viernes, 26 de febrero de 2021

MACROBIO MAGISTER. APÓCRIFOS VERDADEROS





Si salvamos esta vida, salvamos la otra.

 

 

Dar un nuevo sentido a las lágrimas, al corazón para descubrir excelencias secretas.

 

 

Recuperar el linaje de algunas palabras arroja bastante luz a los usos erráticos que de tales palabras hace  la actualidad.

 

 

El cuerpo me lleva.

 

 

La “justa medida” que reivindicaban los clásicos: esa es la piedra filosofal que buscamos con  torpeza y ansiedad.

 

 

Las mujeres que hacen culturismo pierden las caderas.

 

 

El logos de esta época es un irisado anillo de Moebius.

 

 

La guerra es robar. Está matemática e históricamente demostrado.

 

 

El miedo que me tienes me asusta.

 

 

La mujer está diseñada para volver loco al hombre.

 

 

Hoy sólo los periodistas aportan palabras nuevas. La mediocridad actual no da para más.

 

 

El universo es un complejo texto surcado de alusiones veladas y signos. Cada vez que fijamos la atención en alguno de estos aspectos reinventamos e interpretamos el mundo.

 

 

Cioran construye frases rebozando el alma y el corazón en sesiones de abismo.

 

 

Paul Valery era tan puro como Paul Valéry.

 

 

Los hispanoamericanos parecen lentos pero cogen carrerillas vertiginosas en su producción literaria.

 

 

“Inteligencia artificial” es una suerte de oxímoron.

 

 

La admirable capacidad del lenguaje para expedir fórmulas descriptivas de universo.

 

 

Entre los políticos y los periodistas anda el juego. ¿Nos tenemos que contentar con tan sólo mirar?

 

 

Más allá o más acá del universo discernible, estamos nosotros, esperando alcanzar el  admirable sitio que nos merecemos.

 

miércoles, 24 de febrero de 2021



ESTAMPAS PANDéMICAS

 

Atardece en la ciudad.

Los enmascarillados atraviesan las calles

lanzándose miradas furtivas.

Sospechan  del otro,

potencial contagiador.

La cautela se convierte en una danza ominosa:

nos distanciamos del rostro del prójimo,

cruzamos las avenidas en oblicuo,

arqueamos el tronco

para no rozarnos con ese cuerpo que se aproxima

y que en otras circunstancias,

podríamos desear con ardor.

 

**

 

La calle se ha transformado en el escenario de un sordo carnaval.

El distinto diseño de las mascaretas indica que los fantasmas

todavía conservan el humor de ser presumidos.  

 

**

 

Somos los miembros de una extraña secta

que en vez de reunirse para hallar el éxtasis

de la carne o del pensamiento,

nos contentamos con marchar en silencio,

como si fuéramos monjes trapenses

que hubieran escapado del retiro de los claustros

y huyeran a ninguna parte.

 

**

 

La naturaleza, desde sus estratos invisibles,

nos lanza este reto: convivir con el virus.

Simularemos, entonces, como estrategia,

que desconocemos su presencia,

para no volvernos locos,

sin dejar de sospechar

que el veneno inmaterial

nos cerca a cada paso.

Unos olvidan la muerte

y bailan en fiestas secretas;

otros, se autoconfinan,

expectantes del terso silencio

de las calles solitarias

tras el toque de queda.

 

**

 

A las ocho de la tarde parece

que sean las cuatro de la madrugada.

En qué extraño mundo se ha convertido el planeta

ante la amenaza invisible.

¿Hace criba la divinidad

de una humanidad sin sesgo,

sin gracia para el destino?

¿Perder la gracia significa

estar entregado al más puro azar?

Y las cifras cuanto más grandes son,

menos imaginables,  más remotas.

Son pura estadística, diría Borges, pues

si soy incapaz de asumir una sola muerte,

¿cómo  voy a hacerlo con cientos?  

 

**

 

De vez en cuando, la naturaleza gusta suicidarse.

¿Para purificarse, para renovarse,

para emitir algún tipo de mensaje

a sus moradores?

Ante el proceso exhausto de las medidas y prevenciones,

uno afirmaría que la vida se ha convertido en un sueño.

La muerte masiva es irrepresentable,

es como una implosión

en la que se absorbieran centenares de personas.

