viernes, 24 de enero de 2020

MISTERIOS DE LA REPRESENTACIÓN.





Lo que más me intriga de esta exquisita tela de Leighton es el entorno arquitectónico que acoge a las figuras: ese espacio entre sacro y hermético, como si fuera una especie de templo en el que se impartieran las grandes Ciencias y las más sublimes Artes. También ha estimulado mi imaginario particular. Siempre he creído que cada época, por muy pobre o miserable que sea,  por muchos períodos de decadencia o indigencia creativa por los que haya pasado, esconde, como su tesoro más secreto, la capacidad imaginativa de idear los más bellos paisajes y mundos como expresión de lo que podría realizar si las condiciones fueran propicias. Por mucho que yo quiera pensar en lo mejor, el siglo XIX posee unos cuantos elementos negativos en su historia y la suntuosidad del fondo de esta obra, contrasta, insólitamente con la imagen mental que  tengo de la época en que ha sido pintada.

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Francesca Woodman estratégicamente atrincherada en el centro de su taller. La imagen es bastante interesante, nos permite comprobar con detalle los objetos y cosas de que se rodea la artista. La foto podría ser de mediados de los setenta, pues se ve a Francesca muy joven. ¿A mediados de los setenta qué nos podríamos encontrar en el taller de un fotógrafo experimental? Hay libros, lámparas, telas, espejos, botellas, pequeños jarrones, relojes, al menos uno que es despertador y que parece marcar la una o las dos y media de la tarde; cajas, sillones, macetas colgantes, una gran radio con la antena desplegada, botes de pintura, más telas o tejidos o restos de trajes… La luz del mediodía italiano entra por los grandes ventanales y como la imagen está poco contrastada, el cuerpo de Francesca se camufla, se invisibiliza un tanto entre el abigarrado montón de elementos que pueblan su espacio íntimo de creación. El grato desorden rodea a la artista escoltándola, arropándola, como si fuera una reina en el centro de las energías dominando, controlando el caos.

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Me encanta esta foto de Roland Barthes en plena actividad teorética. Esa mesa de diseño, esa frondosa moqueta setentera, los papeles ordenadamente dispersos y el aspecto deportivo del escritor, le dan un aire de grata actividad a la imagen. El detalle del pequeño vaso con flores en el centro de la mesa revela una complicidad de lo natural y la poesía con las tareas elitistas del pensamiento.


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Qué extraña me ha parecido siempre esta pintura del prerrafaelista Hunt, La luz del mundo. Siempre he creído que el personaje que porta la luz o era un filósofo presocrático o una especie de mago, cuando, al parecer, a quien representa es al mismísimo Cristo. Me confundía el rostro y la túnica, sin acertar a distinguir que lleva la corona de espinas sumida en sombras. La fosfórica luz verdosa del cuadro es alucinógena.    

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Obra del pintor francés Luigi Loir. Las pinturas de aspecto pobre son a veces las artísticamente más veraces. Esta pieza de Loir, un pintor decimonónico que he conocido a través de la red, es toda una breve y condensada lección del tratamiento de la luz. La luminosidad que flota en el ambiente, reflejo del sol que ya casi se ha puesto del todo, la humilde pero viva y precisa luz artificial de que se dispone insinuada por puntos luminosos,  los conjuntos de sombras en que se han convertido los pocos ciudadanos que todavía se ven envueltos en actividad a la caída de la tarde, están expresados genialmente con una pincelada rugosa y equívocamente basta. La captación de la realidad natural es, teniendo en cuenta la disminución de luz, fotográfica. En esta obra hay realidad, el aspecto apesadumbrado de ésta, no se esquiva sino que se la representa tal cual se ve y percibe.

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¿Por qué algunos períodos históricos o épocas se especializan casi por inercia en producir espectros como habitantes habituales del mundo, hasta el punto de que tales espectros definan, sean el eje, no tan secreto, de tales épocas? Las señoras, no del romanticismo, sino del período simbolista, son a veces, inquietantes.


