jueves, 26 de enero de 2023

ESTOS DOS LIBROS, POR EJEMPLO.




Cada libro supone una oferta de mundo: lo integra un tipo de escritura y un desarrollo que son en sí, que constituyen  un itinerario simbólico, estilístico, temático, estético.

El azar pone en mis manos un poemario de autor desconocido, hasta ahora, por mí y un libro de ensayos de Octavio Paz, fulgurante y siempre ilustrativo. De uno a otro libro hay diferencias considerables, pero ambos autores son poetas. Tengamos, pues, en cuenta este punto de conexión remota.

 

 


Una antigua labor de los poetas es la de cantar la belleza. Con el transcurrir de los siglos y la sucesión de las distintas estéticas que indican a qué distancia nos encontramos de las deseadas arcadias de la felicidad y del bien, concebimos y describimos las diversas estéticas que componen la historia.

El lugar en que Mihaíl Kuzmín se encuentra es el del deseo, el de la evocación ansiosa. Cantar las bellezas de una Alejandría lejana en el tiempo nos está indicando qué tipo de vida se quiere vivir y en qué mundo se añoraría estar. También es cierto que el poeta, casi por antonomasia, no ha hecho sino cantar las excelencias de paraísos lejanos. Cantar las maravillas o las plenitudes del ahora es algo propio de los modernos o de los muy modernos. Inquirir las teologías del instante pertenece a las vanguardias, a los embargados por la sobreabundancia fantasmática de los presentes imaginables.  

Que un poeta ruso, de destino infausto y casi predecible en la Rusia comunista, escribiera sobre las delicias de una ciudad idealizada y mitificada como Alejandría no me lleva a esa ciudad etérea, precisamente, sino al alma agitada de desesperación y ansia de belleza del propio poeta. Direccionar su interés a civilizaciones remotas indica con la misma proporción su rechazo de las condiciones del momento histórico que le tocó vivir. También es cierto que remontar la inspiración a lugares lejanos y exóticos fue un sello distintivo del movimiento simbolista al que nuestro poeta perteneció. Pero en el caso de Kuzmín hay una variante secreta que reafirma la inquietud: su homosexualidad. Cuando leo las bellezas expresadas en los poemas de  este poeta no me remonto objetivamente a un momento de la historia sin más,  como antes he afirmado,  sino que me gozo con las fantasías con que las que el poeta diseña su gran elegía.

La crueldad de los tiempos modernos se ceba con la belleza. Kuzmín acabó sus días en un gulag. Quizá su gran pecado para con el credo comunista soviético fue tan solo disentir estilísticamente de sus modos y pretensiones. Menudo pecado contra los fanatismos animales.  

 

 



Corriente alterna se compone de una serie de ensayos que Octavio Paz escribió hacia fines de los años sesenta. Teniendo en cuenta el tiempo transcurrido y que ya no somos ni postmodernos sino postindustriales cibernautas en transición probable hacia no se sabe qué, es decir a considerable distancia de hipis y yeyés, leo el texto de Paz no sólo con interés sino con entusiasmo. La escritura de Paz tiene esta virtud: la de articular la información que posee de un modo tan brillantemente contrastado  que la lectura fluye ante la sintética presentación de sus variados contenidos. Se trata de una virtud de poeta. Paz no es especialista en lingüística, historia o filosofía, es su plástica capacidad asimilativa la que nos brinda generosas exposiciones ya sea de momentos revolucionarios, de laberintos políticos o de la naturaleza de los grandes movimientos estéticos. En las páginas de Corriente alterna, Paz nos habla, por ejemplo, de las semejanzas y de las diferencias que hay entre los conceptos de tiempo hindúes y europeos, de la influencia de las drogas en los avances del conocimiento de la realidad, de los matices conceptuales existentes entre revolucionarios y rebeldes, del falso paralelismo entre forma-contenido y significado-significante, del pensamiento de Marshall McLuhan o de la personalidad de André Breton, del destino de la poesía contemporánea, de las alianzas y oposiciones entre movimientos artísticos y políticos, de los paradigmas en evolución del pensamiento occidental….  

