lunes, 28 de junio de 2021

GLOSAS

 


Me fascina esta imagen. Se trata de la poeta Sylvia Plath. La línea de espuma del horizonte marino hace juego con el blanco del traje de baño. Y ese azul intenso contrasta harmónicamente con su pelo rubio (el dorado y el azul prusia siempre combinan bien). Me imagino que viene de la muerte, que regresa hacia el conocimiento y la luz, que ese mar es el otro mundo. Y esa sonrisa tan franca quizá sea el mejor signo para la esperanza. 



Pintura de un autor italiano del XIX, cuyo nombre he perdido entre mis notas. Aquí el motivo más exaltado del romanticismo, el amor entre dos amantes,  ha querido ejecutarse en el lugar menos apropiado: las catacumbas de los capuchinos de Palermo, rodeando de momias a la pareja. El amor vence a la muerte, parece ser el mensaje. Yo aconsejaría salir de allí tras el primer beso. 



Más que el retrato de una muchacha, lo es de su alma o de su espectro. Fue quizá consecuencia última de lo que el romanticismo descubrió, que el simbolismo de fin de siglo se llenara de onirismos y fantasmas como materia exclusiva del objeto estético. 



  

Durante bastante tiempo me negué a leer a Bukowki. Lo consideraba un literato menor y un mal poeta. Finalmente, el interés por la época en que escribió, años sesenta y setenta, me aproximó a él y he acabado leyéndolo. Como yo sólo leía a los más exquisitos de entre los europeos, pensaba que el estilo y la temática de Bukowski serían vulgares y poco interesantes. Ahora que ya lo conozco, creía que iba a ser peor de lo que imaginaba. Sus poemas son como retazos de la historia urbana y marginal de los Estados Unidos, como fotos o pequeñas historias de existencias miserables y melancólicas. Reconozco en sus poemas, ambientes y situaciones vistas en películas de aquellas décadas. Todavía no sé si se mereció el nobel, pero sí que resulta auténtico en lo que cuenta. 

martes, 22 de junio de 2021

OBSERVACIONES, PLIEGO DE NOTAS.



Flaubert y Chopin fueron contemporáneos, pero me cuesta imaginarlos ocupando coordenadas espacio-temporales semejantes: el primero tan elocuente y expresivo y el otro, tan tímido y callado, sublimando su silencio a través del sonido musical.

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Gabriel Miró siempre me ha parecido misterioso. Abordó el misterio poético desde la prosa, desde la consideración de la narrativa . Miró parece atravesado por un legado o por una revelación gravosa, melancólica, hondamente entrañable. Contemplo su rostro y ya no veo al sujeto histórico sino a un alma compleja,  enmarcada, ciertamente, por el aura de un tiempo en transición,  rico en tradiciones y lenguaje. Lo crepuscular en Miró es densidad lingüística, evolución paulatina de un mundo que estaba casi finiquitado.


Leyendo la sandunguera correspondencia de Flaubert con su amante, hay momentos de insólita explosión, de transformación del texto: esos instantes en que entre confesiones y explicaciones, incluye la descripción de su entorno, es decir, cuando aporta una imagen. Tras exponer su pasión y su amor a su prometida, nos describe en un par de líneas el paisaje urbano que se ve desde su ventana abierta, las terrazas de los otros edificios, el haz de callejas solitarias, la niebla que emerge del horizonte tapando casas y chimeneas.. Es ahí que resulta, súbitamente, cercano, como si nos enviara un daguerrotipo que nos impactara en los ojos. Tras una regularidad de elementos abstractos, el texto se materializa, se metamorfosea a través de estas imágenes aisladas y nos arrebata colocándonos, literalmente, en el ambiente de la época. 



