martes, 30 de junio de 2020

FRECUENTANDO A SIJÉ



Encuentro en Bucarest de traductores, escritores y directores de revistas literarias. En la foto, pueden verse a Joaquín Garrigós, con el micrófono; Elelena-Liliana Popescu, Fernando Iwasaki, yo mismo con camisa roja, Najmías y  y José Luis Zerón. 2006. 

EL  HURTADO PLACER DE LA CONVERSACIÓN

Continúo hallando puntos de conexión entre el presente nacional o local, y lo denunciado o comentado por Sijé en sus artículos periodísticos.
Se quejaba Sijé, en un artículo publicado en El Sol, en el año 1931, de que la política teñía de tal modo cualquier tertulia, que el placer de la conversación, algo tan particular y estimado en la vida social del país, había casi desaparecido, secuestrado por este prurito insaciable. Lo político, la obsesión política cubría el horizonte de tal manera, que toda otra alternativa de discurso o de observación, quedaba opacada o expulsada de la tendencia común. Por ello, dice Sijé, que descuidamos nuestro mundo interior, que este se ha reducido a una sutileza casi imperceptible ante el imponderable político. Si tenemos en cuenta el contexto social y en qué iba a desembocar – la contienda civil – ello casi justificaría aquel enfrascamiento general de la población.
Del mismo modo, con, quizás, más indignación que nuestro sabio articulista, se manifestaba el hispanista francés Jean-Claude Rabaté, este año pasado,  cuando al presentar una biografía sobre Unamuno, en un programa de entrevistas emitido por el canal público 24 horas, dijo, visiblemente exasperado: ¡España está enferma de política!  
Cuando el hispanista decía esto, el debate sobre la independencia catalana paralizaba todas las cadenas de televisión y las ediciones de los periódicos.
Sijé más que denunciar la decadencia de las tertulias, exponía un hecho concreto: la sustitución de la libertad temática de los tertulianos por el “monografismo” político, como rezaba la definición de Eugenio D´Ors.
Cuando ahora nos quejamos no de la decadencia sino de la inexistencia de las tertulias, tanto televisadas como practicadas por nosotros mismos, no hacemos sino sumar otra ausencia más, otra desposesión más a la melancólica lista que nos califica como posmodernos, posindustriales y, ya puestos, pos cualquier cosa que antes se ejerciera con soberanía y naturalidad. Lo dijo una vez el agudo escritor francés Jean Baudrillard, invitado a un programa que dirigía Sánchez-Dragó: el hombre actual está asistiendo a una suerte de nuevo Auschtwitz, en el cada tras cada sesión, se le va despojando paulatinamente de cualidades y hasta de derechos.
Actualmente se habla, cómo no, de la pandemia, pero creo que tenía razón Sijé: nos importa poco, a pesar de cómo sean o no las circunstancias que se vivan,  el mayor tesoro que poseemos y que es nuestro más preciado y especioso laberinto de contenidos y posibilidades: nuestra propia alma. Se ha impuesto un discurso de intereses civiles, sí, pero cuasi parece que hablar de metafísica, de arte, de espíritu, de la historia de las ideas, esté tácitamente prohibido.
Si como afirma, dolido, Ángel Gabilondo: Cada vez hacemos menos cosas, juntos, el arte de la tertulia, desde luego, es una de esas cosas que antes, con más entusiasmo y tiempo que ahora, sí hacíamos juntos con soberano gusto.   

