jueves, 28 de septiembre de 2023

EL ACEQUIÓN COMO ESPACIO LÍRICO-METAMÓRFICO




Cuesta imaginar que este pequeño puente guarde bajo su arco varios miles de años y constituya la primera expresión arquitectónica de lo que más tarde sería Torrevieja.  De hecho, su construcción supuso el establecimiento de una población que dedicándose a extraer la sal del océano sería el origen germinativo de lo que hoy conocemos como el querido destino veraniego de la mayoría de los oriolanos.

 

Imagino que no se trata exactísimamente del puente original, que lo habrán reconstruido alguna vez a lo largo de la historia. Pero, independientemente de ello, lo que más y poéticamente me interesa es la pintoresca presencia de un puente en ámbito marino, es decir, la rareza que supone combinar o asociar la imagen de un puente con el océano.

 

Uno de los motivos que los surrealistas reivindicaban en pleno territorio urbano de París era la búsqueda y el disfrute de lugares de ensoñación. Convertir los espacios funcionales de una gran ciudad en puntos de evocación poética se conceptuaba como algo subversivo. En realidad eran los restos oníricos del romanticismo que emergían en un nuevo movimiento poético-literario y pictórico como el surrealismo.

 Cuando hace unos años contacté con el Grupo Surrealista de Madrid y conocí la espléndida revista que publicaban, uno de los grande motivos temáticos de su estética era la de buscar lugares de ensoñación en cualquier punto de las grandes ciudades de Europa.

Túneles, parques abandonados,  azoteas de edificios antiguos, canales, patios, espacios intermedios entre varias construcciones arquitectónicas, determinados pasajes de la periferia, cualquier enclave similar podía ser objeto de ensoñación y de elaboración poética consciente.

No se buscaba la ruina en sí, sino más bien puntos de intersección, sitios extraños que suscitaran un detenimiento contemplativo y ensoñador.

Teniendo en cuenta estos precedentes de estética supuestamente de vanguardia, - ya decía Walter Benjamin que la ciudad de París en el siglo XIX había sido diseñada como una ciudad onírica - he de decir que en cuanto a extrañeza, todo el espacio que conocemos y denominamos como El Acequión, situado en Torrevieja, a mí siempre me ha provocado una rara sensación entre sorpresiva y melancólica.

Quizá porque asocio el mar y Torrevieja con la estación del ocio, del placer, y también, ciertamente, con el lujo y la felicidad, la presencia peculiar del puente y el carácter humilde de la tierra que rodea a las acequias, supone un contraste extraño que sólo justifica la historia. Qué tiene que ver el azul fascinador y glorioso del mar con estos melancólicos puentecillos rodeados de matas secas y polvo.

El puente pertenece más al bosque, a tierras del interior, a vistas románticas de paisajes con tranquilos arroyuelos fluyendo bajo los arcos de piedra.

He andurreado poco por El Acequión, pero cuando he pasado por allí lo que he experimentado ha sido una suerte de adormecimiento indigno con respecto al brillante y gigantesco mar de fondo. De pronto, una pobretería casi de secano me ha asaltado en tierra de bikinis, sol, brisa marina, terrazas y playas.

Pero aunque cueste creerlo, esta descombinación atmosférica, esta diferencia de ritmos está más que justificada, pues la misión de los puentes era acoger, dirigir el pequeño brazo de mar que entra en tierra firme y que los antiguos trabajadores explotaban, buscando la sal.

La cuestión es que esa agua que entra pausadamente en tierra parece sufrir una metamorfosis al haberse alejado del mar y parece agua dulce, o es ya, sustancialmente, agua dulce, agua pobre y lenta de acequia, agua insípida que ha perdido su azul originario.

