miércoles, 27 de abril de 2022



POEMA HERMANO-GERMANO

Lectura machacante

 

Cómo crujen, rugen, fingen

Los magmas del ente,

Cómo se estrujan los jirones

Que se esparcen y fruncen.

Cómo se licúan y despellejan

Los antros del ser,

Las auras en la urdimbre,

Timbre del ente,

Margen sin ambage y salvaje,

inextinguible, irresistible,

eternizable, 

Que vela y refleja

Los sintagmas de realidad.

Y existen, y resisten y persisten,

Los objetos del pensar,

Sedentes, vehementes,

Existentes, trascendentes,

Emergentes

A través de la penumbra umbra,

En el umbral del verbo tangente

Y superreal.

 

 

                                (Suscrito por Antonin Artaud, seguro)


martes, 26 de abril de 2022



EL CURIOSO SOFÁ

Edward Gorey


Esta es quizás una de las obras más singulares y casi diría, extrañas, de asunto pornográfico que podemos encontrar en el ámbito del cómic. Publicada en 1961 y con el seudónimo que aparece en la portada, se trata de una obra gráfica del dibujante norteamericano Edward Gorey, cuyas afiligranadas y sutiles personajes recuerdan bastante a los de Tim Burton, a no ser que sirvieran de inspiración directa al director.

No conocía el mundo de Gorey, esta ha sido la primera publicación que he disfrutado del mismo y podríamos decir de la misma que es una suerte de obra maestra breve de la elipsis. Si prescindiéramos de los textos que acompañan a las imágenes, difícilmente podríamos imaginar que se trata de la historia de una serie de amigos que se reúnen para gozar libérrimamente del sexo entre ellos.

Teniendo en cuenta la fecha de publicación de la historieta, no sabría decir si el arte de Gorey es tal cual de genuino como aparece aquí, o es que se adaptó ingeniosamente a las circunstancias para evitar la censura.

Observando los dibujos de Gorey he vuelto a considerar lo difícil que resulta analizar, descifrar las sensaciones que se experimentan ante la singularidad de las imágenes. Desde la semiótica última se afirma que las valoraciones o sentidos que pueden emitir determinadas imágenes superan a los de las palabras, pues no hay códigos claramente establecidos que nos ayuden a identificarlos como pertenecientes a un texto.

Ante el poder designador de la palabra, la imagen parte en vuelo. Las figuras sutiles, ingrávidas y superestilizadas de Gorey desfilan por las viñetas de esta famosa pieza, y confirman la especificidad de la imagen que no la de su mera  recepción refractaria. Las figuras de Gorey articulan una aventura cuyo desenlace la mirada describe en el lenguaje especial del humor.   

martes, 19 de abril de 2022

LAS MÚSICAS DE LA MEMORIA. CUANDO EL PASADO DEJA DE SERLO Y REVELA SU PAPEL REAL EN LA MEMORIA.



¿Cómo es que me encuentro estos días escuchando la misma música que escuchaba cuando era un joven, allá por 1977?

Ya no recuerdo qué cosa o motivo hizo que me pusiera a bucear por la red hasta me encontré con música del compositor de dance Hamilton Bohanon, el rey del disco funk. Las composiciones de Bohanon aunque tengan pasajes cantados, destacan por su desarrollo instrumental con un objetivo casi prioritario: trascender todo cansancio bajo la pulsión continua del ritmo.

 En principio podría pensarse, ubicando lo mejor de este músico entre los setenta y mediados de los ochenta, que las expectativas de una música como esta, el grueso de su imaginario, no se corresponderían  sino con las de la época adolescente de las discotecas y los primeros enamoramientos más o menos serios, es decir, con el momento mágico de la eclosión de la sexualidad y las potencias psicológicas del yo.

Por otro lado, uno tendería a creer que el tiempo ha pasado, llevándose lejos la época loca de los meneos discotequeros setenteros y por lo tanto, borrando o atenuando toda impresión de entusiasmo y expresión de plenitud.

Pero, sorpresivamente, esto no es así.  

