jueves, 27 de agosto de 2020




SER FELIZ

Acaso quiero ser feliz,
o creo que merezco serlo,
no para, meramente, disfrutar
o exaltar los instintos,
sino para dar testimonio de ello,
para afirmar que las cosas son nuestras,
que merecemos que lo sean,
que el oro del día y el viento nos pertenecen,
que el agua y el sol justifican su presencia
por nosotros,
que somos el testigo supremo de lo que ocurre,
y un misterio emocionante articula nuestros momentos
de mayor invención y atrevimiento.
Merecemos ser felices
porque ese es el destino del juego de vivir,
la estación luminosa de un viaje que se renueva,
y del que somos los únicos soberanos


lunes, 24 de agosto de 2020

ÁGORA, REVISTA MURCIANA DE LITERATURA. VERANO-OTOÑO 2020.




En plena pandemia y casi en pleno agosto, sólo a la creatividad más desaforada se le ocurre sacar a la calle una revista impresa de literatura, yendo no sólo a contracorriente de las circunstancias climático ambientales que ya conocemos sino del ralo gusto que disfruta de todo lo que circula por las redes pero que sueña, secretamente, con la presencia palpable de un volumen, de un libro, de una publicación no virtual. Y, quizá, sólo a quien tenga por nombre Fulgencio, quepa imaginar como responsable de tan selecto atrevimiento: los fulgores intelectivos que reposan en tal nombre han tenido consecuencia en una labor, ahora, tan complicada, como es esta: la de llevar a cabo una revista literaria en tiempos de escasez, desánimo y comodidad.   

La revista Ágora lleva una andadura de varios años. Sus pretensiones son claras y las ejecuta harmónicamente en el espacio que la propia revista propicia. El número más reciente, este que comentamos, es doble, y no sólo procura reflejar la poesía que se escribe en castellano o en la península, sino en las otras lenguas habladas en el país, sumando siempre a ello, una muestra de poesía extranjera, en este caso, poesía hebrea actual.

Como era de esperar, la revista despliega los infaltables apartados de ensayo, reseñas, poesía y narrativa. El subtítulo del número, Un mundo fuera de lo común, no sólo expresa la riqueza de la creatividad intelectual sino que la potencia. Un numerazo como este, de 418 páginas, impecablemente editadas, no puede sino ser testigo de la maravilla de mundos que la escritura y la lectura son capaces de emprender.

En la revista hay una inequívoca voluntad pedagógica, nada extraño si tenemos en cuenta la profesión de su director y creador. Fulgencio es profesor y entiende que la protesta social tiene que ser una de las implicaciones de la creación literaria así como elemento influyente a la hora de ser enseñada, esta, en las aulas.

Este volumen no podía evitar criticar la recepción de la pandemia en la sociedad, el nuevo reto educativo y político que ha supuesto la amenaza del virus. Fulgencio habilita varios textos, de creación propia, alusivos al tema.

Independientemente de la interpretación cultural, incluso histórica, de un proyecto materializado como es el de este número de Ágora, existe un aspecto, digamos emotivo y memorial. La publicación recoge textos de autores nacionales, pero lo que de un modo especialmente fructífero, ha conseguido es reunir en un volumen a un buen número de escritores y poetas de Alicante y Murcia, dos Comunidades vecinas.

Nombres como los de Francisco Jarauta, Ángela Mallén, Joaquín Piqueras, José Antonio Montesinos, Joaquín Garrigós, José Luis Zerón, Vicente Cervera Salinas, Paz Hinojosa, Ada Soriano, Blanca Andreu, Luis Alberto de Cuenca, Luis Bagué Quílez o el mío propio, entre otros, desfilan por las tersas páginas de esta revista, componiendo un pequeño mosaico de seguidores y cultivadores de la palabra poética a la luz macilenta de la pandemia como paisaje y pasaje de fondo. Precisamente, al menos, para un servidor, nada que trascienda más el bajo tono del momento que una publicación como esta, que un lujo como el que este número representa.

