martes, 31 de agosto de 2021

DOS LIBROS, DOS MUNDOS


Emilia pardo Bazán

GOTA PERDIDA EN EL INMENSO MAR

 

Abundan actualmente ediciones tanto de obras de Emilia Pardo Bazán como sobre la figura y la biografía de la escritora. Su obra poética no es precisamente de lo más interesante de su obra menos conocida. Esta breve antología nos muestra la pericia de la autora gallega con las normas de la métrica y sin resultar muy original en temas y tratamiento, sí que nos ofrece un par de ejemplos que me han parecido, digamos,  curiosos. Por ejemplo, el poema titulado La criada de Newton, un apólogo con fábula final, o los poemas dedicados a las divinidades indias, que se asomaron a las musas europeas en el primer romanticismo y que con los modernismos y simbolismos posteriores, encontrarían tratamientos más sofisticados y estetizantes.

Pero ha habido emotiva sorpresa final, cuyo efecto  ha vuelto a convencerme de que todo texto mínimamente comprometido con la belleza puede estimular nuestras esperanzas. La lectura del poema Porvenir de la poesía, me ha emocionado al coincidir con las noticias que vienen actualmente de Afganistán y sentir, personalmente, el papel del poeta o del artista, en tales circunstancias, bastante impotente:

 

Jamás de los poetas se extinguirán los himnos. ….

¡Oh, bella poesía!

El poeta estudia los mundos interiores,

Traduce al luminoso lenguaje de los dioses del corazón

Los gritos, los ecos de los dolores,

Los sueños y las esperanzas,

Las dulces ilusiones, las dudas,

Las creencias, la vida y los amores.

  



 

Maggie Nelson

BLUETS

 

Diario de notas, sucesión de aforismos, ensayo de prosa poética, en fin, la escritora y profesora universitaria norteamericana Maggie Nelson, ha aplicado bien la fórmula: texto fragmentado y convenientemente numerado, cuyas series tienen un motivo común inspirador de reflexiones y citas: la fascinación que sobre la autora produce el color azul en cualquiera de sus encarnaciones comunes, literarias, artísticas o científicas (medicina, física).

Esta articulación del texto en fragmentos breves, facilita la lectura y le da al libro una apariencia muy atractiva, pues puedes detenerte donde te parezca y anotar el número del párrafo en cuestión con el que te interese continuar la lectura.

La edición es también una delicia, toda teñida de un suave azul que nos aproxima sensorialmente al tema que obsesiona a la autora.

Lo que Maggie Nelson plantea, más o menos indirectamente, es si la pasión por un color, el fervor dedicado a una tonalidad cromática concreta como es el azul y sus variantes, puede constituir algo así como, más que una poética o una suerte de ideología, una adscripción estético-filosófica que justifique, incluso, el devenir de la biografía propia. No creo que se trate de una trivialidad, sino que viene a constituir una apuesta más para investigar esos misteriosos declives que atravesamos en la vida. Personalmente, me ha ocurrido algo parecido: el azul me ha perseguido en el color que han ido adquiriendo los distintos dormitorios que he ido habitado desde mediados de los setenta hasta ahora. Sobre decir que el azul y el violeta son mis colores preferidos, también relacionados con el signo astrológico.

Maggie Nelson para hablarnos de las incidencias de su vida y de la presencia en ellas del color azul se vale de Aristóteles, Platón, Yves Klein, Schopenhauer, Catherine Millet, Mallarmé, Goethe así como de las conexiones de los varios azules existentes con la mística.

Hace una observación que reto aquí se compruebe seria e inmediatamente : el color del coito, el color de Eros es la mezcla de la tinta y el rojo en un océano turquesa, ya que hacer el amor tiene para nuestra querida y morbosilla Maggie un color específico. Quizás podría explicarse de esta manera: la tinta porque el sexo no deja de tener algo oscuro: dos cuerpos que se abalanzan uno sobre el otro para comerse salvajemente; el color rojo aludiendo a la pasión desatada, a la energía sexual; y el color azul turquesa porque todo ello, pasión, amor, sexo, se vive como un sueño, como una realidad tan intensa que se separa de la normalidad del resto. ¿Es así? Qué os parece, azulinos lectores. A comprobarlo, pues….

