viernes, 22 de mayo de 2026

ABISMOS ORDINARIOS




Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la consternación, dándole vueltas a qué es lo que no le ha gustado de lo que he escrito. Creo que el texto era ameno, combinando pequeñas reflexiones con el relato de anécdotas de viaje y observaciones del paisaje y de entornos urbanos. Creía que mi texto se adecuaba al contenido de la editorial, pero... Es como si al entregar un regalo a alguien, hubiera recibido un manotazo. Y enseguida crees que has escrito mal, que te ha faltado bibliografía o chispa en la  redacción. Desde el centro de la creación, no eres capaz de entender qué elementos ha valorado e ignorado la mente de un editor que piensa en un producto vendible, comestible y legible. 



Vivimos la imposición de términos y giros por parte de este imperio de periodistas, sobre todo deportivos, que nos rodea, a años luz del conocimiento de conceptos que escritores o intelectuales vehiculaban a través de sus obras hace unas décadas. No sé por qué porras han cambiado el verbo bloquear por el estúpido blocar, que me suena palurdo, de tonto de pueblo. Y ahora parece que desastre no existe. Les ha dado por decir ridículamente debacle porque quizá es más fino o semeja un eufemismo con respecto al significado fuerte del término. Lo reconozco. Me da rabia que por economizar en la dicción y evitar la mención directa de una palabra, sean los periodistas deportivos y los periodistas en general quienes impongan términos y encima suenen a novedosos. Pero, claro, desmontado el papel de intelectuales y desechados poetas y escritores, parece que no quede nadie sino los comentaristas de los medios para popularizar palabras. 



Los poetas debieran dar un discurso cada equis tiempo en el Congreso de los Diputados. El Parlamento ¿no es la casa democrática del pueblo y la sede de la palabra del mismo? Francamente, visiono debates que ya quisieran protagonizar los inexistentes poetas de hoy. 



Leo las rubayat de Omar Kayam en una tan añeja como admirable versión de Diego Navarro. Si hay algún traductor que vertió al español los cuentos de Poe tan brillantemente o más que Julio Cortázar, este fue Diego Navarro. Kayam resulta sorpresivo. Su canto al vino y a la extinción de los cuerpos bellos, resulta conmovedor a través de una expresión concentrada y breve. No hay otra cosa que constatar sino que la vida se va y se irá y que en ese proceso imparable, también, incomprensiblemente, la belleza desaparece. El interrogante que el poeta persa le dirige a la Divinidad es por qué los seres que han sido bendecidos por la belleza, se extinguen como cualquier otra cosa en el agujero sin fondo que supone la muerte.  Kayam resulta muy sincero y efectivo en su inquietante planteamiento. Su queja es toda una imprecación melancólica al Dios que nos ve y que parece indiferente ante lo que sucede o permite que suceda. 



Cuando el pensamiento se propone ser virtuoso en sus inquisiciones, produce obras insólitas o se reviste de la genialidad. Todavía sigo leyendo con admiración los centenares de aforismos y definiciones breves que Schlegel conjuntó en sus Cuadernos literarios. Estos aforismos que tratan sobre los géneros literarios, sobre la música, sobre la genealogía de conceptos estéticos, resultan tan brillantes, tan contundentes, tan surrealistas a veces (fórmulas matemáticas para explicar tipos de versificación), tan irremediablemente barrocos, suponen en sí tal exhibición del pensamiento hiperlúcido de la crítica literario-filosófica, que sorprende, además, la fecha de su redacción final: año 1800. Pueden leerse como extractos de crítica actual, concebida en pleno siglo XX, o actualmente. 

jueves, 21 de mayo de 2026

EL TEATRO QUE HACE VOLAR

 



Hay gente que piensa que los libros colectivos se quedan ahí, en el momento concreto de la realización del homenaje y que trascienden poco la evocación realizada sobre el homenajeado. Este año se  cumplían los cincuenta años de la fundación del grupo de teatro Expresión de Orihuela, comandado por Atanasio Díe, y como colofón de los actos que se han efectuado a propósito de tal efeméride, se ha publicado un libro que pretende ser algo más que una edición colectiva de artículos. El volumen que Manuela García ha logrado sacar adelante con la participación de compañeros de representación, amigos, familiares, periodistas, artistas y poetas, no se presenta sólo como la mera expresión u opinión de los invitados sobre la figura y obra de Atanasio Díe, sino que despliega un registro cronológico de las actividades del grupo teatral, refiriendo también las obras menos conocidas e inéditas del escritor oriolano. 

