viernes, 22 de marzo de 2019

BÍPEDOS CON CABEZA DE PÁJARO EN PLAZAS BAJO LA LUZ DE LA LUNA: UN INCONSCIENTE COLECTIVO ESPECÍFICO






Creo que uno de los experimentos más fascinantes en el mundo de las artes plásticas fue el que realizó Marx Ernst ilustrando los textos de Paul Eluard, titulados  Una semana de bondad y La mujer de 1000 cabezas. La técnica del collage, exquisitamente realizada,  se convierte aquí en una palanca que transvasa y mezcla mundos, creando, o más bien, descubriendo otro, más ignorado, caótico e indelimitable: el inconsciente del cosmos visto por los grabadores e ilustradores anónimos del XIX.

Porque la extrañeza de estas imágenes no sólo radica en la coexistencia imposible de objetos, sujetos y paisajes sino en el carácter netamente figurativo y objetivo de las ilustraciones originales, pertenecientes al positivismo romántico de finales del XIX.


Con ello, Marx Ernst descubrió lo que me he atrevido a llamar paradójicamente un inconsciente colectivo específico, el de ese onirista siglo XIX, del mismo modo que podríamos hablar de distintos tipos de infinito: un infinito cristiano o budista,  otro producido por la especulación científica, un infinito romántico, un infinito cuántico, etc…

El artista alemán logra con estas obras de mixtura trazar las viñetas de un cómic alucinógeno: realiza en el siglo XX una obra con material gráfico del siglo anterior. Una semana de bondad y La mujer de 1000 cabezas constituyen una suerte de continuum de lo extraordinario, una novela de imágenes cuyo argumento es el que imprime el ritmo de las asociaciones.
Este continuum metamórfico me hace recordar cierta teoría suntuosa de la transversalidad de los mundos gracias a la pulsión creadora de la imagen.
Lezama Lima habla de eras imaginarias, dotando a la metáfora que nace en  una época concreta de la historia, con el poder de fecundar mundos posibles a lo largo de décadas e incluso milenios.




Contemplando, analizando estas imágenes, el factor tiempo se traduce en emisor de unas determinadas imágenes y de un contexto social para esas imágenes; por otro lado, estas imágenes, hijas de su tiempo, al contemplarse desde el sueño, borran la especificad cultural  y se metamorfosean en arqueología de universos perdidos e inverosímiles. Gracias a la audacia del collage que conjunta fragmentos según un orden libre el depósito de imágenes decimonónicas se convierte en un paisaje atemporal y fantástico. El lenguaje surrealista de los sueños sume las imágenes en la plasticidad pura y nos indica que a través, precisamente, del mundo soñado es como toda la invención humana podría convertirse en una sola y vertiginosa Era Imaginaria.     





jueves, 21 de marzo de 2019





LA CASA DE LA HORA

Alterar  la organización serial del momento,
En cuanto tu deseo sea habitar
ese fragmento de tiempo ante las frondas
O sentado, cómplice, en la mecedora
Que marca el vaivén.

Suponer un  estamento de vida
Que la palabra intenta descifrar, más allá o
Mucho más acá de esta luz
Mientras nos deslizamos
Ante las expectativas  de un beso.

Soldar, como por inadvertencia,
Ese eje interior-exterior
Que articula el pensamiento
Y la horda de las interpretaciones. 


jueves, 14 de marzo de 2019

NOTIFICANDO estilos escriturales





Leo con gusto las reflexiones de Gil de Biedma sobre la obra poética de Jorge Guillén, al tiempo que sigo con interés el último libro de Chantal Maillard, “La compasión difícil”,  y me interno, además, en las densidades del lenguaje filosófico de Levinas a través de su obra Totalidad e infinito. Cada libro, aunque altamente intelectual, posee su frecuencia semántica y textura. Me refiero al placer que se procura en la lectura según cómo traten el material del que hablen. Y naturalmente, según lo hagan como lo hagan, ese material se subraya como tal material u otro.