jueves, 25 de junio de 2020

FRECUENTANDO A SIJÉ





ESPECTÁCULO Y OCIO EN ORIHUELA

Hace unos años me hablaba mi madre de la vida social y cultural que registraba el casino de Orihuela, de los espectáculos, obras de teatro, variedades y cine, que se producían en el Teatro Circo, del ambiente que había en el bar Llanes y en el Hotel Palas; de la vaquilla que le brindaron en una ocasión en la plaza de toros, de las visitas secretas de Sara Montiel al barrio donde vivió (su casa estaba y sigue estando, a enfrente de la que fue nuestra, y en la que vivimos parte de los sesenta hasta el año 1974, en la calle Bado)…. Recuerdo que conforme hablaba, mi madre se iba entusiasmando más por unos tiempos idos para siempre, mientras que yo me quedaba algo pasmado de la actividad de entonces. Con razón en aquellos días de juventud,  mi madre fue feliz y la necesidad de salir de la ciudad para expansionarse no era tan apremiante como lo fue décadas después.
Del mismo modo, la crónica de ocio que Sijé cubrió para la publicación Destellos, me ha procurado alguna que otra sorpresa. Una de esas sorpresas ha sido el visionamiento que se hacía entonces en el Teatro Circo de películas rusas. Durante la dictadura franquista, claro está, el visionamiento público de películas “soviéticas” era imposible por la ruptura de relaciones entre la U.R.S.S. y España. Hasta bien entrada la década de los setenta, del mejor cine de vanguardia ruso, apenas se conocían un par de nombres, los ya clásicos. Recuerdo que hasta mediados de los ochenta, el cine ruso era un misterio, una rareza: quizá en televisión, y sobre todo en los cineclubs que organizaban las cajas, era posible ver cine tanto de las primeras épocas como del momento, relativamente reciente.  En la época de Sijé, lo que podía verse con regularidad en el Teatro Circo era cine norteamericano, cine alemán, algo de cine francés y cine ruso. Sijé cita a Stenka Razin, por ejemplo, una de las primeras producciones rusas, que poco después se volvería inhallable. También resulta chocante que Sijé cite una película que hoy es de culto: Nosferatu, la famosa cinta de Murnau, a quien acusa, sorpresivamente, de haberse vendido al mercado norteamericano cuando abandonó Alemania.  
También “suenan” muy actuales algunas observaciones que Sijé recoge de los espectadores acerca de la calidad de recepción de las películas en la sala. Las copio tal cual porque reflejan con una curiosa semejanza las quejas que he escuchado de amigos y parientes cuando han ido a ver alguna película y las condiciones no eran las óptimas:
Un espectador- ¿A qué se debe esta oscilación fastidiosa, que hace imposible leer los rótulos y aun darse cuenta de la misma película?
Otro- ¿Y por qué no desaparece ese ruido-música que nos embota la sensibilidad auditiva?
También resulta muy actual otra cívica observación que hace, al parecer, una señora: ¿Cuándo se va a cumplir ese cartelito “Se prohíbe fumar en la sala” tan visiblemente colocado en todas partes?
Dentro de las valoraciones de las películas en cuestión, Sijé no evita comentar las actuaciones concretas de los artistas. Por ejemplo,  del famoso galán español de cine mudo, Ramón Novarro, Sijé dice que ha estado bien en su papel, y en otras ocasiones lo llega a tildar de “ridículo”.

miércoles, 24 de junio de 2020

LEYENDO A RAMÓN SIJÉ.





LA JUVENTUD ETERNA DE SIJÉ

La escritura de Ramón Sijé tiene una virtud: la capacidad de comunicarte, de inmediato, su vivacidad, el entusiasmo intelectual. Apenas se acerca uno al párrafo de alguno de sus artículos, el don de la síntesis o el arrebato barroquizante que ensarta frases complejas surcadas de algún que otro sorpresivo neologismo, saltan la vista e irrigan la percepción. Es sobre todo en la exposición crítica, en los meandros discusivos donde la fruición teórica de Sijé brilla, aletea y se permite todos los juegos malabares verbales posibles. La exaltación escritural de Sijé nos revela una naturaleza tocada por el ritmo y el concepto, por el amor a la capacidad cognoscitiva de la prosa como herramienta preciosa del pensamiento. Y el fulgor del pensamiento se convierte en palabras, en conceptos. Y aquí es donde la juventud de Sijé se convierte en eterna, porque este brío verbal es el don de la precocidad de un escritor que apenas sobrepasó en tiempo de vida tal precocidad, al morir con apenas  22 años.







EL MARASMO APÁTICO DE ORIHUELA.

