jueves, 30 de abril de 2020

DIARIO CORONAVÍRIKO





Ante el fenómeno de esta cuarentena, no paro de pensar en aquello que Deleuze avisaba a través de su análisis filosófico sobre la naturaleza de la realidad. Lo que define a esta, fundamentalmente, es su imprevisibilidad, su carácter azaroso. Lo insólito, lo inesperado puede producirse. Durante un tiempo nos ha ocurrido como a Estados Unidos antes de los atentados de las torres gemelas: nos creíamos absolutamente seguro ante todo. Lo inesperado, lo tremendo, lo catastrófico, la ruina pasaba en otros parajes, en los países tercermundistas, por ejemplo. Recuerdo cuando apareció el sida, las reacciones incrédulas: ¿Cómo una enfermedad nueva en Occidente? Imposible, etc...
De todas maneras, nos adaptamos a todo. ¿Habrá alguien a quien le aburra volver a lo de antes cuando el confinamiento vaya desapareciendo? 


La esperanza se siembra, se labra.





Me rodeo, me abrigo, casi me sepulto de libros, de literatura, de poesía, de nombres de autores: Bonnefoy, Hofmansthal, Galdós, Goethe, Rilke, Dickens, Gómez Dávila, Pere Gimferrer… Pienso en aquello que dice que los nietos recuperan la profesión de sus abuelos. Mi abuelo paterno fue jardinero en Zaragoza. Yo estoy rodeado de mis flores: los libros.



Arreglando paquetes, me he encontrado con un librico que adquirí en una feria del libro de ocasión, en Murcia, a principios de los noventa. Se trata de una selección de reseñas y artículos escritos por Marcel Poust. Había olvidado por completo este libro que nunca terminé de leer. Qué maquina analítica fluyente es el genio de Proust. Leyendo o releyendo alguno de los frondosos artículos que publicó en Le Fígaro, he vuelto a entusiasmarme, a fascinarme con la escritura de este autor, cuyas obra se me antoja un prodigio de la intelección y de la evocación y que ahí está, esperando la ocasión para que uno se interne en la copiosa masa de sus descripciones y exposiciones. De inmediato, como si fuera un chiquito, me han entrado ganas de Proust. Por ahí perdido tengo uno de los volúmenes de En busca del tiempo perdido, el de A la sombra de las muchachas en flor. Recuerdo que fue un regalo de cumpleaños de mis hermanos. De ese volumen logré leer largos pasajes, fragmentos luminosos, pero nunca el libro entero. Si no recuerdo mal, las últimas páginas son fascinantes: aquello de la momia envuelta en luces, o algo así, cuando se refiere a la descripción de un personaje en un salón iluminado por los rayos del sol. Con Proust ocurre una de esas coincidencias o curiosas convergencias que me hacen su obra y su figura doblemente atractivas: me gusta tanto la obra literaria de Proust como me encanta la época, el tiempo histórico en que fue escrita. No es una tontería. Los clásicos españoles del Siglo de Oro son suculentos manjares verbales, pero la sociedad, el tiempo histórico que les corresponde, no me resultan atractivos. Me cuesta soñarlos. Pero los días de la Belle Epoque se sueñan con tan solo visionar fotografías de entonces. En los artículos que he leído del libro recuperado, cuando Proust comienza a funcionar de verdad es cuando reconstruye de modo vertiginoso escenas de su infancia o de la adolescencia. En esos momentos es cuando el genio del autor se sumerge en el tiempo pasado y recupera los tesoros olvidados en cada uno de los recuerdos de los que trenza un fulgurante y ubérrimo tejido de conexiones. Esto es lo que me entusiasma de la obra de Proust, cómo de lo que ya ha sido, realiza la obra casi alquímica de la recuperación minuciosa y nos pone ante los ojos la riqueza continua que ha producido y es la vida, el manantial de sensaciones y percepciones. Proust es un poeta de la prosa.





