jueves, 31 de diciembre de 2020

EL PARAÍSO EN LA TIERRA


 

En el primer capítulo del último libro publicado por el filósofo Clément Rosset, El lugar del paraíso, Nuevos Cuadernos Anagrama, nos encontramos con una mención curiosa a la Ilíada. El narrador, se detiene y explaya en la descripción de los relieves que ostenta el escudo de Aquiles. En contraste con el hilo narrativo previo, Homero describe escenas pastoriles y danzas, en definitiva, momentos de fiesta y celebración. Al filósofo francés le parece extraña esta detención de la acción, centrando la atención figurativa en un motivo que no supone nada desde el punto de vista épico. Pero tal súbita minuciosidad en los detalles ornamentales del escudo adquieren una significación que, quizá, al propio narrador pilló de improviso o traicionó. Rosset dice que lo que el escudo contiene son, en definitiva,  imágenes de la felicidad, y es más, constituyen, sin proponérselo, una puesta en escena del mismísimo paraíso.

Teniendo en mente estas consideraciones sobre el gran texto clásico, cuando el otro día, navegando por la red, me encontré con la gran tela de Sorolla, Cosiendo la vela, percibí cierta semejanza, si no representacional, sí intencional,  de esta pintura con lo descrito en la Ilíada sobre el famoso escudo.

La pintura de Sorolla representa a un grupo de mujeres y hombres, con bastante seguridad, parientes de pescadores, arreglando una gran vela.   

En la obra no hay danzas, salvo la de la luz sobre todos los presentes, y tampoco se celebra ninguna fiesta específica, aunque sí podamos advertir algo semejante: la celebración de la felicidad en el trabajo. Con semejante luz cayendo sobre los trabajadores y trabajadoras que se afanan en coser la vela de la barca, es difícil imaginar conflictos en los presentes. Parecen trabajar a gusto, con relativa tranquilidad, y la vela que están arreglando, es un pretexto para los reflejos luminosos, como si estuvieran enhebrando fulgores sobre un gran e inmaculado lienzo que los multiplicará cuando ondeé sobre la gran masa de azules del mar.

Los pintores actuales difícilmente representan escenas semejantes en sus obras, parecen haber perdido el encanto de la delicadeza, como si nos diera vergüenza admitir que todavía es posible festejar la sencillez o la exaltación en el trabajo.

Observando esta obra de Sorolla, me sumo en cierta e inevitable  melancolía: los momentos en que uno podía disfrutar del trabajo manual parecen pertenecer a otros tiempos,  cuando, precisamente el tiempo social, era menos enloquecido y no había prejuicios para festejar cualquier momento laxo que uno entregara a la sacrosanta producción.   

lunes, 28 de diciembre de 2020

EL DON DE LA SIESTA. Miguel Ángel Hernández



Este escritor y profesor universitario se me ha adelantado al escribir sobre semejante tema: la siesta.

Durante la siesta he tenido los sueños más insólitos, realizado las lecturas más intensas (fue en el transcurso de unas cuantas siestas como leí La lógica del sentido, de Deleuze, con auténtica gula intelectual); ha sido durante la siesta cuando he confirmado en mi percepción espacio temporal aquella definición canónica de Macedonio Fernández, conceptuando la siesta como la hora del Panteísmo. Efectivamente en el transcurso de la siesta ha sido cuando he experimentado una disolución voluptuosa del tiempo, cuando el sopor llamaba a un lánguido retiro en el interior, en la habitación sombría, en la frescura de las sombras….

La siesta entendida como un lapsus producido en medio del día, como una suerte de agujero negro reversible, como un contexto específico, valga la redundancia, de la sensorialidad y del imaginario ligado a tal sensorialidad,  como un modo de sentir el tiempo y el cuerpo, y sobre todo, como una forma individual de distanciarse del ritmo impuesto afuera, en el exterior, en la calle, en el trabajo, en la automatización de la vida.

Si la siesta es un don, nos dice Miguel Ángel Hernández, ¿en qué términos hay que entender tal valoración, cómo darle tan alto significado en la historia de la salud y de la psique del sujeto?

La siesta sería un modo soberano de rehuir o evitar la enajenación a que el trabajo somete al individuo,  un modo súbito de sustraerse al control  que los sistemas modernos de vida pretenden ejercer sobre la persona.

