jueves, 30 de mayo de 2019




EMILIO LLEDÓ.
Días y Libros

La materia de la que habla la obra de Lledó es para mí muy suculenta: Logos, ética, palabra, Poesía, Memoria. Pero el atractivo final de una obra, aunque sea la de un filósofo, depende bastante de la audacia literaria, del poder persuasivo escritural. En este volumen que recoge el grueso de reseñas y artículos que Emilio Lledó ha ido escribiendo a lo largo de toda su vida, el carácter urgente y sintético que tales formatos exigen,  facilita que la escritura adquiera precisión, rapidez discusiva y ello “fuerza” a Lledó a ser brillantemente explícito. La selección parte de los años cincuenta y llega hasta la década de los noventa. El rigor conceptual, la variedad y altura temática de esta nutrida antología hacen siempre interesante la lectura de sus casi 500 páginas, por las que desfilan Heidegger, Gadamer, la filosofía de Platón y Aristóteles, cuestiones educativas, hermenéuticas y consideraciones sobre traducciones de obras filosóficas, entre otras variadas cosas afines.




JOSÉ ÁNGEL VALENTE
Fragmentos de un libro futuro

Pocos son los poetas o escritores que se hayan atrevido a escribir, ni más ni menos, que de la resurrección. Lezama Lima lo hizo en algún sorpresivo y fugaz pasaje de su obra poética; Valente, en esta suerte de proyecto de libro se ubica no en la circunstancia inédita de la muerte, sino en ese momento de brumoso retorno a una realidad nueva y desconocida tras la desaparición terrenal. Como un balbuceo, como un palpar con los ojos semicerrados el entorno que paulatinamente se va vislumbrando, describe el poeta el resurgir desde la tiniebla absoluta, cómo el sujeto aturdido emerge del limbo sin atreverse a reincorporarse a un mundo del que desconoce su naturaleza y horizontes. El sujeto plural de estos poemas se mueve entre tiempos distintos, instantes de revelación en los que el futuro ya se vivió y el presente se abre como un abanico de emprendimientos insólitos.  “Arde lo que ha ardido”, dice Valente en uno de los poemas, trascendiendo el curso temporal de la existencia, estableciendo un salvífico puente entre lo que ha sido y lo que iba a ser, creando un nuevo tiempo de experiencia a partir de lo ya vivido, teniendo en cuenta la presión de la promesa o la destinación.
Libro breve y asombroso con el que Valente se despidió de nosotros, y que abre todos los signos interrogativos a los lectores del devenir: ¿límite de lo decible, propuesta inventiva, reto a intérpretes de la palabra, libro sin fin propiciando alternativas imposibles?


viernes, 24 de mayo de 2019





EL CONCEPTO DE NATURALEZA I
Alfred North Whitehead

Hace un par de años adquirí este libro en una feria de libros de viejo y lo leí con pasión y sorpresa: pasión porque conocía algo de la rareza intelectual y personal del autor; y sorpresa por el tipo de lúcido y original abordamiento de la materia. He atravesado el libro de anotaciones y de subrayados, lo que me ha permitido que pasado el tiempo no olvidara del todo los contenidos de la obra.  Teniendo en cuenta tales anotaciones e incisos sobre el mismo texto, baso el comentario oscilante y gratuito que viene a continuación. No pretendo profundizar más allá pues tampoco deseo leer de nuevo el libro. Sólo sé que se trata de una obra sobre filosofía de la ciencia, notable y todavía conceptualmente novedosa. 

**
El texto es un concepto científico, o al menos, epistemológico, y al mismo tiempo un valor crítico que permite una evaluación de las obras en función del grado de intensidad de la significación que hay en ellas.
Partiendo de esta cita de Barthes, no pretendo tanto analizar la integridad del pensamiento de Whitehead como llevar a cabo una digresión de los pasajes que he subrayado en el libro. Invoco la libertad de lectura por un lado y por el otro la inexistencia formal de toda pretensión académica ya que no se  me va a recompensar con ninguna buena o regular nota sobre lo que escriba. Simplemente analizo fragmentos que me han interesado y he comprendido, al menos, en su mayor parte. Me dejo llevar por la fascinación de un texto lúcido.




