jueves, 29 de abril de 2021
miércoles, 28 de abril de 2021
EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS. IV
EN LAS ÉGLOGAS DE GARCILASO
En
los textos de los clásicos raramente se destaca un motivo o se aísla como pretexto
para el análisis o la descripción especiosa. Generalmente, se produce una
proporción del discurso en el que todos los elementos de que forma parte el
interés de la composición, hallan relación semejante. Esta correcta formalidad
de la composición a veces nos puede parecer severa, pero siempre asegura para
los oídos modernos la aventura lectora, la más notable calidad de la palabra.
La prioridad de verbos, adjetivos, nombres indican tendencias sociales,
preferencias ambientales, aposentamiento en determinados ritmos que a su vez denotan
comprensiones globales del espacio y del tiempo.
Las Églogas de Garcilaso no suponen meras descripciones exclusivas del locus amoenus en tanto que paisaje anhelado o escenario ideal de las acciones de los personajes invocados. En lo pastoril caben las incidencias melancólicas, incluso dramáticas. Lo que yo, como gozador de espacios y tiempos, rastreo es el lugar concreto de la poesía o de la anécdota. Hay en mí una perversión del examen, porque la naturaleza del espacio es lo que creo me proporcionará la ensoñación y el viaje por el tiempo. Soy un fetichista de los espacios, de los recovecos, de los cubículos y laberintos. Yo divido, en la égloga de Garcilaso las referencias concretas al paisaje, a los goces de la vida del resto del argumento de los poemas. Se trata, como digo, de una perversión taxonómica típica del talante moderno, de una reducción convulsiva a lo objetual. La lectura de la égloga garcilasiana no puede constar de estas historias, pues en el ámbito literario lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta y en ello, va integrado todos los elementos de que forman parte el repertorio pastoril. La mirada policíaca racional es la que me lanza a la lectura pausada de estos textos y señalar, discriminar, destacar y aislar lo que se me antoja lo más puramente relacionado con la ideación del locus amoenus. Quizá imagine que una panoplia de motivos agradables sería trasladable a cualquier época y pudiera, de este modo, establecer unos vasos comunicantes entre lo que los hombres han imaginado como bello, deseable, portador de paz comunicable a otros.
Aunque
Garcilaso no es Góngora, la apretada descripción que aparece en el fragmento
número 18 de la primera égloga nos ubica rotundamente en el ámbito florido y paradisíaco
que el alma busca como hogareño confín de retiros y delicias:
Corrientes
aguas puras, cristalinas,
Árboles
que os estáis mirando en ellas,
Verde
prado de fresca sombra lleno,
Aves que
aquí sembráis vuestras querellas,
Hiedras
que por los árboles caminas,
Torciendo
el paso por su verde seno.
Concluye
este fragmento bellamente:
Con el
pensamiento discurría
Por donde
no hallaba
Sino memorias
llenas de alegría.
En el
poema número 29 de esta misma égloga primera,
la invocación de la amada ausente por acción de la muerte se convierte en
transfiguración del paisaje común, en sublimación del mismo hacia el que las
moradas celestes prometen.
Contigo
mano a mano
Busquemos
otro llano,
Busquemos
otros montes y otros ríos,
Otros
valles floridos y sombríos
Donde
descanse y siempre pueda verte
Ante los
ojos míos,
Sin miedo
y sobresalto a perderte.
La alusión a lo eternal a través de ese adjetivo – otros – resulta tan estremecedor como revelador.
El poema siguiente que concluye esta égloga primera deja, a pesar de las invocaciones áureas y las angustias del deseo, un gusto extraño en la lectura, pues no se reclama, finalmente, ni la resurrección de la amada ni del amante. Lo pastoril encuentra aquí un súbito hálito de suave perplejidad y crepuscularidad.
En la
siguiente égloga el poeta vuelve a ser explícito, tras las nubes que ha traído
la ausencia de la amada, y los diálogos encuentran turnos renovados en boca de nuevos
amantes:
Convida
a un dulce sueño
Aquel
manso ruido
Del agua
que la clara fuente envía,
Y las
aves sin dueño,
Con canto
no aprendido,
Hinchen el aire de dulce armonía.
jueves, 22 de abril de 2021
EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS. III
La mansión Diodati, en Suiza, donde Lord Byron, Mary y Percy Shelley y Polidori se reunieron y se retaron a escribir historias fantásticas una venturosa noche.
