17.4.21

EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS I



Sospechamos que todo rastro de paraíso detectable en la tierra que habitamos será siempre un reflejo opaco e imperfecto de aquel lugar deseado y angélico que, o bien perdimos, según la enseñanza bíblica, como la infancia, o bien, nos espera mucho más allá de latitudes cognoscibles. También creemos sospechar, a pesar de todo,  que ante las senectudes que nos brinda el tiempo en personas y vidas conforme va pasando este, la búsqueda del cielo en la tierra, más que un viaje infecundo, destinado al fracaso, podría tornarse una  exploración interesante de, al menos, signos rastreables de un espacio, más o menos remotamente benéfico y posible.  El mundo puede adquirir los aspectos más amenazantes o mostrarse, tozudamente, insolidario con respecto a nuestros deseos, pero las potencias de la imaginación no son nada desdeñables en tanto que no cesan de proyectar un especulativo mapa de enclaves soñados que descubrir o buscar.

Ante desmemorias y súbitas desesperanzas, el espacio simbólico-histórico reconocible  nos concede, más de un testimonio de personas, que generalmente, han desarrollado su actividad desde el ámbito artístico, y que han vivido o creído delinear experiencias de intensidad y harmonías no repetibles. En definitiva, el paraíso lo porta cada uno en sus ilusiones y sueños, ciertamente, pero la vinculación a lugares y acontecimientos, es también, materia real e historiable de este deseo de grata – no apocalíptica – trascendencia.   

El testimonio, por tanto,  de tales épocas o de tales individuos constituye la constelación semiótica que la pasión y la intelección seguirán para llevar a cabo la descripción de los momentos en que lo paradisíaco se haya materializado en la recepción de los sujetos, lejos de la confusión de las utopías imaginadas o escritas por filósofos y mesías.

Desde instantes de inspiración compartida, viajes geográficos de significación iniciática, momentos felices de composición plástica, musical o literaria, fragmentos y recodos de ese ansiado locus amoenus, se han insinuado a la experimentación humana, transformando positivamente las determinaciones que preñaban de melancolía o simple gravidez el proyecto íntimo de toda huida gloriosa de los límites cotidianos.   

 

 

I.                   LOS RUPTURISTAS MODERNOS NO FUERON AJENOS A LA                      BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS


Los surrealistas organizaban expediciones por la ciudad de París. Tales expediciones no tenían por objeto sino estimular el viaje en el lugar de residencia y redescubrir lugares que potenciaran la ensoñación. Hacer esto en  el entorno en que se vivía implicaba para los surrealistas  darle la vuelta a la significación histórica de plazas, edificios o parques, convirtiendo tales enclaves en lugares específica y absolutamente lúdicos.  Fieles al mensaje de hacer poesía en plena ciudad, estas curiosas expediciones intentaban delimitar un espacio bien distinto al típico de las postales, al folklórico o turístico. Había que librarse de semejantes reclamos para volver a un espacio natal y originario que no respondiera sino a las exigencias contemplativas y delirantes de la poesía. La Arcadia en la ciudad que se habita, ese era el objetivo de los poetas adscritos a este movimiento y que no deja de sugerir semejanzas con lo que pretendo exponer. Enterrar el recuerdo de guerras, imperialismos y nacionalismos era para la mentalidad subversiva del poeta surrealista borrar de amargura el espacio público para transformarlo en el de un nuevo nacimiento del espíritu, el de una nueva actitud que reivindicaba la belleza y la inteligencia. Para Walter Benjamin esto fue lo mejor de los surrealistas. Aquí, como vemos, la noción de espacio (locus) se revela como fundamental: en tal espacio los poetas pretendían edificar el jardín universal para las almas futuras. El famoso precedente platónico, al respecto, ¿hay que interpretarlo como una profecía repetida en la historia, como una fatalidad para la felicidad? Si no dejamos a los poetas proyectar socialmente nada, ¿es preferible que lo haga la sensatez de arquitectos y técnicos, menos embriagados de belleza o de bienestar?