Y la energía fulgurante de nuestro querido Fulgencio no sólo está demostrada sino confirmada, pues ya está pensando en el número que viene. Por todo ello, nuestras felicitaciones: por el trabajo realizado, por los manifiestos resultados y por los motivos ya emplazados a realizar para el futuro próximo. Gracias, amigo.   

jueves, 20 de agosto de 2020

SIETE ROSTROS EMBLEMÁTICOS EN EL HORIZONTE. ALEJANDRO CAAMAÑO EN EL PALACIO SORZANO DE TEJADA

 

Al erial en que se convierte Orihuela en agosto, hay que añadirle ese velo de tristeza que la pandemia ha colocado sobre las cosas, haciendo singularmente amargo el calor de estas fechas. Pero no todo es un desierto en el enclave hernandiano por excelencia. En el palacio Sorzano de Tejada nos podemos encontrar, inaugurada ya hace unos meses, la exposición escultórica de Alejandro Caamaño, cuya silente presencia confirma la graciosa obstinación de lo artístico en los climas menos propicios a la degustación de lo simbólico. Y es que este virus nos está haciendo rácanos de gestos a fuerza de contención.  ¿Hasta qué punto  la  observación de las famosas medidas de no contagio nos paraliza el ánimo, coarta el flujo anímico y uno se  ve en la situación de no poder disfrutar de verdad de algo como una exposición por culpa de tanta incomodidad?

Personalmente vencí el otro día mi horror al calor, simulando no saber que llevaba puesta la simpar mascarilla, para poder visitar las salas del palacio y ver las obras de Alejandro Caamaño, mi antiguo, mi antiquísimo compañero de estudios en el colegio Santiago Casanova.

Decía Baudelaire que los escultores son unos brutos. Bueno, puede ser, quizá de ese modo tan visceral haya que entender un arte tan contundente como el escultórico.

Lo que Alejandro nos propone es un despliegue de piezas más bien discretas, la mayoría,  en lo que respecta al tamaño. No es una fruslería, pues se agradece que la escultura pueda tocarse, portarse y llevar en la mano como un juguete de especiales significaciones. El estatismo de la obra escultórica ha estado vinculado al peso y al tamaño de la obra, sólo desplazable  gracias a maquinaria y técnicas.

Es por ello que, en general, la obra escultórica solo permita ser mirada. Lo de tocarla o transportarla libremente añade cierta dimensión lúdica a lo que tradicionalmente estaba destinado a una posición fija.

También es verdad que algunas de las piezas de la exposición tienden, casi, a la miniatura, sin acabar de serlo. Se convierten entonces en objetos votivos de una religión arcaica: la serie de piezas de personajes africanos, o los pequeños personajes en distintas posiciones, podrían semejar, exvotos íberos redivivos deseando pulular libremente.

Lo más característico de la obra de Alejandro Caamaño son esos rostros, esas máscaras que pese a su aspecto delicado, parecen vigilar no se sabe qué distancia próxima, como alertando de algo o incluso, denunciando, como ocurre con su obra más voluminosa y trabajada, en la que cada rostro de distinto color, adosado a una pequeña esfera del mundo,  personaliza los pecados capitales. Como si fuera una hidra de siete cabezas se yergue frente a nosotros y exhibe su acusación alegórica, su mensaje fulgurante.

También podríamos interpretar como una obra protestataria ese motivo que Alejandro trabaja con cierta asiduidad, el ángel de una sola ala.  Y aunque tal protesta habría que ubicarla en un ámbito más íntimo, no deja de ser una expresión de la belleza dolorida el que tal figura, un ángel, apenas pueda volar. Qué diría Rilke, para quien los ángeles son terribles, de un mensajero divino de tal modo castrado o herido…

También hay momentos para el humor más directo, como esa escultura de un ordenador poblado de caracoles – se me antoja el ordenador personal del autor – cuyo chistoso título no puede ser más obvio haciendo juego con la efectividad de la máquina y la capacidad rítmica del animal: ¡Qué lento va este ordenador!  

Torsos deformes, otros más atléticos abrazándose a sí mismos, simulacros de Venus, personajes más o menos gimnásticos evolucionando por las repisas, esos rostros cuasi oraculares que a veces se conjuntan en urdimbres verticales semidesleídas, perfiles de amantes que surgen mágicamente del centro de una flor sembrada en biombos antiguos…,  esto conforma el grueso del animado catálogo de Alejandro Caamaño que podemos encontrarnos en las rizadas salas del palacio Sorzano de Tejada, en Orihuela, hasta el próximo mes de septiembre. Una visitica a la exposición y le ponemos un poco de color y belleza al ambiente, que la parroquia está a medio gas. Recomiendo humilde y poetiformemente.     




















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martes, 18 de agosto de 2020

TRENZAMIENTO DE MaTIZES.



