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miércoles, 17 de marzo de 2010



ADIÓS DINERO, ADIÓS...

Confieso que los políticos me parecen unos tipos bien raros. Los veo a años luz de mis gustos y del circuito de mis referencias, enclavados en no sé qué estrastosfera desde la cual emiten sus discursos previsibles, criaturas periféricas que, sin embargo, pueden incidir en la vida individual y en el seno mismo de la colectividad a la que uno pertenece, de modo determinante.
Si son ciertos los datos de los gastos que el equipo de gobierno de la alcaldesa de Orihuela, Mónica Lorente, ha llevado a cabo en el curso de dos temporadas de mandato, entre el 2007 y el 2008, y que a través de un folleto rubricado por Los Verdes, el PSOE y el Centro Liberal Renovador, se nos han dado a conocer, independientemente del desconcierto y la irritación que se sienta, uno no deja de preguntarse sobre la extraña condición de los que ostentan el poder y su delirante capacidad de maniobrar y derrochar.
Ante esta lluvia de miles de euros, ¡millones de euros! cuyo destino lamentable el folleto explicita, - inversión en servicios ineficaces, comilonas glamurosas, eventos de autopropaganda, costes del modisto personal de la alcaldesa - yo, por un lado, me digo: con razón están la mitad de los ayuntamientos y las autonomías endeudados hasta las cejas, y, por otro, más personalmente, me pregunto, ¿y con tanto dinero manando alegremente por aquí y por allá, no hay un tiste euro para Empireuma, la revista que desde hace más de veinte años ha paseado el nombre de Orihuela por medio mundo y que tras casi todo ese tiempo de ninguneo local no le ha quedado más remedio que echar la toalla por inexistencia de subvenciones e indiferencia política?
La pequeña Mónica debe preguntarse, como lo hacía el personaje que tomaba el sol tranquilamente en un hamaca rodeado de basura, en la irónica portada del disco de los Supertramps: Crisis? What Crisis?
Confesaba el poeta inglés Auden que sólo había una clase de personajes a los que le gustaría ver humillados: a los poderosos, a los políticos, a todo individuo que ocupase, impumemente, un cargo de poder. Y yo confieso, a la vez, que ante el impudor y la arrogancia de ciertos políticos, mi fantasía secreta es muy similar a la de Auden.

martes, 10 de noviembre de 2009


MARAVILLOSAS AVENTURAS

Jornada extraña y algo convulsa. Es sábado. Me dirijo a Alicante en el regional que va a Valencia. Estoy solo en el vagón. Apenas llegamos a Callosa, sube un tipo extraño que se sienta en la hilera de asientos, simétrica a la mía. Intercambio una mirada con el buen hombre y abre aterrorizado los ojos, o intenta aterrorizarme a mí. Lleva gafas, es pelirrojo, va encorvado, con una verruga bastante perceptible en el cuello y se coloca en la punta del asiento, como si estuviera inquieto. Un verdadero friki. Cuando llega el revisor, se enzarza en una complicada y banal discusión sobre los viajes de vuelta a Callosa, que llega a incomodar al empleado. Su presencia tan cercana, habiendo tanto sitio libre, y la ventana rayada que me impide ver el paisaje, hacen que me incorpore y me cambie de lugar, un par de asientos más adelante. Entrando a Elche, me doy cuenta de que no llevo encima la cartera. Me la saqué del bolsillo y me la puse encima de la pierna, bajo la camisa, porque me molestaba su peso. Miro por todos lados, bajo los asientos, entre los asientos, regreso al lugar que ocupaba cuando subió el callosino extraño. Justo en ese momento, el individuo miope se baja en Elche. Registro el vagón entero, arrepintiéndome de no haberle preguntado in extremis al tipo si había visto una cartera. No hay otra. En el momento de cambiarme de sitio , la cartera se cayó y el friki, sin pensárselo dos veces, la cogió maquinalmente. Admitir eso o que la cartera se ha desintegrado materialmente.

