martes, 26 de febrero de 2019

FLORIDABLANCA Y LA SUNTUOSIDAD DE LAS ERAS





La estupenda exposición que podemos encontrar  en el Palacio Almudí y en la Sala de las Verónicas, todo ello en Murcia, sobre el Conde de Floridablanca y su época, me ha hecho pensar en lo que Lezama Lima llamaba con mistérica exquisitez, las eras imaginarias. He consultado el concepto en sus ensayos, y aunque el conjunto de pinturas, grabados, objetos, dibujos y planos de que consta la exposición me hablen de una épica concreta con la gracia del arte de la época, el tiempo de Floridablanca no alcanza a fundar una Metáfora que gestara mundos a través de los milenios, tal y como el gran poeta cubano advirtiera en su examen de la imagen desde los tiempos más remotos.



Las eras imaginarias son el territorio fundado por la imagen, por la poesía: trascienden las puras vinculaciones históricas de la imagen. Por ello, el que contemos con una especificidad imaginal – el siglo XVIII-  no basta para la definición de un espacio que identificásemos como fundado por la imagen poética. Por ejemplo, las pinturas griegas, el fauno de Mallarmé-Debussy, y las ninfas modernistas, posiblemente sí nos señalarían un mundo común por la identidad helénica de su origen y su destino estético. 
Aquí, en la exposición, contamos con la presencia de un personaje notable, el conde de Floridablanca, como eje articulador de una época determinada de la historia de España. Pero toda historia es tanto, fuente de narrativas y leyendas como  vehiculación de cierta apariencia típica, de un tempo vital. Personalmente, con el siglo XVIII, he practicado a discreción el rechazo y el prejuicio: la moda de las pelucas y el pantalón hasta la rodilla, la música y la pintura de la época, incluso la filosofía…, hasta que fui descubriendo la música de José de Nebra, me fueron encantando las vistas venecianas del Canaleto, leí los diarios de viaje de Leandro de Moratín y las aventuras de Casanova, y constaté la obra de los enciclopedistas, aunque he conservado el repelús a las pelucas, los polvos y los lunares falsos.


La historia, porque fue real, nos hace soñar al repasar panorámicamente la evolución de una sociedad, su mentalidad, su arte, su grado de civilización y dominio; la historia se convierte en denso muestrario de disciplinas y alcances cuando nos divertimos comprobando, en el diagrama internacional de las culturas y las naciones,  qué aportó un tiempo y una sociedad concretos al conocimiento universal.
La historia es un laberinto de anécdotas: qué experimentarían las personas que componían aquella comitiva española que hacia 1774 fueron recibidas en Argel con un extraordinario “baile de moras” en su honor y que figura en esta exposición.
Curiosamente si hago abstracción de lo estrictamente histórico, es decir, si me olvido de guerras y vaivenes políticos, es cuando la pura apariencia, lo estético, se afianza y penetro en la fascinación del color y la textura concretos de la época concreta.
Otros podrían decir que es en ese momento cuando más se puede falsear la historia, pero creo que el mensaje de la cultura es lo que perdura y continúa significando a través del tiempo, metamorfoseando alternativamente sus términos en la recepción de los lectores.  
Una época, al ser plenamente ella, trasciende el tiempo, precisamente, por saturarse de tiempo, de experiencia, por ser justa y emocionadamente lo que los individuos han deseado ser.
Esta exposición la disfruto de esos dos modos: comprobando lo que la sociedad de ese momento pretendió e hizo, y el modo, el estilo, en que lo hicieron.     