En cierto sentido, la naturaleza es independiente del pensamiento. Con esta declaración no se intenta hacer una afirmación metafísica. Lo que quiero decir es que podemos pensar acerca de la naturaleza sin pensar sobre el pensamiento.
Ubicación ante la naturaleza como realidad-lo que perciben mis sentidos – y como competencia del pensamiento. La naturaleza requiere una especificidad propia del pensar, sin que la reflexión tenga para ello que potenciar su volumen, sino centrándose intelectual y metodológicamente en lo que la naturaleza ofrece y presenta.


El pensamiento acerca de la naturaleza es diferente de la percepción sensorial.
Whitehead llama “toma de consciencia sensorial” a la percepción del mundo sensorial diferente del pensamiento. Es decir, una cosa es el pensamiento, con su tendencia a la discriminación de elementos y análisis, con vistas a definiciones finales de los  resultados, y otra el contacto del sujeto con el estricto ser físico de la naturaleza. Una cosa es producción y asunción de componentes intelectuales y otra atañe a la ubicación cognoscitiva formal e ineludible ante el fenómeno continuo de la naturaleza.



La naturaleza está cerrada a la mente.
La naturaleza no se lee, simplemente, se estudia y cuando gracias al tiempo de experimentación y observación hayamos alcanzado a definir cierta estadística o regularidad, podremos decir que constatamos ciertos procesos como reales efectuándose en la naturaleza. La naturaleza se ofrece a la investigación, pues ha sido, efectivamente, estudiada, hasta el punto de descubrir sus leyes, pero tales leyes no han sido permeables al primer vistazo. La ostensión de la naturaleza requería de un horadar su superficie.


El pensamiento es más vasto que la naturaleza, de suerte que hay entidades para el pensamiento que no son entidades naturales.
Lo dicho. Reparto de competencias. A la física no le corresponde solucionar cuestiones de índole moral del mismo modo que a la filosofía sí puede corresponderle definir las incidencias ideológicas de un argumento puramente gramatical. La naturaleza es objeto de investigación y estudio. El pensamiento puede trabajar en la definición de leyes naturales e interesarse por otras cuestiones hipotéticas o teóricas. 

 **
Una de las cosas que más me ha sorprendido del texto de Whitehead es la utilización del término acontecimiento. El filósofo inglés usa esta palabra sin terminar de explicarla de un modo específico. Parece que le sea suficiente con los aspectos dinámicos que sugiere, al colocarla en un contexto de percepciones sensoriales integrales. Como si “acontecimiento” fuera todo lo que dentro de la naturaleza se modificara, ocurriera por primera vez o sirviera para alterar un paraje determinado de observación. Podríamos establecer una correspondencia más o menos discrecional del término acontecimiento con el de “fenómeno” o “fenomenología”.
También me ha sorprendido la utilización de este término en la obra de Whitehead porque un pensador como Deleuze lo utilizaba con profusión en alguno de sus libros más notables y con, más o menos, la misma significación.




Las conjeturas platónicas hablan mucho más fantásticamente que el análisis sistemático de Aristóteles, pero en algún sentido son más valiosas.
¿Son más valiosas por el depósito lingüístico que guardan, por la riqueza elíptica de su lenguaje polisémico, por su plasticidad futura?


El éter ha sido inventado por la ciencia moderna como sustrato de los acontecimientos que se hallan esparcidos por el espacio y el tiempo más allá del alcance de la materia ponderable ordinaria.
La filosofía occidental postula que bajo lo que percibimos se halla una esencia. Las cosas son soportes de otras cosas diferentes de ellas mismas. En el ámbito de la reflexión científica, la lógica aristotélica ha inculcado esta tendencia: pensar que bajo la cosa percibida se halla el sustrato que es lo que en realidad buscábamos de esa cosa, o al menos, lo más importante. El éter, en este sentido, más que un error epistemológico es un recurso explicativo, una idea que roza lo poético, y por ello, temporalmente útil.   