Frente a las fiestas tradicionales, o ante lo que comúnmente se admite como cultura, el creador literario debe  asegurarse el movimiento y comunicación de su obra. El escritor es una individualidad, una peculiaridad ante lo que generalmente se produce y se generaliza. Y en este caso, la obra teatral de Atanasio Díe, se reviste de elocuentes estilemas, configuradores de una obra potente, vanguardista y atrevida. No obstante, Atanasio también supo establecer conexiones con  la tradición y utilizar su lenguaje. Véase las representaciones de la Armengola, que se llevan a cabo durante las fiestas de Moros y Cristianos en la ciudad de Orihuela, añeja iniciativa de Atanasio. 

El libro recoge estas andaduras con la intención de ofrecer una visión redonda del autor oriolano. Y siendo consecuentes con esta idea de la diversidad realizada, son significativos y emotivos los textos de quienes a través del conocimiento de la persona de Atanasio, tuvieron su primer acercamiento al teatro y conocieron sus poderes terapéuticos. Eso ya lo sabían los antiguos y de ahí la fama catártica de una representación, tanto para los acores como para el público. El contenido recordatorio de esta publicación desea ser integral, por ello también se recogen textos de los más jóvenes, hijos de los actores del grupo, reflejando el interés generacional que un autor ácido y directo como Atanasio,  puede despertar. 

Resulta revelador comprobar cómo el fenómeno cultural se extiende en los márgenes de su visualización, conectando a personas diferentes entre sí, haciéndolas disfrutar de una experiencia común. Amigos de amigos de los componentes del grupo Expresión, nos cuentan su descubrimiento del teatro, por ejemplo, y cómo de esta manera se ingresa en un espacio cultural singular y persistente en el tiempo. 

Y desde luego, ahondar en lo que la experiencia cultural o dramática puede producir en el sujeto, es materia de lucubraciones que confirman la complejidad de la palabra representada. En este punto son interesantes los artículos de José Luis Zerón, Muñoz Grau, Antonio Gracia o  Sesca, quien insiste en la rareza que siempre le pareció la figura de Atanasio.

Ama. Vuela con su variado y multidireccional contenido no destaca sino una cosa importante, además de la obviedad de la efeméride: la fraternidad que la creación de un grupo de teatro puede ocasionar entre sus componentes y el emotivo recuerdo del tutelaje de quien fue y es también el fundador y director de esta empresa, de Expresión, el demiurgo Atanasio.

miércoles, 20 de mayo de 2026

INCIDENCIAS SIN INCIDENTES



Memoria y melancolía

Echando un vistazo a los libros que en los últimos años me he ido agenciando, pero también, acordándome de los libros y literaturas que me han hecho disfrutar y pertenecen ya a mi memoria personal, siento el ataque blando de una suerte de impotencia bañada en melancolía: no poder abarcar de nuevo todos esos libros que he leído y que me han aportado novedad, placer y conocimiento.  Percibo algo así como que lo que he atravesado en lecturas deliciosas, lo que forma secretamente mi red de referentes poético-imaginativos, comienza a dispersarse, tendiendo a la disolución y al paulatino olvido. Descubro subrayados de mis lecturas de los que no me acordaba para nada, elocuentes notas al margen de una página que me sorprenden al leerlas y que casi parecen haber sido escritas por otro. ¿El inaugural comienzo de la vejez, o expresiones del mero cansancio y el estrés?



Se ha hecho común a través de las dos últimas décadas un uso en la fotografía fílmica de ese empachante beige mezclado con un azul turquesa. Como si mezclaran vainilla con un toque sazonado de caribe suave.



Se dice que la época fría del año propicia un mundo de interiores, y que la cálida es exteriorización total de la experiencia, del modo de sentir y moverse. El invierno nos hace refugiarnos en el interior de las casas y el calor nos impulsa hacia afuera, hacia el libre contacto con todo lo que se encuentra en el exterior. A mí, me sucede lo contrario: el fuego del verano hace que el exterior se vuelva intransitable y por ello, desaparezca, paradójicamente, de mi trato normal. El calor es para mí una condición tan extrema, que hace que el espacio exterior, curiosamente, se retraiga y sólo se vuelva tratable con el fresco de la noche. Y el frío, como por estos mediterráneos lares, es tan templado, estimula la salidas y los paseos crepusculares. 