El Acequión es un espacio de transición en el que el mar pierde flujos de sí que van a agonizar entre matojos y algún que otro manifiesto desperdicio. El mar, la naturaleza se vuelve un tanto masoquista dispersando el mayor bien de la vida, el agua, en veneros agónicos y melancólicos. El Acequión es un paisaje en el que el veraneante puede experimentar con taciturno y extraviado talante  el olvido instantáneo de las gracias del veraneo, a no ser que sea una de esas gracias, pero secreta.   



martes, 26 de septiembre de 2023

EL FILM DE LA MEMORIA

 


Este domingo pasado se clausuraba la exposición Memoria y Recuerdo instalada en la Cárcel Vieja de Murcia.

Fotografías, videos y esculturas componían con sus creaciones un homenaje a ese denso y fantasmático laberinto que es la Memoria, centrándose en la historia de la cárcel, hoy convertida en sala de exposiciones.

Personalmente, lo que sí me hizo viajar en el tiempo con una rara sensación de aventura y melancolía, fueron las fotos expuestas sobre el motín que sufrió la cárcel en 1977. Me fijé en la apariencia chulesca de los presos subidos a la azotea del edificio, con el pecho al aire, abundantes melenas, ni un gramo de barriga y pantalones ajustados de pie de elefante. Recordé que yo en mi adolescencia vestía así. Por muy alejadas que estuvieran las existencias de unos presos encaramados a las tejas de una cárcel, de la mía, en particular, convergíamos en el modo de pertenecer al corazón secreto de una época, éramos los hijos del Eros del momento.

Recordé también, por asociación de ambientes,  aquellos días de ineludible adocenamiento, de cuasi promiscuo confinamiento, vividos durante la mili.

Examinando las imágenes de aquellos presos arremolinados en  frágil techumbre, pensando en qué habría sido de ellos, sentí la emoción quizá algo ridícula de la autenticidad. ¿Qué autenticidad era esa? La que otorga la encarnación individual del tiempo, el haber pertenecido involuntaria y radicalmente a un período de la vida, de la historia. La memoria despliega el mejor film: el que hemos protagonizado nosotros.

 

Me paseé por el resto del edificio antiguo que no es sala de exposiciones, fijándome en el tipo de construcción, en los ladrillos colocados horizontalmente formando tristes elevaciones sin gracia, en las ventanas enrejadas por las que montones de seres humanos anónimos se habrían asomado al exterior; en las torrecillas de vigilancia,  en los netos muros, en los amagos de escalera sumidos en sombra, en el duro patio que ahora invitaba con lujo escaso a que el paseante tuviese el detalle de visitar la cárcel.

Sé que a veces, inventamos inconscientemente, al recordar, como afirmara Juan Benet en un ensayo, que añadimos gestos e intensidades a algo experimentado o visto hace 30 o cuarenta años, pero lo que no podemos rechazar ni negar es que en un momento concreto del continuum que representa gráficamente nuestra vida, hemos pertenecido y sido memoria, apuntaladores de esa cinta corrediza en varias direcciones y de dimensiones indefinidas que es el tiempo.  

 

















miércoles, 20 de septiembre de 2023

TRÍADA AZAROSA



No recuerdo cuándo conocí al creador de cómic Robert Crumb,  de lo que sí me acuerdo, más o menos, es del momento en que vi por primera vez sus personajes y su modo de dibujo. Enseguida me sedujeron las formas rollizas de sus personajes y sus caras de pasmados. Crumb es el gran historietista del cómic underground de la Norteamérica de los sesenta y setenta, décadas de libertad, revueltas y locuras. Yo creo que sus más atrevidas fantasías no se han materializado sino actualmente con la llegada de las redes. Crumb utiliza abiertamente elementos de su biografía, frustraciones y obsesiones sexuales como materia prima de sus tiras de viñetas. Su dibujo, ingenuo y expresionista a un tiempo, blando y como gomoso y húmedo, surrealista e hiperbólico, capta pronto la mirada y divierte siempre. Esta es la materia que yo sometería a investigación semiótica: su caricatura, antes que guiones o argumento. Estas memorias descaradas y tan sinceras como escuetas, son el último libro que la editorial ha sacado sobre el personaje, que huyó hace años de un estupidizante Estados Unidos para refugiarse en Europa. No sabía que había trabajado con Lynch. Aunque como digo estas memorias no son precisamente generosas en lucubraciones o descripciones, lo que llega a decir junto a la frondosa selección gráfica de sus historias, pueden darnos una idea del extraño mundo que fue y sigue siendo Estados Unidos junto a uno de sus ciudadanos más extrafalarios.