miércoles, 20 de febrero de 2019

AGENDA AGENDÍSIMA




Hace años publiqué una reseña algo durilla sobre un ensayo de Agustín Fernández Mallo, Pospoética. Esta obra llegó insólitamente a ganar el premio de ensayo de la editorial Anagrama,  y me pareció no sólo un bluf, - el autor era inconsecuente ante lo que pretendía mostrar – sino un engaño dialéctico que alcanzó cierta notoriedad durante unos días- el tiempo en que la crítica le puso a caldo – más por su apariencia novedosa que por el análisis profundo de lo que se supone, exponía: diagramas insulsos y bibliografía pedantesca. Yo que he leído todo Barthes, percibí enseguida que Mallo, que lo citaba un par de veces, no lo había leído, o al menos, que lo citaba muy torpemente. Recientemente ha publicado Teoría general de la basura en una editorial importante, Galaxia Gutenberg. El volumen tiene presencia, con todas las pretensiones de convertirse en libro de referencia dentro del mundo de la abundosa bibliografía de vanguardias, postvanguardias y transvanguardias artísticas. He tenido la tentación de comprármelo. No guardo ninguna animadversión por Mallo, es más, me ha gustado, sin volverme loco, desde luego, algún libro suyo de poemas y remakes, además de parecerme injusta la demanda que le puso María Kodama por plagio: lo que hizo con El Hacedor fue homenajear a Borges no mera y vulgarmente copiarlo; pero el recuerdo del fiasco de su anterior obra ensayística me ha parado por el momento. Para comprar un libro, este tiene que seducirme. Cuando ocurre esto, no siento el dinero que gasto, es decir, no me duele lo que pueda valer el libro en cuestión. Hasta ahora, con respecto a esta teoría del desperdicio tal cosa no ha acabado de ocurrir, y eso que me interesaría saber qué nos tiene que decir Mallo sobre el tema. Con Mallo me ocurre que su “personaje” me produce cierta atracción, (a ello hay que sumarle el atractivo que reviste la profesión que ejercía antes de convertirse en escritor); pero al leerlo es cuando la desilusión chafa las expectativas que uno se había hecho. La crítica puso bien su última novela. Pero yo no leo novelas. En fin ya me enteraré por otros de qué va esta teoría quizá no teorética, aunque el título ya se me antoje un anzuelo engañoso y la intención de definir- otra vez – en qué ha consistido el arte de las últimas décadas, una pretensión algo cansina y pedante para quien no es profesionalmente un filósofo.  



Miguel Espinosa, quizá por la proximidad geográfica del personaje y ser Murcia una ciudad frecuente en mis peregrinaciones y flanêries, me produce una fascinación difícil de definir. Su inventiva verbal resulta sorpresiva siempre y esta impresión de intensidad tiende a crecer y a seguir ofreciéndonos hallazgos en cada rincón o vuelta de esquina de un párrafo. Por mucho que uno pueda referirse al paso del tiempo como factor atenuante sobre su obra, esto no acaba de eliminar el atractivo de ese poderío escritural, de esa constante originalidad. Espinosa descubrió un modo de pensar y de escribir y ello resulta a día de hoy inmarcesible. En vida, él ya tuvo que escuchar críticas a su estilo - fatigoso, teórico, barroquizante - pero no parece que ello obrase sobre él persuasivamente. Sabía lo que tenía que hacer y siguió haciéndolo. Estoy leyendo su epistolario amoroso y desde luego, lo vuelvo a confirmar, la originalidad de su persona y de su creatividad lingüística, aparecen aquí también, uniendo de modo irresoluble y brillante, literatura y vida. ¿Cómo serían las cartas de su destinataria? ¿Igual de sorpresivas, ensortijadas, densas y pasionales? Yo diría que una de las características de Espinosa es su indiferencia ante lo moderno, es decir, ante lo literariamente funcional, comestible, vendible. Uno de sus modelos fue cervantes. Con tal de escribir como él, qué más da todo lo demás, incluso el tipo de literatura que forzosamente o no pudiera producir a partir de tal domeñamiento del verbo. Espinosa me hace recordar por generación y escritura novelística, incluso casi por temperamento, a Benet, pero al autor murciano lo veo más lírico, más poeta, más próximo a los clásicos, menos pedregoso. Espíritu infrecuente y admirable, Espinosa, que vivió aquí al lado, en otra ciudad levantina como la mía, llena de luz y de razón transida. Qué sensación de mágica melancolía pensar que cuando de niño visitábamos mis hermanos, mis padres y yo la ciudad de Murcia para ver a nuestros añejos tíos y tías a finales de los setenta, Miguel Espinosa se encontraba por allí, vivo y pensante, emitiendo frases gustosas como pámpanos y precisas como enunciados matemáticos.          