  


jueves, 23 de mayo de 2019




DEBATE EUROPEO

Necesidad de una justicia fiscal límpida, directivas europeas que no se cumplen, estadísticas de paro juvenil inquietantes, populismos de distinto signo y nacionalismos involutivos… estos son algunos de los retos y preocupaciones que salieron en el debate que se ha emitido esta noche en televisión española.
Vi pasajes largos del debate y a pesar de que se tratara de un encuentro con vistas a las elecciones europeas, el discurso monotemático que los nacionalistas llevan consigo y las reacciones virulentas de sus opositores que consideran el nacionalismo como el populismo a tumbar por excelencia y su máxima preocupación, la atmósfera del debate se tiñó de las consabidas exasperaciones y perdió por momentos prioridad u horizonte en la discusión el ámbito de lo europeo. Parecía que estábamos de nuevo en un debate de elecciones nacionales.
Pero la verdad es que resulta difícil eludir los nacionalismos y la presencia de partidos como VOX en el seno de un  debate europeo que pretende definir la optimización económica general, gestionar desde el humanismo el problema de la inmigración o solventar los índices de paro.
Personalmente, aunque la extrema derecha suponga los esperados apuntes grotescos, lo que contemplo como un mal más que obvio y trabajosamente controlable, como un virus ya inoculado, fatalmente, a las generaciones jóvenes, es el libre campar del nacionalismo separatista catalán en las cámaras europeas. Su discurso sofístico, su concienzuda contaminación del lenguaje, su sectarismo flagrante, su desprecio de la legalidad, o mejor dicho, su subjetiva y parcialísima interpretación de las normas, suponen un reto a la cabal recepción de las ideas democráticas. Entre los cacareados discursos sobre la libertad, el separatismo catalán aplica su visor deformante y contradictorio. Creo que los separatistas en prisión cuando se dicen "presos políticos" lo dicen con más orgullo que con verdad. Se encuentran en el centro de la representación, les atraviesa el mito y el éxtasis sabiéndose objetivos de una justicia remota pero que les sirve para la ejecución de sus fantasías.  



lunes, 20 de mayo de 2019





PRESENTACIÓN DE LAS RAÍCES DEL VELO

Muchísimas gracias por asistir a la presentación de este nuevo libro de José María Piñeiro: autor inquiero y polifacético, amigo querido, admirado y seguido desde que empezara a publicar poemas, aforismos y escritos varios en la revista Empireuma, así como en sus libros venidos con posterioridad.
Agradecer a Vicente Pina y al personal de la librería el que se facilite la celebración de este acto y que nos acojan con generosidad en Códex, una vez más, nuestra librería de referencia en Orihuela: ¡qué gran labor venís desarrollando!
También agradecer públicamente a José María el que me brindara la oportunidad de acompañarle en esta presentación, con la que me estreno en este tipo de lides. Podría titularse Dos tímidos muy tímidos, si de una comedia del absurdo se tratase. Pero no, no es el caso... La nuestra sería, más bien, una road movie o película de carretera, de amistad salvando los años.
Reiteraros lo dicho: gracias por vuestra asistencia.

Quisiera comenzar diciendo que nos encontramos ante el libro de poesía más confesional de José María Piñeiro. Las raíces del velo, metáfora de impecable factura, nos remite a la Vida con mayúscula, a su condición dual de volátil mas anclada en tierra con las firmes raíces de la experiencia. Vida en vuelo controlado cual cometa en manos, todavía infantes, del ser. Nada más hermoso y doloroso, al tiempo, que experimentar nuestra libertad bragados con los cordajes de la propia conciencia. Un libro llegado seis años después de Profano demiurgo, que hasta ahora fuera su último libro de poesía. Entre medias publicó uno de aforismos, Ars fragminis (2015) y otro de artículos y ensayos titulado Pasajes escritos (2017). Llega ahora Las raíces del velo, un libro valiente y entrañable dedicado a su madre que soñaba con jardines y bodas... Dedicatoria que nos conmueve a todos los que la conocimos y tratamos, una mujer tan vitalista, alegre y generosa. Este acto se lo dedicamos también a ella.
PREGUNTA:     José María, ¿qué hay detrás de esa dedicatoria?:
Bueno, he cuidado de mi madre durante cinco años, día y noche. Por la madrugada me llamaba y me contaba sus sueños. En el último medio año, soñaba que se encontraba en un jardín, ella sola. Aquello era más inquietante que soñar meramente con bodas o con otras personas conocidas y familiares. La significación simbólica de “jardín” es la de “morada de las almas”. Es decir, que se acercaba la hora: la reclamaban desde el otro lado. Tras su fallecimiento, me acordé del diario que Barthes llevó tras la muerte de su madre. Algunas anotaciones no sólo las podría haber escrito yo, sino que las he vivido con literal amargura. Por ejemplo, Barthes escribe: “Hay mañanas tan tristes”. Así han sido las mañanas de estas Navidades pasadas.  


