miércoles, 28 de enero de 2026

FUENTES MANANTES


 

Podríamos llamar fuentes eternamente manantes a esos motivos, símbolos, obras literarias, o autores cuya consulta o frecuentación irrigan nuestro ánimo creativo y  renuevan las razones por las que nuestra escritura retoma caminos y perspectivas.

En mi caso podría especificar que mis dos platos más exquisitos al respecto lo constituyen, por un lado, toda la gama investigativa que las tramas semióticas articulan sobre cualquier tema cultural de relevancia, y por otro, la persona y obra de Lezama Lima.

Ambas cosas tienen mucho en común, yo lo advierto así: el despliegue conceptual de la semiótica se corresponde con los apiñamientos y evoluciones de la poesía y el discurso barroco de Lezama.

Si los cito aquí, es con toda la intención reivindicativa. La semiótica es una disciplina que se actualiza constantemente, que no se estanca en definiciones formuladas décadas atrás, y que permite a través de una multiplicidad concentrada de cauces la exposición de enfoques y análisis notablemente audaces. Por ello los análisis semióticos me dan seguridad intelectual, porque trabajan obras y fenómenos actuales. Por su lado, la obra de Lezama es un fuego demiúrgico, una corriente lustrosa de agua primera que brota constantemente renovando la sucesión de imágenes que encarna las metamorfosis de la realidad.

Cada vez que me acerco a la palabra de Lezama, me asalta una novedad, el giro prismático de un verbo que ha captado la esencia del mundo y puede nombrarla diversamente porque presenta una lucidez multidimensional. En Lezama el experimento verbal es legítimo, es más, en Lezama no hay experimento sino la toma de lo real en la que interviene toda oblicuidad devenida expresión sustancial. El decir de Lezama es insustituible, su tesón elemental se responsabiliza de la multiplicidad de las apariencias, de los devenires súbitos, de la complejidad de las conformaciones, por eso su barroquismo no es ningún ismo tendencioso sino la encarnación de un registro originario y fundante. A veces es insólitamente literal, pero lo es cuando la realidad se ha conformado de tal modo. Es entonces cuando parece más barroco aún, pues su poesía no utiliza voluntariamente espejos deformantes. Lezama conoce qué virtualidades atraviesan a los objetos, qué relieve fosforescente adquieren estos cuando a través de la imagen conformada acontecen como entes significantes. Y Lezama conoce porque no es un mero fabricante sorpresivo de imágenes y acendradas exposiciones prosísticas sino que asiste al punto de eclosión en que relación de hechos y expresión de los mismos producen soberanamente la metáfora. La copiosidad que facilita la localización de lo analógico es una virtud de la percepción lezamiana. El mundo exhibe su energía y riqueza entre arborescencias lujosas. Lo que descubre y define este mundo en su esplendor flamígero y selecto es el verbo. Lezama lanzando desde los confines del verbo su rosario de fulgores oscuros es sabio, porque su aposento es el propio verbo, las fibras nominadoras de lo que el tiempo guarda en sus pliegues.

Y sigo sin entender ese desvaído puesto que Lezama ocupa en las letras latinoamericanas teniendo en cuenta que es creador de un idioma propio dentro de nuestra lengua común, como si la docencia prefiriera obviarlo por su compleja singularidad. Sigo sin entender que falte apasionamiento ante la obra de Lezama incluso entre los propios poetas españoles, teniendo en cuenta que nuestros clásicos son barrocos y contemos entre nuestras esplendentes listas a poetas como Juan Ramón Jiménez, Góngora o Lorca.

La semiótica también encarna riqueza con su respuesta intelectual a los trayectos diversos que a veces suponen las cosas y los hechos de orden social y cultural. Imagino la semiótica afrontando esas galaxias de signos que son el mundo, descifrando relaciones de enunciados como las hojas pululantes de una enramada.

Practicar los balances semióticos ante cualquier fenómeno, supone practicar una fe, así como confiar en que la excelencia retórica de la poesía, en este caso la de Jose Lezama Lima, salve mi espíritu: la fe en la palabra, en la cultura.

Los signos se destrenzan sobre los paneles desleídos de la tarde. Un flujo fosfórico delinea rastros de estrellas en tu mano, al tiempo que un diligente  velo incandescente protege lo que unos labios remotos nos van a confesar.    


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