miércoles, 23 de febrero de 2022

LA CIRCUNSTANCIA Y YO.

 


Puedo entrar en un comercio con 400 euros en el bolsillo dispuesto a gastarlos en varias compras que como la dependienta o el dependiente me echen una mala mirada, esos 400 euros no sirven para nada, se volatilizan dentro del bolsillo y yo procuro salir simulando que no me siento humillado.

 

Se dice que el suicidio no mata lo que te mata diariamente y que constituye la causa por la que has elegido tan drástica decisión. Pero al ejecutar tan tremenda operación,  las disquisiciones teóricas se difuminan en su propia audacia. Si te quitas de en medio, te quitas de en medio para siempre, al menos, para el recuerdo de los demás. Tú ingresarás en no se sabe dónde, otra proyección teórica de nuestro imaginar.

 


Siempre creí fatalmente que la realidad era de los otros. Muy tarde identifiqué que esos otros eran los adultos y yo el niño sumido en una impotencia incurable.

 


Qué ocurre si semejante creencia neurótica se mantiene en el tiempo, si uno cumple los treinta, los cuarenta y llega más allá de los cincuenta con la sensación, con la sospecha aniquilante de que el mundo te es inaccesible, que sólo les pertenece a esos que tienen poder y son cómplices entre ellos, que poseen el espacio y las mujeres,,,,

 


¿Ser poeta me ha convertido en un neurótico al poseer una sensibilidad exasperante, o soy un neurótico que al ocurrírsele escribir sobre su experiencia, se ha convertido en poeta?

 


Si digo sí, tú te inclinarás por decir que no, si digo que aquello me parece verde, a ti te parecerá morado. O sea, que la mecánica del pensamiento consiste, a veces, en exponer en el tapete de las proposiciones la que tú has ideado para recibir automáticamente la respuesta que confirma o niega la tuya.

 

Schopenhauer pasó un período de su vida incomodado por la hipersensibilidad a los ruidos. Por la noche, a la mínima, saltaba de la cama y empuñaba una pistola que tenía cargada por si recibía la visita no deseada de los ladrones. Y ya sabemos lo que le ocurrió a una vecina suya que osó molestar su rato de reflexión profunda cotilleando en la puerta con otra comadre. Son estas anécdotas las que convierten a nuestro filósofo en un personaje chocante, simpático y lo humanizan, es decir, lo desacralizan convenientemente.


Contemplo el montón de libros que tengo dispuestos en la mesa del comedor y me digo que no puede haber mayor riqueza espiritual e intelectual. Cada libro es obra de un autor, es decir, cada volumen articula la aventura particular de una persona que se ha entregado al amor por la palabra y que desde su confinamiento histórico y espacio-temporal ha urdido una serie de poemas, de artículos, de novelas, de ensayos, narraciones  o diarios, que gracias al trabajo de otros hombres sin rostro se han convertido en libros, en textos impresos y que ahora yacen ante mí, urdiendo, a su vez, entre ellos, el gran texto del cosmos expresivo, confesional y especulativo de la cultura universal. Ungaretti, Colinas, Deleuze, Costafreda, Gimferrer, Lotman, Mesonero Romanos, Guillermo Carnero, Amado Nervo, Chirbes, Gabriel y Galán, Mary Shelley o Valéry esparcen el mosaico de sus nombres y de la palabra ofreciendo lo que han pensado, lo que han amado, lo que han experimentado, lo que han sufrido o descubierto. Y todos, desde sus distintas perspectivas, estilos y ubicaciones vitales, vienen a converger en su deseo de donar al mundo la memoria de lo que les ha ocurrido a ellos, a su cuerpo, a su pensamiento, a su alma.


Actualmente ya no hay grandes vivencias intelectuales, no hay protagonistas exclusivos del pensamiento sino gestores de eso que llaman información. Y nubes de periodistas y psicólogos en todos sitios, manifestación de un mundo mediocre obsesionado por la eficacia y el espectáculo. No hay interés en el descubrimiento intelectual sino esfuerzo por articular lo mejor posible la empresa.

viernes, 18 de febrero de 2022

NOTAS



Cómo se metamorfosean los días, es decir, el ánimo de uno; cómo tras un período de oscuridad y de tristeza en el que creías haber echado fatalmente raíces, vuelves a reincorporarte paulatinamente al bienestar o a la regularidad de antes. Después de días de desesperanza en los que creías estar fuera del mundo normal, regresa poco a poco el entusiasmo y la tan querida rutina y vuelven a interesarte fruslerías como el análisis de la actualidad política o las fiestas que se avecinan con el mínimo de novedad que implican.

