Truc, es un mini paseo tan estimulante como
delicioso. Estoy frecuentando esta librería desde mediados de los noventa, y
todo el espacio circundante, tan lineal, sobrecargado por monumentos, y
arropado por cafeterías y pubs, ya pertenece a las ensoñaciones de mi memoria.
Que la recompensa secreta al breve paseo desde la estación al comercio, sea,
finalmente, la obtención de un libro con el que soñaba o que me sorprende por
su contenido, relativo a mis preferencias personales, es algo que siempre me ha
llenado de una frágil pero intensa felicidad. Además, el diseño, los interiores
de la librería, con sus amplios escaparates y su segundo piso, complementan ese
grado de harmonía íntima, a la aventura de buscar un libro en un entorno urbano
totalmente propicio a la ensoñación. La ubicación de esta librería y el entorno
urbano, se prestan en mi ensoñación, a una adecuación deliciosa. Del mismo modo
que enclaves materiales, naturales o artificiales, se transforman por el uso
del público en sitios oníricos o de súbita felicidad, la librería Ali-Truc se
ha organizado en mis fantasías como uno de esos lugares mágicos que los
surrealistas buscaban no en las penumbras verdes de los bosques sino en los
repliegues ocasionales de la ciudad atravesada todos los días por todos. Cuántas
veces me ha ocurrido visitar la librería con el ánimo de encontrarme con un
libro mágico, las memorias de algún bohemio francés de la Belle Epoque o las
poesías de alguna baronesa romántica que fue amiga de Goethe, y apenas penetrar
en su interior, darme de blandas bruces con ese libro con el que soñaba
expuesto allí, entre la infinidad de los otros.
Lo terrible es cuando el
sistema de seguridad que uno ha establecido para mantener los deseos y los
sueños imposibles a raya, se resquebraja y se descompone, dándote un empujón y sacándote
de tu linealidad anímica. Es entonces cuando todas las vulnerabilidades salen a
la luz y casi esperas a que un tiro ocasional te fulmine ante los otros, ante
el resto de la vida cotidiana y superficialmente feliz.
Hay autores que ante la tormenta
generalizada de extrañeza al pensar y al mundo del texto, quedan ahí, en la
vanguardia absoluta, recordándonos lo que estamos destruyendo y olvidando. Me
refiero a Giorgio Agamben, el filósofo italiano, que es el último metafísico de
Europa. Estoy leyendo varios libros suyos publicados en Anagrama recientemente, Profanaciones
y La desnudez, y no hago sino
felicitarme de que quede una mente que no se le escapa una y sepa interpretar
nuestra a veces, patética modernidad, a través de la densidad semántica de la
palabra y de la hermenéutica. Agamben es siempre revelador, es decir, no es un autor
experimental ni dubitativo: nos dice qué hay bajo cada cosa que ocurre, bajo
cada temática u acontecimiento que analiza. Revelar implica descubrir qué
significa esto y aquello y qué relaciones ocultas con la tradición posee. Analizar
las derivas últimas del arte, lo que significa la desnudez hoy, en qué objetos
o situaciones comunes se ocultan alusiones apocalípticas, cómo nos relacionamos
con nuestro propio destino estudiando qué implica el genio para cada uno de
nosotros, en qué fugacidades de la vida se enuncia el misterio de la eternidad…
El campo de acción de Agamben es el de la profundidad, su sueño, que se atreve
a esbozar y recordar, son los signos de esperanza o trascendencia que pueden
rodearnos y marchar con nosotros…También celebro su amor a Cervantes y su feliz
conocimiento personal de José Bergamín.