  


 

miércoles, 25 de agosto de 2021

NOTAS



 

Pensando en el lugar de retaguardia que ocupa hoy en la sociedad la poesía, y no creyendo que tal posición obedezca a algún tipo de estrategia, reparo en la ley de la oferta y de la demanda aplicada al examen del hecho poético. De este modo,  y en definitiva, qué ofrece hoy la poesía, qué tiene que pueda interesar al público. Equivocidad de destinos, me parece, ya que en vez de personas o de lectores hablamos de público, es decir, de consumidores, y en ese caso,  lo que la poesía ofrece es de naturaleza bien distinta, diría que completamente opuesta, a los valores que exalta el mercado actual y que la masa sigue: silencio, profundización, concentración intelectual y anímica, cierto grado de ascetismo, etc…



 

El mundo de las películas norteamericanas de los años 40 y 50, no lo noto, no lo veo en los diarios que Susan Sontag llevó por aquellos años. Y es que a esta autora no la vinculo sino a la década de mediados de los sesenta y las décadas siguientes, los setenta y los ochenta. Y no es que las notas que escribió en las primeras páginas de su diario no resulten interesantes, todo lo contrario: sorprende la agudeza de una chica de apenas dieciséis años.  Esta observación me lleva a la posibilidad de detenerme en las peculiaridades de otros autores o artistas, a cómo algunos novelistas o poetas representan una época determinada, y a la insulsez que luego o antes de tal momento, ofrecen otras obras suyas. Aunque actualmente, para el instinto filológico-hermenéutico, todo escrito tiene interés: como semilla anticipadora de lo que vendrá o como metamorfosis última de un estilo.   

 


 

Nos bombardean ahora con noticias sobre los talibanes. Me pregunto cómo es que no han capturado varios ejemplares vivos de estos extraños seres y no los han traído al zoológico de los monos y los orangutanes para estudiar sus curiosas costumbres, porque según la certeza general  los talibanes son simios a los que les ha crecido una barba insólita. Los talibanes representan ahora la extrañeza absoluta: frente al consenso de la civilización mundial, son la irracionalidad y la miseria intelectual absolutas.



Releo a Miguel Hernández y qué renovación de la gozada al volver sobre su mundo y su palabra. Sus poemas ofrecen una carnosidad, una frondosidad verbal que los hace deliciosos e inmediatamente entrañables. Pienso en los fragmentos fulgurantes de universo que la imaginación de los poetas ha descubierto y donado a la memoria general. Por ejemplo, las famosas genialidades de Hernández, encarnadas en algunos de sus versos o epígrafes: Todo menos tu vientre es confuso; El hombre acecha: El rayo que no cesa; Vigilar la blancura: este es mi oficio. Este último verso me recuerda, impecablemente, el hermetismo de un René Char.

Con razón se llama a la generación del 27 la generación de plata, pues el tipo de escritura de Hernández, sublimaciones barrocas en un espacio de  metaforización pululante, es típico del momento. Pensemos en un Cernuda o en un Lorca. Con todos estos autores llegamos al clímax de la creación puramente poética.  Lo que vendrá décadas después, tendrá que renovar lenguaje y motivaciones.

 

 


¿La literatura es el producto de un contexto – social, cultural, etc… -, o es al revés: el contexto se visibiliza, se materializa gracias a la obra literaria, es decir, llamamos contexto a las circunstancias de diverso orden que en suma, la literatura describe? Interrogante tan vulgar y previsible como irremediablemente recurrente.  




martes, 17 de agosto de 2021

LA VOZ



La siesta es a veces una suerte de interregno, de lapsus espacio-temporal, una suspensión de la regularidad del tiempo productivo y funcional.