Hablábamos el otro día Vicente Pina, dueño de la librería Códex, y yo, de la legendaria indiferencia, de la imbatible dejadez de la ciudad Orihuela a la hora de emprender grandes renovaciones sociales y culturales. Comentábamos que de Orihuela persiste su melancólica entronización como objetivo turístico por sus monumentos históricos, y el recuerdo, insustituible y emotivo de un par de nombres: Miró y Miguel Hernández. Una ciudad que tiene varias sucursales y cátedras universitarias pero que apenas tiene ambiente universitario o que no lo acusa como elemento de identidad propia. Los mitos populares siempre tienen dos caras: son una construcción social, sí, pero que señalan una realidad. Cuando en la conversación salió la revista Empireuma, la sola evocación de los más de treinta números de una revista como esta, valdría para rebatir con contundencia o poner en un serio aprieto al “mito” del derrotismo oriolano.
Después, hojeando artículos periodísticos de Sijé, el tercer nombre que debiera aparecer en nuestra memoria a la hora de evocar personalidades ilustres oriolanas, me encontré con claras  menciones a la abulia cultural de la ciudad. Las referencias negativas a esta actitud, son varias y bastante directas en los trabajos de Sijé, lo que nos hace pensar que la decadencia de Orihuela no era sólo ya una obsesión política y social sino un estereotipo en las mentalidades contemporáneas del escritor y que se arrastraría desde la expulsión de los jesuitas y la pérdida como entidad universitaria de lo que hoy es el Colegio de Santo Domingo.
Ante los titubeos de las instituciones de Orihuela para llevar a cabo una serie de homenajes a Benavente, Sijé escribe: Orihuela no puede menos de salir del marasmo apático en que yace y dar la cara… El artículo de Sijé no tienes pelos en la lengua, lo que demuestra que la lucha contra cierto inmovilismo o falta de dinamicidad cultural era ya una obsesión en aquellos años –alrededor de 1930 - .
Ahora bien, precisamente, que en la memoria común afloren las referencias a Hernández, a Miró, a Sijé, e incluso a Banca Andreu y Empireuma, ¿no atenúa en algún porcentaje, el mito negativo de tal apatía, o es que como tal mito es irremovible?      

miércoles, 17 de junio de 2020

LÍNEAS




Durante esta pandemia, he reflexionado bastante sobre lo que es, sobre lo que ha significado para la historia y la cultura, Estados Unidos. La causa está clara: el 98 por ciento de todo lo que se emite por televisión, es de inspiración o de factura directamente  norteamericana. Y especialmente, por la noche y por la madrugada, cuando uno viaja de canal en canal no ve sino  exactamente lo mismo: basura americana. Una basura que consiste, sobre todo, en la obsesión sexual y en la violencia como término medio o común de la vehiculación de todo contenido. He llegado a detestar las series de abogados y las policíacas, no tanto por la reproducción intachable de un modelo que arranca de los sesenta- televisivamente hablando – sino por el machacamiento en el tratamiento de personajes y situaciones. Y no hablemos de esas series necrófilas de análisis forenses que no existían hasta hace poco y que son la vuelta de tuerca de lo gratuitamente morboso. Los norteamericanos son geniales: llegan a imponernos hasta su mal gusto. Y en ese mal gusto van impresas sus obsesiones inconscientes. Vamos, que si no fuera por un milagro o un azar, estaríamos a punto de convertirnos al protestantismo. Félix de Azúa lleva razón cuando se lamenta de que de  la antigüedad no nos hayamos fijado sino en las momias egipcias para hacer deleznables peliculitas de horror en vez de habernos fijado en la admirable lección griega. Una vez más hemos copiado a los norteamericanos en su vertiente más infantiloide y siniestra: el espíritu nórdico, obsesionado con lo  monstruoso y espectral, tan ajeno a la luz y al pensamiento mediterráneos.




