Factores
sociales, educacionales, lingüísticos determinan a veces los productos de la
inteligencia. Estos períodos pueden ser flamígeros en lo que descubren o
describen, en cuanto al centro semántico que abordan y dan a la luz. La pléyade
de filósofos alemanes que nos da la definición primera de lo que fue el
romanticismo, configura un número de autores que aparecen tanto
consecutivamente como simultáneamente en el espacio-tiempo. ¿Cómo definir esta
suerte de implicación en un solo
fenómeno representado por poetas y filósofos? ¿Qué suerte de consigna
compartida hace que trabajen en el desciframiento de una nueva sentimentalidad,
de un mismo concepto de mundo?
Algo
semejante ocurre con ese conjunto de artistas y poetas que con el advenimiento
de una sociedad cada vez más tecnologizada y urdida al compás de una velocidad
notablemente incrementada con respecto a generaciones anteriores, produjo los
grandes movimientos de vanguardia a pesar de la escenografía de fondo de la
primera guerra mundial: el dadaísmo, el expresionismo, el surrealismo, etc...
Necesitaba
de esta proyección general para ubicar el objetivo que comprende el porqué de
la sensibilidad y singularidades del estilo levantino en literatura.
Unas
lecturas de Josep Pla me han hecho plantear la razón profunda de la
composición o composiciones que articulan una escritura como la suya, tan clara
como rebosante, tan directa como elocuente, tan entretenida como reveladora.
Pero lo que me interesa no es el recuento de propiedades estilísticas en sí
para la redacción de programas de estudio o captación de tendencias generales
que fueran a definir qué tipo de literatura se hacía décadas atrás. Lo que rastreo
es la capacidad de la imaginación a través de la literatura para describir
estados espacio-temporales, huidizos o marginales por su propia naturaleza, cómo
la mente imaginativa halla o recrea
estos imposibles fugaces como estelas de un estado del mundo. No me refiero a
los viajes barrocos que la palabra inspirada puede trazar en ocasiones de
deslumbramiento intelectual, sino a esos flancos desleídos que perteneciendo a
pasajes de la historia, esta no describe.
Esta
vez, mi lectura de Pla se ha encontrado con que el poder de la elocuencia no
consiste en presentar la realidad en toda su vivacidad e interés vital, sino en
llegar a visionar lo que la perspectiva común arroja a los márgenes o
desprecia, los momentos huidizos que aunque insignificantes para el desarrollo
narrativo, poseen una existencia virtual que sólo la literatura puede captar y
presentárnosla, aunque sea casi como una fantasmagoría.
Pensando
en las características de la literatura levantina, he dado con otros nombres
que ahora me lanzan rayos de una tornasolada intensidad.
Azorín, con su visor de maceramiento analítico para concebir las cosas como masas sutiles de detalles; Miró envolviéndonos en flujos y reflujos de texturas desprendidas de una materialidad musical y espectral; un Ramón Sijé, que prefiere celebrar las propiedades de los objetos a través de una comprensión jubilosa y lúdica de su significación conceptual; un Joan Fuster que en el ámbito estricto del ensayo y la producción aforística, se especializa como hiperagudo tirador sarcástico. Incluso citaría aquí a Miguel Hernández, quien a través de sus contadas muestras de prosa poética, demuestra una capacidad sobresaliente para sintetizar los complejos fenomenológicos concretos de los motivos que componen temáticamente la ciudad y el campo.
Quizá
sea algo vago citar a estos autores excluyendo otros por la sola razón de la
pertenencia de tales autores a una ubicación geográfica concreta. Las
similitudes pueden brotar y nosotros elegir el momento oportuno de asociarlas.
Pero no creo que la relación espacial como acuñadora de una sensibilidad o de
un humor sea algo olvidable. Lo que uno tanto a Josep Pla como a un Joan Fuster
con un Gabriel Miró o un Ramón Sijé, es una sensorialidad conceptual que se
resuelve en una escritura tan rebosante y voluptuosa que parece clarividente en
los conjuntos descriptivos. Podríamos hablar de un elemento definidor como hilo
común de este tipo de prosa: independientemente de la base cultural real,
compartida generacional e históricamente, el criterio que determinaría un
instinto.
Una
geografía intelectual localizaría temas y propósitos, no sabemos si someramente
inteligencias y ambiciones. Habitar la tierra supone la prestación de hacerlo
harmónicamente si sabemos hacer eso, habitar la tierra, no sortearla o
adaptarse compleja o conflictivamente a ella.
Pla
da la sensación de saber moverse en distintos ámbitos reflexivos sin tener que
abandonar la casa. La completud de Pla como escritor profesional y periodista
logra este acaparamiento. La vivacidad de Pla es consecuencia de un intelecto
dinámico, accionador de una escritura que se despliega combinando el dato
histórico con un desciframiento lúcido e instantáneo.
Y
como he señalado, lo que me emociona en la tornasolada prosa de Pla son esos
instantes en que describe, localiza, identifica rincones y ambientes cuasi
virtuales que el historiador desprecia o ignora y que el escritor articula en
una adivinación imaginativa de momentos del pasado o del presente inmediato.
No
se trata de algo que Pla explote sino que forma parte de su sandunguera
escritura, de su despierto modo de
entender el mundo. En definitiva para un escritor la historia no es sino una
sucesión de escenas y cuadros que funcionan como provocadores de su arte
narrativo o escritural. Y en la
creatividad en que una escritura tal reposa, se advierte el poder hermenéutico
de la imaginación. Tan sólo un ejemplo extraído del libro de Pla sobre el
pintor Rusiñol (Rusiñol y su tiempo):
En verano, en el verano sensual y húmedo
de Barcelona, se organizaban las sortiges en los terrados, con las sandías y
melones puestos en los cubos a refrescar
y el griterío alocado de la juventud bajo el cielo lechoso, ligeramente
amoratado, lánguido, pesado.
¿Cómo que el cielo de aquellos veranos finiseculares barceloneses eran lechosos, ¿ligeramente amoratados! Y encima, lánguidos, pesados… ¿Vio Pla ese cielo o se lo imagina? Y si los imagina, ¿cómo llega su sensor a ser tan específico como para indicar que la lechosidad del cielo estaba teñida ligeramente de violeta y que su densidad era lánguida y pesada? El atrevimiento de Pla es sorprendente, pero Pla no inventa, crea a partir de su información y de los detalles recogidos por la experiencia, y si inventa lo hace acertando. Con sólo un ejemplo como este ya podemos afirmar el carácter tanto documental como fantástico de la literatura, cómo esta nos sirve de medio de contacto con los mundos que fueron para ofrecernos una vívida representación de los mismos ante otros modos representativos más formalizados como la pintura, por ejemplo. Podríamos buscar otros ejemplos de sobriedad distinta pero de plasticidad similar. Pasajes escogidos de El humo dormido de Gabriel Miró, nos parecerían igual de estimulantes pero de tempo más concentrado, revelaciones sabias del propio tiempo hablando de sí a través de detalles paisajísticos y emergencias poéticas. La realidad, pues, no se extingue: halla en la expresión artística un marco de ubicación sorprendente desde el cual sus episodios transcurren vivos para siempre, renacientes tras cada lectura.


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