lunes, 26 de febrero de 2024

LA OBRA DE ARTE SÍ SALVA




    La tarde en Murcia amenazaba con convertir mi paseo en un itinerario de melancolías y monotonías. La puerta abierta de una sala de exposiciones se me presentó como la ocasión de atenuar, de invertir esa amenaza. En El palacio de Almudí se exhibían las obras pictóricas seleccionadas en la última comvocatoria de los premios de Pintura Joven. Entré, eché un vistazo, y el ánimo principió a cambiar, efectivamente. La muestra me gustó, recuerdo que pensé que la pintura, más o menos, tradicionalmente entendida desde el punto de vista de la técnica, todavía tenía cosas que decir, que no todo está dicho o hecho ya.  La vieja cuestión de lo cuantitativo determinando lo cualitativo. Fui examinando con gusto las obras y cuando llegué a uno de los angulos más escondidos de la sala, me topé con la pintura concreta que acabó con metamorfosear la tristeza que me mordía con suavidad en motivo de intensa delectación, de sorpresa fascinada. 

El artista se llamaba, creo recordar Antonio Capón, no estoy muy seguro,  y la pieza constaba de un díptico representando el esfumado sombraje de las ramas de unos árboles sobre una superficie indeterminada. También podría ser el conjunto dinámico de las vetas de dos planchas de mármol, por ejemplo... Me paré en seco ante la obra y experimenté de inmediato toda esa secreta fenomenología que  se produce ante una obra de arte y que nos transmite la contemplación estética, el arrobo cabal ante lo fascinador. 

Tengo una capacidad de ensoñación bastante generosa y contemplando aquellas sombras ligeramente estriadas proyectadas sobre una pared limpia o sobre el suelo de un piso recién adquirido, la máquina de las asociaciones comenzó a trabajar: volé a un sitio inconcreto de la huerta de Albatera, en una tarde ensoñadora de hace décadas, tal y como mi madre me relataba anécodotas de su juventud; me imaginé dueño de un piso de artista, en una suerte de ático, por cuyo ventanal más grande se filtraban las sombras de una arboleda que se erigía en frente. Pensé en  acequias, en infinitos días de verano, en el rumor de aguas fluyentes, en siestas divinas por el relax y la presencia de la naturaleza. 

Fuera por mi permeabilidad a la ensoñación o por la calidad objetiva de algo que motivara tal tendencia, aquel óleo se había convertido en el dispositivo que activó todo esos pequeños paraísos de la memoria. 

Y es cierto el poder de reminiscencia que puede obrar una imagen pictórica en el sujeto, como lo es la necesidad de un orden y de una harmonía que de ese modo pueden verse satisfechos. 

La cuestión es que, el hallazgo del cuadro en el Almudí me cambió de tal manera el ánimo que retorné feliz a Orihuela, minutos más tarde. Reflexioné, entoces, a la llegada a casa, en las características medicinales, terapéuticas, harmonizadoras que una obra de arte puede provocar en la sensibilidad, medité la elogiosa realidad de tales características y, en definitiva, en el poder secretamente salvífico que el arte puede obrar en la persona. ¿Podemos creer en las virtudes de esta ilusión aunque sean algo fugaces? Yo constato que la esperanza asoma cuando el hombre crea un mundo habitable y bello.       

lunes, 12 de febrero de 2024

DIARIO DE UN CALLEJEADOR



Me doy una vueltecica por las calles de Orihuela. Fuera del aire algo lúgubre del ambiente y de la monotonía de siempre, nada nuevo que contar. De pronto, de no sé dónde, surge una aparición luminosa: una chica atractiva y con la ropa tan ajustada que las curvas creaban ondas en el aire que la rodeaba. Noto que la herrumbre que me calaba hasta los huesos, se atomiza, se deshace y yo casi levito por momentos. Me está pasando algo parecido a lo que le ocurrió a aquel fraile joven de un cuento del Decamerón de Bocaccio, que la primera vez que salió del convento y caminó por la ciudad, se quedó fascinado ante la visión de una criatura perturbadora que no había visto antes nunca. Qué es eso, le preguntó al padre que le acompañaba. Eso, le respondió el fraile sacerdote, es una mujer.

Pero antes de seguir fantaseando caí en la cuenta: seguro que es feminista, de las insufribles feministas de ahora, que ha asumido disciplinadamente todas los prejuicios y presupuestos del pensamiento políticamente correcto, es adicta al móvil y hablando español, no practicaremos el mismo lenguaje. 

Así que de este modo le dije adiós a esta mórbida aparición, a quien, con toda seguridad, y cumpliendo con los preceptos de una ley fatal, no volveré a ver nunca más, aunque ambos vivamos en una ciudad de las dimensiones que tiene Orihuela.  

martes, 6 de febrero de 2024

GUILLEVIC



ARTE POÉTICA

Guillevic

 

Lo breve siempre atrae porque se torna misterioso, fugitivo. Parece que lo que no se ha dicho está implícito oblicuamente en lo escuetamente expresado. Ver un par de versos flotar en la atmósfera pura de la página casi en blanco, produce un efecto hipnótico y fascinador. Qué sutil enunciado, qué mistérico oráculo se desprende del vacío. Un vacío que es el punto de gravedad, el espacio nativo de un decir, de un lucubrar.