Biografemas, Confieso que aún no he vivido y El flâneur enardecido son las tres partes o secciones de este libro que os presentamos. Como afirmó en una entrevista realizada por Ada Soriano y ahora también aclarado en la contraportada del libro, podrían haber sido tres libros diferentes. Porque son tres partes íntimamente relacionadas entre sí y vehiculadas en pos de una búsqueda del Amor absoluto que el autor ha emprendido, y que todos íntimamente ansiamos o deberíamos ansiar, según infiero. Amor absoluto representado por la verdad y la belleza, también por la carnalidad y su crudo relato del deseo, en definitiva, por el ser humano que desbroza su esencia con esa carga de profundidad que es el arte, dirigido a estimularnos hacia otros niveles de conciencia diferentes al nuestro.

En Biografemas encontramos los recuerdos de infancia y adolescencia que marcaron fuerte impronta en el autor: lugares, experiencias y amigos, ciudades y paisajes a modo de biografemas barthianas (el francés Roland Barthes acuñó este neologismo para definir las reducciones biográficas a escenas o imágenes, a pinceladas concretas que, lógicamente, no serían la vida en extensión, pero que conseguirían ilustrarla con cierta fluidez). Poemas como El descubrimiento de la poesía, La glorieta, a las doce del mediodía de un día de abril, Verano en la ciudad o La calle de San Juan (tentativa de música concreta), señalan, a modo de balizas de emoción, un itinerario vital desde la adolescencia hasta nuestros días, con versos diáfanos y serenos por donde fluyen elementos sencillos con la extensión de su gravedad, junto a sentimientos puros, en ocasiones contradictorios, aunque siempre complementarios. Ahí está el fervor y el amor, la fascinación y la amistad, está la ciudad y la naturaleza, la música, vertebradora de la poesía, y la poesía misma, están los sueños casi intactos conviviendo con la frustración y la amarga constatación del paso del tiempo.
PREGUNTA:     José María, en el poema Principio final (pág. 27) afirmas: Lo único a lo que no renunciaría es a la música... ¿Cuán importante es la música para ti, para tu poesía?
La música para mí es el signo de la esperanza, de un universo resuelto. La música suena en el ahora. Es un arte temporal, del mismo modo que la pintura lo es espacial. Es decir, la música suena ahora, delante de ti, se produce en el presente. Pero la música es como los sueños: un lenguaje propio que no se puede traducir. Por ello, no es tan claro que la música se produzca en el presente. Hay músicas que como decía aquel verso del poema de Borges en su obra El Hacedor,  dedicado a la lluvia, suenan en el pasado. “La lluvia es algo que sucede en el pasado”, creo que decía el poema. Yo he dedicado varios poemas a la música a músicos que me fascinan: Satie, Lizst, Hindemith, Steve Reich.  Precisamente, el dedicado a Satie, alude al misterio del tiempo vivido en una de sus obras más singulares y de cuasi imposible ejecución: “Vejaciones”. Del mismo modo, algunas músicas producen ensoñaciones muy poderosas o asociaciones de índole inconsciente o esotérica. En el Ángelus de Lizst, que refiero en otro poema, apenas suenan los primeros compases, me veo en un pueblo italiano un día de 1850. 


De esta primera parte quiero leeros el poema El descubrimiento de la poesía, que abre el libro, y que para mí tiene un significado especial porque habla del universo que compartíamos y defendíamos en nuestro grupo de amigos, y que aún pervive pese al plúmbeo cerco que la cotidianeidad insiste en ponernos. Para quien no lo haya escuchado en otra ocasión, que las ha habido, a menudo íbamos al “África”, un paraje así bautizado e idealizado por nosotros, eminentemente de cultivo y localizado en la huerta cercana a Arneva, con charcas y ranas, con casas de aperos y algunas otras abandonadas, y custodiado todo por un camino de cipreses que recorríamos celebrando la magia vespertina y nocturna de la naturaleza, la amistad y el descubrimiento de la poesía:
El descubrimiento de la poesía

A José Luis Zerón, a José Manuel Ramón, a mi hermano Fernando.