EL LOCUS AMOENUS COMO CONTEXTO ESCRITURAL
Hay algo que sí envidio a algunos escritores ingleses de la época romántica y posromántica: las singulares circunstancias desde las que han ideado sus obras. No se encontraban, precisamente, encerrados en su habitación con los codos puestos en la mesa de trabajo y aislados del exterior. Ese exterior fue por el que evolucionaron libremente, solos o en compañía de alguien a la hora de escribir obras que se han convertido en clásicos de la literatura. No sabría decir si las características de la gestación de tales obras vinieron determinadas por el ambiente del lugar en que se encontraban o por el ánimo correspondiente que experimentaron entonces o por la convergencia de ambas cosas a la vez. Quizá si tal clima creativo, vinculado a un tiempo y a unos espacios concretos, se hubiera roto, no hubieran terminado de escribir las obras con las que luego alcanzaron tanta fama.
¿Hay algo más encantador que ese recuerdo que Lewis Carroll confiesa en una carta y en sus diarios cuando nos comunica que fue en paseos en barca junto con sus pequeñas vecinas, Lorina, Edith y Alice, cuando comenzó a pergeñar y dictar, su hiperfamosa Alicia? Rodeado de las frondosidades de la naturaleza y con el mínimo y magnífico público de un par de niñas, Carroll imaginó con certeza y soltura sus varias “Alicias”.
¿Y qué no decir del cómo y cuándo se gestó el temible Frankestein de Mary Shelley o El vampiro de Polidori? ¿O bien cómo no recordar el poema que Coleridge soñó y que se apresuró a anotar antes de que se diluyera en el polvo de la vigilia? Circunstancias y experiencias muy singulares que dieron lugar a obras igualmente de singulares y únicas en su género.
¿No
funcionaron tales circunstancias como locus
amoenus especiales que propiciaron
la imaginación y la escritura? ¿Lo fantástico de tales obras literarias
gestadas en tales instantes, no fueron el producto directo de una fantasía
actuando en un espacio y en unos momentos de fluyente concentración e intensa
sugestión?
Cambiando
de signo literario, de estilo pero no de intensidad y harmonía productiva, ¿en
qué circunstancias escribirían un Horacio o un Virgilio a propósito de
amenidades atmosféricas y ambientales?
Cuando
en sus memorias, el escritor francés Alphonse Daudet nos dice que escribía y
leía en su bote, cuando se iba de pesca, internándose por lugares frondosos y
solitarios, ¿no ha elegido, más o menos inconscientemente un locus amoenus adecuado para la
concentración y la tranquila
creatividad? ¿Y ese relax desde el que Juan Gil-Albert escribía sus Breviarios,
estuviera en México o en algún pueblo escondido de España?
Quizá
habría que aclarar si el locus amoenus
es un lugar en el que simplemente disfrutar del ambiente y de una conversación
con otros, o un lugar de trabajo, en el que se buscara la inspiración para la
progresiva obtención de una obra.
martes, 20 de abril de 2021
EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS. II
ENSOÑACIONES ROMÁNTICAS. LA DUALIDAD DE LA NATURALEZA.
La naturaleza romántica ya no es la naturaleza pastoril de los siglos anteriores: algo empieza a convulsionarse en el centro de las energías intelectivas que esputa conceptos de temporalidad en los que las almas empiezan a sentirse mortalmente encerradas. Aún de este modo, la naturaleza en sí, en tanto que lugar, es prácticamente la misma, es decir: que a pesar de la perspectiva que a principios del XIX comenzaba a articularse de la naturaleza como espacio amenazante y exclusivamente salvaje, las bondades de arroyos, verdores y cantos de pájaros, no se han borrado de la sensibilidad. La naturaleza, es cierto, en el período romántico comenzaba a mostrar sus aspectos duales, sus transformaciones góticas, pero su lado blando, acariciador de los sentidos, persiste con los más sombríos que inspiran morbosamente a los poetas románticos.