 

 

El paciente ejercicio de comprender a los demás. A veces se trata de aceptar su discurso sin que este invada o modifique el  libre flujo de las cosas, imaginar la capacidad intelectiva o la locura del otro sin que ello implique que tal cosa altere mi posición con respecto a lo que me interesa. Por ejemplo, escucho por radio clásica a la poeta Chantail Maillard que recita pasajes de su último libro de poesía,  Medea. En lo que lee, Chantail viene a afirmar que traer niños al mundo es una operación perversa que no hace sino perpetuar el hambre universal, es decir, la pulsión incontenible de devorar, aniquilar, violentar al vecino. Escuchándola, entendía lo que quería decir, aunque yo pensara que tener hijos es todo lo contrario de lo que ella afirmaba.  Chantail emitía su condena. Yo la escuchaba, comprendía su mensaje y su protesta sin que ello implicara que yo pudiera afirmar lo mismo.


Ante el pensador Plotino siento la fascinación por el orden, por la clarificación de los grandes conceptos. Esa fascinación consiste en que la complejidad del universo pueda contemplarse en la harmonía de la palabra, que en la disposición formal del logos se articule una configuración de lo diverso. Busco en los escritos de Plotino, en sus famosas Enéadas, un término, una observación que me suponga una revelación sobre la realidad,  algo que me sorprenda, que me dé esperanza. El que busque la clave secreta del mundo en un filósofo antiguo no supone una curiosidad, o incluso, extremando perspectivas, una paradoja. Las cosas importantes de la vida siempre resultan ser las mismas en todas las épocas, aunque haya que admitir la existencia de prioridades que arrojan imágenes disímiles del mundo. Por ejemplo, aunque en Plotino los conceptos de eternidad y tiempo se encuentran convenientemente diferenciados, no dejo de pensar que la cantidad de información gráfica, el diluvio de imágenes de que disponemos, pudiera potenciar de modo tan extraordinario lo que entendemos como mundo sensible frente al inteligible, que llegara a modificar los términos de su ubicación físico-perceptible. Es como si el reboso de imágenes del que disfrutamos o nos agobia, invadiera el espacio de lo sensible, multiplicando sus límites hasta hacerlos ininteligibles. Esto supondría que el mundo que vemos y percibimos con los sentidos se vuelve farragoso e incomprensible, en vez de ser el mundo de lo metafísico lo que presentase, ocasionalmente, semejantes aspectos confusos u oscuros.

 

El efecto terapéutico del contacto con los demás. Llevo un rato andando por la calle, con molestias abdominales y un dolorcillo en la espalda que no acaba de irse. Me encuentro con un conocido e intercambiamos un par de palabras. No ha llegado al minuto la conversación. Me despido y sigo caminando. Las molestias de la espalda y de la zona del estómago han desaparecido. Simple y contundentemente. Una de dos: o el cuerpo posee un sistema de autorregulación que ante la presencia de otras personas actúa, motivado por razones de cortesía, - me prohíbo el dolor ante un amigo, no quiero mostrarme caótico ante los demás -, sistema que también podría ser, ni más ni menos que la asunción biológica de preceptos educativos; o, bien, la presencia de conocidos y amigos me resulta tan agradable que “olvido” el dolor ante ellos, pues doy de lado toda incidencia maligna al tender naturalmente a la unidad social del que soy un elemento más y en la que se cifra mi bienestar. Al encontrarme con un amigo o con un familiar, regresaría a mi estado óptimo de salud, a mi estado originario, - el Todo, la Unidad de los seres  -  sanándose todo malestar nacido de los vericuetos de la soledad.