Llego a Alicante sin un céntimo en los bolsillos. Sólo llevo pañuelos de papel. Sensación de desamparo, rabia y desconcierto. Pienso colarme en el próximo regional de vuelta para pillar al tipo, ya que escuché que le decía al revisor que regresaría en un regional, no en un cercanías. Es frágil. Si me lo encontrara lo obligaría a confesar, lo asustaría con un par de palabras graves, le retorcería el pescuezo, le rompería las gafas. Pero ¿y si me pillan a mí en el tren sin billete, y si el tipejo con los sesenta euros que llevaba la cartera cambia de destino y de planes? Voy a la policía y llamo para que vengan a por mí. Mientras tanto, me pongo a vagabundear por Alicante. Curiosamente, el no llevar dinero me libera de la obsesión de comprar algo: un libro, un disco, cualquier chuchería. Me siento insólitamente relajado. Casi floto por las calles. Por otro lado, me siento secretamente hermanado con la gente pobre que va pidiendo. Un individuo, más que borracho, fuera de sí, grita a un grupo de personas que parecen salir de un bautizo o de una boda: ¡Yo soy un camionero de 55 años y duermo en un banco! ¡Los socialistas no dais trabajo! Una gitana sentada en el suelo, lo mira estupefacta. Yo me siento estimulado: siempre hay gente que está peor que uno.
Sigo andurreando. Me meto en el Corte Inglés. Le echo un vistazo a los discos. Veo uno nuevo de Hindemith que me interesaría. El disco lo tengo delante de mis narices pero está a años luz. Sin un céntimo encima, no hay nada que hacer. Es un objeto inalcanzable, remoto. Salgo y entro en el Fnac. Voy a mis rincones favoritos con una leve sensación de bienestar - allí me siento bien acogido -, pero también con melancolía: estoy harto de venir solo siempre al mismo sitio y además, no puedo adquirir nada. Lo único que me hace olvidar mi situación de pobre momentáneo es un vídeo de Dalí que están poniendo. Se trata de filmaciones inéditas realizadas en Estados Unidos, interviús en televisión, etcétera. Dalí aparece hablando muy seriamente de su nueva etapa místico-atómica. La seriedad del entrevistador norteamericano es tan seria como la seriedad de Dalí. Pienso que esta entrevista sería imposible hoy en día. La actitud del periodista es opaca, anacrónica. Se traga todo lo que Dalí le cuenta sin rechistar. Todo eso de lo místico-atómico hoy lo interpretamos cómica, hiperbólicamente, como una jugada daliniana más. El entrevistador es miope a todo esto, no se da cuenta de la sutil burla que Dalí está efectuando contra él y contra todo el público.

La gente a mi alrededor hojea libros, comenta deliciosas tonterías. El ambiente del Fnac, encantador, para adolescentes de treinta años. Me voy. Me siento como un paria oculto entre esta gente que se permite el lujo de comprar libros y discos. En la calle, flujos maquinales de individuos, van para arriba y para abajo. Pienso: toda esta gente es mi prójimo, por qué no podrían prestarme ayuda en el caso de que no pudiera regresar a Orihuela. Pero ¿cómo pararlos, cómo cortocircuitar la marcha de esta masa robótica? La comprensión y la fraternidad serían posibles si se parase este ritmo alocado, alienante. Pero no, cada uno va a lo suyo. Siento vergüenza e impotencia. Se me ocurre entrar en La Casa del Libro, recientemente inaugurada en Alicante, en pleno centro. Unos chicos están dando un recital poético. Hay algunas personas de pie, escuchando. "No - dice uno de los poetas -, no al no, no al sí, no a lo otro..." Poema previsible recitado con la lánguida insolencia de los primerizos que se creen que van a subvertir algo. Siento esa mezcla de velado erotismo y entusiasmo que he experimentado cuando el que recitaba era yo. Un recital es como una confesión en público, te estás mostrando a los demás y se supone que estás hablando de tus sensaciones y sentimientos más íntimos y delicados. Te salva de la desnudez total el soporte del texto. Lo ideal es que tu confesión sea tan bella que seduzca al público. Los poetas llevan gafas oscuras y beben de una botella a la vista de todos. Exhibicionismo. Dandismo juvenil. Salgo y me encamino hacia la estación. Espero el tren en el que se supone que viene mi padre a recogerme. LLega el tren y no llega mi padre. Angustia. Resulta que se ha ido a Murcia creyendo que estoy allí. De nuevo voy a la policía. Ahora está oscuro y percibo con más intensidad el ambiente sórdido y pobretón de la comisaría. Esta pobretería me sorprende en una ciudad como Alicante. Todo me recuerda a la mili, a mis turnos de cuartelero. El viejo portalón de la entrada, la mala iluminación, el suelo, en parte, adoquinado, la mesa desvencijada en la que el policía se apoya, ansioso por sintonizar en una pequeña radio el partido del Madrid. Los policías, atentos, serios, espigados, con bigote, parecen de otra época, personajes concienzudamente diseñados. Espero, de nuevo, con angustia, a que vengan a por mí. Me voy a la estación. Está solitaria. Sólo hay un grupo de jóvenes que hablan de sus cosas y un par de individuos algo sospechosos, de aspecto extranjero, que no paran de dar vueltas lanzando miradas escurridizas. Pienso que son traficantes de droga u homosexuales. Al cabo de un rato, en el último tren de cercanías, llega mi hermano y regresamos en taxi a Orihuela. El taxista es argentino, nos dice que Maradona es un payaso y nos cuenta las vicisitudes de los ahorros volatilizados de su familia con el tema del Corralito. Le comentamos lo de la cartera y nos cuenta que a principios de los ochenta, le ocurrió algo parecido. Alguien, en unos lavabos le sustrajo la cartera en la que llevaba 100 dólares, de regreso a su casa, tras hacer el servicio militar.