Tengo la radio puesta de
fondo y de pronto el locutor de Radio Clásica dice: los clásicos nunca mueren. Esto me hace recordar lo que Zambrano
dice acerca de los sueños: que en ellos el tiempo no existe, valorando este
aspecto más bien como algo negativo, coercitivo. La no existencia del tiempo en
los sueños apelmaza indefinidamente toda realización real de lo que pueda desearse
ejecutar, convierte la dimensión onírica en un mundo estancado en el que las
relaciones o alusiones se amontonan de modo descoyuntado e ingrávido para
siempre. Pero la ausencia de tiempo, o la suspensión de su rutinaria linealidad
en la vida diaria, se revela como algo benefactor e incluso, paradisíaco. Si
hay algo que siempre he notado al escuchar música clásica, es que, en ella, el
tiempo como límite o factor erosivo, no existe, ha sido borrado, no hay
incidencia dolorosa de su pasar. Apenas dos notas de un piano barroco o
romántico aparecen en el espacio de la percepción, todo lo demás, el gastado
entorno de todos los días, todo el flujo inercial del tiempo, desaparece como
por arte de magia. Se impone entonces otro transcurrir, otro sentir. La música
sustituye el tiempo como servidumbre y coloca la gracia de su sonar como
narrativa exclusiva que rescata el ánimo y lo pone lejos de toda vulneración,
libre de la fragilidad existencial que comúnmente le asprisiona o influye.
El irritante debate de si lo de Ceuta es una invasión o una crisis humanitaria. En realidad, es una caótica mezcla de ambas cosas, aunque aquí, el hecho cuantitativo de la avalancha, por su carácter extraordinario, incide en su valoración cualitativa. Es decir, que puedo ejercer la solidaridad con unos cuantos individuos por los que experimento empatía y tiendo, entonces, a acogerlos y atenderlos, pero no puedo sentir compasión ante legiones de personajes que ocupan, literalmente, una ciudad. Yo tengo solidaridad por una cantidad relativa de personas gracias a la empatía, pero no puedo tenerla por motivos ideológicos ante una cantidad que me desborda. No puedo ser lúcidamente solidario ante una situación así. No puedo ser solidario cumpliendo una orden sino siéndolo espontáneamente.
Este verano descubrí a través
de YouTube un concurso que emitían a fines de los setenta en la revisión norteamericana,
Gong Show. Se trata del típico concurso
en que cualquiera que sepa hacer algo, bailar, silbar con un neumático,
disfrazarse, etc., hace su numerito más o menos lamentable, más o menos aceptable,
siendo votado por un jurado constituido por artistas o famosos del momento.
Como la mayoría de los programas se realizaron entre los años 76 y 78, la
fascinación melancólica me ha estado sumiendo en tardes tórridas de evocaciones
fantasmáticas y accesos de intensa tristeza. No podía evitar el pensamiento de:
mira, ese chico tan arreglado, esa chica tan atractiva, o son unos ancianos,
prácticamente, ahora, o han muerto. Las exequias de los setenta me mortifican,
dolorosamente, cuando se produce la ocasión.
Quizá, creer en la resurrección,
en la eternidad no sea sino tener fe en la propia belleza, en las cualidades
más altas que nos definen íntimamente, reparar en que todo ello no puede erosionarse
como un objeto material cualquiera.
Pero no hay que esperar
una dádiva divina que nos brinde la eternidad como otra parte del juego de la
vida. Aquella expresión del evangelio, “lo demás se os dará por añadidura”, nos
tiene que hacer ver que no hay que esperar acciones de magia sino confiar en la
naturaleza de nuestros dones y cualidades.
Estamos a fines de
septiembre. El calor que te cocía en la calle y que te importunaba con un fuego
continuo, ha desaparecido. Comienzo a sentirme vivir, el pensamiento abre
perspectivas sin escoceduras, el cuerpo se declina hacia un punto que le provee
de comodidad física y síquica. El verano se cierra con un índice enorme de
estrés: los problemas económicos, el aislamiento durante los meses de
vacaciones, la no participación en la vida social de la ciudad, la soledad
persistente y multiplicativa, la sensación aniquilante del no reconocimiento, de mi persona ligada a una
obra escritural compleja, la sensación de fracaso y caos al evocar un dictamen
sobre mi vida entrando en los sesenta nada más y nada menos, la persistencia sangrante
de esta escisión entre la mujer y yo, mi creencia aplastante e invencible de
que entre la mujer que pueda desear o amar y yo hay una extrañeza definitiva
que me imposibilita una comunicación grata….