Ha sido durante las siestas cuando he realizado las lecturas más intensas o tenido los sueños más narrativamente redondos.

El lunes de la semana pasada me ocurrió lo siguiente: me tumbé a dormir la siesta. En el momento en el que comenzaba a dormirme, “vi”, digamos, entre sueños, la figura de mi padre, que se inclinaba sobre mí como para comprobar que estaba allí, en la cama. Llevaba su viejo batín y su figura se destacaba del resto del espacio al estar como sumida o protegida por una especie de halo. Ahora bien, la figura era oscura, no luminosa, se destacaba del entorno blanquinoso precisamente por esto. Estuve durmiendo un rato, quizá casi una media hora. Estando dormido, escuché la voz de mi padre que me decía: ¿Jose, estás despierto? En ese instante, me desperté. Estaba sorprendido por la claridad con la que había oído la voz, pero no asustado. La voz sonaba algo más estilizada y grave, a la vez, pero con respecto a su identidad no cabía duda.

Me levanté y enseguida busqué una explicación. Como ya saben los que tienen el amable gesto de seguirme por estos medios internéticos, mi padre falleció hace un año. Naturalmente que pienso en él, pero el día en que se me ocurrió tumbarme a la siesta, no lo tenía en mente ni había reflexionado sobre algún aspecto que tuviera que ver con él o con la muerte o con el más allá, o con alguno de los temas que puedan relacionarse con todos estos asuntos. La jornada había resultado activa y limpia de retorcimientos interiores. Por eso me fui con tanta decisión y tranquilidad a dormir la siesta.

Pensé que tanto la imagen nebulosa de mi padre como la voz eran producto de mi inconsciente. Reconozco que albergo de modo un poco infantil la idea de que el más allá se revele,  en alguna ocasión, a través de un sueño, de una visión en  duermevela, o salte de alguna intuición súbitamente bien dirigida por el pensamiento. Aunque esa idea es más bien un sueño poético, una esperanza que no puede formularse sino de esta manera, como una ensoñación de la que también participa la vigilia. Para una persona con fe, para una persona religiosa este sueño no sería tanto un mero sueño sino un signo de la presencia o de la voluntad de mi padre de querer comunicarse conmigo.

Yo quisiera afirmarlo, constatarlo de algún modo, decir, estremecido que sí, que ha sido papá a través del sueño quien se ha aproximado a nuestro mundo, pero tampoco puedo ser ingenuo y no darme cuenta de las circunstancias vitales en que vivimos. En la inmanencia no puede manifestarse la trascendencia. Sería un contenido de tal calibre que haría reventar al continente, desblindaría nuestro universo, lo transformaría todo. No puede ser. Sin embargo, esa voz tan clara, lo que la voz dice expresamente, la identidad de la voz….  Jung ha llegado a  decir que no podemos concederle al inconsciente tanto poder, que el sujeto no puede albergar en sí una potencia que le trascienda de modo incalculable. Por otro lado, el gran Germán de Argumosa recordaba que el inconsciente tiene una notable capacidad fabuladora y de que, en definitiva, no sabemos en realidad lo que es el inconsciente,  y menos sus dimensiones psíquicas exactas.

El universo es demasiado complejo como para finiquitarlo con el resultado eventual de un par de experimentos. Y la teoría debe alimentar sus potencias escudriñadoras con los vuelos rasantes del imaginar. Por todo ello, ante el abordamiento racional de lo misterioso, de lo otro, no podemos ser totalmente determinantes. El mundo no se para, no se clausura porque un concepto sepa, más o menos,  definirlo. Sabemos mucho de lo que sabemos, claro, no de lo que todavía estamos sabiendo.