Al llegar a Orihuela, mi hermano y yo nos separamos. De lo único que tengo ganas es de cambiarme y de tumbarme en la mecedora a escuchar música, para recuperar algo el ambiente de sábado destrozado por los incidentes. Al poco rato recibo una llamada de mi hermano, siempre más prudente y previsor que yo, diciéndome que vaya a la comisaría a hacer la denuncia, pues no se sabe lo que pueden hacer por ahí con mi carnet. Voy a la comisaría. Es la una y media de la madrugada. El policía que me atiende me sugiere que regrese por la mañana temprano, pues, están atendiendo a una mujer que está poniendo una denuncia por malos tratos y la cosa puede durar dos o tres horas, por escasez de personal. Regreso a mi casa y al entrar en mi habitación me quedo fascinado al encontrarme el carnet de identidad encima de la cama. No recordaba que lo había sacado de la cartera junto con la calderilla, poco antes de irme a Alicante. Absurdamente, registro la mesa del ordenador a ver si aparece mágicamente la cartera con el dinero. ¿Y si existen conductos espacio-temporales secretos por los que puedan colarse objetos de modo tan inesperado como desconocido? Me desnudo, tras comprobar que la magia no resulta efectiva cuando uno quiere que lo sea: definitivamente la cartera reposa en otro mundo, en otra habitación, o más exactamente, está en ningún sitio. Observo mis libros, mis discos, los contornos lila de mi habitación. La calidez del hogar, recuperada. Pero me encuentro "animosillo". La cantidad de "acontecimientos" ha removido los depósitos energéticos del deseo. Estoy excitado. Sólo pienso en.... después de un buen bocado. Entre fantasías propicias y lecturas, llego a las once y media de la mañana del domingo.

Considerando la nochecita pasada, reflexiono. Compruebo la importancia del pensamiento teórico, la insistencia en conformar y fomentar la cultura. La fraternidad también necesita "construirse". El que asistir a otros en situación de desamparo o de extravío sea tanto un derecho de éstos como una fase admirable de del progreso del bien, se lo debemos a estas iluminaciones del pensamiento. ¿Del pensamiento de quién? No sé, del pensamiento de todos. Aunque nos detestemos, también sabemos que nos necesitamos. Si no hubiera acudido a la policía o a mis familiares, alguien me hubiera echado una mano, o hubiera tenido que perder la vergüenza para mendigar el coste del billete o colarme en el tren.

Hacia la una y media me voy durmiendo, por fin, pero sin dejar de pensar, obsesivamente en aquel tipejo callosino. La tranquilidad con que se bajó en Elche viéndome registrar el vagón, ¿era perfecto disimulo, o es que, en realidad, no vio la cartera y ésta, al caerse al suelo, se filtró en otra dimensión? En fin. Que le aproveche al fantasma callosino o los del otro lado, si es que les hace falta.

miércoles, 10 de junio de 2009


EXTRACTOS DE DIARIO


Después de una madrugada de confidencias con Blanca Andreu, Vicente Hernández (el sobrino del poeta) y otros amigos, llego a mi casa en un estado de agradable ingravidez. Sorpresivamente, hoy he pulverizado totalmente la rutina. Pero, instantes después, antes de acostarme, llega la aguafiestas de siempre, la conciencia de la nulidad en la que vivo, recordándome cuánta vida de la que estoy alejado, cuántas experiencias que me prohíbo por vivir en este aislamiento. Qué mito terrible he hecho de la realidad para convertirla en algo inalcanzable, en algo tan intenso que no puedo atreverme a vivirlo. Fluctúo entre la percepción de la vida que se me otorga, plena de posibilidades, y la aniquilación ante mi impotencia para vivir tales posibilidades.