Pero por el otro lado, y como nunca he sentido, fulgura la relevancia total de
la escritura, el poder intelectivo e interior que me da ante las evoluciones de
la realidad, mi pertenencia a lo poético al estamento de lo literario, mi
fundar la lucidez y la esperanza en el mensaje y alcance de la literatura,
también de la filosofía. Hay que volver a la actividad literaria, no temer
intercambiar actividades e información de este mundillo, procurar terminar mis
libros y confiar en que en un tirabuzón del azar, pueda publicarlos. No importa
que la temporada que se aproxima sea la última. Todo retorna de algún modo y
uno sigue en el mismo tramo de actividad que fundó el año pasado, y el pasado y
el pasado, y el otro. Habitar ese tramo de intensidad creativa y lectora,
persistir en esa pasión, y has recuperado el fragmento de eternidad que te
corresponde. Cualquier momento es el centro de mis idealidades y de mi
afirmación vital.
La máxima aspiración de
la escritura: la constatación rítmica de la realidad.
Empezar como se acaba, es
decir, inopinadamente, sin emplear grandes motivos ni conceptos repletos de
sentido. Abandonando de pronto al texto y pareciendo que lo fueras a continuar
después. Si lo que has escrito guarda
compacidad y relación, puedes emplear esta forma de dar por terminada tu
narrativa, pues no importa cómo iniciaste tu discurso sino lo que este,
intelectualmente, ha referido o descubierto. Recuerdo ese final cuasi cómico,
insólito, del Kamermusik nº 4 de Paul Hindemit. Después de haber soltado un
barroco enjambre de notas astillándose y volviendo a agruparse entre sí, acaba
con un desasirse del volumen musical tocándose apenas la nariz.
Me pregunto cómo se
ubicarán los productos culturales tras la muerte de sus protagonistas o
creadores. De un anciano director de cine que acaba de fallecer, visiono un
film suyo de hace un par de décadas, muy divertido, lleno de acción y de
situaciones rocambolescas. Ahora, su director ya no existe, ingresa en la nada
vertiginosa, pero su producto sigue ahí, divirtiéndonos, con un mensaje vivaz y
contundente, explosionando en primera línea de la atención, reclamando, no,
creando realidad. Cómo tratará la eternidad a invenciones como esta, qué hará
la memoria futura del mundo con esta obra, a dónde irán a parar tantos filmes,
tantas obras plásticas, tantos poemas anónimos…
Tengo delante de mí, tres
libros cuyos mundos evoca el poder de la lectura, confluyendo en un solo orbe
de fascinación cultural y viaje literario: El
viaje a Francia de Mesonero
Romanos, una antología de textos poéticos de la alemana romántica Karoline von
Gunderrode, y El diario de viaje, de
Batsho. Como se verá, el elemento temporal lanza a los textos a golosos
confines de evocación y lectura fascinada. El libro de Mesonero Romanos es un
nutrido informe de la vida parisina, de su sociedad, de su cultura, en un
tiempo en que Francia era el modelo referencial de civilización. Los textos de
Gunderrode nos conducen a los sufrimientos de un alma que vino a ser secreta representante
de su propia época. Su suicidio corrobora este grado de representación.
Gunderrode es un producto natural de una sensibilidad y de un modo de
comprender. Sorprende esta adecuación, esta permeabilidad suprema. ¿Fue libre
Gunderrode al vivir como lo hizo? ¿Qué sujeto fue el suyo en una percepción del
mundo cuajado de fulgores de muerte? ¿Fue feliz entre tantas intensidades
mortales? El libro de Batsho es un documento y una pieza literaria,
francamente, interesante. Viajar a la espiritualidad oriental del siglo XVII a
través de confesiones personales y de la sutil captación del tiempo por un
poeta, convierte estos textos en testimonios únicos. Al ir leyendo los tres
libros percibo lo que de común posee el hombre. Es el hombre quien analiza y prevé,
el que organiza y sospecha, el que teje un documento, el que capta los signos.
Es el hombre quien lega un documento, quien crea y atesora obra y nos deja una
muestra de lo que ha comprendido y dilucidado. El libro de Mesonero Romanos es
un vívido retrato, lleno de información, del mundo parisino. El estilo de base
clásico asegura que el texto de Romanos ofrezca precisión y datos interesantes.