Leyendo a Paz se asiste al desenvolvimiento de una imagen dinámica y compleja de las metamorfosis humanas y simbólicas. Esa síntesis que emplea en sus vislumbramientos ensayísticos indica una fascinación ante los eventos universales y un conocimiento secretamente agudo de la urdimbre de sus causas. El talante pedagógico de sus ensayos se explica, precisamente, por su rechazo a la especialización que sustituye por la pasión crítica.  La accesibilidad de sus textos son el resultante lógico de una vocación cognoscitiva y un respeto a las complejas significaciones estéticas y filosóficas de los grandes movimientos universales que pretende tan sólo esbozar. Si los ensayos de Paz fueran meros o profusos textos técnicos no poseerían el atractivo que, efectivamente, tienen en tanto que prosa estilística. Hablar artísticamente de las consecuencias políticas de determinado pensamiento o de la génesis de una imagen de mundo en ciernes, implica no solo la demostración práctica de una capacidad literaria sino un conocimiento matizado y preciso de grandes volúmenes de acontecimiento cultural. Lo repito: don de poeta.  La forma en que se dice algo identifica el corazón, el destino de ese algo. A estas alturas puedo decir que he aprendido más leyendo a Paz que a Borges.

El balance que de la década de los sesenta realiza Paz resulta tan vívido que salvo algún reclamo de ocio y cultura para las clases trabajadoras, sobradamente cumplido en la actualidad, se nos presenta a la lectura libre de microanacronismos o extrañezas analíticas. Paz siempre es tranquilamente audaz. Leyendo estas páginas, he imaginado qué descripción fascinante hubiera hecho sobre internet, qué simbolismos hubiera registrado en el funcionamiento de las redes y qué significaría para el hombre, según su perspectiva, poseer gratuitamente semejante herramienta. Es entonces cuando he percibido la rareza de que alguien dueño de un sol intelectivo como el suyo, no esté con nosotros, de que ahora viajará con la pléyade de autores y poetas sobre los que escribió tan brillantes páginas. 

miércoles, 18 de enero de 2023

DIARIOS. DECIR Y MOSTRAR.




¿La materia de los días? A estas alturas la materia de los días no puede ser sino la constatación de que el tiempo se nos escapa y que huye como arena entre los dedos- ahora caigo que es la misma imagen que utiliza Chantal Maillard en sus diarios para referirse casi a lo mismo - ; de que las personas van desapareciendo-falleciendo y yo no acabo de hacerme sino torpe y penoso dueño de eso que es lo único de lo que se puede disfrutar y dar testimonio: el instante. Y lo característico del instante es no sentir el tiempo. Lo vivido en el instante se convierte en recuerdo frondoso aunque haya durado eso, un instante.

 

 

La muerte es tan opaca, se puede decir tan poco, en realidad, de ella, como afirmaba Wittgenstein, que dan ganas de olvidar todo intento de elaborar una definición satisfactoria  y dejarte llevar por el ruido diario que hacen las personas y las cosas.  Llegar, incluso, a emborracharse tal y como aconsejaba Baudelaire, embriagarse de vicio o virtud con tal de no volver a pensar inútilmente en la gente que ya no está y que definitivamente no va a estar. Pero confieso que esa desaparición súbita de la persona tras la muerte, esa literal fulminación de la persona, de lo que sentía, de lo que juzgaba, de lo que opinaba, de su humor, me fascina, me hunde en una estupefacción total. La pregunta no sé si llega a ser insidiosa o simplemente ridícula: ¿dónde están los muertos? A dónde va lo que han sentido y amado, a dónde. Pregunto, irremediablemente por un espacio, por un maldito lugar en el que discernir un mínimo movimiento o significación de este no ser, de este desaparecer.

 


Hubo épocas en mi vida en que nos atrevíamos a filosofar, antes había gente a mi alrededor que cuestionaba las cosas, que no tenía vergüenza a ser audaz, épocas en que la poesía y cierto talante brillantemente especulativo flotaba en el ambiente. Antes éramos más bohemios. Ahora, apenas formulamos con timidez lo que antes exponíamos con placer al examen intelectivo. Antes éramos con más normalidad, “otros”. Ahora ese otros se ha encarnado en los inmigrantes o en aventuras vitales que se nos pretende vender a través de películas, de análisis sociales. Las prácticas sociales actuales nos han vuelto normales.

 

 

Una percepción confusa, medianamente lúcida de lo que ocurre: ésa es la mejor manera de ir comprendiéndolo todo.