Escucho a Chopin y lo comparo con Satie para analizar las diferencias. Chopin parece, durante la mayor parte del tiempo, como más…arcaico, más lejano, más autosuficiente en su lenguaje que chorrea melancolías y evanescencias fascinadoras. Chopin parece una herida que brotara voluptuosa y continuamente. Satie ofrece una cercanía melódica compleja de definir. Su música es atomizada también, como la de Chopin, pero su toque melancólico al ser epocalmente más cercano a nuestra sensibilidad resulta conceptualmente más huidizo y sofisticado. Su humor es más literario que musical, pues algunas de sus piezas al sonar pueden diluirnos en el mar del tiempo con suma facilidad. La música de Satie nos habla de un paraíso que apenas hace un instante se nos fue o hemos perdido. Este último detalle plantea un problema bastante gordo. Pues si el mundo encantador que perdimos fue el de la bohemia, el del París de la Belle Epoque, que empieza a antojársenos algo remoto, ¿qué grado de sensibilidad profética tuvo que tener Satie para comunicárnoslo si él mismo vivió en plenitud aquellos años?

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Ponerse a escribir unas memorias es fastidioso, porque parece que ya cierras  un trato con el mundo, cuando todavía estás perfectamente lúcido y vivo. Es un fragmento de tiempo en el que tu vida fue o se desarrolló con el que tu escritura se va a afanar, acotándolo, observándolo, rediciéndolo a una serie de relaciones e imágenes y sospechando una estructura, es decir, en definitiva, un sentido a todo ello. Y todo esto, si no nos damos prisa en despacharlo se torna artificioso, pues seguirás teniendo trato con ese mundo de cuyo pedazo quieres distanciarte.


jueves, 17 de junio de 2021

MODAS QUE SE PASAN DE MODA, GRAVOSAS MODAS.



Detesto la moda existente en lo que respecta a esos peinados, cortes de pelo y absurdas barbas que se llevan hoy. El corte de pelo me recuerda el tipo de corte que se llevaba en Europa y América por los años treinta y cuarenta (otra época que me resulta igualmente detestable en lo que a modas e indumentarias se refiere). La combinación de ese corte de pelo, que deja abultada la parte superior por la frente, con pequeñas y colgantes coletas ridículas de samurái, y las anacrónicas barbas, le da a la gente un aspecto feroz y antipático, recargado, apostólico y pesado. No sé cómo a las señoras les gustan estas pintas. Los europeos han quedado convertidos en guerreros sumerios antes que en supuestos bohemios de no sé dónde. Trascendiendo cuestiones de gusto, habría que examinar porqué la moda busca lo exasperante y lo bárbaro como seña de identidad. Quizá porque ya no haya naciones cultas sino pueblos errantes, clanes primitivos o grupos. Eso explicaría, en parte, la insólita abundancia de los tatuajes. Si el que se tatúa lo hace para subrayar una identidad, para saberse perteneciente a un colectivo, ese colectivo es ya mundial y nada particular. El tatuaje hoy es puro gregarismo. Todos quieren tatuarse porque quieren verse representados en un grupo, pero como todos padecen la misma ansiedad y la misma desorientación, esta característica común es lo que explica la generalización del tatuaje. Todos pertenecen a un mismo colectivo desconocido. 

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Examinando en una ocasión unas fotos de mi padre junto a unos tíos míos, me admiré de la elegancia con que vestían y se desenvolvían cotidianamente. Chaqueta, corbata y pantalones, como auténticos galanes de cine. Hoy el europeo, ha sacrificado la elegancia por la comodidad: ropa deportiva, cuando no, directamente, chándal y zapatillas. Otra vez, el pobre europeo que vuelve a copiar a los desenfadados norteamericanos porque de allí viene incorporar tales vestimentas en el día a día. El europeo, que ha sido el genio de la invención literaria y la sustancia en la consideración reflexiva de las cosas, claudica de su singularidad ante la vulgaridad instituida y universal.       

martes, 15 de junio de 2021

Z. Jorge Riechman. Premio de Poesía crítica.




No sé hasta qué punto Riechman es un poeta, creo que más bien habría que considerarlo un productor de textos poetiformes y aforísticos. Aunque, en realidad, a estas alturas de la película, tampoco importa mucho: si eres creador de un texto cuyo contenido impresione o descubra algo a alguien, ya puedes considerarte que has cumplido, que has llamado la atención sobre algo o rescatado un matiz importante sobre cualquier materia de las que surcan nuestro dígitomundo.