El cierto encanto que se desprende de sus descripciones, remarca la epocalidad
de aquel París de leyenda. El libro de Gunderrode es un testimonio contundente
de un alma, de una musa de la época. El grado de pureza de esta poeta señala
una circunstancia extraordinaria: ese momento de fértil eclosión literaria y
filosófica en el centro de Europa. Ahora bien, Gunderrode parece brumosa y
caótica frente a Batsho. La poeta alemana se sume en abismos de pasión y locura
frente a motivos que le inspiran tal zambullida: un amor frustrado, el río Nilo
(en el que ella misma se encarna), los grandes personajes de la mitología
griega, de los que a veces, sólo nos pasa una descripción sin más, pero cercada
por la tormenta nórdica de espectralidades y absolutos que se avecina. En
Batsho, lo abismal permanece elíptico en sus poemas. Es lo que calla en torno a
objetos concretos lo que nos arrebata sordamente. Lo que persiste al paso del
tiempo es lo que este mismo genera bellamente en la naturaleza, una naturaleza
delicada y harmonizante: las flores del ciruelo, briznas verdes de hierba…
Hablar desde la
anormalidad supone un doble sacrificio: por un lado, explicas tu singularidad
que te ahoga y condiciona, te muestras lúcido ante la herida; por otro, simulas
que no te ocurre nada y pasas por uno más cuando tu pudor es tan alto como tu
dolor. Yo, lo único que puedo decir es que nunca creí que la realidad fuese
para mí, que la vi inaccesible y guarecida por unos tipos a los que, a su vez,
pertenecía tal realidad: una élite llamada los adultos. No sé si el desastre que
ha sido mi vida se desprende sólo de esta constatación, pero no puedo sino
afirmar la total sustancialidad y realidad de esta percepción. Al sentirme
humillado por esta imposibilidad de ser uno más en el mundo, me atrincheré en
la soledad más férrea, evité a toda costa el contacto con los demás y así he
permanecido hasta ahora, fuera del circuito vital. Mientras los otros se
casaron, viajaron, trabajaron, conquistaron diferentes grados de realidad, yo
permanecí fuera de toda evolución normal, buscando un complejo entramado
secreto que me sirviera de lenitivo y de estímulo personal: la música, la
lectura y la escritura. Pero mi resistencia a vivir la vida tiene un límite. La
soledad se ha coinvertido en aislamiento y el aislamiento en muerte atroz en
vida. Todo lo que podía haber hecho y no hice por temor o por orgullo, se ha
convertido en una hilera de dolorosas espectralidades, de sorda frustraciones.
pero si dispongo de una capacidad notable para la aniquilación y el abismo,
también poseo la plasticidad pisciniana para la auto recuperación, de modo que,
tras haber muerto en vida días enteros, una música o la luz del sol me
resucitan y hacen que me suba por las paredes. No sé qué va a ocurrir o si tiene
que ocurrir algo: que yo desaparezca de veras sin haber concluido de publicar
los libros que tengo escritos en forma de archivo, que continúe así, de
penosamente solo, que nunca alcance a ganar un maldito premio literario, que no
conozca la conciliación con la mujer y con los otros… Por el momento, la verdad
de la poesía y el fulgor de la música me dan esperanzas, además de creer en una
vuelta luminosa a la vida.
Tras un par de visitas al Prop y otra tantas al Registro, me llevo como encantador recuerdo un resfriado como nunca he tenido. A esto se suman retrasos fenomenales en el sueño y un estrés galopante por el número y tipo de problemas que se han ido amontonando y era necesario despejar del horizonte. Resultado de tanto trajín: he estado tres días enfermo, tres días fuera de órbita, tres días sin inspiración ni fantasías eróticas. Tres días exactos en el limbo puro. Al cuarto, quinto día, el sueño efectúa su fantástico poder curativo, me levanto, sale el sol, intento auto estimularme con actividad nueva, me pongo a limpiar la casa. Redescubro unos textos de Guillermo Carnero, pongo Radio Clásica y suena la música. La combinación de música y poesía me hacen regresar al paraíso.