El texto que me parece menos áspero y más livianamente fecundo es el de Biedma. Hablar con tan justificada positividad sobre un texto poético, iniciar rutas de lectura sobre un material tan concentrado y quizás, esquivo, ratifica la obra guilleniana como objeto exquisito de lucubración y como uno de los episodios más brillantes de la historia literaria española.
Chantal ofrece originalidad y provocación a través de un lenguaje nada enrevesado. Su última obra es un conjunto de prosas que cercan una temática compleja y de no muy agradable consideración: cómo seguir afrontando la vida cuando esta implica el sacrificio tácito de los que la mantienen. La protesta no sólo es ética, sino cosmológica, total.
El libro de Levinas es una ocasión para la práctica del lenguaje filosófico y la paulatina penetración, para profanos apasionados de la racionalidad,  en el desarrollo de la dilucidación metafísica pura. El estilo de Levinas pretende ser directo, es decir, nominar la densa materia del juego conceptual desde afuera, es decir, sabiendo captar las conexiones de sentido, no parando de definir cada paso y sin resbalar excesivamente en retóricas técnicas aunque sin poder evitar la utilización de conceptos propios para llevar a cabo tal clarificación. Algunos pasajes son elocuentemente precisos y podían constituirse en racimos de frases memorables, rondando el aforismo. No supone una obviedad recordar que el lenguaje filosófico es una definición de estados complejos continuos y de nexos que determinan prioridades conceptuales en episodios progresivamente engrosables.




El trabajo de Biedma es tranquilamente luminoso: escribir sobre la expresión bella crea un conocimiento, asimismo, atractivo de leer al mantenerse en un espacio permeable y estimulante, pues se estudian las posibilidades de la lengua y las especificidades estéticas de una de sus expresiones en particular, encarnada en la obra, en este caso, de Jorge Guillen.
La atipicidad del estilo fragmentario de Chantail la hermana con el pensamiento gnóstico que busca en los linderos poéticos revelaciones posibles sobre la naturaleza de nuestro mundo actual. La diferencia con respecto al universo semiótico de Biedma es que mientras en el de este se va navegando en la dulcedumbre del paladeo analítico de lo poético, en el de Chantail, los hallazgos conceptuales suponen golpes súbitos a la atención y a la reflexión. El amargor de las meditaciones de Chantail se atenúa sólo por ese formato breve que nos provee de materia de debate sin aplastarnos con la exégesis larga. El desasosiego dosificado, pero finamente perturbador.




El sistema leviniano pretende la comunicación de lo complejo, la resolución del lenguaje en un vínculo que nos lleve al encuentro del otro que se visibiliza para nosotros bajo el concepto de rostro. Lo grato en Levinas es que afronta el cerco metafísico con intenciones de claridad y atraviesa masas de abstracciones, indicando qué función concreta tienen cada uno de los componentes del rocoso juego filosófico en el trance de la  comunicación con el prójimo. Levinas no describe, meramente, las incidencias previsibles de un diálogo, sino el proceso de la comprensión mutua de las personas más allá de la interioridad, en la exterioridad absoluta que refleja la idea de lo infinito.   

    



         
En la red había leído reseñas algo confusas sobre la Tribada de Miguel Espinosa. Una de ellas hablaba con rotundidad del fracaso de estas obras al  considerar su prosa como fatigosa, espesa, inútilmente interrumpida por reflexiones y contenidos extraños y extraliterarios. Creo que el reseñador se confundía de novela. Estoy leyendo la edición conjunta de ambas Tríbadas que hiciera Siruela en un volumen con prólogo de Fernando Arrabal en el 2007 y podría sintetizar con un comentario esta obra, así: historia lésbica del siglo XX contada con un lenguaje del siglo XVII. De modo resumido, en esto consiste, estilísticamente, la tríbada espinosiana. El efecto, al leer esta obra de principios de los ochenta, en 2019, es chocante y a veces sorpresivo. La búsqueda de lo sensual, de lo excitante en este texto parece condenada a la dureza del español coriáceo y escultural de Espinosa. No hay compasión para moderneces y salidas de tono, es decir, actualización posible o asimilación con hablas contemporáneas.  Espinosa se mantiene fiel a una rigidez escritural que si bien ofrece fragmentos de anacrónico paladeo, excluye relajos orgásmicos al consignarlos marcialmente como particularidades sensoriales. No es que sea un lenguaje pudoroso en cuanto a reflejar la contienda sexual de modo más inmediato o gráfico, sino que la formalidad lógica  de su habla no trasciende su molde, y es dentro de ese curso formal y límpido donde va a ir instalada toda la narración. Sí que quiero señalar que en una historia como esta, de encuentros sexuales y consecuencias de los mismos en el ánimo y la convivencia, si bien no acabo de ver el grado de ajuste de lo que se cuenta con el estilo que se cuenta, es este registro, precisamente, el que hace surgir esas casuales reflexiones y giros al aire de la narración, de tono habitualmente soberbio. Ejemplo…
Creo que si hoy alguien intentara esta proeza, escribir de un modo tan descaradamente anacrónico, el éxito sería dudoso, independientemente de que valoráramos el trabajo de semejante ejercicio. Siendo obra del escritor murciano, las Tríbadas se justifican por la locura de Espinosa, claro. El mundo se hace cognoscible por el tipo de lenguaje que elijo para expresarlo y juzgarlo. Recordemos, a propósito,  el aforismo de Wittgenstein.