Con respecto a la experiencia onírica de la siesta, lo único que sé es que algo que era idéntico a la voz de mi padre, se dirigió a mí y me despertó. Fuese él, mi padre, o una voz simulada, o un sueño, o una fantasmagoría cualquiera, ya no lo sé. Escuché la voz de mi padre, del modo que fuera. Eso me basta. Me quedo con ese signo.  

 

miércoles, 11 de agosto de 2021

RUBÉN DARÍO DE NUEVO POR PRIMERA VEZ



 

Como ya sabemos, a veces lo anecdótico alcanza un nivel espontáneamente descifrador, categórico. Mi anécdota del otro día es mínima, acontecida en el territorio de lo subjetivo, alojada la sorpresa, pues,  en ese confín fugitivo para la mirada de otros, pero no por ello menos significativo. Quizás sean así los eventos más notables  que nos suceden en el ámbito de la lectura.

La pasada fiesta del Día del Pájaro en Orihuela, cayó en sábado. Ante la amenaza de una tarde de grisura mortífera, no tuve más remedio que escabullirme de la ciudad, cosa que, por otro lado, vengo haciendo todos los sábados por la tarde desde hace 30 años. En Murcia, encontré un destino agradable e investigando las estanterías de cierto centro comercial me encontré con un volumen deliciosamente editado y de pequeño tamaño: una antología de poesía de Rubén Darío.

Antes, hace ya tiempo, lo que buscaba en la poesía era una suerte de embriaguez de imágenes y de mundos. Ahora no es que busque otra cosa radicalmente distinta: además del mensaje entrañablemente humano que porta todo mensaje poético, a lo que atiendo es a las variaciones de aquello que definía bien Machado cuando hablaba de la palabra en el tiempo.

En la poesía no sólo detecto y tengo en cuenta la determinación de las grandes causas sociales o económicas que se encarnan en la piel del lenguaje sino que busco la específica mitología que producen los gustos locales, fugitivos o típicos del momento; la erótica del instante, el devenir de imágenes y referencias concretas, la apariencia profunda que se identifica a través de los gestos de una época. Es como una especialización de lo que buscaba en un primer momento de locura estetizante.

Grosso modo, ¿qué significaba, qué implicaba la poesía de Rubén Darío? Salones y espejos, escenas de invierno y de otoño, homenajes a poetas descarriados, al alcohol, a duquesas perdidas hoy en la flora del tiempo, a ónices y cálices y lirios y lunas y máscaras, pavos reales  y demás indumentaria modernista. De acuerdo.

No viendo ningún otro libro que me sedujera más y no queriendo regresar a Orihuela con las manos vacías, adquirí este librico que publicaba Renacimiento en su colección de pequeños volúmenes.

Me llevé el libro, en principio, por la ración, virtualmente suntuosa de imágenes y palabras que podría contener; me lo compré, pues,  con la conciencia descarada de disfrutar de un material que ya no me sorprendía pero que sonaba auténtico en la voz de Darío. Es decir, me apetecía frecuentar un espacio literario constituido de tales presencias melifluas y fascinadoras. Punto.

En el tren, en el viaje de regreso, al ir hojeando el libro y leer por encima, comencé a experimentar como la emergencia de un burbujeo que me iba irrigando de minuciosa y vibratoria felicidad. Empecé a sentir algo así como una pequeña revelación, como si el pasado, es decir, los referentes literarios de la adolescencia, absolutamente ajeno a todo componente decadente, regresara del olvido lleno de luz y vida.

Había olvidado la amenidad y el ritmo con los que Darío imprime de vívida delicadeza sus versos y ese efecto es el que fue obrando esta sensación de resurrección de colores y melodías escritas que no creía que fueran a volver a impactar sobre mí puesto que pertenecían a lo ya superado.

Los amaneramientos ocasionales presentes en algunos de sus giros e invenciones, se solapaban en una imagen central y originaria que diluía todo estereotipo, toda tendenciosidad. La belleza fluía en una gracia original.  

