SENTIMENTALMENTE
Lo
que últimamente me está ocurriendo cada vez que evoco algún recuerdo
relacionado con los últimos años o me vienen a la cabeza cosas ocurridas hace
mucho tiempo, se parece a la sensación que uno tiene al sumergirse lentamente
en una bañera: una suerte de velo vibratorio me recorre el cuerpo y me cubre la
mente y una mezcla de melancolía intensa y dulzura mezclada, me sume en un
estado de fuerte abandono. Me atomizo, por instantes, en lo remoto que fue y ya
no volverá a suceder. Este no volver a suceder de las cosas se refiere a que no
volverán a suceder del mismo modo que antes. Lo pasado se preserva en la memoria como
en una suerte de cámara frigorífica pero es imposible resucitarlo, o, al menos,
resucitarlo del modo en que uno lo desearía, es decir, de modo inmediato, casi
por arte de magia. Esperanzar el presente puede realizarse, claro está, a través
de la lectura de un poema, gracias al poder evocador y cordial de la música,
reinstalando motivaciones varias que impliquen a tu inteligencia en el ahora,
recuperando las relaciones personales con los demás, limpiando de pronósticos
pesarosos la vida que te es dado vivir y que legítimamente te pertenece…
Mi
estado de ánimo postnavideño es este: una especie de crepitación continua del
pasado que cada vez se afantasma más y más, perdiéndose en un túnel oscuro y
junto a ello una sensación que sí es patógena y que tiene que ver con lo más
amargo que soterradamente me tortura: lo que nunca llegué a vivir y con el
tiempo, se envuelve en la cuasi certeza de que nunca viviré.
Todo
esto se vivificó el otro día cuando, examinando páginas en internet de fotografía
artística, de pronto di con esta imagen
que me hizo viajar enseguida a los años ochenta y a las ilusiones que un chico
de veinte años, entonces, quizá pudiera tener: una delicada señorita sirviendo
en una sofisticada cafetería.
¿Por qué esta imagen me atravesó el alma como una flecha y me hundió de inmediato en una tristeza dulce y letal, a la vez: porque tal flecha quizá fuera de Cupido? Ay, ay… Llegué a pensar que esta chica anónima quizá me recordaba a alguien, a alguien a quien viera fugazmente sirviendo en algún local hace décadas y me hiciera tilín… No sé. La cuestión es que al dar con esta foto, todas las delicias y sueños de los ochenta se levantaron simultáneamente en mi imaginación para volver a sumirse en la sombra en donde permanecen enterrados. La reacción típica del alma que reverdece ante una alusión a las maravillas vividas para desilusionarse casi al mismo tiempo y regresar a su letargo indefinido. En ese limbo de virtualidades y vida no vivida es en donde, actualmente, me encuentro.

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