 



Visito una librería y me encuentro con docenas de libros de poesía de perfectos desconocidos (para mí, que no dejo de leer y comprar libros). Muchos son jóvenes y otro porcentaje son escritores de Hispanoamérica, que son los que más confianza me dan con respecto a su calidad literaria. Compruebo a través de las redes que los latinoamericanos son insólitamente corteses con el lenguaje y ofrecen giros coloquiales admirables, infrecuentes por aquí, en España. Ante tanta oferta poetiforme, tengo la sensación de que la poesía se camufla bajo las palabras. Parece que entre todos estos poetas cunde la indistinción estilística, es decir, que no se vislumbra ninguna personalidad verdaderamente interesante. Hoy a los poetas y a los escritores les toca gestionar el inmenso y complejo legado que ha dejado la densa pléyade de artistas de la palabra y del pensamiento que fueron vanguardia y abrieron caminos sorprendentes en la literatura de las últimas décadas. Desde luego, caminos para la experimentación, bueno, todavía los hay pero no son quizá lo prioritario. Aunque, me parece que esto, bien pensado supone o levanta un falso debate. Toda buena experiencia puede revestirse del ropaje del experimento o provocar la sorpresa que produce la creatividad de un buen experimento: algunos yutubers son inventivos y francos en lo que hacen. Las redes han creado una dimensión nueva de la comunicación. No sé hasta qué punto la poesía puede asomarse ahí o emerger del ámbito que estas herramientas suponen.

 


Esa suerte de exquisita ironía con que la razón expone a través de una contundente lucidez las degradaciones en el comportamiento humano: informes sobre asesinos, torturadores, terroristas….

 


 

No creo que la poesía esté en crisis ni que esté pasando ningún mal momento, ni ninguna de esas tonterías que se dicen aplicadas a la narrativa o cualquier otra cosa o moda. Si no hay una poesía clara y divergente del resto monocorde de la producción es porque la vida o la realidad no ofrecen esta semana, este mes, este año, esta década algo verdaderamente preciso y sustantivo, algo propio que por su cumplimiento más o menos secreto ya se ha definido a sí mismo. Las cosas suceden. Tiempo después  nos damos cuenta de lo que ha cambiado, de lo que hemos rechazado y aceptado sin darnos cuenta de ello en ese momento.

 



La realidad es una fuente continua de signos, de misterio. El poeta debe estimular una voluntad de semiólogo, de buscador de significaciones, mensajes, mundos, señales. En el hatillo de sus peregrinaciones debe ir anotando, guardando todo ese rastro sutil que el fluir de los días y nuestra lectura de los mismos va produciendo.

 

 

La promiscuidad humana en las redes. Además, determinados lugares de internet como emplazamientos simbólicos del infierno, del limbo…

 


Lo que me mata de desesperación, lo que no puedo confesar y ni de lo que me puedo quejar a otros: la reducción a fantasma, la atomización a que va quedando reducido ese amor que se extravió en la juventud y que ya no se ha vuelto a dar. La solución, entonces, a mi fantasmidad: volver a enamorarme. Pero, de quién, y en dónde encontrar a ese alguien, y cómo, en qué contexto, bajo qué circunstancia, yo que huyo de todo contacto, que mi vida social se ha reducido a las palabras que intercambio con la cajera del Mercadona. No hay más. Y el orgullo me blinda ante toda tentación. Y la susceptibilidad me encierra más en mí mismo. 

 

 

Sé lo que es estar fuera de la vida. Estas navidades, las fiestas han sido agónicas. En la nochevieja me ardía el cerebro en espectralidades, en deseos antiguos jamás satisfechos. La única esperanza es que ante la amarga indefensión en que me deja la soledad, basta un día de sol, un amanecer para que todo lo no poseído experimente un renacimiento y uno regrese al mundo de la posibilidad. Este, a pesar de las historias y neurosis en que uno se entierra, está siempre abierto, el contacto y la comunicación con los otros resulta enriquecedor y el estímulo gira en torno si se sabe propiciarlo. Pero es dulce sufrir, desaparecer entre visillos de bruma, sumirte en la algodonosa nada, lo confieso.

 


Esta nochevieja, hacia las cuatro de la madrugada, cuando regresé a casa, apenas dar dos pasos dentro y encontrarme con la soledad de siempre que me esperaba, tuve una suerte de visión interior. La sensación no era triste del todo: se presentaba como una suerte de excitación agridulce. Me vino a la cabeza el recuerdo de todas las personas de mi familia que han fallecido en los últimos años, mezclado todo ello con la música y el ruido del ambiente.