En su
obra autobiográfica, Las confidencias,
el romántico Lamartine, nos ofrece,
casi diría a su pesar, paisajes de infancia y adolescencia que se nos antojan
por su pintoresquismo, deliciosamente idílicos. Digo a su pesar porque
Lamartine, en un ejercicio de honestidad y sinceridad memoriográfica, nos dice
que durante las temporadas que vivió en la paz de los campos, se aburrió
considerablemente. Signo de una actitud netamente moderna: sensibilidad a la belleza,
sí, pero sin comprender que la inactividad lírica del campo se convirtiera en
un destino deseable. Por ello, Lamartine, nos ofrece un paisaje encantador de
época, pero su espíritu está demasiado conectado con la actividad de los nuevos
tiempos como para limitar su vida a tales naturales confines. Lamartine es
sensible a la belleza romántica de personajes, espacios y argumentos, pero su
inquietud lo ubica ante los grandes fenómenos históricos que cambiarían el
rumbo de las cosas y la sociedad de su país. El libro en que me he fijado de
este autor, tiene la virtud de la sencillez expresiva y del retrato inmediato
de anécdotas y paisajes. Las confidencias
están divididas en una serie de capítulos breves. En uno de los pasajes de uno
de los capítulos, a propósito de los veranos de su juventud pasados en el
campo, dice:
Aún creo oír los
golpes cadenciosos de los trillos que batían los granos al sol y al aire, los
balidos de las ovejas, las voces de los niños que jugaban, los zuecos de los
vendimiadores al volver del trabajo; las ruecas de las hilanderas sentadas en las puertas; los cantos
estridentes de las cigarras que parecían agudos gritos arrancados por el fuego
de los rayos del sol del mediodía.
El
dulce hastío del verano se insinúa aquí, animado tan sólo por los sonidos y
presencias de quienes convivían con el poeta en un espacio relativamente
limitado. ¿A caso una larga estadía en el anhelado locus amoenus se transforma
en puro aburrimiento? Claro está que el “lugar ameno” lo es no sólo por la paz
que transmite la naturaleza sino por esa reciprocidad de ideas y sensaciones
que varias almas pueden activar a través del harmonioso diálogo, y aquí, este
último detalle es lo que falta, ostensiblemente.
La
soledad puede vivirse venturosamente por las almas más generosas consigo
mismas, disfrutarse en los espíritus más acendrados, pero también, si la fuente
interior se seca o se obtura por lo que ha terminado convirtiéndose en
monotonía, volverse un cerco asfixiante, y es entonces cuando la soledad ya no
acompaña ni alimenta. Lamartine, al cabo de la siguiente cita de sus Confidencias, define muy bien esta
experiencia ambigua:
Las tardes de
lluvia las pasaba leyendo o escribiendo en mi habitación, las tardes de sol,
siguiendo sobre la arena las largas sinuosidades de las orillas del lago o los senderos
desconocidos en los bosques de castaños. Por la noche, me quedaba mucho tiempo,
después de cenar, paseando aquellas horas de oscuridad, en la casa del
batelero, hablando con él, con su hija, a veces con el instructor y el cura del
pueblo, que se venían con nosotros. De vuelta a mi habitación me dormía al
sordo murmullo del lago, que rodaba y recogía las piedrecillas en cada oleaje.
Estaba mi habitación tan cerca del agua, que los días de tempestad, al romperse
las olas, llegaba la espuma hasta la ventana. Nunca he estudiado los murmullos,
las quejas, las cóleras, las torturas, los gemidos y las ondulaciones de las
aguas como durante estas noches y estos días pasados allí, completamente solo
en la monótona compañía del lago. Habría hecho el poema de las aguas sin omitir
la menor nota.
Jamás he gozado
tanto de la soledad, sudario en que voluntariamente se envuelve el hombre para
morir voluptuosamente en la tierra.
sábado, 17 de abril de 2021
EL PARAÍSO EN LA TIERRA O LA ANSIADA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS I
Sospechamos
que todo rastro de paraíso detectable en la tierra que habitamos será siempre
un reflejo opaco e imperfecto de aquel lugar deseado y angélico que, o bien
perdimos, según la enseñanza bíblica, como la infancia, o bien, nos espera
mucho más allá de latitudes cognoscibles. También creemos sospechar, a pesar de
todo, que ante las senectudes que nos
brinda el tiempo en personas y vidas conforme va pasando este, la búsqueda del
cielo en la tierra, más que un viaje infecundo, destinado al fracaso, podría tornarse
una exploración interesante de, al
menos, signos rastreables de un espacio, más o menos remotamente benéfico y posible.