Hace unos años, cuando en Alicante conocí al grupo surrealista de Madrid, una de sus máximas preocupaciones era cómo se conformaba el espacio público, el diseño del transporte, de jardines o parques. La cuestión arquitectónica es fundamental para hacer agradable una ciudad. Los poetas buscamos ese carácter amable, precisamente, porque es en la ciudad en que vivimos donde deseamos estar bien, donde incluso, en sus lugares más destacados, evocar el locus amoenus que nos facilita instantes de ensoñación y de convivencia.

Los famosos martes en casa de Mallarmé ¿no eran una amistosa invitación al “lugar ameno”, una posibilidad de gustar de la aristocracia del pensamiento y del frondoso cambio de pareceres literarios?

Los cabarets y cafés de bohemios, pintores y poetas de la Belle Epoque, ¿no eran lugares de esparcimiento, de recogida libertad?

La invención de los happening ¿no fue sino una invitación a disfrutar de la creación en grupo, un entronizamiento de lo lúdico como  modo de grata socialización?

¿Por qué me produce una vibratoria sensación de bienestar, de tímida felicidad contemplar a un Gustav Klimt con su bata de faena ir a darse un viaje en bote por el lago tras haber estado pintando unas cuantas horas, o aceptar la invitación que nos hace Picasso a que le visitemos en su demiúrgico taller con toda la tranquilidad del mundo?

No sé si para los formalistas, un Miguel Hernández pueda ser considerado una figura moderna. Pero el ámbito natural desde el que escribe y que le sirve de inspiración poética, el entorno de la huerta levantina, no puede antojársenos un remedo más aproximativo del locus amoenus, y más si nuestro poeta se nos aparece, ineludiblemente, como el “pastor” protagonista de una égloga autobiográfica  ejemplar. 

Toda obra de arte, de un modo más comprensible, toda obra de arte plástica es una propuesta de mundo, aunque no siempre resulte claro que esa obra, ese mundo que se nos ofrece sea habitable. A menudo, el arte contemporáneo desde hace casi más de un siglo intenta lo contrario: producir mundos inhabitables. Como decía Lezama Lima, la razón dialéctica entró en el arte y lo bautizó como “arte moderno”. Hay que entender la voluntad de crítica y protesta que atraviesa buena parte de nuestro arte para contextualizar ánimos y explicar esa tendencia a la inhabitabilidad. Es la característica desdichada o no del arte que es nuestro coetáneo. Pero si consultamos el catálogo arquetípico del arte de otros siglos, recientes, a fin de cuenta, porque pertenece históricamente a la edad Moderna, la imaginación ha trabajado para configurar lugares, jardines, paisajes, palacetes, escenas pintorescas y domésticas, escenas más irreales pero deseables donde uno acabe hallando si no la delicia inacabable al menos sí una primicia de lo que podría ser semejante cosa en el caso de que exista independientemente de lo que proyectamos o queremos. Desde el barroco hasta el mismo siglo XIX, la pureza de las escenas y lugares soñados, solo ha sido realizada hasta en su último detalle por el arte o la literatura. Los paraísos prometidos por la religión nos piden sacrificios y entregas últimas demasiado comprometidas. El arte nos libera de servidumbres de ese tipo y se atreve a ofrecernos vistas insólitas de lo más deseable. Solo en el espacio artístico se materializa una arcadia cuyo destino no está embargado por ninguna asunción doctrinaria sino que se muestra como originariamente nuestro: regalo por ser todos, precisamente, destinatarios de la ventura.  


15.4.21

End of A day*



Hace cuatro años ya desde nuestra tragedia. No pasa un solo día sin que pueda olvidarte: te recuerdo en el aire, en la música, te recuerdo hasta en mi voz. Como cada vez que se acerca este aniversario, sueño contigo, bueno, sueño con un zorro anaranjado con ojos tan negros como aquella noche, oscura y fría, pero tu corazón siempre fue cálido…

Esta noche me ha visitado de nuevo, pero esta vez me ha guiado a un templo japonés, el Japón de tu infancia, entre  kakemonos, bonsáis, y un tatami donde he podido ver a una mujer elegante sirviendo el té con las manos finas y delicadas. He respirado el equilibrio y la sencillez del ambiente, he conectado con ese lugar, el lugar espiritual. Siguiendo tus pasos me encuentro dentro del pabellón, protegido por altos cerezos rosados y bambús verdes que dan sombra en las esquinas de mi sueño.

