miércoles, 11 de agosto de 2021

RUBÉN DARÍO DE NUEVO POR PRIMERA VEZ



 

Como ya sabemos, a veces lo anecdótico alcanza un nivel espontáneamente descifrador, categórico. Mi anécdota del otro día es mínima, acontecida en el territorio de lo subjetivo, alojada la sorpresa, pues,  en ese confín fugitivo para la mirada de otros, pero no por ello menos significativo. Quizás sean así los eventos más notables  que nos suceden en el ámbito de la lectura.

La pasada fiesta del Día del Pájaro en Orihuela, cayó en sábado. Ante la amenaza de una tarde de grisura mortífera, no tuve más remedio que escabullirme de la ciudad, cosa que, por otro lado, vengo haciendo todos los sábados por la tarde desde hace 30 años. En Murcia, encontré un destino agradable e investigando las estanterías de cierto centro comercial me encontré con un volumen deliciosamente editado y de pequeño tamaño: una antología de poesía de Rubén Darío.

Antes, hace ya tiempo, lo que buscaba en la poesía era una suerte de embriaguez de imágenes y de mundos. Ahora no es que busque otra cosa radicalmente distinta: además del mensaje entrañablemente humano que porta todo mensaje poético, a lo que atiendo es a las variaciones de aquello que definía bien Machado cuando hablaba de la palabra en el tiempo.

En la poesía no sólo detecto y tengo en cuenta la determinación de las grandes causas sociales o económicas que se encarnan en la piel del lenguaje sino que busco la específica mitología que producen los gustos locales, fugitivos o típicos del momento; la erótica del instante, el devenir de imágenes y referencias concretas, la apariencia profunda que se identifica a través de los gestos de una época. Es como una especialización de lo que buscaba en un primer momento de locura estetizante.

Grosso modo, ¿qué significaba, qué implicaba la poesía de Rubén Darío? Salones y espejos, escenas de invierno y de otoño, homenajes a poetas descarriados, al alcohol, a duquesas perdidas hoy en la flora del tiempo, a ónices y cálices y lirios y lunas y máscaras, pavos reales  y demás indumentaria modernista. De acuerdo.

No viendo ningún otro libro que me sedujera más y no queriendo regresar a Orihuela con las manos vacías, adquirí este librico que publicaba Renacimiento en su colección de pequeños volúmenes.

Me llevé el libro, en principio, por la ración, virtualmente suntuosa de imágenes y palabras que podría contener; me lo compré, pues,  con la conciencia descarada de disfrutar de un material que ya no me sorprendía pero que sonaba auténtico en la voz de Darío. Es decir, me apetecía frecuentar un espacio literario constituido de tales presencias melifluas y fascinadoras. Punto.

En el tren, en el viaje de regreso, al ir hojeando el libro y leer por encima, comencé a experimentar como la emergencia de un burbujeo que me iba irrigando de minuciosa y vibratoria felicidad. Empecé a sentir algo así como una pequeña revelación, como si el pasado, es decir, los referentes literarios de la adolescencia, absolutamente ajeno a todo componente decadente, regresara del olvido lleno de luz y vida.

Había olvidado la amenidad y el ritmo con los que Darío imprime de vívida delicadeza sus versos y ese efecto es el que fue obrando esta sensación de resurrección de colores y melodías escritas que no creía que fueran a volver a impactar sobre mí puesto que pertenecían a lo ya superado.

Los amaneramientos ocasionales presentes en algunos de sus giros e invenciones, se solapaban en una imagen central y originaria que diluía todo estereotipo, toda tendenciosidad. La belleza fluía en una gracia original.  

Al llegar a casa seguí manoseando las marfileñas páginas del libro y leí el poema Primavera que me entró en el alma como por un repentino socavón y lloré de emoción, es decir, de esperanza. Estaba leyendo al poeta en su función máxima, como vehiculador de lo maravilloso. Ninfas, estanques, soles, mares, todos esos elementos que mencioné antes volvían a su punto de eficacia absoluta, fabricaban, provocaban la belleza. Este es el futuro real del poema, de la misión  del poeta: la de regresar de los tiempos abolidos e incorporar en un fulgor la riqueza universal que nos pertenece.

Me di cuenta de la idoneidad histórica, de la practicidad de un poeta como Darío, el poeta ideal, diría. Qué fantástico que en su tiempo, existiera un hombre como este que escribió todo lo que escribió y lo donó al mundo, a la eternidad, la brillante totalidad de sus obras.

Hubo de pasar el día para que reflexionara a la jornada siguiente con cierto distanciamiento sobre lo que había experimentado, algo más que meramente releer a un poeta que ya conocía: asistir a su súbita resurrección y sobre todo a la resurrección luminosa de la poesía, a lo que de verdad, significa el legado de la poesía en la memoria: la donación de mundos convertidos en paraísos eternos.  



 

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