Yo, sólo soy ahora. Y siempre es ahora. 



Visiono con atención unos filmes que Edison rodó hacia 1907. Me fijo, fascinado, en la indumentaria, en los gestos, incluso en las caras y en los argumentos de los filmes. Y aunque me esfuerce por encontrar una especificidad sustancial en todo lo aparencial, es la humanidad que todos tenemos en común lo que atraviesa la singularidad epocal de lo filmado. Es decir, que los sujetos sociales sí pertenecen a su época por su vinculación ineludible al conjunto de costumbres e ideas, pero las personas evolucionando desde el espacio lúdico a la comunicación de sus reacciones naturales, escapa a la prisión dulce de la forma cultural. 


martes, 12 de mayo de 2026



ENTRE LO ACIAGO Y LO VAGAMENTE PREMONITORIO


Dando vueltas por Orihuela una tarde de mayo. Aspecto y ambiente de limbo. Un azul lila envuelve todo, sumiendo las calles y a los paseantes en una suerte de dormición, todavía posible por la existencia del viento, que equilibra el movimiento y las sensaciones del cuerpo. Inexistencia de acontecimiento. Linealidad. La gente que pasa, sobre todo la joven, se les nota felices, comentando sus cosas. La gente mayor que se pasea en parejas o pequeños grupos, me suscita admiración. Luchar contra las inercias del cuerpo y arrojarse a las calles, es algo  notable y ejemplificador, aunque esas calles se diluyan en la bruma azul de la tarde y todos nos reduzcamos, finalmente, a sombras que pasan... hasta que alguien saluda, hasta que se emite una palabra y el anonimato urbano desaparece de pronto. 



Nuevos paseos vespertinos por Orihuela. Ahora el abrumado específico soy yo. La angustia me comprime porque me amenazan con retirarme una ayuda económica si no demuestro de alguna manera que busco trabajo. Me piden de nuevo informes y currículos para renovar la ayuda que se reduce a menos de doscientos euros, pero que para mí son de gran ayuda para reflotarme a principio de mes. ¡Yo buscando trabajo, que jamás he podido asociar este término al disfrute o al crecimiento personal, que he luchado por huir del prójimo neuróticamente durante décadas, que nunca he tenido vida social y que tampoco he sabido aprovechar mis aptitudes profesionalmente por esa interpretación imposible del trabajar y ser, simultáneamente, uno más del tejido social! Pero ¿a quién le voy a ir hoy a exponerle explicaciones de mis complejos, de mis queridos y mortificantes complejos psíquicos con la edad que tengo y cuando ese momento terapéutico y libertador se esfumó hace treinta años? Sólo puedo escribir y de esta manera objetivar el mal, pues a pesar de esos años transcurridos, estoy muy lejos de considerarme normal, o como decía Umberto Eco, integrado. Por otro lado, un Cioran diría que tales complejos no son sino la materia imposible, putrefacta, que envuelven a mi sello personal, que demuestran el grado íntimo de autenticidad, de autenticidad de mi anormalidad, claro. y que, con ellos, tendría que llegar a una determinación: o consagrarlos como elementos identitarios o acabar con ellos, porque son precisamente la causa de mi infelicidad.  Soy incapaz de resolver esta disyuntiva. Mi única solución: sublimar, sublimarlo todo a través del sueño. Y eso es lo que hago viciadamente desde hace siglos. Como poeta o proyecto de poeta que me siento, empleo de esa manera mi modo más virtuoso de persistir: soñando. Y no se trata de una operación meramente psicológica. Sueño lo que me gustaría tener y sé que jamás voy a poseer, pero también sueño lo que poseo y percibo, es decir, activo el soñar como una potenciación de los entornos de belleza que detecto. 