Tanta muerte hace una sombra espesa, indelimitable,

pero la memoria consignará el recuerdo de cada alma 

como testigo del suceso increíble.


lunes, 22 de febrero de 2021

A LO CIORAN. TELEVISIÓN, PANDEMIA Y NÁUSEA



Cuando uno se satura de televisión y política es cuando se convence de que todo lo que se nos vende como acontecimiento es banal y prescindible, y que lo que de verdad importa es recuperar el vigor de la vida personal, los sentimientos, la libertad propia.

 

 

Somos el homo mediaticus. Resulta imposible escapar del acoso de los medios, sobre todo porque pertenecemos a la secta universal de los teleadictos.

 

 

La única prioridad es la salud, es decir, mi cuerpo, diga lo que diga el telediario.

 

 

¿Hay algo más sacrosanto que el telediario? Antes se rezaba o se esperaba al parte. Hoy resulta imposible librarnos del rito de ver el telediario. Estamos convertidos al mundo mediático.

 

 

Salvo las películas y algún documental, todo lo demás que echan por las distintas teles es basura perfumada  de griterío y risas bobas.

 

 

Nos faltaba la condena pandémica para que el hastío de tele consumida potenciara definitivamente nuestro cáncer mental.

 

 

Cuando me encuentro a algún amigo por la calle y nos confesamos los programas de televisión que hemos visto, experimento cierta vergüenza, como si al compartir el mismo vicio, ello confirmara la pobreza de nuestras vidas.

 

 

¿Se pondría Alejandro Magno a ver la tele? Para ver un documental sobre sí mismo, supongo.

 

 

Información: la deidad moderna a la que resulta legítimo cubrir de blasfemias.

 

 

En el comercio de mi padre, Radio Luz, vendían electrodomésticos. En los años sesenta, quien dirigía el comercio era mi tío abuelo, tío de mi padre. Dudaba por aquella época vender televisores porque creía que era un invento que no tenía futuro…

 

 

La realidad de la que los medios me informan, me neurotiza. La realidad que yo vivo bajo la luz del sol, me libera y me hace soberano de lo que sé.

 

 

Hay una historia de la salvación del alma, someramente insinuada en el orden y distribución del tipo de noticias que da el telediario. Primero la realidad más inmediata e ineludible: las noticias de significación política o económicas, después las de orden internacional y sucesos, para acabar en lo más relajado y noticiosamente ocioso: deportes y cultura. Algo así como que, tras nuestra lucha diaria y el esfuerzo en el trabajo, lográsemos la recompensa final a todo ello en dos campos diseñados específicamente para tal fin: la liberación de toda preocupación por la realidad, transfigurada ahora en juego deportivo, o la gratificación del alma, refugiada en el mundo divino del arte, la música, o la literatura, elementos simbólicos de la eternidad recuperada.

 

 

Se dice que lo que no sale en los medios no existe. Pero cuando soy feliz con mis cosas, los que no existen, venturosa y vengativamente, son los medios.

 

 

La realidad ahormada por los medios es sólo un paquete temático dispuesto para ser consultado. La realidad alternativa a esa es mucho más emocionante: la realidad en la que yo soy el protagonista.

 

 

Los famosos son una casta producida por los medios que articula un baremo humillante: la superioridad o excelencia de tales famosos sobre la gente.

 

 

La miseria imaginativa en los modelos morales que exhibimos convierte a los famosos en seres alados.

 

 

Hay famosos antifama: poetas, artistas plásticos, escritores. Con los actores, teniendo en cuenta la especificidad del trabajo que realizan – la representación- , hay que hacer una excepción.

 

 

Los medios presentan la realidad como un mito: algo ajeno y remoto que sólo podemos admirar y no transformar.

 

 

La radio es más democrática que la televisión: la calidez y verdad de la palabra que nos invita a participar frente a la anulación que implica lo visual. Lo espectacular  suprime el juicio,  sólo nos permite y obliga a ver.


miércoles, 17 de febrero de 2021

ILUSIONES ÓPTICAS. LOS ESTRATOS CONFLUYENTES DE LA IMAGEN


La ilusión óptica es, en definitiva, imagen estereoscópica, ya que cuando logramos aislar visualmente la relación de objetos que se camufla en un orden aparente, aquella se percibe en un primer plano, emerge del flujo en el que se encontraba mimetizada, lográndose de este modo, individualizarla del resto.

La ilusión óptica lo que pretendía era sorprender, sumir en la perplejidad a la mirada, confundiéndose en el contexto.

La naturaleza de la ilusión óptica  es la  confluencia de varias imágenes más o menos imposibles en una situación dada, postula estratos de imágenes propias en la imagen global de lo que se ve.