Abandonábamos, entonces, la ciudad, la mediocridad cotidiana
y atravesábamos los campos levantinos al crepúsculo,
como si fueran bosques germánicos llenos de mitos y leyendas.
Escuchábamos las risas metálicas de los gnomos
escondidos en las frondas consteladas de luciérnagas.
Divisábamos la luna sobre el filo negro de los cipreses,
mirábamos nuestras sombras girar
sobre el agua oscura y temible de las charcas;
redescubríamos por los senderos, junto a las umbrías de las norias,
a las hadas de Cottingley,
invocábamos sobre la hierba alta los carbunclos de Rimbaud.
Cómo celebrábamos que un Octavio Paz
mantuviese el mensaje lúcido de la poesía,
y sin conocer a George Tralk, convergíamos en Uno
bajo el claror difuso de la tarde.
Tras la aparición de los meteoros
que surcaban, fulgurantes, el tapiz de la noche,
regresábamos al conjunto humano
y nos enamorábamos de enigmáticas paseantes
errando bajo la lluvia,
nos contábamos sueños,
o los escribíamos tras provocarlos al son convulso
de la imaginación,
redactando versos en trance como autómatas hipnagógicos,
tal y como hacían los surrealistas.
Leer a un poeta o escuchar a un músico nuevos
era como descubrir planetas desconocidos cada día.
Soñábamos la mayor riqueza,
la que legítimamente nos pertenece todavía,
la que nos involucra en el placer y en el misterio sin fin:
el canto de los poetas
y la música que nos resucita.

Candores lejanos,
dejad bañarnos en confianzas semejantes,
que este sueño del arte y la amistad
refluya en la memoria
como esquirlas de esperanza.

En la segunda parte del libro, Confieso que aún no he vivido, José María Piñeiro nos da testimonio de los momentos presentes, del ahora abocado irremediablemente a la pérdida y a la constatación del deseo no satisfecho, en cualesquiera de sus pluralidades: confesión desgarrada y valiente, insisto, que el autor, con su título, parafrasea amarga e irónicamente el Confieso que he vivido, de Pablo Neruda. Aquí la soledad, la sensación del no vivir y la agridulce vigilia se destacan, el ansia de otra posible vida rebosa en versos humanos, demasiado humanos, que diría Nietzsche, pero tan necesarios para encontrar un equilibrio existencial dador de fuerza y sentido. Pensamiento y vida van de la mano como constatación del milagro sucediendo ante nuestros ojos. No en vano, escribe: A mí me ha vencido la pereza y la belleza./ Olvidé entregarme/ cuando las cosas, fascinantemente, se estaban cumpliendo/ y yo admiraba la precisión de esa relojería misteriosa (pág. 31).
De la segunda parte del libro quiero leeros dos poemas, Memoria de no vivir y Última tentativa:
Memoria de no vivir

Disponer gratuitamente de todo el tiempo,
ahora me he dado cuenta,
es tentar al tiempo a cesar,
saturando esa generosidad al sepultar su brote.
Tanto tiempo he desaprovechado
que la cantidad de horas que he empleado en no vivir
todavía discurren para cesar, súbitamente,
quizá mañana
o pasado mañana,
y que el ensueño inconsecuente que ha sido mi existir
de pronto conozca la impotencia final
de todas sus tímidas fantasías.
Pero por ello, porque ha sido tanta la medida
que he pervertido con mi demora,
ahora, también resulta indiferente
que las horas me suman en el juego inútil de soñarlas,
o que un fin de todo —ficción inimaginable—
me borre en el trance de aspirar a ser.
Dispongo de un punto constante de referencia,
el único átomo de realidad que admito,
este ahora, este reinicio, este entrañable todavía
desde el que alzar la mirada
y propiciar una astilla esperanzada
a lo que, de mí, no ha dispersado la turbiedad.


Última tentativa

Qué aventura queda por contar y qué nuevas
por emprender.
La narración de la primera sería interminable
y las segundas hastiarían a los oyentes antes de ejecutarse
si en su lugar ostentásemos la arrogancia
de haberlas vivido ya.
De todos modos, ante el perfil virgen del día
me lo vuelvo a plantear:
qué aventuras restan por dirimirse,
las que curso en el entresueño
cuando el instinto y la trémula conciencia
urden esos mundos umbrátiles
y los fragmentos ignotos de mí
flotan en tierra de nadie
apenas todo cede a la vigilia.