De este modo, podemos articular una lectura mueva y hasta revolucionaria, si se nos permite la pedantería, de la siesta, tan popular como a veces denostada, que ya no sería entendida tanto o meramente, como un hábito de los calurosos pueblos del sur, como un particular modo del cuerpo de reorganizarse, una pausa biopísiquica, un terapéutico distanciamiento de la uniformidad de la vida común.

Miguel Ángel Hernández revisa breve e ilustrativamente los distintos efectos que la siesta puede producir en la vida y hábitos del cuerpo, así como su significación en el orbe de las tensas circunstancias  que la vida estresada e inauténtica tiende a llevar al hombre, al tiempo que expone su propia experiencia de la siesta como práctica iniciática, lo que le da al texto unas implicaciones biográficas convergentes con respecto al tema del que habla.   

Si la enajenación moderna consiste, en parte, en vampirizar el tiempo total del sujeto para incorporarlo a la producción, la siesta devendría un rompimiento, una fractura blanda, ejercida desde la domesticidad,  ante tamaña pretensión. La siesta, ante el trabajo o cualquier otro modo de enajenación, nos priorizaría a nosotros mismos,  guareciendo no sólo nuestra salud sino las facultades intelectivas.

En uno de los capítulos Miguel Ángel Hernández comenta la significación y el origen histórico de la hora sexta, la hora del mediodía, según el cálculo romano. Personalmente me trae recuerdos fascinadores de un remoto año 82, cuando un servidor creía realizado su destino confinado en los muros del monasterio franciscano de Santa Ana del Monte, en Jumilla, y, efectivamente, a la hora sexta, rezábamos inmediatamente antes de ponernos a comer. La hora del mediodía posee una densa mitología que hemos perdido, olvidado o transmutado. La hora del mediodía, la hora en que el sol está en lo más alto y el calor y la luz son más intensos, era la hora de los demonios y de los fantasmas, la hora propicia para que lo numinoso se produjera. Habría que buscar probables conexiones entre tal concepción del mediodía y ritos, creencias o mitos que son corrientes hoy para entender semejante perspectiva de aparición de lo sagrado. Recientemente, se ha publicado el volumen Los demonios del mediodía, de Roger Caillois, que trata, exhaustivamente, sobre el tema. ¿Podríamos establecer algún tipo de sorpresiva relación entre el momento de la siesta y el concepto sacro del mediodía? En tanto que el que toma la siesta renueva su capacidades imaginativas y la hora mítica del mediodía da paso a lo mágico, camuflado entre los pliegues de la luz más manifiesta, sí podríamos vislumbrar cierto parentesco simbólico  que potenciaría la aproximación de lo infrecuente en la hora meridiana de la siesta, aunque fuera tal y como  los poeta surrealistas concebían e insertaban lo fantástico en plena y profana vida urbana, confiando en azares objetivos. A propósito de esto, Itinerarios de la siesta fue el título que le puse a la exposición fotográfica que realicé en marzo del 2006, en la CAM de Orihuela: toda una serie de fotografías tomadas a la hora de la siesta en distintos tramos de Elche, Murcia, Torrevieja y Orihuela.  

Sigamos investigando y sesteando alrededor de la musa.       



martes, 22 de diciembre de 2020

NOTAS SÓLITAMENTE INSÓLITAS


Debaten en la radio sobre la memoria (insólitamente, sobre política no dicen nada). Critican que la memoria no es objetiva, que manipula los recuerdos, que amaña la relación de los hechos. Recuerdo, entonces, un notable artículo-ensayo de Juan Benet sobre el mismo tema, Un extempore,  que viene, en parte a confirmar lo que se está diciendo: la memoria devora a la existencia; no recuerda lo vivido sino que reproduce lo recordado.

Lo que yo creo es que, en efecto, la memoria no es un mero receptáculo de hechos sino que los configura, reforzando su recuerdo de este modo, pero que esa capacidad creadora de la memoria no significa que la memoria se invente las cosas, sino que nos da la imagen de lo vivido según nuestras necesidades. Es decir, que prefiero lo que la memoria nos narra porque es nuestro instrumento natural, porque lo que trasciende es lo que ella nos puede contar, mientras que tiendo a pensar que el supuesto recuerdo absolutamente objetivo es algo quimérico y no prioritario para reconstruir el pasado.    