 Internet y algunas especulaciones barthesianas.
La editorial Ediciones Godot publicó recientemente, bajo el nombre de Un mensaje sin código, todos los ensayos y artículos que Barthes publicara en la famosa revista Communications. En uno de esos artículos, Barthes habla de las distintas formas lingüístico-comunicativas que podrían gestarse  en el seno de la sociedad actual. Dice que a la semiología, confinada ridículamente en el sistema de signos del código vial – estamos a inicios de los sesenta -  le esperaban desarrollos insospechados e inexplorados. Teniendo en cuenta, advierte , que todo sistema semiológico se mezcla con el lenguaje, explica que tarde o temprano la sociedad que utilice la semiótica como instrumento de conocimiento y análisis, terminará topándose con el lenguaje en sí, y no como modelo o pretexto cualquiera de la semiótica, sino como significado, como expresión.
La semiótica, entonces, posiblemente se subsumirá en una translingüística, que asuma la transversalidad diciplinaria de la nueva semiótica. Dice que el lenguaje que en ese nuevo modo de analizar o pensar o escribir, podría adquirir formas de lenguaje secundario, cuyas unidades ya no son los fonemas o los monemas, sino fragmentos más extensos de discurso, que remiten a objetos o episodios que significan por debajo del lenguaje pero nunca sin él.  
Yo, al leer esto he pensado, un poco precipitadamente, en internet y en facebook en lo que respecta a esas formas secundarias. La gran esfera internética que supone una red cuasi infinita de comunicantes lanzándose mensajes unos a otros de modo continuo e indeterminado, unen a la utilización del lenguaje otros tipos de elementos comunicativos complementarios o principales: imágenes y videos. La gran comunicación internáutica es un hecho global, una representación multidimensional del hecho de la comunicación infinita, cuya naturaleza virtual explica precisamente el que sea mundial e interminable. Barthes habla de un estado evolutivo de la semiótica como instrumento de conocimiento y del estado que el lenguaje adoptará ante nuestras nuevas evoluciones y exigencias.
Por ello, ¿no es en cierto aspecto, internet no sólo una plataforma de acción masiva sino la imagen futura de las posibilidades comunicativas? Ya lo es, clara y obviamente. Lo que nos queda saber es si supone una potenciación perenne de los recursos expresivos y comunicativos del lenguaje, o si no tiene nada que ver con su sustancia o destino, sino con la mera tecnología. ¿Es internet algo espiritual, materializa contenidos que  ya existían  germinalmente en nuestra imaginación? Si como Heidegger decía: la esencia de la técnica no es algo tecnológico, y el famoso dicho ratifica: el medio es el mensaje, está claro que internet marca nuestra vida actual e ilustra el devenir  acerca del tipo de naturaleza operativa que la sociedad ha adoptado.       








lunes, 18 de febrero de 2019


ÚLTIMA INCURSIÓN EN LA FERIA DEL LIBRO 
DE OCASIÓN DE MURCIA





Dos encantadoras novelas francesas con sabor decimonónico y epocal, o bien, dos encantadoras novelitas decimonónicas con sabor francés y epocal.






El poeta simbolista Pierre Louys aseguraba que los poemas de este libro pertenecían a un manuscrito encontrado a orillas del río griego Melas, y que databa de hace miles de años. Quizá le faltó ser Borges para que la superchería literaria le hubiera salido bien. La cuestión es que bien pronto fue pillado en su intento mixtificador y la magia no prosperó. Ahora bien, podríamos imaginariamente considerar milenarios estos delicados poemas, como asimismo, indescriptible la belleza de Bilitis.






Nutrida antología poética de Hugo Von Hoffmansthal. Poemas sorpresivamente densos, preñados de ese simbolismo germánico que más que atender a escenarios de cisnes y ninfas, se centra en la función profunda de los poetas y las implicaciones lingüísticas de su trabajo.








La obra poética de Poe resulta interesante por el personaje de que se trata, por su sensibilidad convulsiva y su estremecida inteligencia. La traducción de esta edición es caótica y a ratos, casi ininteligible. ¿Tan complicada es la poesía de Poe para provocar este tipo de cosas?






La obra completa de quien está considerado el primer poeta de América latina. Qué necesaria ha sido la voz de los poetas en otros tiempos para configurar el espíritu de los pueblos, el devenir profundo de las naciones. No confundir este Heredia con el otro, que se llama igual, y que adoptó afrancesadamente, la estética parnasiana.






La compra más atrevida y hasta absurda de esta feria. Ni más ni menos que la archiconocida fenomenología hegeliana del espíritu. Concibo este libro como un mecanismo de frases, un engranaje de definiciones. La teoría en estado de gracia, produciendo espumas verbales y especulaciones exactas en torno al absoluto. Habrá que leerlo como la ficción genial y atrevida de un príncipe loco encaramado al trono del sacro imperio germánico.