La otra noche, emitieron una película de los hermanos Marx: Un día en las carreras. Creía, mientras le echaba un vistazo por encima, pues estaba preparando la cena, que me iban a cansar los numeritos de siempre, los gags, las intervenciones de los cómicos, los finales apocalípticos y musicales; creía que no me iba a hacer ninguna gracia la película por lo estereotipado que tengo ya a estos personajes y sus obras fílmicas, pero, aunque no llegué a la carcajada, como ocurría antes,  sí que no pude sino confirmar la genialidad de algún momento de la película y sentir un brote de entusiasmo cuando todo estallaba en los pasajes musicales más espectaculares. Por ejemplo, cuando Harpo Marx se introduce con su flauta, cual Hamelin encantador, en los barrios de población negra y se suceden interpretaciones muy vívidas. La relación de estos personajes es evidente: Harpo, parecido al niño por su carácter travieso y su mudez empatiza, naturalmente, con la gente de color, marginada por la sociedad mayoritaria y blanca. Este momento del film parecía adquirir desde el pasado, una sorpresiva intencionalidad con respecto al presente, con los hechos de estos días: el asesinato de George Floyd, el ciudadano negro, a manos de la policía….  Al final de la película pensé: una película así, como esta, no se hace sino para ser más felices, y la felicidad debe tener alguna semejanza con una película como esta, con una película de los hermanos Marx. El final, especialmente, de la película,  me puso melancólico – la marcha triunfal de la felicidad -  y creo, más allá de hermenéuticas probables, que algún momento del paraíso debe asemejarse a ese tipo de finales. No lo digo desde un punto de vista puramente emocional: creo que sería posible, en este  mundo huérfano de filosofías y teologías, considerar estos productos de ficción,  películas como esta de los hermanos Marx, como un motivo muy serio para la reflexión transcendente.
  



  He estado viendo fotos de Bob Dylan inéditas de los sesenta y setenta. He revivido un sueño adolescente que tuve por esas fechas, precisamente, relacionado con la figura del cantante. A finales de los setenta, creía que tenía que hacer como Dylan, convertirme en una suerte de juglar urbano y recorrer caminos y ciudades cantando mis poemas. Como mi vocación era la escritura pero también la música y además, veía un parecido físico vaticinador entre Dylan y yo, recuerdo que pasaba tardes pensando qué recorridos emprendería y cómo fascinaría a las multitudes con mi arte. Esto fue en Torrevieja. Al regresar a Orihuela, me puse a estudiar solfeo en el Oratorio Festivo durante unos meses, pero la diferencia de edad con respecto al resto de los alumnos, hizo que finalmente dejara de asistir. Viendo estas fotos por las redes he sentido melancolía de estas historias de juventud pero también tristeza al no haber encarnado un personaje que podría haber sido yo.  



No podemos imaginar la eternidad, porque no logramos entender qué hacen las almas de nuestros parientes y amigos, qué tipo de actividad realizan. Sin el concurso del espacio y del tiempo no ubicamos las cosas, no conseguimos efectuar una descripción eficaz de lo que sucede. Y la eternidad no depende de estas categorías. 



Dos frases de Jean Cocteau que suscribo con entusiasmo, la primera,  y sin comentarios, ambas:
Los poetas deben vivir por encima de sus posibilidades siempre.
Los poetas agonizan incluso después de muertos.
¿Quién actualmente, en Europa, señala a los poetas con esta distinción aristocrática, sin olvidar el martirio que como tales poetas les espera hasta incluso en la posteridad, lo cual ennoblece más aún a los más exquisitos cultivadores de la palabra?



Se me amontonan los libros a medio leer, pero no importa porque en estos momentos, literalmente, son mi única compañía. ¿Qué voy buscando investigando a autores tan disímiles como Hofmansthal, Anne Sexton, Antonio Colinas, Ramos Sucre, Luis Cernuda? Busco afinidades, convergencias, semejanzas simbólicas, lo que a pesar de las geografías, lenguas o tiempos que les separan, identifique un destino, un desasosiego común.  

lunes, 15 de junio de 2020

EL DEVENIR DE LA IMAGEN





Si invocamos un componente formal de la obra artística como es el “ritmo”, enseguida tendremos en mente la composición musical o, a lo sumo, quisiéramos identificar el dinamismo de las composiciones artísticas modernas con ese elemento como su más importante factor.
Pero hay ritmos lentos, etéreos, infrecuentes, divisamente calculados hasta la molécula inicial.  El ritmo no es asunto exclusivamente musical. También el arte figurativo puede hacerse acreedor de ritmos según los relieves, las formas, los colores que ponga en juego, o cómo acontezcan las figuras en el escenario representado.  
Esta imagen representa a un cazador o cochero manejando a unos perros. La imagen en general, pero sobre todo, la imagen del hombre, asume cierta articulación rítmica. Observo una suerte de ritmo estático, que puntean los rombos rojos, hábilmente simulados en distintos componentes de la imagen. La figura del hombre, blanda y rígida a la vez, por el aspecto estereotipado del rostro, me hace pensar en maniquís y en la pintura de Magritte.  Se diría que parece levitar ligeramente. Los rombos rojos que “suplantan” o en que se convierten las solapas, las mangas del traje o los extremos superiores de las botas, accionan como por segmentos esta figura humana que en la torpe forma de empuñar el látigo está mostrando la fragilidad de su figura entera, su génesis mecánica.  