 



Sueño con podemitas. Una pareja de activistas de Podemos, chico y chica, van a exponer en una charla pública o conferencia, su crítica general de la sociedad. La pareja mide seis metros de altura. La cuestión es que la naturaleza de la materia sobre la que van a lanzar su crítica es la misma que les da a ellos su característica física: medir seis metros de altura.   

 


Curiosa observación de Dalí a la Radiotelevisión portuguesa en 1978. Menciona los orígenes portugueses de Velázquez. Sin la suavidad y frescura del artista,  la pintura española se hubiera secado, no hubiera avanzado. Delicado modo de valorar o reivindicar estéticamente al país vecino, siempre tan distante o ignorado.  



La gente, a veces, experimenta metamorfosis. Pienso, por ejemplo, en la cantante  Grace Jones. En los ochenta me era antipática: sus pintas masculinoides me irritaban. Mucho más tarde, a principios y mediados de los 2000, adquirió robustez, y comenzó a exhibirse en conciertos y performances, con ropa vertiginosamente ajustada y sexy, mostrando sistemáticamente unas piernas infinitas, trasero al aire y al final, hasta los pechos. Con sesenta años, no he visto a una Grace Jones más deseable y hermosa, además de extraordinariamente vital y enérgica. Pensando dónde nació una figura tan sexy y sofisticada, Jamaica, recuerdo aquello que decía Lezama Lima: que de la pobreza más solemne puede surgir la mayor riqueza.   

sábado, 19 de diciembre de 2020

LA MAGIA DE LOS CLÁSICOS

 


Suave gravidez, reposo. Una crucifixión sin apenas dolor, la de Velázquez. 





La maja desnuda, de Goya. La única obra de arte que, sin transpasar los límites de lo estético, sobrexcita la mirada. Esa redondez de caderas, esos muslos, esa mirada picarona, ese colorete en las mejillas... 




Paseo por la playa, de Sorolla. Independientemente de su luminosa plasticidad, qué soberanía la de las figuras que pasean tranquilamente, disfrutando del sol y de la brisa. Los goces naturales de la tierra son los del propio paraíso y son nuestros. 



Leda y el cisne, de Da Vinci. La magia, lo etéreo lo cala y lo metamorfosea todo  en atmósfera divina y mitológica. Unos toques andróginos a la figura de Leda, añaden misterio y extraña belleza. El cuadro emite el  aire de lo numinoso. 




Jardín Giverny, de Monet. Una delicia de las muchas que produjo la musa de Monet. De nuevo, advertimos que el paraíso se nos revela cercano, aquí, en nuestro mundo, en un jardín. La pincelada múltiple y conjuntada, crea esa sensación de atomización del color en cromática y harmónica difusión. 




El sueño, de Picasso. La figura central, rotunda y feliz de la mujer, disfrutando del sueño reparador. Los colores, algo psicodélicos e intensos. En Picasso hay siempre un enigma. En todas sus obras, ese doble rostro, ese matiz grecolatino o mediterráneo alentando. La obra de Picasso trasluce una suerte de arcaísmo recuperado, el retorno feliz de una cultura solar. 





El grito, de Munch. Coincido personal y totalmente con las sensaciones que en su momento tuvo Eugenio D¨Ors, cuando descubrió la pintura y escribió que era la única obra de arte que le había dado miedo. Todo en la pintura es angustioso y de pesadilla. Y a pesar del trazo desleído e, incluso, infantil, la figura cadavérica o espectral resulta tremendamente inquietante. 




Segunda parte de La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. Impactante, sofisticado, minucioso y delirante. El tiempo se autodesconstruye, se fragmenta, avanzando hacia un horizonte que subvierte toda configuración habitual. Los famosos relojes blandos son arrasados por flujos de tiempo que desarbolan su cronometrización. El vacío se insinúa como fondo de todas estas metamorfosis. 