Releyendo Asklepios, de Miguel Espinosa, más bien, los múltiples subrayados con que he atravesado al texto. Espinosa suele utilizar un verbo infrecuente ahora en literatura, pero común en el ámbito técnico del Derecho: comparecer. Espinosa estudió derecho y un verbo básico en la aplicación de la justicia es este comparecer, tan rotundo y cabal. ¿Quién comparece hoy, quien se responsabiliza ante otros o se reconoce culpable de una acción? En tal caso estaría compareciendo ante los otros y ante sí mismo, ante la conciencia. En poesía hoy este comparecer es inexistente. En la vida social el comparecer es más secreto que ante un juicio donde no hay más remedio que hacerlo, que comparecer. Los medios se creen dueños del mundo, pretenden que el universo comparezca ante sus presuntos desasosiegos profesionales, sean o no telebasura. La famosa ley de la Memoria Histórica pretende que la historia, que los episodios más tremendos o huidizos de la historia comparezcan para que sean conocidos y juzgados. Parece que medio  mudo pretenda que el otro medio comparezca. Lo ideal sería que se compareciera libremente, que reconociera motivos y causas y se personara antes de que lo requirieran. ¿Comparece la realidad ante el pensamiento?  Eso es lo que pretende la filosofía. Meditando, ¿qué es lo que comparece: la realidad que me falta, la que me sobra, la que sueño? Y, precisamente, en el sueño, en el dormir, ¿qué fragmentos de vida secreta o no vivida, qué eslabones del deseo y de la memoria comparecen bajo disfraces tan grotescos? Evoco la figura tranquila y atrabiliaria de Espinosa y pienso en el modo en que compareció el mundo a través de la estrategia literaria que tan atípica y brillantemente  confeccionó.   




Madrugada de confinamiento totalmente en vela. Tras escribir y navegar por internet, echo un vistazo a la televisión. Son las cinco de la mañana y me topo con documentales sobre expedientes delincuenciales norteamericanos. Me sumerjo en la zona oscura de este país, que siendo la vanguardia en todo, esconde pasajes de su historia reciente verdaderamente siniestros. El desfile de "taraos" y de criminales es impresionante. Siempre se ha dicho que la violencia es una de las formas constitutivas de la fundación de este país y  la generosa producción específica de asesinos en serie parece ratificarlo. Los casos son alucinantes. Una chica que hacía autostop para regresar a su casa tras salir de clase, es raptada por una pareja y permanece como esclava en la casa de tal pareja ¡durante más de ocho años! La mantenían atada en el sótano y a veces, cuando la pareja de criminales lo decidía, la colocaban, amordazada bajo la cama en la que practicaban sexo. Al final de tanto tiempo de insólito horror, logró escapar.
Otro caso, que parece la guinda del pastel: en un programa televisivo para encontrar pareja de mediados de los setenta, una de las chicas participantes, cree haber hallado a su hombre ideal. Salen del programa convertidos en novios. Meses después, él la mata a ella: resulta que era un asesino en serie que antes de participar en el concurso, ya había matado a dos mujeres. Hay grabación del susodicho programa en Youtube. Ver al tipo sonriendo fatuamente junto a la pobre chica que se siente feliz y que poco después iba a ser asesinada por el tal tipo, revuelve el estómago. Me fijé en las gesticulaciones del asesino mientras concursaba. Imposible sospechar nada raro. Lo que resulta un misterio tremendo es la absoluta duplicidad de la identidad, cómo pueden simular la normalidad más completa y luego ser unos monstruos. Pensaba en el jazz, en el rock and roll, en el cine, en las cosas buenas que ha dado Estados Unidos, y hacía un balance comparativo: ¿la fenomenología criminal malograría finalmente, acabaría con ese conjunto de cosas buenas; qué extraña relación había entre unas cosas y las otras, viniendo como vienen de una misma sociedad? Me fui a la cama aturdido. Curiosamente, no tuve pesadillas.           