¿Por qué me fascina Anne Sexton? Por la época en que vivió, esos felices y revolucionarios años sesenta y setenta, en medio de los cuales, una señora que disfrutaba de todo el confort imaginable y ambiente encantador - casa en el campo rodeada de naturaleza, piscina, hijos, marido bien colocado, envidiables relaciones sociales - acaba suicidándose. Iba a escribir, en la línea anterior: “se permitió la frivolidad suprema de suicidarse”, pero creo que afirmar esto implicaría ser injusto con el verdadero sufrimiento de Sexton. El punto dramático, inconcebible de la vida de Sexton es este juego, que no coqueteo, con la muerte: la muerte como telón de fondo sobre el que se desplegaban los juegos eróticos y las evocaciones de una vida burguesa insatisfecha. Estaba en el mejor mundo posible y acaba desapareciendo por voluntad propia. Aquí la enfermedad sicológica es el elemento autónomo que determina el proceso vital de Sexton a través de todo lo que para muchas personas se interpretaría como lujo. Este dato abre un interrogante acerca de la entidad misteriosa de la enfermedad mental, de su origen y existencia, de su influencia determinante en la vida de las personas que de verse libres de ella, hubieran optado por derroteros distintos en su existencia.  




Como ocurre con cualquier hecho o cosa, el tiempo añade o resta dimensiones a las significaciones de tales cosas o hechos. Recuerdo, me parece, en una entrevista grabada para la radio, a mediados de los setenta, a Juan Benet, enumerando el estilo de escritores que le eran indiferentes, y citaba con displicencia, entre otros,  a Borges. En la breve cita de Benet, - es el efecto que produjo escucharlo - el nombre de Borges quedaba sumado al de otros escritores de un modo casi despectivo. Claro está que las palabras de Benet corresponden a un momento en el que, al menos en España, Borges, aunque conocido, no ostentaba todos los honores de ser el gran escritor clásico de la Posmodernidad, el gran maestro del apócrifo, el genio de la metaliteratura y demás definiciones categóricas y filosóficas. E decir, que con el paso del tiempo, todas esas características se han ido descubriendo, definiendo y asignando a Borges como propiedades de su ingenio. Cuando Benet citó sin acontecimiento a Borges, este no había llegado a la excelsa cima crítica que con la sucesión de los años, adquirió para todo el mundo, aunque también es verdad que si Benet lo citó es porque ya lo consideraba destacable.

 


 Por casualidad, veo el pasaje de una película: en un país vagamente sudamericano, pero evidentemente católico, el personaje protagonista va huyendo de sus perseguidores que son militares del país. Entra en una iglesia, creyéndose a salvo, pero la chica que aparece, le dice que la siga. Entran en la sacristía y al pasar corriendo chocan con unas imágenes de vírgenes y santos. Algunas caen y otras se tambalean peligrosamente. En este tipo de escenas, de películas, naturalmente, norteamericanas o anglosajonas, con el detalle de las imágenes sagradas bailando accidentalmente o a punto de caerse como si fueran cualquier cosa, siempre he visto un motivo de burla sutil o de puyita de pasada contra la religión católica por pare del bando protestante. No he visto en mi vida que situaciones de ficción fílmica como esta hayan pasado en un templo protestante. Claro, para burlarme de lo sagrado ningún objetivo más propicio que una imagen del mismo y aquí, los cabroncetes de los protestantes se escapan de una burla idéntica  al omitir imágenes en sus iglesias. El fanatismo protestante juzga de idolatría lo que no es sino arte sacro. A este fanatismo hay que añadir la ignorancia. Lo más normal del mundo es dibujar antes que escribir. Pero el puritanismo pretende darle la vuelta a esto, imponiendo falsamente la palabra, la escritura, a la imagen. Ahora bien, esta escena deleznable es poca cosa comparada con la escena que vi, también por casualidad, de una película española pretendidamente cómica de actores y director desconocidos para mí: unos niños ingobernables, hacen las mil locuras en una habitación y la imagen de una virgen, precisamente la de una virgen, presente en la estancia sobre una mesa, acaba estallando. Por qué no estalló un plato, un reloj, otro tipo de imagen o de adorno. La escena me molestó y de cómica, tenía bien poco. ¿Por qué? Porque algo delicado era agredido, destruido gratuitamente. Y además, porque la saña advertida ahí, resultaba monótona, sin verdadera razón que la excuse. Los guionistas cuando quieren practicar tremendismo español, si no tienen genio o el don de la oportunidad, resultan desquiciantes.    




