lunes, 13 de enero de 2020




CIRCUNSTANCIAS DE LA SIESTA

He disfrutado de la fantasmidad solar de las siestas. De modo especial y casi formal, con la práctica fotográfica,  que ha sido, también, la práctica de una poética.  Tal poética se articulaba espacialmente y situaba el instante de la revelación en ese momento fugaz y entrañablemente pródigo, que se producía cuando, mientras caminaba o señalaba motivos para fotografiar, el abandono que alentaba los lugares que escogía para deambular con la máquina, propiciaban la ensoñación y era el propio tiempo lo que te rodeaba con su cerco invisible y te sumía en la ingravidez fascinada.
Recorría, los sábados por la tarde, las periferias de las ciudades que podía visitar   sin gran riesgo de perderme – Murcia, Alicante, Elche -  y me desplazaba alerta, pendiente de reflejos, sombras, casualidades visuales, peregrinas conformaciones en torno del paisaje semiurbano…
El placer, el secreto místico de disfrutar de las luminosidades espectrales de la siesta, consistía, elementalmente, en el aislamiento, paradójicamente, que la potencia de la luz podía producir en el ámbito de lo que iluminaba, es decir: el tiempo se replegaba sobre sí mismo, la siesta era una hora invisibilizada, suspendida sobre el propio tiempo. Mientras andurreaba por ahí con la cámara a cuestas a las seis de la tarde de un día de junio, por ejemplo, había un momento en que, bajo la luz contundente del sol, me encontraba fuera de la historia y de la memoria de los vivos. La sensación era tan intensa como embriagadora. No era una sensación fatalista ni de tintes destructores. Simplemente, habitar tanta luz te borraba de la vida corriente, de la conciencia concreta y fluyente. La siesta es una suspensión del tiempo y del espacio dentro del espacio y del tiempo. Lo remoto, en ese instante era el mundo, pero también tu protesta, tu inicio de reacción a ser aniquilado entre olas de luz. Ningún camuflaje más sutil. Estar velado por la luz, estando a plena luz.
Esta imagen corresponde a uno de los primeros carretes en blanco y negro que utilicé, en mayo de 1991.
Tras la lonja de Murcia, por aquella zona, me fui alejando cada vez más del centro visible, hacia casi el límite de la ciudad. Me encontré con unas edificaciones recientes, con bajos todavía vacíos o semivacíos, en los que apenas se habían instalado los comercios.
Ante el ventanal de uno de aquellos bajos, me fijé en el juego de reflejos que hacía el cristal, y disparé el objetivo.
Se trata de un paisaje pobre, sólo extraordinariamente vivificado en su escasa representatividad por la luz que se extendía. Los signos dispersos de actividad que se divisan por el cristal, la demarcación del espacio casi vacío, la fusión de imágenes bajo la compacidad transparente de la luz, el aire de confusión y de abandono... Todo esto es lo que puede percibirse en la foto, esto es lo que compone su narrativa mínima. Y es en esa pobreza, en ese desierto poblado de nada y de puros reflejos, en donde yo me he sumido hasta asemejarme a los objetos, a las purezas y virtualidades de las cosas,  - abismo blanco y modesto, espacio neutro de la mirada ansiosa- lugar sin confinación en el que me soñé visitador de las sustancias y de las etéreas conformaciones. Y reparar que este tipo de fotografía que capta espacios desolados tomados por la luz esconde una alusión elogiosa al poder de la vida: permitirnos el lujo de lo pobre, sabiendo que la imagen es una generosidad lírica de esa confianza en las energías de lo vivo.



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