Las lecturas no son casuales. Me he encontrado en casa con un libro de Leon Bloy y las notas de este diario van a exhalar el mismo aire de indignación lúcida que demostrara el brillante reaccionario galo. Grandes negocios oriolanos están cerrando uno detrás de otro. Me entero hoy que el local de venta de electrodomésticos, Cayper, ha echado sus puertas, del mismo modo que la papelería-librería Estruch de toda la vida. La desaparición de estos dos negocios me han dolido en el corazón. He sentido, al enterarme de la noticia, como si un hueco se afantasmara en medio de mi estómago. La desaparición del comercio en una ciudad de provincias equivale a engrosar la memoria histórica, es decir, espectral, de la misma. Y mientras tanto, la morfología social no para de cambiar: árabes y africanos, discurriendo por nuestras calles como en una sorda "espantá". Cada vez que me cruzo con alguno de ellos, más que franca amenaza, lo que se percibe es esa suerte de ley del silencio que se ha impuesto como expresión de nuestros adocenamientos respectivos: nos miramos como con ganas de decir algo y finalmente, pasamos unos al lado de los otros, cerrando las bocas y como lamentando la barrera invisible que nuestras diferencias culturales producen o admitimos que lo hagan. La presencia de inmigrantes supone una suerte de inminencia, como la estadía en un umbral, sin que sepamos a ciencia cierta, los cambios que todavía puedan acercarse en nuestros dominios de toda la vida. Recuerdo con melancolía aquellas tardes que pasábamos unos amigos junto a Alí, un joven argelino, diplomado en telecomunicaciones, que huyó de la dictadura militar, y que tomaba cocacolas con nosotros, escribiendo en una servilleta de papel cómo se escribía luna o sueño en árabe, interrogantes poéticos que yo le hacía, a principios de los noventa, sentados en la terraza del restaurante Teodomiro, en los andenes. Esto es impensable hoy. Antes la novedad creaba el pequeño acontecimiento y la curiosidad podía provocar el acercamiento y la comunicación. Hoy, no hay acontecimiento positivo porque ha dejado de ser una novedad la presencia de árabes, pero, no obstante, creo que la curiosidad no ha desaparecido sino que la reprimimos en las simas de nuestra psique porque hemos admitido las exigencias del nuevo estatus que nos hace persistir en la desconfianza y la no comunicación. Un momento de espontaneidad podría suponer la ruptura de esta situación y la posibilidad de una aproximación súbita. Coexistimos, más que propiamente convivir, que supondría la existencia, al menos, de alguna anécdota alusiva a nuestros modos de vivir y, ocasionalmente, comunicarnos. 


Me siento tan desvinculado de la realidad como una partícula de oro en un brote atómico de polvo. La frase casi me ha venido automáticamente. La he visto poética, pero al anotarla ahora, me parece un poco tonta. Elogia mi situación en vez de definirla.



miércoles, 29 de abril de 2026

PROHIBICIONES DEL VIEJO TESTAMENTO

 


Recuerdo cuando era un crío, que alguien, algún adulto de mi familia, comentó que en el Casino de Orihuela sólo podían entrar los socios. Fue escuchar aquello y desde ese momento recuerdo que me prohibí tajantemente acercarme a las puertas de tal lugar como no fuera de la mano de algún mayor. Y las veces que posteriormente, en mi vida he entrado en el casino para escuchar alguna conferencia o ver alguna exposición, siempre lo he hecho inseguramente, con el temor de que apareciera un conserje malhumorado y me echara de allí.  

Pero el tiempo siempre guarda sorpresillas reveladoras. Fue antes de que yo escuchara aquel comentario sobre la exclusividad de los socios que alrededor de 1973 fui quien portó la corona de la dama de las fiestas del Azahar, y recuerdo, algo brumosamente, que estuve en el casino con mis padres hasta que me tocó partir de allí hasta el Teatro Circo. O, sea, que sin ser socio estuve andurreando por el casino sin otra preocupación que llevar bien la corona sobre su cojín hasta su destino. Además, fue todavía más atrás en el tiempo que mi padre, el negocio de mi padre, Radio Luz, colocó la espectacular araña que se encuentra en uno de los salones del casino y que se utiliza para bodas y bautizos todavía hoy. Y todavía me puedo remontar más atrás en el tiempo, y evocar la figura de mi tío abuelo Gregorio Piñeiro, quien fue venerable y veterano socio del casino, allá por los años 40 y 50. 