Dalí se ha propuesto sorprendernos, pero aquietando ahora, el delirio paranoico-crítico. Cesto de pan, de Salvador Dalí. El pintor español nos demuestra que puede pintar lo que le dé la gana, que puede volver a las formas de la representación clásica con resultados aceptables. ¿Una demostración de soberbia o de creatividad, de técnica?  

martes, 15 de diciembre de 2020

TRES OCASIONES DEL HABLA


Hay lugares o épocas que por la elocuencia de sus protagonistas y obras, logran el consenso común acerca de la intensidad y propiedad de su simbolismo. Uno de ellos ha sido la Francia decimonónica, la Francia simbolista de la Belle Epoque como geografía del sueño. Los artículos de este encantador libro de Rusiñol confirman esa imagen que es una impresión incontestable y un misterio en la historia del arte y de la vida. No en vano fue París la ciudad del amor: por pura contigüidad significativa, también lo ha sido de lo onírico y de la poesía.

Los textos que componen este libro de Rusiñol nos hablan de la experiencia bohemia del artista catalán en los enclaves más pintorescos del país vecino y que componían los puntos de peregrinación obligados de los pintores del momento: Ruan, Montmartre, parques, cabarets, cementerios…

Rusiñol escribe con precisión, y no de oídas, sino frente al objeto o  motivo del que habla. De ahí que todo resulte tan auténtico y entretenido. El libro, describe los lugares en los que se reunían los artistas y por los que circulaban a la búsqueda propicia de la musa. La literalidad de lo que nos informa, la realidad de las anécdotas que nos cuenta, la elocuencia del retrato que realiza sobre los distintos y pintorescos  personajes con los que se encuentra, nos sume en un estado de humor y melancolía: tal mundo no se repetirá jamás, sólo se ha dado con una pureza tal en aquel momento y en aquellos confines de cabarets destartalados y callejas infames.

Una de las historias más divertidas y destacables es la velada que pasaron una serie de amigos una noche de invierno y nieve en el cuchitril que Rusiñol ocupaba: Utrillo, Canudas, Casas, el músico griego (Satie) y el propio Rusiñol. Tras una frugal cena y exposiciones teóricas sobre el arte y los mundos posibles, la juerga pasó a la praxis: Satie sentado al harmonium, - insólitamente, había un harmonium abandonado en la habitación alquilada por los artistas - Ramón Casas a la guitarra y los demás haciendo coros, lucharon contra el frío, improvisando pavanas y odas. Noche memorable.

Hay algo, que pensando en la historia del arte, resulta tan notorio como específico: dentro de la conciencia que tiene Rusiñol del entorno que visita y de las personas singulares con las que convivirá durante un periodo de tiempo, destaca la “pobreza”, incluso lo miserable, tanto como motivo poético como ambiente propio de la bohemia. A fuerza de no poder trascenderlo, lo pobre es el aire que se respira, elemento lírico de la bohemia, etiqueta de la arriesgada aventura del artista, cualidad que define el mundo que el bohemio habita. Calles y cafetines, porterías y estudios de artistas, barrios enteros, están tocados por la gracia pintoresquista de lo pobre. Y lo que sorprende a un lector actual, es como digo, la gran conciencia que Rusiñol muestra de este aspecto definidor en su descripción del París del momento. Tal “pobreza” entendida como motivo de gozo poético y enmarcador de una estética, empaña, no sólo nuestra evocación de aquel tiempo, sino, por ejemplo, las suculentas fotos con que un Atget cataloga al viejo París y que tan interesantes lecturas provocaron en Walter Benjamin y en  otros estudiosos.

El libro de Rusiñol, es, en suma, una suerte de reportaje sobre el lugar y la época más épica de la bohemia artística, cuando los artistas eran pobres de solemnidad pero iban a cambiar el rumbo del arte y el modo de mirar la realidad gracias a la mayor riqueza de la que eran dueños soberanos: su creatividad.


Hasta hace unos años tenía una imagen prejuiciosa y tendenciosa del pensador rumano. Lo veía como un especialista en abismos, como un charlatán de lo extremo, como un afrancesado, es decir, un autor que copiaba la elocuencia gala a la hora de adentrarse en juicios últimos y complejos. Tuvo que pasar algún tiempo para que, leyendo un libro suyo con algo más de calma, me diera cuenta del nervio potente de su prosa, de que lo prejuzgaba y que sus textos revelaban un pensador atípico y sorpresivamente agudo. Cioran se me presentaba no como un teorizador y tampoco como un mero crítico de las ideas, sino como alguien que desarrollaba una reflexión tan emocional como lúcida de la recepción del estado moral del mundo y de su tembloroso futuro.