Con el confinamiento, me he visto obligado a ver algo de cine y me he dado cuenta de un par de cosas. El cine es una máquina narrativo-emocional que funciona envidiablemente bien, pero que lo hace porque sigue alimentándose y alimentando al público con el manejo de bastantes tópicos y simplificaciones. Otra cosa es confirmar la invasión de la sensibilidad por el cine norteamericano, que es, precisamente, el que más efectivamente trabaja con tales estereotipos y con lo que tal atmósfera propicia.  Cuando paso de una película norteamericana, a una europea, a una sueca, rusa, francesa, italiana, cómo se nota el cambio de registro, la aminoración de la velocidad, la evitación de esa violencia continua del cine norteamericano, esa especie de compacidad formal. El cine norteamericano suele dar una sola versión del mundo.  Visitar a un Tarkosky, a un Fellini, a un Passolini, a un Bergman, supone descubrir mundos. La semiótica,  llama al cine norteamericano, no sé si con cierta sorna academicista, Modo de Representación Institucional, remarcando de este modo la estereotipia absoluta del mismo, mientras que no hay un encasillamiento tan claro y determinado para el múltiple cine europeo que debe ser analizado individualmente.            



Hacía una observación curiosa Arthur Prior en su obra Ensayos sobre la filosofía del tiempo. Dice que le sorprende descubrir, cuando algo o alguien desaparece, el tiempo que va transcurriendo desde que esa cosa o persona, ya no están, como van sumando años de ausencia, alejándose más y más de nosotros.  En definitiva esto no deja de ser el peso, la gravedad del pasado, un tiempo inverso: no el tiempo que tiene algo sino el que tiene desde que tal cosa no existe. Como digo, esto puede aplicarse formalmente sobre objetos diversos o personas pero no exactamente sobre la vida de uno mientras es vivida, porque en este punto soy yo, según sean mis modos de vivir, quien determina cómo el tempo pasa a través de las coordenadas  espacio- temporales de las circunstancias. Hasta que yo no desaparezca, mi ausencia no empezará a transcurrir negativamente, es decir, a sumar años de inexistencia, de alejamiento progresivo del presente. Aunque, con todo el respeto a Prior, las horas, días y años de inexistencia quizá sean tan ilusorios como muchas de otras de nuestras retorcidas interpretaciones sobre aspectos de la realidad.  

 


Alejandra Pizarnik piensa que Borges es un mal poeta, pero piensa eso porque la poesía de Borges está exenta de la vulnerabilidad inmediata de quien la escribe, es decir, se trata de una poesía formal que se encuentra libre de la herida que dejan las circunstancias, sobre todo las de tipo anímico-personales. Y cuando escribe a partir de alguna supuesta circunstancia, esta es una anécdota histórica que no compete sino a la memoria pero poco al sujeto vivo. En Borges, la aventura es pura y frondosamente literaria; en los poetas a quienes se opone, tal aventura es literal, circunstancial, dependiente menos de las figuras retóricas que del retrato de lo real afectivo. Estos poetas escriben a la intemperie, Borges a salvo de todo, desde la seguridad de su despacho. Borges escribe siempre desde la inteligencia y no desde el dolor o el festejo. Ahí radica toda su diferencia con poetas que han hecho del amor o del canto a la libertad su motivo poético.

 



Hace ya años, un tipo como Bernard Pivot, manifestaba que le interesaba más la poesía francesa que la española, porque mientras esta era un tipo de poesía más bien sentimental, la francesa era de carácter intelectual. En su momento me dejó pensativo. Ha hecho falta que pasara tiempo para darme cuenta de, primero, la falacia de tal encasillamiento, y, segundo, de que Pivot es un hombre que suele equivocarse. La poesía es hija de la imaginación y del sentimiento. Si la escritura es un ejercicio consecuente del intelecto en acción, toda escritura es elementalmente, un producto del intelecto.  Precisamente los grandes poetas españoles del siglo XX, han escrito desde la inteligencia afectada, desde el dolor o desde el amor y creo que este es un tipo de escritura muy especial por no decir superior a la meramente intelectual. Esta puede escribir sobre cualquier motivo, con más o menos intensidad, con más o menos agudeza especulativa. Quien escribe desde el intelecto herido o golpeado o fragmentado, ofrece una dificultad especial añadida y una heroicidad que el propio producto final puede ocultar. Un Rilke puede fascinarme con lo que enuncie majestuosamente; un Miguel Hernández me golpea en la cara con la estridencia barroca a flor de piel de sus sentimientos.  