En esta imagen los tres ases imponen dos superficies de lectura: la que los propios ases evidencian y la convergente, la que integra lo que salta a la vista con el resto de la composición.  Las tres contundentes sombras de los ases gravitan sobre el primer plano de la visión, aplastan al resto de la imagen en la que de paso, ubican sus cuerpos en huecos hechos a medida. La verticalidad de los ases casi fragmenta la imagen en dos articulaciones cuando lo que se quiere es que la imagen funcione en su integridad. El efecto estereoscópico muestra sin pudor sus trucos al tiempo que camufla su objetivo en las propiedades de lo representado. Su presencia indica la dinámica de una estrategia visual, lo que supone que toda imagen implica un mensaje pendiente de descifrar. 

miércoles, 10 de junio de 2020

DESQUICIAMIENTOS VARIOPINTOS





Recuerdo cuando la estación de Orihuela era un lugar que se visitaba y por el que se paseaba. Un lugar en el que, incluso, cuando funcionaba la cantina, se podía cenar. Nada de eso existe hoy. Hoy la estación de Orihuela es una sofisticada madriguera en la que los que esperamos los trenes, que llegan cada vez con más retraso, nos miramos con extrañeza y sospecha, actitud que es producida por el mierdoso diseño arquitectónico que nos sustrae la luz natural sumiéndonos en el antipático gris del hormigón infinito. Recuerdo que el año pasado una mujer andaba de un extremo a otro de uno de los  largos andenes subterráneos. Esta señora le daba un uso al sitio al utilizarlo como espacio para andar, lo transformaba así. Con las últimas normas de seguridad, no las del virus sino las adoptadas por RENFE, para el control de los viajeros y de sus billetes, ya no puede hacerlo.  No sé qué es lo que pretenden los nuevos diseñadores actuales, - se dice que para la ideación de las estaciones ferroviarias de Catral-Albatera, Orihuela o Beniaján, se ha dispuesto de suculentos presupuestos mal empleados -, pero si en vez de la creación de espacios habitables la última arquitectura se ha empeñado en mega-proyectos,  lo lamentable de sus resultados confirman una cosa: la perdida de los objetivos humanistas que siempre han definido a esta disciplina.



La “nueva normalidad” debiera significar que la normalidad  vuelve, y no la creación de un estado de cosas impuesto por el estado. Al parecer no va a ser así la cosa. El gobierno socialista, en su éxtasis creativo, típico de gobiernos adictos a las ingenierías sociales, suelta este detestable, ridículo y perfectamente imbécil enunciado, la nueva normalidad, como si fuera una secta o un nuevo credo al que debiéramos convertirnos si lo que pretendemos es preservar eso tan precioso que se llama salud. Pero el estado no ama, sólo gobierna, es decir, ordena. Y ahora ordena que se lleven mascarillas y demás historias para que formes sumisa parte de la masa compacta de gente de la que se alimenta.


La obsesión por el control social empieza a ser desquiciante. Por mucho que se nos asegure que control y preservación de la salud son cosas que marchan parejas, tienen que salir voces discordantes para que la salud profunda, la del propio ser, la de nuestra libertad no desaparezca. A pesar de todo lo que pueda ocurrir y ya ha ocurrido, no nos podemos tomar el coronavirus demasiado en serio, porque de lo contrario en vez de humanos, la presunta respuesta sanitaria nos convertiría en números, en pululantes nadies, en estadística pura. El veredicto de la ciencia resulta válido para la teoría, pero  ante la soberanía y genial imprevisibilidad del ser humano, se da de bruces con el pico de la mesa.


 Qué bien parece haberle ido a la sociedad moderna la incursión coronavírica. Vamos a sociedades de control, avisaban Deleuze y Foucault allá, en los años setenta. Ahora ya estamos plenamente, inmersos en el control y en ese tipo de sociedad,  ya somos objetivo de la fiscalización del pensamiento, y nuestro libre movimiento, de sigilosos batallones de cámaras de vigilancia. Sólo le faltaba a esta manía controladora, la aparición estrella de un puñetero virus para que el control llegue al delirio. Y ahí está la avidez salivosa de los medios para jalear la situación, no importa al lado de quién.