 




La edición del diario de posguerra de Rafael Cansinos-Assens ha sido una atentica sorpresa. No conocía en absoluto que Cansinos hubiera llevado un diario después de la guerra y de las décadas gloriosas de las vanguardias literarias y las tertulias famosas. Alguna vez me pregunté qué es lo que este escritor había hecho tras su trabajo como traductor de tantas obras clásicas, tras la juventud bohemia y los momentos épicos de los grandes debates y encuentros que protagonizó en cafés emblemáticos, enfrentado a Ramón Gómez de La Serna. Supongo que este diario que aquí se publica y que pertenece a un momento histórico muy concreto del país, tiene una continuación en los años siguientes, aunque quizá su escritura sea más dispersa. El libro está lleno de observaciones breves pero interesantes sobre pintores, escritores, escultores y otros intelectuales que no emprendieron el exilio y sobrevivieron en la golpeada España del momento, al tiempo que refleja con claridad el tipo de vida que llevaba su amanuense, Rafael Cansinos. De la posguerra tenemos una pésima imagen. Personalmente, sólo vinculo a la época un par de notas de color y humor: las anécdotas que me contaba mi madre vividas en el molino, donde ayudaba a mi bisabuelo, cuando apenas tenía veinte años. Cansinos-Assens añade algún que otro dato curioso, relativo a la pobreza y a la rigidez ideológica. El texto de Cansinos no es un documento uniformemente gris. Y es que como siempre ocurre, a pesar de las circunstancias conocidas, la realidad siempre se muestra más jugosa e imprevisible que las leyendas y los estereotipos.

 




Alguna vez hemos discutido Blanca Andreu y yo sobre Octavio Paz. Según Blanca, no podemos considerar al autor mexicano como un gran poeta, pues cuando lo ha leído, no ha encontrado un solo verso que fuera memorable. Yo le contestaba que han sido tantos los momentos de delicia intelectiva que la lectura de la obra de Paz me ha regalado, que lo que menos me importa es saber si Paz ingresará o no en la eternidad del empíreo literario. No hay autor en español que maneje y articule  la información tan brillante, ilustrativa y pedagógicamente como él. Siempre accesible, claro con lo complejo, frondoso con lo claro, Paz hace converger aspectos disímiles y multidireccionales en una exposición unitiva, sorpresivamente iluminadora. Tiene la virtud de dilucidar rasgos extensos y complejos de la historia política y cultural en una sola imagen en la que integra la suma de los contrastes. La transparencia de sus exposiciones resulta de la dinámica asimilación de lo complejo. Que la historia es un proceso de asimilaciones y aniquilaciones tácitas, un desfile de metamorfosis, Paz lo sabe bien y utiliza el poder sintético de su prosa para exponerlo con inteligible elocuencia. Yo he disfrutado, indistintamente, tanto su obra ensayística como la poética: ambas son vívidas extensiones de una misma capacidad. El gran recurso de su poesía es la imagen. Aquí, Paz, revela tanto sus raíces clásicas y barrocas como surrealistas. Hablar de imagen en poesía supone renovar indumentarias retóricas, explotar la imaginación.  Esta edición de su obra poética completa pone de manifiesto el carácter demiúrgico y lúdico que la poesía reviste para Paz. Ha sido una estupenda idea incluir la prosa poética, poniendo ante los ojos del lector obras estupendas como El mono gramático o la rareza de La hija de Rapaccini. Es un libro de 900 páginas, pero la estupenda y flexible edición de Galaxia Gutenberg hace agradable el manejo del volumen.      