lunes, 27 de abril de 2020

LA ILUSTRE CONFINADA




Navegando por internet, en algún sitio me había topado con esta foto de aire enigmático. Precisamente lo enigmático radicaba, para mí, en la localización del cuándo se hizo la foto, más que en la averiguación del personaje retratado. Parecía una foto antigua, pero ese aire tan sofisticado de la puesta en escena, me desorientaba. Por decirlo de alguna manera: la imagen parece demasiado consciente de sí misma. La supuesta modelo posa con una determinación, precisión y una exquisitez tal que no parece un mero retrato antiguo, donde estas características no son tan expresamente frecuentes. La imagen ostenta una lucidez estética tan redonda que llegué a suponer que era una fotografía actual, simulando ser una antigua, es decir, una recreación. Cuando logré identificar la fotografía, todas las incógnitas se despejaron y creció ante mí otro misterio: el de la condesa de Castiglione.
Esta mujer, cuando dejó de ejercer toda función política o social,  se retiró, solemnemente, a sus aposentos, tal y como dice el lugar común, pero lo que ya no es tan común es al obsesivo ejercicio de narcisismo a que se entregó durante décadas junto con su fotógrafo privado. Al parecer hay centenares, cerca de 700 imágenes de la turbadora condesa, en las más variadas poses, posturas y atavíos. Observando las fotos y la laxa gestualidad que las atraviesa con la condesa envuelta en armiños, sedas, corpiños y ropajes varios, y deteniéndonos en cómo nos observa ella a nosotros con esa mirada veladamente temible, uno piensa que lo que se despliega aquí no es meramente el resultado de un pasatiempo, sino una suerte de especulativa puesta en escena del propio yo de la condesa. Esta, cuando advirtió un obstáculo entre ella y el exterior de sus palacios, cuando comprobó que la habían retirado de la vida social, se dedicó a estudiarse a sí misma, segura de que su propia persona, se convertiría en el más suculento espectáculo psicológico que el confinamiento, ante su presunta locura, le iba a procurar con recóndita generosidad.
La condesa, en estas fotografías, se ausculta a sí misma, se investiga de soslayo o totalmente de frente, amenaza a sus observadores, se disfraza de sí misma por medio de todos las prendas posibles o existentes en sus armarios, adopta poses místicas, se sume en la decadencia o juega al gato y al ratón con su fotógrafo y con nosotros que la observamos cientos de años después.
Si está loca, ella lo sabe perfectamente y nos invita a que entremos en el juego teatral de esa locura que al exhibirse, se afirma y se niega a sí misma.
Al parecer, la condesa de Castiglione, pensaba en hacer públicas sus fotos en la Exposición Universal de 1900, pero falleció un año antes. Menudo atrevimiento y engorro para los colegas aristócratas hubiera sido.
Por su audacia, por su insólita auto-exposición a lo largo del tiempo, por esa suerte de psico-drama que supone el conjunto de sus imágenes, las fotografías de la Castiglione superan el encasillamiento de mera rareza y vienen a sustituir al libro que la condesa hubiera escrito sobre las incidencias personales de su sutil confinamiento.    


viernes, 24 de abril de 2020

PUERTO OSCURO. Mark Strand





Entiendo que cada poeta es una oferta nueva de territorios y de palabras, de ambientes y aventuras. De modo distinto a un novelista, el poeta ofrece todo esto dentro de una densidad simbólica específica.
Conocía el nombre de Mark Strand a través de algún artículo de Octavio Paz, pero no su poesía. Lo que nos ofrece esta estupenda colección alternativa de la editorial Kriller 71 es la oportunidad de aproximarnos a uno de los poemarios más significativos del autor norteamericano.
En Puerto oscuro se insinúa una historia común, es decir, compartida con unas personas, con amigos, parientes, o con… elegidos, que pronto se  atiene a escenarios concretos, o se diluye en frustraciones y sueños. Las evocaciones del poeta tienen su enclave en la memoria, en los lugares en los que se ha cimentado la experiencia personal, pero tales puntos de una geografía reconocible, terminan siendo interrogados por el ansia especulativa que pretende interrogar a lo ya vivido para comprobar si la metamorfosis que trascienda nuestros límites es posible o bien, ratificar que es en tales límites donde se nos debe hacer firme la idea de ubicar nuestro hogar definitivo, sin otras  revelaciones que esperar. 

Tales puntos finales son experiencias de amor y de vida comunitaria, pero también remiten a lugares físicos: casa en el bosque, montañas, nieve, invierno, luces del alba, lagos, elementos que me han hecho recordar ciertos ambientes líricos de filmes norteamericanos. En la poesía de Strand existe, sin rasgos identitarios, este elemento junto a un interrogante, digamos, más elevado o más puramente poético ante el desenlace de los destinos finales de las cosas. A veces el poeta más que interrogar, finalmente ruega con total transparencia para que lo extraordinario no se cifre sino en la perduración de lo ordinario y vivido. Dime que no he vivido en vano, que las estrellas no morirán, que las cosas permanecerán como son, que durará lo que he visto, que no nací en pleno cambio, que lo que he dicho no se ha dicho para mí.