 

Similitud de estados de ánimo. Tras unos quince días de intensa lectura, he terminado con los trabajos que se presentan para el concurso de poesía y realizado la preselección. Llevo los poemarios a la sede y regreso a casa. Es cerrar la puerta tras de mí, regresando a la grisura, a la rutina de antes  y caérseme la casa encima. Me atraviesa una amarga depresión de las mismas características que experimenté cuando dejé de tomar, repentinamente, un fármaco, produciéndose entonces los síntomas de la abstinencia. La mecánica del malestar es la misma: interrumpir un estado, una actividad en los que estabas agradablemente sumido, trascendiendo el tiempo al tenerlo regularmente controlado. Acabada la lectura de trabajos, interrumpida la toma del fármaco, la mente reacciona angustiada ante el tiempo que se presenta, entonces, infinito. ¿Qué hago yo, ahora, cómo me enfrento a esta eternidad que antes dominaba al estar, uniformemente, ocupado? Se trata de una de las más sutiles y peores torturas que uno imaginaría en una ficción bíblica: desposeer a uno de toda actividad y arrojarlo al tiempo que de inmediato se convierte en una suerte de eternidad a la que se le condena.        

 


martes, 8 de febrero de 2022

ESOS GARANTES ANÓNIMOS DE LA CULTURA. RODICA GRIGORE DESDE LA UNIVERSIDAD DE SIBIU



Se repite eso de que el español es una de las lenguas más habladas del mundo; que está en segunda o tercera posición en el ranking mundial, que somos, prácticamente, casi 500 millones  los que nos comunicamos con la lengua de Cervantes.

Lo que deberíamos hacer de vez en cuando es darnos cuenta de las personas, profesores, profesoras, traductores o hispanistas que desde sus docencias en el extranjero están llevando a cabo una notable labor de difusión de la cultura escrita en español – podríamos incluir en este aspecto reivindicativo, ocasionalmente, a la producción en portugués – y que sin otro acicate personal, a veces, que el puro gusto o amor por nuestra lengua y sus diversas literaturas, persisten en tal labor comunicativa  y transmisora.

Una de estas personas es Rodica Grigore que enseña literatura comparada en la universidad rumana de Sibiu.

Rodica Grigore ostenta una obra crítica considerable, entre cuyos ensayos ha dedicado notables reflexiones a los grandes autores latinoamericanos del siglo XX y a sus obras. Vargas Llosa, José Donoso, Roberto Bolaños, por ejemplo, son alguno de esos nombres sobre los que su investigación histórico-filológica se ha detenido fructíferamente.

Como traductora, Rodica Grigore se ha aproximado a los más conocidos ensayos de Octavio Paz o a la obra del escritor colombiano Manuel Cortés Castañeda.


La última producción en el ámbito de la investigación literaria es este Tigrul și steaua. Violență și exil în proza latino-americană a secolului XX (El tigre y la estrella. Violencia y exilio en la literatura latinoamericana del siglo XX,  en el que se estudian los grandes motivos de fractura social y desastre personal que han marcado  la historia última de América Latina, contemplados a través de su mejor literatura.

Su autora nos hace el obsequio de traducirnos el prólogo que inicia el libro y que me permito reproducir aquí.

 Quizás, a alguien pueda parecerle un tópico el motivo general de este ensayo último, como si en Europa no se hubieran producido los conflictos bélicos más atroces y apocalípticos, y resultara más óptimo explotar aquella visión alternativa que le hizo exclamar a Jean Louis Baudrillard: ¡América Latina es fascinante!  Quizás. De todos modos no podemos obviar los factores que todavía siguen siendo una realidad en la frágil configuración política latinoamericana y que los escritores más comprometidos y socialmente lúcidos de allí han convertido en objeto de sus grandes obras.

 

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INTRODUCCIÓN

 

         En un interesante estudio titulado Death Without Weeping (Muerte sin llanto – 1989)[1], Nancy Scheper-Hughes analizó en detalle, desde una perspectiva antropológica, las fuerzas que determinaron y mantuvieron el subdesarrollo y la pobreza en Brasil y en el continente latinoamericano en general. Especialmente durante el último siglo, muchos ámbitos (barrios, ciudades o regiones enteras) faltan de perspectiva y esperanza, y esta realidad es determinada en gran medida por la violencia manifestada en todas sus formas en este mundo, pero también de algunas de sus consecuencias, entre las que destacan el desarraigo, el exilio (forzado, autoimpuesto o asumido), la soledad, la alienación. Posteriormente, la autora desarrollará el texto ya mencionado y el aparecerá, al cabo de unos años, en forma de un libro sustancial, con el mismo título. En las primeras páginas del mismo encontramos algunas de las preguntas que más preocupaban al autora, entre las cuales: ¿Qué sucede cuando la vida de las personas está marcada por la carencia, el hambre, el miedo y la desesperación, que puede ser, en estas condiciones, la ¿significado del amor? ¿Y cómo afectan los actos de violencia cotidianos a la autoconfianza del ser humano? ¿Todavía hay esperanza para el individuo que enfrenta una aniquilación espiritual que parece inminente?