Estos cuadernos han conocido varias ediciones, más o menos corregidas y aumentadas. Yo diría que el libro en cuestión que yo he leído, esta edición económica  de Tusquets, es idéntica a otra que ha aparecido después mucho más cara. Estos cuadernos son una suerte de diario donde el genio de Cioran sigue aplicándose sobre filosofías y artistas, políticas y países, obras literarias concretas y anécdotas diarias. Por este último detalle se parece un tanto al diario. En todo caso, se nos ofrece como un semillero de frases y observaciones que, desde luego, no decepcionarán a todo seguidor de este escritor. Resulta curiosa la impresión que Cioran ofrece sobre España y sus grandes figuras literarias. La tendencia general es de elogio y admiración. Compara el Oráculo Manual de Baltasar Gracián con el Tao Te King, o nos confiesa su pasmo fascinado ante unos bailes que presenció en un pueblo de España cuando hizo el Camino de Santiago; o bien, nos hace  saber su conocimiento de canciones españolas que tarareaba durante sus paseos parisinos, o la noche inolvidable que vivió en Salamanca, atravesando un paisaje irreal. Pero también nos especifica que el español cuando no es sublime, resulta ridículo, es decir, algo así como que el español debe permanecer en un estado de énfasis continuo y no descender a ser vulgarmente sensato. Conocedor agudo de los místicos españoles, Cioran nos veía, algo así, como sumidos en un estado de tensión poética interminable. Estos cuadernos están sembrados de aforismos brillantes y frases para memorizar. Lo de verdad bueno en Cioran es que su sagacidad no es una facultad solitaria de su temperamento: es expresión veraz de una pasión que lo rescata de pedanterías o de la mera impertinencia. 

Sólo una cosa cuenta: no ser indignos de nosotros mismos.

Sólo tres personas acompañaron los restos mortales de Leibniz.

Una obra vive de los malentendidos que suscita.

En Europa occidental, España es el último país que aún tiene alma.

Una inteligencia sutil puede ser perfectamente superficial. Hay que pagar por el menor paso encaminado a la sabiduría.

El insomne es por necesidad un teórico del suicidio.

Todos los pueblos, en determinados momentos de su historia, se creen elegidos. Y entonces es cuando dan lo mejor y lo peor.




Existen obras literarias que además de presentarse como virguerías inclasificables, no por ello tendemos a olvidarlas o evitarlas, sino que poseen una singularidad que parece prestársela la propia época simbólico-poética en que circulan o aparecen y que por ello juegan a mostrarse en el ámbito de la historia literaria como un cosmos propio de significaciones y giros tan precisos  como ambiguos.

De El amor absoluto podríamos decir que es uno de esos textos con los que podemos disfrutar de su burbujeante mundo literario sin que nos tengamos que arriesgar a comprender qué nos está contando.

El amor absoluto, presenta tan hiperbólico epígrafe en simétrica consonancia con el personaje que es su autor, Alfred Jarry. En efecto. A Jarry, quizá el surrealista, previo al surrealismo, más surrealista de todos los surrealistas, los absolutos le tentaron con pasión y quiso hacer de su vida y de su obra experiencias, asimismo, de lo absoluto y lo extremo.

La genialidad de Jarry no es poca: adelantarse al teatro del absurdo con su gran astracanada teatral El padre Ubú; ser el inventor de la Patafísica, una parodia desternillante de la propia y sacralizada Ciencia; ser el creador de un singular personaje, el doctor Faustroll, maestro de patafísica, que recorre latitudes y continentes proponiendo fórmulas estrambóticas para cualquier situación excepcional; haber escrito una serie de novelas en las que los personajes se someten a los extremos más delirantes en consonancia con los retos que todo progreso tecnológico impone a la sociedad.