En Puerto oscuro pareciera invocarse una aventura común, la experiencia de cierta humanidad consciente de su soberanía, no obstante, también destinada a sumirse en la amenaza de la nada. Pero es finalmente la voz personal del poeta la que particulariza sensibilidades y ensoñaciones frente a las aspiraciones legítimas de todo grupo.
En Strand la aspiración mística se mueve en un ámbito naturalista que legitima aspiraciones de transparencia íntima sin mayores liturgias que la comparecencia de la luz y de entornos verdes. Quisiera salir y estar al otro lado y ser parte de todo lo que me rodea. Ser ingrávido, anónimo.

Lo cotidiano fluye junto a evocaciones profundas en la memoria que parecen dilatarse mágicamente. Las imágenes de Strand vibran con un misterio ligero y real; es en las incidencias de la trayectoria humana donde hallamos  tramos que se niegan a mostrar su sentido último: un fuego que señala el camino hacia un mundo del que nadie vuelve, pero al cual todos viajan, es decir, la muerte como destino común e indescifrable. 

Como golpe de efecto narrativo, como colofón súbito que sorprende tanto al lector como al poeta, el poemario concluye con la sorpresiva aparición de un ángel: su trémula eclosión en el horizonte, más allá o más acá del puro simbolismo de su acontecimiento,  confirma la naturaleza superior de las inquietudes del poeta y lanza un manto de esperanza a todo lo que resulta común y humano en las inquisiciones que cada poema ha ido escenificando. ¿Es una frivolité retórica a la que Srand se arriesga, o es que experimentó algún tipo de  confirmación de orden insólito que se atrevió a incluir de semejante modo, admitiendo que una luz nos espera para despejar sombras en puertos oscuros?  

miércoles, 22 de abril de 2020

IMÁGENES Y GLOSAS



Un grabado de índole romántica con un motivo también romántico y cósmico. El gesto de la muchacha parece decirnos que se  interroga sobre el misterio del universo ante la captación de uno de sus mensajeros fulgurantes: el meteoro que pasa. El dibujo minucioso de la vegetación que se enrosca en la balaustrada, ratifica la fascinación ante los misterios de la naturaleza que de repente, avanzan hacia nosotros.






Otro motivo romántico. Aquí los ciudadanos italianos se han visto reducidos a estereotipos puros: el marinero que canta con su mandolina las bellezas y melancolías de la vida en el mar junto a su compañera. La humildad de la escena, también podríamos decir, delicadeza, me sumen en un velado estupor no muy lejano a la lágrima: esa escena ya no existe, ya no hay marineros que canten junto a su amada, esa belleza pertenece, estrictamente, al pasado. Quizá sea esta la protesta que el artista ha logrado introducir en la imagen: la temporalidad de un modo de vivir o de sentir.






Esta foto de Jean Baudrillard tiene cierto dinamismo. El crítico francés se permitía el lujo de ejercer de fotógrafo aficionado, al ser muy consciente de las especificidades gestuales que definen al trabajo visionador del fotógrafo. Reivindicador de la fotografía analógica, Baudrillard pone el grito en el cielo denunciando que la fotografía digital es el fin de la imagen distinguida, propia de la sensibilidad del fotógrafo. La imagen digital ya no necesita, casi, al fotógrafo, se produce por sí misma. Gran parte de las ritualidades que acompañan  al trabajo del fotógrafo, desaparecen con la fotografía digital. La lúcida crítica de Baudrillard no percibe, quizá, que la aparición de la fotografía digital no tiene por qué suponer el fin de la presencia del fotógrafo, pues este sigue siendo imprescindible para la elección de perspectivas y motivos, y, además, podemos estar ante la apertura de un nuevo y complejo diálogo con la imagen, con sus principios creativos y alquímicos, lo que implica decir que la creatividad se replanteará procedimientos y resultados. En ello estamos ahora.     






Recuerdo que esta imagen venía en muchas de las contraportadas de los comics que yo compraba de pequeño, allá, a mediados de los setenta: Vampus,  Crepy o Dossier Negro. Se trataba de la publicidad de un muñeco de Frankestein a tamaño natural que podías adquirir por correo. Me producía una gran rareza porque era algo así como una versión primitiva o salvaje del Frankestein tradicional que todos hemos visto en el cine. ¿De dónde salía este personaje con semejante pinta, este Frankestein de las cavernas? Recuerdo cómo me fijaba en los trazos maestros del dibujo, cómo unas líneas, meramente, entrecruzadas entre sí, podían hacer el efecto de un poderoso monstruo.