Todos estos detalles describen elementalmente la primera impresión global de la poesía de Eugene Guillevic. Y tales primeras características son doblemente atractivas, pues resultan infrecuentes, exóticas en la literatura francesa.

Desde luego, Guillevic no busca la imitación del haikú, pero algo de la filosofía oriental sí resuena en el rechazo a lo barroco y a las densidades metafísicas y explicativas del discurso occidental que refleja su poesía.

Guillevic declara detestar lo misterioso en la elocución, es decir, la detallada fluctuación en poesía de oscuridades y hermetismos (re)buscados.

Guillevic busca un origen que es el origen mismo de las cosas, el momento fundador de lo que nos rodea, pues es en tal lance donde ya se encuentran todas las propiedades que trabajosamente nos obstinamos en rastrear y definir

en contextos remotos e impropios.

Para ello, Guillevic propone una visión procesual de nuestra relación con las cosas: ser/ a lo largo del tiempo/un poema/exponencial.

Porque quizá la realidad sólo es anfractuosa al principio, cuando nuestra reflexión cree acertar al iniciar sus pesquisas en ámbitos que eluden lo sensorial y lo más aproximativo, creyendo que en lo puramente intelectivo reside la solución a cualquier interrogación.

Lo que buscamos en un más allá complicado y etéreo se encuentra no ya en un aquí inteligible sino ubicado en las entrañas de uno mismo. Descubrir lo real es localizar la fuente de todas las identidades que se halla en nosotros mismos, por lo tanto el gran viaje iluminador consiste en encontrar nuestra ubicación ante las cosas, una ubicación activa posibilitada por la dinámica permeabilidad al pensamiento. No se trata de buscar el arrebato en sí para despejar vacíos, sino de propiciar la pausada participación en la totalidad que sólo a partir de nuestro movimiento personal comienza a desplegarse.

Escribir el poema/es desde aquí darse un allá/más aquí que antes.  

Con la idea de que toda efectividad y esencia se hallan en nosotros y no en atmósferas conceptuales perimetrales a nuestra voluntad, se inicia un proceso que sin violencias pero de un modo tranquilamente directo nos lleva a la paulatina metamorfosis de nuestra sensibilidad. Guillevic parece aconsejar un secreto colindamiento con las cosas, un hacerse poroso a lo que podríamos denominar presencia. Advierte que hay ciertos límites cognoscitivos que quizá nunca podamos superar, que pertenecen a nuestra naturaleza, pero que admitiendo tales límites de nuestras capacidades, las potencia. De este modo nos es posible entender a lo que podemos ir accediendo.

Las criaturas, las cosas, los mundos poseen vínculos tácitos que se activan y dilucidan si logramos iniciar el proceso de localizarnos a nosotros mismos en el sorpresivo plan del universo. Nuestro grado de soberanía y lucidez se hará eficaz cuando desjerarquicemos posicionamientos previos y sepamos danzar con nuestro entorno en un mismo centro de relaciones. Disfrutar de la unidad significa que hemos vuelto a nacer. Todo esto, dicho de este modo, semeja un mero programa de meditación. Es lo que en buena parte de los poemas de este libro, Guillevic visiona a través de una templada búsqueda de la soberanía íntima.

No pido más que quedarme/ en este lugar en el que me encuentro./intento poseerlo/en su todo y en sus detalles/ hasta confundirme con él/o mejor, confundirlo conmigo.      

 

lunes, 5 de febrero de 2024

UNA NOTA: FERNANDO SAVATER Y TANIA DORIS


Investigando por Youtube me encuentro con una película, Las alegres chicas de Colsada, progonizada entre otros por la vedette Tania Doris. La película es de 1984, trata sobre el ambiente de lo que fue La revista y enseguida me veo embargado por la melancolía: compruebo que la mayoría de los actores que participan en el film ya han muerto, que Tania Doris se acerca, actualmente, a los ochenta años y que ya el mundo de la revista apenas si existe o lo que persiste tiene poco que ver con lo que fue la revista. 

Pero hay algo que me sorprende positivamente: ese mundo que refleja la película y que creo casi prácticamente extinto, existe, lo encuentro activo en lo que es ese compartimento estanco espacio-temporal que es el propio film. Le doy al play y lo que presumía muerto, aparece, está preservado en algo que se llama película. Ya no hablo de la significación o relevancia de lo que el film alude en tanto que expresión artística, sino al mero hecho técnico de que un soporte electromagnético o digital mantenga un mundo específico.

Entonces, al advertir este detalle, recuerdo lo que leí esta semana pasada en el último libro publicado por Fernando Savater, Carne gobernada, en el que dice que: Los animales evolucionan biológicamente, el hombre tecnológicamente

¿Es a través de lo que la técnica comporta como deberíamos de articular un nuevo tipo de eternidad, enfocar una nueva forma de trascender la muerte?



IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...