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He soñado esta noche, 8 de junio, que el poeta Carlos Marzal había escrito un libro sobre la forma de desfilar por las pasarelas de Lucía Bosé. La genialidad de ésta residía en la forma imposible de girar la pierna, haciéndola pasar a ras de las cabezas de los asistentes sin llegar a golpearlos, cuando llegaba a los extremos de la pasarela. El libro parece que iba a publicarlo Periférica.


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Paseo crepuscular por Orihuela. Muy poca gente. Lentitud y tristeza en el ambiente. Encima el calor agobia y no me atrevo a entrar solo en ningún bar. Me veo obligado a vagabundear como un imbécil yendo deprisa, lo que me produce más calor y más agobio. No se puede escapar del calor apretando el paso. A la tristeza se le une la desesperación. No puedo entrar en ningún bar, en mi casa están mis padres, en la calle no se puede estar porque hace calor. ¿Dónde me meto? De pronto, me imagino muerto, convertido en una nube de átomos que se dispersan en el polvillo de la calle. Mi cuerpo va solo, como si fuera el cuerpo de otro. Durante unos segundos experimento ese vértigo: diluirme, dispersarme, desaparecer. Pienso mirando el entorno: si no fuera por los edificios y los coches, esto sería igual que una tarde del siglo XIX. Siento latir en la atmósfera ese tempo lento de de las obras de Gabriel Miró. Es como si se me revelara lo más arcaico de una ciudad de provincias: la experiencia del tiempo. Pero para ello he tenido que estar en disposición de percibirlo, es decir, ocioso, solitario y errante.


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Gabriel Miró pertenece al paisaje histórico y social. Está como fatalmente engastado en él. Su obra es plural, pero no habla de sí mismo sino indirectamente, a través de su sosias Sigüenza. Miguel Hernández, concreto e imperioso, nos deja una obra poética que es testimonio personal y universal: trasciende el tiempo a través del poema que se convierte en canción. Miró es misterioso y lejano. Está como adormecido por un sol remoto. Se diluye o se petrifica lánguidamente en el tiempo.