 El título de la foto, La hora del fantasma, no puede ser más adecuado. Para el imaginario nórdico existe cierta asociación entre lo fantasmagórico y el reino total de la luz en el sur.  Los primeros viajeros alemanes, austríacos o daneses que visitaban el Mediterráneo y los países colindantes, al encontrarse con las calles y avenidas desiertas de las ciudades en el momento en que el sol era más contundente, recibían una impresión paradójica. El mediodía era “la hora de los espectros”, como recordaba Jensen en su novela Gradiva, el primer texto objeto de exámenes psicoanalíticos. Con toda evidencia, el fotógrafo recrea el motivo del paso de los difuntos a la otra orilla a través de la laguna Estigia. La foto recuerda, claro está, el motivo representado por tantos artistas de fines del XIX: la Isla de los muertos. Aquí un lenguaje artístico – la fotografía -  hace suya una composición de otro lenguaje artístico,- la pintura – dando su propia versión, incorporando estructuras foráneas.  La fotografía imita a la pintura, lo que ratifica una jerarquía representacional: es la pintura quien,  primeramente, crea los escenarios que otros tipos de arte, copiarán.      

sábado, 18 de abril de 2020

INTERSTICIOS




Las notas que Rilke deja a pie de muchos de sus poemas, en los que da fecha del instante, día y lugar en que lo escribió me producen un intenso efecto ensoñador. Me hacen recordar esas postales antiguas en sepia con la vista de algún paisaje romántico o una pareja de enamorados. Cuando la fecha es muy distante, 1908, por ejemplo, y el poema ha sido concebido en un otoño pasado en París en tal fecha, es como si asistiera a la materialidad fungible del poema. Este puede trascender, estética, humanamente todos los límites, pero los datos de su gestación puntual le prestan al orden sacral de las palabras una fragilidad melancólica: la temporalidad de su origen.




A veces, algunos libros que no pertenecen sino indirectamente a la literatura,  - es decir, literatura médica, literatura científica, etc.- pueden convertirse en inopinados ejemplos de suntuoso entretenimiento y goce literario, entre otros motivos, por esa ubicación en lo más puramente especulativo de tales disciplinas. De este modo podemos conceptuar algunos de los libros que con intención seriamente investigativa publicó el astrónomo francés Camille Flammarion sobre temas fantásticos o extraños. Las casas encantadas o El mundo de los sueños son dos publicaciones de este autor que sin poseer otro guión que la mera exposición de los casos extraños referidos, se convierten a través de la lectura desprejuiciada o trivial, en deleitosas, y a veces, fascinantes ocasiones de lectura. Sin juzgar la realidad o no de los hechos, o bien con la idea de que, precisamente la realidad sigue siendo fuente súbita de hechos y circunstancias extraordinarias, el abandono lúdico a su lectura puede procurar esos momentos de trepidación e interés puramente literario o novelesco.



Hace algún tiempo que no se oye nada de Pere Gimferrrer. Lo último que compré de él fue un poemario, Alma Venus, que es un deleitable rosario de imágenes, una breve renovación de la creatividad poética. Precisamente, una de las claves literarias de Gimferrer radica en la suntuosidad, en la especificidad de sus imágenes poéticas. Como buen reivindicador académico del surrealismo, Gimferrer basa su lenguaje poético en la selección personalísima de la imagen. Muchos de sus poemas vienen a reducirse, espléndidamente, a una sucesión de imágenes.  La función de estas no es meramente su ritmicidad, su sucesión en la elocución. En Gimferrer destaca la imagen como la ilustración de la suntuosidad de la memoria y de la experiencia: la imagen concentra sobre sí todo el esplendor de lo bello pero configurando junto con las otras qué dimensión de lo real, que tornadizos paraísos se convierten en súbitas residencias del alma. Una hermenéutica de la imagen quizá no nos llevara positivamente a ningún  sitio, o quizá, todo lo contrario y alumbrase la extraordinaria materia que surte inagotablemente a la evocación y a la imaginación cuando estas deciden describir en qué lúdicas multiplicidades mora el espíritu. En el caso de Gimferrer, las referencias al cine, al erotismo, a las suntuosidades renacentistas e italianas y el selectivo vocabulario definen la marca especial de sus construcciones poéticas.   



He leído a autores reaccionarios y lo que me molesta de ese pensamiento es la crueldad que hay bajo el atrevimiento de sus llamados, en apariencia,  políticamente incorrectos.


