Embriagado por el efecto antitético de ambas cosas,  como si mezclara lo frío con lo caliente en un coctel denso, no es que entendiera la muerte, sino que vi equilibrado aquello a lo que se refiere la frase que nos suelen decir  junto al pésame: es ley de vida. Vi a los muertos y a los vivos integrando sus respectivos espacios, unos sumidos en el silencio absoluto, otros, en el estallido y el ruido del festejo de la vida. Y vi que esta imagen suponía, representaba un orden ineludible, indiscutible, aunque con una variación en cuanto a lo consecuente: a los vivos les compete continuar viviendo y luchando por el mejoramiento de las condiciones de ese vivir, mientras que los muertos emprenden un viaje de evolución y destino, absolutamente ignotos. Los vivos tienen una misión ahora que desempeñar y llevar a buen término para el bien de todos. De los muertos, nos queda el tembloroso testimonio en el recuerdo de cómo fueron y de lo que hicieron, de su vinculación sentimental con nosotros, y todo eso constituye la materia que nos ayuda a dilucidar un fin, un destino moral al universo.    

 


miércoles, 11 de enero de 2023

COSMOGÉNESIS VISUALES

 


Los curiosos itinerarios del amor. La escritora Colette mantiene durante una temporada un idilio con este fornido sujeto que resulta ser una mujer disfrazada de hombre. ¿Sabía que era una mujer y se dejó arrastrar mórbidamente? Evidentemente que lo sabía si convivían y compartían lecho. La inteligencia de Colette se permitió este singular episodio conociendo la identidad que suyacía tras los adustos atuendos. Si algo caracterizó a Colette fue su falta total de prejuicios, su tranquilo atrevimiento ante lo posible. De todos modos, si exceptúo la secreta complicidad de ambas mujeres, confieso que me cuesta entenderlo.  




Creo que se trata de una joven inmigrante ucraniana o judía, recién llegada a Estados Unidos a principios de siglo. Qué inteligente y agradable parece su sonrisa. Es un gesto de soberanía natural. ¿Qué sería de ella? 




Apenas se nota, pero en este carnaval añejo, podemos distinguir, en el centro, a alguien con una máscara de la escritora Emilia Pardo Bazán. Ya entonces, los personajes famosos eran sometidos tanto al elogio como a la chota popular. Un rostro conocido resulta más caricaturizado y caricaturizable que otro indistinto. 




Representación de Calixto y Melibea. La rigidez, el ingenuismo, ciertos tramos geometricos de este grabado me producen una especie de sopor fascinador. Lo ceremonioso converge con ese aire extrañamente naif de las miniaturas medievales, aunque esta imagen no consista en una miniatura. El carácter ficcional de los personajes redobla lo extraño: sé que existen en algún mundo imaginario: el que certifica el texto. Tautología pura, lo sé. 




 Francia, 1914. La neblina y la presencia del riachuelo, me producen frío y me transportan a una melancólica mañana en la que los solitarios amantes deciden dejarse un recuerdo mutuo ante el advenimiento apocalíptico de la guerra. Los miro y aunque les veo los rostros, se me antojan de una época casi remota: la mujer parece una pintura, puro estereotipo de la sensibilidad de un momento de la historia; el hombre, vestido de militar, se envuelve de cierto aire novelesco. Al contemplarlos siento tristeza, algo semejante a la compasión: una pareja tan fina y vulnerable al paso demoledor del tiempo. En el más allá, ¿estarán tal cual los vemos?




  La familia imperial rusa junto a Rasputín. Desde luego resulta fascinante visionar las fotos que existen de este personaje. La mirada alucinada y el gesto algo crispado de la mano, imitando la forma en que se juntan los dedos de los Cristos en las representaciones del Pantocrátor. En algunas imágenes aparece insólitamente joven, en otras muy envejecido o exasperado, con el ceño fruncido. Da la impresión de que posa, de que se creyó su personaje, encarnación de lo milagroso y lo inquietante, de lo salvaje y de lo magnético. Con razón cautivó a la zarina, devota espiritista. El monje maligno, el demonio sanador. Tipo denso y extrafalario, protagonista más que anecdótico de uno de los momentos más dramáticos de la historia rusa. 