El mundo puede adquirir los aspectos más
amenazantes o mostrarse, tozudamente, insolidario con respecto a nuestros
deseos, pero las potencias de la imaginación no son nada desdeñables en tanto
que no cesan de proyectar un especulativo mapa de enclaves soñados que
descubrir o buscar.
Ante
desmemorias y súbitas desesperanzas, el espacio simbólico-histórico reconocible
nos concede, más de un testimonio de
personas, que generalmente, han desarrollado su actividad desde el ámbito
artístico, y que han vivido o creído delinear experiencias de intensidad y
harmonías no repetibles. En definitiva, el paraíso lo porta cada uno en sus
ilusiones y sueños, ciertamente, pero la vinculación a lugares y
acontecimientos, es también, materia real e historiable de este deseo de grata
– no apocalíptica – trascendencia.
El
testimonio, por tanto, de tales épocas o
de tales individuos constituye la constelación semiótica que la pasión y la
intelección seguirán para llevar a cabo la descripción de los momentos en que
lo paradisíaco se haya materializado en la recepción de los sujetos, lejos de
la confusión de las utopías imaginadas o escritas por filósofos y mesías.
Desde
instantes de inspiración compartida, viajes geográficos de significación
iniciática, momentos felices de composición plástica, musical o literaria,
fragmentos y recodos de ese ansiado locus
amoenus, se han insinuado a la experimentación humana, transformando
positivamente las determinaciones que preñaban de melancolía o simple gravidez
el proyecto íntimo de toda huida gloriosa de los límites cotidianos.
I. LOS RUPTURISTAS MODERNOS NO FUERON AJENOS A LA BÚSQUEDA DEL LOCUS AMOENUS
Los
surrealistas organizaban expediciones por la ciudad de París. Tales
expediciones no tenían por objeto sino estimular el viaje en el lugar de residencia y redescubrir lugares que
potenciaran la ensoñación. Hacer esto en
el entorno en que se vivía implicaba para los surrealistas darle la vuelta a la significación histórica
de plazas, edificios o parques, convirtiendo tales enclaves en lugares
específica y absolutamente lúdicos. Fieles al mensaje de hacer poesía en plena
ciudad, estas curiosas expediciones intentaban delimitar un espacio bien
distinto al típico de las postales, al folklórico o turístico. Había que
librarse de semejantes reclamos para volver a un espacio natal y originario que
no respondiera sino a las exigencias contemplativas y delirantes de la poesía. La
Arcadia en la ciudad que se habita, ese era el objetivo de los poetas adscritos
a este movimiento y que no deja de sugerir semejanzas con lo que pretendo
exponer. Enterrar el recuerdo de guerras, imperialismos y nacionalismos era
para la mentalidad subversiva del poeta surrealista borrar de amargura el
espacio público para transformarlo en el de un nuevo nacimiento del espíritu,
el de una nueva actitud que reivindicaba la belleza y la inteligencia. Para
Walter Benjamin esto fue lo mejor de los surrealistas. Aquí, como vemos, la
noción de espacio (locus) se revela como fundamental: en tal espacio los poetas
pretendían edificar el jardín universal para las almas futuras. El famoso precedente
platónico, al respecto, ¿hay que interpretarlo como una profecía repetida en la
historia, como una fatalidad para la felicidad? Si no dejamos a los poetas
proyectar socialmente nada, ¿es preferible que lo haga la sensatez de
arquitectos y técnicos, menos embriagados de belleza o de bienestar?
Hace unos años, cuando en Alicante conocí al grupo surrealista de Madrid, una de sus máximas preocupaciones era cómo se conformaba el espacio público, el diseño del transporte, de jardines o parques. La cuestión arquitectónica es fundamental para hacer agradable una ciudad. Los poetas buscamos ese carácter amable, precisamente, porque es en la ciudad en que vivimos donde deseamos estar bien, donde incluso, en sus lugares más destacados, evocar el locus amoenus que nos facilita instantes de ensoñación y de convivencia.