Quizá la auténtica aventura sea la más secreta,
la menos espectacular pero la más delicada en detalles.
Y ello precisa de un experto amanuense
que sepa bien cronometrar
la envergadura de la escritura,
la que comprenda con sucinto equilibrio
los confines de la vida y de la muerte.
Ese amanuense sueña torpemente ser yo.

Finalmente nos adentramos en El flâneur enardecido, tercera parte del libro abanderada por una esclarecedora cita de Baudelaire: El paseante perfecto, el observador apasionado,/ halla un goce inmenso en lo numeroso, en lo ondulante,/ en el movimiento, en lo fugitivo y en lo infinito. Última parte compuesta por un abigarrado mosaico artístico, literario y musical en donde José María Piñeiro se libera del yo, o cree liberarse, al menos de lo explícitamente confesional, y campa a sus anchas en la libertad del arte, en su verdad. Y esta tercera parte de su confesión, en este caso artística, así lo creo, exhibe con hermosa cadencia cada uno de los homenajes que hace a sus cómplices, como él los llama, poéticos y musicales, artísticos en general: Piranesi, George Tralk, Erik Satie, Franz Lizst, Emily Dickinson y Alejandra Pizarnik, entre otros. Los que conocemos a José María sabemos de su condición de paseante empedernido, de auténtico flâneur baudeleriano que, con su incisiva mirada, muchas veces fotográfica, gusta recolectar todo lo bello e interesante que se encuentra por las calles de Orihuela o de la sabática Murcia, por los libros y la música, por el arte en general. Antes de leeros un último poema de la tercera parte del libro, quisiera destacar que el viaje semanal a Murcia en tren es uno de tantos recuerdos que conservo de nuestra época de continuos descubrimientos, de libros y de autores leídos por vez primera (librerías González Palencia y Diego Marín, también las de El corte inglés y Galerías Preciados). Murcia tan cercana y Alicante en la lejanía.
PREGUNTA:     José María, sigues yendo a Murcia semanalmente. ¿Qué te aportan esos viajes?
Voy a Murcia a practicar la “flanerie”, el callejeo embriagado. Puede parecer muy provinciano, pero en Murcia me convierto en un flanêur desplazándome por las calles y acompañado de mi cámara. Uno de los primeros que habla de este personaje, del flanêur, es Baudelaire. Pero también hay una mención del mismo en ese cuento tan curioso de Poe: El hombre de la multitud. El flaneûr no es meramente alguien que pasea. Hay toda una genealogía de este personaje urbano, aparecido en el XIX, con el advenimiento de las grandes ciudades. Baudelaire hace una interpretación, sobre todo, poética, del flaneûr y nos habla del “baño de multitudes”. Walter Benjamin es quien profundiza en los aspectos contextuales de este personaje y lo encara como alguien que andurrea por los márgenes de la civilización a la que pertenece pero de la que se siente extraño. En realidad, el flaneûr es alguien que ha perdido el sentido de su pertenencia histórica a una cultura y anda por aquí y por allá, alrededor de sus ruinas. En las Antigüedades romanas, serie extraordinaria de grabados de Piranesi ya nos encontramos con una suerte de protoflaneûrs:esos personajes anónimos que se mueven atónitos entre las colosales ruinas del Imperio. A estas Antigüedades, le dedico un poema largo al inicio de la tercera parte del libro.        


Poco más que añadir a lo que ahora quiera comentaros el propio autor acerca de su obra, salvo destacaros el último poema del libro, Poéticas, porque recoge un nutrido abanico de poéticas contempladas por José María en sus diferentes momentos de creación, con ese sahúmo aforístico que le caracteriza.
Para concluir mi intervención, de la tercera y última parte del libro voy a leeros el poema Desasosiego del Logos:
Desasosiego del Logos

Somos escritura en expansión
y perversa taxonomía de esa escritura,
intelectiva invención
y repetitiva moratoria del confín vislumbrado;
animal y amanuense,
transmisores y destructores de mundos,
sibaritas del verbo
y especuladores de la calígine humana.

Y nuestro placer y privilegios renovados
es dar nombre a las cosas,
descifrar lo que acontece,
no cesar de interpretar.