 


Leyendo El impero jesuítico de Leopoldo Lugones. Leo esta obra en la edición de obras seleccionadas de Borges, en lo que se llamó editorialmente biblioteca personal de Borges. Creo que eligió este libro interesándole menos lo que cuenta Lugones que cómo lo cuenta. En realidad, el libro está muy bien escrito.  El tono de los pasajes tiene esa cadencia  majestuosa o imponente de los relatos históricos potenciada por un ritmo prosódico que la hace doblemente interesante. De todas maneras, e independientemente de la historia final que cuenta, la del reino comunista de los jesuitas, una suerte de estado dentro del estado, veo que Lugones hace recepción de todos y cada uno de los estereotipos tendenciosos sobre los conquistadores y sobre cómo fue el Descubrimiento. También valora algún detalle memorable de los conquistadores o de la función, por no decir misión, de los misioneros, pero el tono general no consiste sino en confirmar y matizar todos los aspectos negativos del suceso.

Literariamente habla de cómo los ojos arábigos de los españoles se habían fijado codiciosamente en el Nuevo Continente, (como si cualquier otro país de la tierra no hubiera hecho lo mismo ante tales circunstancias, véase, por ejemplo, Inglaterra, ni más ni menos)y de la pereza oriental del típico hogar castellano (¿por qué no el recogimiento cartujo?) así como de no sé qué rudeza etérea que formaría parte de la idiosincrasia de los hispanos antes de la llegada de los árabes, (esa rudeza que produjo cosas como un alfabeto propio en el período íbero y la Dama de Elche, digo yo…)

Hay dos momentos del texto que me han hecho gracia. En realidad son dos líneas. Lugones insinúa que el despegue de los españoles de la patria hacia la conquista del nuevo mundo se hizo posible en parte porque los españoles imitaron o adoptaron algo de los árabes para  llevar a cabo el gran acontecimiento, es decir, como si inocentemente los árabes le hubieran prestado no sé qué virtudes estratégicas a los vacíos españoles y estos, al fin, hubieran decidido partir hacia otros confines. Los árabes sí tuvieron algo que ver en el proceso, pero de distinto modo, creo yo: obviamente, por ser una  presencia invasora, el destino a perseguir era expulsarlos. Los españoles no recibieron etérea o místicamente no se sabe qué transvase de no se sabe qué, sino que cuando los árabes estuvieron más debilitados y ellos más fuertes y organizados, reaccionaron derrotándoles, definitivamente, expulsándolos de la península. El salto originario de las potencias se efectuó por la necesidad de erradicar la presencia árabe a la que había que derrotar y expulsar, no porque se recibiera de aquella cordialmente estrategias o informaciones técnicas a través de no se sabe qué transporte inmaterial… 

Lugones se escandaliza de que con tanto tiempo que estuvieron los musulmanes en España no se hubiera producido un mayor mestizaje en la población. Pero me temo que ni un bando ni otro, estaban muy interesados en semejante cosa.  

Por la cantidad de información que pone en juego y por su ritmo literario, yo no descalificaría radical e históricamente este libro, pero me parece que la historia que cuenta precisa de otros matices y de otras tantas correcciones, pues la historia cambia, es decir, las interpretaciones de la misma, tanto por lo que se descubre de nuevo como por las posturas ideológicas de los analistas,  y vete tú a saber si no es la España en baja forma de su tiempo, la de 1900, a la que Lugones está dirigiendo su pronóstico.



La muerte de papá, la pandemia, el calor pegajoso y constante, la paranoia larvada por el miedo al contagio… Momentos exasperantes de experimentación límite de las cosas. Se prohíbe fumar en la calle, se prohíbe bailar, se prohíbe tocarse, acceso limitado a las playas… A través de este tórrido verano, no cesa de pasar la muerte y casi parece que no la percibamos por el imperio de luz que pone el astro rey por estos lares y por el simple hecho de ser verano y de que la gente, sobre toda la joven, no desea otras cosas que divertirse y disfrutar de la playa. Qué instantes de flujos de signo contrario en plena liza diaria. La muerte atraviesa los días luminosos de julio y agosto, al tiempo que el dejarnos ir por el ambiente soleado y de fiesta, aunque esté todo medio frustrado, nos sigue sustrayendo a aceptar lo que ocurre, esta curiosa sopa de ingredientes que se rechazan el uno al otro o que nos impiden aceptarlos con rotundidad y especificidad.