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En la película Caniche de Bigas Luna hay una escena que apenas dura un par de segundos y que es casi copia de esta pintura de un chalé de lujo en California. El efecto de la escena fílmica es fascinador, del mismo modo que esta piscina recortada por la luz en las sombras de la noche, evoca embriagueces de color y luz en su grafismo escueto. Las asociaciones pueden multiplicarse pero me parece que todas se enfilan hacia una misma tendencia: voluptuosidad, juego, somera felicidad.   

jueves, 23 de enero de 2020

UNA VISITA A PORTUGAL. Hans Christian Andersen





Andersen estaba obsesionado con España, con lo que iba a encontrar en nuestro país, y sobre todo, con las mujeres españolas, de mirada ardiente y cautivadora. Antes de esta incursión en tierras portuguesas, Andersen atravesó la piel de toro y se quedó asombrado con la desmitificación de los estereotipos que sobre los españoles circulaban: estaba temeroso tanto de los malos servicios de las diligencias como de la peligrosidad de los caminos españoles infectados de bandoleros, aunque para su pasmo, las diligencias funcionaran perfectamente y no se topara con ningún ladrón ni sufriera en todo su viaje, percance denunciable alguno. Andersen venía de admirar la cultura francesa y cuando llega a Barcelona se queda patidifuso ante los restaurants que juzga mejores y más grandes que los galos. Disfruta hasta el éxtasis con el paisaje, con el clima, con los rostros pícaros de las españolas y sus piececitos tan pequeños. Admira el casino de Murcia, donde toma algún refrigerio y no descubre lo que es una auténtica posada española hasta llegar a…¡Orihuela!, - alguna casa ubicada en lo que hoy es la pedanía de Desamparados - ciudad en la que se reseña el aspecto de la catedral y el cuartel de artillería. Cito este recorrido de Andersen por nuestros lares, porque en comparación, su viaje a Portugal, aunque agradable y no desprovisto de descubrimientos, no supuso para Andersen idéntico disfrute de destinos envueltos en una mitología romántica previa.
En Portugal tiene la suerte de que un miembro oficial del gobierno luso que, además, dominaba el idioma de Andersen, lo acogiera en su casa. La relación posterior con personas de la embajada, añadió comodidad y seguridad al camino que Andersen realizó en Portugal.
Ya conocemos lo que un viaje implica de estimulante e iluminador tanto para el cuerpo como para la psique,  y podemos imaginar de qué sabrosas y excitantes expectativas se  pertrechaban los viajes a tierras lejanas  en otros tiempos.
El viaje a Portugal se traduce en visitar casas de amigos, palacios, conventos, fincas, ciudades y pueblos sin grandes anécdotas a destacar. Aunque ya ha viajado a España, con el consecuente choque entre realidad y estereotipo, en Portugal se sabe, todavía, en paradero cálido, y subsisten los prejuicios. Al viajar por el Tajo, las personas con las que se encuentra en el barco o leen el periódico, o se protegen del sol con sombrillas o se dedican a jugar si son niños. Andersen ve aquello tan tranquilo y habitual, es decir, tan poco pintoresco,  que le sorprende encontrarse en un país del sur…
Pero también habrá momentos de expansión y fiesta, junto al fuego, bajo las estrellas,  de los que se quedan grabados en el alma y que impactarán en el recordatorio de nuestro viajero. En el vapor en que regresa a Burdeos para de allí, partir a Dinamarca, su país, se produce algo de significativo simbolismo teniendo en cuenta que es ya el último tramo de su viaje: sin poder dormir ni atreverse a encerrarse en su camarote, piensa en la muerte de una conocida suya, cuando se incendió el barco en el que viajaba. Angustiado, sale a cubierta y descubre la infinitud del mar, que en plena madrugada, resplandece con luminosidad propia bajo el cielo de la noche. La belleza  de la vista es tan poderosa que le reconforta de sus inquietudes y consigue que el escritor danés, duerma tranquilo hasta el amanecer. Para entonces, ya se encontrarán atravesando el golfo de Vizcaya y pronto alcanzarán las costas de Francia. A nuestro viajero le costará despedirse, pese a todo, de tan bonito país de las latitudes meridionales, que le ha dado ocasión para evocar a Camoens entre árboles de pimienta y estanques repletos de lirios de agua.     

martes, 21 de enero de 2020

CARTA FLORENTINA. Guillermo Carnero





Confieso que tras la untuosa sesión que me han procurado los versos de este largo poema, sólo secuenciado por un par de pausas, el hallazgo, cerca del final, de: Nunca me he probado palabras como putas sostenes, más que a tono confidencial me ha sonado a exabrupto, directamente.
Cierto es que lo formal, incluido, hasta cierto punto,  lo que suele conceptuarse como  licencia poética,  puede convertirse en pretexto para invocar todo motivo u objeto, sin rendir cuentas a la realidad. Esto es legítimo cuando sirve  para preservar la cohesión del poema, el conjunto harmónico de la obra. Dentro de este registro cabe la llamada metafórica a los campos de batalla, motivo tan poética y épicamente fecundo, aunque ya un tanto anacrónico, pues hace bastante tiempo que los campos de batalla de verdad dejaron de ser motivos de ensayo poético. Sólo conservan este cariz los antiguos, es decir, de los que no tenemos fotografías y en los que no se produjeron, ni por asomo, intentos de genocidio ni simples crímenes.  