Memorias de viaje de un murciano ilustre. Interesante periplo que le lleva desde Berlín hasta ese territorio exótico, poco conocido llamado Constantinopla (ahora decimos Turquía o Estambul) En 1889 la luz eléctrica ya era ampliamente utilizada en las calles de las ciudades de París o Berlín cuyas extensiones podrían cubrir kilómetros enteros. Los turcos se empeñan en hacer casas de madera aunque un incendio tras otro, las  destruya. El prólogo es de Juan de la Cierva, otro murciano distinguido y bien conocido por su invento del submarino.   

martes, 12 de febrero de 2019

IMPRESIONES DE UN LECTOR: LA LECTURA COMO INCURSIÓN EN LA URDIMBRE INFINITA





Efectivamente. Impresiones y sobre todo de un lector, es decir, de alguien no especializado en teorías o literatura comparada, sino de quien  gusta de esa práctica tan especial, tan íntima y gozosa como es la lectura; una práctica que no hace sino confirmar la diversidad de los mundos y la capacidad humana para consignar y articular tal diversidad bajo ficciones de tipo y género distintos.
La curiosidad de los mundos de la que nos hablan las literaturas no depende tanto de formaciones técnicas como del propio gusto, de la curiosidad personal y la capacidad individual para disfrutar, para aceptar lo insólito o lo bello en sus más varios registros.
Por ello mismo, el que estos escritos carezcan de la pretensión formal de la crítica y emerjan desde la inmediatez de la impresión personal confirma la autenticidad de su elección y la libertad del lector que ha optado por tales obras, por tales textos, motivado, únicamente, por el gusto personal, en definitiva, por el placer.
Roland Barthes, en su conocida obra El placer del texto,  reivindicaba la lectura, independientemente de las teorías, en rigor,  que pudieran explicarla, como práctica individual del placer. Si la escritura puede tener un fin y un comienzo, la lectura es esa acción que nunca acaba; si se escribe para ser reconocido, para llevar a cabo un cometido ideológico o contra-ideológico, la lectura inicia un viaje de desciframiento potencialmente infinito. También es  verdad que existiendo un gran conocimiento de la historia de la escritura, de sus técnicas y variaciones, resulta mucho más complejo hablar de una historia de la lectura. A fin de cuentas, la lectura no tiene tantas normas como la escritura y deviene en algo, en suma, misterioso debido a los confines de la subjetividad en que se sumerge y evoluciona.
Todo esto hay que valorar cuando lo que se nos ofrece son “las perlas” no del escritor o del autor, sino del lector. Ese lector anónimo, ese personaje que hace una cosa tan rara como es, en definitiva, leer, se encarna en este volumen en la persona de Javier Puig. Cosa también cuasi extraña sería reivindicar, a propósito de este libro, no tanto el impudor de escribir sino el atrevimiento de una praxis tan secreta como voluptuosamente compensatoria: la de leer.  
Kafka, Irene Nemirovsky, Thomas Man, Azorín, Cristina Fernández Cubas, Sandor Marai, Ian Mcwean, Stefan Zweig, Hermann Brosch, o Ramón Gaya son alguno de los hitos sobre los que planea la curiosidad adictiva de nuestro amigo lector, Javier Puig.         





CAMINATA.

Me echo a andar y decido hacerlo en línea recta. La línea implica sucesión, por lo tanto, exposición narrativa de hechos y descripciones unos detrás de los otros, según se dan u observo. Inexistencia de lo oblicuo o de lo sugerido, consecución de las imágenes.
Camino en línea recta, intentando sortear en la medida de lo posible, los obstáculos naturales con los que me encuentre. Linealidad iniciada: ingreso en la Hora en cuyos meandros internos pretendo desenvolverme.
Atravieso un seto compacto, una gran valla azul, un conjunto de apartamentos. Me voy alejando de la ciudad. Estas casas todavía cuentan con la presencia de arbustos en sus entradas. Los vecinos han sabido recortar y adosar porciones de verde alrededor para guarecerse mínimamente del exterior.



Sigo caminando. Las nubes y el sol me acompañan, son mis cómplices. Quiero salir de la ciudad para luego experimentar el placer de regresar y recuperarla. Busco la periferia, la periferia de la periferia, salir de la ciudad para marchar por sus bordes discernibles y progresivamente, diluirme en la naturaleza, en el espacio definitivamente libre de cualquier signo inmediato de la civilización que abandono (es un decir). Siento una vibración en el estómago, es la ilusión por deshacerme de los límites precisos, de la geometría a que he acostumbrado el cuerpo, a la que hemos acostumbrado nuestra delicada máquina viviente. Quiero aproximarme a un lugar que sea eso, lugar, espacio habitable, pero sin trazos perceptibles o diseñados. Presiento la embriaguez que me espera. Me acerco a lo numinoso. Internarse en un fragmento de naturaleza es como perderse sin  tragedia en un sueño.