¿Cómo sellar la glosa del mundo
si la danza que la sustituya
también acosará al cuerpo
con otro cansancio,
cómo abandonar la escritura
si cada día el Principio se renueva?




miércoles, 15 de mayo de 2019

INVESTIGANDO POR EL CAMPO

Cómo maltratamos al cuerpo. Lo digo porque tras unos siglos sin perder de vista la grisura urbana, un ratillo deambulando en libertad por el  campo parece haber colocado todos mis huesos en su sitio, sumiéndome en un grato estado de lucidez física. 
No es que hayamos abarcado un gran territorio andando, pero el balance final ha resultado diverso: un par de conejos, perdices, una abubilla en artístico vuelo, carroñas de distinto tipo, egragópilas, caracoles, setas, algarrobos, pinos y una poza tomada por abejas han sido los habitantes del pedacico de naturaleza que hemos visitado, súbitamente esta tarde.  
Una percepción muy elemental: qué distinto es el tiempo en la naturaleza. Apenas hemos regresado, todo ha vuelto a su sitio: las máscaras y los gestos de los urbanitas y el ruido de los coches han sustituido a ese mar que soplaba sobre nuestras cabezas: el viento soplando entre los pinos. 



Como suele ocurrir: la olímpica ignorancia ibérica de algunas normas

Retorcimientos sin drama


Por debajo de lo natural, lo que no lo es

La famosa quijada de....


Cicerone senderista

Haciendo camino.

El sol de la tarde se filtra por entre ramajes y telarañas

Nobleza y belleza

Advertencia de los brujos de la floresta

Los Giacometti

Dos mundos

Marca de agua

miércoles, 8 de mayo de 2019

CARNAVAL DE ALMAS, 1962.





Al querer hablar de esta película, y de un modo especial, precisamente,  de esta y de films realizados en la misma época y de semejante género, me encuentro con una cuestión de índole muy subjetiva que no sé si influye realmente a la hora de especificar el grado de fascinación que he experimentado con el visionamiento de la película. Este aspecto, quizá, podría, simplemente obviarlo, pero también cabe que, quizá, no sea tan prescindible como pueda parecer.   
Parte importante de mi imaginario en ámbitos de ficción fantástica y acción, se formó en mí gracias a aquellas películas y sobre todo, series de televisión de mediados y finales de los sesenta y principios de los setenta que veía de niño.
Cuando hablo de imaginario no sólo me refiero  a un estilo en la acción, en la caracterización de los personajes, en el desenvolvimiento argumental, sino a las sensaciones derivadas de la percepción de parajes, tipos y  ambientes.
Se trata, en definitiva, del acostumbramiento de la sensibilidad a una forma lingüística, de cómo la ficción, fílmica en este caso, es articulada y  dosificada, semánticamente ejecutada. Constituye, en definitiva, el más o menos secreto  repertorio de lo clásico que he integrado y soy capaz de reconocer funcionando en mí.   
En esta película, El carnaval de las almas, realizada en 1962, tanto los paisajes, lugares y escenas urbanas como el aspecto de los personajes encajan de lleno con ese imaginario primario de modo que esa fascinación a la que me he referido, ha obrado de modo intenso en la recepción de la película, de una manera que no sé hasta qué punto obraría en un espectador actual de veinte años que quizá, tenga otros estereotipos fílmicos en la cabeza. También puede ser que como los estereotipos fílmicos estadounidense son los mismos pero siempre de una eficacia indiscutible, a lo que yo me quisiera referir es a la carcasa externa de tales estereotipos, es decir, al aspecto visible de indumentaria y demás, vinculados a décadas concretas, pero expedidores de ambientes y tempos específicos.