Visiono una entrevista realizada a Miguel Espinosa en un remoto año de 1981, en Televisión Española. Tras unos minutos de conversación enseguida surge lo que interpreto con respecto a los tiempos actuales que vivimos como la carga anacrónica y que define, precisamente, la peculiaridad estilística y conceptual desde la que Espinosa habla. El escritor exhibe un vocabulario del que nos ha hecho huérfanos la actualidad mediática. La explicación, grave, brillante e ineludiblemente académica, que da sobre los procesos y métodos de su escritura literaria da a entender una sustancialidad específicamente filológica-filosófica, de la que somos ahora casi extraños. La voz cavernosa, el aire melancólico y remoto lo convierten en un ser con 300 años de existencia. La exquisitez verbal y sobre todo, la soberanía personal desde la que la exhibe, parecen remarcar el carácter precioso de su infrecuencia. Todos estos detalles cabales no los hallo con la misma elegante naturalidad en escritores jóvenes, no veo ese amor, esa proximidad suntuosa al lenguaje. Los escritores actuales pueden escribir excelentes novelas, pero el lenguaje como objeto filosófico o narrativo en sí no parece revestirse de las mismas propiedades y compacidades que se perciben como un lujo, como signo de categoría, en los textos y modos elocutivos de Espinosa. Las prioridades, sencillamente, han cambiado de lugar y el dominio de los medios no incide sino en esta carencia al tender siempre a una economía estereotipada de las expresiones. Todo esto no es nuevo. Ya Schopenhauer ponía el grito en el cielo al criticar las manías consignatorias y giros de los periodistas, que pretendían incorregiblemente recortar, simplificar el lenguaje hasta el punto de provocar confusiones en el significado de las frases y oraciones. El papel menor de las Humanidades, actualmente, frente al imperio informático, la eclosión vertiginosa de las redes sociales y el ahormamiento lingüístico llevado a cabo por la masa ingente de los medios, explican nuestra orfandad lingüística, la infrecuencia de una actitud tan creativa y cómplice con el lenguaje como la que un Miguel Espinosa evidenciaba.




lunes, 13 de abril de 2020

CUARENTENA CUARTELERA





Qué sensaciones más extrañas. Miro por la ventana y hace una tarde divina. Qué difícil me parece que tras este sol, o debajo o no sé dónde, haya algo que se llama virus y que nos puede hacer un gran daño, incluso provocar la muerte. ¿la muerte; con esta luz, con estos aromas a azahar, con este bienestar que, desde fuera, nos llama a salir, a pasear, a disfrutar?


Las palabras del presidente anunciando el alargamiento del retiro, ha tenido su momento emotivo. Creo que Sánchez ha sido sincero y ha querido mantener una posición de comprensión y empatía con todos. La oposición ya se encargará de hacerlo polvo, pero, no sé, creo que hay momentos en que el gobierno de turno no pretende cosas torticeras, sino que es sincero.  Lo que resulta lo más racional es optar, a veces,  por las hipótesis más sencillas.





En el diario florentino de Rilke, leo: Tras un nuevo temor llega una nueva forma de dicha.  Cuando seamos “libres” y nos paseemos al sol, nuestra consideración moral del prójimo ¿habrá cambiado, se habrá fortalecido o renovado de algún modo?





Atención con la que va a venir. No paran de anunciar un futuro inmediato catastrófico. Este parlamento se autoalimenta a sí mismo. Demasiada información de lo mismo resulta vomitivo e inútil. 


sábado, 11 de abril de 2020

LOS VIAJES DE LOS POETAS


Viajar sigue siendo el modo más contundente de conversión física y renovación interior. Los poetas de hoy no han cesado de viajar y estimular sus  mundos poéticos, lo que ha cesado de producirse es el viaje como acontecimiento de lo numinoso, como proceso esotérico, como descubrimiento de confines de otra espiritualidad. Estamos saturados de información y la famosa capacidad de asombro que tanto se admiraba en las grandes naturalezas creativas,  se adormece ante la confirmación de que toda tierra ha sido ya descubierta y hollada por la fastidiosa presencia intrusa del hombre. Ahora bien, el viaje cultural, el que tiene como objetivo ciudades y monumentos sería la gran alternativa, aunque a través de la globalización, también la sensibilidad se ha visto modificada al uniformarse los imaginarios y las  formas de disfrute.