Las llamadas barajas de transformación son colecciones de cartas que ejecutan estos principios en los tipos de mazos que exponen. Una de las barajas de transformación más exquisitamente realizadas es esta, alemana, de, nada menos, 1806.

En esta baraja tréboles, ases y corazones evolucionan a través de un escenario neoclásico tipo biedermeier con un toque romántico. Francamente, me encantaría conocer quién diseñó y cómo las imágenes extraordinarias de esta baraja, porque la solución que da para filtrar y ubicar los elementos de cada carta se me antoja de un trabajo imaginativo de cálculo notable.  

Las imágenes de estas cartas no dejan de ser el producto de los adelantos que hasta el momento se habían hecho en el estudio de la óptica sumado al creciente onirismo que sobre todo, gracias al romanticismo y la literatura gótica, habían emergido a la conciencia creadora de Europa. Lo cual quiere decir que ciencia y arte siempre se han mostrado secretamente cómplices más veces de las que hemos admitido. La denominación genérica – barajas de transformación – ya es lo suficientemente ilustrativa de la manipulación que se podía realizar conscientemente en la imagen y del tipo de realidad estética que se revelaba con todo ello: una realidad en transformación, en mutación de imágenes dentro de imágenes.



Aquí vemos cómo el seis de corazones se mimetiza en la serie de variados objetos que podrían encontrarse en el laboratorio de un viejo alquimista: gorro, fuelle, garrafa, fuego, etc..


 


El ocho de ases se camufla entre los objetos que utilizan un grupo de religiosos. Los triángulos que aparecen enmarcando varios ases y el relicario podrían insinuar cierta tendencia masónica. 



El cuatro de tréboles se ve integrado en una, un tanto misteriosa, escena en la que una pareja con vestimenta talar se halla frente a una iglesia. Me hace gracia la vegetación que asoma sobre el muro, como insinuando que rodean el lugar, protegiendo el punto de encuentro de la pareja. La mujer hace un gesto con los dedos y el hombre le responde, señalando el triángulo del suelo, cuyo interior alberga un trébol. 




El diez de ases se filtra entre el enrejado de la mansión de esta encantadora imagen de una madre cuidando de sus dos hijos, ¿o es el enrejado el que se confunde con los ases? Las dos cosas son admisibles, pues la ambigüedad de la imagen lo que pretende es sorprender al presentar ambos en una sola composición. La solución del diseñador de la imagen es tan virtuosa que podemos abstraer los ases con facilidad al tiempo que invisibilizarlos como figuras de la celosía metálica entre la hiedra. 

lunes, 15 de febrero de 2021

EL FENÓMENO FUTURO


Si las frondosidades especulativas produjeran por sí mismas un poema, no me ahorraría comentar, imaginar al menos, una suerte de explicación, de desciframiento hermenéutico de ese misterioso poema de Mallarmé titulado El fenómeno futuro.

La impresión que siempre me ha dejado este poema cuando lo he leído, ha sido como el de un relato confuso en el que del horizonte de una tarde proverbial emergiese algo extraordinario, una aparición ante la expectación alucinada de la masa de paseantes en retiro. La ubicación de la aparición prodigiosa en la tarde ya preña de fascinación la revelación súbita, porque la tarde despliega su abanico blando de declinaciones convirtiendo el tiempo en fleco de horas dispersas dentro de una misma cadencia y en ese acariciar de lo que pronto va a diluirse, asoma el mensaje del porvenir, auspiciado por la adecuación anímica que trae consigo la aproximación gradual de la noche.

Antes de que esta acontezca y nos arrebate el día con su caudal especifico de información, caras y paisajes, tal vertido, precisamente, se transmuta en la mente embriagada en una aparición, en una construcción sorpresiva del sueño lúcido de la vigilia, ese aviso de un acontecer próximo que adquiere la bella forma de una mujer, vaticinando futuras sensibilidades y asombros.

Previo a la aparición, a la emergencia del oro líquido del ocaso de la mujer simbolizante de las eras, Mallarmé nos habla de una suerte de mecanismo natural, de personaje sin rostro, de dispositivo metafórico: el Expositor de las Cosas Pasadas.

¿Podríamos interpretarlo como una figura de la sensibilidad propicia de lo vespertino en la percepción de la gentes que ya comienzan a retirarse a sus casas tras el trabajo, una sospecha de que algo puede ocurrir o de que ha pasado ya en nuestras vidas y que padecemos en silencio y en consentimiento, una señal más o menos abstracta, de que en los intersticios de la tarde adivinamos nuestra vida como cumplimentada o frustrada, o es más bien, un indicador de lo fatal, de la irreversibilidad del tiempo y de nuestras torpezas y persistencias?

