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miércoles, 6 de abril de 2011


EL ARRESTO DE AI WEIWEI

La policía, los servicios secretos, el estado entero empleando todas sus fuerzas para arrestar a un solo individuo que no se molesta ni en escapar. ¿De quién se trata: de un terrorista, de un espía, de un asesino? No, es tan sólo un artista. Qué vergüenza para el gobierno chino.

miércoles, 9 de marzo de 2011


COMUNES VANGUARDIAS ARTÍSTICAS
Si hay algo que ha producido el arte moderno ha sido una apabullante y profusa literatura crítica. A partir de los sesenta, tras los redescubrimientos de las vías abiertas por Duchamp, la aparición del land art, de los happening, el mimimalismo, las performances, las mil y una reflexión sobre el objeto artístico como mercancía, la "desmaterialización" de la obra de arte, el destino del mercado artístico, hasta ahora, con la interacción de las nuevas tecnologías y el arte del ciberespacio, no se le ha pasado una a esa crítica cuyo discurso también se ha convertido en motivo de especulación artística - las retóricas de las tendencias conceptualistas -. Lo que, personalmente, me molesta es, no tanto la cháchara de los espacialistas como el afán canonizador con el que la teoría pretende conocerlo y definirlo todo. Hay "prácticas" a las que la omnisciente teoría ha puesto nombre, apellidos y lugar de nacimiento, que muchas veces, muchos de nosotros, ignorantes de ello, hemos llevado a cabo de modo fortuito pero sin dejar por ello, de saber que estábamos realizando alguna suerte de operación significativa.
Allá, no en los ochenta, sino en el año 1980, cuando teníamos entre los 17 y 14 años, unos amigos, mi hermano y yo, el germen embrionario de las personas que poco después sacarían a la calle la revista Empireuma, se nos ocurría coger un magnetofón e ir grabando por la calle, en casa, en los ascensores, en el congelador del frigorífico, en el campo, en el interior de casas abandonadas, etcétera. Utilizábamos cintas de la marca Joca y ordenábamos las grabaciones por el tipo de "ambiente" que reflejaban o contenían. Las de "Recuerdos" solían contener grabaciones de conversaciones entre familiares y amigos. Luego había otro tipo de "recuerdos" en los que predominaban las grabaciones realizadas en lugares concretos, a las que se sumaban las grabaciones psicofónicas que también, más que primerizas investigaciones paranormales de aficionados, acaban por convertirse en grabacioines sui generis de sitios y lugares. Es decir, que al registrar el sonido general que se producía en un determinado sitio a una determinada hora y luego escucharlo por puro goze, disfrutando sonoramente de lo que un espacio estático o un itinerario urbano nos pudiera ofrecer, no hacíamos sino, de un modo salvaje y caótico, lo que hacía y hacen hoy los llamados artistas sonoros mezclando sus grabaciones de campo en un laboratorio. Por eso pienso que aquello no eran meras chiquilladas. A través de la cinta magnetofónica, envasábamos, captábamos un fragmento espacio-temporal y lo convertíamos en un modo estético de contemplar la realidad misma. Hacíamos música concreta sin saberlo. La escucha de una jornada de grabación era algo así como recorrer imaginariamente un segmento preciso de tiempo, convertido en una suerte de megaútero, articulado por el sonido captado en glorietas, escaleras, habitaciones o caminos solitarios entre cañaverales y acequias. Repito que poca diferencia hay entre aquello que grabábamos con fascinación y espontáneamente, y lo que los artistas sonoros presentan en los festivales de radioarte: el material bruto es el mismo, salvo que el artista ensambla grabaciones de sonidos naturales para formalizar lo que presenta como una obra. Jean-Luc Ferrari, por ejemplo, pretende, paradójicamente, representar el azar en sus obras. Lo que sonoramente nos proporcionaba el azar, era, precisamente, lo que ingenuamente disfrutábamos. Y de todo esto,naturalmente, hay precedentes históricos. los dadaístas alemanes, sobre todo, cultivaron la grabación de poemas sonoros, en los que se incluían sonidos urbanos y otros registrados en fábricas. Recordemos ese poema visual que es el documental Berlín, sinfonía de una ciudad, de Walther Ruttmann, quien practicó este tipo de grabaciones.
Y a propósito de precdentes, me parece una hipérbole que la crítica actual anglosajona, señale como fecha de un modo nuevo de observar el arte, el voltio que Tony Smith se dio una noche de 1967 por las afueras de New York. El enfático estado anímico que describe en su peregrinación difiere en muy poco del que yo he experimentado montones de veces cuando, cámara fotográfica al hombro, me he perdido conscientemente, por las afueras de ciudades, eso sí, mucho más modestas como Elche, Alicante o Murcia, en plena siesta o al crepúsculo de la tarde invernal. En realidad, este perderse en los extrarradios de la ciudad, este navegar sin rumbo entendido como un modo de descubrir el bosque de signos que es la realidad que nos rodea, lo inventaron los surrealistas: la famosa deriva, hoy perfectamente registrada, conceptualizada y, por lo tanto, formalizada por ese reboso teórico que denuncio. De la deriva, del ir a la aventura por la calle, nace una obra tan inclasificable como Nadja de Breton. Cierto que Smith se turba con el "viaje" mismo que realiza, comprobando visionariamente cómo ese desdibujamiento, ese afantasmamiento interminable de los límites fronterizos de la ciudad de New York, implica una ruptura en el modo de cifrar la historia del arte y los confines de las obras artísticas del futuro inmediato, pero los surrealistas también organizaron singulares exploraciones por puntos concretos de París, creando algo así como el itinerario iniciático de una mitología temporal, lo cual no deja de ofrecer analogías manifiestas con la aventura solitaria de Smith y lo que ello significa. Para los surrealistas la ciudad es un laberinto en el que es posible el hallazgo de lo maravilloso. Tanto los surrealistas, como Smith y artistas afines, se internan en un espacio nuevo poblado, sin embargo, de acogedoras ruinas. Nos tendríamos que remontar a Piranesi con su serie de grabados Antigüedades Romanas para localizar, en una representación artística, el origen arqueológico-mental de actitudes como las de los surrealistas y Smith. ¿Qué reflejan esos grupos de figurillas humanas que Piranesi coloca deambulando entre las fastuosas ruinas romanas recubiertas de musgo y hierbajos, sino el placer y la fascinación de sentirse gratamente perdidos entre los vestigios de la historia, discurriendo por el laberinto del Tiempo?
El artista moderno es un peregrino que al no tener un santuario localizado al que dirigirse, naufraga en el piélago de la vertiginosa totalidad. Que se lo digan a Rimbaud y compañía. Los personajes dispersos de Piranesi, los surrealistas, Tony Smith, nosotros mismos con nuestras excursiones nocturnas a las casas abandonadas de la huerta que grababámos con nuestro radiocassette, no hemos hecho sino eso: deambular, errar con ánimo numinoso a la búsqueda de no se qué, hasta que el errar mismo se ha convertido en el objetivo , en una acción artística cuya firma es anónima.