Y tú ya no estás allí, ahora está tu familia, tu madre, tus dos hermanas y tu abuela, todas cosiendo delicadamente. Se oyen los pájaros y las cigarras, y me siento un intruso en este lugar, no encajo con el paisaje, no en tu mente.

Oh, y todo va más lento, el viento silba a través de las finas cañas de bambú, todo lo que puedo ver es verde, verde y luz. Ellas me miran, yo les devuelvo la mirada, y puedo ver estrellas en sus ojos, lágrimas no derramadas, lágrimas tristes. A sus espaldas puedo ver distintas criaturas, iluminando su aura, guiando sus costuras.

Tú, pequeña criatura, me miras desde la sombra, y solo puedo respirar, respirar tan profundo como me permiten mis pulmones. Y ahora siento que estoy en un sueño, un lugar tan onírico y utópico que me inquieto, ¿Qué quieres decirme? Deberías decirme tus pensamientos, ahora no puedes pensar nada que no sea cierto, ya no te da miedo.

Se levanta despacio, como todo en este lugar, y tararea una sencilla y lenta melodía. Cinco notas se repiten sin cesar, cinco, y mira a su izquierda, el pasado. Entonces lo comprendo, es la historia de la luz, la historia que contaste, que viviste, hace tantos años, cuando aún eras feliz y la luz era parte de ti.

¿Qué pasó? ¿A dónde hemos ido? Ahora sigo escuchándote, y yo también estoy llorando, tanto dolor y mucho que llorar, tres amigos más gritan conmigo. Sentimos que te vemos a través de un cristal, realmente nada ha cambiado, ¿verdad? Espero que no te sientas triste, ya no, hiciste un buen trabajo, lo hiciste bien.

 



*El título del trabajo (End of a day) pertenece al álbum ‘Story Op. 1’ del artista Kim Jong-hyung (Seúl, 8 de abril de 1990- 18 de diciembre de 2017), integrante del grupo coreano SHINee, el cantante cometió suicidio el 18 de diciembre de 2017.

 

Gema Piñeiro López

14.4.21

POEMA



SECUENCIAS

 

La copa del árbol,

súbitamente, se eleva,

sostiene el margen celeste.

Es el difuso límite

de dos cielos.

 

La copa flota como una nube.

Bajo su verdor horizontal

el tronco se desliza

como serpiente mitológica

y penetra en la esponja terrestre.

 

En torno al perímetro del árbol

se extiende

el aire redondo,

hornacina de implosiones,

rosa invisible.

 

**

 

 

Muerdo la hora

y la sustancia del tiempo

hace brillar mis sienes.

Soy de pronto

una estatua que,

sin embargo,

titubea entre los nimbos,  

producto

del atrevimiento del sueño.

 

**

  

En el ángulo más insensible,

soy,

pálpito no infundado.

La lluvia

me hace recordar

ese grato fluctuar

en la sombra.

Entonces, soy la hojarasca del tiempo,

la herrumbre de un pensamiento milenario:

yo, que me obstino en morir

bajo tanta luz

sin conseguirlo.

 

**

 

 Me refugio en la sombra

pero soy luz.

Ahora lo sé, de nuevo,

cuando las horas han mirado

mi abandono

y los rayos del sol

han reconocido

el brillo propio

de mis pupilas.

Retorno

con esa melodía

en la que identifico genealogías y océanos.

 

**

 

Lo vegetal acuña mitologías blandas

y milenarias.

Todavía arrastro mi nombre

bajo las lianas petrificados del atardecer.

Me venció la molicie de un morir melancólico,

pero debo encarnarme en mí

si deseo doblegar

las heridas del presente.

 

**

 

Comprendo el sueño de las violetas,

la desazón de los helechos.

No me encarno

en ninguna demiurgia gnóstica:

me trasciendo,

ahora

que me reconozco

y el día me lleva.

 

**

 

Imagino la raíz del árbol

articulándose

entre los gránulos

y las vetas profundas.

Las raíces

son como una mano hambrienta

que no traza brechas

sino para inseminar

a los soles de la noche,

esos cuerpos que

danzan al final de las savias. 

12.4.21

TEMPERAMENTOS FILOSÓFICOS PETER SLOTERDIJK



Peter Sloterdijk es el intelectual más destacado de Alemania. Este libro recoge sus impresiones sobre los filósofos más importantes de la historia, según su perspectiva. El texto funciona como una actualización, como una lectura sintetizada de la obra de estos autores.  