Para alguien como Jarry la realidad era eso, un reto, una aventura que había que emprender hasta el límite posible para doblegarla, una explosión de posibilidades, un mundo alucinado. La obra de Jarry es compleja por ser la expresión dislocada de una sensibilidad también exacerbada: la que la modernidad producía en el individuo matematizado, mecanizado, exiliado de sí mismo a un futuro de desmesuras vitales.

El Amor absoluto es un texto inetiquetable por pura saturación. Jarry utiliza pasajes del génesis para articular una historia indescriptible con un par de rotundos  protagonistas que no son otros que la Virgen María y Cristo. La historia, a medio camino entre el relato mítico, el poema en prosa, la observación filosófica a través de imágenes y el relato autobiográfico, permite la inteligibilidad mínima para que los personajes y las incidencias de fondo nos sirvan de guía en un apretado magma verbal, en un enigma sin apenas código. La impresión que produce El Amor absoluto es la de un texto que se destruye y reconstruye a sí mismo según avanza la lectura, la de un experimento improvisado que estalla en referencias múltiples, y sobre todo, la de un ensayo verbal de intenso onirismo en el que la palabra poética se abandona a una creatividad multidireccional. A pesar de todas estas imbricaciones, la poética a la que obedece esta obra no resulta esquiva: es la abierta, a fin de cuentas,  por el modernismo y el simbolismo finisecular en sus empresas más arriesgadas. Mallarmé se encontraría en otro lugar del mismo abanico que prestaría a la palabra autonomía como pretexto suficiente para inaugurar una estética. Leí El Amor absoluto hace muchos años y luego he ido visitando el texto, sin volver a leerlo del todo,   sino disfrutando de pasajes y capítulos al azar, debido a ese embrujo verbal que posee y que no cesa de pulsar imágenes insólitas. De Jarry, Apollinaire dijo: El último de los disipados sublimes de la inteligencia que ha dado el Renacimiento.


martes, 8 de diciembre de 2020



TIPOS DE AGUA
Anne Carson

La gratificada con el premio Princesa de Asturias, Anne Carson, hace una peregrinación por el Camino de Santiago. El resultado de tal viaje es esta suerte de bloc de notas o diario, en el que va anotando impresiones y sorpresas. Leído el libro, hay que destacar que Carson no se dedica, meramente, a comentar paisajes o describir poblaciones: a partir de tales observaciones, formula interrogantes  que son más sorpresivos que retóricos. Carson aprovecha cualquier matiz emergido de las circunstancias varias de realizar un viaje como el del Camino para preguntarse sobre el porqué de estar en semejante sitio. Explota su percepción poética sobre las calidades de color y sugerencia del entorno que atraviesa, o bien, sobre las reacciones de su acompañante durante el viaje. Hay que tener en cuenta que para Carson, este viaje no es uno cualquiera. Carson se siente como una integrante más de aquellos primeros peregrinos que con su itinerario crearon, azarosamente, el Camino de Santiago, y por ello, hasta cierto punto, si no sacraliza su situación, sí la destaca y la singulariza, pues este viaje posee un objetivo claro y la experiencia de realizarlo se reviste de una naturaleza particular, también.

Todo viaje tiene algo de iniciático. Cuanto más este, que constituye un recorrido por unas tierras preñadas de simbolismos e historias. Carson lo sabe perfectamente. Por ello, reflexionando sobre el viajar y la palabra, anota algo curioso: Una conversación es un viaje. Llegas a entender el viaje porque has tenido conversaciones, no al revés. Como queriendo decir, independientemente de las significaciones de toda relación dialógica, que el simple ejercicio de viajar no basta para entender qué regiones del mundo has atravesado. El viaje necesita, pues, de una suerte de exégesis posterior para llegar a comprender de verdad qué te ha ocurrido mientras viajabas.    

miércoles, 2 de diciembre de 2020



                                 STENDHAL VISITA ROMA

 

                                     Gusta ver las cosas cuando sirven de signo a un recuerdo

                                    Stendhal

                                                   Paseos por Roma 

                        

Atravieso una zona devastada 

que fue el centro de un imperio.

Visito una región que conoció

el dictado de las leyes,

la aplicación social del conocimiento.

Un lugar que concibió las legiones

Y la estratégica disposición del fuego tutelar.