martes, 11 de agosto de 2020

SUEÑOS



Me he dado cuenta de que los sueños más extrafalarios y narrativamente redondos han sido los que he tenido durante la siesta. Son los que, aparentemente, menos tienen que ver con mis deseos, con mis temores, con la vida íntima. Parecen pequeñas virguerías cuyo solo pretexto sea la expresión imaginativa del inconsciente. El siguiente sueño lo relato tal cual lo tuve, intento no añadir ni inventar nada.

En algún punto remoto del caribe hay una isla que se ha resistido a ser conquistada por el imperio romano. El responsable de esta hazaña es el líder del grupo de isleños. Los romanos envían una expedición para atraparlo. Numerosos barcos rodean la isla y soldados romanos se van internando en la selva. El jefe de los romanos invasores es un tipo temible y muy violento. Fuertemente armado, este jefe romano, decide capturar a su opositor, el líder caribeño y hacerlo preso o matarlo. El romano va andando de arriba abajo, pegando gritos enloquecidos, desafiando al rebelde a salir de su escondrijo y luchar. El romano, al no poder enfrentarse directamente con él y no verse sino rodeado de una frondosa vegetación, se siente burlado y se angustia ante su impotencia. Tras un rato de búsqueda, el líder rebelde aparee sobre las ramas de un árbol. El romano lo increpa y decide lanzarse sobre él. Entonces, el líder rebelde, haciéndole ver su crueldad y maldad, le reta a ver su auténtico rostro: le pone enfrente un espejo redondo para que se mire. El romano al mirarse en el espejo lo que ve es el rostro de un esqueleto medio podrido. Entonces, se sume en el terror de haberse descubierto a sí mismo y lanza un espantoso alarido que acaba despertándome.




El desasosiego del sujeto produce casualmente un flujo de acertijos que no controla: el sueño.

 

Fue tan encantadora la tarde de ayer, que, con toda seguridad, la soñé.

 

La ausencia definitiva de los que amas, enjuga de irrealidad la existencia y quieres evocar algo más allá del sueño mortal, a lo que asirte

 

 

En el sueño, el abanico de posiciones vagamente temporales distribuye confinamientos imposibles.

 

La ingente indeterminación, sin embargo alusiva, del sueño.

 

El sueño se complace en desplazar el sentido de las cosas, pero ello no obedece a un arte combinatoria, meramente, sino a la calidad del acontecer primigenio de las cosas-.

 

No hay oráculo más alto al que interrogar que la memoria de la experiencia propia.

 

A través del sueño, la transición final de mí a mí, historia una frecuencia de lugares, cosas y personas que debieran sumar felicidad.




Semejanza final entre sueño y razón. La razón ejecuta relaciones entre cosas distintas con un fin común: verificar, identificar, conocer sus destinaciones prácticas.  De la misma manera que el sueño, a su manera.

 

 

Si la historia es un mosaico de sucesos interpretables, el sueño es el almacén de las sustancias y de las formas previas a su identificación y ubicación, históricas.

 

 

Desde no se sabe dónde, el sueño es arrojado al soñante como un mensaje alusivo a sus deseos y a su futuro.

 

Como documento sui generis de un tiempo insólitamente oscuro y salvaje, escribió René Char Las hojas de Hipnos. La guerra fue la pesadilla que el poeta quiso conjurar con la imaginación y un criterio moral y épico, cualidades reacias a ser arrastradas por los hechos.

 

La indeterminación de los sueños obedece a un rígido automandato: nada más elaborado y sólidamente conectado entre sí que la urdimbre onírica.

 

En las voluptuosidades del sueño, contemplaba Baudelaire lo único digno que le quedaba a la vida.

 

martes, 4 de agosto de 2020


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DOS MENTES Y UNA SOLA ESCRITURA. 

DIARIO.

Jules y Edmond de Goncourt.