En este poemario  Riechman pone el grito en el cielo por el lamentable futuro que le espera a nuestro planeta con nosotros dentro. Ser ecologista hoy no puede sino convertirnos en apocalípticos, pues estamos vendiendo nuestra salud al transformar, concienzudamente, la tierra en un basurero.

Ya no hay tiempos para el drama ni para enjundiosas metafísicas: hay que actuar. Y en esa acción está incluido como condición ineludible para el mejoramiento del mundo y de nosotros mismos, el pedir perdón a la propia naturaleza. Riechman lamenta en este punto que nuestro gallito laicismo haya despedido presuntamente, para siempre, a los dioses, que hayamos liquidado esa asunción moral.

A alguno estas incursiones de lo ecológico en la poesía podrían parecerles  panfletarias. Pero sospechando que lo imposible puede ocurrir, creo que las agudas observaciones de Riechman están cargadas de una razón urgente y angustiada.   

 

miércoles, 9 de junio de 2021

DIARIOS. Amarguras, perplejidades.



Una persona a la que conocía muy superficialmente hace algunos años y con la que he tenido la oportunidad de profundizar, últimamente, un poco más ese conocimiento, me cuenta sus dos intentos de suicidio. No sospechaba en absoluto semejante cosa. Me sorprende doblemente por tratarse de alguien que no manifiesta, al menos ostensiblemente, trastorno o extrañeza. Le han diagnosticado una esquizofrenia que, felizmente, se está tratando. Reflexiono sobre la naturaleza diabólica del mal. Es como si cada vez se refugiase en las personas y situaciones más insospechadas, como si aprovechara, incluso, la mismísima transparencia emocional de la persona, para infiltrarse en lo más recóndito y no ser, en principio, percibida.

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Veo los últimos minutos de un documental sobre María Luisa, la duquesa de Parma, sobre su encomiable y regeneradora misión, recuperando la relevancia cultural de la ciudad, tras la derrota y muerte de Napoleón. Contemplando los detalles arquitectónicos y decorados de los palacios y  bibliotecas cuyo sostenimiento gestionó, admirándome de la cantidad y delicadeza de arte que se produjo en el período neoclásico en Italia (1820-30) me doy cuenta de que cuando hay una buena y sana voluntad de hacer cosas, la humanidad crece y progresa. Al final del documental me invade una repentina e insólita melancolía. 


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Profundizar en el recuerdo y reflexión de los que han partido, de la trascendencia de la muerte, del sentido último de la vida, no conviene, no resulta práctico si lo único que logramos, finalmente, es constatar nuestra ignorancia y aumentar la angustia. Habría que vivir la vida en la plenitud emocional y dinámica que nos ofrece y es, no estancarse en consideraciones abismáticas salvo que uno sea un profesional del pensamiento. La vida pide ser vivida. Quemarse el cerebro en lo otro, en la realidad de la no vida, sabiendo que pese a todas las teorías y experiencias, no existe prueba definitiva de su existencia, es sumirnos en la perplejidad y el malestar de un modo irreductible. Por ello, la esperanza hay que ubicarla en otra perspectiva, en la implicación total con lo que cada uno realiza como trabajo, como misión, como vocación.