Y si no estuviera asociado a la leyenda, todavía podría hacer remota memoria y referir la anécdota de un hermano de este tío abuelo amío, Gregorio Piñeiro, el tío Fernando, como siempre lo hemos llamado, que presumía de caballero y dandy y que en un día de lluvia a fines de los años veinte, apostó un día de lluvia con sus amigos socios del casino, que era capaz de atravesar todo el centro de Orihuela y regresar al casino sin una mancha de barro en los zapatos. Ganó la apuesta. 

Toda esta serie de anécdotas relacionadas con el casino y yo, a día de hoy, no soy capaz de entrar en este lugar como no sea con la compañía de alguien que legitime mi presencia allí. Esas costumbres viciadas de la mente, cómo cuesta arrancárselas de la cabeza....


martes, 28 de abril de 2026

IMPRESIONES. Notículas.



Tendría yo veinte tantos años cuando un buen día, al entrar en mi habitación y tras unas lecturas de filosofía que parece me estimularon formas de pensar el espacio, hice para mis adentros la siguiente apreciación: si yo entro en una habitación como lo he hecho ahora mismo, la visión que tengo de ella dependerá de mi altura y del punto desde el que observe la estancia: desde la misma puerta, desde un poco más allá, un poco más acá. Y sobre todo dependerá de que mi persona esté presente, claro. Pero ¿y si no hay nadie, y si nadie entra en la habitación, qué perspectiva podemos imaginar del interior de la misma? Si nadie mira la habitación, cómo es mirada la misma, qué perspectiva ofrece. Pero si no hay testigo o persona, no puede articularse perspectiva ninguna. ¿Y si se nos pide que imaginemos el interior de la habitación sin estar nosotros físicamente allí? Si no hay conciencia humana que imagine una perspectiva que visione la habitación, ¿es posible que la habitación se haga visible de algún modo? Si nadie mira la habitación, qué perspectiva nos la daría a conocer, qué imagen de la habitación se haría posible. Si nadie la observa, quién o qué se hace consciente de ella? Recuerdo que me alucinaba considerar que la habitación que yo hacía visible en mi conciencia y era capaz  de retener gracias a la memoria, no existía si no había una conciencia que la registrara. Yo sé que la habitación existe, pero la habitación sola deja de existir en tanto no exista conciencia que se la represente para sí. Sé que esta afirmación es producto de un idealismo extremo y como alucinado, pero hace años, consideraba que la habitación, efectivamente, no existía si nadie la percibía. Lo que continuaba alucinándome era que el montón de posibilidades de visionarla para una persona, desde una determinada altura, con las luces apagadas, pegado a una de las paredes, subido a una escalera, etcétera, esta pequeña suma de posibilidades perspectivas, desaparecían, se esfumaban ante esa no presencia de un percibiente. 

 

Me encuentro con un video del cantante Luciano Pavarotti de 1964, actuando en Moscú. Tenía yo entonces un año. Sensación sorpresiva al verle bajo unas apariencias distintas, mucho menos grueso aunque corpulento y muy alto, pero sobre todo, sorpresa al verlo aparecer tras años de su fallecimiento. Es como si de repente dijera, aquí estoy de nuevo, en realidad, no he muerto. Sensación de resurrección, de que los que se han ido se encuentran en alguna remota región del espacio o del tiempo.

 


¿Por qué determinados autores, artistas, novelistas, pensadores, los asociamos a una singular interpretación estética, con exclusión de cualquier otra, y encima se nos presentan llenos de prestigio? Por ejemplo, Ramón Gaya. Este autor, según sus textos y declaraciones, no fue más allá de Velázquez. Los impresionismos o modernismos, que fueron movimientos coetáneos, los admitió pero no se identificó con ellos. A Picasso le reconoce la fama, pero poco más. Incluso a veces se percibe más o menos un velado desprecio. Qué suerte de misterio hace que todos convengamos en  que Gaya es una gran sensibilidad, pero su distanciamiento cuando no su ignorancia total de todos los fenómenos y movimientos de vanguardia artística no le afecten en absoluto, sino al contrario, le refuercen en sus ideas y querencias tradicionales. 

ABISMOS ORDINARIOS

Un editor ha rechazado publicar una obra mía. De esto hace un par de días y no paro de agitarme entre la confusión, la humillación y la con...