 

Cómo es que de tal compacidad

y enormidad, de tan soberbia línea,

no quede sino estos restos,

estos impresionantes fragmentos

que nos impactan con su gloria rota.



No describiré, meramente, rutas de piedras doradas,

caminos bordeados por ruinas fantásticas:

registraré impresiones y detalles

de este catálogo material y presente:

el del imperio y sus brindadas bellezas.

 

Este imperio que como legado cultural

reposa en nuestra memoria,

pero del que esta tierra encarna

la memoria más próxima,

el límite incandescente de las formas,

el cerco estucado ante el que una razón construía

y de la que continuamos aprendiendo.

 

 

Los cipreses crecen entre estos documentos pétreos.

Son los testigos mudos de un apocalipsis

que imaginamos repentino, a pesar de los datos de la historia,

De una suerte de metamorfosis cuya finalidad es misteriosa:

dónde está Roma.

dónde, ahora, el esplendor incontestable y complejo.

 

El tiempo ha consumado un período, un milenio,

ha dado la vuelta a los siglos

y se ha parado en el borde del acantilado inmemorial.

 

Ante el Coliseo y las fortalezas,

ante las avenidas truncadas por el vacío o el caos;

o bien, ante los templos tiznados por la lluvia y el moho,

me pregunto qué función final tiene el tiempo,

qué dispersa configuración implica

su origen y su desembocadura de horas masivas.


 

Escarbar en los márgenes del tiempo,

en los restos de la historia,

auscultar las frondas de guijarros y vegetación

para detectar en qué limbo

el surtido de las formas

halla la continuidad de su proceso,

y, por trémula extensión,

los mundos que han sido y

que, ahora, giran en otro enclave

que el terrestre.

 

Visito Roma y visito una confinación de ruinas,

y es emocionante comprobar

que apenas examino una de ellas,

el trabajo, la delicadeza, la minuciosidad

con que se torneó cada rincón de las columnas

y sus bases circulares, surge imperiosa

del número indescifrable de horas y años.

La grandeza fragmentada es una variación

de las arquitecturas romanas,

un aviso a nosotros, lectores de mundos,

de lo que fue posible,

de los valores que se encendieron

bajo arcos y naves, en inscripciones

o ante fuentes veladas.


 

Roma es un corredor de efigies,

una superposición de plazas y monolitos,

una colina coronada de fulgores apolíneos,

que cipreses fieles orean

al son de  nubes que ensayan convertirse en sirenas.

 

Grandeza minuciosamente borrada por el tiempo,

los fragmentos ilesos van al encuentro de la mirada

como fuentes escuetas de las que manara

un mensaje sin tiempo.

 



Este es quien ha labrado monolitos trenzados de signos

como recuerdo de un brillo único,

el que ha erigido en la piedra conformada,

otra piedra que remeda una forma perdida:

la ruina, emergiendo de franjas inscritas

y suntuosas cenefas, que todavía ordena el espacio

e instaura alturas.   

 

Marcho entre columnas y restos de atrios

quitándome el sombrero y mirando

con tanta avidez como respeto.

Y además de admirar en el seno de qué palacio

derruido, mi cuerpo peregrina,

lo que me fascina es constatar

esta insólita operación de los siglos:

lo que fue y ahora ya no es,

aquella eclosión de formas que fue la arquitectura imperial

reducida a cascotes lúcidos, a mascarones de un navío fantasma.


 

En donde brilló la altura de la palabra,

en donde se ideó una civilización

a través del áspero mito  y los templos blancos,

los mausoleos y los teatros,

las calzadas y el arrojo,

queda, a pesar del paulatino apocalipsis

de los corrosivos días,

la huella de una mole histórica,

el perfil severo y sublime de efigies

que todavía desafían a quien desbarató el imperio:

dios Cronos, infinito en extensión y duración.

 

Y la memoria es barroca en su recordar

cuando tantos restos de magnificencia

persisten entre las hierbas y los nuevos cielos.

He aquí un universo definido,

la Via Apia ascendiendo,

escoltada por torres y gradas,

por fuegos, guerreros y relieves,

hacia otra Era de clámides distintas

y senados redivivos:

pórticos sumidos en pórticos

que el fulgor de lo consumado

hace retornar en el pensamiento que sueña.    

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...