¿Aceptar normas de seguridad? Sólo si la masa de discurso emanada de ellas se estampa contra la pared y se suicida, es decir, se calla un poquito.  



jueves, 4 de junio de 2020

ESCAPARATICO DE LIBRICOS






Roland Barthes por Roland Barthes

Recuerdo lo caro que me pareció el libro cuando lo compré y lo físicamente pesado: la edición que tengo está hecha en papel couché o en un  tipo de papel semejante, por lo finas y rígidas que resultan las páginas. Por cierto, no he encontrado ningún libro de la editorial Paidós con estas características.
En esta obra, Barthes intenta escribir la novela que nunca se atrevió o pudo escribir, convirtiendo la vida propia  en materia narrativa  a través de  recuerdos, fotografías y anécdotas.
Podríamos decir que este descarado narcisismo se justifica por el original análisis de la vida que realiza. Cualquier motivo, cotidiano o no, banal o complejo, chocante o conceptual, se aprovecha para ilustrar las singularidades de la existencia de un ciudadano particular que se entrega a este experimento para demostrar o insinuar, al menos, lo literarias y entrañables que pueden ser nuestras vidas si sabemos colocar sobre sus distintos aspectos el visor de un pensamiento preciso.
Se suele hablar de “la novela de la vida”. Este libro es la confirmación positiva de tal dicho, de que desiderativa e intelectualmente contemplada, a través de sus fragmentos cruciales, como en una tira de viñetas emocionales, la vida es un trepidante concurso de aventuras y aspiraciones.
Sin embargo, Barthes no resulta exhibicionista. Su conjunto de observaciones tiene la exquisitez estilística del semiólogo convertido en escritor y la discreción de quien pese a todo, mantiene  las distancias, fascinado con lo que el examen de una biografía puede sacar a flote. Además, Barthes parece ofrecernos un modelo tranquilo de autoespeculación, porque su ensayo no se presenta como algo exhaustivo. La observación del microcosmos del sujeto se realiza fragmentariamente, considerando implicaciones concretas y contextos. Del análisis del flujo azaroso de la vida extraemos un material que es espejo de la vida toda. Podríamos decir que lo nos presenta Barthes es una serie de pruebas prácticas de un existir con intención inductiva, es decir, lo analizado  aleatoria y puntualmente, es ejemplo de una implicación conceptual más amplia, objeto de la búsqueda del autor. Cualquier aspecto social determinado por la economía, por el inconsciente, por la cultura se ejemplifica en reacciones y experiencias individuales.      
Las fotografías que el autor ha elegido para comentar, tienen un tratamiento entrañable y ensoñador. La vida es un misterio que fluye, pero sobre todo un  misterio con un protagonista ineludible: nosotros.






En la península Ibérica. Benedetto Croce.    

Croce fue uno  de los pocos filósofos coetáneos de Borges, que se ganó el interés del autor argentino, en concreto, por las implicaciones de su estética. El autor e hispanista italiano visitó España el año 1889 y llevó un formal y breve diario de itinerarios, visitas a museos, catedrales, ciudades y fondas en las que se hospedó. Croce deseaba viajar a España. Su interés previo al conocimiento del país, le supuso alguna que otra decepción: hubo aspectos que contrastaban con lo que creía iba a encontrar, pero recorrer la vieja piel de toro también supuso agradables sorpresas y descubrimientos.  Croce era un hábil conocedor del arte español y aquí, a pesar de su juventud, esgrime juicios rápidos sobre altares y naves,  pinturas barrocas y palacios. En su diario, habla sobre algo característico de la idiosincrasia de entonces: las comitivas espontáneas de gente que le acompañaba en sus visitas guiadas a iglesias y museos, personas de los alrededores que se sumaban espontáneamente a los lugares que quería ver.  Croce tan pronto elogia lo que le parece soberbio en fachadas de casas aristocráticas locales y arte sacro como denuncia las fealdades arquitectónicas y lo sombríos que resultan ciertos templos. También anota todo lo que le parece grotesco o chocante: las mujeres con bigote en las calles de Andalucía, por ejemplo, o los cuarteles militares, en Barcelona, rodeados de prostíbulos. El bueno de Benedetto pasa por delante de uno de ellos, y la madama, en este caso “una mora con una sonrisa horrenda”, le llama a entrar. Benedetto decide huir de allí antes de hundirse en los voluptuosos fangos de la perdición. A pesar de su brevedad, este diario es un curioso testimonio de la España de la época y del grado de mejorable conservación del arte nacional.       