El escenario elegido por Mallarmé articula densidades peregrinas, floraciones lánguidas de símbolos, susurros vencidos ante el derrame lento de los cielos, sombras elásticas y anónimas sucediéndose en las tapias incendiadas por el sol feneciente y flamígero. Pues el Mostrador de las cosas Pasadas no es sino la historia secreta de la tarde humana misma, la lenta dispersión de tanto corazón a sus rincones refugios, conociendo que en el exterior, en la calles, por las avenidas, en las afueras y periferias, se vuelve a abandonar el tesoro precioso de nuestra capacidad de amor y demiurgias.

Tanto el crepúsculo de la tarde como el del alba son instantes umbrátiles, momentos de transición. Mallarmé utiliza ese eje etéreo para localizar su asomo de apocalipsis y aconsejar a los poetas una fuga digna en medio de la embriagadora confusión.

Mallarmé no cuenta qué es lo que le sucede a la gente que atraviesa la tarde: nos dice que el suceso se ha dado. Y aquí el juego temporal nos sume en lo paradójico y lo fascinador. Lo que el crepúsculo de la tarde nos puede revelar ¿hace alusión al futuro, estrictamente, o de algún modo, nos señala lo que ya nos ha ocurrido, lo que en nuestras consciencias sospechamos de nosotros mismos y de lo que creemos constituye nuestro destino?

jueves, 11 de febrero de 2021

DOS MUNDOS IMPRESOS



Ante Nietzsche o Schopenhauer, Simmel no parece tener el mismo grado de elocuencia y fama. Sus paisanos se han hecho hiperfamosos, convertidos en estereotipos de un nombre y un rostro, mientras el tímido Simmel agacha ligeramente la cabeza y se pone a meditar y escribir, huyendo del mundanal ruido, de la crítica y de los lectores. Pero su obra ha ido adquiriendo un importante interés en los últimos años que le ha llevado a ser considerado uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Las observaciones de Simmel sobre la moda, sobre cómo influye la estructura de las ciudades en la intelectualidad de los ciudadanos, sobre lo que constituye una aventura, sobre las ruinas o la masas urbanitas, han ido formando un corpus de análisis de la modernidad que hoy es ejemplar y de referencia para los estudiantes. En estas Imágenes momentáneas, Simmel aplica su lupa de investigación a lo que se nos ofrece a los ojos de un modo fugaz o fragmentario: gente paseando por un parque, patinadores, ramos de flores, edificaciones, problemas de los niños en la escuela, ocurrencias que nos inquietan a pesar de su aparente banalidad. Simmel se convierte en poeta y concentra en estos textos breves, semejantes a poemas en prosa,  sus dotes de aguda reflexión y escritura estilizada, consiguiendo resultados especulativos siempre sorprendentes. Veo cierta semejanza temática entre la obra de Simmel y la de Benjamin. Este último fue más minucioso a la hora de estudiar los aspectos de la vida moderna, pero ambos coincidieron en subrayar los mismos motivos como ejes de una apasionada investigación de contextos y detalles.  


  Una serie de anotaciones y aforismos componen este volumen inédito hasta el momento que Cioran escribió en París hacia mediados de los años cuarenta. Para quienes conozcan su obra o sean lectores suyos, pocas novedades que destacar. Con la habitual contundencia de siempre,  Cioran lanza sus gargajos envenenados contra el destino, el hombre, la historia, el universo y toda divinidad posible. Más que tender hacia algún motivo teórico concreto, en estas hojas Cioran se centra en las tribulaciones del alma solitaria y su redención, destacando que sólo el amor o el absoluto nos hacen merecedores de alguna esperanza. No hay peor enfermedad que el aburrimiento, y luchando contra su asedio, Cioran elaboró estas reflexiones que, como suele ser corriente en el brillante autor rumano, nos revelan aspectos paradójicos y sorprendentes del espíritu que baila al borde del abismo. Cioran se nos muestrea aquí como un romántico existencialista: la frecuente alusión a las lágrimas y al corazón sometidos al cruel vendaval del tiempo, nos revelan las ascendencias poéticas de su pensamiento, siempre contrario a las jergas o especializaciones teóricas y afirmador de la vida  como única urgencia que solucionar y atender.     

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...