Cómo me justifican
íntimamente la serie de conceptos que Manuel
González de Ávila, en su brillante
libro Semiótica, la experiencia del sentido a través del arte y la
literatura, va exponiendo y describiendo. De Ávila habla de las figuras
del lector y del contemplador, dos
personajes clave en la dilucidación de una semiótica de la presencia. Se
trata también, de una teoría estética. Las obras de arte no son meras
conformaciones visuales que inercialmente se presten a una mirada ociosa. Las
obras de arte interactúan con nuestros presupuestos conceptuales y éticos, nos
provocan desde sus respectivos lenguajes, orbitan sobre nuestros sueños, nos
obligan a crear respuestas a sus ofertas de mundos. Yo soy, desde luego,
lector, pues no ceso de rastrear el sentido de las cosas en cualquier ámbito
que se produzca algo. Siempre me inquieta porqué ocurre algo y qué sentido tiene
en el conjunto de las otras cosas existentes. Y soy, desde siempre,
contemplador, porque la realidad me fascina y me hipnotiza e incluso me aterra,
desde donde esta se dé.
Estoy leyendo el que
creo es el último libro de poesía de Jenaro
Talens, La velocidad de la sombra, y vuelvo a constatar el poder
metafórico de este autor y su capacidad para reflejar la historia profunda del
sujeto en sus textos. Veo a Talens como una vibrátil inteligencia a la que ya
no se le escapa nada.
Estoy leyendo Psyche, del filósofo romántico, Carl Gustav Carus, al que no conocía casi de nada. Creo que algún autor lo mencionaba en alguna obra que leí hace un tiempo, pero no sabía del relieve de este personaje. Como toda la contundente pléyade de filósofos alemanes de la época, es decir, todo el ancho y hondo del siglo XIX, Carus se interesa por el inconsciente y sus brumas originarias. Esta pieza, Psyche, es una descripción morfológico-filosófica de la encarnación de vida en los seres vivientes a través del alma. Como suele ocurrir cuando uno frecuenta ese evento intelectual que es el grueso de los grandes filósofos alemanes del XIX, sorprende la dilucidación extrema, la racionalización sin cortapisas de las más densas urdimbres del espíritu, la harmónica línea mantenida entre el discurso científico y el análisis subjetivo. Sorprenden estos momentos de revelación de lo numinoso, cómo y por qué en la historia se produjo a través de la intelectualidad alemana este hallazgo de lo abisal.
Estoy releyendo Algunos tratados en la Habana del gran Lezama Lima. Cada artículo una obra maestra, pero no, meramente, de crítica literaria, sino de revelación hermenéutica. Para Lezama la cultura universal se deshoja en períodos determinados por la fuerza significativa de las imágenes que tales períodos han urdido y producido. La imagen es más que un argumento o una justificación teórica, más que una coartada: es la condensación específica que expresa los movimientos decisivos del espíritu, lo que muestra la suma de la intensidad y la inteligencia, configuradas en un motivo que identifica el devenir de tiempos secretamente consumados. Para Lezama la cultura universal es un festejo enorme y fascinador de elementos en rutilante combinación, el resultad de una colisión blanda de pasiones y cifras, de alfabetos y sortilegios. Me repito sobre el tema, pero sigo sin entender por qué los poetas españoles puedan tener a un Lorca como referente imaginativo de sus creaciones y cuasi olviden el torrente lingüístico de un Lezama, que conecta fulgurantemente con nuestros clásicos barrocos.



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