 

A lo largo del tiempo, en artículos, ensayos o reseñas me he ido encontrando con múltiples referencias de esta “obra”: los diarios de los Goncourt. Intelectuales de los más distintos signos, investigadores, escritores, solían ultimar la exposición concreta de sus pesquisas consultando estas páginas, a la búsqueda del detalle curioso, de la información especial.  La idea que me fui haciendo de estos diarios fue la de una suerte de texto omnímodo, en el que la gran mayoría de las personalidades literarias, políticas y sociales del XIX  francés se daban emocionante cita.

En este voluminoso diario escrito al alimón por los dos hermanos durante una serie de fecundos años de colaboración, se hacía uno a la idea de poder encontrar el dato curioso, el chisme culto más o menos grotesco,  chocante o revelador sobre tal o cual personalidad ilustre de la pléyade literaria. Y efectivamente nombres como los de Victor Hugo, Gautier, Flaubert, Saint-Beuve o Gavarni surcan entre otros muchos los agudos y minuciosos apuntes de los Goncourt.  

Hace unos años, internet me dio la posibilidad de adquirir una traducción parcial del diario en la editorial Alta Fulla. Se trataba de una edición de muy principios de los ochenta y que yo sepa, en el mercado español hasta esa fecha, una de las pocas o la única existente hasta entonces.

Tiempo después ha sido la editorial Renacimiento la que, siguiendo con su interesante idea de dar a la luz piezas biográficas y memorias, nos ha ofrecido una suculenta selección de este interminable e inabarcable diario literario. Ha sido esta edición la que ha atravesado, gustosa,  mi lectura hasta su vibrante final. Vibrante porque el traductor ha elegido el fin de su selección de este primer volumen (el segundo y último acaba de aparecer en las librerías) en el momento en que uno de los hermanos muere. Este instante resulta  crucial en los diarios, aunque, sin embargo, no supone el fin de una escritura destinada a seguir  sumando reflexiones, anécdotas y crónicas, ya que el hermano sobreviviente continuará con dicha labor hasta su fin propio.

Es por ello que comienzo mi reseña por el final del libro. Si no me equivoco, es Jules de Goncourt quien muere con 39 años y le sobrevive Edmond, quien continúa escribiendo el diario. El tono, la autenticidad y patetismo de las últimas páginas describiendo el penoso proceso final, ese talante nada mixtificador, esa franqueza, es lo que caracteriza a todo el diario, pues no estamos ante meras y asépticas anotaciones estadísticas: la escritura de los Goncourt es precisa, atenta a la verdad del fenómeno, pero no exenta del acuse anímico de lo que sucede y de cómo interpreta el mundo que le rodea.

Esta sinceridad en las observaciones, esta desmitificación de personajes y ambientes, esta mirada imparcial e inteligente a la realidad es lo que hace que el texto del diario se convierta en el documento intrahistórico de un período particularmente brillante en la cultura del país galo, lo que permite que sea leído tanto tiempo después, con interés, como si un espía del futuro, se hubiera filtrado, colocándose escondido en la fronda del tiempo y nos hubiera legado el testimonio secreto de sus indagaciones.  

Se ha calificado al siglo XIX como el siglo en que la subjetividad emerge en todos los planos, pero singularmente en el ámbito literario. Los diarios íntimos nos hablan de una sensibilidad bullente que necesita de un testimonio propio para confirmar los nuevos desasosiegos que pulsaban en el sujeto. Los diarios de Goncourt se escriben en el corazón de esta época de interioridades tempestuosas en la que los deseos inconfesables, las obsesiones, frustraciones y amarguras de la reflexión todavía podían sublimarse con el ejercicio de la pluma.

Algo como un diario se suele leer con facilidad, ya que lo que se cuenta son hechos concretos y confesiones directas que salvo en casos virtuosos, se ven libres de profundizaciones especulativas.  Resulta, pues,  fácil hallar aquella convergencia entre texto y lector que tanto ha buscado como definido la crítica, aludiendo a la figura del lector ideal. Recuerdo este aspecto del universo textual: podemos confiar en los diarios de los Goncourt. La lectura fluye a través de una sucesión de chismografía culta, rápida semblanza de personajes, madeja autobiográfica y lirismo urbano sublimado en pinceladas siempre significativas. “Lo epocal” es para los Goncourt tanto experiencia personal como objetivo de análisis. Pertenecen irremediablemente a una sociedad y a una cultura que aman tanto como conocedores se muestran de sus resortes camuflados.