Al llegar a casa seguí manoseando las marfileñas páginas del libro y leí el poema Primavera que me entró en el alma como por un repentino socavón y lloré de emoción, es decir, de esperanza. Estaba leyendo al poeta en su función máxima, como vehiculador de lo maravilloso. Ninfas, estanques, soles, mares, todos esos elementos que mencioné antes volvían a su punto de eficacia absoluta, fabricaban, provocaban la belleza. Este es el futuro real del poema, de la misión  del poeta: la de regresar de los tiempos abolidos e incorporar en un fulgor la riqueza universal que nos pertenece.

Me di cuenta de la idoneidad histórica, de la practicidad de un poeta como Darío, el poeta ideal, diría. Qué fantástico que en su tiempo, existiera un hombre como este que escribió todo lo que escribió y lo donó al mundo, a la eternidad, la brillante totalidad de sus obras.

Hubo de pasar el día para que reflexionara a la jornada siguiente con cierto distanciamiento sobre lo que había experimentado, algo más que meramente releer a un poeta que ya conocía: asistir a su súbita resurrección y sobre todo a la resurrección luminosa de la poesía, a lo que de verdad, significa el legado de la poesía en la memoria: la donación de mundos convertidos en paraísos eternos.  



 

martes, 10 de agosto de 2021

POEMA



DOS MATEMÁTICOS ESPAÑOLES DESCUBREN EL MOVIMIENTO DE LAS MOLÉCULAS DE AGUA

 

La disposición giratoria de la molécula

depende de la acción de la partícula,

y ésta de la subpartícula,

y ésta, a su vez, de la infrapartícula.

Pero, ¿qué mueve, finalmente a todas estas:

a la infrapartícula,

a la subpartícula,

a la partícula,

qué energía es la que los científicos

se empeñan obsesiva, quiméricamente

en calcular?

jueves, 5 de agosto de 2021

INCIDENTES. Roland Barthes




A poco me ha sabido este casi centenar de páginas del más huidizo y morbosillo Barthes.

Se trata de un libro póstumo que reúne las dispersas notas con carácter de diario personal  que Barthes escribió o ensayó que escribía en los últimos años de su vida. Si hubiera sido el texto de otro, no me prohibiría  decir que quien escribe es en exceso escueto y que casi lo hace a trancas y barrancas, teniendo en cuenta la materia de lo que trata.  Quien dijo que el mejor y más óptimo diario es el diario escrito con decidida voluntad literaria, es decir, con la intención de interpretar literariamente los sucesos de la vida corriente para darle más entusiasmo a lo escrito y descubrir, quizás, aspectos, significados no obvios en la experiencia inmediata, no se aplicó el cuento.

Las notas escritas por Barthes sobre sus correrías nocturnas a la pausada cacería de chicos con manos finas y alargadas, son precisas y contenidas: esa concisión crea cierta ansiedad en el lector, que debe saber que no está ante una novela, sino ante las hojas manuscritas de un hombre de más de sesenta años que nos muestra la vida que siente tal cual. Ciertamente, Barthes apenas narra y tampoco es que la percepción analítica de las cosas tan típica de su olfato semiótico, brille aquí de modo especialmente deslumbrante. El carácter íntimo de estas notas se percibe, pues, en estos aspectos, en su descripción mínima, en la timidez de las acotaciones, en su esquiva continuidad.

Pero diciendo poco, dice mucho, incluso, demasiado: por ejemplo, cuando como destino final de un trayecto nocturno de sábado, Barthes nos confiesa con asco su recurso desesperado al “cuarto oscuro” tras una penosa sesión de cine porno.

 

Aunque coloque la mano encima de la boca traidora, para atenuar el volumen sonoro de la confesión, y quiera utilizar todos los disfraces de la elusión ante los demás, Barthes se encuentra, de pronto, enfilado y en pendiente hacia abajo y nos dice lo que nos tiene que decir y que le desasosiega.