viernes, 8 de marzo de 2019

UN CUERPO PARA LA CIENCIA















Creo que un Baudrillard le hubiera dedicado un par de páginas al menos, a propósito de las supremas banalidades en que la industria ha sumido al sexo, o bien, en referencia a las nuevas encarnaciones psicofísicas a que la era postindustrial sometería experimentalmente eso que ha quedado tras la liquidación del alma y que se llama cuerpo. Porque esta señora o es, como todo el mundo, mero producto de su época o es la supermujer del futuro pasado que se resiste a dejar de zaherir el escaso pudor que nos resta a la hora de visionar novedades y atrevimientos ajenos.      
Victoria Lomba se  llama la interfecta y al parecer es hispanobrasileña. De lo que no hay duda, tras contemplar sus videos y sus fotos facebokeras, es que el conjunto de los atractivos femeninos imaginables se dan cita en este plástico escenario de carne superlativa que es el cuerpo de la Lomba, de un modo, también, exagerado y vertiginoso.
Musa internética del fitness, experimento social, encarnación del sexto o séptimo sexo, Victoria Lomba supone lo indescriptible, el culmen de la exageración y de la autocaricatura, el más allá de todo ello, la suma de las metamorfosis de la carne como objeto último del postsexo.
¿A quién se supone que pretende seducir este ultraensimismamiento de la carne, esta conversión de la fisicidad femenina en músculo de sí, esta alienación de toda delicadeza inteligible en suprapulimento de cada miembro del cuerpo?
El grado de idiotismo con que se ha fulminado todo tacto a la hora de la seducción, se muestra cuando Lomba aparece en sus videos grabada a toda y repentina velocidad, como si en vez de admirar un bonito cuerpo en evolución, estuviésemos viendo una película cómica muda de Chaplin.
En tales videos y en sus fotografías, la Lomba hace recaer la trémula verticalidad de toda tentación  visual sobre su trasero, expresión suprema e hipérbole de toda gracia genética, sublimación del músculo en esfera mollar, en harmonía furiosa de curvaturas hiperplásticas.
No sólo las nalgas, sino la musculatura general, desde los brazos, virilmente tatuados, hasta las pantorrillas, desde el vientre hasta la boca con esos labios burlonamente diseñados de estudiante picarona, toda Lomba es una exhibición que reta a los analistas a definirla, a encuadrarla en alguna categoría que pudiera calmar tal pulsión exhibitoria. 
Ese prodigio de curvas, ese éxtasis de durezas blandas o de blanduras duras, que define la dimensión extensa de la persona de Victoria Lomba, se mueve por páginas webs y capitales del mundo, gimnasios y escenarios internacionales, confirmando el grado de superreal imposible a que ha llegado la máxima mercancía del universo, el cuerpo femenino, y parapetándose en la fatalidad de una tendencia general, se despunta como uno de sus logros más ejemplares.
La Lomba es una mujer tan retocada que parece un travesti, al tiempo que es algo que va más allá de eso, una encarnación de una nueva categoría sexual emergida del trance gimnástico y la alimentación especializada.  
¿Será capaz un sujeto como este de envejecer, de olvidarse del estado de su trasero, de exhibirse como meta suprema de la comunicación y conquista de la tribu, de no sentirse una friki del atletismo?
Tendemos a creer que a Lomba poco le afectan las críticas y que es feliz tal y como es. Los apurados somos nosotros, que no sabemos si a la hora de fijarnos en ella, debemos aplacar arcanos instintos o extrañarnos definitivamente ante lo que ha sucedido con nuestras bellas musas tras haber tenido la ocurrencia de hacer un poco de pesas.      
     