He comprobado una cosa que me parece tan interesante como revelador: la sorprendente calidad de este tipo de música, es decir, su absoluta adecuación y cumplimiento en el tiempo con respecto a la misión que le estaba asignada. Hay algo más que, digamos con cierta pomposidad, correspondencia histórica con la edades, con la magnitud vital de la adolescencia. Es sólo ahora con el paso del tiempo cuando me doy cuenta de que no hay nada despreciable en nuestra memoria, que todo lo que ha significado algo para nuestras vidas, se revela ahora como fundamental, como destino.

Hace unos pocos años, la música de Bohanon o la de James Brown, hubiera todavía merecido por mi parte cierto distanciamiento y hasta desprecio por resultarme caducas, anacrónicas. Lo que ahora se me revela como falso es que lo que mínimamente ha resultado importante desde un punto de vista emocional, sea arrasado por el tiempo, que este marcha adelante sin pausa quemando presuntas etapas hasta su final lógico o material.

No podemos prescindir de todos los datos de nuestra memoria emotiva creyendo que la adolescencia, la ocasión para el sexo, el amor y los sueños, ya pasaron y están aniquilados. Lo que ha merecido nuestra mirada condescendiente por considerarlo irremediable pero por ello mismo, insoslayable, se erige con el tiempo en una base de experiencia, de vida.

Lo que está ocurriendo en mí es que todo lo que viví con intensidad en el pasado adolescente no es que retorne ni que experimente una suerte de reactualización, sino que se me aparece como fin legítimo en sí mismo de goce y felicidad, como si fases insospechadas de tiempo no meramente sucesivo hubiesen pulido de un modo determinante lo que podríamos llamar su misión en la vida.

La música de Bohanon pertenece a ese conjunto de cosas gozosas que es la memoria y aunque hoy nos pueda costar más bailar como si tuviéramos 17 años, la música se desprende de toda superficialidad, de toda relatividad depresora de su valor y acontece de nuevo para mí como algo más que actualidad o extrañeza.

Escuchando a Bohanon me fascino con la belleza, con la plenitud  y la libertad que hemos vivido sin percibirlo, con el don que hemos encarnado, al tiempo que detecto la maravilla que es la vida independientemente de todo revés y presión circunstancial.    


miércoles, 13 de abril de 2022

LA GUERRA COMO MOTIVACIÓN POÉTICA



Al respecto de la guerra de Ucrania, me comentaba un amigo que resultaba muy complicado centrarse en la lectura de un libro o comentar películas pues ante la gravedad del conflicto bélico, todo resulta banal, nada parece más importante o grave que la guerra.

Lo que yo me he preguntado, con las mismas sensaciones y percepciones de este amigo, es por el sentido de la poesía ante tales circunstancias. Qué función tiene, que motivación puede tener la poesía para armarse ella de sus más audaces palabras y revelaciones y enfrentarse de este modo a la destrucción física y masiva que estamos viendo espantados, en Ucrania.

Casi al mismo tiempo que me preguntaba por el cómo y el porqué de la poesía, la memoria me traía a la cabeza aquel famoso pasaje de Hörderlin acerca del sentido o necesidad de poetas en épocas de miseria. He dado con el poema en cuestión en el que figuran los versos, Para qué poetas en tiempos menesterosos, y he comprobado para mi alivio que el propio Horderlin se contesta a sí mismo, considerando que a pesar de que podamos aparentemente, prescindir de poetas en tiempo económica y vitalmente difíciles, la altura y absoluta especificidad de la misión de los poetas desde el lenguaje, justifican que sigamos contando con ellos pues el misterio de la belleza se produce a través de sus obras y las épocas de vacas flacas pasarán mucho antes de que necesitemos un relevo esencial del nombre de los poetas.

Las incidencias concretas de este extenso poema de Horderlin las comenta con palabras del oráculo Martin Heidegger en una serie de ensayos sobre la poesía del poeta alemán, ensayos que fueron publicados en su momento por la editorial Ariel,  -  Interpretaciones sobre la poesía de Hörderlin   - publicación que se consideró todo un acontecimiento en su momento dentro del ámbito editorial español. 


Yo, estos días que nos van sorprendiendo en nivel de horror con cada  noticia que nos llega, he estado pensando en la figura de Miguel Hernández y en cómo determinó tanto su vida como su obra el desencadenamiento de la Guerra Civil. Curiosamente, el tiempo que duró el conflicto fue de los más fructíferos en escritura de Miguel. Y es que la novedad absoluta, el caos social, humano, económico, ético que supone una guerra pone en vilo anímico a todo sujeto, obligándole a reaccionar y desarrollar una estrategia personal para moverse y sobrevivir en el nuevo y apocalíptico contexto.