Las notas finales se tiñen de tristeza y de cierta decadencia: admite la irregularidad e insatisfacción de sus amores, que no despierta interés en quienes desea, viéndose obligado a recurrir a la prostitución.

Un Barthes itinerante, ansioso y acosado por el deseo a su provecta edad, es el que se encuentra en estas páginas escuetas pero suculentas. Si pensamos en la peculiar muerte accidental que lo arrebataría de la vida un año después de la escritura de estos textos, no podemos imaginar este azar sino como el más más melancólico colofón a una mente brillante y a un cuerpo frágil y… débil, como el de todos.

En español, que yo sepa, este libro no se ha vuelto a reeditar desde 1987.

 

 

martes, 3 de agosto de 2021

HOJAS DE DIARIO


 

En su autobiografía, El último suspiro, Luis Buñuel nos confiesa la perplejidad y el malestar que le produjo estar dos días sin ver ni hablar con nadie. Recientemente estuve yo quince días sin ver a los vecinos, sin que sonara el teléfono una sola vez ni encontrarme a nadie conocido por la calle. Sólo intercambié un par de palabras con la cajera del Mercadona. Supero con creces al maestro Buñuel en perplejidad y soledad.

 


 

Cuando en una retransmisión en directo desde el otro lado del planeta veo un sol divino esplendiendo sobre una pista de tenis, por ejemplo, estando aquí a oscuras al ser de noche, experimento alegría, una suerte de esperanza: aunque estemos pasándolo mal por cualquier causa, el bien, la luz, no desaparecen, están ahí, invencibles, en algún lugar que trasciende todos los lugares, para atendernos y salir en nuestro rescate.





El acoso de la memoria. Tras una lluvia breve pero intensa, salgo a la calle a comprar un par de cosas que necesito. La intensidad de un cielo concreto y azul, la luz del sol cayendo sobre las azoteas de los edificios, próximo a su paulatina puesta en el horizonte, la quietud, la limpieza del ambiente tras las caída del agua, la hora en que me dirijo al centro comercial, todo estos detalles hacen emerger en mí recuerdos de cuando veraneaba en Torrevieja. A estas horas, con esta luz de la tarde, con este frescor del ambiente, con esta curiosa quietud con que se revisten  las cosas tras una leve lluvia, salíamos a pasear por la carretera, frente al mar, esquivando pisar los caracoles que aparecían por decenas cruzando la calzada. Los recuerdos, evocados mecánicamente por la similitud de las circunstancias, tienen más de treinta años y me ahogan, de pronto el alma. Sólo al alcanzar el centro de la ciudad, esta melancolía repentinamente aguda, me va abandonando.

 

 

Foucault nombra a Borges. Cioran cita también a Borges. Borges no nombra a ninguno de los dos. ¿Jerarquía significativa?

 

 

Deseo tu carne, le susurro a mi amante imaginaria. Grado supremo del desasosiego sexual.

 



 

En la estación de Murcia me fijo en una viajera de color. Su piel es muy tersa, ébano puro, y ella tiene un tipo muy estilizado, como si fuera modelo. Su presencia sofisticada me estimula, como si añadiera belleza, amenidad humana al ambiente.

 

 

Los libros como ofertas de mundos, como una proposición específica de lenguaje, de intensidad estética. Cada libro hace inevitable su carga semántica en cuanto encuentre al ávido y justo lector.

 

Leo las “incidencias” de Roland Barthes en una discoteca. El escritor celebra el juego de las luces y sombras con el libre movimiento de los cuerpos danzantes. Es una puesta en escena de algo muy antiguo: la Fiesta. Parece demasiado obvio, pero te hace pensar en cuestiones antropológicas, en qué ocurre cada fin de semana, qué ritmo de vida llevamos y necesitamos.




IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...