martes, 2 de junio de 2020

LEYENDO





Leyendo a…¡Rimbaud!, ni más ni menos, a estas alturas. Leyéndolo culpablemente, por no haber cumplido, a penas, con mi destino de poeta y no haber puesto patas arriba esta maldita sociedad que nos limita y nos consume, y… Rimbaud no fue esquizoide, sino consecuente con su poética. Pero no sé si su enseña: hay que ser absolutamente modernos, incluía abandonar el ámbito de la palabra para traficar con especias o con armas. En este sentido, Rimbaud fue derrotado por el tenor de las circunstancias y por la sociedad. Dijo: de acuerdo, este mundo no tiene remedio, no tengo otra que largarme de aquí y dedicarme a esto para sobrevivir. ¿Hasta qué punto abandonar las letras y Europa supuso una renuncia dolorosa para él, y no una continuidad lógica de su postura vehementemente radical?




Leo a Anne Sexton. Si se puso a escribir poesía por recomendación de su terapeuta y no por decisión propia, por vocación, hay que considerar que su inteligencia aprovechó notablemente el medio que se le ofrecía para intentar mantener a raya sus obsesiones psicóticas. ¿Se podría de este modo descubrir, hacer saltar a probables poetas y poetisas de sus trincheras emocionales, descubrir gente que hasta ese momento no hubiera escrito una sola  línea, pero que por exclusiva recomendación de un profesional pudieran articular una obra considerable? ¿Qué es lo más extraordinario en Sexton, la intensidad aniquilante de su enfermedad o la poeta que tal enfermedad provocó casi accidentalmente? Evidente e inextricablemente ambas cosas funcionan juntas.




Leyendo las Memorias del estanque de Antonio Colinas. Con respecto a escritores y poetas que tuvieron complicadas veleidades políticas, - Neruda, Pasternak, Pound – dice que ya los juzgará la historia, como si no lo hubiera hecho ya. Neruda escribió un ridículo elogio a Stalin; a Pound lo “justifica”  su locura; Pasternak consagró su altura ética cuando le impidieron recoger el premio nobel. Parece que Colinas diga lo que dice porque renuncia a pronunciarse, cosa que a estas alturas resulta un poco sorpresivo, o bien lo hace por puros motivos económicos de escritura,  prisas por acabar la redacción del día.   




Leyendo el libro de Antonio Gracia, Cántico erótico. Un poco decepcionado. Creía que era una obra actual. Se trata de una colección de poemillas, como los define el propio autor, escritos a lo largo de toda su vida. Ahora bien, los poemicas, todos redondos y ardientes, cono era de esperar de la pluma de un poeta que debiera poseer un eco más allá del reconocimiento autonómico valenciano. El final del prólogo, escrito por el propio poeta, resulta desternillante: hablando del amor, de los enamorados, de la poesía y el cosmos, Gracia no pierde ocasión (otra vez) para reivindicar su inocencia en la polémica del premio Loewe y denunciar el maltrato recibido.




Leyendo fragmentos de la Física de Aristóteles. La traducción no sé si será fiable, es de una edición de 1935. Sea como sea, las reflexiones sobre cuándo hay espacio vacío y cuándo no, y en qué consiste el vacío o su llenado, resultan hipnóticas, casi surrealistas. Cuando la reflexión adquiere esta minuciosidad especulativa, abrimos los mundos de lo posible. He pensado también en los textos delirantes de Alfred Jarry y su patafísica. Y tal calidad filosófica tiene los cientos de años que ya sabemos. Cómo es que se produjo ya entonces semejante sofisticación intelectual. Si ahondamos en esto, desarticulamos todo el mito progresista de la civilización, basado en el desarrollo tecnológico, en las cuestiones acumulativas y no cuantitativas. Lo del “milagro griego”, una verdad como una casa.  

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...