         Nancy Scheper-Hughes ilustra muchas de sus observaciones con ejemplos de la literatura del continente, incluyendo, por inesperado que sea, extractos de las novelas de Clarice Lispector, la escritora brasileña que conmocionó, convenció y conquistó a los lectores del espacio cultural del Nuevo Mundo, dominado por una visión patriarcal (estética y ética). Así, la novela La hora de la estrella, publicada en 1977, poco después de la muerte de Lispector, representaría, a través del trágico destino de Macabea, una de las expresiones más evidentes de la indiferencia y la violencia enmascarada de la sociedad accionando contra los pobres y excluidos. Eso sí, si nos referimos a las formas más evidentes de violencia social o sus manifestaciones extremas, como guerras fratricidas o conflictos de todo tipo que marcaron la historia de América del Sur, a los inimaginables actos de tortura que aquí se produjeron, las expresiones violencia en La hora de la estrella o cualquier otro texto de Clarice Lispector parecen más bien abstractos, cerebrales y simbólicos. Pero es precisamente en este nivel simbólico donde radica su fuerza, que lleva al lector a meditar sobre la fragilidad de la condición humana e, indirectamente, sobre la imagen global de un mundo con demasiada frecuencia basada en el uso de la fuerza, el abuso y la brutalidad. Lo mismo ocurre en la creación de otros grandes escritores latinoamericanos que analizaremos en este libro, como Guillermo Cabrera Infante, José Donoso, Roberto Bolaño o Mario Vargas Llosa. No será, por supuesto, una lectura exhaustiva de sus trabajos, siempre que haya elegido, para cada uno de ellos, sólo unos pocos títulos (novelas o volúmenes de prosa corta) para ilustrar algunas coordenadas de la literatura latinoamericana contemporánea y especialmente la forma en que aquí se desarrollan y reconfiguran constantemente dos grandes temas: la violencia y el exilio.

         La filosofía occidental ha creído durante mucho tiempo que la violencia podría explicarse a través y desde la perspectiva de causas naturales, biológicas, sociales o políticas. Por lo tanto, solo aparentemente paradójicamente, algunos pensadores incluso han afirmado que unas formas específicas de violencia pueden, en determinadas condiciones, anular otras, y el recurso a la crueldad o las manifestaciones brutales se considera una especie de solución compensatoria a los problemas que la sociedad ha enfrentado en ocasiones. América Latina es, en el contexto del mundo contemporáneo, una de las áreas de violencia más marcadas, lo que se evidencia en muchos países, convirtiéndose en una realidad general, capaz de definir la nueva y trágica identidad del viejo Nuevo Mundo. Simbólicamente, México parece representar uno de los puntos más candentes del desencadenamiento de la barbaridad en este continente, pero también el espacio cultural donde ha habido, especialmente en las últimas décadas, numerosos intentos de definir y explicar esta nueva realidad, sobre todo a partir de la cuenta de la perspectiva de la relación entre el Estado y la violencia, como veremos en las novelas de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes (1998) y 2666, donde la mayoría de las acciones en las que se involucran los personajes se desarrollan en México.

          Pero la violencia, a veces en las formas más inesperadas, también marca la extraordinaria novela de José Donoso, El obsceno pájaro de la noche (1970), y también el asombroso texto de Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres (1965), llamado novela por unos críticos, a pesar de la oposición declarada del autor. En América Latina, el problema de la violencia casi siempre aparece junto al sentimiento de inseguridad que experimentan comunidades humanas enteras cuando se enfrentan a las realidades de un universo en el que parece que solo la fuerza bruta puede hablar. Porque la violencia se ha convertido, lamentablemente, en una de las señas de identidad de la nueva identidad latinoamericana, una especie de «ciudadanía simbólica» (como la llamó Susana Rotker)[2], en tanto que las actitudes duras o duras han cambiado profundamente, especialmente en el último siglo, las relaciones entre personas de todo el continente, la violencia se convierte en una verdadera «obsesión omnipresente» en este mundo, dominando todo y pudiendo caracterizar cualquier cosa y casi cualquier persona. El fenómeno fue explicado, en parte, (y) por la difícil situación que atraviesan muchos estados latinoamericanos al final de las dictaduras que marcaron el continente, desde Colombia o Argentina hasta Brasil y Perú, pero también por las relaciones interpersonales e interestatales marcadas por las guerras que han tenido lugar en América Latina desde la independencia de los países aquí de las potencias europeas.

