Podríamos llamar
fuentes eternamente manantes a esos motivos, símbolos, obras literarias, o
autores cuya consulta o frecuentación irrigan nuestro ánimo creativo y renuevan las razones por las que nuestra
escritura retoma caminos y perspectivas.
En mi caso podría
especificar que mis dos platos más exquisitos al respecto lo constituyen, por
un lado, toda la gama investigativa que las tramas semióticas
articulan sobre cualquier tema cultural de relevancia, y por otro, la persona y
obra de Lezama Lima.
Ambas cosas tienen
mucho en común, yo lo advierto así: el despliegue conceptual de la semiótica se
corresponde con los apiñamientos y evoluciones de la poesía y el discurso
barroco de Lezama.
Si los cito aquí, es
con toda la intención reivindicativa. La semiótica es una disciplina que se
actualiza constantemente, que no se estanca en definiciones formuladas décadas
atrás, y que permite a través de una multiplicidad concentrada de cauces la
exposición de enfoques y análisis notablemente audaces. Por ello los análisis
semióticos me dan seguridad intelectual, porque trabajan obras y fenómenos
actuales. Por su lado, la obra de Lezama es un fuego demiúrgico, una corriente
lustrosa de agua primera que brota constantemente renovando la sucesión de
imágenes que encarna las metamorfosis de la realidad.
Cada vez que me acerco
a la palabra de Lezama, me asalta una novedad, el giro prismático de un verbo
que ha captado la esencia del mundo y puede nombrarla diversamente porque
presenta una lucidez multidimensional. En Lezama el experimento verbal es
legítimo, es más, en Lezama no hay experimento sino la toma de lo real en la
que interviene toda oblicuidad devenida expresión sustancial. El decir de
Lezama es insustituible, su tesón elemental se responsabiliza de la
multiplicidad de las apariencias, de los devenires súbitos, de la complejidad
de las conformaciones, por eso su barroquismo no es ningún ismo tendencioso
sino la encarnación de un registro originario y fundante. A veces es
insólitamente literal, pero lo es cuando la realidad se ha conformado de tal
modo. Es entonces cuando parece más barroco aún, pues su poesía no utiliza
voluntariamente espejos deformantes. Lezama conoce
qué virtualidades atraviesan a los objetos, qué relieve fosforescente adquieren
estos cuando a través de la imagen conformada acontecen como entes
significantes. Y Lezama conoce porque
no es un mero fabricante sorpresivo de imágenes y acendradas exposiciones
prosísticas sino que asiste al punto de eclosión en que relación de hechos y
expresión de los mismos producen soberanamente la metáfora. La copiosidad que
facilita la localización de lo analógico es una virtud de la percepción
lezamiana. El mundo exhibe su energía y riqueza entre arborescencias lujosas.
Lo que descubre y define este mundo en su esplendor flamígero y selecto es el
verbo. Lezama lanzando desde los confines del verbo su rosario de fulgores
oscuros es sabio, porque su aposento
es el propio verbo, las fibras nominadoras de lo que el tiempo guarda en sus
pliegues.
Y sigo sin entender ese
desvaído puesto que Lezama ocupa en las letras latinoamericanas teniendo en
cuenta que es creador de un idioma propio dentro de nuestra lengua común, como
si la docencia prefiriera obviarlo por su compleja singularidad. Sigo sin
entender que falte apasionamiento ante la obra de Lezama incluso entre los
propios poetas españoles, teniendo en cuenta que nuestros clásicos son barrocos
y contemos entre nuestras esplendentes listas a poetas como Juan Ramón Jiménez,
Góngora o Lorca.
La semiótica también
encarna riqueza con su respuesta intelectual a los trayectos diversos que a
veces suponen las cosas y los hechos de orden social y cultural. Imagino la
semiótica afrontando esas galaxias de signos que son el mundo, descifrando
relaciones de enunciados como las hojas pululantes de una enramada.
Practicar los balances
semióticos ante cualquier fenómeno, supone practicar una fe, así como confiar
en que la excelencia retórica de la poesía, en este caso la de Jose Lezama
Lima, salve mi espíritu: la fe en la palabra, en la cultura.
Los signos se destrenzan sobre los paneles desleídos de la tarde. Un flujo fosfórico delinea rastros de estrellas en tu mano, al tiempo que un diligente velo incandescente protege lo que unos labios remotos nos van a confesar.


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