 

San Agustín.

La figura del pecador, es decir, del hombre que ha perdido la unidad con la divinidad, recuerda el desamparo del hombre moderno, sumido en la crisis existencial, ansioso y atormentado por las dudas vitales. Con severidad, San Agustín advierte que no hay salvación sino volviendo a Dios. De semejante modo, el hombre actual piensa que un vínculo precioso ha sido dañado y está pendiente de una operación reparadora que le resultará íntimamente vital.

 

Schopenhauer.

Sin control, el desasosiego de la vida deja de ser pulsión ordenada de mundo para convertirse en alienación, en pululación deformadora. Hay que domeñar a la voluntad para dejar de ser su víctima perentoria. Con la figura de Schopenhauer, la razón pierde la pureza  de su escalafón. Los virajes de la vida, del cuerpo se anclan en lo inconsciente, en lo brumoso orgánico y originario.

 

Jean-Paul Sartre.

Para Sloterdijk, el filósofo francés fue el autor filosófico más aplicado, más activo del siglo. Sumergirse en la subjetividad humana equivale a hacer interminable el absurdo. Ahora bien, sólo el ser humano se hace inteligible desde de la libertad. La lucha por ella es una constante natural.   

 

Wittgenstein.

La fascinación por el personaje se explica por la radicalidad de su planteamiento filosófico, por el distanciamiento del mundo desde el que produce su obra y vive. La ejemplaridad de su obra se confirma a través de las consecutivas y nuevas interpretaciones que se hacen de ella, que convierten a Wittgenstein en un eje prismático de prometedoras invocaciones. Por ello, Sloterdijk le augura futuras y sugestivas lecturas y reediciones.

 

Husserl.

La obra extraordinaria de Husserl correría el riesgo de convertirse en una rareza museística si no marcase por sí la plenitud del pensamiento en el periodo pretécnico. Lo cual convierte a Husserl, inventor de la fenomenología, en un auténtico fenómeno. No es chiste.

 

Foucault.

Foucault es el filósofo que ha sido economista, psicólogo, sociólogo, historiador y archivista de saberes a la hora de desempeñar su labor reflexiva. Tras su trabajo de investigación sobre la formación de paradigmas y la difusión de estrategias sociales y mentales que configuran a las épocas, el destino de la disquisición intelectual es dinamizar la vivencia de la realidad, la apertura del horizonte humano ante las siempre bien  distribuidas presiones del poder.

 

Nietzsche.

La obra de Nietzsche supone todavía un reto para las generaciones actuales y futuras. Se elude aquí toda caricatura o nazificación tanto del personaje como de la interpretación de sus obras, aunque el propio filósofo parece que lo dejase todo botando a propósito… Nietzsche puede ser rescatado como conductor de las almas, en todo caso, es decir, como un notable médium de las fuerzas que una comprensión estética del mundo puede provocar en las sensibilidades.

 

Pascal

Para Sloterdijk, Pascal es quien, entre las bambalinas prestigiosas de la ilustración y el pensamiento científico, advierte antes que nadie, los primeros desencantos y angustias de lo que se denominará el hombre moderno. Curiosamente, a Valéry, esta actitud, antes que un motivo laudatorio, le parecía una estrategia demasiado evidente para destacarse entre otros autores. 

 

Leibniz

El optimismo y la energía creadora del “representante diplomático del ser”, se vuelven envidiables para los laxos cultivadores del pensamiento débil. Emprendedor fulgurante de la Teoría, modelo romántico del sabio, la figura de Leibniz es un ejemplo y un estímulo para la imaginación filosófica, aunque la distancia de sus presupuestos a los nuestros sea considerable.

 

Schelling

Sloterdijk destaca el período de la obra tardía de Schelling, en la que se  produce la penumbrosa despedida a un complejo proyecto filosófico, que urde las últimas posibilidades exploratorias de la razón emparentada con la ilustración. Schelling es también un caso de investigación de escritura filosófica.

 

Fitche

A pesar de todas las filosofías críticas de entelequias y metafísicas asignaciones, la enseñanza final de Fitche es que sólo en el ser, en el yo, podemos hallar las últimas residencias de la divinidad.