          La vida cotidiana de la gente ha cambiado gradualmente, el estado de emergencia se ha convertido en la regla, no la excepción, la escasez de alimentos o combustible es la norma, por lo que la supervivencia en condiciones difíciles se ha convertido en la preocupación más importante. Pero, ¿qué determina la fascinación del público por un tema como la violencia? ¿Qué significa un acto de violencia relatado en una historia o una serie de crímenes en una novela de cien páginas? Más allá de la inclinación hacia lo fácil sensacionalista y los detalles que sostienen la portada de los tabloides, el lector descubre, en todos estos textos, como intentaremos demostrar a lo largo de este libro, que la violencia expresa «el sentimiento trágico de la historia a través de la alegoría», como bien dice Walter Benjamin. La literatura que aborda el tema de la violencia en América Latina tiene, por tanto, el papel de acercar al lector otro lado de la historia del sufrimiento mundial, visto a través de los ojos de las víctimas, pero a veces desde la perspectiva de los agresores, para dar cuentas, de esta manera, por las posibilidades de salvar a una humanidad aprisionada en un círculo de horrores y barbarie del que a veces parece no poder o no querer salir. Lo cierto es que uno de los efectos del estallido de la violencia (no solo en América Latina), con implicaciones sumamente importantes, será el exilio. Porque, ante la cruda realidad de un mundo en el que el diálogo es anulado por la fuerza bruta o las acciones deliberadas de regímenes políticos autoritarios, el ser humano muchas veces optará por irse, la dolorosa ruptura de los lazos con su patria, su hogar, a veces incluso la familia, en un intento desesperado por salvarse. Y esto se refleja en la literatura, especialmente en la literatura latinoamericana del siglo pasado, si consideramos que, muchas veces, los propios escritores han tenido que enfrentar estos desafíos. Por ejemplo, Guillermo Cabrera Infante deja Cuba y su amada ciudad La Habana, para establecerse en Europa, luego de entrar en conflicto con el régimen de Fidel Castro. El chileno José Donoso pasa muchos años en el exilio en México, Estados Unidos y España, Roberto Bolaño (también chileno) teniendo una verdadera existencia de peregrino-exiliado, como sus protagonistas, atravesando América Latina por todas partes, para finalmente establecerse en Barcelona. No olvidemos el caso especial de Clarice Lispector, que llega muy temprano a Brasil, refugiándose su familia en Ucrania durante los pogromos de los años veinte del siglo pasado. Y los ejemplos pueden continuar.

          No será una sorpresa para el lector descubrir que muchos de los personajes que encontramos en la obra de estos escritores también enfrentan diversas formas de violencia, ya sea violencia física o simbólica, como en Tres tristes tigres, o incluso con la amenaza de un inminente fin del mundo (metafórico, como en El obsceno pájaro de la noche, o por el contrario, extremadamente real en todos sus datos históricos, si piensa en la gran novela de Mario Vargas Llosa, La guerra del fin del mundo). No sorprenderá que algunos de estos personajes encuentren en el exilio la única (o al menos posible) solución a todos sus problemas. Y todo se convierte en una especie de antídoto alegórico incluso frente a un mundo que se desmorona o incluso da la sensación de que está viviendo, a menudo con violencia, sus últimos momentos. Las imágenes apocalípticas no faltan, precisamente por eso, en los textos de los escritores que hemos considerado a lo largo de este libro, siendo el Apocalipsis, en la América Latina contemporánea (y en su literatura), una respuesta inesperada, quizás, al idealismo utópico que dominó este universo en el período posterior a la Conquista.