La película, salvo un par de detalles narrativos, argumentalmente contradictorios, es una pieza redonda y “prieta”.
Unos jóvenes deciden, espontáneamente, hacer una carrera automovilística. En el breve transcurso de la misma, al ir a atravesar un puente, uno de los coches cae al río. Todos los ocupantes mueren, menos una chica que logra salir del agua. Se trata de la protagonista. Esta decide cambiar de trabajo y de lugar de residencia tras el trágico suceso, encontrando un puesto de organista en la iglesia de otra ciudad, en Utah, pero los fantasmas de los fallecidos en el accidente, acosarán a la superviviente hasta el final.
A pesar de algunas incongruencias – la inocencia de la protagonista, objeto de las persecuciones espectrales,  con respecto al accidente; la persistencia acosadora de un fantasma en concreto que no pertenece a ninguno de los que viajaban en el coche sumergido y que no se sabe de dónde sale (resulta que se trata del director de la película que deseaba exhibirse un poco) - la eficacia narrativa del film no se resiente con estos detalles.  
Es una obra, pues, sin fisuras, con una estupenda fotografía y una historia prometedora, cuya rareza clave  creo que se encuentra en el hecho de que lo extraño, incluso lo siniestro, pueda ocurrir en los lugares más corrientes- en plena calle, en una tienda de modas, en un garaje – y a pleno sol. Precisamente dos de los momentos o episodios más intensos se producen en una visita al mecánico del coche, durante una breve ensoñación que se adensa extraordinariamente, y cuando la protagonista decide comprar un vestido y entra en el probador. Entonces la realidad experimenta una sacudida y sin dejar de ser la realidad habitual, la de todos los días, trasluce súbitamente presencias fantasmales que sumen a la protagonista en un torbellino de pesadilla. Esta ambigüedad es un logro notable de la cinta y que introduce un elemento de reflexión, además,  sobre la naturaleza imprevisible de la realidad.
Lo extraño, lo inquietante  producido bajo los radiantes rayos del sol,  me hace recordar aquellas fantasías literarias de escritores austríacos o nórdicos finiseculares que consideraban la hora más fantasmal, las 12 del mediodía, ya que en Grecia o en Italia, países que visitaban, el sol limpiaba de gente calles, avenidas o ruinas arquitectónicas. Recordemos la famosa novela Gradiva, de Jensen, que contiene varios pasajes al respecto, esenciales en la historia contada.



El material estético que el cine, como forma narrativa por excelencia, arrastra y conlleva, es tan poderoso que a veces se producen demiurgias por sí mismas. Digo esto porque en la linealidad horripilante del film, hay un par de momentos en que  asoma lo angélico, la esperanza, y no sé hasta qué punto, esta significación que yo capto, estaba de modo preciso, prevista por el director, o se trataba tan sólo de un modo de buscar la pausa en la acción inmediatamente anterior. Son los dos momentos en que la protagonista, huyendo del acoso de los espectros, se refugia en un parque y al mirar, alzando la cabeza, la frondosidad que le rodea, ve la luz del sol filtrarse a través de las ramas y escucha el piar de los pájaros. Es entonces cuando regresa a la normalidad,  los espectros desaparecen y recupera el aliento. El espectador, tras unos instantes de confusión y horror, también aterriza en la divina normalidad y respira aliviado. En momentos como estos, no deja de ser, también, confuso, aunque de signo bien opuesto, en quién depositamos nuestra salvación: en la energía del sol, en la divinidad que simboliza, en las cosas gratas de todos los días... 




La compacidad del film no sólo es efecto de su fotografía en blanco y negro: la música de órgano que suena a lo largo de casi todo el tiempo logra, con sus instantes de clímax, un intenso ambiente de extrañeza y unifica emocionalmente el desarrollo narrativo.  
Otro aspecto notorio, si no fundamental de la película es la estructuración espacial. Las tomas nocturnas de la carretera y el desierto, por ejemplo,  y de un modo fuertemente onírico, la feria abandonada con su gran sala de baile, ubicada en la orillas del gran lago salado, articulan un escenario general de sugestión y temor ante las presencias que se ocultan.
No hace falta destacar el fuerte y grotesco simbolismo que envuelve a la feria como lugar límbico  potencialmente pesadillesco y confín laberíntico de otros mundos.    
El final de la historia no es muy original y algo apocalíptico: obsesionada con la feria abandonada, la protagonista regresa allí varias veces hasta que, anocheciendo, las almas espectrales que por allí moran, la capturan, la matan y se la llevan. Parece sugerirse que la chica debió morir en el accidente y que finalmente, llevada por un instinto, a los lugares abandonados o desolados, acaba por cumplirse su destino.
Los detalles narrativamente ilógicos o caprichosos que he señalado no erosionan la facultad de la película, que funciona notablemente como representación de ambientes paranormales e inquietantes.




IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...