 

 Marx

Según Sloterdijk, el pensamiento de Marx ha sido malbaratado por intérpretes ansiosos y mesiánicos. Sus ideas se merecen una segunda oportunidad, bien lejos de la ansiedad filosófica o el contraataque. La cuestión: ¿qué condiciones, qué contexto serán los propicios para llevar a cabo esa segunda lectura?



9.4.21

DAGUERROTIPO DEL AÑO 2021




Cuando el robot Perseverance se posó sobre la terrosa y supuestamente belicosa superficie  de Marte, hace un par de meses, la primera imagen que nos envió del panorama encontrado y que también fue la primera imagen que los telediarios emitieron, me produjo una extraña sensación. Lo que se veía es una suerte de desierto, con alguna que otra piedra perceptible sobre el terreno, y con la sombra de parte del mecanismo de aterrizaje del propio satélite estampada en el suelo. Pero no fueron los elementos visibles de la desolada imagen lo que llegó a perturbarme sino el cambio drástico de movilidad de la imagen en comparación con cualquiera de las que pueda captar  una cámara fotográfica aquí, en la tierra. Es decir, percibía la imagen sumida en un tempo distinto, remoto, reticente, que me resultó, asimismo, familiar. Enseguida recordé los daguerrotipos. La semejanza era admisible. Los daguerrotipos fueron las primeras imágenes de carácter fotográfico que se obtuvieron. De este modo, presentaban características estilísticas, temáticas, propias. Del mismo modo, la imagen del satélite era la primera imagen que se tenía de la superficie del planeta rojo tras un aterrizaje inmediato y el aspecto que ofrecía se correspondía con cierto arcaísmo ambiental.

Pero ¿qué significaba que una imagen planetaria del siglo XXI, supiera, recordase, pareciera un daguerrotipo decimonónico?

La imagen de Marte produce perplejidad: podemos ver algo que nos resulta inalcanzable e inhabitable, salvo para la tecnología, lo cual añade conocimiento pero nos produce cierta impotencia. Este desfase espacial y biológico se traduce en dimensión temporal: tendrá que pasar  mucho tiempo para que el hombre llegue a colonizar Marte y lo haga parcialmente habitable, (o no). También hay otro contraste desolador: la imagen producida por la máxima vanguardia en viajes galácticos nos ofrece un paisaje digno del desierto de un espagueti western: la sombra esquelética de un enrejado y un montón de arena donde no hay un bicho viviente. Marte está ahí, sí, es verdad, existe, pero se muestra bien indiferente a nuestra presencia, a que le inoculemos vida a su montón de arena rojiza.

7.4.21

Esther Abellán Pasado en la boca



 

El mar como metáfora de multitudes o del infinito, como imagen de la memoria o incluso de la libertad (esa falta de un territorio demarcado que es el océano y que Barral señalara) se ha ido sucediendo en la disposición romántica o en la imaginación moderna a la hora de abordar el acopio mayor de la experiencia y su penumbroso destino.

El mar como motivo literario implica cierto gigantismo semántico. Pero su experiencia concreta por el individuo puede producir interpretaciones menos masivas, menos uniformes y más subjetivas, más relativas y puntuales.

El mar como expresión del destino universal es reversible: la experiencia sumada  de la vida puede compararse al efecto de infinito remoto que produce el horizonte marino.

Sea como sea, este libro de Esther Abellán, nos comunica, ciertamente una experiencia labrada en torno al motivo del mar, confundiéndose con el mismo, como ocurre en los tramos más intensos de toda experiencia vital, y nos da una imagen de las aguas nada folklórica, como tampoco meramente sentimental. El mar es en estos versos tanto el motivo de la hilazón poética como el punto final de toda una concurrencia, es decir, efecto y causa de lo vivido. El mar como elemento especulativo, como signo ambiguo, como seno del misterio, se desvela en la razón de estos poemas cuya dosificada escritura fluye en la lectura como las propias aguas del mar incoado. La discreción formal de los versos facilita el ritmo y la efectividad lírica, la intensidad con que se ha querido retratar un mar no siempre olímpico o glorioso. Que el destino de toda existencia se diluya en la nada, es algo que el motivo literario del mar vuelve a plantear con la dulcedumbre inconfesada que la conciencia poética presta, mitigando amenazas de absoluto. Algo de esta característica, sin que se niegue la realidad del dolor, encontramos en la súbita confesión: después de un largo viaje por la sangre,/ el dulce sosiego de la palabra.