Si bien viajar mantiene su poder fascinador, ¿se producen con el mismo impacto originario y consecuencia creativa, los viajes que los grandes poetas hicieron?
Federico García Lorca, en pleno y espectacular arranque de la modernidad social visita la meca del momento al respecto: Nueva York. Lo que descubre allí es a la Babilonia del siglo XX: la vanguardia artística y tecnológica, la fama, el caos social y la marginación. Es la ciudad que encarna al apocalipsis gozándose a sí mismo, la ciudad espectáculo. La utopía del surrealismo hecha realidad. El efecto de la ciudad provoca en nuestro poeta la escritura de un libro sorpresivo, cuajado de imágenes sorpresivas: Poeta en Nueva York, una de las obras poéticas de referencia en la literatura moderna escrita en español.  Su viaje ha tenido un efecto creador, pese al signo híbrido y aturdido de esa creación. Lorca también viajará a Argentina, pero lo que le espera allí es el éxito, la recepción amistosa de su persona y  de su obra. Lorca regresa a España exultante: la acidez chillona de la megalópolis norteamericana contrasta con la fraternidad bonaerense.





Rilke es el ejemplo más notorio de poeta que concibe el viaje como traslado a los pasajes internos del alma. Para Rilke es posible todavía descubrir las raíces del lugar que se visita y aprender del misterio profundo que cada paraje o ciudad protege o representa. Por ejemplo, en Rusia contemplaba unas formas de  experiencia espiritual y vital totalmente específicas e inexistentes en otros sitios de Europa, del mismo modo que cuando llega a España disfruta con intensidad y perplejidad las ciudades de Ronda y Toledo, de las que habrá reflejos literarios. Rilke todavía puede darse el lujo de valorar latidos pintorescos propios en los sitios que visita, la musa le tiene reservadas sorpresas contemplativas y momentos de inspiración en los que la escritura brotará con decisión iluminada. Lo curioso en Rilke es el lugar histórico en que desarrolla su obra y vive, y de la que es receptor singular. Para Rilke no son remotos los ecos simbolistas de la literatura finisecular, al tiempo que se hace cargo de lo que supone la vida industrial y laica que se avecina con pasos motóricos. Aprovechándose de esa densa y antinómica transición semántica, Rilke se pasea popr Europa, buscando el rincón revelador, el paisaje inspirador, la patria secreta de todo poeta.  Esas características numinosas e históricas de los lugares, susceptibles de convertirse en motivos de peregrinación estética, se difuminan tras la segunda guerra mundial, pierden su dimensión de acontecimiento. 






Hablando de peregrinación: si hubo un poeta que concibió sus viajes como una peregrinación a las fuentes secretas del símbolo, fue Antonin Artaud.
El poeta y actor francés hace un par de viajes a dos países que él considerará enclaves telúricos del misterio: México e Irlanda.
En el país sudamericano trabará contacto con los tarahumara, población indígena que le introducirá en el rito de la toma sagrada del peyote. Sobre las incidencias de este viaje y la experiencia místico-psicodélica de la toma del peyote, escribiría su famoso libro Los tarahumara. El segundo viaje, prolegómeno de su caída definitiva en la locura, lo realiza en Irlanda. En esta ocasión se autoimpone la misión de encontrar el bastón que llevó consigo San Patricio al cristianizar al país, objeto que juzgaba henchido de poderes sobrenaturales. El viaje lo lleva a cabo armado con dos pequeñas y afiladas espadas fabricadas en Toledo, para defenderse de los ataques del demonio que le iba cercando. Al llegar a Irlanda, los datos sobre su trayectoria son confusos. Al parecer, alcanzó las puertas de un monasterio- no se conoce bien de qué orden religiosa– y quiso entrar cuando el lugar estaba cerrado por las horas nocturnas que eran. Los monjes que le atendieron, ante los delirantes e impostergables motivos que expuso sobre su deseo de entrar y el jaleo que produjo ante la negativa de los religiosos, llamaron a la policía. Antonin Artaud fue detenido y días después repatriado a Francia. El más dramático de los poetas hizo los viajes más desesperados del siglo. En su videncia atormentada urgía rescatar los últimos lugares de la tierra donde el misterio, en su más numinosa expresión, resistía el asedio de la deforestación espiritual que arrasaba a Europa y al mundo.