Salgo de la ciudad. Los rastros de la ciudad persisten aquí y allá como escritura fragmentada, encarnada en algún cartel publicitario, en algún montón de objetos casi indescriptible que sobresalen de la vegetación del borde de la carretera, en bidones, pañuelos, alguna pelota de playa que ha ido a parar cerca de un poste.
Me interno por un sendero apenas perceptible que se adentra o se adentraba en zonas de campo sin cultivar. Piso matojos, piedrecillas, algo así como paños fosilizados entre piedras de gran tamaño, que semejan pieles de reptiles desconocidos. La aventura comienza a ser trepidante porque no sé hacia dónde voy ni sé qué me voy a encontrar tras las cañas y los arbustos.
El espacio se aclara y creo distinguir una línea recta en el suelo. Es el borde a ras de tierra de un estanque artificial. Me planto en el filo del borde. Salen matojos del interior. Apenas se distingue agua. Hay tanta vegetación no uniforme sobresaliendo o flotando sobre el agua, que esta es apenas visible en un par de rincones, donde lo que se percibe son espejos oscuros reflejando la luz de la tarde todavía bien luminosa. Las formaciones de agua en tierra, sobre todo arroyuelos, pantanos, estanques, los tramos de algunos ríos, siempre me han parecido siniestros, repelentes, al contrario de lo que siento con el mar. Imagino o veo podredumbres flotando o interceptando el curso del agua. Incluso en aguas transparentísimas en las que se ve el lecho del río, esas plantas subacuáticas que se ondulan con la corriente, me producen un escalofrío: me parecen cabelleras de muertas. La lentitud del movimiento de estas plantas bajo el agua: parece que estemos viendo la imagen de un sueño.




Me fijo con detenimiento en esta superficie del estanque y creo adivinar la sombra de un objeto al fondo. Siento espanto. Si Narciso se hubiera visto en aguas como estas quizá hubiera salido huyendo al verse rodeado e impregnado de inmundicias.
Me alejo de este agujero, de esta suerte de tumba, tras haber visto una libélula atravesarla de extremo a extremo. Tras andar un poco a la deriva al introducirme en un espacio con la vegetación muy alta y con el miedo de no saber dónde piso, diviso un claro. Me acerco a él y me doy cuenta de que se insinúa un camino algo más allá, quizá hecho por el paso de trabajadores o personas que vivan cerca de aquí.
El camino apenas visible me lleva a una zona interior de la huerta que estoy circundando y desaparece al desembocar en un espacio de tierra, donde se nota que la vegetación ha sido retirada para que circulen, quizás, vehículos y personas. Se trata de un camino ancho a cuyos ambos lados crecen o fueron plantados un gran número de cipreses. Me planto en medio del camino y observo. No hay nadie. No se escucha nada, independientemente del gorjeo leve de los pájaros. La largura del camino bordeado por los cipreses impresiona. Pienso que conduce a un cementerio, pero descartando esa imaginación, pienso que a donde lleve este camino, debe poseer algo de especial, de mágico, de sombrío. El camino es recto, apenas serpentea en algún punto, por ello ofrece un aspecto uniforme e inquietante, como si se tratara de un gigantesco ser vivo.




Echo a andar. La presencia de los cipreses no es fácil obviarla. Me siento el punto de atención de ojos invisibles. Al mismo tiempo siento un leve estremecimiento: como he dicho, el camino parece que conduzca a algún sitio y se espera el acontecimiento de mi llegada a ese punto. Recuerdo una composición de Liszt, muy acorde con la situación, perteneciente a su obra pianística Años de peregrinaje, que parece sonar al ritmo de mis pasos, con solemnidad fúnebre.  Los cipreses me parecen escoltas transnaturales. Arden por dentro, en su llama oscura llena de profecías y sueños.
Paso frente a una vieja casa de campo. No está habitada. Antiguamente quizá fue la residencia de los dueños de todo esto, ahora más bien parece que se utilice como almacén. Pienso en el “tempo” de otro tiempo, en el de los dueños – señores- de entonces, en el de las personas acostumbradas a trabajar y moverse en el campo, entre animales, fuera del reloj urbano, de los horarios de la ciudad, sumidos en esta embriaguez vegetal, en esta lentitud, en esta relación con pocos paliativos o intermediarios con la vida cósmica y natural. Lo primero que hicieron los hombres después de proporcionarse el sustento fue mirar el cielo e imaginar una escritura celeste de la que surgieron las constelaciones y los signos zodiacales. Siento algo de vergüenza al ser un urbanita pasional y no saber vivir en este ambiente aunque sí lo admire y lo disfrute del modo en que lo estoy haciendo. Recuerdo lo que supuso para Leonora Carrington su experiencia en el campo, uno de los momentos más felices de su vida. Me comparo con ella y no sé cuánto tiempo podría aguantar viviendo por aquí. Pero una estancia temporal sería una interesante experiencia.  