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No paro de encontrarme en todas las librerías con El ate de la guerra, de un tal Sun Tzu. El componente estético oriental no acaba de seducirme para que lo compre. Que yo sepa la guerra no es, básicamente, sino “el arte” de robar en países extranjeros a los que se invade. He ahí el glamuroso origen de tantos museos insoportablemente famosos: El Brittis Museum o el Louvre.



miércoles, 2 de junio de 2021



CUADERNOS LITERARIOS

Friederich Schlegel 

He leído a Umberto Eco, a Roland Barthes, a Michel Foucault, a Yuri Lotman, a Gadamer, ensayos múltiples de semiótica,  hermenéutica y crítica literaria y al dar con estos cuadernos literarios del pensador  Friederich Schlegel, que recogen un nutrido abanico de aforismos escritos entre 1797 y 1800, me pasmo al constatar que todo estaba ya dicho y bien dicho,  de una manera contundente y aguda por el autor alemán. Resulta sorprendente comprobar la capacidad conceptual de las disquisiciones de Schlegel, la modernidad total de sus consideraciones. Deleuze afirmó que la velocidad del pensamiento era infinita; yo, ante un documento tan brillante como este, diría que también es infinito su alcance. Forjador del término romanticismo, nada menos, basta un ejemplo de este sandunguero muestrario de aforismos para darnos cuenta de ese alcance al que me refiero.

La poesía moderna busca la fantasía moderna absoluta o bien el placer absoluto, la mímica absoluta (Shakespeare), el pathos absoluto, la forma absoluta. El entusiasmo absoluto, el arte absoluto, la ciencia absoluta y, en definitiva, lo absoluto, lo maravilloso absoluto.

En este aforismo, en concreto el número 248, encontramos definidas las ambiciones del simbolismo, del modernismo, del arte total de un Wagner o de un Scriabin,  los sueños de un Rimbaud o las palabras de un Mallarmé o de Breton, las pretensiones de todos los surrealismos, de todas las vanguardias, de todo lo que hemos definido como arte moderno en su rompimiento de barreras y géneros. En definitiva, la conversión del arte en una mística, en el Gran Juego.

Llamando a la poesía moderna poesía progresista, Schlegel introduce un dinamismo total en el arte, dotándolo de objetivos tan indeterminados como múltiples y de una previsible instrumentación experimental. No hay en su perspectiva ninguna redundancia grotesca ni propensión conceptual a lo meramente llamativo. Trascendidas o metamorfoseadas las formas clásicas, la operatividad, la capacidad que se ofrece a la inventiva, al lenguaje, es tan insospechada como desmesurada. El progresismo del que habla ubica al arte en las dimensiones impredecibles y multidireccionales de la temporalidad. A partir de ahí, la aventura de los motivos y empresas del arte es infinita.

 

 

HAIKÚS Y KAKIS

Masaoka Shiki


No sería capaz de diferenciar distintos estilos de haikús, o de afirmar si tales existen. Más bien me parece que todos son iguales, o mejor expresado, que todos se derivan de la misma y primorosa observación de la realidad y del tiempo. La cuestión es que leyendo la selección de esta edición de la obra de Shiki, me he encontrado con el primer haikú que me ha provocado una carcajada y una reflexión filosófica, al mismo tiempo.

 

Maldita mosca.

Cuando quiero matarla,

Ya no se acerca.

Me he imaginado una escena de cine cómico en pleno centro del formal siglo XIX japonés, lo cual desmiente que tal época fuera tan formal, lo cual me lleva, asimismo, a considerar que independientemente de las imágenes que la historia nos ceda de las sociedades, la vivencia del tiempo es siempre la misma: la experiencia libre e individual del presente y que las personas que vivieron en el XIX , fuera este japonés o europeo, no vivían en el pasado, sino en el presente, un presente, cierto es, que para nosotros, es su presente, consideración que vuelve a introducir elementos determinantes en la realidad vivida por personas distantes de nosotros en el tiempo. Al menos, a la mosca le importaba un pito estas observaciones y vivió, y voló, y molestó a los humanos y a Masaoka Shiki, fuera de todo concepto cultural de las horas. Mardita mozca.   

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...