Hay momentos en que la evocación profunda se siente impotente y aunque tengamos al mar delante, personaje de nuestra íntima odisea, no despejamos interrogantes precisamente porque nos sumimos en los rebosos del lenguaje y exigimos una ruptura de las inercias: las frases siempre se parecen, ¡háblame!

Por otro lado, el núcleo de la experiencia y de la significación del mar lo podemos encontrar en el poema de la página 53. Ante la esencialidad de todos los versos, prefiero no citarlo íntegramente.

La relación entre el motivo ostensible del mar y el tiempo como proceso que engloba los ciclos del vivir, es una constante, y podríamos decir, en este ámbito de la evocación lúcida, algo que confunde términos entre sí  y que resulta ineludible. Un súbito reconocimiento de esta articulación en el espacio simbólico, la encontramos, por ejemplo aquí: Los años pasan de largo, de incógnito… Recuerdos que nos traspasan la piel/ para volver siempre donde nacieron.

Esther Abellán emplea unas bellas y precisas expresiones para designar esta unión confusa, esta convergencia compleja y de ambiguos fulgores, de los grandes procesos vitales que sobre el escenario del mar, en este caso, se producen, como si entre los orígenes de las cosas y los abismos finales existiera un parentesco perceptible pero indescifrable: El día y la noche siempre se encuentran,/flor de silencio, aurora derrotada,/senda junto a un mar oscuro y huidizo/ que trasciende el mensaje de los cuerpos.

Si debemos asumir el desenlace  final de la existencia como algo, en el mejor de los casos, misterioso, como una desembocadura hacia algún sitio en donde todo halle un cumplimiento, sea este dependiente de la fe o de la imaginación, también es cierto que el modo óptimo de dar cuenta de todo ello es la escritura poética, una forma misteriosa en sí misma, y luminosamente vacilante, que  tiende a adensarse si preguntamos por la naturaleza de la palabra misma. Escribir, enigmática metáfora, dice sorpresivamente Esther Abellán, recordando lo que un Octavio Paz, afirmara en varios de los pasajes más brillantes de El mono gramático.  Finalmente, la escritura que proyecta imágenes y articula conceptos, es ella misma una metáfora del proceso infinito de la significación. El anillo de Moebius de la escritura poética reside aquí: la escritura es metáfora, la metáfora se resuelve en escritura. La polisemia de la palabra poética es lo que define su frondosidad alusiva. Esta generosidad de la expresión debiera satisfacernos, aunque también es posible que ante las espesuras simbólicas, nuestro interrogar quede sumido en la indiferencia de cierta saturación y  se escape una protesta legítima: Siempre hablamos con intermediarios. Esta queja de probable orden metafísico, descubre la clave semiótica en que a veces, se enreda nuestra cultura. Si no hubiera intermediarios en nuestro ensayo de diálogo con el cosmos, con el prójimo, con nuestros propios dolores y deseos, ¿cómo se efectuaría la comunicación, con quién, con qué?

Pero en nuestra interioridad estremecida hay una persistencia que nos salva: un lugar que nunca recuerdo y que me pertenece.

El máximo garante, el agente visibilizador de ese lugar interior, tan remoto como cercano, tan extraño como entrañable, se resuelve en una imagen: la del mar de la adolescencia o de la infancia. Como en el juego señalado por Paz con respecto a las evoluciones de la escritura, aquí, con el mar delante de nosotros, alcanzamos el Fin que fue el Principio, o bien, el Principio de algo que no conocemos y que marca el Fin de nuestra andadura. Pero la poeta confía en la imagen que la serena belleza hace retornar, pues antes que desesperarse, evocar el nombre de lo deseado nos devuelve el bienestar de lo que hemos disfrutado e ilumina la memoria: susurro tu nombre y mi mente descansa.

 

EL PASO DECISIVO


 

EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS I

Sospechamos que todo rastro de paraíso detectable en la tierra que habitamos será siempre un reflejo opaco e imperfecto de aquel lugar desea...