sábado, 22 de mayo de 2010

Comecocos

Hoy 30 años de el comecocos ... si visitas hoy Google verás su curioso logo, pero mañana ya no lo verás.

Efímera es la imagen de nuestro sueño y corta, muy corta, ésta anotación twittera.

Evolucionamos de el blog a el microblog ...

@empireuma ya sigue a la @wikilengua

...
¡Hasta otra!

martes, 19 de febrero de 2008

Estratos estratificantes.




Estratos se llama la serie de exposiciones que del 31 de enero al 31 de marzo podrá verse en todas las salas y centros públicos de exposiciones de Murcia. Las exposiciones combinan fotografía, grabados, cortometrajes y sobre todo, acciones, performances. ¿Por qué Estratos?
Porque la acción estrella va a ser el practicar una galería subterránea en algún punto del malecón de la capital. El grupo de artistas convertidos en aguerridos mineros, excavarán una galería cerca del lecho del río Segura y la irán cubriendo conforme vayan adentrándose en la entraña arenosa de la tierra. Será una galería temporal, una excavación sin objetivo arqueológico, que habrá durado y tendrá la existencia de la acción misma de practicarla.
Si el interés de acciones como ésta es la de perderse lúdicamente en el seno de la madre tierra, convertir los espacios naturales o artificiales en territorios de narrativas específicas, contemplar la naturaleza como el desbordamiento de todo límite conceptual,el lugar matricial de la aventura y de los orígenes, pienso que alguna vez alguno de nosotros hemos hecho arte, quizá sin saberlo, en más de una ocasión.