Sigo caminando y desde mi camino de cipreses voy divisando zonas cultivadas, pozos, restos oxidados de material de trabajo, acequias benditas en su abandono, restos de construcciones, probablemente almacenes antiguos o lugares en los que guarecer a los animales…
Decido cortar, no seguir internándome más en la huerta y para evitar contacto con algún posible parroquiano, atravieso un espacio algo abrupto y lleno de cañas y hierbas dispersas y llego a la carretera, en un punto distante de la ciudad.
Experimento cierto bienestar al recuperar la carretera. La continuidad continúa. Veo una casa tras la hilera espesa de cañas e higueras. Fantaseo con la idea de qué estarán haciendo allí a estas horas. Forzosamente comparo mi situación de extranjero, de visor andante con la de los nativos, tranquilamente disfrutando del ambiente de sus hogares, de esta protección de los árboles en torno a las casas. A los habitantes de la casa, los imagino tumbados, viendo la tele, estudiando, revolcándose en el sofá dándose lentos mordiscos, disfrutando de los modestos interiores guarecidos en el exterior por la umbría verde y vegetal. Siento cierto placer masoquista. Ellos allí dentro disfrutando del sexo, de la comida, de la lectura y yo aquí fuera, olvidado, en la intemperie, pinchado por las ramas, acosado por los mosquitos.




Ando kilómetros por el borde de la carretera. No estoy en una autopista, desde luego, aunque tampoco en un camino rural. Pasan muy pocos coches. Me encanta la hierba que asoma por el filo del asfalto, la línea concreta entre naturaleza y civilización, entre lo original y el artificio. Me paro ante un cartel publicitario enorme, como un camión. El fondo rojo y las letras blancas contrastan brillantemente y fulguran sobre el azul duro y atenuado del atardecer de otoño. Más adelante me voy fijando en los rectángulos blancos, grises y azules que voy viendo sobre la línea del horizonte. Son naves industriales, gasolineras, casas… Esta presencia dispersa de civilización en la naturaleza me produce cierta fascinación, la de comprobar el contraste entre lo geométrico y plano con las ondulaciones y texturas del espacio natural. Tomando como punto de referencia estos grandes objetos, el espacio cobra un aspecto cálido, extensible hasta el infinito, como si se transformara en una suerte de pista sobre la que se deslizan tales objetos de formación lineal y tridimensional, porque en definitiva, aunque la ciudad sea un espacio específico creado a sí mismo y portador de signos propios, no deja de ser un territorio delimitado dentro de un espacio mayor, sobre la extensión absoluta del espacio natural que lo incluye.
Al cabo de un rato de andadura por la carretera, esquivando a un par de furgonetas en veinte minutos, pienso en regresar. La exploración ha dado un viraje. Me siento triste en la monotonía gris del asfalto y no me apetece cruzar zona de huerta porque tampoco me apetece ir a parar a una acequia cubierta por la vegetación. Me doy media vuelta y cruzo al otro lado del borde de la carretera cuyas resquebrajaduras me hacen pensar en una taza de chocolate rebosando de la taza. Ahora los árboles del camino que me habían resultado vivificadores se me hacen pesados, adquieren cierta fisicidad fatal: repetir su abrigo de sombra del camino pero el de vuelta.




La melancolía se espesa bajo las nubes. Anochece lentamente. La noche en la ciudad se ve atravesada por luces, ruidos, músicas, conversaciones callejeras, gritos.. Aquí todo fluye en quietud, envuelto en una sutil capa de luz azulada y grisácea que destaca algunos rincones e invisibiliza otros, pero tomando la totalidad del espacio en una suerte de sólida ingravidez. Toda pausa que antes era pequeña fuente de gracia es ahora un surtidor de sombra parada.
Vislumbro la ciudad. Se insinúa a través de una hilera trémula de luces sobre el horizonte que se va espesando en un negro denso. Las luces me comunican la vivacidad que antes disfrutaba y que ya dejo a mis espaldas. Este contraste me produce cierta amargura. En realidad, es imposible prescindir de aquel mundo que veo rutilar en la lejanía y guarecerse indefinidamente aquí, en la naturaleza, en lo continuamente ancestral. Los lugares, la evocación que producen estos lugares son para disfrutar ocasionalmente, o bien, intentar que alrededor de nuestras viviendas las blanduras de lo natural fructifiquen, que podamos hallarnos cerca de este tipo de estímulo natural.  Pienso en la glorieta de la ciudad de Orihuela, el espacio con más verde en el centro de esta población.  
Pienso que es en la ciudad donde se realiza mi destino, que es allí donde todos los signos y todas las experiencias vitales se producen, y que ahora que regreso no hago sino cumplir con mi deber. La figura de Thoreau, parece reincidente, su ecologismo no me interesa. Pero es una tontería establecer dualismos facilones. Vivo en la ciudad, pero necesito el agua, la luz, el aire, la libre fluencia de la vida. Y es esa fluencia la que secretamente ansío y a la que doy gracias con secreto estremecimiento, sabiendo que en otros puntos del planeta la vida no es fácil. Y por todo ello, regreso agradecido a la dulzura que me rodea y con ello al misterio que posibilita que todo esto exista.    




