jueves, 31 de diciembre de 2020

EL PARAÍSO EN LA TIERRA


 

En el primer capítulo del último libro publicado por el filósofo Clément Rosset, El lugar del paraíso, Nuevos Cuadernos Anagrama, nos encontramos con una mención curiosa a la Ilíada. El narrador, se detiene y explaya en la descripción de los relieves que ostenta el escudo de Aquiles. En contraste con el hilo narrativo previo, Homero describe escenas pastoriles y danzas, en definitiva, momentos de fiesta y celebración. Al filósofo francés le parece extraña esta detención de la acción, centrando la atención figurativa en un motivo que no supone nada desde el punto de vista épico. Pero tal súbita minuciosidad en los detalles ornamentales del escudo adquieren una significación que, quizá, al propio narrador pilló de improviso o traicionó. Rosset dice que lo que el escudo contiene son, en definitiva,  imágenes de la felicidad, y es más, constituyen, sin proponérselo, una puesta en escena del mismísimo paraíso.

Teniendo en mente estas consideraciones sobre el gran texto clásico, cuando el otro día, navegando por la red, me encontré con la gran tela de Sorolla, Cosiendo la vela, percibí cierta semejanza, si no representacional, sí intencional,  de esta pintura con lo descrito en la Ilíada sobre el famoso escudo.

La pintura de Sorolla representa a un grupo de mujeres y hombres, con bastante seguridad, parientes de pescadores, arreglando una gran vela.   

En la obra no hay danzas, salvo la de la luz sobre todos los presentes, y tampoco se celebra ninguna fiesta específica, aunque sí podamos advertir algo semejante: la celebración de la felicidad en el trabajo. Con semejante luz cayendo sobre los trabajadores y trabajadoras que se afanan en coser la vela de la barca, es difícil imaginar conflictos en los presentes. Parecen trabajar a gusto, con relativa tranquilidad, y la vela que están arreglando, es un pretexto para los reflejos luminosos, como si estuvieran enhebrando fulgores sobre un gran e inmaculado lienzo que los multiplicará cuando ondeé sobre la gran masa de azules del mar.

Los pintores actuales difícilmente representan escenas semejantes en sus obras, parecen haber perdido el encanto de la delicadeza, como si nos diera vergüenza admitir que todavía es posible festejar la sencillez o la exaltación en el trabajo.

Observando esta obra de Sorolla, me sumo en cierta e inevitable  melancolía: los momentos en que uno podía disfrutar del trabajo manual parecen pertenecer a otros tiempos,  cuando, precisamente el tiempo social, era menos enloquecido y no había prejuicios para festejar cualquier momento laxo que uno entregara a la sacrosanta producción.   

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