          “El exilio viene de lejos”, escribió St. John Perse; y es verdad. Porque el primer texto conocido dedicado al exilio en la cultura occidental es el firmado por Aristipo de Cirene, uno de los discípulos de Sócrates, cuyo título (citado por Diógenes Laertius) es En nombre de los exiliados[3]; después, Plutarco escribió el tratado Sobre el exilio. Y si algunas características del exilio contemporáneo corresponden a condiciones económicas, sociales o políticas específicas, hay una serie de elementos comunes a todas las épocas y a todos los exiliados, que discutiremos en los siguientes capítulos, haciendo referencia a la obra de los autores analizados en este libro. Los escritores en el exilio fueron a menudo vistos como prisioneros entre diferentes realidades, obligados a adaptarse a una forma de vida binaria, a pensar y a estructurar el material literario, asqueados o afligidos por las circunstancias que los hicieron irse (y que, a menudo, considerarán tan importantes que intentarán, incluso inconscientemente, separarse de su tierra natal y ya no podrán interpretarla como el hogar familiar), pero al mismo tiempo alimentando la nostalgia por los lugares que les quedan, aunque a veces ni siquiera ellos quiera o no pueda admitirlo (y el caso de Roberto Bolaño es quizás el más edificante en este sentido). Por un lado, intentarán configurar una nueva identidad, incluso literaria, pero también mantener, aunque sea discretamente, la antigua, muchas veces imposible de olvidar, prueba de que la propia condición del exilio permite a estos escritores y a sus lectores a explorar la complejidad de la identidad personal y humana.

          No nos detendremos ahora en otras explicaciones, dado que se desarrollarán en los siguientes capítulos de este libro dedicados a los significados del exilio y la violencia en la literatura latinoamericana del siglo XX. Hasta qué punto la violencia causa el exilio o cómo puede, en determinadas situaciones, incluso el exilio causar violencia (incluso a nivel lingüístico), especialmente en el complicado contexto del Nuevo Mundo, son las cuestiones principales que hemos tratado de aclarar en los análisis e interpretaciones dedicados a los cinco escritores y sus creaciones representativas de estos grandes temas de la literatura. Temas que se pueden expresar mediante dos símbolos, el tigre y la estrella, que encontramos en los títulos de dos de los textos que hemos considerado importantes para todo lo que significa la literatura latinoamericana contemporánea: Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, y La hora de la estrella de Clarice Lispector. Si el tigre encarna alegóricamente las imágenes de crueldad y poder, de fuerza a veces incontrolable, de violencia dominante, la estrella envía a un universo diferente, lejano, al que el ser humano se dirige con esperanza o quizás con miedo, así como sucedió con muchos de los exiliados (latinoamericanos o no) del siglo pasado, ya sean escritores o figuras literarias, que partieron de casa hacia países de la promesa que nadie les había prometido muchas veces, pero que eran (o al menos lo hicieron) les pareció), en un momento, la única posibilidad de salvación. Violencia y exilio, amenaza y esperanza, descubrimiento o redescubrimiento del mundo son algunas de las coordenadas que dominan buena parte de la literatura latinoamericana del siglo XX. O, en las palabras de Jorge Luís Borges del poema El otro tigre: “Es un tigre de símbolos y sombras/ una serie de tropos literarios/ y de memorias de la enciclopedia

                                                                                                                     Rodica Grigore


MANIFIESTO SOLIPSISTA



 
 

Soy un mensaje a la deriva.

 

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Floto en la nada voluptuosa.

 

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Fragmento urdido en el vacío.

 

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Nadificante nada nadadora.

 

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Soy mi único estímulo.

 

*

Esta frase concierne al universo entero.


*


Me besa el deseo de ser.

 

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Entre vacío y vacío debiera hallarse algo.

 

*

Desolación perpetua: soy mi mensaje.

 

*

 

Aspiro a constituirme en frase, en trémulo sintagma.

 

*

 

 

Soy mi centro y mi afuera.

 

*


Cuando estoy ausente sólo estoy conmigo mismo.

 

*

 

Quién escribe sino ese otro que soy yo.

 

*

 

El deseo quisiera sacarme de mí hacia ti.

 

*

 

Soy mi confín.

 

*

El universo es esférico, como una hermosa y pulida nalga.

 

*

 

Tanta evidencia de mi en mí, me hace fantasmagórico.

 

*

 

Un complemento me desbordaría.

 

*


 

Yo: vuelo rasante de la hora vacía.

 

*

 

La nada acaba ocupando demasiado espacio en mi mente.

 

*

Estoy fascinado con cuánto soy dentro de mí.