A excepción de estas dos matizaciones, este poemario último de Carnero nos vuelve a demostrar al maestro que es el autor valenciano, por un lado, y por otro,  que la poesía es el territorio exquisito para la expresión y para la más profunda de las demandas. El poder de la música para avivar la memoria, las alusiones a pintores de la época renacentista y prerrafaelista o rincones de Lisboa henchidos de belleza recóndita, son los elementos de un escenario que fluye al son de los versos y nos descubre qué margen es el que escoge el poeta para cribar su veredicto. En este sentido, sorprende la independencia que Carnero sostiene en la elección de sus temas y musas, ante la multitudinaria broza que intenta amontonarse, diariamente, ante las puertas de nuestros humildes refugios. Todavía, desde la creatividad poética es posible trazar los itinerarios de tiempos propios y de sensibilidades no enajenadas.    

miércoles, 15 de enero de 2020

PUNCIONES IV


He estado visionando una amplia selección de los programas televisivos de A fondo, del periodista Joaquín Soler Serrano – por cierto, me ha sorprendido que naciera en Murcia-. Un giro distinto a la costumbre del día ha provocado que me haya demorado delante de la pantalla del ordenador. Finalmente qué sensación de entrañable humanidad y festejo de la inteligencia. La belleza moral, la inteligencia no se exhiben violentamente ni lo son contra nadie. Eso es lo estremecedor en todos los entrevistados y que resulta del visionamiento de las entrevistas: nada de lo maravilloso que hay en las personas es resultado de un control dirigido contra alguien o algo. Todo el mundo es inocente de la agudeza y creatividad que posee, todo el mundo, mientras ha sido consecuente con su vocación, y ha efectuado todos los pasos naturales y vitales de la existencia, resulta salvado por ese cumplimiento en el mejoramiento del mundo. A punto de llorar por el tesoro de belleza y humanidad que reside en cada uno de nosotros,   ejemplificado, en este caso, en las vidas de estos creadores, escritores o científicos entrevistados.










El cerebro y las movedizas y engañosas pareidolias.
Cae polvo de talco en el suelo del cuarto de baño. Lo piso, inadvertidamente y  me doy cuenta después de las sorpresivas figuras que se han formado por azar. Varias caras de héroes de Marvel: el hombre de hierro o el capitán América. Las figuras son tan insólitamente claras que decido fotografiarlas. Con la cámara digital, hago unas cuantas fotos desde distintas perspectivas, apuntando a las caras y cuando voy a pasar las fotos al ordenador, ante mi pasmo, lo que sale es un gran borrón en el que es imposible distinguir nada. Me sorprende bastante porque yo veía, distinguía perfectamente, las caras. Es la cámara quien  no parece verlas…. Posiblemente lo que la cámara haya registrado sea lo que objetivamente se ve en el suelo, y las figuras que yo advierto, son construcción de mi cerebro, una traducción de los tiznajos y arrastrones del polvo sobre el suelo.  Es decir, que la cámara es incapaz de inventar, de amoldar sombras hasta darles forma inteligible, cosa que yo hago sin darme cuenta: soy yo quien delinea y esclarece la broza que tengo delante. Mi cerebro prefuiere ver formas a no ver nada.   