Los
famosos martes en casa de Mallarmé ¿no eran una amistosa invitación al “lugar
ameno”, una posibilidad de gustar de la aristocracia del pensamiento y del
frondoso cambio de pareceres literarios?
Los
cabarets y cafés de bohemios, pintores y poetas de la Belle Epoque, ¿no eran
lugares de esparcimiento, de recogida libertad?
La
invención de los happening ¿no fue sino una invitación a disfrutar de la
creación en grupo, un entronizamiento de lo lúdico como modo de grata socialización?
¿Por
qué me produce una vibratoria sensación de bienestar, de tímida felicidad
contemplar a un Gustav Klimt con su bata de faena ir a darse un viaje en bote
por el lago tras haber estado pintando unas cuantas horas, o aceptar la
invitación que nos hace Picasso a que le visitemos en su demiúrgico taller con
toda la tranquilidad del mundo?
No sé
si para los formalistas, un Miguel Hernández pueda ser considerado una figura
moderna. Pero el ámbito natural desde el que escribe y que le sirve de
inspiración poética, el entorno de la huerta levantina, no puede antojársenos
un remedo más aproximativo del locus
amoenus, y más si nuestro poeta se nos aparece, ineludiblemente, como el
“pastor” protagonista de una égloga autobiográfica ejemplar.
Toda obra de arte, de un modo más comprensible, toda obra de arte plástica es una propuesta de mundo, aunque no siempre resulte claro que esa obra, ese mundo que se nos ofrece sea habitable. A menudo, el arte contemporáneo desde hace casi más de un siglo intenta lo contrario: producir mundos inhabitables. Como decía Lezama Lima, la razón dialéctica entró en el arte y lo bautizó como “arte moderno”. Hay que entender la voluntad de crítica y protesta que atraviesa buena parte de nuestro arte para contextualizar ánimos y explicar esa tendencia a la inhabitabilidad. Es la característica desdichada o no del arte que es nuestro coetáneo. Pero si consultamos el catálogo arquetípico del arte de otros siglos, recientes, a fin de cuenta, porque pertenece históricamente a la edad Moderna, la imaginación ha trabajado para configurar lugares, jardines, paisajes, palacetes, escenas pintorescas y domésticas, escenas más irreales pero deseables donde uno acabe hallando si no la delicia inacabable al menos sí una primicia de lo que podría ser semejante cosa en el caso de que exista independientemente de lo que proyectamos o queremos. Desde el barroco hasta el mismo siglo XIX, la pureza de las escenas y lugares soñados, solo ha sido realizada hasta en su último detalle por el arte o la literatura. Los paraísos prometidos por la religión nos piden sacrificios y entregas últimas demasiado comprometidas. El arte nos libera de servidumbres de ese tipo y se atreve a ofrecernos vistas insólitas de lo más deseable. Solo en el espacio artístico se materializa una arcadia cuyo destino no está embargado por ninguna asunción doctrinaria sino que se muestra como originariamente nuestro: regalo por ser todos, precisamente, destinatarios de la ventura.
jueves, 15 de abril de 2021
End of A day*
Hace cuatro años ya
desde nuestra tragedia. No pasa un solo día sin que pueda olvidarte: te
recuerdo en el aire, en la música, te recuerdo hasta en mi voz. Como cada vez
que se acerca este aniversario, sueño contigo, bueno, sueño con un zorro
anaranjado con ojos tan negros como aquella noche, oscura y fría, pero tu
corazón siempre fue cálido…
Esta noche me ha
visitado de nuevo, pero esta vez me ha guiado a un templo japonés, el Japón de
tu infancia, entre kakemonos, bonsáis,
y un tatami donde he podido ver a una mujer elegante sirviendo el té con las
manos finas y delicadas. He respirado el equilibrio y la sencillez del
ambiente, he conectado con ese lugar, el lugar espiritual. Siguiendo tus pasos
me encuentro dentro del pabellón, protegido por altos cerezos rosados y bambús
verdes que dan sombra en las esquinas de mi sueño.