martes, 5 de marzo de 2019

Diario de una sombra





Me ha ocurrido por segunda vez en los últimos dos años.  Escuchaba música semidormido y de pronto, un fulgor extraño me ha despertado. Claro está que no se trataba de ninguna luz real de mi entorno. Esta vez, la fulguración se produjo sobre el marco superior de la puerta y como en la vez anterior, lo que veo es el entorno de la gran luz, mientras que lo que es el centro permanece a oscuras. La impresión ha sido muy vívida pero el silencio de la imagen la hace, también, remota. Era una fulguración soñada, claro está, si hubiera escuchado algo lo hubiera asociado a la luz, es decir, al instante inmediato de darse. La viveza ha sido tan próxima que, en el mismo instante de generarse, me ha despertado.


Visiono en Youtube filmaciones antiguas callejeras. Son grabaciones de los años diez y veinte, realizadas en distintos lugares públicos de New York y París. Me quedo fascinado viendo cómo reacciona la gente ante las cámaras y calculando el pedazo de historia que se ha producido desde el momento de la grabación hasta ahora. La gente pasa y se queda mirando extrañada. Hay otros que sonríen y saludan cortésmente quitándose el sombrero, un gesto que me fascina verlo aquí filmado porque ya no existe y menos dirigido a una cámara. Los niños reaccionan todos igual ante el curioso artefacto: sonríen, hacen muecas o siguen, en jolgorio,  al camarógrafo si este decide desplazarse. Al cabo de un rato de estar viendo estas filmaciones, se me crea una fuerte y numinosa sensación: el pasado existe realmente, se está dando en algún lugar fuera del tiempo. Lo que acabo de ver es, funcionalmente, el despliegue de la cinta de la eternidad.




Leo los poemas de Hugo von  Hofmansthal. Las expectativas que me había creado desde que, sin leerlo, me había hecho de su persona como poeta, se ven más que satisfechas. Son unos poemas densos, filtrados de una espectralidad que no alcanza la crudeza de lo expresionista. Ese leve toque le da al poema un aire lo suficiente extraño. El poeta sospecha de presencias ocultas irrigando sus emociones. Algo tan encantador y poco sospechoso como la aproximación de la primavera, viene acompañado de una morbidez inquietante. Lo enfermo está en todas partes como un signo típico del espíritu visionario germánico.


¿Por qué no sorprendemos al cielo, a los que habitan, quizá, los limbos en transición? ¡Por qué no lanzamos un chorro de energía furibunda desde esta demolida tierra al mismísimo más allá? Cómo me gustaría hacer un concierto de música, de música rabiosa y fulgurante para protestar por la muerte de mi madre, de amigos y conocidos, de tanta gente, un concierto que estremeciera al paraíso para recordarles que aquí todavía hay vida, espíritu,  alma, ira contra la injusticia y el olvido.





El pensamiento consiste en hablar.
Emmanuel Levinas.

El pudor, la educación, la autorepresión, crean una segunda naturaleza dentro de uno que imposibilita la expresión totalmente libre de los sentimientos como no sea en momentos de especial relajación o cuando han encontrado una justificación obvia para ello.