lunes, 13 de enero de 2020




CIRCUNSTANCIAS DE LA SIESTA

He disfrutado de la fantasmidad solar de las siestas. De modo especial y casi formal, con la práctica fotográfica,  que ha sido, también, la práctica de una poética.  Tal poética se articulaba espacialmente y situaba el instante de la revelación en ese momento fugaz y entrañablemente pródigo, que se producía cuando, mientras caminaba o señalaba motivos para fotografiar, el abandono que alentaba los lugares que escogía para deambular con la máquina, propiciaban la ensoñación y era el propio tiempo lo que te rodeaba con su cerco invisible y te sumía en la ingravidez fascinada.
Recorría, los sábados por la tarde, las periferias de las ciudades que podía visitar   sin gran riesgo de perderme – Murcia, Alicante, Elche -  y me desplazaba alerta, pendiente de reflejos, sombras, casualidades visuales, peregrinas conformaciones en torno del paisaje semiurbano…
El placer, el secreto místico de disfrutar de las luminosidades espectrales de la siesta, consistía, elementalmente, en el aislamiento, paradójicamente, que la potencia de la luz podía producir en el ámbito de lo que iluminaba, es decir: el tiempo se replegaba sobre sí mismo, la siesta era una hora invisibilizada, suspendida sobre el propio tiempo. Mientras andurreaba por ahí con la cámara a cuestas a las seis de la tarde de un día de junio, por ejemplo, había un momento en que, bajo la luz contundente del sol, me encontraba fuera de la historia y de la memoria de los vivos. La sensación era tan intensa como embriagadora. No era una sensación fatalista ni de tintes destructores. Simplemente, habitar tanta luz te borraba de la vida corriente, de la conciencia concreta y fluyente. La siesta es una suspensión del tiempo y del espacio dentro del espacio y del tiempo. Lo remoto, en ese instante era el mundo, pero también tu protesta, tu inicio de reacción a ser aniquilado entre olas de luz. Ningún camuflaje más sutil. Estar velado por la luz, estando a plena luz.
Esta imagen corresponde a uno de los primeros carretes en blanco y negro que utilicé, en mayo de 1991.
Tras la lonja de Murcia, por aquella zona, me fui alejando cada vez más del centro visible, hacia casi el límite de la ciudad. Me encontré con unas edificaciones recientes, con bajos todavía vacíos o semivacíos, en los que apenas se habían instalado los comercios.
Ante el ventanal de uno de aquellos bajos, me fijé en el juego de reflejos que hacía el cristal, y disparé el objetivo.
Se trata de un paisaje pobre, sólo extraordinariamente vivificado en su escasa representatividad por la luz que se extendía. Los signos dispersos de actividad que se divisan por el cristal, la demarcación del espacio casi vacío, la fusión de imágenes bajo la compacidad transparente de la luz, el aire de confusión y de abandono... Todo esto es lo que puede percibirse en la foto, esto es lo que compone su narrativa mínima. Y es en esa pobreza, en ese desierto poblado de nada y de puros reflejos, en donde yo me he sumido hasta asemejarme a los objetos, a las purezas y virtualidades de las cosas,  - abismo blanco y modesto, espacio neutro de la mirada ansiosa- lugar sin confinación en el que me soñé visitador de las sustancias y de las etéreas conformaciones. Y reparar que este tipo de fotografía que capta espacios desolados tomados por la luz esconde una alusión elogiosa al poder de la vida: permitirnos el lujo de lo pobre, sabiendo que la imagen es una generosidad lírica de esa confianza en las energías de lo vivo.



martes, 7 de enero de 2020

POEMA


Tras las campanadas de fin de año, sentí una fugaz llamada de las musas. Creí que me iba a salir un himno en honor del universo universal, pero no: el rezumamiento interior se refirió a sensorialidades tópicas e imágenes más tópicas aún.   





     ROSA UMBRÁTIL

La densa rosa unísona
se enciende ante ti.
Siempre ha estado ahí,
al borde de la luz,
memoria de pétalos
recordando a la memoria
que crea laberintos.

Repetición alucinada,
acontecimiento
en el extremo del tallo,
acariciando el fanal de aire
que envasa su perfume.

Persiste cuando el arroyo
saluda su efigie de seda.
Rosa floreciendo,
espiral sin agravio,
desdén mirífico de la naturaleza
esta flor que gira quieta
desde la umbría.

                              Nochevieja, 2020.

lunes, 6 de enero de 2020

PUNCIONES III




Recuerdo,siendo un crío, en la década de los setenta, cómo me fascinaba comprobar que llegaría a vivir en el año 2000. Era algo que comentábamos los compañeros de colegio, entusiasmados: íbamos a alcanzar en vida, siendo adultos,el mito del año 2000. Después, pasados los años y décadas y traspasada la meta del siglo, nada mágico ha pasado. A excepción de la universalización comunicativa de las redes, conceptuada como acontecimiento cultural y social, ni volamos por el aire a voluntad ni atravesamos paredes ni poseemos ningún supercuerpo, ni poseemos la inmortalidad ni , por otro lado, sospechábamos para nada el mundo de lo virtual en que andamos sumidos hoy. El mito futurista del 2000 no se cumplió, al menos con respecto a las fantasías adolescentes de toda una generación; incluso, tal cosa se convirtió, bien pronto, en una antigualla relativa a la mística de los números y cifras. Esa melancólica comprobación, tuvo un vaticinador: el tan agudo como prontamente relegado escritor francés Jean Baudrillard. Quien hizo famoso el enunciado “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”, sometió a minucioso análisis los últimos años del siglo, pronosticando muchos de los males que ahora se han instalado en la sociedad. Entre tales pronósticos se encontraba la desmitificación del año 2000 y el cambio de siglo. Resulta extraño el que su obra se haya diluido tan pronto,como si fuera producción específica de la época,  y por lo tanto, sólo fuera válida para ese  tiempo, pero recuerdo bien la extrema lucidez que manaba de sus balances, expresada con una elocuente escritura nada especulativa.