Esta implicación ineludible y el distanciamiento crítico ante ella simultáneamente, hacen de los diarios una puerta secreta en el túnel del tiempo, un acceso inmediato a las espesuras secretas del acontecimiento. Los Goncourt están dispuestos a contarnos la verdad de lo que vieron y de lo que sintieron ante lo que vieron. Cierto es que no estamos ante un monumento voluntariosamente literario como puedan serlo las Memorias de Ultratumba, de Chateaubriand, obra en la que el escritor ejerce de inopinado sacerdote de la historia, pero tenemos a nuestro favor la autenticidad, la veracidad del detalle anotado tras instantes de haberse producido en la percepción de una sensibilidad que no desea hacer literatura porque la sustancia de lo real ya lo es, tal cual lo expone.

Los diarios de los Goncourt son tanto documentos como, más significativamente, memoria de la historia literaria y psicológica; son una expresión directa, punzante, urdida al abrigo de los doseles de interior, con un deje amargo, a veces y no exentos de anotaciones sorpresivas, sobre momentos públicamente huidizos de la alta cultura.

Los hermanos Goncourt suponen un misterio evidente, valga la contradicción, en la historia literaria. No sólo convinieron en vivir y  escribir juntos, sino en compartir las tesituras internas de la vida a través de la escritura común del diario. Es curioso observar cómo un hecho biológico, el ser hermanos, determina tanto un modo de vivir como también de imaginar y vivenciar el mundo.

 Las novelas que escribieron parecen producidas por alguien anónimo, ese sujeto de la escritura surgido de la colaboración intelectual de dos mentes en una.

La gracia natural de ser hermanos les sirvió para algo más que preservar la concordia ante las ficciones que decidieron llevar a cabo, y de este modo, compartir la estancia secreta de la intimidad, de las perplejidades interiores.  Naturalmente, cuando uno lee estos textos no se para a considerar quienes de los dos hizo tal o cual entrada. Jules y Edmond constituyen un tándem tan insólito como herméticamente eficaz.

Escritura no paralela sino convergente, una sola escritura con dos mentes actuantes sumidas en un solo sentir, emergidas en el mismo juicio… Casi diríamos que los diarios suponen un súbito experimento que salió notablemente bien. Resulta interesante comprobar que el contexto estético del que parten ubica muy certeramente el tipo de escritura que sale a flote en los diarios: un naturalismo central rodeado de todas las inquietudes fugaces pero acosadoras del romanticismo, lo que provoca un juicio diáfano sobre lo brumoso y complejo.

He hablado de la complicidad con el lector del futuro como elemento definitorio de la genialidad de los Goncourt, como efecto indirecto en la elaboración de estos diarios. La creatividad, cuando es evocada sin remilgos, abre las espitas a toda percepción y ahí, desde luego, el sentido del humor puede no estar exento de un juicio sobre la realidad que se vive. La psicología de los Goncourt es la del burgués del XIX francés, dotado de una plástica racionalidad pero también hijo de su época.

Hay anotaciones donde se desmitifica al artista de turno o se describen sus virtudes más notables y ocultas, otras en las que quien habla es el yo angustiado del homo urbanus de las grandes ciudades, el flaneûr que busca refugio en las multitudes errantes por las calles, o bien, pasajes en los que nos encontramos reflexiones sobre la naturaleza, la política o sobre el destino de la novela y el de la propia escritura.

No hay persona discernible en estos textos: la escritura de dos sujetos crea un tercero que es quien emerge de esta estos diarios, un prototipo, una sensibilidad mórbida y anónima, que confiesa sentirse como una extraño en su patria, que juzga de decadente algunas reuniones literarias de escritores muy creídos de su singularidad, o que cree recorrer un paisaje onírico al visitar las inmediaciones de alguna de las instalaciones de la Exposición Universal. Ambos hermanos constituyen una suerte de visor dirigido al teatro de la vida: la suma de sus anotaciones crea un espejo que refleja desde su posición oblicua las características insólitas, bellas y excesivas de la existencia. 

He preferido sondear el misterio de una escritura como esta, la de los diarios de los dos hermanos, cómo funciona o siente, antes que demorarme en citas. Para ello, es preferible la lectura de estos jugosos fragmentos para reflexionar con los detalles cedidos por los Goncourt en uno de los momentos más exquisitos de la literatura francesa.   

IMAGEN NUEVA, MUNDO RENOVADO

  El otro día mi hermano, gracias a una de esas carambolas que propician las redes, se encontró, en la página de facebook del Colegio Jesú...