Cuando no me dedico a vivir, a estar ocupado con algo o comunicándome con alguien, mi mente no hace otra cosa que constatar obsesiva y masoquistamente  el paso del tiempo sobre todo: sobre mis vecinos, familiares, amigos, entorno, ciudad, rincones entrañables de la ciudad, sobre lo que antes creía con inocente entusiasmo, sobre mí mismo, etc… Que el tiempo ha pasado es cierto y que esto, ante el fenómeno convulsivo, emocionante, fulgurante de la vida es una minucia, también lo es. Lo que se convierte en una miseria como signo de derrota es que tal paso del tiempo nos haya enterrado en vida, que echemos la toalla al ruedo de los sucesos,  que hayamos perdido nuestra capacidad tanto de asombro como de escandalizarnos ante lo que ocurre, que nos sintamos mayores o directamente viejos y no nos rebelemos contra ello. Si todavía nos queda una pizca de deseo, de imaginación, de honor, esa vida que se debate allá afuera, nos requiere todavía, para que destrencemos sus remolinos de injusticia y de pobreza y sigamos siendo en la medida de lo posible partícipes del espíritu de la vida, se empeñe el tiempo en ajarnos o no.


La filosofía es una egología.

Emanuel Levinas.






Desde luego vivir la vida no depende del conocimiento de no sé qué concepto raro, o de aquella enfurruñada teoría de mutaciones genético-espaciales aplicada a ya no me cuerdo qué. Nos acercamos a lo conceptuoso, a lo técnico, todo lo que nuestras profesiones, gustos o curiosidades nos dejen, pero todo ello nos sigue pareciendo extraño cuando recuperamos el contacto habitual con los demás y decidimos pasear o irnos a la playa. Estudiamos los enigmas de la naturaleza y del hombre, podemos sentir incluso pasión por tales cuestiones, pero siguen siendo cosas que estudiamos, que merodeamos con nuestras investigaciones, no las hemos creado ni redactado nosotros.  


No soy todavía converso de mí. Me rebato, me discuto, me rechazo, me prolongo en la no aceptación.




La confusión alucinada como un estado latente de la atención.

Percepciones en el sueño de estados fuera de toda memoria, anteriores o posteriores a la existencia. No puedo definirlos de otro modo. La presencia de estos sueños parece decirme que he quemado parte importante de mi etapa existencial, que he atravesado más de la mitad de la vida. Si no fuera porque también utilizo este material para "literaturizar" mi vida, me mataría el espanto.


  Sólo lo espiritual es lo real.
   Hegel   


viernes, 1 de marzo de 2019

EL PROCÉS AL PROCÉS.






Sorprende la delicadeza con que el Tribunal supremo está tratando a los independentistas. Es como si se temiera que algún gesto inoportuno se deslizara demasiado obviamente, haciendo sospechar de talantes autoritarios por la sala. 
Este cuidado se explica cuando, sin mucho rodeo, los independentistas han criticado la falta de moralidad del Tribunal que los juzga por no respetar el derecho a la autodeterminación.
Lo que los independentistas pretenden con esta acusación es que realicemos una suerte de inciso en la interpretación de las leyes, que ampliemos tal interpretación de modo tan subjetivo que lleguemos a comprender lo que ellos, con toda naturalidad, desean: ni más ni menos que la fragmentación del estado.
Lo que llaman moralidad consiste en que se haga con ellos una excepción extraordinaria, que pasemos de largo su insolidaridad y su enrocamiento, que empaticemos alegalmente con su causa hasta el punto de admitir lo que quieren llevar a cabo: una ruptura. 
Ante la rigidez de las leyes, los independentistas exigen un gesto de libre sorteamiento de las mismas ya que: “antes que las leyes están las personas…”  
Lo que resulta inadmisible es la cándida  ignorancia de los indenpendentistas con respecto a las consecuencias legales, culturales y sociales de sus aspiraciones, ese estratégico engastamiento en las posturas puramente teóricas que les distancia de comprobar in situ las tensiones que se han originado en el seno de la sociedad catalana.
Hablan de la no moralidad del tribunal que los juzga, como si la actitud de su nacionalismo  excluyente  y empobrecedor fuera una actitud ejemplar.
Los independentistas juegan, además, con lo políticamente correcto: ante el resto de España y el resto de los catalanes, ellos serían una minoría, y por lo tanto parecería una flagrante injusticia negarles su famoso derecho a la autodeterminación. Por ello, en este ámbito de la estricta discusión ideológica, ellos parecen tener algo de razón, claro, si no contamos con el despropósito de sus intenciones y con ese resto de catalanes, marginados por no alienarse de la manera en que lo están los independentistas, y que han sufrido la indiferencia ideológica de la izquierda de Podemos y de la de los socialistas.



IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...