Otro autor francés, anterior en el tiempo a Artaud y que también concibió el país, destino de su viaje, como poseedor de ciertos valores y modos tradicionales dignos de admiración precisamente por su antagonismo con lo que entonces se suponía que era la modernidad, fue Teófilo Gautier. El país, obsesión de sus sueños era, efectivamente, España, destino también de románticos alemanes e ingleses.
Si Italia representó en el XIX para los autores  románticos, mayormente,  el viaje a las antiguas civilizaciones, a los esplendores milenarios del arte, España era la explosión caballeresca de lo pintoresco, de lo sorpresivo y  anacrónico.
El libro de Gautier es, prácticamente,  una alabanza continua a las ciudades, monumentos, instituciones, poblaciones y costumbres españolas. Se percibe que ante de visitar el país, Gautier estaba ya poseído del mito romántico, coronado por todos los estereotipos posibles. Curiosamente, no es que Gautier fuera un ingenuo, alguien que mirase de modo no crítico la realidad. Al contrario, precisamente porque se trata de un escritor en su tiempo bastante crítico con las formas y presuntas conquistas de la sociedad moderna, busca con anhelo auténtico un mundo alternativo. Ocasionalmente, ese  mundo alternativo se encarna en el país vecino y decide hacer un viaje en el que recorrer  integralmente los territorios y ciudades de esa suerte de paraíso aparecido súbitamente en el horizonte. Gautier ejecuta su viaje, y no sólo, no queda defraudado, sino que será asistiendo a una corrida de toros cuando se vea atravesado por la experiencia estético-mística más intensa de su vida, cuya descripción todavía resulte estimulante leer actualmente.





La estancia de Auguste Strindberg en París se convierte en un caso de notable simbiosis entre el visitante cuasi secreto y el lugar visitado, propicio a toda aventura singular. El autor sueco da a París su propia extrañeza, París ofrece al autor sueco un espacio libérrimo para la especulación espiritual. Strindberg es el personaje que le faltaba al voluptuoso París simbolista de fin de siglo para coronar con un toque  gótico los últimos pasajes de sus laberintos. Strindberg no es tanto un extranjero como “lo otro” que el París más ultraterreno y bohemio ha exhibido a veces como característica propia de su idiosincrasia. Strindberg en París se dedica a idear extraños compuestos alquímicos, a pasear por parques y avenidas, a vagabundear por el Jardín Botánico, a vivir de noche,  a recoger muestras  del aire de los cementerios que luego crepitan bajo el microscopio del laboratorio improvisado en la buhardilla donde se refugia. Lo confunden con un pordiosero, con un maleante. Sospecha que alguien le persigue para asesinarlo, lo que le hace adoptar conductas que le vuelven más extraño a los vecinos. Coloca por la noche en las ventanas placas con gelatinobromuro de plata – celestografías -  para recoger directamente las impresiones luminosas de las estrellas. Y aunque se encuentre feliz porque no cesa de investigar y de crear, está seguro de que la locura finalmente acabará venciendo y malogrando todo lo que está haciendo. Por fortuna, logra superar sus temores y psicosis, y, en búsqueda de su familia, regresa a su país,  donde no pudiera haberse movido tan libremente como lo hiciera en la capital francesa.

Todos estos viajes, resumen una de las características básicas del viaje que todo manual elemental de símbolos, recoge y que los poetas buscaban: renacimiento, renovación, trascendencia de los propios límites psico-existenciales. Los poetas viajan para renovar su identidad, para enriquecerse con nuevas sensibilidades, para aprender o asimilar nuevos repertorios de metáforas y conceptos, para atreverse a ser otros. Y todos estos viajes reales, a su vez,  simbolizan sólo uno, el que de veras importa: el viaje al interior de uno mismo, ese viaje que para un Rilke confirmaban emotiva, luminosamente  los otros tipos de viaje.     

miércoles, 8 de abril de 2020

CORONAPÚTRIDO

































En cierto sentido, cuando analizamos y comentamos, también dramatizamos. Y ante este virus cabe la estupefacción, el hastío y el miedo. Ante este virus, lo analicemos, discutamos, glosemos, descompongamos y hasta incluso, lo meditemos, desde cualquier punto, sólo cabe un veredicto: es pútrido por ser malo, es decir, por ser sólo perjudicial. Si no es producto del diablo, es producto de un error de la naturaleza. Incluso si lo interpretáramos  desde el esotérico punto de vista del signo, semióticamente, no saldríamos del estupor: ¿De qué es mensaje el virus? 



IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...