A propósito de todas estas circunstancias históricas, he pensado, también, en la historia literaria de la poesía española en las últimas décadas y en cómo ha ido articulándose, cuáles han sido sus motivaciones más importantes y decisivas, qué es lo que movilizaba la escritura de los poetas. La poesía se enfrentó a los estados individuales y sociales de las consecuencias de la guerra para ir con el tiempo, activando exploraciones y motivaciones diversas según los márgenes vitales y existenciales fueran desplazándose o cambiando. El postismo, la realidad social, los compromisos ideológicos, las nuevas e incipientes experimentaciones, fenómenos como el grupo Cántico, la poesía del silencio, la de la nueva sentimentalidad, los nuevos surrealismos, se fueron añadiendo con el tiempo a una aventura que funcionaba según la sociedad y la vida iba diversificando sus ámbitos y posibilidades.

Es importante recordar lo que para Heidegger supone el lenguaje cedido a los poetas: el contacto con lo abierto. Esto se merecería una interpretación metafísica, pero creo que podemos centrar su significación subrayando que lo abierto vendría a ser la complejidad y totalidad de la experiencia personal, la intemperie existencial en que se vive y cuyo relato nos ofrece el tipo de mundo al que nos hemos enfrentado y que hemos emprendido con más o menos éxito.

Volviendo a las temáticas de nuestra poesía… Hasta la décadas de los noventa, en la poesía española se registra una notable movilidad de escrituras y opciones poéticas, con un, a veces, nada velado debate de poéticas en liza.

De toda aquella lucha entre la poesía de la nueva sentimentalidad y la del silencio, o de la más esteticista o realista y la de los fieras que abogaban por una escritura realizada desde los extremos de la experiencia y de la locura, hoy, en estos tiempos de redes sociales, fascinación por las nuevas tecnologías y encefalograma intelectivo reducido a casi cero, subsisten sólo las publicaciones del momento envueltas en cierta aura melancólica. Ahora los poetas trabajan desde el mundo internético, hacen lectores a través de facebook,  de blogs literarios o distintas páginas webs personales, y no puede sino confirmarse de que se trata de un público joven  que desde tales enclaves articula un mundo poético neo naif, pos light o neofilorRomántico. Aquí la cuestión es que la autenticidad e interés de tales poetas tan jóvenes sea exportable, que resulten intersantes fuera de sus confinamientos virtuales, porque, como aseguraba Horderlin, de los poeta se espera todo. Y algo de ello va ocurriendo pues la poesía que hasta hace unos pocos años circulaba por internet ya va apareciendo tanto en editoriales nuevas como en las más veteranas dedicadas exclusivamente a la poesía.  

Ahora tenemos en el horizonte inmediato de este mundo mediáticamente tan pequeño un acontecimiento tan brutal como lo es una guerra. Esas imágenes terribles de cuerpos como estampados en la tierra junto a otros carbonizados que nos han transmitido desde Bucha o Borodyanka, son un escupitajo a la dignidad humana y a toda belleza moral. Aquí tienen los poetas más que un motivo para alzar la voz y pensar qué merece ser dicho y artísticamente denunciado. Los poetas abren el  mundo de lo posible desde su posicionamiento vital y creativo en el lenguaje. Si bien la imaginación poética sabe descubrir motivos y razones para su escritura, ahora los poetas  tienen un pretexto más que contundente para plantearse para   qué sirve la poesía y sobre qué concentrar la capacidad  protestataria del verbo en su expresión más delicada y sublime.

viernes, 1 de abril de 2022



SEMIÓTICA.

LA EXPERIENCIA DEL SENTIDO A TRAVÉS DEL ARTE Y LA LITERATURA.

Manuel González de Ávila

 

Aquella notable disciplina que ¿fue? la semiótica, poseedora de una larga historia y que tan estupendos hallazgos ejecutó en distintos ámbitos de la cultura, desde mediados de los sesenta hasta finales de los ochenta a través de las obras de autores como Barthes o Eco, entre otros, pareciera que se hubiera estancado en las últimas décadas o fuera incapaz de llevar a cabo nuevas pesquisas iluminadoras.