 

*

 

Soy un instante perpetuo.

 

*

 

El vacío cósmico, cobra conciencia de sí gracias a mi presencia.

 

*

 

Soy mi punto de referencia.

 

*

 

Fatalmente habito en mí.

 

*


Al segundo siguiente, quizás deje de ser.

 

*

 

Mi pensamiento articula músicas internas, arrullos eléctricos.

 

*

 

Soy exterioridad e interioridad absolutas.

 

*

 

Soy el centro desplazable del vacío sideral.

 

*

 

Soy siempre centro.

 

*

 

Soy emisor y destinatario al mismo tiempo.

 

*



El que seré dentro de un par de horas es mi descendencia futura inmediata.

 

*

 

Soy el texto probable de una canción. Pero nadie me canta.

 

*

 

Mi pureza es presidio de horas corredizas y solas.

 

*

 

No puedo besarte. Eres la aurora y yo el crepúsculo de la tarde.

 

*

 

Ayer fui de otra época.

 

*



Soy un fragmento completo.

 

*

Mi pensamiento es un fulgor remoto para el mundo.

 

*

 

El cerebro es un medio. Yo soy el fin de mi trayecto.

 

*

Tu mirada sería un acontecimiento perturbador.

*

 

Al mirarme, entras en mí.

 

*

He conseguido la desolación perfecta: ser mi único confidente.

 

*

La nada me viola anodinamente.

 

*

En el mejor de los casos, emito filamentos etéreos: sintagmas de pensamiento.

 

*

 

Pensé en ti y me abrumó la gente que éramos.

 

*




Mi memoria es más que yo.

 

*

 

Soy una discreta cantidad cualitativa.

 

*

El mundo es una galaxia de bellezas y monstruosidades. Me desborda sólo pensarlo.

 

*


Una coma añadida cuestiona mi harmonía.

 

*

Sueño con los ojos abiertos.

 

*

Para mí eres un exceso de detalles y circunstancias.

*

 

Conozco bien algo fuera de mí: el trayecto de los reflejos de la luz en la noche astral.

 

*

A partir de mí, el vacío gira en urdimbres soleadas de nada.

 

*

Soy una cuña blanda en la porosidad del espacio.

 

*

Mi harmonía es furtiva. Mi felicidad, fenoménica.

 

*

En la humilde eternidad que habito, soy lo mejor que me ha ocurrido.

 

*




Mi testimonio es apenas un sueño.

 

*

Soy un cautivo celeste. Nadie puede alcanzarme.

 

*

La prerrogativa para la comunicación: silencio.

 

*

A veces no coincido con mis opiniones.

 

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En estelas celestes se inscriben los nombres de los poetas eternos.

 

*

 

Soy un punto definitivamente aparte.

 

 

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Plotino bendijo lo Uno. Soy una de sus esquirlas.

 

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Me autocontengo en percepciones. Como evento, la conciencia confirma la enormidad existente,

 

*  

 

Eres inalcanzable como un sueño, por lo tanto sólo haré una cosa: soñarte.

 

*

 

Soy reflexión bulímica.

 

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Una regularidad de accidentes conforma mi creatura sideral.

 

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Mi imaginación es asistemática. Concibo universos de pura chiripa u orden infuso.

 

*

Apenas te interese uno de mis cabellos me involucro en ti.

 

*

 

Diré el vacío que me rodea con mi silencio.

 

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La pereza me prohíbe emprender épicas. Líricamente, soy un punto de gravitación convulsa.

 

*

 

La información no contiene a lo informado. Eso sólo lo puede hacer un poema, un cuadro.

 

*

 

Me trascendería en ti si no fueras otro universo y por ello, conflictivo.

*

 

A veces soy ficción pura. El mayor dandismo imaginable.

 

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No conozco al guionista de mi vida.

 

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Mi alma es un cuerpo venturoso.

 

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Mi cuerpo es un espíritu que viaja en la intelección.

 

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El infinito amontona términos sin fin. La eternidad es ageométrica, festeja.

 

*

 

Soy amanuense de una perplejidad: yo y el universo.

 

*

 

La imaginación me hace ser solidario de la multiplicidad.

 

*

 

Devendrá lo que soñamos.

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*

 

Somos símbolos en transición.

 

*

 

Seré alguien mejor que yo. Me espero (a mí).

 

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IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...