El palimpsesto cibernético.
Qué curioso resulta comprobar cómo persisten nuestros datos en internet, de qué modo pueden ser relativamente, borrados, sin dejar de existir, por ello. El procedimiento por el cual se inicia el borrado de nuestro nombre consiste no en la supresión, sin más, del mismo, sino en su ininteligibilidad por acción acumulativa, es decir: sobre nuestro nombre se coloca, se escribe, se consignan otros nombres o palabras; sobre estos, otros y sobre estos últimos, otros más, y así, indefinidamente. Cuando la palabra o  nombre soporta sobre sí tal número de nuevas inscripciones sucesivas que lo convierten en una maraña indescifrable, en un denso borrón de hilos y urdimbres de cifras, es cuando, al parecer, tus datos, al menos tu nombre, comienza a desaparecer de la red. Aunque sospecho que el poder que permite la estancia originaria de los nombres personales y datos, siempre tendrá alguna manera de hacer regresar la serie de inscripciones que los han ido sepultando. Escribir un texto sobre otro es lo que, primariamente, genera lo que llamamos palimpsesto. La memoria cibernética consiste elementalmente en el procedimiento del palimpsesto, aunque, obviamente, los circuitos de las cifras que nuestros nombres activen, funcionarán y se archivarán de otro inescrutable modo.        



jueves, 2 de enero de 2020





PUNCIONES II

Es algo común constatar que con la perspectiva que da el tiempo sobre las cosas, estas parecen hacerse más claras o inteligibles. Aplicada esta visión a los artistas, por ejemplo,  la distancia temporal se convierte en generosa fuente de sugerencias e imágenes. El azar me ha puesto ante los ojos, últimamente, a dos creadores distintos incluso de género: a Colette, la escritora francesa y a Santiago Rusiñol, el pintor y escritor catalán. No he descubierto nada que no supiera ya de estos personajes: lo que supone un placer nuevo es el recorrer sus vidas y los parajes por los que se movieron y vivieron al ritmo de la navegación internáutica.  De este modo, distinto a si consultara una enciclopedia impresa, el eje de experiencias y de mundos que cada protagonista  suscita en torno a sí, se percibe de un modo más efectivo y fluyente. Cada personaje, produce una red móvil de situaciones, de parajes o de personajes afines que forman un todo vivo, y que nos hace considerar cómo vivieron su época, escenificándose la relevancia histórica que protagonizaron. Esta es la impresión internética, ya digo, distinta a la  más estática de una enciclopedia, pues la red incorpora de modo continuo nuevas informaciones, actualización de datos, fotografías inéditas, etc.,  En torno a Colette gravitan imágenes de cocotte de cabaret, con las de la mujer escritora, aplicada a su folio con su pluma, en la habitación donde trabajaba; imágenes mundanas o  de infancia junto a crónicas periodísticas del escándalo que provocó en una atrevida pantomima; filmaciones en la que publicita la crema que inventó o a la que puso nombre, junto a otras en las que contesta las preguntas del periodista en un documental filmado poco antes de su fallecimiento. Todo estro en un solo envase, en un todo que fluye en la memoria archivada. De Santiago Rusiñol también hay filmaciones, además de fotos y artículos internáuticos: la filmación que recoge momentos del homenaje que le dieron en los años veinte. Examinando todos estos documentos percibimos la riqueza, la cuasi exuberancia de motivos, ocasiones y circunstancias que una persona, y de un modo especial si pertenece al ámbito de la creación o del arte,  puede producir. Todo ese conjunto de situaciones o anécdotas gravitan como imágenes satélites sobre el sujeto y es ahí cuando ello nos obliga a afirmar la soberanía y la dignidad de la persona que ha vivido consecuentemente su vocación y la vida.




Examinando fotografías antiguas y daguerrotipos de desnudos, me encanta comprobar cómo las mujeres al posar sin ocultar el rostro y mirando con tranquilidad, con esa cuasi soberanía a la cámara, demuestran un distanciamiento de su tiempo,  no ser cómplices de las poquedades de su época. Aunque se rodeen de trapos en las imágenes, en realidad no tienen nada que ver con los corsés que les atenazaban el cuerpo ni con la frondosa indumentaria del momento. Al desnudarse, mostraban su verdadero ser, su no militar en las capas prejuiciosas del XIX.   




IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...