Y tú ya no estás allí,
ahora está tu familia, tu madre, tus dos hermanas y tu abuela, todas cosiendo
delicadamente. Se oyen los pájaros y las cigarras, y me siento un intruso en
este lugar, no encajo con el paisaje, no en tu mente.
Oh, y todo va más
lento, el viento silba a través de las finas cañas de bambú, todo lo que puedo
ver es verde, verde y luz. Ellas me miran, yo les devuelvo la mirada, y puedo
ver estrellas en sus ojos, lágrimas no derramadas, lágrimas tristes. A sus
espaldas puedo ver distintas criaturas, iluminando su aura, guiando sus
costuras.
Tú, pequeña criatura,
me miras desde la sombra, y solo puedo respirar, respirar tan profundo como me
permiten mis pulmones. Y ahora siento que estoy en un sueño, un lugar tan
onírico y utópico que me inquieto, ¿Qué quieres decirme? Deberías decirme tus
pensamientos, ahora no puedes pensar nada que no sea cierto, ya no te da miedo.
Se levanta despacio,
como todo en este lugar, y tararea una sencilla y lenta melodía. Cinco notas se
repiten sin cesar, cinco, y mira a su izquierda, el pasado. Entonces lo
comprendo, es la historia de la luz, la historia que contaste, que viviste,
hace tantos años, cuando aún eras feliz y la luz era parte de ti.
¿Qué pasó? ¿A dónde
hemos ido? Ahora sigo escuchándote, y yo también estoy llorando, tanto dolor y
mucho que llorar, tres amigos más gritan conmigo. Sentimos que te vemos a
través de un cristal, realmente nada ha cambiado, ¿verdad? Espero que no te
sientas triste, ya no, hiciste un buen trabajo, lo hiciste bien.
*El título del trabajo (End of a day) pertenece al álbum ‘Story
Op. 1’ del artista Kim Jong-hyung (Seúl, 8 de
abril de 1990- 18 de diciembre de 2017), integrante del grupo coreano
SHINee, el cantante cometió suicidio el 18 de
diciembre de 2017.
Gema Piñeiro López
miércoles, 14 de abril de 2021
POEMA
SECUENCIAS
La copa del árbol,
súbitamente, se eleva,
sostiene el margen celeste.
Es el difuso límite
de dos cielos.
La copa flota como una nube.
Bajo su verdor horizontal
el tronco se desliza
como serpiente mitológica
y penetra en la esponja terrestre.
En torno al perímetro del árbol
se extiende
el aire redondo,
hornacina de implosiones,
rosa invisible.
**
Muerdo la hora
y la sustancia del tiempo
hace brillar mis sienes.
Soy de pronto
una estatua que,
sin embargo,
titubea entre los nimbos,
producto
del atrevimiento del sueño.
**
En el ángulo más insensible,
soy,
pálpito no infundado.
La lluvia
me hace recordar
ese grato fluctuar
en la sombra.
Entonces, soy la hojarasca del tiempo,
la herrumbre de un pensamiento milenario:
yo, que me obstino en morir
bajo tanta luz
sin conseguirlo.
**
Me refugio en la
sombra
pero soy luz.
Ahora lo sé, de nuevo,
cuando las horas han mirado
mi abandono
y los rayos del sol
han reconocido
el brillo propio
de mis pupilas.
Retorno
con esa melodía
en la que identifico genealogías y océanos.
**
Lo vegetal acuña mitologías blandas
y milenarias.
Todavía arrastro mi nombre
bajo las lianas petrificados del atardecer.
Me venció la molicie de un morir melancólico,
pero debo encarnarme en mí
si deseo doblegar
las heridas del presente.
**
Comprendo el sueño de las violetas,
la desazón de los helechos.
No me encarno
en ninguna demiurgia gnóstica:
me trasciendo,
ahora
que me reconozco
y el día me lleva.
**
Imagino la raíz del árbol
articulándose
entre los gránulos
y las vetas profundas.
Las raíces
son como una mano hambrienta
que no traza brechas
sino para inseminar
a los soles de la noche,
esos cuerpos que
danzan al final de las savias.
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