Foto de Lee Friedlander. Principios de los setenta. Un fantasma pasa de repente por tu habitación. En realidad es un habitante de los rayos catódicos, del mundo virtual de las emisiones múltiples que atraviesan el espacio y van a parar al receptor inocente de tu televisión antigua. Naturalmente, un rostro anónimo, ligeramente deformado, un rostro casi de goma, globular e ingrávido que de pronto, se ubica en tu espacio doméstico como signo errante de lo fantasmático que nos rodea. 

lunes, 9 de enero de 2023

FALLA LA NOCHE. Noni Benegas



 

Para los lectores devotos, Noni Benegas junto a Blanca Andreu, fueron las poetas clave de los ochenta, las que reunían en sus obras y en la idiosincrasia de sus personas aquella singularidad estética que definía la calidad lúdica y sofisticada del momento.

La niña que se fue a vivir a un Chagall supuso una renovación súbita del lenguaje y de las imágenes, una reivindicación de la imaginación libertaria. Por otro lado,  para muchos, Noni sigue siendo la autora, ganadora del premio Miguel Hernández del 86, de aquel brillante itinerario por mundos y acusaciones metalingüísticas que fue y sigue siendo La balsa de la Medusa, su poemario estrella.

Creo que, del mismo modo que no son escasos los trabajos sobre la historia de la narrativa en español de las últimas décadas, sí está por escribirse-describirse no tanto la mera historia como la significación profunda, la ubicación de las obras poéticas que arrancaron desde los ochenta hasta ahora. El conocimiento detallado de nuestra modernidad última no puede prescindir de un repaso generoso de la hermenéutica poética, y por tanto, del conocimiento concreto y placentero de los más destacados libros de poesía, aunque, actualmente, el género viva un curioso remolino indiferente en umbrales insuperables: mucha gente escribe, casi hay un cáncer de poetas que no producen una obra destacable. ¿Significa esto la democratización del nervio poético o su simulación ante tanta exhibición? En fin, lo importante es admitir que determinados libros de Blanca Andreu o de Noni, son todavía, referencia de un modo de vivir el hecho poético. Lo virgen no se repite, valga la afirmación tautológica. Resulta difícil encontrar réplicas actuales de los poemarios citados.

 

Me pareció motivo de felicidad encontrarme, en mis rastreos habituales, con este último libro de Noni.

Si te gusta un autor o una autora es, elementalmente, por las características de su escritura. Este nuevo libro de Noni presenta las tales características por las que su escritura resulta estricta y auténtica. Vivir se traduce en formas de vivir y este es un aspecto que Noni Benegas siempre ha recogido en su estro poético: Estar vivo… es una manera de estar acosado por las funciones terrestres.

Hay algunos elementos que se revelan como reincidentes en la temática probable de su poética: la misión del lenguaje junto a las precauciones ante tan augusta herramienta, cierta elegante ironía  junto a precisos reflejos existencialistas en la crítica del cotidiano vivir.

Ejemplo del primer asunto: y me niego a hablar en singular porque no sé si yo, fuera del lenguaje, estoy viva en particular.

Ejemplo del segundo: hay bordes entre nosotros, límites dentados como los de los sellos.  

Ambas perspectivas se entrelazan en los poemas, expresado todo ello, siempre, de un modo sucinto y escueto. No es Noni poeta de dar voces, aunque la suya sea prontamente reconocible en una obra que suele manifestarse a través de un  control de la retórica, sin dejar de atender con discreción a la inevitabilidad de los aspectos ineludibles de la vida y del cuerpo. El interludio final del libro se nos muestra como un enfrentamiento contra las penosas incidencias nocturnas del mal dormir o, directamente, del insomnio, la peor de las pesadillas, tal y como advertía Borges y que llevó al suicidio al poeta venezolano, José Antonio Ramos Sucre.

Esta parte final del poemario parece corroborar que a pesar de los muchos poderes sublimadores de que dispongamos junto a los lenitivos de la farmacopea accesible, el poeta es tan vulnerable como cualquiera al paso del tiempo, a las microerosiones del cuerpo y desde esa circunstancia, desde ese dolor o incidencia, emite su palabra poética. Por ello, falla la noche, porque esta no acompaña nuestro sueño - real, simbólico, evocador de gracias misteriosas - sino que puede convertirse en el tramo indefinido que atravesar en plena vigilia. La noche que ha sido la gran musa de románticos, simbolistas y locos encantadores, nos falla a cierta edad, cuando no nos sobran las energías. Ay, ay.   

 

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...