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Leyendo a Flora Tristan, sus Paseos por Londres. Sensación de sorpresiva actualidad en lo que denuncia y en la elocuente forma en que lo hace. Pone a los ingleses a caer de un burro. Creo que pocos autores han sido tan contundentes criticando a la burguesía y denunciando los males sociales derivados de un capitalismo aliado con la revolución industrial, ejemplificando, sintomáticamente, tal cuadro en una nación, en este caso, Inglaterra. Flora no deja títere con cabeza: critica el abandono educativo de los niños pobres, la vida miserable de los obreros, el estado de las cárceles y manicomios, la marginación de los barrios judíos e irlandeses, la masificación de la prostitución, la indiferencia moral, la tristemente típica hipocresía inglesa, etcétera. La obra está publicada por Globalrhytim y en el prólogo Mario Vargas LLosa dice que la diatriba lanzada por Flora Tristán es, a veces, excesiva. No entiendo este matiz. Parece que, a pesar de su prólogo, el señor LLosa no se entere desde dónde escribe y ve la escritora peruano-francesa. Vargas LLosa al hablar de "exceso", se está denudando sin saberlo, nos está indicando cuál es su posición ideológica. Es como si mirara la realidad trasnquilamente desde el sillón de su biblioteca, mientras que Flora lo hace a pie de calle, en unas condiciones y época bien distintas. Elogiada por André Breton y Karl Marx, Flora Tristán es uno de los ejemplos más admirables de reacción humana de la inteligencia ante el panorama social que se le presenta: la prioridad de la consecución de la justicia.
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Yendo por Murcia, me aborda un individuo desaseado y extranjero. Me balbucea unas palabras que no entiendo. Yo percibo que no está en sus cabales y sigo adelante sin hacerle caso. Él marcha conmigo unos siete metros, sin parar de hablar. Me pongo nervioso. Al final me abandona. Horas después, cuando voy a tomar el tren para regresar a Orihuela, estando yo de mal humor, me lo encuentro en la estación y me aborda de nuevo, suplicando. Esta vez me violento, me paro en seco y mirándole fijamente le digo, mas bien me sale: ¿qué pretendes?, queriéndole decir, en realidad: ¿me estás provocando? Casi estoy a punto de darle un empujón cuando me dice - esta vez lo entiendo perfectamente- que es marroquí, que está buscando trabajo y que si yo le puedo ayudar. Su rostro aparenta cierto retraso y su voz es aflautada. El pequeño brote de ira se desinfla, y tras explicarle, brevemente, que no puedo ayudarle, y que recurra a alguna institución, lo que acabo sintiendo por ese hombre es piedad. Me avergüenzo de haber estado a punto de reaccionar violentamente. Al hablar, se ha producido la comunicación, y por ello, la tensión y la extrañeza de antes han desaparecido. Yo, envuelto en mis penas solitarias, y este hombre pidiendo trabajo en medio de la calle como si pidiera la hora. Miserias de distinta índole errando por las luminosas calles del Levante mediterráneo. Este aire de indigencia me asusta y me escandaliza. Parece como el signo de un apocalipsis que se aproximara o que ya estemos viviendo.
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Me parece emocionante lo que está sucediendo en Irán. Vuelve a confirmarse el concepto rizomático que Deleuze exponía sobre la naturaleza de la realidad. Es el acontecimiento quien articula la realidad, y a pesar de todos nuestros planes para calcular su llegada, es imprevisible. Hace dos días, pocos países se nos antojaban más monolíticos que el Irán teocrático, y ahora, las revueltas surcan las calles. Buenas noticias. La diferencia emerge de la uniformidad.
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Me sigue sorprendiendo Flora Tristán. Parece una mujer del siglo XX o XXI que, por un error, hubiera nacido en el pacato XIX e hiciera, a lo largo de esa época, un recorrido sin contemplaciones. No sólo critica implacablemente el mundo social del momento, sino que percibe cosas -atuendos, gestos, olores- que, en el caso de que por medio de una máquina del tiempo pudiéramos visitar la época, sería lo primero que a nosotros nos extrañaría. Flora habla de la incomodidad de los bancos de las iglesias, del comportamiento casi autista de los miembros de un club inglés, que hacen vida común en los locales sin hablarse ni apenas conocerse entre ellos, de la importancia que los objetos banales adquieren para las personas... Decididamente, Flora Tristán es nuestra contemporánea.
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Anoche pongo la radio para escuchar el programa de poesía que presenta Ignacio Elguero. Justo en ese momento, el locutor despide al poeta invitado, se hace una breve pausa y ponen la grabación de la voz de un hombre que habla sobre la singularidad estética de la que cada escritor se hace ineludiblemente responsable al crear su mundo literario. Noté en el tono de las palabras o en "el ruido de fondo" cierta lentitud, como si la grabación tuviera algunos años. No sé porqué, pensé en Juan Benet. Acto seguido se anuncia la edición de una antología de la obra narrativa de Benet. Yo me digo: ¡Anda! Se supone, aunque no lo dijeran, que habían utilizado su voz como carátula sonora de la noticia. Más tarde, me acuesto y sueño con un texto, publicado por Alfaguara. Se trata de un ensayo, de complicada redacción y lectura, prolijo en citas de autores y de obras literarias y filosóficas. Las dimensiones del libro son enormes. Floto en el aire, recorriendo las líneas como si escalara un muro e intentara, a la vez, descifrar una inscripción. Percibo con precisión la textura de las páginas y el aspecto nuevo, lo que delata su impresión reciente. Voy leyendo precipitadamente, entendiendo frases y pasajes aislados. Es una obra de Benet. En el texto se habla del concepto Bloglalia, que viene a ser una suerte de entelequia intelectual, una especie de lugar utópico. Yo me asombro de que Benet pudiera prever el mundo de los blogs literarios. Al final del texto, Benet insiste en que el último reducto de la ontología se encuentra en la obra de Artaud.




martes, 10 de febrero de 2009

PESADILLA Y LIBROS


Transcribo el sueño que he tenido esta madrugada (esta misma mañana, para ser más exactos).


Estoy en Orihuela, en la casa en la que vivía a mediados y finales de los sesenta, pero es 1910 ó 1911. Estoy en un rincón del salón. Todo está a oscuras, sólo se ve en el otro extremo la luz mortecina de una lámpara de mesa. Percibo el ambiente, entre mágico y angustioso de estar en 1910 (si digo angustioso es por mi temor a no saber adaptarme a las condiciones de esa época, aunque resulte mágico encontrarse en otro tiempo).

Deambulo de madrugada por las calles de Orihuela. Hay movimiento clandestino de gente. Entre las sombras hay personas que vienen y van. Son grupos de inmigrantes. Están realizando algún tipo de actividad integradora. Algunos se dedican a colocar en las papeleras cajas con libros dentro, con la intención de que sean recicladas.