Pero siendo la semiótica, elementalmente, la ciencia de los signos, este parón vendría a significar que los tales signos, en nuestro actual contexto, han dejado de producirse o ya no existen, consideración que se choca de bruces con la obviedad si examinamos, por ejemplo, la realidad de la nueva cultura digital, las andaduras del cine o los últimos mestizajes lingüístico-artísticos. O sea, que los signos continúan dándose en los distintos enclaves sociales y culturales: son sus combinaciones en la percepción del sujeto las que precisan de interpretaciones que renueven y actualicen el concepto de signo.

Es por ello que en los últimos años la semiótica ha experimentado una reactivación de su estrategia cognoscitiva basándose ahora en el estudio de la formación del sentido más allá de las inmediaciones formales del  texto, y fijándose sobre todo, en los objetos y en las formas de vida, especialmente, en el hecho esencial y cuasi furtivo del modo en que se experimenta y se vive dicho sentido. 

Las formas en que se discierne y se vive eso que llamamos sentido abren vías a la experimentación semiótica y reta a que se apliquen sobre ellas investigaciones nuevas y más complejas. La vanguardia semiótica, pues,  se desarrolla, actualmente, en estos intersticios vitales, en estos nexos íntimos que ahondan en la inteligibilidad del hecho cultural contando fundamentalmente con las operaciones mentales y sentimentales del sujeto.

He leído las últimas obras del semiólogo italiano Mirko Lampis, escritas originalmente en español por el propio autor, libros como Tratado de semiótica caótica o Tratado de semiótica escéptica. Se trata de obras accesibles y precisas que abordan todos los temas que se desprenden de una filosofía del lenguaje y del signo. Comparativamente hablando, creo que esta nueva obra de Manuel González de Ávila,  Semiótica. La experiencia del sentido a través del arte y de la literatura, resulta más actual, todavía y más interesante, pues evita las mera exposiciones globales de la teoría, dosificando temáticamente los apartados, poniendo ejemplos de todos los abordajes concretos y siendo muy resolutivo en el alcance y manifestación de cada aplicación semiótica. Los artículos y capítulos suelen ser  breves, casi se dirían que fragmentarios si no fuera por su densa y objetiva exposición, y los textos van acompañados de ilustraciones relativas a los objetos y objetivos de investigación.

El libro de González de Ávila tiene la virtud de poseer esta practicidad y resultar meticulosa y sintéticamente ilustrativo con respecto a las derivas epistemológicas que van configurando  los últimos postulados semiológicos.

Personalmente me entusiasma que desde las Humanidades poseamos tal herramienta de sondeo científico del mundo y de la significación como es la semiótica, que es capaz de reformular sus procedimientos para emprender investigaciones  nuevas sobre contextos últimos.

Precisamente lo que me gusta de la semiótica es la similitud de su operatividad con las motivaciones de la escritura poética. Si la semiótica aborda, en definitiva, el desciframiento del mundo, la poesía hace algo semejante en las aventuras más especulativas de su escritura, aunque no para ofrecernos balances analíticos sino convirtiendo tales itinerarios en mensajes de una vivencia, en expresiones del deseo y la esperanza.

Decía Barthes que desconfiaba del carácter científico de la semiótica por la simple pero contundente razón de que los signos cambian de significación con el paso de los tiempos. Los nuevos planteamientos evitarían convertir la semiótica en una hermenéutica, estableciendo como misión la descripción de la significación y la exposición de cómo se realiza la vivencia de la misma, adquiriendo, con respecto a su estatus científico, un aspecto procesual virtualmente infinito, es decir, constantemente renovado. La semiótica, pues, atendería más al hecho de la significación, a la semiosis, a las evoluciones del mundo práctico, antes que a lo previamente asimilado en corpus lógico-temáticos.  

La semiótica, pues, según González de Ávila, tiene que volver a explicarnos qué dimensiones percibimos del mundo más allá de toda fenomenología o psicología, y sobre todo cómo a través de esa percepción articulamos la significación e instituimos el orden de la cultura por medio de la manifestación específica de eso que llamamos signo.

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...