 

sábado, 16 de septiembre de 2023

OTROS DIARIOS DE LECTURAS

 


 

Recuerdo cómo en la adolescencia disfrutaba con la poesía surrealista y dadaísta: Breton, Peret, Tzara, Apollinaire… Uno buscaba la sorpresa metafórica, la imagen delirante a través del instrumento más sofisticado: el lenguaje. Hoy el disfrute de la poesía lo experimento de forma múltiple, pero se impone uno esencial: cuando compro un libro de poesía tengo en cuenta que adquiero un testimonio sutilísimo de alguien especialmente capacitado  que sufrió, amó, vivió en una época y en un país, determinados. En parte, aquí emergería la divisa machadiana crucial a la hora de ubicar y descifrar la obra de alguien: la palabra en el tiempo.

 

 


Leo de Arthur Prior Ensayos sobre filosofía del tiempo. Prior fue un agudo filósofo de Nueva Zelanda, muy infrecuente por estos lares. Se trata de un lógico que no duda en analizar proposiciones complejas, qué es una proposición, si pueden perder veracidad con el tempo. Los ensayos me hacen recordar a Borges por su sofisticación y altura intelectual y claro, por su literaria temática. Prior analiza el pensamiento de San Agustín y el de los antiguos griegos. También hace incursiones brillantes y breves en el pensamiento medieval. Sus conclusiones no se presentan como tal. Hay que saber leer filosofía para advertir las sutilezas que una mínima variación lingüística puede suponer. Los títulos de alguno de sus ensayos prometen desarrollos suculentos:   

 

 

 

Todos los días pienso cosas últimas: la muerte que se aproxima, la muerte que se ha llevado ya a personas conocidas, amigos, parientes muy cercanos, lo difícil que resulta que a determinada edad la vida te ofrezca nuevas alternativas, no poder  hacer ya nuevos amigos y que sean importantes para ti, etc…

 

 

Recuerdo lo que con chulesco desdén dijo Duchamp sobre el viaje que hizo en su tiempo a Argentina: no he tenido la suerte de encontrarme con nadie que se interesase por el pensamiento. No cayó en la cuenta de que el argentino o los argentinos que sí se interesaban por el pensamiento, si hubieran sabido del paso de alguien como Duchamp por allí, también se habrían lamentado de la mala suerte de no toparse con el francés.

 

 

Leo con sumo placer a Guillermo Carnero. Es el poeta ideal: exquisito, complejo, exclusivo. El poeta vivía, por lo menos hasta hace unos pocos años en Alicante. Yo vivo en Orihuela y jamás he contactado con él ni lo conozco.

 

 


 

Echo un vistazo a una edición de aforismos de Rabindranath Tagore aparecida en Ariel. El tempo de la escritura revela hondura y majestuosidad. Otras cosas que he leído del escritor indio me han parecido menos brillantes. Gitanjali no acabó de impresionarme, seguramente porque entonces yo vendría de hacer lecturas más barrocas. A Borges no le hacía mucha gracia. Criticaba su indefinición… Tagore escribió contra los ingleses, desconozco si lo hizo sobre los intocables, una injustica rotunda y detestable de la sociedad india. Lo que me gusta de Tagore es su rostro: es exótico pero la calma de su mirada y las facciones suaves casi lo occidentalizan si no fuera por la barba y los ropajes. Qué difícil imaginar un personaje como él ahora. La admiración por el talante ético de los autores ha desaparecido. Ahora existe el culto idiota y fugaz por el famoso. Cuando Gabriel García Márquez visitaba su pueblo de nacimiento, era todo un acontecimiento. Había fiesta. Ortega y Gasset llenaba teatros cuando iba a dar conferencias.