martes, 5 de febrero de 2019

DIARIO DE LECTURAS. FERIA DEL LIBRO DE OCASIÓN EN MURCIA.



Cada año me pasa lo mismo, cuando llego a casa con el montón de libros cazados en la feria, con este tesoro que nadie quiere de papeluchos antiguos, con este continente cuasi anacrónico - pretenden algunos -  de mantenimiento y medio del conocimiento y de la memoria: la avidez por leerlos me crea ansiedad, creo que no voy a poder disfrutar de todos, que ya resulta inútil comprar tanto libro, que en breve se convertirán, en  mi casa, en trastos también. El sueño de George Steiner es el de leer ininterrumpidamente. Ya sabemos cómo concebía Borges el lugar idóneo para disfrutar de la felicidad eterna. Pero en el acto de comprar en una feria de ocasión, si no controlas esa ansiedad por encontrar el volumen más raro, el libro que has soñado encontrar y que quizás se halle aquí, ahí, en algún rincón de las casetas, se produce esa quemazón del gusto natural que te llevaría más relajado, una tarde cualquiera, a una librería. Precisamente la ocasión de una feria de ocasión excita de más el olfato de la búsqueda bibliomaníaca, y eso que el término podría quedarse  en el mero estímulo y acicate, porque las ferias ya no resultan tan económicas como hace algunos años.
Hace un par de años creía que ya poca cosa de interés podía encontrarse en las ferias. Pero los libros son infinitos y en una de esas revueltas e itinerarios entre la morralla aparente te topas con un libro que sí te interesa y lo compras. Aquí va la lista de los que han caído en mis dos incursiones murcianas.






-         A Saúl Yurkievich lo veo bastante olvidado. Recuerdo haber leído con gusto una obra suya publicada, me parece en Tusquets, de prosas poéticas en donde demostraba con brillantez su manejo escritural. En este grueso volumen exhibe esas dotes a tutiplén. Sus críticas de las obras de Lezama Lima, Octavio Paz o Cortázar, reinventan el género, son obras de creación en sí mismas. La especialidad de Yurkievich es la de presentar las obras de los escritores que analiza,  desde una perspectiva altamente dinámica y atractiva.




-         Tres libros de la misma colección. Las cartas que Marcel Schwob envía en su colorido periplo a su mujer, relatando el viaje que le llevará a las islas de Samoa. El resultado es una escritura minimal y rítmica, policromada: la melopea sensorial que producen los aspectos continuamente cambiantes del mar y de los cielos agitando el barco en que viaja nuestro diestro amanuense.




-         Una selección del diario de André Gide. Selección tiene que ser pues creo que salvo una edición en Argentina, no existe otra edición en español del diario íntegro del nobel francés. Breton detestaba a Gide. Le molestaba hasta su aspecto físico. Y eso que el pobre de Gide hizo el esfuerzo de leerse El capital de Marx con la idea de comprender el espíritu de su tiempo y dirimir con razones las ansias de los revolucionarios. Los escritos del joven Gide exhalan el encanto de un temperamento crítico y soñador. Escribe por ejemplo, este pasaje que yo lanzaría como tarea de desciframiento simbólico y contextual a filólogos y afines  : “Año 1888. Leer a Sófocles como un filósofo alemán. Platón en una celda de anacoreta. Eurípides al son de la música de Chopin. Teócrito a la orilla de un arroyo y Safo en  las rocas de los acantilados”.  ¿No parece un cuadro modernista o simbolista a lo Moreau? 




