jueves, 4 de junio de 2020

ESCAPARATICO DE LIBRICOS






Roland Barthes por Roland Barthes

Recuerdo lo caro que me pareció el libro cuando lo compré y lo físicamente pesado: la edición que tengo está hecha en papel couché o en un  tipo de papel semejante, por lo finas y rígidas que resultan las páginas. Por cierto, no he encontrado ningún libro de la editorial Paidós con estas características.
En esta obra, Barthes intenta escribir la novela que nunca se atrevió o pudo escribir, convirtiendo la vida propia  en materia narrativa  a través de  recuerdos, fotografías y anécdotas.
Podríamos decir que este descarado narcisismo se justifica por el original análisis de la vida que realiza. Cualquier motivo, cotidiano o no, banal o complejo, chocante o conceptual, se aprovecha para ilustrar las singularidades de la existencia de un ciudadano particular que se entrega a este experimento para demostrar o insinuar, al menos, lo literarias y entrañables que pueden ser nuestras vidas si sabemos colocar sobre sus distintos aspectos el visor de un pensamiento preciso.
Se suele hablar de “la novela de la vida”. Este libro es la confirmación positiva de tal dicho, de que desiderativa e intelectualmente contemplada, a través de sus fragmentos cruciales, como en una tira de viñetas emocionales, la vida es un trepidante concurso de aventuras y aspiraciones.
Sin embargo, Barthes no resulta exhibicionista. Su conjunto de observaciones tiene la exquisitez estilística del semiólogo convertido en escritor y la discreción de quien pese a todo, mantiene  las distancias, fascinado con lo que el examen de una biografía puede sacar a flote. Además, Barthes parece ofrecernos un modelo tranquilo de autoespeculación, porque su ensayo no se presenta como algo exhaustivo. La observación del microcosmos del sujeto se realiza fragmentariamente, considerando implicaciones concretas y contextos. Del análisis del flujo azaroso de la vida extraemos un material que es espejo de la vida toda. Podríamos decir que lo nos presenta Barthes es una serie de pruebas prácticas de un existir con intención inductiva, es decir, lo analizado  aleatoria y puntualmente, es ejemplo de una implicación conceptual más amplia, objeto de la búsqueda del autor. Cualquier aspecto social determinado por la economía, por el inconsciente, por la cultura se ejemplifica en reacciones y experiencias individuales.      
Las fotografías que el autor ha elegido para comentar, tienen un tratamiento entrañable y ensoñador. La vida es un misterio que fluye, pero sobre todo un  misterio con un protagonista ineludible: nosotros.






En la península Ibérica. Benedetto Croce.    

Croce fue uno  de los pocos filósofos coetáneos de Borges, que se ganó el interés del autor argentino, en concreto, por las implicaciones de su estética. El autor e hispanista italiano visitó España el año 1889 y llevó un formal y breve diario de itinerarios, visitas a museos, catedrales, ciudades y fondas en las que se hospedó. Croce deseaba viajar a España. Su interés previo al conocimiento del país, le supuso alguna que otra decepción: hubo aspectos que contrastaban con lo que creía iba a encontrar, pero recorrer la vieja piel de toro también supuso agradables sorpresas y descubrimientos.  Croce era un hábil conocedor del arte español y aquí, a pesar de su juventud, esgrime juicios rápidos sobre altares y naves,  pinturas barrocas y palacios. En su diario, habla sobre algo característico de la idiosincrasia de entonces: las comitivas espontáneas de gente que le acompañaba en sus visitas guiadas a iglesias y museos, personas de los alrededores que se sumaban espontáneamente a los lugares que quería ver.  Croce tan pronto elogia lo que le parece soberbio en fachadas de casas aristocráticas locales y arte sacro como denuncia las fealdades arquitectónicas y lo sombríos que resultan ciertos templos. También anota todo lo que le parece grotesco o chocante: las mujeres con bigote en las calles de Andalucía, por ejemplo, o los cuarteles militares, en Barcelona, rodeados de prostíbulos. El bueno de Benedetto pasa por delante de uno de ellos, y la madama, en este caso “una mora con una sonrisa horrenda”, le llama a entrar. Benedetto decide huir de allí antes de hundirse en los voluptuosos fangos de la perdición. A pesar de su brevedad, este diario es un curioso testimonio de la España de la época y del grado de mejorable conservación del arte nacional.       

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