De pronto veo en una calle más iluminada que otras un individuo gigantesco que se dedica a arrojarse encima de otros de menor envergadura, aplastándolos contra el suelo. Me doy cuenta de que los que yacen en el suelo, siendo machacados, son extranjeros, negros o marroquíes. Desvío la dirección y me voy por otra calle.

Veo una puerta en una pared y la confundo con la puerta de un ascensor. La abro y me encuentro con que es un estante lleno de libros de tamaño grande y en buen estado. Me creo que son los libros que los grupos de inmigrantes van abandonando por las calles y me apresuro a coger todos los que puedo. En ese momento, un montón de gente que también había confundido el estante con un ascensor, se echa encima, queriendo entrar. Se forma un barullo y escapo.

Al girarme, me doy cuenta de que los libros del estante no son los que han sido abandonados, sino que sirven de reclamo a una carnicería que se encuentra a unos metros. Tras el mostrador hay tres individuos. Son dos mujeres que parecen lesbianas, muy gordas y corpulentas, con el pelo corto y alta estatura; una de ellas es una suerte de monstruo, de aspecto lechoso, vientre hinchado y un sólo brazo. La tercera persona es un chico que parece estar en un segundo plano. Son quienes linchaban a los árabes. Me miran de mala manera porque creen que me quería llevar los libros. Me veo obligado a simular y me acerco al mostrador con la idea de comprar algo de carne y así justificar el poder llevarme alguno de los libros. Hay libros también sobre el mostrador y en el suelo, todos de impecable factura, sobre fotografía, arquitectura y otros temas que me interesan.

Al dirigirme a una de las chicas, me insulta o me reclama algo. La discusión sube de tono y yo cojo uno de los libros que hay sobre el mostrador y quiero arrojárselo a la cara, pero lo lanzo con fuerza tras el mostrador.

El sueño comienza a disiparse aquí, pero yo, como intentando alargar el sueño, pienso (no llego a decirlo) :"Vosotros vendéis carne y dais libros, yo soy poeta, escribo y compro carne".

El sueño, creo, ha estado motivado en parte por el programa Las noches blancas, que emite Telemadrid y dirige Sánchez-Dragó y que vi anoche.

miércoles, 16 de enero de 2008

El limbo empireumático

Hay un par de cosas que los que hacen revistas literarias y se obstinan en no prescindir del formato impreso tienen claro y afrontan: el trabajo que cuesta sacar adelante proyectos culturales semejantes en un contexto socio-cultural tan diverso como disperso (la pereza lectora del mundo digital, que nos está acostumbrando a volar sobre enlaces, nexos, imágenes, rótulos y fragmentos textuales antes que detenernos sobre artículos de fondo); y por otro lado, la imposibilidad de competir con los suplementos literarios de los grandes periódicos de tirada nacional.

A estos aspectos generales, se añaden los obstáculos de orden local. Empireuma lleva años infinitos paseando en su contraportada el nombre de Orihuela y de su Ayuntamiento, cuando tal publicidad no se corresponde con el interés real que el equipo de gobierno municipal manifiesta por la revista. Veinte años saliendo a la calle y ni un solo reconocimiento oficial, salvo los particulares y sobre todo los foráneos.
La causa está clara. Empireuma no es sólo una rareza en Orihuela, sino que por su especificidad dificulta la posibilidad de una recepción social generalizada. Encima, claro está, a la hora de identificar las filiaciones políticas de cualquier publicación, el que la nuestra "vaya por libre" se paga con una suerte de exilio interior, a veces muy amargo.

Si la revista estuviese claramente vinculada a algún partido, si disfrutara de una representación institucional confirmada, si a su cabeza marchara algún empresario ejemplarmente reconocido, si fuera la extensión de alguna concejalía, si los que la confeccionamos apareciéramos en tertulias, periódicos, manifestaciones, la cosa sería distinta.

Algún avispado nos ha achacado "pureza". O sea, que el que sólo nos haya interesado la cultura, en vez de arrimarnos al poder, ha sido nuestro error. Cojonudo.

Pero la revista sigue ahí, acabamos de sacar a la calle el número 33 y renovar nuestra página en la red. Además, estamos cómodos en este limbo en el que las circunstancias y el tiempo nos han instalado. Es un limbo denso y compacto que equilibra la fugacidad que supone la publicación de algo como una revista literaria con la realidad de un proyecto realizado que es (y será todavía más) una referencia de la cultura hecha en Orihuela.

viernes, 4 de enero de 2008

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....