En 1980, un grupo de amigos y yo, escogimos un rincón apartado de la ciudad en la finca llamada "La caseta", como secreto lugar de reunión. El sitio tenía un sugerente y espléndido camino de cipreses, un par de charcas artificiales llenas de ranas cantoras y bichejos subacuáticos, y como resto arqueológico importante conservaba el ancho brocal de un pozo cuya construcción parece remontarse al siglo XVIII, además de una melancólica noria encallada en el légamo de una acequia, a la sombra de unos árboles. Allí nos reuníamos, rodeados de luciérnagas, para hablar a la luz de la luna, de poesía, ovnis, Stravinsky, sueños e intentar escribir algo. Pero sobre todo, nos gustaba perdernos un poco en aquel espacio y a aquellas horas, no sólo por motivos de escapismo hedonista: aquella era una forma de disentir estética e ideológicamente.
El espacio en la madrugada era sedoso, húmedo, calmo, ondulante y quieto a la vez, y estábamos seguros de que había presencias mágicas acechando. Convertimos aquel rincón en un lugar de poder. De allí nos llevábamos la sensación mágica del recuerdo, entre ingenuo y maravillado, de haber experimentado otro orden espacio-temporal: qué opaca sensación de actualidad, de concreción olvidada en la que de nuevo nos instalábamos, al regresar a casa.

Pero conservábamos un documento especial de nuestras incursiones nocturnas fuera de la ciudad:las psicofonías. Entonces hacíamos grabaciones de media hora, bien lejos de los tres o cuatro minutos que se suelen aconsejar. Tampoco respetábamos lo de invocar las voces, ya que pensábamos que si se encontraban presentes, se manifestarían espontáneamente sin necesidad de darles el tostón con nuestras súplicas.
Nuestra modesta investigación paranormal acababa convirtiéndose en otra cosa, en una suerte de práctica espacio-temporal, ya que la captación de algún sonido o voz inexplicable en aquellas larguísimas psicofonías cedía, era algo secundario frente al "ambiente" que quedaba registrado en la cinta. Al final lo que nos excitaba era la grabación de algún grito lejano, el ruido de alguna moto que pasaba, el chasquido de una rama rota, el revoloteo de algún pájaro, el murmullo de nuestras propias voces ininteligibles.

En vez de escuchar una psicofonía, acabábamos escuchando música concreta, la respiración de la naturaleza misma en un día y en un horario determinados: en tal instante la rana iba a croar, en tal otro, el viento soplaba sobre el micrófono. Nos llevábamos a casa un pedazo de tiempo puro en el que poder recrearnos, ya que aunque no hubiera salido nada extraordinario, aquellas grabaciones conservaban la sugerencia, la atmósfera de la noche. La grabación era como una escritura cuya grafía fuesen los sonidos impresos en una veta de tiempo.
En casa hacíamos algo parecido. Cuando los mayores se largaban y la casa entera estaba a nuestra disposición, llevábamos a cabo una exploración, con las luces apagadas, a través de habitaciones, pasillos y armarios. Y con la cinta del casette, naturalmente, grabando nuestro simulacro doméstico de investigación intrauterina. De ahí que los motivos que inspiran las exposiciones en Murcia, Estratos, me haya sugerido la relación tanto con nuestras inocentes escapadas como con aquellas psicofonías y grabaciones.

Si la intención de la performance es romper con el tiempo de la ciudad, experimentar con la posibilidad de estar en un espacio a salvo de todo artificio, de todo signo instituido, aquellas visitas nocturnas que hacíamos con ignorancia total del land art o del mundo de las performances, ofrecen cierto paralelismo, en cuanto que no había otro objetivo que vivir la realidad tal cual. Ya el mero hecho de grabar con la cinta cualquier cosa, convertía lo grabado en signo de la realidad grabada. Practicar en la realidad un agujero por el que la realidad misma entra pero transformándose, es decir, diferenciándose de la masa inerte general de la realidad total.

Pensando en los artistas que practican este tipo de arte, convertidos en exploradores, en mineros, en jardineros subterráneos, en antropólogos de campo, qué desasosiego por remontarse a los orígenes, por purificarse de la alienaciones urbanas, por escapar de la civilización. Lo fascinante de viajar a través de estratos es que esos estratos también son culturales, territoriales, simbólicos. Al artista ya no le basta el marco del cuadro, ni el de la foto, ni el de la página, ni el movedizo de la cámara. Es el mismísimo espacio, natural o no, el que se convierte en marco de incursiones aventureras, en territorio de inscripciones, en escenografía de una acción inaugural. El espacio como gruta insondable, como caverna sagrada y amenazada, como laberinto y habitáculo, como posibilidad del hallazgo sorpresivo. El espacio como invitación animista al viaje de sus entrañas. Estratos practicados en el espacio que lo son también de tiempo.

UN CONFÍN DE CIELO PARA TUS PÁRPADOS

  Esta foto de Lee Friedlander se parece al tipo de fotografía que yo he ido haciendo en mis escapadas urbanitas los sábados por la tarde.....