-           “Basílicas” llama Paul Morand a las salas de cine que se abrían en Nueva York, destinatarias de inversiones millonarias. Para un europeo, Nueva York era una ciudad insólita, tendente al exceso y a una movilidad continua. Fundada a medias por ingleses y holandeses, Paul Morand relata su crónica de la ciudad de los rascacielos inmediatamente después del famoso crack del año 29. Se encuentra pues en un momento histórico de la ciudad y del país. Como siempre ocurre, la información que supone esta crónica resulta doblemente curiosa: las impresiones que, entonces, causó la ciudad en un temperamento agudo como el de Morand y lo que tales impresiones suponen para el análisis histórico a lectores de hoy.




-         A Borges le parecían excesivas y pedantescas las teorías literario-fantásticas que ensayistas varios dedicaban tanto a su obra como a su personaje en tanto que creador original. Este libro es uno más de esa extensa y a veces innumerable bibliografía erudita; ahora bien, si nos apasiona Borges, podríamos suponer en el ensayista en cuestión que lo aborda, tanta dosis de inteligencia como las ficciones borgianas requieren para su desciframiento y en ese caso, disfrutar tanto de probables aportaciones nuevas como de otra ocasión de discurso borgiano.     




-         El mundo de los sueños es la pieza maestra de mi escrutinio libresco en la feria. La edición es de 1901, es decir, que este objeto llamado libro, tiene 118 años. Resultaría curioso imaginar las peripecias del  volumen, publicado en México, hasta su llegada, vía marítima o aérea, a Europa, a España y, finalmente, a mis manos. El astrónomo Camille Flammarion fue un escritor de éxito en su tiempo. Publicó libros de difusión astronómica, novelas, obras de teatro y libros de investigación sobre lo sobrenatural. Lo que engancha de este librico es su rosario de anécdotas extrañas, el aire de género esotérico que despide su volumen informativo,  los casos con nombres y apellidos que de modo consecutivo expone tras una breve introducción teórica. Estos sueños que Flammarion investiga poco tienen que ver con los que psicológicamente analizaba en el mismo momento su contemporáneo austríaco, Sigmund Freud, que publica su gran obra sobre los sueños un año antes, aunque algunas de las intuiciones que se tenían por entonces sobre la naturaleza de los sueños y sobre lo que los ocasionaba, y que Flammarion también explica, se asemeja mucho a lo que Freud confirma como elementos constituyentes del proceso onírico: contenidos latentes, la función de la imagen, motivos fisiológicos como causas directas de sueños…  Flammarion cita gran número de sueños premonitorios y telepáticos. Freud, aunque siempre se mostró reacio a admitir lo extraño como fenómeno real, su experiencia le llevó a admitir, finalmente, la existencia de la telepatía, aunque lo hiciera muy discretamente. El libro de Flammarion se lee como una suerte de muestrario de literatura popular y fantástica. Yo lo leo y lo disfruto así, aunque, por otro lado,  hay que admitir que la suma de casos contrastados que supone cada historia real, no deja de postular una comunicación a través del sueño, que trasciende el espacio y el tiempo. Algunos de los casos se remontan a 1840, a 1830, y el sabor de época junto a lo extraño del suceso contado a través de la efectiva sencillez de lo oral, producen un efecto fascinante.






-         Desconocía absolutamente la existencia de este autor húngaro que en la década de los veinte vivió entre Chile y Perú y escribió lo mejor de su obra vanguardista en español.






-         En agosto del año 1756 las monjas del convento de la Visitación en la ciudad de México, le rinden un inmejorable y barroco homenaje a los virreyes de España entonces, los marqueses de Las Amarillas, con la composición de una obra de teatro, una loa que va algo  más allá de las limitaciones de su género. La obra editada en su integridad es tanto una rareza como una interesante muestra lingüística por sus alusiones a las lenguas nativas.





-         Preceptos operativos, objeto dinámico y objeto inmediato, códigos y subcódigos, textos y metatextos y cuasi infratextos, isotopías mas no heterotopías, inferencias, estructuras y modelizaciones: he aquí la fulgurante jerga que Eco despliega en su análisis de los mundos narrativos posibles. Por un lado, las sensaciones, hoy,  ante esta lujuriosa exhibición terminológica, no excluyen cierta añoranza melancólica. De todos modos, como el análisis semiótico puede aplicarse sobre cualquier fenómeno o sustancia, podríamos imaginar que alguien con el suficiente entusiasmo intelectual lo hiciera sobre la inaudita fenomenología actual, pues el saber puede renacer y potenciarse: son las épocas de máximo esplendor conceptual de la semiótica las que  producen en nosotros cierto sabor anhelante, teniendo en cuenta la salud regulera de las humanidades y el éxtasis tecnológico que vivimos..         

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...