 

 

martes, 12 de septiembre de 2023

DIARIO DE LECTURAS




Estoy leyendo una selección de ensayos literarios de Elisa Gabbert. No la conocía de nada, pero observé en la contraportada que era una escritora joven,  norteamericana y que vive de publicar reseñas de obras poéticas en el New Yorker. Ahí es nada. Vamos a ver cómo piensa una joven de treinta y pocos años en pleno apogeo de las redes sociales y el pensamiento políticamente correcto, viviendo como vive en el centro neurálgico del nuevo Vaticano que es EEUU. Los ensayos que leo son breves y audaces. Nos dice que actualmente en Estados Unidos nadie lee a Faulkner. Realiza apreciaciones interesantes sobre el aforismo. Elogia a Javier Marías. Nos habla de las estrategias para autoestimularse y atreverse a escribir narrativa. Leyéndola pienso: ¿tendremos los poetas actuales  cómplices secretos en plenos Estados Unidos que defiendan la poesía? Esa es la razón por la que he adquirido su libro.

 




Leyendo la obra poética de Guillermo Carnero en una edición de Cátedra que alcanza hasta 1990, aunque conozco todo lo que ha publicado recientemente, en los últimos años. Carnero resulta impecable en cuanto a fidelidad a sus temas y órbitas estilísticas. Admirable. No ha cedido a tendencias, politizaciones o similares. Él a sus palacios dieciochescos italianos o franceses, mundo clásico, purezas rebosantes del verbo y artistas europeos desconocidos del XIX que han efectuado una obra casi secretamente exquisita. Necesitamos poetas entregados a mundos como estos, aun teniendo en cuenta todo lo acontecido en la pululante fuente mágica del arte y la literatura de los dos últimos siglos. Su especialización clásica y estética es garantía de altura poética.

 

 


Han publicado una selección de las memorias de Augstus Von Platen. Se trata de un poeta y aristócrata alemán de principios del XIX. Un auténtico esteta, en búsqueda real del ideal que huye de su Alemania natal para buscar la belleza en el Sur, en este caso, Italia, tal y como solían hacer los románticos del norte. El añadido a su compleja personalidad es la homosexualidad, íntimo condicionante que iría a asegurarle largos ratos de angustia y sufrimiento, a la inquieta espera del amante perfecto. Selectivo en sus amistades y selecto en su gusto común por la vida, sus memorias nos confiesan las estrategias que se vio obligado a desplegar secretamente para moverse con acierto en el espacio social. La escritura poética fue su gran lenitivo a la hora de sublimar amores imposibles. Leyendo, he encontrado un breve pasaje aparentemente insignificante que me ha hecho viajar en el tiempo, precisamente por esa sencillez. Von Platen se acerca a un estudiante que le gusta tras un concierto. Le pregunta, para romper hielos, qué le ha parecido la velada musical. Él, el deseado, responde: Bien… Von Platen ataca de nuevo y le pregunta sobre el tipo de interpretación de los músicos. El chico le contesta: Me ha gustado. No sé, esta nota tan superficial, llega a fascinarme. Esas fueron las palabras exactas que dos personas cultas “mantuvieron”  una tarde de 1818 en una ciudad de Alemania, a la puerta de un teatro. Parece que lo estoy viendo.

 

 

 



Leo poesía de Jenaro Talens. Aunque su nombre es ya histórico e importante en los circuitos poéticos y universitarios, no es precisamente un poeta muy conocido y menos, famoso. Talens es un autor todoterreno. Tiene una obra prolífica, estupendamente resuelta e inteligente y posee un plástico repertorio metafórico para cualquier motivo que toque.  Leyéndolo subrayo mucho porque la riqueza de su verso creo que se camufla en la abundante escritura que expende. Por su experiencia y grado de veteranía, Talens tiene asegurada una musa ágil y audaz, siempre reveladora. Es por estos detalles por los que me gusta y sorprende. Hablando de sorpresas: al ir a leer un poema suyo, advierto que se lo dedica a Silvana Solivella, hija de un ciudadano de Orihuela,  amigo de la familia.

 

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...